A.·. L.·. G.·. D.·. G.·. A.·. D.·. U.·.

ORDEN DE LOS CABALLEROS - MASONES
ELEGIDOS + SACERDOTES DEL UNIVERSO
SUPREMO DIRECTORIO
+ GRAN TEMPLO DE LOS ELUS+COHEN DEL UNIVERSO DE CHILE +
.:
FUNDADA EN 1754 POR DON MARTINES DE
PASQUALLY :.
-
REACTIVADA EN 1989 EN ESTRICTO APEGO A LA TRADICION -
TRATADO
DE
LA REINTEGRACIÓN DE LOS SERES
EN
SUS PRIMERAS PROPIEDADES, VIRTUDES Y PODERES
ESPIRITUALES
Y DIVINOS
RESEÑA HISTÓRICA SOBRE EL MARTINEZISMO
Y EL MARTINISMO
En los
peculiares últimos años del siglo XVIII, que vieran a William Law frente
a Hume, a
Swedenborg frente a
Kant, a Saint-Germain, Mesmer
y Cagliostro frente a
Rosseau, Diderot y
Voltaire, mientras en
toda Europa proliferaban
infinidad de sectas y ritos, y en las logias masónicas se erigía una tribuna tanto a las ideas más vanas como a las más
sublimes, apareció en Francia un
hombre cuyo silencioso trabajo contrastaba curiosamente con la turbulenta propaganda
de la mayoría
de los reformadores
de su tiempo: Martínez
de Pasqually. Este hombre, cuyo altruismo y sinceridad estaban fuera de toda sospecha, trabajó para que ciertas logias
regresaran a los principios esenciales
de la Francmasonería, de
los que se
habían apartado sensiblemente en
esa época, como
consecuencia de una
serie de acontecimientos que no
corresponde relatar aquí.
La tarea
de Martínez era difícil. Entre 1760 y 1772 se dedicó a recorrer las principales ciudades francesas, seleccionando
en el seno de los talleres masónicos
a quienes pudieran ayudarle a formar un núcleo, un centro para sus operaciones posteriores. No dudó en repartir
cartas constitutivas (en nombre de su Tribunal Soberano, establecido en
París desde 1767) a logias provinciales clandestinas,
aceptando colaboradores de fuera cuando los consideraba dignos del ministerio a ejercer.
De este modo surgió lo que el Sr. Matter denominó
acertadamente el Martinezismo, que recibe el nombre de Rito de
los Elegidos Cohens y consiste simplemente en una rama ortodoxa de la verdadera
Francmasonería injertada en el viejo
tronco; se basa
en un conjunto
muy preciso de
enseñanzas tradicionales, transmitidas
según el poder receptivo adquirido por sus miembros mediante un trabajo íntegramente personal, y donde
la teoría y la práctica están estrechamente relacionadas.
Desafortunadamente, el
ahínco de Martínez
le llevó a
descuidar la
verdadera base de la institución masónica. Dedicado por completo a reformar
los capítulos R.C., restó importancia al
papel de las logias azules. Veremos
como Louis Claude de Saint-Martin, su
discípulo más célebre pese a ser uno
de los más alejados de la obra del
maestro, llegó incluso más lejos. Desde
1777 se negó a participar en las
sesiones de las logias martinezistas, donde
únicamente se practicaban los
“grades du porche”1, o masonería simbólica, así
como en los trabajos de las logias de Versalles, debido a razones
especiosas
de neumatología, y en las de París, pues enseñaban magnetismo y alquimia.
Por estos motivos, pocos años después de que Martínez de
Pasqually
partiera a las Antillas (1772), se produjo
una escisión en la orden que con tanto
esfuerzo
había formado. Ciertos
discípulos permanecieron fieles
a las
enseñanzas del Maestro, mientras que otros,
inducidos por el ejemplo de Saint-
Martin, abandonaron la práctica activa para
seguir la vía incompleta y pasiva
del misticismo. Este cambio de dirección en la vida de Saint-Martin podría
1
Grados del Porche
3
sorprendernos si
ignorásemos hasta qué punto se alejó de las operaciones
externas del Maestro durante los últimos cinco años en la logia de Burdeos.
Los resultados de
la escisión provocada por la propaganda activa de
Saint-Martin no se hicieron esperar. Las
logias del sudoeste fueron las primeras
en cesar sus trabajos. La propaganda de Saint-Martin no encontró
eco en las
logias de París y Versalles; sin embargo,
cuando en 1778 sus Hermanos de
Lyon
se convirtieron definitivamente al
rito templario alemán
de la Estricta
Observancia, y el Gran Maestro Willermoz sucedió al Gran Maestro
provincial
Pierre d’Aumont (sucesor de Jacques Molay) con el título de
Gran Maestro
provincial de Auvergne, se plantearon
fusionarse con las logias Philaléthes, que
trabajaban desde 1773 (según datos de
Martínez y Swedenborg) y en cuyos
capítulos secretos no se admitía a
ningún iniciado del Gran Oriente. En esta
época, Saint-Martin comenzaba a ser
conocido gracias a la aparición de su
primera obra: “De los errores y de la verdad”. Muchos
creían ver en él al
continuador de la
obra de Martínez.
Sin embargo, las
logias nombradas
anteriormente no lograron convencerle de que se uniera a ellas para alcanzar
una obra común; a su último llamamiento
durante el Congreso promovido por la
asociación de
Philaléthes (París, 1784),
Saint-Martin respondió por
carta
manifestando su
negativa a participar
en sus trabajos.
A partir de ese
momento, su mayor preocupación fue
establecer contactos con los místicos de
Italia,
Inglaterra y Rusia,
perdió todo interés
por el movimiento
del rito
rectificado de Lyon y no ocultaba su exasperación al oír hablar de logias.
Los
acontecimientos posteriores motivaron
un mayor compromiso
de
Saint-Martin con la vía que había elegido.
En 1788, aquel que pasaría a la
historia
como el teósofo
de Amboise viajó
a Estrasburgo. La
versión más
extendida señala que su inclinación definitiva hacia el misticismo
se debió a la
compañía de una de sus amigas, la Sra. de
Boecklin; lo cierto es que conoció a
Rodolphe de Salzmann, que era, por así decirlo, el director espiritual de la
Sra.
de Boecklin. Rodolphe de Salzmann, amigo de Young Stilling y vinculado a
los
grandes místicos alemanes de la segunda mitad
del S. XVIII (Eckarthausen,
Lavater, etc.) era un hombre
notable, pese a ser bastante desconocido, y tenía
una profunda inclinación por la
mística de los dos Testamentos y los escritos de
Jacob Boehme, cuya clave había
recibido. Él transmitió dicha clave a Saint-
Martin, quien
creyó encontrar ahí lo que
no había logrado
con su antiguo
maestro.
Sin duda alguna,
las enseñanzas de
Salzmann contribuyeron
enormemente a proporcionar un místico
notable a Francia, pero no revelaron a
Saint-Martin la doctrina del eminente teúrgo de Burdeos. En 1793, a la edad de
cincuenta años y
al no haber
encontrado aún esa
clave activa, buscaba
consuelo en la advertencia de Martínez: que
podría estar satisfecho si había
alcanzado su meta a los sesenta años.
Su pensamiento regresaba ya hacia
esa escuela de Burdeos donde
transcurrieron cinco años de su juventud y
cuyos trabajos abandonó de manera
demasiado ligera. En una de sus cartas al
barón de Liebisdorf (11 de julio de 1796) confesaría que “el Sr.
Pasqually tenía
la clave activa de lo que nuestro estimado
Boehme exponía en sus teorías,
pero
no nos creía
aún preparados para
manejar esas altas
verdades”. Su
correspondencia nos hace pensar que, antes de morir (Aulnay, 1803), retomó
4
los análisis desdeñados de los trabajos de su
maestro. Pero ya era demasiado tarde. El
discípulo había matado al iniciador en su obra. El Martinezismo era historia.
Tras la
muerte de Martínez de Pasqually (1774), la Orden, víctima de la
debilidad de algunos y, desafortunadamente, también de la ambición de otros,
cayó
en un rápido
declive. Los compromisos
de Willermoz apresuraron
su
ruina. La mayoría de los hermanos
volvieron a sus antiguas obediencias, tal
como hicieron los del Oriente de la Rochelle,
cuya carta constitutiva no se
ratificó tras 1776. En
1788, desaparecieron las
logias de París;
los ricos
archivos que provocaran la envidia de
Cagliostro fueron subastados tras la
muerte del marqués Savalette de
Langes, cayendo en manos de dos hermanos
de Lyon, y llegando luego a las del
Sr. Destigny. En 1868, éste los transmitió al
Sr. Villareal, a cuyo esmero debemos
agradecer su conservación. El fracaso de
los hermanos de Lyon en su tarea no era algo nuevo. Su rito rectificado, que en
realidad era
el Martinezismo, especialmente
tras su segunda
revisión, vio
apagarse sucesivamente los directorios de sus tres provincias: el de
Borgoña
se disolvió el 26 de enero de 1810, por falta de miembros; el año siguiente,
los
otros dos se fusionaron con el Gran Oriente,
que siempre se había negado a
reconocerlos.
El motivo de profundizar en las particularidades de la
vida de SaintMartin es demostrar el error de algunos historiadores mal
informados, que atribuyen al teósofo de Amboise la sucesión
del teúrgo de Burdeos; y de otros aun peor
documentados, que pretenden que fue el fundador de la Orden del Martinismo. Saint-Martin no fundó orden alguna,
jamás tuvo dicha pretensión, y el
nombre de Martinistas designa simplemente a aquellos que adoptaron su visión,
inclinados a liberarse
del dogmatismo ritualista
de las logias, rechazándolo por su
inutilidad. Esta es,
en efecto, la
opinión de Jacques Matter, el célebre historiógrafo de Saint-Martin.
Jacques
Matter era nieto de Rodolphe de Salzmann, tenía en su poder los principales
documentos relacionados con el Martinezismo y los Martinistas, y se encontraba
en una posición
idónea para relatar
los principales acontecimientos reveladores de su existencia. Por
otra parte, mantuvo relación con el
Sr. Chauvin, uno de los últimos amigos de Fabre d’Olivet y albacea de Joseph Gilbert, quien fuera el único heredero de
todos los manuscritos del teósofo de Amboise.
En la actualidad, el hijo del historiador, el Sr. Matter,
posee casi todos
esos indispensables documentos, incluyendo el
“Tratado de la Reintegración
de los Seres”. Este es uno de los documentos
más interesantes y notables,
pues recoge la base de la doctrina tradicional
de Martínez de Pasqually sin
omisiones ni añadidos. Muy amablemente, el Sr.
Matter nos ha autorizado a
publicarlo. Este Tratado, escrito en Burdeos
durante 1770, no se incluye en los
archivos capitulares de Metz. Los de la Villa de Libourne incluyen
únicamente
los
pasajes principales. Dichos
fragmentos, bastante mal
escritos y con
numerosas mutilaciones, se
encuentran repartidos entre
las distintas
instrucciones de rituales, siendo bastante difícil reconstruir a partir de
ellos la
5
obra
de Martínez de
Pasqually. Por lo
tanto, desde aquí,
nuestro infinito agradecimiento al Sr. Matter por su amable
colaboración.
Con posterioridad, y a su debido tiempo, irán apareciendo
otras piezas no menos importantes que arrojaran nueva luz sobre los hombres y
las cosas de esta época.
Un Caballero de la Rose Croissante.
París, 20
de septiembre de
1898, aniversario de
la muerte de
Martínez de Pasqually.
6
TRATADO DE LA REINTEGRACIÓN DE LOS SERES
Antes de los tiempos, Dios emanó seres espirituales para su propia
gloria,
en su inmensidad
divina. Estos seres
debían ejercer un
culto
determinado por la Divinidad mediante leyes,
preceptos y mandatos eternos.
Eran, por tanto, libres y distintos a su
Creador; no se les podía negar el libre
albedrío con que
habían sido creados
sin destruir en
ellos la facultad,
propiedad, virtud espiritual y personal
necesarias para actuar acertadamente
dentro de los límites del ejercicio de su poder. Precisamente dentro de estos
límites, los primeros seres espirituales
debían rendir culto a Aquel de quien
habían
emanado. Estos primeros
seres no podían
negar ni ignorar
las
convenciones
estipuladas por el
Creador al proporcionarles las
leyes,
preceptos y mandatos, pues su creación se basaba exclusivamente en
dichas
convenciones.
Cabría
preguntarse qué eran
estos primeros seres
antes de su
emanación divina, si existían o no. Existían
en el seno de la Divinidad, pero sin
acción, pensamiento ni
entendimiento propio, únicamente
podían actuar y
sentir por voluntad del ser superior que les contenía y en el que todo se
movía.
Aunque no puede decirse que esto sea verdaderamente existir, esta existencia
en Dios es absolutamente imprescindible pues
constituye la inmensidad del
poder divino. Dios no podría ser el padre y
señor de todas las cosas si en Él no
existiera una fuente innata e inagotable de
seres, a los que hace emanar por su
única
voluntad y a
su conveniencia. Gracias
a esta infinita
multitud de
emanaciones de seres espirituales de su
interior recibe el nombre de Creador y
su obra se denomina creación divina, espiritual y animal, espiritual temporal.
Los primeros espíritus emanados del seno de la Divinidad
se distinguían
entre
ellos por sus
virtudes, poderes y
nombres. Ocupaban la
inmensa
circunferencia divina denominada
vulgarmente Dominación, que
lleva su
número denario según la siguiente figura: c, y donde todo espíritu superior 10,
mayor 8, inferior y menor 4 debía actuar y obrar para mayor gloria del Creador.
Su demostración o número evidencia que su emanación procede realmente de
la cuádruple esencia divina. Los nombres de
estas cuatro clases de espíritus
eran
más poderosos que
los que damos
ordinariamente a Querubines,
Serafines, Arcángeles y Ángeles, emancipados más tarde. Como ya hemos
dicho,
estas cuatro primeras
condiciones de seres
espirituales poseían,
además, parte de la dominación divina: un
poder superior, mayor, inferior o
menor, por el que conocían todo lo que podía
existir y todo lo que se incluía en
los seres espirituales que aún no habían salido del seno de la Divinidad.
¿Cómo podían conocer cosas que no existían aún de modo
individual fuera del seno del Creador?. Porque estos
primeros seres emanados del primer círculo,
denominado misteriosamente círculo denario, podían leer de manera clara y cierta lo que ocurría en la Divinidad, así como
todo lo contenido en ella. No debe existir duda alguna sobre lo que acabo de
decir, en el convencimiento de que corresponde exclusivamente
al espíritu leer, ver y concebir el espíritu. Estos
primeros seres tenían un conocimiento perfecto de todas las acciones divinas, pues habían emanado del seno del Creador
para admirar todas las operaciones divinas de la manifestación de Su gloria.
7
¿Conservaron estos primeros espíritus divinos su primitivo
estado de
virtud
y poderes divinos
tras su pecado?.
Sí, lo conservaron
por la
inmutabilidad de los designios del Padre
Eterno, pues si el Creador hubiese
retirado todas las virtudes y poderes otorgados a los primeros
espíritus, habría
evitado cualquier acción de vida buena o
mala, así como toda manifestación de
gloria, justicia y poder divino de estos espíritus prevaricadores. Algunos
opinan
que el Creador debía haber previsto que estos primeros espíritus faltarían a
las
leyes,
preceptos y mandatos
que habían recibido,
y que, por
tanto, le
correspondía a él cuidar de que los
respetaran. Mi respuesta es la siguiente:
aunque el Creador previera la soberbia ambición de estos espíritus, no
podría
haber reprimido y detenido sus pensamientos
criminales sin privarles de la
actuación particular e innata en ellos, pues fueron creados para actuar
según
su propia voluntad y como segunda causa
espiritual, según el plan que Él
mismo les trazó. El Creador no
interviene en modo alguno en las segundas
causas espirituales, sean buenas o
malas, pues la existencia de los seres
espirituales se
apoya y fundamenta
en leyes inalterables.
Así, el Creador
permite que cada ser espiritual actúe
libremente según su propia voluntad y
determinación; la confirmación de esto podemos verla todos los días.
A la pregunta de qué tipo de prevaricación cometieron
estos espíritus
para que el Creador empleara la ley divina
contra ellos, yo contestaría que
estos espíritus fueron creados únicamente
para actuar como causas segundas,
y en ningún caso para utilizar sus poderes
sobre las causas primeras o la
acción misma de la Divinidad. Eran agentes
secundarios; por lo tanto, sólo
debían ambicionar sus poderes, virtudes y
operaciones segundas, y no intentar
en modo alguno anticiparse al pensamiento del Creador en ninguna
operación
divina, ya fuera pasada, presente o futura.
Su crimen fue, en primer lugar,
intentar condenar
la eternidad divina
en sus operaciones
de creación; en
segundo lugar,
intentar limitar la
Omnipotencia divina en
estas mismas
operaciones; en
tercer lugar, desear
en su pensamiento
espiritual ser
Creadores de causas terceras y
cuartas, aun cuando sabían que eran innatas a
la omnipotencia del Creador, lo que se denomina cuádruple esencia divina.
¿Cómo podían condenar la eternidad divina?.
Otorgando al Padre Eterno una emanación igual a la suya;
considerando
al
Creador un ser
similar a ellos,
nacido de criaturas
espirituales que
dependerían inmediatamente de sí mismas, tal
como ellas dependían de aquel
de quien habían emanado. He aquí lo que
denominamos el principio del mal
espiritual, pues cualquier mal pensamiento
concebido por el espíritu es siempre
criminal ante el Creador, aun cuando no lo
lleve a cabo de manera efectiva.
Para castigar esta voluntad criminal los espíritus fueron
arrojados por el único
poder del Creador a lugares de sumisión,
privación y miseria impura contrarios
a su ser espiritual, que era puro y simple por su emanación, como se
explicará
a continuación.
Cuando estos primeros espíritus concibieron pensamientos
criminales, el
Creador aplicó la ley sobre su
inalterabilidad, creando este universo físico de
apariencia material para que fuera su lugar
fijo de actuación y obra, privándoles
de toda su malicia. En ningún caso debe incluirse en esta creación material al
8
hombre o menor
actualmente en la superficie terrestre; el hombre no debía hacer uso alguno
de esta materia
aparente, pues había
sido emanado y emancipado
por el Creador sólo para que dominara sobre todos los seres emanados y emancipados con él. La creación del hombre fue
posterior a la formación de este universo
por la Omnipotencia divina como asilo para los primeros
espíritus perversos y
límite para sus
malas obras, que no
prevalecerán jamás contra las leyes del orden
impuesto por el Creador en su creación
universal. El hombre tenía las mismas virtudes y poderes que los primeros espíritus y, aunque fue emanado después que
ellos, se convirtió en su superior y
mayor gracias a su estado de gloria y a la fuerza del mandato recibido del
Creador. Conocía perfectamente
la necesidad de
la creación universal,
conocía también la
utilidad y santidad
de su propia
emanación espiritual, así como la forma gloriosa de la que había sido
revestido para actuar según su voluntad sobre formas corporales activas
y pasivas. En este estado, debía manifestar
todos sus poderes frente a la creación universal, general y particular para
mayor gloria del Creador.
Dividiremos el universo
en tres partes
para que nuestros
émulos comprendan toda su capacidad de acciones
espirituales: 1º el universo, que consiste
en una circunferencia en la que se incluyen el general y el particular; 2º la tierra o parte general de la que emanan todos
los alimentos necesarios para el
particular; 3º el particular, formado
por todos los habitantes de los cuerpos celestes y terrestres. He aquí
nuestra división de la creación universal para que
nuestros émulos puedan
conocer y actuar
individualmente y en conocimiento
de causa sobre cada una de estas tres partes.
Adán, en su primer estado de gloria, fue el verdadero émulo
del Creador. Como espíritu puro, leía abiertamente los pensamientos y
actuaciones divinas. El Creador le hizo discernir los tres principios que
componían el universo; para ello le dijo: “Ordena a todos los animales activos
y pasivos, y te obedecerán”. Adán realizó
lo que el Creador le había dicho, pudo constatar que su poder era grande y
aprendió a conocer una parte del todo que compone el universo. Esta parte es lo que denominamos el particular, formado
por todo ser activo y pasivo que
habita desde la superficie terrestre y su centro, hasta el centro celestial
denominado misteriosamente cielo de Saturno.
Después, el Creador dijo a Su criatura: “Ordena al
general o la tierra, y te obedecerá”.
Adán lo hizo, y pudo darse cuenta que su poder era grande y llegó a entender el
segundo todo que
compone el universo.
Tras estas dos operaciones,
el Creador dijo a Su criatura: “Ordena a todo el universo creado, y todos sus habitantes te obedecerán”. Adán volvió a poner
en práctica la palabra del Padre Eterno,
y gracias a esta tercera operación aprendió a reconocer la creación universal.
Adán, habiendo actuado y manifestado su voluntad según
deseaba su
Creador, recibió el nombre augusto de Hombre
Dios de la tierra universal, pues
su descendencia debía ser divina, no carnal.
Es importante señalar que en la
primera operación Adán recibió la ley; en la
segunda, el precepto; y en la
tercera, el mandato.
Gracias a estos
tres tipos de
operaciones, vemos
9
claramente los límites de los poderes,
virtudes y fuerzas que el Creador otorgó
a Su criatura, así como aquellos prescritos a los primeros espíritus perversos.
El
Creador, viendo a Su criatura satisfecha con esas virtudes, fuerzas y
poderes
innatos que podía
utilizar a voluntad,
la dejó a
su libre albedrío,
emancipándola con esta libertad de la inmensidad divina, de modo que gozase
de manera particular y personal, en el
presente y en el futuro, durante una
eternidad inalterable, siempre y
cuando se comportase según la voluntad del
Creador.
Adán, abandonado a su libre albedrío, reflexionó sobre el
gran poder
manifestado en sus tres primeras operaciones. Su trabajo le
parecía similar en
importancia al del Creador. Sin embargo, de
modo independiente no podía
profundizar completamente en estas
tres primeras operaciones ni en las del
Creador, y la preocupación empezó a
apoderarse de él. Sólo podía leer en la
omnipotencia divina con el consentimiento del Creador, tal como estipulaban
las órdenes que Éste le había proporcionado antes de otorgarle libre
voluntad:
que
ejerciera su poder
sobre todo lo
que estaba bajo
su dominio. Las
reflexiones de Adán, así como su
deseo de leer en el poder divino, llegaron sin
dilación a conocimiento de los seres
perversos que denominamos demonios
malos. En cuanto Adán concibió este pensamiento se le apareció uno de los
principales espíritus perversos
revestido de cuerpo glorioso, y aproximándose a
él
le dijo: “¿Qué
más deseas saber
del omnipotente Creador?,
¿No te ha
igualado a él mediante la virtud y la omnipotencia que te ha otorgado?.
Actúa
según tu propia voluntad innata, y obra como ser libre, bien sobre la
Divinidad,
bien
sobre toda la creación universal
sometida a tu
mandato. Así te
convencerás de que tu omnipotencia no difiere en nada de la del Creador.
Descubrirás que eres, además de creador de poderes particulares, creador
de
poderes universales, pues se te comunicó que
de ti nacería la descendencia de
Dios. Todas estas cosas las he sabido
del Creador, y te hablo por Él y en su
nombre.”
Ante este
discurso del espíritu
demoníaco, Adán permaneció
como
paralizado,
sintió nacer en
él un violento
desconcierto y entró
en éxtasis.
Mientras se encontraba en este estado, el espíritu maligno le insinuó su
poder
demoníaco.
Adán volvió de
su éxtasis espiritual
animal sin liberarse
de la
influencia negativa del demonio,
decidiendo utilizar la ciencia demoníaca en
vez de la ciencia divina que le había
entregado el Creador para someter a
todos los seres inferiores a él. Rechazó así totalmente su propio
pensamiento
espiritual divino, para utilizar únicamente lo que le sugirió el espíritu
maligno.
Así, Adán llevó a la práctica el pensamiento demoníaco,
realizó una cuarta
operación sirviéndose de
las poderosas palabras
que el Creador
le había
transmitido para sus
tres primeras operaciones,
pero rechazando completamente el ceremonial de estas mismas
operaciones. En su lugar utilizó el ceremonial
y el plan
que le había
enseñado el demonio,
atacando la inmutabilidad del Creador.
Adán imitó a los primeros espíritus en su propósito de
convertirse en
creadores, en perjuicio de las leyes
prescritas por el Padre Eterno para limitar
10
sus operaciones
espirituales divinas. No le correspondía
a estos primeros espíritus
concebir ni entender la creación, pues no eran más que criaturas de poder. De igual modo, tampoco Adán debía aspirar a
esta ambición de creación de seres
espirituales insinuada por el demonio.
Ya saben que,
en cuanto dichos
demonios o espíritus
perversos
consideraron poner en práctica una voluntad de emanación semejante
a la del
Creador, fueron arrojados a las tinieblas por
un tiempo infinito, por voluntad
inalterable del Creador. Su caída y su
castigo demuestran que el Creador no
puede
ignorar el pensamiento
y la voluntad
de Su criatura:
cualquier
pensamiento y voluntad, bueno y malo,
es oído directamente por el Creador,
quien lo aprueba o lo rechaza. Por lo tanto, es incorrecto decir que el mal
procede del Creador, bajo pretexto que
todo emana de Él. Del Creador sólo
han surgido seres espirituales, buenos, santos y perfectos; ningún mal
puede
emanar de Él. Se preguntarán de dónde emanan
entonces. Mi respuesta es
que el mal no se crea, sino que es
engendrado por el espíritu. La creación
pertenece al
Creador, no a la criatura;
los malos pensamientos
son
engendrados por espíritus malos, al
igual que los buenos pensamientos son
engendrados por espíritus buenos. Le
corresponde al hombre rechazar los
primeros y admitir los segundos
pues, gracias a su libre albedrío, tiene derecho
a ser recompensado por sus buenas
obras, pero también puede ser privado por
un tiempo infinito de sus derechos
espirituales.
Volveré a hablar de dicha misericordia divina más
adelante, de momento
retomemos la concepción del mal, causado por la mala voluntad del espíritu. La
concepción criminal del espíritu, o
pensamientos malos, es conocida en el
entorno espiritual como intelecto maligno; y
la concepción de pensamientos
buenos
se denomina intelecto
bueno. Los espíritus
buenos y malos
se
comunican con el hombre mediante dichos
intelectos y su efecto no siempre es
el mismo porque el hombre utiliza su libre albedrío para rechazar
o aceptar el
mal o el bien.
Denominamos intelecto a esa insinuación buena o mala de
los espíritus
sobre
los seres espirituales.
Los espíritus perversos
están sometidos a
menores que han perdido su poder superior debido a su pecado. Los
espíritus
buenos
también están sometidos
al hombre por
el poder cuaternario
que
recibió en su emanación. El Creador
anunció al hombre este poder universal
diciéndole: “Todo lo
he creado para
ti; sólo tienes
que ordenar y
serás
obedecido”. Por lo tanto, tanto los espíritus
buenos, como los malos están
sometidos al menor. Si el hombre
hubiese conservado su estado de gracia,
habría logrado
que los espíritus
malignos recibiesen su
intelecto bueno y
verdadero, tal como éstos le comunicaron y siguen comunicándole su
intelecto
maligno. Gracias a su poder de mandato, el
hombre podría acrecentar más aún
su privación, rechazando toda comunicación con ellos. La desigualdad de
los
cinco dedos de la mano lo ilustra claramente:
el dedo corazón simboliza el
alma; el pulgar, el espíritu bueno; el
índice, el intelecto bueno; y los otros dos
dedos, el espíritu e intelecto demoníaco.
Esta imagen explica sencillamente
que el hombre fue emanado para hacer frente a los demonios malignos,
para
dominarlos
y combatirlos. El
poder del hombre
era muy superior
al del
demonio, pues a su ciencia unía la de su compañera y su intelecto, oponiendo
11
así tres
poderes espirituales buenos
contra dos poderes
demoníacos; esto habría
subyugado completamente a
quienes profesaban el
mal y, consecuentemente, lo
habrían destruido.
Ahí tenemos la demostración de que el origen del mal sólo
está en los
pensamientos perversos y en la voluntad maligna del espíritu
contra las leyes
divinas, nunca en el espíritu emanado del
Creador, pues en Él no existe la
posibilidad del mal. Nace exclusivamente
de la disposición y voluntad de sus
criaturas. Quienes afirman lo
contrario no hablan en conocimiento de causa de
lo posible e imposible en la
Divinidad. El castigo del Creador a Su criatura es
justo, no podemos culparle de la desdicha desencadenada para protegerla
de
la condena infinita.
A continuación, profundizaré en la explicación de la
prevaricación del
primer hombre. Este delito repitió el de los
espíritus perversos emanados antes
que él. Resultó de la propia voluntad de Adán
pero no procedía directamente
de su pensamiento, pues le fue insinuada por los espíritus
prevaricadores. Sin
embargo, la prevaricación del primer hombre
fue más grave que la de los
primeros espíritus, pues Adán
sucumbió a la insinuación de los
demonios,
contrajo una voluntad perversa y utilizó toda su virtud y poder divino
contra el
Creador. Con su creación, puso en práctica su voluntad y la de los demonios,
cosa que los espíritus perversos no
lograron hacer, pues el Creador detuvo sus
malos pensamientos y anuló su
voluntad. Quizás se pregunten por qué el
Creador no actuó contra la voluntad
y la conducta inicua del primer hombre, tal
como hizo con los espíritus perversos.
El hombre, instrumento elegido por el
Creador para
castigar a los
primeros espíritus, recibió
leyes de orden
pertinentes. El Creador permitió que subsistieran dichas leyes del
hombre, así
como las innatas al espíritu maligno, para
que ambos seres actuaran conforme
a su pensamiento y voluntad
particular. El Creador es un ser de decretos y
dones espirituales inmutables, como
inmutables son sus promesas y condenas,
y las penas y recompensas que concede a Su criatura. Por lo tanto, no
puede
detener la fuerza y la acción de las leyes de
orden del espíritu maligno y del
espíritu menor u hombre, sin faltar a
su inmutabilidad. Dejó actuar
libremente a
ambos seres emanados, pues no podía leer las causas secundarias temporales
ni impedir su acción sin derogar Su
propia existencia de Ser necesario y Su
poder divino.
Si el Creador
interviniese de algún
modo en las
causas segundas, tendría que comunicar Él mismo a Su criatura no sólo el
pensamiento, sino también
la voluntad buena
o mala, o
hacérselo saber mediante
agentes espirituales emanados
directamente de Él, lo que vendría a ser lo mismo. Si actuase así, sería acertado afirmar que el bien y
el mal, como lo puro y lo impuro,
proceden de Dios. En ese caso no podríamos considerarnos seres libres, sometidos al culto divino por propia
voluntad. Rindamos la justicia debida al Creador, aceptando sin ningún
tipo de dudas que en Él nunca ha existido la menor sospecha de mal, pues al
estar el espíritu revestido de libertad total, el mal sólo puede surgir de su
propia voluntad.
El Creador no
habría permitido que
su menor sucumbiera
a la
insinuación de los demonios si hubiese podido
detener la acción de las causas
12
segundas espirituales temporales, pues lo
había emanado expresamente para
ser el instrumento particular de la
manifestación de Su gloria frente a estos
mismos demonios. Haré una pequeña
comparación, aunque no tiene nada que
ver: si enviaran a su mano derecha para combatir a sus enemigos y su
triunfo
dependiera de ustedes, ¿podrían dejarle
sucumbir sin sucumbir
ustedes
mismos?. Si su emisario
combatiese observando estrictamente las órdenes
recibidas y volviese victorioso, ¿no le
recompensarían con todo su poder por
mantenerse fiel a sus órdenes?. Si
incumpliera sus órdenes y resultase vencido
le
castigarían, pues contaba
con la fuerza
necesaria para ganar,
pero
¿resultarían vencidos ustedes también?. No.
Él sería el único culpable, sobre él
recaería toda su indignación, por su falsedad
e infidelidad, y lo considerarían
una afrenta. Peor aún, si en vez de
atacarles y vencerles su enviado se uniese
a
ellos contra ustedes, ¿qué
opinión les merecería?.
Lo considerarían un
traidor y tendrían la
máxima precaución con él. Pues bien, esa fue exactamente la prevaricación del primer hombre contra el Creador.
Por este motivo, el ángel del Señor dijo, según recogen las
Escrituras: “Alejemos de aquí al hombre que ha
conocido el bien y el mal,
pues podría perturbar
nuestras funciones meramente espirituales, cuidemos que no toque nunca
el árbol de la vida ni viva así por siempre jamás.”
(El árbol de la vida es simplemente el espíritu del
Creador, al que el menor ataca
injustamente con sus
aliados. Ni viva
así por siempre
jamás significa: que no viva eternamente como los
primeros espíritus demoníacos, con virtudes y poderes malditos).
Sin este castigo, el primer hombre no habría cumplido
penitencia alguna
por
su crimen, no
habría obtenido su
reconciliación, no habría
tenido
descendencia y habría permanecido como menor
de los menores demoníacos,
por su propia culpa. Sin embargo, gracias a su
reconciliación espiritual, el
Creador le devolvió sus virtudes y poderes
originales sobre los infieles a las
leyes divinas. Con esta reconciliación, obtuvo
por segunda vez el poder de
favorecer o perjudicar a todo ser creado. A él
le corresponde utilizarlo con
sabiduría y moderación, y no volver a utilizar su libre albedrío
en beneficio de
los enemigos del Creador, so pena de convertirse eternamente en el árbol de
vida del mal.
Volvamos a la prevaricación de Adán. Cuando conozcan el
tipo y el fruto
de este crimen, no considerarán injusta la pena
que el Creador nos impone
desde que nacemos,
pena que recaerá
irreversiblemente sobre nuestros
descendientes hasta el final de los siglos.
Adán fue la última criatura emanada;
recibió el lugar
central de la
creación universal, general
y particular; fue
revestido de un poder superior al de todo ser
emanado, conforme al destino
que
el Creador le
asignaba; incluso los
ángeles estaban sometidos
a sus
enormes virtudes y poderes. Tras
reflexionar sobre su glorioso estado, Adán
concibió y llevó a la práctica su mala voluntad en el centro de la
primera capa
gloriosa,
denominada vulgarmente paraíso
terrestre, y que
nosotros
denominamos misteriosamente tierra
más allá de
todo sentido. Este
emplazamiento es llamado así por los amigos
de la sapiencia, pues fue en este
lugar conocido como
Moriah donde se
erigió el templo
de Salomón. La
construcción de este templo representaba realmente la emanación del primer
13
hombre. Para
entenderlo, basta con
saber que el
templo de Salomón
fue
construido sin ayuda
de herramientas de
metal, para enseñar
a todos los
hombres que el Creador creó al primer hombre sin ayuda física material alguna.
Esta capa espiritual
donde el Creador
situó a su
primer menor, se representa con el número 6
y una circunferencia. Mediante esos seis círculos, el Creador simbolizó
al primer hombre
los seis pensamientos
infinitos empleados en la
creación de su templo universal y particular. El séptimo, unido a los
otros seis, anunciaba al hombre su unión con el espíritu del Creador, que sería su fuerza y su sostén. Sin embargo, pese a
todas las precauciones del Creador
para prevenir y proteger al hombre de sus enemigos, éste actuó según su propia voluntad, realizando una obra inicua.
Adán tenía el poder de crear una descendencia espiritual,
es decir de
forma
gloriosa, semejante a
la que él
poseía antes de
su pecado, forma
impasible y de naturaleza superior a todas las
formas elementales. Toda la
gloria
de dicha creación
habría recaído en Adán;
con su sola
voluntad, el
pensamiento espiritual divino habría convertido su fruto en un ser
tan perfecto
como él. Dios y el hombre realizarían una
única operación, y Adán se vería
renacer con
enorme satisfacción en esa gran
obra, pues sería
en verdad
creador de la descendencia de Dios. Sin embargo, lejos de cumplir los
deseos
del Creador, el primer hombre se dejó seducir
por las insinuaciones de sus
enemigos y por el falso propósito de
apariencia divina que éstos le trazaron.
Los espíritus demoníacos le dijeron:
“Adán, en ti está innato el verbo de todo
tipo de creación, conoces todos los valores, pesos, nombres y medidas.
¿Por
qué no utilizas tu poder de creación divina?.
Sabemos que todo ser creado
estará sometido a ti. Crea, pues,
criaturas, ya que eres creador. Actúa frente
aquellos ajenos a ti para que rindan justicia a la gloria que mereces”.
Adán, lleno de malsano orgullo, trazó seis
circunferencias similares a las
del Creador; es decir, llevó a la práctica los seis pensamientos espirituales
que
tenía en su poder para satisfacer su voluntad
creadora. Realizó su actuación
criminal en presencia
del espíritu seductor.
Esperaba obtener el
mismo
resultado que el
Creador Eterno, pero
el espíritu maligno
y él quedaron
enormemente
sorprendidos al ver
el fruto de
su operación: una
forma
tenebrosa y completamente diferente a
la suya, en vez de la forma gloriosa que
esperaban. En efecto, creó una forma simplemente material, en vez de
pura y
gloriosa, como estaba en su poder. ¿Qué hizo Adán entonces?. Reflexionó
sobre el fruto inicuo de su operación
y supo que había creado su propia prisión,
donde él
y sus descendientes
quedarían confinados, en
las tinieblas y la
privación espiritual divina, hasta el
final de los siglos. Esta privación consiste en
la
transformación de forma
gloriosa en forma
material y pasiva.
La forma
corporal que Adán creó no era
realmente la que él tenía, sino la que tendría
tras su pecado. Podríamos preguntarnos
si la forma corporal gloriosa que el
Creador concedió a Adán era semejante a la que tenemos actualmente. Yo
diría que no se diferenciaba de la
nuestra. La única diferencia es que aquella
era pura e inalterable, mientras que
ésta es inerte y está sujeta a la corrupción.
El Creador se enfureció con el hombre por deshonrarse con una creación
tan
impura. Cabría preguntarse qué logró Adán con
la forma material que creó.
Sólo que de él naciese una estirpe de hombres, pues al crear esa forma pasiva
14
material degradó su propia forma impasible,
de la que debían emanar formas
gloriosas como la suya para ser morada de los menores espirituales enviados
por el Creador. Esta descendencia de Dios
habría sido ilimitada e infinita; la
obra
espiritual del primer
menor habría sido
la del Creador,
estas dos
voluntades de creación habrían sido
una sola en dos sustancias. Entonces,
¿por qué dejó vivir el Creador al fruto de la prevaricación de Adán?,
¿Por qué
no lo aniquiló al maldecir al primer hombre y
toda la tierra?. El Creador dejó
existir la
obra impura del
menor para que
le sirviese de
escarmiento
inmemorial, de
generación en generación,
pues el hombre
siempre tendría
presente el horror de su crimen. El Creador no ha permitido que el
crimen del
primer hombre se
borre bajo los
cielos para que
sus descendientes no
pretendan ignorar su pecado, y sepan así que las penas y miserias que sufren
y sufrirán hasta el final de los siglos no tienen su origen en el Creador, sino
en
nuestro primer padre, creador de materia
impura y pasiva. (Utilizo el término
materia impura porque Adán creó esta forma contra la voluntad del Creador).
Puede que se
pregunten cómo acaeció
la transformación de
forma gloriosa de Adán en forma material y si fue el
Creador quien dio a Adán esa forma
material tras su pecado. Pues bien, apenas hubo ejecutado el primer hombre su voluntad
criminal, el Creador,
haciendo uso de
todo Su poder, transformó
su forma gloriosa en forma material impasible semejante a la de su obra
criminal. El Creador
transformó esta forma gloriosa,
haciendo caer al hombre
en los abismos de la tierra donde había obtenido el fruto de su pecado. Así, el hombre pasó a habitar la tierra, como el
resto de los animales, pues antes de
su crimen reinaba sobre esta misma tierra como hombre Dios, sin mezclarse con
ella ni con sus habitantes.
Tras ese terrible suceso, Adán tuvo mayor conciencia de
la atrocidad de su crimen. Inmediatamente, se dispuso a suplicar por su falta y
pedir perdón al Creador por su ofensa. Se sumió en reclusión
y así, entre gemidos y lágrimas, invocó al
Creador divino:
“Padre de caridad y misericordia; Padre dador de vida y
con vida eterna;
Padre Dios de Dioses, de los cielos y de la tierra; Dios fuerte; Dios
de justicia,
de penas
y recompensas; Padre
Eterno todopoderoso; Dios
vengador y
recompensador; Dios
de paz y
bondad, de compasión
caritativa; Dios de
espíritus buenos y malos; Dios poderoso del sabbat; Dios de
reconciliación de
todo ser
creado; Dios eterno
y todopoderoso de
las regiones celestes
y
terrestres; Dios invencible cuya existencia no tiene principio ni fin; Dios de
paz
y satisfacción, Dios de toda supremacía y
poder, de todo lo creado; Dios que
castigas y recompensas
a Tu voluntad;
Dios cuádruplemente grande
de
revoluciones y ejércitos celestes y terrestres de este universo; Dios
magnífico,
de toda contemplación; de seres creados y
recompensas inalterables; Dios
padre de misericordia sin límites
con Tu débil criatura, escucha los gemidos de
quien reconoce ante ti su abominable crimen. Es sólo la causa segunda de
su
delito. Reconcilia en ti a Tu hombre y
somételo por siempre. Bendice así la
obra salida de las manos de Tu primer
hombre, para que no sucumba, como
yo, a las tentaciones de quienes han
provocado mi justo castigo y la obra de mi
propia voluntad. Amén.”
15
Observen que en
esta invocación al
Creador para alcanzar
su reconciliación, Adán proporcionó a sus descendientes un
conocimiento exacto de las diferentes
virtudes, poderes y
propiedades del Creador,
para que supiesen que habían sido creados para combatir por la gloria de Dios, y
le rindiesen el culto por el que se les permitió subsistir. Este culto
que el Creador exige actualmente a Su criatura temporal, no es el mismo que
habría exigido a Su primer menor de haber permanecido en su estado glorioso. El
culto que el hombre habría debido realizar en
ese estado tendría una sola finalidad: sería totalmente espiritual; mientras que el culto que Creador exige
actualmente a Su criatura temporal tiene dos finalidades: una temporal y
otra espiritual. He aquí el resultado del pecado de nuestro primer padre.
Después de todo
lo expuesto sobre
el delito de
Adán, no podemos
obviar la apariencia física animal,
espiritual, pasiva y eterna del hombre, sin
dejar de reparar en los poderosos
sentimientos e infinitas virtudes innatas en él.
Hemos visto que el crimen tuvo su origen en
las tentaciones de los espíritus
perversos al primer hombre emanado de Dios, a
quien llamamos Adán o primer
padre temporal u hombre roux o réaux, que
significa “hombre Dios de gran
sabiduría, virtud y poder”, tres venerables
cosas, innatas sin duda alguna en el
hombre, que en él son el pensamiento, imagen
y semejanza al Creador. Hemos
visto que el pensamiento del delito no partió
de él, sino de su voluntad como
hombre libre. En efecto, como ya he dicho
anteriormente, el pensamiento llega
al hombre desde otro ser: si se trata de un
pensamiento bondadoso, procede
de un espíritu divino; si es maligno, procede de un demonio malo.
Así, cuando
el
hombre pone en
práctica su voluntad,
su acción y
operación están
condicionadas por el pensamiento que haya concebido.
Esto no se limita únicamente a este mundo, ni a los
hombres en general,
sino que incluye los demás mundos y a los seres espirituales que
los habitan;
ya sean aquellos de los que el Padre Eterno
se sirve para comunicarse con Su
criatura menor y manifestar Su gloria en toda la creación del universo,
u otros
que nosotros desconocemos. Esta ley rige
incluso entre los demonios, quienes,
pese a ser condenados por el Creador en el momento de su pecado, disfrutan
total y plenamente de sus actos por su voluntad pensante, aunque no puedan
esperar
comunicación alguna con
el pensamiento divino,
salvo la que
les
llevaría a abandonar su voluntad maligna. Por tanto, lo que ocurre en la
corte
demoníaca, como ley y mandato de horror y abominación, sucede, aunque la
comparación
no sea posible,
en la corte
espiritual divina. El
adalid de los
demonios, que ha
jurado atacar constante
y porfiadamente las
leyes del
Creador, es el árbol de vida del mal por toda la eternidad; comunica sus malos
pensamientos a los
ángeles bajo su
poder y éstos,
siguiendo su pérfida
voluntad, los ponen en práctica para hostigar
al menor. La única intención de
este caudillo de las tinieblas es
someter a los menores a sus tenebrosas leyes,
intentando que parezcan tan netas y claras como las que el Creador
entregó a
Su criatura.
Los pensamientos divinos que recibimos por la
comunicación invisible de
un buen
espíritu o intelecto
no deben ser
considerados voluntad operante
divina, sino simples pensamientos. El hombre pone en práctica su voluntad tras
dicha comunicación de pensamientos, que denominamos intelecto. Lo mismo
16
podemos afirmar de la comunicación de
pensamientos o intelectos malignos a los
menores.
Al
dejarse influir por la comunicación de este tipo de intelectos buenos y malos, el primer hombre degeneró de su estado de
ser pensante. En su primer estado
glorioso, Adán no necesitaba la comunicación de los intelectos buenos y malos
para conocer el pensamiento del Creador y del príncipe de los demonios. Leía por igual en uno y otro, pues era un ser
enteramente pensante. Pero cuando se encontró solo con sus propias
virtudes, poderes y libre albedrío, su orgullo le
llevó a dejarse
influir por los
intelectos buenos o
malos, convirtiéndose así en lo
que denominamos ser pensativo. Cristo mismo nos demostró esa imperfección del menor, pues el príncipe de los demonios le tentó bajo forma humana aparente, ejerciendo su
voluntad demoníaca contra Él en la montaña Tabor. Es decir, el menor
concibe su mala voluntad únicamente tras la
insinuación del intelecto
malo; así fue
exactamente como el
primer hombre concibió y
llevo a cabo su crimen.
Les he explicado la naturaleza de esta falta con la misma
certeza con
que me fue explicado por uno de mis fieles
amigos, seguidor de la Verdad y
privilegiado por la Sabiduría. Han visto el terrible comportamiento del primer
hombre, Dios de
toda la tierra,
al crear una
forma material a
imagen y
semejanza de su forma corporal gloriosa. Ya
les he contado que esta forma
que Adán creó no era en modo alguno gloriosa, sólo era una forma de
materia
aparente,
muy imperfecta además,
al ser el
fruto de la
operación de una
voluntad perversa. Evidentemente, este
comportamiento debía ser castigado
por el Creador, pues Adán había abusado injustificadamente de su poder.
Sin
embargo, el Padre Eterno había prometido a
Adán que actuaría con él en todas
las acciones realizadas en Su nombre,
y debía cumplir Su firme promesa de
secundarle en cualquier circunstancia en que lo necesitara. Adán se
sirvió de
esa
promesa para manifestar
su poder innato
sobre todo ser
espiritual.
Recordó al Creador la promesa
inquebrantable de culminar sus obras. En base
a Su inmutabilidad divina, le requirió que cumpliese las palabras
pronunciadas
por propia voluntad en favor de su creación material. Dios, comprometido con
Adán
por la fuerza
de Su juramento
inquebrantable, unió Su
operación
espiritual a la acción temporal de
Adán, tal como le había prometido, pese a no
ser esa Su voluntad. El Creador culminó la obra de Adán como éste
deseaba,
confinando en la forma material a un ser
menor; el desdichado Adán encadenó
a dicho ser a una horrible prisión de
tinieblas, convirtiéndolo en pensativo y
pensante, y precipitándolo en una privación que podría ser eterna o limitada.
La palabra pensativo nació de la unión del intelecto
maligno con el ser
menor que, por su naturaleza espiritual divina, emanó como ser pensante en
toda la inmensidad del Creador. Esta unión
intelectual hizo degenerar al menor
de
su estado primitivo,
convirtiéndole en pensativo
por las nociones
intelectuales
recibidas del espíritu
malo; así, el
menor es pensante
sólo
momentáneamente, cuando se une completamente con el espíritu bueno. No
es sorprendente, pues, que Adán se
convirtiese en un ser pensativo y pensante
tras su
pecado. Las diferentes
maneras de pensar,
actuar y obrar
de los
descendientes de nuestro primer padre
temporal lo demuestran claramente.
Entre ellos encontramos diferentes nacionalidades, lenguas, cultos divinos o
17
materiales, y una variedad infinita de
transformaciones, tanto generales como
particulares. Además, los
hombres de todos
los tiempos han
mantenido
siempre una comunicación constante e íntima,
compartiendo unos con otros
sus pensamientos, de carácter
espiritual o material. Esto demuestra que son
prácticamente incapaces
de actuar solos,
por eso se
apoyan en las
insinuaciones buenas
o malas de los espíritus
que viven en
las tinieblas.
Podemos decir que los descendientes de
Adán son pensativos y pensantes
pues han alcanzado un estado contrario a su naturaleza espiritual,
debido a la
comunicación de seres espirituales buenos y malos, a los que permiten actuar
en su presencia.
Sin embargo, es
necesario señalar que
han existido menores
cuyo
nacimiento y vida temporal sólo han sido
señalados por la voluntad y obra
divina. Estos menores debían manifestar la
gloria del Padre Eterno y, pese a
que su forma derivaba de la descendencia de Adán, el menor que la
habitaba
era,
en verdad, un
ser netamente pensante,
nunca pensativo. ¿Por
qué?.
Porque el Padre Eterno le manifestaba
Su propia voluntad mediante la visión
de uno de Sus emisarios, que le
anunciaba claramente lo que debía hacer para
cumplir la voluntad divina. La
inspiración intelectual y la operación visual del
espíritu son cosas
diferentes, como aclararé
al hablar de
los menores
emanados antes que Adán por voluntad
del Creador y para manifestación de
Su gloria.
En los
primeros tiempos de la descendencia del primer hombre, Helí, a quien llamamos Cristo y era, sin duda alguna, un
ser pensante, reconcilió a Adán con la
creación. Enoc reconcilió a los primeros descendientes de Adán bajo la descendencia de Set. Noé, al reconciliar
la suya, reconcilió a la segunda descendencia
de Adán y, posteriormente, a la tierra con Dios. Melquisedec confirmó estas tres primeras reconciliaciones al
bendecir las obras de Abraham y a sus
trescientos siervos. Esta bendición es una repetición de la que Dios impartió
a los tres hijos de Noé: Sem, Cam y Jafet. Abraham y sus trescientos servidores forman el número perfecto cuatro, el
mismo número cuaternario que formó
Noé con sus tres hijos.
El número octavario, que resulta de la unión de estos dos
números
cuaternarios, nos
indica que todas
esas reconciliaciones y
confirmaciones
fueron realizadas directamente por Cristo.
Pues, pese a tener lugar con la
asistencia de menores emanados para tal fin,
éstos eran únicamente figuras
aparentes empleadas por Cristo para manifestar
la gloria y misericordia del
Creador con los reconciliados. Sabemos a
ciencia cierta que en el número ocho
está innato el doble poder que el Creador
entregó a Cristo; además, este
número indica todo lo que el Mesías realizó por los hombres
temporales de la
primera
y segunda descendencia
de Adán. La
descendencia de Set es
considerada la
segunda descendencia de
Adán, pues se
dispuso para su
reconciliación; no incluimos
la de Caín
ya que todavía
debe alcanzar su
reconciliación y sigue rindiendo tributo a la
justicia del Creador, como queda
claramente indicado por el tipo de la
maldición de Noé a su hijo Caín*, tras
llegar el arca a tierra. Siguen
desterrados en la región sur, señal inmemorial
para los hombres de todas las generaciones de que aún no se han reintegrado
18
espiritualmente en todos
sus poderes y virtudes personales, aunque ya no estén sobre la superficie
terrestre.
Deben saber que
lo sucedido a
Caín fue profetizado
por una señal
manifiesta a los hijos de Noé, que éstos no
comprendieron. Esta señal fue la
huida del cuervo del arca antes de que
avistaran tierra. Dirigió su vuelo hacia el
sur y nunca más regresó al arca, ni volvieron a verlo una vez en
tierra. El tipo
de esta huida del cuervo indica que el hombre
podría prever cualquier hecho
desdichado o venturoso que le ocurra, pues se le habrá anunciado de
alguna
manera. Si el hombre analiza sus pensamientos
verá el mal o el bien que
puede resultar de ellos, pues el
intelecto bueno no dejaría que nada ocurriese a
la
criatura que protege,
sin hacerle vislumbrar
las posibles consecuencias
buenas o malas.
Quizás se pregunten por qué los primeros descendientes de
Adán por
parte de Caín no se han reconciliado aún con
el Creador. ¿No vino Cristo a
redimir a vivos y muertos?. ¿No abrió el Hijo
de Dios las puertas del reino de
los cielos a todos los que habían muerto en
pecado, mediante Su pasión y
derramamiento de sangre?. Entonces, los
descendientes de Adán por parte de
Caín deberían participar en esa redención. Sin embargo, Cristo
sólo reconcilió
con Dios Padre a aquellos identificados con la señal de la operación espiritual
de los justos. Dicha señal era clara e
indiscutible: debía favorecer a quienes
estuviesen dispuestos
a afianzar su fe y
confianza en la
misericordia del
Creador; así defenderían firmemente la
poderosa manifestación de la justicia
divina que Cristo había demostrado
espiritualmente a todos los habitantes de la
tierra en privación divina. Esta
fue, en verdad, la actuación de Cristo, como voy
a explicar.
No puede existir la menor duda sobre la virtud y la
omnipotencia de Dios
Hijo, acción directa de la voluntad del
Creador, Padre de todas las cosas. No
podemos dudar que la creación fue realizada por el Creador en presencia de
Su Hijo divino, quien confirmaba cada pensamiento divino que se
llevaba a la
práctica, diciendo: “Todo es bueno”. Para poder afirmar esto
debía conocer
exhaustivamente la naturaleza
del pensamiento del
Creador. Conocía, en
efecto, toda la bondad y beneficio de los santos pensamientos que el Creador
ejecutaba ante Él y demostraba su júbilo y
complacencia, diciendo: Yo estoy en
Ti y en Tus obras, Creador
Todopoderoso, tal como Tú estás en Mí y en Mis
obras. He unido los confines de todo
lo que has creado, según Tu voluntad.
Quien que te siga y me siga demostrará
y confirmará Tus obras y las Mías, y
enseñará a todos
los seres espirituales
divinos la voluntad
de las leyes
inalterables, principio
de todo ser
creado. Gracias a
dichas leyes todo
ser
emanado actúa según
su virtud y
poder, bueno o
malo, y toda
operación
espiritual temporal, y su resultado, recaen sobre quienes obran en
beneficio o
perjuicio de la gloria del Creador y Su
criatura. Ahora entenderán que el mismo
Cristo dirige las acciones de los justos para ayudar a los menores
convertidos
en
esclavos de demonios
y a quienes
sufren, también actualmente,
la
persecución de los espíritus
demoníacos. En especial, esto es evidente por los
tres días que Cristo permaneció
ignorado de la tierra y sus habitantes. El primer
día descendió a las esferas de mayor
privación divina, llamadas vulgarmente
infiernos, para liberar de su horrible esclavitud a los menores marcados con la
19
señal de la reconciliación. Esa fue, en
verdad, su primera actuación, pues vino a los hombres para aplicar directamente
la justicia divina contra los enemigos del Creador.
La segunda intervención
de Cristo fue
en beneficio de
los justos, a
quienes denominamos Santos Patriarcas. Aún
rinden tributo a la justicia del
Creador,
no por haber
llevado una vida
criminal ni haber
tenido un
comportamiento
espiritual malo, sino
para expiar el
estigma de haber
permanecido en una forma material, a la que
descendieron por el pecado de
Adán, cuando debían haber vestido un cuerpo de
gloria incorruptible, como
demostró
empíricamente la gloriosa
resurrección de Cristo.
Mediante su
actuación doblemente poderosa, el Mesías (que significa “redentor espiritual
divino”) eligió a los menores patriarcas
cuya vida temporal sería un tipo real de
Su advenimiento y omnipotencia, para
que manifestasen de la justicia divina
sobre todos los seres emanados. Para ello, los patriarcas recibieron de
Cristo
un poder doblemente poderoso; así, conocían todo lo que Cristo hacía y haría
en el futuro en su beneficio y en el de los menores, desde una posición divina
superior a la suya. No debe sorprendernos
que este Ser reconciliador decidiese
privilegiar así a los menores elegidos para ser instrumento de la
manifestación
de la gloria divina; permitiendo, además, que dicho carácter se reflejase en
los
menores en privación divina mediante sus
operaciones espirituales divinas,
para mayor gloria del Creador y mayor humillación de los demonios. Por
esta
disposición y preparación espiritual divina,
el Redentor auxilió primero a los
menores más oprimidos, que necesitaban más ayuda que los que ya conocían
Sus obras para glorificar al Creador.
Sin duda desearán saber en qué consistía ese carácter
que el Redentor
concedió a los santos patriarcas. Éstos eran seres espirituales
mayores, más
poderosos
que los menores
gloriosos; únicamente se
diferenciaban de los
hombres por sus acciones espirituales
entre menores reconciliados aún no
redimidos. La
intervención de Cristo
desencadenaba en estos
menores
patriarcas un
enigmático cambio: gracias
a su poderosa
naturaleza, estos
justos menores eran más conscientes de la ternura indestructible y
eterna del
Creador hacia Su criatura; sabían que Su
intención al crearla no fue que se
corrompiese, aunque eso fue precisamente lo que ésta hizo.
La intervención
de Cristo (cuyo
nombre significa “receptáculo de
intervención divina”)
ante los menores fue completamente diferente a la que
habían percibido en el pasado, encomendándoles
un trabajo muy distinto al
que realizaron durante su vida temporal;
para hacerse una idea, piensen en las
diferentes usanzas de
los habitantes de
la superficie terrestre,
aunque la
comparación no sea
válida. Los esclavos
de los demonios
recibieron un
carácter similar, procedente de la acción
santa de estos gloriosos patriarcas,
que cumplían, junto con el mayor espiritual doblemente poderoso, la
voluntad
de Cristo. Así,
los esclavos de
los demonios recibieron
una señal de la
reconciliación divina
más fuerte que la de
los menores patriarcas,
pues la
acción de la señal de éstos debía ser limitada, mientras que la de los
esclavos
de los demonios debía conseguir mayores y más
importantes logros. Por lo
tanto,
la transformación de
los menores patriarcas
fue enorme, aunque
infinitamente inferior a la que experimentaron los esclavos de los demonios, ya
20
que el
espíritu que moraba
en ellos debía
ejecutar dos acciones:
la
reconciliación de los menores y el castigo de los mayores
perversos. He aquí
las
dos primeras operaciones
de Cristo en
los dos primeros
días que
permaneció apartado de los hombres, que representaban a toda la creación
el
tipo de la muerte y la posterior reconciliación y resurrección espiritual.
La tercera operación de Cristo hace alusión al tercer
día de su sepultura;
fue realizada sobre dos clases de menores que
estaban más o menos recluidos
en privación divina. Así, esta tercera operación fue dividida en
dos elementos,
uno visible y otro invisible para los mortales ordinarios, dado que la materia
no
puede ver y concebir el espíritu sin morir o
sin que el espíritu la disuelva y la
destruya.
El elemento invisible
de la tercera
operación de Cristo
disminuía el trabajo y acciones penosas de los menores durante su
recorrido universal, general y particular, según lo prescrito por el Creador.
Sabemos de este recorrido universal al que está sometido
el menor
gracias
al esmerado estudio
de los tres
principales círculos esféricos
por
hombres de todos
los tiempos (incluyendo
los del presente
siglo), con la
finalidad de dominar los diferentes medios para recorrer la
superficie terrestre.
Debido a su escaso conocimiento y a los
enviciados motivos de su estudio,
algunos hombres
consideran que la
finalidad de estos
tres círculos es
satisfacer sus codiciosas pasiones
materiales. Es cierto que estos tres círculos,
denominados círculo sensible, círculo
visual y círculo racional, permiten al
hombre aumentar
sus conocimientos sobre
el espacio y
los límites de la
creación universal,
general y particular;
pero quienes únicamente
los
consideran bajo
un prisma material
se encuentran en
las más tenebrosas
tinieblas.
Desde el
punto de vista espiritual, el círculo menor está relacionado con
el sensible, el círculo intelecto con el
visual y el círculo mayor con el racional;
estos tres círculos son simplemente diferentes planos en los que los
menores
justos completarán su acción temporal, invisible para el hombre material. Esta
operación comienza en el círculo sensible;
desde ahí, los menores pasan al
círculo visual, donde
surge el impulso
de su actuación
espiritual (que
denominamos reacción);
como la superficie
de este segundo
círculo es infinitamente mayor a la del primero (donde han finalizado
el recorrido de su actuación natural), los
menores descansan, a la sombra de su reconciliación, en el círculo que
denominamos racional.
Todos los
cuerpos planetarios y
elementales habitan en
estos tres
círculos principales. Estos círculos también
se distinguen por los principales
poderes divinos en ellos, como
explicaré con ayuda de tres números: el número
cuatro corresponde al menor, el número
siete al espíritu y el número ocho al
doble espíritu, que es Cristo. Cristo dirige al espíritu, el espíritu
dirige al menor
y el menor dirige a la forma terrestre. Así,
como ya he dicho, el primer elemento
de la tercera operación de Cristo consiste en acortar el recorrido y los
trabajos
de los menores en estos tres círculos, para
que puedan descansar a la sombra
de su reconciliación.
21
El segundo elemento, visible para los hombres
materiales, consiste en el
proyecto que Él mismo les ha trazado, ya sea
mediante Su resurrección o
mediante instrucciones entregadas
a Sus fieles
elegidos con Su
palabra
espiritual divina. Esto es en verdad lo que
sé y lo que me ha sido contado sobre
la reconciliación realizada por Cristo, reconciliación dispuesta por los justos
que
Él mismo eligió y a quienes brindó el primer ejemplo, como voy a explicar.
Helí reconcilió al primer hombre con el Creador mediante
su espíritu, que se unió al primer menor emanado. Enoc, gracias a su justicia,
actuó en favor de los descendientes, vivos
y muertos, de Set, cediéndoles el carácter o señal auténtica de su intervención. Con esta señal marcó a
quienes fueran dignos de acompañar a
Cristo a presentarse ante Su padre, el Creador, para rendirle cuentas de las obras realizadas para Su glorificación y
para humillación de Sus enemigos. Noé
desempeñó ese mismo papel, tal como Melquisedec, Elías, Zorobabel y Cristo.
Fueron enviados por
el Creador para
identificar a los menores
espirituales que presenciarían el triunfo de la manifestación de la justicia
divina gracias al poder del Hombre Dios divino.
No
detallaré las diferentes actividades de estos justos para identificar a
la corte que acompañaría a Cristo cuando se
presentara en espíritu ante el
Creador, Padre
de toda autoridad
y poder divino
inmutable. Quizás se
pregunten cómo es posible que los
justos nombrados llevaran esto a cabo. ¿No
preveían las leyes inmutables dictadas por el Creador en la creación
universal
todo suceso temporal o espiritual?. No, Dios
no podía prever lo que no había
dispuesto; como ya he dicho, sólo podía leer en el pensamiento una vez que
había sido concebido y no podía detener la voluntad de
los seres espirituales.
Sin esta libertad, Adán no habría
podido pecar, su crimen desencadenó tal
cambio que el Creador se vio obligado
a modificar el funcionamiento de la
creación general y particular. Por creación general debemos entender la
tierra;
y por creación particular, todos los menores que la habitan, tanto en el cuerpo
terrestre como en
el celeste. Este
delito, que no
pueden olvidar pese a
desconocer aún su carácter exacto, obligó al
Creador a aplicar la ley divina
contra su creación.
Ya saben que el Creador emanó a Adán, hombre Dios justo
de la tierra,
dotándole de un cuerpo glorioso incorruptible.
Saben que, tras su pecado, le
maldijo personalmente junto a su obra impura y
maldijo luego toda la tierra.
También saben que, por este pecado, Adán
degeneró de forma gloriosa en
forma
material terrestre. Sabrán,
pues, que todo
esto no habría
podido
adaptarse a la
naturaleza general y particular
si el Creador
no hubiese
suspendido y retirado temporalmente los
poderes que había otorgado al primer
hombre en su
estado de justicia.
La transformación de
Adán, de cuerpo
glorioso a cuerpo de materia terrestre, anunciaba las nuevas leyes decretadas
por el Creador hasta que alcanzase su reconciliación. Tras esta reconciliación
el Creador le bendijo por segunda vez y le perdonó su falta, pero le dotó de un
poder inferior al que poseía antes de su
crimen. La demostración física la
tenemos en las diferentes leyes que
Moisés bajó de la montaña. Moisés no
entregó al pueblo de Israel las primeras tablas de la ley; la prevaricación de
este pueblo le llevó a destruirlas, privando a los israelitas de la ley divina
que
22
tan ansiosamente deseaban recibir.
Posteriormente, Moisés se reconcilió con
su pueblo, prometiéndole una segunda ley en
nombre del Padre Eterno; ley
que
sería entregada siguiendo
la voluntad divina,
para favorecer la
reconciliación del
pueblo elegido. Esta
reconciliación no podía
proceder
únicamente de la voluntad y poder de
Moisés, sino del poder del Creador. Todo
el poder de un solo hombre no
lograría reconciliar a veinte personas; si Moisés
hubiese actuado por
su cuenta, sin
ayuda de un
ser superior, todas
sus
palabras y esfuerzos habrían sido en
vano. Imaginemos que ocurriría con los
hombres de nuestros días, que
consideran ignorantes a los hombres de los
primeros siglos. ¿Qué podríamos hacer, cómo reconciliar a los
hombres del
siglo actual, que no han presenciado ninguna manifestación física,
espiritual o
divina,
salvo las de
las leyes inmutables
de acción y
conservación de la
creación universal durante el periodo prescrito por el Creador?. Quizás deseen
conocer la duración de ese periodo, pero éste no es lugar para hablar de
ello.
Voy a continuar con la explicación del tipo
del crimen de Adán, pues en él
tuvieron su origen todas las épocas,
tipos y diferentes hechos acaecidos desde
el principio del mundo hasta nuestros días, así como los que ocurrirán
hasta el
final de los siglos.
La
congoja de Adán al convertirse en pensativo y pensante marcaba el
inicio de la primera de las desoladoras
épocas que sufrirían sus descendientes.
Su perturbación, su agitación y los
enfrentamientos que sentía en su interior
tras ser confinado en ese segundo
cuerpo de materia terrestre le hicieron tener
mayor conciencia de
las inmensas consecuencias
de su pecado.
En este
estado, se lamentó ante el Creador; suplicó la clemencia del Dios vivo,
que es
Cristo, y del Dios dador de vida. Estando
sumido en esa amargura, el espíritu le
presentó el fruto de su pecado,
afligiéndole y aumentando el peso de sus
remordimientos al considerar su obra. Comprendió lo que le pedía el
Creador.
Este desdichado hombre sabía que debía
reconocer sinceramente su falta y
confesar su creación y su obra. Adán satisfizo la voluntad divina;
confesó con
toda sinceridad la obra de su pensamiento
maldito y su voluntad, que le unirían
al fruto de su trabajo por tiempo inmemorial. Confirmó esta confesión llamando
al fruto de su pecado Houva u
Hommesse, que significa “carne de mi carne,
huesos de mis huesos, y obra de la
operación por mí concebida y creada por
mis manos deshonradas”. Esto es lo
que deseaban saber respecto al tipo de la
prevaricación de Adán.
Lo que acabo de relatarles sobre el pecado de Adán y su
fruto explica
claramente nuestra naturaleza corporal y espiritual, así como la
degeneración
de ambas, pues el alma pasa a estar sometida al sufrimiento de la privación, y
la forma es pasiva, cuando habría sido
impasible si Adán hubiese unido su
voluntad a la del Creador. También entenderán lo que, desde el punto de
vista
espiritual, denominamos decreto pronunciado
por el Padre Eterno contra la
descendencia de Adán hasta el final de
los siglos, y es llamado vulgarmente
pecado original.
Pero debo explicarles más claramente el cambio de las
leyes rituales de
actuación en la creación general y particular tras el crimen del
primer hombre.
Ya les he mostrado el alcance del poder,
virtud, mandato y autoridad del primer
menor emancipado en su cuerpo
glorioso. Les he enseñado cómo perdió su
23
forma gloriosa,
pasando a tener
una forma material
terrestre debido a su
crimen. Sin embargo, el segundo cuerpo de
materia terrestre tenía la misma
figura aparente que el cuerpo glorioso en el
que Adán había sido emanado. Por
lo tanto, sólo cambiaron las leyes por las que se regía en su
primer estado de
justicia.
Al cambiar la
naturaleza de la
acción de un
ser temporal, cambian necesariamente sus
leyes de actuación;
cuando el Creador
redimió a la creación
general universal y particular, se desencadenó un cambio en las leyes que la regían antes de su maldición y de su
reconciliación. Lo mismo ocurrió con
el primer hombre;
como su estado
de gloria había
cambiado, era absolutamente
necesario que el
Creador modificase también
las leyes de actuación que le había entregado,
pues las primeras leyes no eran adecuadas para
actuar sobre una forma corporal tan limitada como la que Adán se vio obligado a
revestir y dirigir por autoridad divina.
Como
supondrán, las leyes que rigen las formas corporales de materia aparente pasiva no son, en absoluto, las mismas
que rigen todo espíritu menor con una
forma de cuerpo glorioso, cuyo origen no está en la materia que vemos condensada físicamente. La forma gloriosa no puede
estar habitada por un menor u otro
espíritu en privación divina, pues ha sido creada por el Padre Eterno
para manifestar Su gloria entre los hombres o donde Él decida, al igual que el menor y cualquier otro espíritu. Yo diría
aun más, como Adán y sus descendientes
estaban limitados por esta forma de materia terrestre, no debían rendir al Creador el mismo culto para el que fue
emanado el primer hombre. Como el
primer menor había cambiado de forma, era absolutamente necesario que cambiase su forma de actuar. Esta nueva
intervención está infinitamente limitada
por la fuerza
de las leyes
del Creador contra
Adán y toda
su descendencia hasta el final de los tiempos.
Dicha limitación no debe sorprenderles, dado el uso inicuo
que Adán hizo del Verbo recibido del Padre Eterno
para crear una descendencia de Dios. Este
Verbo, que quizás desconozcan y consideren incomprensible, consistía en la
intención y la voluntad que desencadenarían la poderosa palabra del primer
hombre. Sin embargo, para entender claramente el Verbo de descendencia de Dios
innato en Adán, debemos remontarnos a los diferentes Verbos que utilizó el Creador, según su intención, voluntad y palabra,
en la creación universal (que
comprende la creación general y la particular), origen de toda acción, forma y
ser espiritual menor.
Explicaré los principales
Verbos de Creación
utilizados por el
Padre Eterno combinando estas tres cosas,
intención, voluntad y palabra, con las tres anteriores. La intención
está relacionada con
la creación del
universo, representada por un
inmenso círculo en cuyo interior discurren y actúan el general y el particular. La voluntad está relacionada
con la creación del general o de la tierra, representada por un triángulo,
figura concebida por el Creador en su imaginación
pensante. La palabra
está relacionada con
la emanación particular de menores espirituales que habitan en
la forma corporal particular terrestre
(forma similar a la tierra), realizada, asimismo, tal como fue imaginada por el pensamiento divino.
24
Lo
anterior, y lo que expondré a continuación, les ayudará a entender el Verbo de Creación innato en Adán. Sin la intención
del Creador, no habría existido la
voluntad ni la palabra de acción. Ahora bien, como el ser espiritual menor no
es más que el fruto de la actuación de estos tres principios divinos, era
necesario que el primer hombre llevara las huellas de su origen; por tanto,
estos tres principios debían estar innatos en él cuando el Creador le liberó de
su inmensidad divina para ser hombre Dios de la tierra.
Hemos visto
anteriormente que Dios
no puede crear
el mal;
consecuentemente, Adán fue emanado en el bien y la justicia. Adán poseía un
Verbo poderoso; de su palabra de mandato, su buena intención y su voluntad
espiritual divina debían nacer formas
gloriosas impasibles y semejantes a la
que el Creador había concebido en Su imaginación. Estas formas gloriosas
no
serían de la misma naturaleza que las formas de materia terrestre, destinadas,
por voluntad del Creador, a servir de
prisión a los espíritus prevaricadores. Así,
la forma que
recibió Adán era
meramente espiritual y
gloriosa, para que
dominase sobre toda la creación y ejerciese
libremente su poder y mandato
sobre todos los seres que le había entregado el Creador.
Esta forma gloriosa es una figura aparente que el espíritu
concibe y engendra
dependiendo de sus
necesidades y las
órdenes que recibe
del Creador. Esta forma se reintegra en el momento
en que es creada por el espíritu. La denominamos
impasible porque no está sometida a ningún poder elemental, excepto el poder
puro y simple. No necesita alimento alguno, salvo el que le procura su espíritu. Esta forma gloriosa habría sido perpetuada
por Adán en la reproducción de su descendencia espiritual, sin
intervención de la materia, tal
como demostró el
advenimiento y resurrección
de Cristo, y la bajada del Espíritu Divino al Templo de Salomón.
Todo lo
que hemos visto
debe disipar sus
dudas sobre el
cambio
elemental de las leyes de actuación tras la
prevaricación del primer hombre,
tanto en el cuerpo general y particular, como en los menores y en su
conducta
actual, que es diferente a aquella para la que fueron emanados. Por otro lado,
vuelve a aparecer el glorioso número ternario
de creación de toda forma, al
combinar intención, voluntad y palabra
creadora de acción divina, que es, sin
duda alguna, el Verbo. En efecto, ¿de qué serviría la intención sin la
voluntad,
la voluntad sin
la palabra, la palabra sin
el efecto o
la acción?. Fueron
necesarias la intención, la voluntad y la
palabra para llevar a cabo cada una de
las tres partes de la creación, pero la palabra fue la que determinó la
actuación
de la intención y la voluntad divina.
Esta determinación da lugar al Verbo; por lo
tanto, sólo en
el Verbo del
Creador existe el
número ternario de
creación
general universal y particular. La
intención, la voluntad y la palabra tienen un
efecto espiritual, o acción, que demuestra que el Verbo de Creación no
surge
de sí mismo, sino que emana de ellas.
Gracias a este Verbo, y a su emanación, sabemos a ciencia
cierta que el
primer número ternario de creación es eterno en Dios, veamos: la
intención 1,
la voluntad 2 y la palabra 3, de donde
proceden la acción o el Verbo. Sumando
estos tres números obtenemos 6, de la siguiente manera: 1 y 2 suman 3, 3 y 3
25
suman 6.
Así se completan
los seis pensamientos
de creación general
y particular del Padre Eterno. Sin lugar a dudas, este número está
presente en la creación universal,
general y particular.
Lo que acabo de decir debe aclararles el origen de todo ser
creado,
tanto espiritual como material, así como el
enorme poder que tuvo en otro
tiempo el primer hombre, poder que aún podrían tener sus
descendientes. No
obstante, este poder le sirve de poco al
hombre si no se reconcilia con el
Creador. Es más, me atrevería a decir que no sirve de nada; hasta las
bestias
tienen mayor virtud con su instinto pasivo,
que el menor espiritual que ha
degenerado y
se pierde en la inacción
espiritual divina hasta
el punto de
convertirse en tumba de la muerte. Con
la expresión “tumba de la muerte”
quiero decir que los desdichados menores que no se reconcilien, serán
presa
de los espíritus perversos, quienes les
harán permanecer en su falta por tiempo
indefinido.
Tal
suerte correrán los menores que no rindan justicia al Creador. Vean
cuán importante es permanecer alerta e
intentar imitar a Adán. Tras confesar
su
crimen con sinceridad
y arrepentimiento amargo,
Adán obtuvo la
reconciliación del Creador y recuperó
parte de sus primeras virtudes y poderes
sobre los tres tipos de creación temporal, bajo condición, eso sí, de
que en el
futuro su intención
y voluntad respetasen
las leyes de
la reconciliación.
Analicen esta reconciliación y volverán a
encontrar el número ternario: Adán,
Cristo y el
Creador. Observarán que
esta triple esencia
divina conforma
claramente los tres principios de toda
creación: la intención del Padre 1, la
voluntad de Cristo 2 y la palabra del
menor espiritual procedente de la intención
y
voluntad de los
dos primeros 3.
Incluyo al menor
en las tres
primeras
esencias divinas pues es producto de la intención del Padre, de la voluntad del
Hijo redentor y de la acción del Espíritu Divino; como explicaré más claramente
al describir la cuádruple esencia divina, de la que aún no les he hablado.
Seguiré hablando de la reconciliación perfecta del primer
hombre. El
Creador bendijo a Adán y su obra impura
diciendo: “Adán glorifica tu obra, para
que
juntos tengáis una
descendencia de forma
particular, que será
la
representación cierta e indudable de la figura universal general,
al igual que la
forma que tú riges, por el tiempo que he prescrito”. Estas son las palabras que
recogen las Escrituras: Creced y
multiplicáos. Es decir, una vez que Adán y
Eva
dejaron su primera
morada, se les
ordenó reproducirse en
formas
semejantes a la suya; Adán y Eva cumplieron esta orden con tal pasión de
los
sentidos
materiales que el primer hombre
vio postergada su
reconciliación
completa. No obstante, engendraron
la forma corporal de su primer hijo, al que
llamaron Caín, que quiere decir “hijo de mi dolor”. Adán le dio ese nombre pues
sentía que había obrado conducido por una pasión desordenada y contraria
a
la moderación deseada.
(Digamos, de paso,
que la orden
directa que el
Creador dio a
Adán nos indica
que le nombró
guardián de su
simiente
reproductora).
Adán tuvo razón al llamar a su primogénito “hijo de mi
dolor”, pues por
esta obra quedó suspendida su reconciliación.
Además, al llamar Caín a su
primogénito, profetizó el gran dolor que sufriría en el futuro por el grave
delito
26
de sus
descendientes, que contravendría
las leyes, preceptos
y mandatos divinos; por ese motivo, Adán fue considerado el primer
profeta por su propia descendencia.
Sin embargo,
ese hijo engendrado
con una pasión
contraria a las
órdenes del Creador, contribuiría a la
reconciliación del primer padre; el vivo
dolor que le haría sentir le haría revivir la negrura de su pecado
original, pues
Caín llevaría a cabo su crimen en presencia
de Adán. El golpe fue tan cruel,
como amargo el remordimiento que hizo nacer en el corazón de su padre.
Así,
es imposible imaginar el dolor y abatimiento
de Adán al ver a su primogénito
presa de los poderes demoníacos. Nadie como él podía juzgar su propio
dolor
y el de su hijo; poco antes Adán había sido liberado, gracias a la misericordia
del Creador, de manos de esos mismos demonios que acababan de seducir a
su primogénito y precipitarle en la
privación divina por la eternidad.
Esta
doble pena llevó a Adán a apoyarse en las leyes recibidas y en su confianza en el Creador. Cada vez lamentaba más
haber participado en la concepción de
su desdichado hijo,
contraria a los
límites prescritos por el
Creador. Mediante juramento sincero,
se sometió a la voluntad del Creador, prometiendo no alejarse jamás de las
leyes, preceptos y mandatos que Él le señalara,
bajo pretexto alguno. Pero esta resignación del primer padre fue sólo aparente,
pues no tuvo la perseverancia que había jurado; al contrario, él y su compañera Eva, tuvieron una hija a quien llamaron
Cainán, que quiere decir “hija de la confusión”, pues su concepción se
realizó con las mismas leyes con que fue
concebido Adán.
Cinco años más tarde, al ver Adán a sus dos hijos tan
unidos, creyó que
había llegado el
momento en que
acabarían todas sus
penas. Se cegó
nuevamente y concibió con Eva un tercer hijo,
también mujer, a quien llamó
Aba
1, que quiere
decir “hijo material
o hijo de
privación divina”. Pasaron
entonces seis años sin que Adán
tuviese más descendientes, pues en ese
tiempo, y a partir del nacimiento de
su tercer hijo, cayó en un estado de gran
abatimiento. Su
disgusto consigo mismo era tal que no sabía qué hacer. Cayó
en una inacción
total, insensible a
cualquier impresión buena
o mala de
espíritus divinos o demoníacos. La razón de
su abatimiento era el profundo
conocimiento de todos sus anteriores
crímenes contra el Creador. El espíritu
bueno le procuró ese conocimiento,
haciéndole entender claramente que la
tierra que había cultivado hasta ese momento contra las órdenes del
Creador,
sólo le ocasionaría dolor y amargura, y sería
el veneno de la discordia entre
todos sus descendientes.
En esto se resume la amenaza del Creador al expulsar a
Adán del
Paraíso
Terrestre, como relatan
las Escrituras: “Ve
y cultiva la
tierra; sólo
recogerás espinas”. Me
pregunto si existirá
espina más hiriente
para el
corazón de un padre bueno que una
descendencia criminal. Así, el Creador
anunció al primer
hombre los males
que le causaría
su obra de
materia
terrestre. Viendo al primer hombre en tal
estado, el Creador decidió perdonar
todas sus debilidades, ordenándoles, a él y a su compañera, una concepción
pura y simple, sin excesos de ningún
tipo en sus sentidos de su forma material.
Así, la descendencia de Adán no se limita a los tres hijos de los que les he
27
hablado; tuvo cuatro hijos más, dos varones y
dos hembras, siendo el primero de esos
cuatro hijos quien obraría la reconciliación de su padre.
De este modo, Adán realizó con su compañera una
intervención que
agradó al Creador; Eva concibió la simiente
que Adán había vertido en sus
entrañas, guardándola dichosamente hasta su
completa madurez. No debe
sorprendernos que Eva cuidase de manera
especial este nuevo fruto, pues
sentía nacer en ella la raíz de la salvación. Continuemos con la
descendencia
de Adán.
Adán y Eva protegieron de manera especial a este cuarto
hijo. Nunca le
perdían de vista, aunque aún no sabían
exactamente qué les aportaría. No
podían dejar de
admirar su conducta,
tanto con sus
dos hermanas y su
hermano Caín, como con su padre y su madre. Desde la más tierna edad, sin
contar aún tres años, intentaba ganar su
amistad; su bondad, sabiduría y virtud
fueron en aumento durante el tiempo que permaneció entre los hombres
como
hombre
Dios justo sobre
la tierra. Este
bienaventurado niño ofrecía
continuamente al Creador cultos
espirituales que sorprendían a toda su familia.
Todos sus trabajos pretendían apaciguar la justicia de Dios contra su
primera
criatura y sus descendientes, pues sabía con
qué fuerza golpearía la justicia
divina a esa descendencia. En pocas
palabras, Abel se comportaba con el
Padre Eterno como debería haberlo
hecho Adán en su primer estado de gloria;
el culto que rendía al Creador era el
ejemplo real de lo que Éste esperaba de
su primer menor.
Asimismo,
Abel era un ejemplo palpable de la manifestación de la gloria
divina,
que sería revelada
un día por
el verdadero Adán
o Cristo para
la
reconciliación total
de los descendientes
pasados, presentes y
futuros del
primer hombre, siempre
que siguiesen el
plan trazado por
la misericordia
divina.
Los tres primeros hijos de Adán tenían una conducta
totalmente opuesta
a la de Abel. Pero Adán y Eva se sentían en
paz. Eva se sentía colmada de
inexplicable júbilo y satisfacción, mientras que durante la
gestación de sus tres
primeros hijos sólo había sentido un cruel dolor. La diferencia estribaba en
los
dones presentes en el alma de este cuarto hijo por la gracia del Padre Eterno.
Este alma le comunicaba su inocencia, su
candor y su pureza. Adán volvía a
sentirse satisfecho y
feliz, lo que
aumentaba más aun
la dicha de
Eva.
Recordaban placenteramente el momento en que concibieron este cuarto hijo,
siete años después del nacimiento de su
tercer hijo. Adán no pudo evitar alabar
al Señor, diciéndole: “El Creador Eterno de los cielos y la tierra y de Su
servidor
Adán, o Réaux, sea por siempre bendito por todo lo que ha creado.
Gracias a
Él tengo un cuarto descendiente que será toda
mi alegría en mi vida actual y
futura”.
Llamó a este niño Aba 4, que quiere decir “hijo de la
paz”, o Abel 10, que quiere
decir “ser superior a todo sentido espiritual”.
Lo que acabo
de relatarles volvería
a suceder más
adelante en el
tiempo, con la visita de María a su prima Isabel y la alegría en el alma que
ésta
28
última
sintió al saludarla;
así como por
la satisfacción de
ambos padres
temporales,
uno por la
propia realización física
de su obra,
el otro por la
intervención espiritual del Padre Eterno en su mujer adoptiva.
Posteriormente
veremos la explicación de todos estos
tipos, que ocupan los ángulos del altar o
la parte de los círculos que mira al norte, mientras Caín ocupa los que
miran al
sur.
Cuando Abel cumplió con sus deberes espirituales, según
las órdenes
que había recibido, se levantó y fue a
relatar a su padre las buenas nuevas que
le habían sido reveladas por el Creador. Adán
situó entonces a Abel en su
parte norte y, temblando, se arrodilló como
Abel había hecho. Cuando hubo
terminado, llamó a sus dos hijos, colocando a Abel a su derecha y
a Caín a su
izquierda, y les relató lo que el Creador le
había revelado: “En nombre del
Creador Eterno, os hago saber que he
obtenido Su gracia; ha levantado Su
castigo sobre mí gracias a la
intervención y ayuda de mi hijo Abel, y a Su
misericordia. Venid,
hijos míos, para
que comparta mi
dicha con vosotros,
explicándoos las dos sensaciones que
he podido sentir: la del mal y la del bien
de una reconciliación perfecta con el
Creador”. Luego, dirigiéndose a Caín le
dijo: “Hijo primogénito, que tus obras sean en el futuro las de tu hermano
menor. Aprende que el Creador confía
sin hacer distinción de origen temporal o
espiritual, y que otorga un poder
superior a todo aquel o aquella que sepa
merecerlo y a quien le sea debido.
Que tu voluntad, Caín, sea en el futuro la de
tu hermano Abel, igual que la mía será inquebrantablemente la del Creador.”
El ceremonial comenzó a mitad del día solar y duró
aproximadamente una hora. A medida que Abel iba recibiendo
señales divinas, los tres primeros hijos se iban enemistando con su propio
hermano. Adán y Eva consideraban a Abel un intérprete espiritual divino y
observaban con precisión todo lo que les decía y pedía hacer, llenos de júbilo
y santidad. Los tres primeros hijos, por el contrario,
se oponían a todo lo que Abel realizaba en su beneficio y en el de sus padres; llegaron incluso a tenderle trampas con
acciones contrarias a las suyas, para
destruirle y borrarle
físicamente de su
presencia, como luego harían, según vamos a ver.
Un día, Adán se preparó, junto con sus dos
hijos, para rendir culto
espiritual divino al Creador. Sus hijas no podían asistir, debido
a la poca virtud
y poderes divinos innatos en las mujeres, y a
su poca fuerza y firmeza para
realizar tales actuaciones, por lo que las alejó a una distancia de cuarenta y
cinco codos del
lugar elegido para
su trabajo. Una
vez que todo
estuvo
preparado, Adán dispuso y bendijo a su último
hijo, Abel, para que realizase
primero las funciones espirituales de la actuación que pretendía llevar
a cabo.
Abel se dispuso a ello sin demora, levantó
el altar o círculos adecuados y en su
centro dispuso las primeras esencias.
Estas esencias eran su propia forma
corporal, que ofreció en sacrificio al
Creador arrodillándose humildemente. Al
mismo
tiempo, sometió su Ser menor
espiritual al Padre
Eterno, como
receptáculo de la
justicia divina para
manifestación de toda
Su gloria y
misericordia con Adán, Su primera criatura
menor. Una vez que hubo concluido
cada uno se retiró a su lugar
habitual: Caín junto a sus dos hermanas; Abel,
junto a su padre y su madre.
29
Esta separación de tres personas por un lado y tres por
otro es una
figura demasiado evidente para ignorarla: es
el verdadero tipo de la separación
del
bien y del
mal; representa, además,
las tres esencias
espirituales que
componen las diferentes formas corporales de materia aparente,
tanto del ser
racional como del irracional. En el producto
senario de la suma de estos dos
números ternarios
verán el número
de la creación
divina o de
los seis
pensamientos del Creador en la creación universal, general y particular.
Como
enseñan las Escrituras, hay tres en las
alturas y tres en las profundidades.
Piensen cuál
de los dos números ternarios
representa el mal.
Reflexionen
sobre este asunto, extraigan sus
propias deducciones y lleguen a conclusiones
satisfactorias.
Caín,
retirándose al lugar que Adán le había destinado, relató a sus dos
hermanas la supuesta ofensa de su padre al
despojarle de su derecho de
primogenitura para cedérselo a su
hermano menor Abel, sometiéndole así a su
voluntad. Las dos hermanas de Caín le
incitaron a emplear todo su poder y
fuerza contra su hermano y su padre, e incluso contra el Creador que había
permitido tal injusticia, pues su hermano pequeño se había aprovechado
de la
buena fe de su padre y había envenenado su
pensamiento celebrando un culto
falso e injusto. Así, Caín decidió
ofrecer culto al falso Dios y príncipe de los
demonios, para que le dotase de un poder superior al que su hermano Abel
había recibido del Creador, y
vengarse del presunto daño que le había causado
su padre con la intervención de su
hermano. Se hizo ayudar en su actuación
por sus dos hermanas, tal como Abel y él habían ayudado en la de su padre;
consagró a su hermana pequeña a las mismas funciones que había realizado
Abel, pues había seguido con precisión el primer ceremonial. Cuando llegó el
momento adecuado se arrodilló, colocó a su
otra hermana en el lugar que él
había ocupado en el altar o
círculos, y ofreció como sacrificio al príncipe de los
demonios la forma y la vida de Abel (la forma es el cuerpo y la vida el alma).
Tras esta ceremonia, Abel se presentó ante Caín, quien le
recriminó duramente.
Abel escuchó sus
reproches con aflicción
y humildad, y
luego contestó a Caín: “No debes culparme a mí ni a nuestro padre
temporal, debes combatir contra ti mismo y contra el que ahora te dirige; en
verdad te digo que acabas de celebrar un
culto falso e impío ante el Padre Eterno. Tu delito es superior al de Adán: has ofrecido a tu Dios de
tinieblas un sacrificio que no está en tu
poder ni en
el suyo; te
equivocas al buscar
la conformidad de los
culpables en la sangre del justo.”
Abel fue a
buscar a Adán
y le contó
lo que acababa
de ocurrir; el
desdichado
padre quedó enormemente
afligido y sumido
en una inmensa
consternación. Abel intentó
consolarle, preguntándole sobre
su tristeza y
desaliento, pero Adán nada respondía. Parecía
como si previese lo que iba a
suceder a su hijo bien amado y no se
atreviera a decírselo. Abel calmó la
inquietud de Adán diciéndole con
firmeza: “Padre mío, lo que el Creador ha
decretado en tu beneficio y en el de
tu descendencia debe tener lugar, sea para
bien o para mal; la creación general que ves es simplemente una baza que
se
reserva el Padre Eterno para manifestar Su
omnipotencia y Su gran gloria.
Siendo así, padre mío, entre tus descendientes corporales el Creador enviará
30
personas destinadas a
ser instrumento del triunfo de la justicia, recompensa de
los justos y humillación de los pecadores. Es inútil que el hombre
se oponga a
los designios del Creador en beneficio o
perjuicio de Su criatura espiritual”.
Adán
pareció tranquilizarse, y
dirigiéndose al Creador
le dijo: “¡Oh, Padre
Eterno! Hágase en mí, tu
fiel servidor, padre de la multitud de naciones que habitarán e intervendrán en tu círculo universal, según Tu
pensamiento y Tu voluntad. ¡Amén!”
A continuación, Adán y Abel fueron a visitar a Caín, quien
se presentó
ante ellos con sus dos hermanas. Cuando se
encontraron, las hijas abrazaron a
su
padre y Caín
abrazó a su
hermano Abel, clavándole
tres veces un
instrumento de madera en forma de puñal. La primera puñalada le
atravesó la
garganta, la segunda el corazón y la última
las entrañas. Este homicidio ocurrió
en presencia de Adán, quien no se percató de ello. Sin embargo, en
cuanto se
perpetró el crimen, Adán y las dos hermanas
de Caín sintieron una terrible
conmoción y
los tres, consternados
por dicha emoción,
cayeron al suelo,
exclamando: “¡Señor, nuestro
reconciliador nos ha sido arrebatado a manos del
impío!. Te pedimos justicia y
dejamos en Tus manos nuestra venganza.”
Observen con qué artimañas se disfrazaron los seguidores
del demonio
ante los ojos de la criatura, utilizando
palabras aparentemente espirituales y
loables. Esta petición, pese a ser natural en
las tres personas anteriores y estar
basada
en su apego
a sus sentidos
materiales, tenía, igual
que la
consternación que se apoderó de ellas, otra causa. El motivo fue
la visión del
menor y
mayor espiritual de
Abel, visión que
no pudieron presenciar
sin
desfallecer. Adán fue el primero en
levantarse y volvió, en compañía del mayor
y menor de Abel, a buscar a Eva para
explicarle lo que el Creador había
exigido para su
total reconciliación, que
sus crímenes acababan
de ser
expiados gracias al sacrificio de Abel, su hijo, y que todo se había consumado.
Les dejo
pensar en el dolor de este desdichado padre y su compañera. ¿No tenemos ahí las
famosas espinas que atravesarían el corazón de Adán?. ¿No fue la prevaricación de Adán el origen de estas dolorosas espinas?.
Por tanto, Eva engendró el
instrumento de esta calamidad al concebir a Caín, junto con Adán, mediante una acto de confusión, como
indica el número dos y tal como les explicaré a continuación.
El número de confusión rige lo que denominamos operación
simple y particular, derivada de la unión de la
voluntad del menor con el mayor espiritual demoníaco. Estos
dos sujetos forman
uno solo uniendo
íntimamente su pensamiento,
intención y acción.
No por ello
dejan de ser
dos sujetos diferentes, pues pueden volver a separarse; esto
ocurre cuando un enviado más poderoso se interpone entre ellos, realizando una
acción contraria a la primera. De este
modo, desencadena un importante cambio en beneficio del menor, al
contener la acción del mayor demoníaco. Resumiendo, la unión con este
ser demoníaco es
lo que denominamos
acto de confusión
y la distinguimos con el número
dos.
Quizás piensen que al unirse el menor con el mayor
espiritual bueno
nos encontraríamos también ante el número dos
o número de confusión. No es
31
así;
cuando un espíritu
bueno se une
con un menor,
debe comunicarle
previamente su espíritu intelecto, que denominamos “poder espiritual menor”,
que
prepara y dispone
el alma particular
menor para recibir
su influjo, de
acuerdo con la voluntad y el deseo
tanto del espíritu mayor, como del menor
particular. El alma adquiere con
esta unión el número dos y al unirse al espíritu
forma, entonces, el número ternario;
es decir, el poder innato del menor, que es
el alma 1; el poder menor del intelecto 2; y el poder directo del espíritu
mayor 3.
Así logra el alma menor el número ternario en su unión espiritual. En el caso
de
la unión del alma con el intelecto demoníaco y, posteriormente, con el
espíritu
malo no sucede así, pues en dicha unión el
alma abandona por completo su
poder espiritual bueno para convertirse en intelecto del demonio;
mientras que
en la unión con el espíritu bueno, mantiene
y fortifica su poder espiritual divino,
que merece así ser tenido en cuenta
en nuestro cálculo.
Como la acción del espíritu mayor bueno procede
directamente de la
Divinidad, el alma tiene relación con los cuatro poderes divinos (o cuádruple
esencia), tal como sigue: el alma menor 1 mantiene relación espiritual con el
intelecto 2; el intelecto,
con el espíritu 3; y el espíritu, con la Divinidad 4. Esto
demuestra la relación exacta de todo ser espiritual con el Creador Eterno.
Quiero que conozcan, además, la relación del corazón del
hombre con todo ser espiritual. El cuerpo del hombre es el órgano del alma;
gracias a él, el menor muestra
a todos sus
semejantes su intención
y voluntad de
acción espiritual, mediante las diferentes prácticas y acciones
que hace realizar a su forma. El alma menor
es el órgano del intelecto, el intelecto es el órgano del espíritu mayor
y el espíritu mayor el del Creador divino. Observen la hermosa armonía que reina entre los principales seres
espirituales divinos, la forma particular
del hombre, y la forma general y universal. Esto nos enseña, sin lugar a dudas, que en verdad todo emana del primer Ser,
pues es imprescindible para cualquier otro ser espiritual o temporal.
En efecto, estos números
deben ayudarles a
entender la triple
y cuádruple esencia divina. Son los mismos que
utilizó el Padre Eterno en la creación universal, general y particular, y en la
emanación de los espíritus, tanto los
que delinquieron, como
los que conservaron
la pureza de su
naturaleza espiritual divina. El número ternario nos alecciona sobre la unidad ternaria de las esencias espirituosas utilizadas por el
Creador en la creación de las
diferentes formas materiales
aparentes; y el
cuaternario, nos indica
el número espiritual divino empleado por el
Creador para la emanación de todo ser
espiritual de vida (espíritus mayores
entregados a Cristo) y de privación (demonios y menores que han sucumbido a Su
poder).
Eruditos de todos los tiempos coinciden en que ningún
hombre puede
lograr la sabiduría, bien en lo que respecta al mundo espiritual divino, bien
al
celeste, terrestre y particular, si desconoce el carácter y la importancia de
los
números. Una cosa es conocer las leyes de la
naturaleza espiritual, y otra
distinta conocer las leyes de orden y
concierto entre los hombres materiales.
Las
leyes de los
hombres cambian como
la sombra; las
de la naturaleza
espiritual
son inmutables, pues
todo les pertenece
desde su primera
emanación.
32
En este tratado les hablaré ampliamente sobre estas
verdades. Pero continuemos con la
reconciliación de Adán y Eva:
NÚMEROS
1: Unidad,
primer principio de todo ser, tanto espiritual como
temporal, correspondiente al Creador divino.
2: Número
de confusión, correspondiente a la mujer.
3: Número
correspondiente a la tierra y al hombre.
4: Cuádruple
esencia divina.
5: Espíritu
demoníaco.
6: Acciones
diarias.
7: Espíritu
santo, correspondiente a espíritus septenarios.
8: Espíritu
doblemente poderoso, correspondiente a Cristo.
9: Demoníaco,
correspondiente a la materia.
10: Número
divino.
Tras la desgracia que acabo de relatarles, Adán y Eva,
que desconocían
que este acontecimiento anunciaba un bien
para ellos, sus primeros hijos y sus
descendientes futuros, se prosternaron ante el Señor, sumidos en
el dolor y la
fe, para pedirle gracia y misericordia por el crimen de Caín contra su hijo
Abel,
pues no tenían ni poder ni fuerza para
derramar la sangre del culpable para
vengar la del justo, y sabían que la
venganza corresponde exclusivamente al
Creador. El Padre Eterno oyó sus plegarias y lamentaciones por la muerte
de
su hijo Abel; hizo que se les apareciera un intérprete espiritual, que les
explicó
el tipo del crimen cometido por Caín,
diciéndoles: “Tenéis razón al considerar el
asesinato de Abel una importante
pérdida y una señal de la ira de Dios, que
recaerá sobre
vuestros descendientes hasta
el final de
los siglos. Debéis
considerarlo, además, parte del
castigo de la justicia divina para el completo
perdón de vuestro primer pecado y
vuestra total reconciliación; sin embargo, el
Creador, que conoce vuestro
arrepentimiento y resignación, me ha enviado
ante vosotros para calmar vuestra pena y enjugar las lágrimas que
derramáis
por este triste hecho que os parece
irreparable. En nombre del Creador, os
digo que concebisteis a vuestro hijo
Abel para que fuera el tipo del único y
verdadero Redentor de todos vuestros
descendientes. Sabed, además, que
Caín, a quien consideráis, comprensiblemente, un criminal, no es tan
culpable
como lo fue Adán ante el Creador. Caín
solamente ha magullado la materia,
mientras que Adán ocupó el trono de Dios a la fuerza; considerad si su
crimen
es peor que el vuestro. Caín es, además, el
tipo del pecado de los primeros
espíritus, que sedujeron a Adán y le destruyeron espiritualmente al
recluir a su
ser menor en una forma de materia pasiva;
como consecuencia de eso, el
hombre cayó en privación divina, su forma gloriosa se transformó en forma
material que puede ser aniquilada y no
recuperará su naturaleza original de
forma aparente
tras su reintegración
en el primer
principio de las formas
aparentes, pues el eje central la hará desaparecer con la misma
facilidad con
que la formó. Sed fuertes y seguid confiando en el Padre Eterno; el término de
33
vuestra reconciliación
se ha cumplido”. Adán contestó: “¡Hágase en mí según la voluntad de mi Creador!”
Ahora explicaré en detalle los tipos de los hechos que he
relatado. Adán,
por su
descendencia temporal, representa
la figura del
Creador; sus hijos
representan la figura de los espíritus
emanados por el Creador para rendirle
culto
espiritual y manifestar
Su gran gloria.
Ya saben que
estos espíritus
pueden
considerarse mayores que
Adán, pues emanaron
antes que él.
También saben que, cuando prevaricaron, el
Padre Eterno los alejó de su
presencia, y emanó y emancipó de su inmensidad
divina a un ser espiritual
menor para mantenerlos en privación; es decir, este menor a quien
llamamos
Adán
o Réaux, nació
espiritualmente después de
los primeros espíritus
y
descendía, como ellos, del Padre
Divino, Creador de todas las cosas.
Observen que Caín, primogénito de Adán, es el tipo de
estos primeros espíritus
emanados por el
Creador y su
crimen es el tipo del
que ellos cometieron contra el Padre Eterno. Por su virtud y pureza, Abel, el
segundo hijo de Adán, es el tipo de
Adán en su primer estado de justicia y gloria divina. La destrucción del cuerpo de Abel a manos de Caín,
su hermano mayor, es el tipo de la
actuación de los primeros espíritus para destruir la forma gloriosa que revestía al primer hombre, logrando que cayese en
privación divina, como ellos. Esta es,
en verdad, la explicación del primer tipo de Adán, Caín y Abel en los trágicos
hechos ocurridos.
El segundo tipo
que representan estos
tres menores es
igualmente importante, tanto
por su relación
con todo ser
corporal, celeste, general
y terrestre, como por los hechos que anunciaban a los descendientes
del primer hombre. Para entenderlo, observen que, por los tres principios
espirituales de su forma de materia aparente
y sus proporciones, Adán es la representación exacta del templo general terrestre, es decir, un triángulo equilátero,
como demostraré prácticamente a continuación.
El primer menor tenía en su poder una simiente corporal,
similar a la que tiene la
tierra por su
naturaleza. Adán sólo
pudo desarrollar dos
tipos de simientes: la masculina y la femenina. De igual manera,
la tierra sólo ha podido producir esos
dos tipos de simientes, tanto en animales pasivos, como en plantas y árboles. Sin embargo, a continuación les
demostraré que el cuerpo del hombre,
además de reproducirse
corporalmente, puede crear
animales pasivos, que están
innatos en su forma material.
Cuando el
ser espiritual abandona su forma, ésta se pudre. Una vez en
putrefacción, de ella surgen seres que denominamos reptiles, que sobreviven
hasta que se reintegran los tres principios
espirituales existentes en la forma
corporal del hombre. Esta putrefacción no se origina por sí misma, ni
procede
directamente de la forma corporal. Deben
saber que la simiente de todas las
cosas está presente en su capa
terrestre o acuática; así, como el cuerpo del
hombre procede de la tierra general
y en su forma material están presentes los
tres elementos que han contribuido a formar su envoltura terrestre o
acuática,
no es de extrañar que en esta forma particular se encuentre aún la simiente de
34
animales que puedan
llegar a germinar. Esta simiente es la que origina la putrefacción del cuerpo
tras lo que comúnmente denominamos muerte.
Cuando
estos tres principios (azufre, sal
y mercurio) se
reintegran,
entran en contacto con
los ovarios seminales presentes por todo el cuerpo.
Estos
ovarios reciben así
calor primario y
el animal reptil
se libera de su
envoltura, que se disuelve confundiéndose con la humedad común del cadáver.
Esta combinación provoca
la descomposición total del cuerpo
del hombre,
poniendo fin a
su forma aparente.
Es decir, la
putrefacción procede de la
reacción de los
tres principios fundamentales
y provoca la
germinación de
animales reptiles cuya
simiente se encuentra
presente en el
cuerpo del
hombre.
Es absolutamente imprescindible que el hombre lleve a
cabo esta última
actividad, que denominamos dolor y trabajo del
cuerpo. Observen, además,
que los animales reptiles procedentes del
cuerpo actúan únicamente en la
humedad última y esencial del cadáver. La vida y la acción que
desarrollan en
esa humedad proceden únicamente de la
actuación del eje, o fuego central,
que con esta última operación libera de todas sus impurezas las tres
esencias
espirituosas presentes aún en la forma del
cadáver. El fuego elemental del
cadáver y el
fuego central sustentan
la forma aparente
de estos reptiles
mediante la refracción de sus rayos, que
vuelven a encerrarse en sí mismos
cuando no
encuentran fluidos, es
decir cuando todo
se ha consumido
por
completo. Pueden comprobar
la veracidad de
lo que acabo
de contarles
observando la putrefacción de un cadáver.
Les he explicado cómo se origina la
vida de estos reptiles y, por regla
general, ocurre lo mismo con la vida y la
forma corporal de todos los animales
irracionales, cuyo ser se basa sólo en dos
fuegos. Pero dejemos ahí la putrefacción para continuar con la
explicación de
los tipos de los hijos de Adán.
Además del tipo del pecado de los primeros espíritus y de
su victoria
sobre el primer hombre, Caín también
representa el tipo del fatídico y sacrílego
engaño de los espíritus malignos a los futuros descendientes de
Adán, similar
al que sufrió su primera descendencia. Es
evidente por el crimen contra su
hermano Abel
y por el
engaño del que
se sirvió para
que sus hermanas
presenciasen el delito que habían proyectado juntos. Caín, tras su pecado, tuvo
que vivir con sus dos hermanas en la región
sur, donde fue desterrado por
orden del Creador y por la autoridad
de Adán. He aquí el tipo del lugar de
destierro de los demonios para impedir que desarrollaran su maléfica
voluntad
e intenciones contra el Creador y contra los
menores de ambos sexos, pues
tanto el hombre como la mujer pueden
sucumbir a la influencia del intelecto
demoníaco. Esta región meridional es,
además, el tipo de la región universal
donde se manifestará la justicia y la gloria del Creador al final de los
tiempos.
Asimismo, es el lugar donde se manifestarán
las virtudes y poderes de los
justos, para humillación de los espíritus perversos y los menores condenados.
El Creador ha maldecido el sur y las Escrituras señalan
que será asilo de
mayores y menores pecadores. Caín y sus dos hermanas, por su número
ternario, anuncian la prevaricación de la
forma corporal terrestre del hombre,
seducido por el intelecto demoníaco mediante la unión con los tres principios
35
espirituosos que
constituyen toda forma
corporal. De estos
tres elementos obtenemos el número
novenario de la
materia criminal, sea
en forma de demonios
o de menores, como voy a explicarles.
Saben que
el número ternario pertenece a la tierra, o forma general, y a
las formas corporales de sus habitantes y de
los habitantes celestes. Este
número ternario
procede de tres
elementos presentes en
cualquier forma,
denominados principios espirituosos (azufre, sal y mercurio) y emanados
de la
imaginación o intención del Creador. En su origen, estos tres principios están
en un estado de equilibrio, después, el eje central los dispone y organiza para
hacerles
tomar una forma
o consistencia más
firme; de esta
operación
proceden todas las formas corporales,
así como aquellas de las que deben
revestirse los espíritus perversos para aumentar su poder de seducción.
Por lo tanto, las formas corporales de Caín y sus dos
hermanas estaban formadas por estas mismas sustancias, cuyo tipo explicaremos
ahora.
Respecto al número novenario, no debe extrañarnos que los
espíritus mayores perversos y sus agentes prefieran de modo natural la forma
corporal del hombre a cualquier otra, pues en
un principio esta forma humana estaba destinada a
ellos. La demostración
del indiscutible vínculo
de los espíritus malignos con el cuerpo del hombre
la tenemos en las palabras que Cristo dirige a Sus apóstoles tras Su última operación temporal en el Monte de los
Olivos. Cuando volvió a buscarlos los encontró dormidos y los despertó
diciéndoles: “No durmáis, pues la carne es débil y el espíritu está
dispuesto”. Debido a esta facilidad
del espíritu maligno
para comunicarse con
la forma corporal
del hombre, las tres personas de las que hablamos permitieron que los
principios espirituosos innatos en sus
formas se corrompiesen. El intelecto demoníaco se insinuó y se fusionó completamente con la forma de
estos tres menores; así logró seducir
al agente espiritual
presente en ella,
que debía dirigirla
y gobernarla según la voluntad el Creador.
Esta infiltración ocasionó tal conmoción en los tres
menores que les resultó imposible romper
la íntima relación reinante entre ellos; debido a su completo
apego al intelecto demoníaco entre ellos existía una única intención, un único
pensamiento y una única acción. Nunca ha existido una unión similar entre
los hombres de
todos los siglos,
es imposible que
tres personas diferentes y libres actúen de ese modo, si no son
aconsejadas y guiadas por un buen o
mal espíritu.
Como ya he dicho, de estas tres personas poseídas por el
príncipe de
los demonios, obtenemos el número novenario;
sumemos los tres principios
espirituosos, sus tres virtudes y sus tres poderes demoníacos, tal como sigue:
1º Tres principios de Caín, tres de su hermana mayor, tres de su
hermana menor = 9
2º Tres
virtudes de Caín, tres de su hermana mayor, tres de su
hermana menor = 9
36
3º Tres
poderes de Caín, tres de su hermana mayor, tres de su
hermana menor = 9
Para entender que el número novenario de materia procede
de estos
menores, basta con observar su primera acción
demoníaca y cómo persistieron
en su comportamiento criminal hasta que
recibieron el justo castigo que el
Creador impone a toda su descendencia; castigo
que recogen las Escrituras,
relatando que el Padre Eterno condenó a toda
la tierra y a sus habitantes al
azote de las aguas, para aniquilar a los descendientes culpables
de estos tres
menores, así como a los hombres que ellos
sedujeron. Desde esa época se
tiene conocimiento del número novenario y de esta misteriosa suma:
3
3 Sumen
el producto de todos
3 estos números,
que es 27,
obtendrán 2 y 7, que son 9.
3
3 Multipliquen 27
por 9, la
3 suma
de su producto sigue siendo
9.
3
3 Multipliquen este
producto
3 hasta
el infinito, el resultado siempre
será 9.
27
Esto es lo que quería decirles sobre el número novenario.
Pero aún
deben conocer los otros tipos de Caín en este universo; este menor
simboliza
el tipo
de la elección
de los profetas
que el Creador
enviaría entre los
descendientes de Adán en el transcurso de los
tiempos. Ya saben que, tras
destruir la forma de su hermano Abel,
Caín se retiró a su morada habitual;
allí,
mientras reflexionaba sobre su crimen,
oyó una voz espiritual divina que le
preguntaba qué había
hecho con su
hermano Abel. Caín
contestó
violentamente: ¿Soy yo
acaso el guardián
de mi hermano?.
Entonces, el
espíritu ejerció tal
fuerza sobre su forma corporal o sobre su ser menor, que
inmediatamente cayó
al suelo; desde
allí interpeló al
Creador, diciéndole:
¡Señor!, cualquiera que
me encuentre me
matará. El Creador,
padre de
misericordia, viendo la consternación de Caín
y queriendo protegerle de los
reproches y venganzas de su propia descendencia, lo marcó con una señal
protectora. Este es el espíritu con
que quedó marcado: El Padre Eterno ha
decretado que cualquiera que matare
a Caín, será castigado siete veces con la
muerte. Caín se retiró entonces con
sus hermanas al lugar donde había sido
desterrado por el Padre Eterno. En ese
lugar tuvo diez hijos y once hijas.
Edificó allí una ciudad que llamó
Enoc. Para lograrlo, excavó las entrañas de la
tierra y dio
forma a los
materiales extraídos para
adecuarlos a los
usos
previstos, junto con su primogénito, Enoc. Transmitió el secreto de la
fundición
37
de metales
y del aprovechamiento de
minas a su
hijo Tubalcaín. Por
eso sabemos que Tubalcaín fue el primer forjador
de metales.
Caín era un hombre de caza; había enseñado a todos sus
hijos varones
este arte, especialmente a su décimo hijo, por quien tenía un cariño especial.
A
este hijo dejó como único talento precisamente el de la caza. Sus otros hijos
se
inclinaban más por trabajos que requerían
imaginación y habilidad manual.
Caín llamó a este décimo hijo Booz, que quiere decir “hijo de muerte”. Este
último hijo daría muerte a su padre Caín, tal como voy a
relatarles: Caín había
decidido ir a cazar acompañado de dos hijos
de Enoc, sus nietos, y no había
avisado a su hijo Booz de la partida
de caza planeada para el siguiente día.
Booz también había decidido salir de
caza ese día con dos de sus sobrinos,
hijos de Tubalcaín, sin avisar a su
padre. Booz no tenía hijos y estaba muy
unido a sus dos sobrinos. Así, todos partieron y Booz, sin saberlo, cogió la
misma ruta que su padre Caín; estando
ambos en una espesura llamada Onam
(que quiere decir dolor) que acostumbraban a batir, Booz divisó una
sombra y
disparó una flecha que fue a clavarse en el
corazón de su padre, a quien había
tomado por un animal salvaje. Imaginen
el sobresalto y la consternación de
Booz cuando llegó al lugar hacia donde había disparado la flecha y
descubrió
que
había matado a
su propio padre.
El dolor de
Booz era si
cabe más
inconsolable pues conocía el castigo y
la amenaza del Creador contra aquel
que dañase a Caín. Sabía que quien
tuviera esa mala fortuna, sería herido
siete veces con penas mortales, es
decir sería castigado siete veces con la
muerte. (Más adelante explicaré este castigo).
Booz llamó a sus dos sobrinos y les mostró el cadáver. Al
reconocer el cuerpo de Caín, lanzaron una fuerte
exclamación e hicieron un gesto de horror, aumentando más aún la desolación del
desdichado Booz. Tras relatarles cómo había
tenido lugar la destrucción de la forma corporal de su padre Caín, les dijo: “Amigos míos, sois testigos de mi crimen; aunque de
modo involuntario, he transgredido
las órdenes y la prohibición del Creador, soy culpable ante el Padre
Eterno y ante los hombres. Soy el menor de los hijos de Caín, el último de su prole, culpable y criminal. Vengad, en la
persona de este último hijo, la muerte de su padre y la turbación que os he
ocasionado.”
El intelecto demoníaco,
que conoce la
debilidad de los
hombres en aflicción, les provocó inmediatamente un desmesurado
deseo de venganza por la muerte de
Caín. Los dos sobrinos de Booz armaron sus arcos con una flecha para disparar
sobre su tío, pero cuando se disponían a hacerlo, se oyó una voz: “Cualquiera
que matare a aquel que ha matado a Caín, será castigado setenta y
siete veces con
la muerte” (lo
que explicaré a
continuación). Ante esta horrible amenaza
espiritual divina, los
dos sobrinos de
Booz cayeron fulminados al suelo y al recuperarse de su
desvanecimiento entregaron sus armas a Booz, diciendo: “Booz, el Creador te ha
perdonado la muerte de tu padre.
Nosotros somos más culpables ante el Padre Eterno, pues habíamos decidido
voluntariamente vengarnos en ti”. Booz contestó a sus dos sobrinos: “¡Hágase la
voluntad del Creador!”.
Booz se resignó a su suerte y volvieron todos juntos a la
ciudad de Enoc.
La tristeza y
el desaliento con
los que se
presentaron sumieron a los
38
descendientes
de Caín en
la más profunda
consternación. Este dolor
se multiplicó al descubrir que la
destrucción del cuerpo de su padre había ocurrido a manos de su último hijo. El desdichado Booz,
ante la hostilidad general de los descendientes
directos de Caín, se vio obligado a alejarse de este grupo de poseídos por el intelecto demoníaco y se retiró al
desierto de Jeraniaz, que quiere decir “escuchad al Creador”.
Allí vio Booz
el final de
sus días, en arrepentimiento
y penitencia.
En verdad, Caín fue el tipo de la profecía al decir, tras
cometer su crimen contra su hermano Abel: “¡Señor!, cualquiera
que me encuentre, me matará”. ¿No fue
encontrado por su hijo en un bosque?. ¿No fue matado por la mano del
hombre, tal como predijo?. Lo que conforma el tipo de la profecía es que el encuentro de estas dos personas, Caín y Booz, fue
completamente fortuito y que
ambos se encontraron,
sin reconocerse, en
el lugar donde
Caín fue golpeado por la muerte.
Quiero
destacar la ridícula observación de los hombres de nuestro siglo
sobre el parricidio de Caín a manos de su hijo Booz. Este tipo, que la mayoría
de los hombres de nuestro tiempo ignora, les
hace creer, e incluso asegurar,
que Adán no fue el primer hombre, pues afirman que Caín dijo al Creador,
tras
matar a su hermano Abel: “¡Señor!,
¿qué voy a hacer?. Cualquiera que me
encuentre, me matará”. Si estos hombres conociesen el tipo de las palabras
dirigidas al Creador verían claramente
que es el de los profetas, que vimos
cumplirse entre los hombres de la
tierra y en el mismo Caín. Pero ustedes
dirán, ¿cómo puede el Creador enviar profetas para que los hombres
respeten
las
leyes que han
recibido, sin participar
en modo alguno
en las causas
segundas de estos mismos hombres?. El
Creador no puede ignorar al ser
pensante demoníaco
que, continuamente, lleva
a cabo actos
engañosos y
perniciosos para el menor espiritual,
tal como sucedió con la seducción de
Adán y su descendencia. Por lo tanto,
el Padre Eterno considera necesario,
para el bien del hombre, distinguir espiritualmente a seres menores y
dotarles
de
espíritu profético, no
sólo para que
el hombre se
atenga a las
leyes,
preceptos y mandatos que ha recibido,
sino también para entorpecer a los
espíritus malignos
y manifestar la
gloria divina. El
Padre Eterno tiene
conocimiento de
las causas segundas
mediante el pensamiento
del ser
espiritual, bueno o malo, y sus acciones buenas o malas ante Él.
Veamos ahora el tipo del exilio de Booz al desierto de
Jeraniaz. Booz era
el último hijo de la descendencia directa de Caín y por su rango
completaba el
número
denario. Estaba, sin
duda, dotado con
algunos dones espirituales
divinos; era figura y ejemplo real de la inmensa e incondicional misericordia
del
Creador con
el menor espiritual
y el mayor
perverso, si su
invocación es
sincera. Esto quedó demostrado por
el perdón que concedió a Booz, quien era
doblemente criminal: en
primer lugar, por
haber preferido el
culto de los
demonios al del Creador, conociendo perfectamente uno y otro, y por haberse
dejado llevar por el mal ejemplo y prácticas materiales de los hijos de Caín,
ya
fuera por temor a las penas temporales que
éstos podían infligirle, o por su
propia satisfacción personal. En
segundo lugar, Booz actuó criminalmente al
dar muerte a su padre Caín,
infringiendo así la prohibición que el Creador
decretó tras el crimen de Abel. No porque el Creador previera la conducta
39
futura de las causas segundas de sus
descendientes (recuerden lo que ya les
he dicho
a este respecto),
sino para hacer
sentir a los
príncipes de los
demonios que conocía todas sus prácticas, y
avisar a los hombres de las
abominaciones de éstos contra ellos.
¿Acaso los hombres no juzgan siempre la
conducta futura de sus semejantes por
la que han demostrado en el pasado,
pese al falso proverbio de que un hombre no puede responder ni de sí
mismo,
ni de su conducta futura?. ¿No sabemos, además, que el Creador es más
fuerte y poderoso que los demonios?.
Éstos, con toda su rabia demoníaca, sólo
consiguen ser el blanco de nuevas
maldiciones al alzarse contra Él o contra Su
obra, que es inquebrantable si se eleva sobre la mínima base espiritual
divina.
¿No
sabemos, por último,
que todo lo
que el Señor
guarde quedará bien
guardado?. Todas las prohibiciones y amenazas a los descendientes de Caín
se basan en este poder, único e insuperable,
y en la justicia inmutable del
Creador.
Me gustaría profundizar en lo que acabo de decirles para
que entiendan
mejor la atroz conducta de los espíritus demoníacos contra la
forma del menor
y el mismo menor. Los espíritus demoníacos
prefieren vincularse a la forma del
menor antes que a la de los animales, porque es la imagen y repetición general
de la gran obra del Creador. La forma del hombre es la representación
real de
la forma
aparente concebida en
la imaginación del
Creador, consumada
posteriormente por trabajadores espirituales divinos y consolidada en materia
aparente
sólida, pasiva, para
conformar el templo
universal, general y
particular. Asimismo, estos
espíritus prefieren vincularse a la forma del hombre
porque esta forma contiene a un ser menor espiritual más poderoso que
ellos,
al que constantemente intentan seducir y
alejar del Creador. He aquí por qué el
príncipe de los demonios hace que sus
espíritus intelectos ataquen la forma
corporal del
hombre antes que la de
las bestias; pues
las bestias no
representan la gran obra del Creador, ni contienen a un ser espiritual
divino en
el que los espíritus demoníacos puedan
influir.
Deben saber que el espíritu demoníaco, que siempre
persigue a los
menores, empieza atacando la forma con su
intelecto maligno. Cuando este
intelecto maligno se une a la forma, la vida
del hombre pasa a ser pasiva,
susceptible de convertirse en vida
espiritual demoníaca. Este espíritu intelecto,
que actúa bajo las órdenes del príncipe de los
demonios, a quien ha jurado
combatir
cualquier tipo de
operación espiritual que
busque la gloria
del
Creador, ataca al menor espiritual divino para que acepte la
voluntad de dicho
príncipe de las tinieblas. De este incierto
combate depende la reintegración
adecuada o inadecuada de la forma corporal del ser menor. Todo depende
de
la firmeza del menor, rechazando a ese ser
ajeno a él y a su forma, o de su
debilidad, cediendo a las insinuaciones del espíritu maligno. Es fácil
entender
que este tipo de enfrentamientos se produzcan en la forma del hombre en vez
de en la de las bestias. Observemos las acciones, movimientos y prácticas de
las bestias. ¿Cuentan con disposición o reflexión para destruir o conservar su
forma corporal?. ¿Rinden algún culto?. ¿Tienen leyes para que reine entre
ellas la armonía?. ¿No es evidente
que en las bestias todo está marcado por la
naturaleza, que mantiene completamente su vida temporal?. Sin embargo,
las
acciones del menor,
sus movimientos, sus
prácticas son completamente
distintos a los de las bestias y dicha diferencia es de tal consideración que
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resulta imposible
negarla. Sí, todo
lo que procede
del animal racional
es superior a lo del irracional, pues la forma corporal del hombre
puede contener tres tipos de vidas diferentes, como voy a explicarles.
La primera, es la vida material, que denominamos
instinto o vida pasiva, innata en la
forma del animal raciona y del irracional. La segunda, es la vida espiritual
demoníaca, que puede unirse a la vida pasiva. La tercera, es la vida espiritual divina que preside sobre las dos
anteriores. En las bestias no sucede lo
mismo; en ellas sólo existe un ser de vida pasiva, procedente de la operación espiritual divina del eje fuego central, que dirige
su acción sobre todas las formas
corporales de materia
aparente así consolidadas.
Dicha acción y operación
sustentan todas las formas de materia aparente durante el periodo temporal que
haya fijado la voluntad del Creador.
Tal es la
diferencia entre seres
racionales e irracionales,
y por ese motivo
la intervención demoníaca prefiere la forma corporal del hombre a la de
las bestias. Las
bestias no necesitan
intercesor alguno para
volver a sus principios de leyes
naturales cuando su pasión pura y simple les hace alejarse de ellos, puesto que este alejamiento no está
provocado por influencias ajenas a su
naturaleza.
Hasta aquí lo que quería comentarles; quería explicarles
el tipo del exilio de Booz
al desierto de
Jeraniaz, y esto
me ha permitido
revelarles conocimientos de gran
importancia y enorme trascendencia para el hombre deseoso de aprender.
Este retiro de Booz nos indica que el menor espiritual
divino tiene el
poder de separarse, cuando así lo desea, de la
actividad y relación contraída
con
el príncipe de
los demonios mediante
el intelecto demoníaco.
No
profundizaré aquí en los detalles de los diferentes tipos de la
descendencia de
Caín, pues hablaré de ello más tarde. Por
otro lado, todavía debo explicarles el
tipo del nacimiento de Abel, como les explicaré otros a medida que se presente
la ocasión.
Les diré, por tanto, que Adán y Eva crearon la forma de su
hijo Abel
mediante una actuación material muy sucinta, es decir, sin excesos de sus
sentidos materiales. Se habían sometido
completamente al Creador con total
resignación
espiritual. El Creador
no pudo dejar
de corresponderles,
concediendo a la forma que habían engendrado un ser menor dotado
de gran
virtud y sabiduría espiritual divina. Este
ser espiritual debía ser el tipo de la
manifestación de la justicia divina
para beneficiar a los menores y humillar a los
demonios, así como el principal
instrumento de la reconciliación de Adán y Eva.
El tipo que Abel representó para
todos los descendientes de Adán hasta el final
de
los siglos, no
era la única
figura espiritual encarnada
por este menor;
también representó el tipo de la manifestación de la justicia divina en
beneficio
general
y particular de
todo ser espiritual.
Y, además, el de los
menores
bendecidos con gracia divina, que el Creador enviaría entre los hombres
para
ser instrumentos espirituales de la manifestación de Su justicia.
41
Entre los menores destinados a estas obras espirituales,
encontramos primero a Enoc, el séptimo de los descendientes de Set, sucesor de
Abel. Por su rango de nacimiento representa
el tipo del espíritu divino, en virtud de su apoyo, dirección
y defensa de
los menores contra
la persecución de los
demonios. En lo que respecta a su misión,
obras y actos, y por el culto que profesó, representa
el tipo de la acción
directa del espíritu
doblemente poderoso
del Creador, que
prescribía a los
hombres de esos
tiempos la conducta a observar para protegerse de los ataques
de sus enemigos. Esta misma conducta
debía guiar a los hombres
en sus acciones
naturales, temporales y
espirituales, y servirles de base fundamental para perpetuar el ceremonial de
su culto divino.
Analicemos, por tanto, el culto que profesó Enoc entre
los descendientes
de Set. Fue el primero en erigir ante ellos
un altar de piedra blanca, diferente a
la que llamamos mármol. En el centro de ese altar, Enoc recibía el
fruto de su
culto y
se ofrecía a
sí mismo en
sacrificio. Enoc enseñó
a los menores
espirituales a levantar edificios divinos;
profetizó la justicia del Creador, que
recaería sobre toda la tierra para
castigar los crímenes de los descendientes de
Caín y de Set, que se habían unido a los de Caín; estableció las alianzas de
los
descendientes de Set, prohibiendo que los hijos del Creador divino se
uniesen
con los
hijos de los
hombres (por todo
lo que ya
les he dicho
sobre la
prevaricación de Adán y el fruto de su crimen, deben imaginar quienes son los
hijos de los hombres). Enoc profetizó los
elegidos del Creador que nacerían del
Padre Eterno, al elegir, entre los
descendientes de Set, diez hombres para
ofrecer el culto divino. Por todo
esto, Enoc representa el máximo tipo del ritual y
culto divino entre los hombres pasados y presentes, como entenderán
cuando
les explique sus funciones espirituales
divinas.
Enoc, que
era en verdad
un espíritu santo
bajo forma corporal
de
materia
aparente, celebró una
asamblea espiritual divina
en la región
septentrional, para satisfacer el
profundo deseo y la buena voluntad de sus
discípulos, elegidos entre
los descendientes de Set y
Enós. Dio a esta
descendencia el nombre de “hijos del Creador”; los descendientes de Set
y
Enós, impresionados por la santa
intervención del Creador, no dudaron en
llamarle “hombre santo Enoc”, nombre que significa “seguidor o devoto del
Creador”. Logró con gran éxito que los
menores, que ya le consideraban un
hombre poderoso
sobre toda cosa
creada, enmendaran su
conducta. Les
cuestionó sobre
las diferentes actividades
e invocaciones diarias
que
practicaban contra la voluntad del
Creador, por las que recibían en vano el
nombre de hijos del Dios vivo. Las imágenes que les presentó y las
amenazas
sobre el temible juicio que no tardaría en
recaer sobre ellos, lograron que estos
menores se entregasen por completo a la dirección, orden e instrucciones
del
santo hombre Enoc. Él les tranquilizó, afirmándoles en la fe y en la práctica
de
las actuaciones santas, de las que sólo
habían oído hablar en su sermón, en la
primera asamblea realizada el día del Sabath. Para ello, eligió a diez
hombres
a los que comunicó la voluntad del Creador, prescribiéndoles un ceremonial y
unas leyes de vida para poder invocar al Padre Eterno en santidad. Compartió
con
ellos sus Lísticas
Católicas (en el momento
oportuno les daré
la
interpretación de estas
dos palabras, relacionadas con las ciencias espirituales
divinas). Les hizo erigir un edificio con una sola sala, donde debían ayudarle
a
42
celebrar el santo ritual.
A cada uno de ellos les adjudicó una inicial de los
santos nombres de Dios, en total diez letras,
para que realizasen, de modo
regular y exacto, todo tipo de invocaciones
que complacieran al Creador y
beneficiaran a los menores reconciliados. Tras
esta primera intervención, les
envió a la tienda o a la zona que les había
asignado, como representaría
posteriormente Moisés con el campamento de los Levitas en torno al arca.
Enoc
celebraba esta asamblea
de actuaciones divinas
con sus diez
elegidos cada diez semanas; en cada asamblea les transmitía una nueva inicial
del santo nombre de Dios, de modo que, tras
siete asambleas, cada uno de
ellos tenía en su poder dos palabras poderosas
con las que ordenaba toda
cosa creada desde la superficie terrestre
hasta la superficie celeste. Las dos
palabras estaban formadas por siete letras,
cuatro de ellas formaban el temible,
poderoso e invisible nombre del Padre Eterno, que dirigía y
sometía a todo ser
creado en el cuerpo celeste; las tres letras
restantes formaban un nombre
santo, que sometía y dirigía a todo
ser creado en el cuerpo terrestre. Estos diez
guías espirituales, que habían
recuperado con ayuda de Enoc sus primeras
virtudes y poderes
espirituales divinos, realizaban
tales prodigios con su
honroso comportamiento que muchos de sus
familiares quisieron unirse a ellos;
los que realmente
habían recibido la
llamada del Espíritu
Santo, fueron
instruidos en las ciencias que los maestros
dominaban, gracias al poder e
intervención de Enoc, tipo de la reconciliación del género humano.
El número de prosélitos aumentó considerablemente en poco
tiempo,
pero los nuevos discípulos no observaban el mismo comportamiento
en lo que
respecta a sus virtudes y poderes. Muchos de
ellos fueron pervertidos por la
atroz conducta
de uno de los diez
guías elegidos por
Enoc, que suscitó
desavenencias entre
los émulos y una corriente
de rechazo de sus
instrucciones. Este espíritu de
revuelta se extendió de tal manera entre los
nuevos llamados que abandonaron
totalmente al Creador y se dedicaron al
disfrute material guiados por el
prevaricador. Por lo tanto, sólo quedó el número
nueve sobre la
tierra. Estos nueve justos
se reafirmaron en
la fuerza y
conocimientos recibidos
del santo hombre
Enoc, rogándole que
volviera a
unirse a ellos para reemplazar a ese
hermano seducido por el demonio.
Enoc escuchó sus ruegos y celebró una asamblea con los
nueve justos
para compartir todos sus secretos con ellos.
Allí realizó su elección particular
para reemplazar al
pecador; añadiendo que
el elegido para
este fin no
alcanzaría su virtud y poder divino hasta que ellos hubiesen
expiado las faltas
de su vida temporal, y la justicia divina
hubiese castigado duramente a los
criminales. El corazón de estos nueve justos se sobrecogió de tal manera
que
cayeron en una especie de abatimiento o letargo, que duró aproximadamente
una
hora. Durante ese tiempo, Enoc
pidió al Creador
por esos nueve
discípulos. Éstos, durante
su letargo, pudieron
ver todas las
plagas que
enviaría el Creador para castigar la tierra y a sus habitantes. El pavor que
les
invadió
les hizo despertar
de su adormecimiento, lanzando
una fuerte
exclamación, y preguntar a Enoc: “¿Cómo es posible, maestro, que en esta
tierra deba suceder todo lo que
acabamos de ver?. ¿No podrías calmar con tus
plegarias la ira de Aquel que te envió entre nosotros y evitar las
plagas con las
pretende castigar la
tierra y a
sus habitantes?. La
visión que hemos
43
presenciado no deja lugar
a engaños: el Creador es justo, y tú eres santo, fuerte e invencible.”
Enoc
les contestó: “¿Quién os
ha hablado sobre
mí?. Si todos
permanecéis unidos como
un solo hombre, también seréis santos. Si todos seguís una misma ley, también seréis fuertes. Si todos
respetáis la misma regla de vida
que os he
dictado, seréis eternamente
menores espirituales invencibles. Esa es la voluntad del Padre y de su
Espíritu Santo para sus hijos. Si todos sois
hijos del Todopoderoso aquí abajo, sabréis que aquel a quien llamáis Enoc es el
espíritu del Padre que está en los cielos.”
Apenas terminó de hablar, Enoc bendijo a sus nueve
discípulos y una
nube radiante bajó del cielo para elevarle rápidamente y llevar a este espíritu
santo a su destino. Al perderle de vista,
los discípulos se lamentaron, diciendo:
“¿Qué va a ser de nosotros, oh Padre Eterno, sin la ayuda de
nuestro maestro
Enoc?. ¿Por qué lo has arrebatado del seno
de sus hermanos y discípulos?. Si
la tierra es culpable, ¿de qué somos responsables nosotros los hombres, salvo
de haber recibido su sangre, que
sometemos a tu santa justicia?. Escucha,
Señor, nuestros ruegos y ten piedad de tus hijos y servidores.”
Enoc sería posteriormente un nuevo tipo de la voluntad del
Creador,
que se sucedería desde los tiempos pasados
hasta nuestros días. El primer
principio de la
religión espiritual divina,
establecido por Enoc
entre los
descendientes de Set, fue conservado y
volvió a entrar en vigor por el poder de
Noé; también Noé fue un tipo de la elección
espiritual para la reconciliación
general y particular, como veremos claramente cuando estudiemos su
entrada
al arca con las diferentes especies animales,
la quietud y estabilidad del arca
durante el diluvio, las instrucciones
espirituales de Noé a sus hijos legítimos; en
fin, todas sus actuaciones para proteger a quienes le habían sido
confiados de
la terrible plaga
con que Dios
castigó la tierra
y exterminó a
todos sus
habitantes.
No entraré en detalles sobre la conducta particular de
Enoc con sus discípulos y sobre su elección secreta, basta
con analizar lo que acabo de relatarles
para ver claramente que, en verdad, el Mesías siempre ha estado con los hijos de Dios, aunque sin ser reconocido. En esta
misma explicación encontraremos también
la interpretación de lo que afirmó emblemáticamente el profeta Daniel sobre la esclavitud de Israel por un total
de setenta semanas, que se convirtieron en setenta años de sumisión a
Nabucodonosor; profecía que se
confirmó con la esclavitud de los israelitas, de la que fueron liberados por la poderosa
intervención de Zorobabel,
tras los setenta
años de servidumbre
a los que les condenó el Creador por las faltas cometidas contra Él y sus
propios hermanos.
Pero no sólo en el advenimiento de Cristo, cuyo tipo he
comenzado a
explicar, encontramos pruebas de Su presencia entre los hijos de Dios. Abel,
que representó el tipo de los menores
encargados de manifestar la justicia
divina, también lo fue del tipo del Mesías. Podemos reconocer su
intervención
en todos los elegidos que han utilizado sus
poderes y virtudes espirituales entre
los hombres de siglos pasados, y siguen poniéndolos en práctica en nuestro
44
tiempo. Los menores elegidos después de Abel
y Enoc son Noé, Melquisedec,
José, Moisés, David, Salomón, Zorobabel y el Mesías. Todas estas personas,
encargadas de la
manifestación de la
gloria divina, completan
el número
denario espiritual divino, del que todo procede, sea espiritual o material,
como
explicaré al hablar de los tipos y épocas del
cuerpo general y particular, así
como de los menores que acabo de mencionar. En efecto, gracias a dichas
explicaciones creerán cuanto les he
relatado, por la equivalencia, similitud y
relación de las actuaciones de estos menores y las de Abel; esto demuestra
claramente que Abel fue, en verdad, la figura de la intervención de Cristo, al
igual que Caín representó la actuación del príncipe de los demonios.
En
efecto, Caín, al asesinar a su hermano Abel, representa claramente
la rabia de los demonios, que juraron detener y destruir todo tipo de creación.
Para ello se sirven de los mismos hombres,
a quienes insinúan una multitud de
pasiones materiales, ante las que saben que pueden sucumbir por la
debilidad
de los sentidos de la vida material y
espiritual; mediante estas insinuaciones,
producen en
los menores actuaciones
contradictorias, llevándoles a la
confusión.
Sabemos que entre los hombre materiales no existen dos
pensamientos, dos operaciones que coincidan totalmente. El ensañamiento de los
demonios para enemistar a los hombres pretende que nazcan en ellos pensamientos
de desorbitado orgullo y ambición, de modo que vivan en una discordia
espiritual continua, sin saber el motivo y la causa de su perturbación y penas,
y olviden totalmente el culto que deben rendir al Creador.
Tal es el
horror que representa el crimen de Caín. Abel era ciertamente su hermano
temporal, pues ambos habían nacido del mismo hombre, pero no había comparación posible entre el modo en que
habían sido concebidos uno y otro. La forma de Caín había sido engendrada con
una excesiva voluptuosidad de
los sentidos materiales,
recordándonos claramente la
falta del primer hombre.
La de Abel, por el contrario, fue concebida sin excesos de los sentidos
materiales, con toda la pureza de las leyes de la naturaleza; por este motivo
su forma era mucho
más espiritual que
material y, debido
a esa concepción espiritual, consideramos la forma de Abel verdadero reflejo de la de
Cristo, pues procede espiritualmente
de una forma ordinaria, sin intervención física material ni participación de
los sentidos materiales.
Por otro
lado, esta forma corpórea de Cristo nos recuerda cómo obtuvo
su cuerpo material el primer hombre tras su
pecado, siendo despojado de su
forma gloriosa y debiendo adoptar otra de materia ordinaria al
precipitarse en
las entrañas de la tierra. Antes de que el
espíritu divino, doblemente poderoso y
superior a todo ser emanado, viniese a
manifestar la justicia divina entre los
hombres, habitaba el círculo puro y glorioso de la inmensidad divina.
Pero, por
deseo del Creador, abandonó su morada
espiritual para entrar en el seno de
una
joven virgen. ¿No
les hace pensar
la salida del
menor Cristo de su
verdadera morada en la expulsión del
primer hombre de su cuerpo glorioso?.
¿No les recuerda
claramente la llegada
del mayor espiritual
o verbo del
Creador al cuerpo de una joven virgen, la llegada del primer menor a los
abismos de la tierra, para revestirse de un cuerpo material?. Las diferentes
45
fatigas y
transformaciones del cuerpo de dicha doncella durante su embarazo y
alumbramiento, son la figura del sometimiento
y ataque espiritual demoníaco
que se ve obligado a soportar el cuerpo general terrestre por la prevaricación
de Adán.
Tras ese delito, Dios maldijo la tierra y la abandonó a
insoportables
sufrimientos. La persecución de los
diferentes pueblos a esta virgen y a su fruto
representa el hostigamiento que los demonios
de las diferentes regiones han
ejercido y ejercerán sobre el cuerpo general terrestre y
particular, y sobre sus
menores.
La destrucción del cuerpo de Cristo a manos de los
hombres demuestra que los
demonios tienen poder
sobre las formas
corporales de materia aparente; pero deben saber que estos mismos demonios no
pueden impedir la reintegración de las
sustancias espirituosas que componen las formas, pues dichas sustancias no proceden de ellos. Es decir, pueden
destruir la forma particular, pero no la
forma general terrestre, que verá su fin en el momento prescrito y definido por
el Creador.
La destrucción de la forma corpórea de Cristo, realizada
por hombres en presencia de dos mujeres,
María de Zebedeo y María Magdalena, había sido representada por
el asesinato de
Caín a Abel
en presencia de
sus dos hermanas. Las dos mujeres
que acabo de nombrar siguieron a Cristo en todas sus obras espirituales divinas, tal como las dos hermanas de Caín habían
seguido a su hermano en todos sus actos demoníacos.
No son éstas las únicas semejanzas que podemos encontrar
entre las
acciones de Cristo y las de los primeros menores. Deben saber que
la sangre
derramada del cuerpo del justo Abel era del
tipo de la que derramaría Cristo,
como realmente ocurrió. La sangre de Abel derramada sobre la tierra era, en
verdad, el tipo y la consecuencia de la acción de la gracia divina, que llevó
la
paz y la misericordia a la tierra y a sus habitantes. Era, asimismo, el
tipo de la
alianza que el Creador sellaría con Su
criatura tras su reconciliación, pues el
primer hombre recuperó la gracia del
Creador inmediatamente después del
sacrificio de Abel. Esto se repite
claramente en la circuncisión de Abraham, por
la que este padre de multitudes logró su reconciliación perfecta con el
Creador,
conociendo la alianza que el Padre Eterno hacía con él por el
derramamiento
de su sangre. ¿No es, por tanto, evidente que
el derramamiento de la sangre
de
Cristo fue la
confirmación de todos
los tipos precedentes?.
Este
derramamiento de
sangre, al hacer
temblar la tierra,
hizo sentir a
toda la
naturaleza su reconciliación y la
alianza del Creador con ella y con todos sus
habitantes.
Como
estamos hablando de los acontecimientos que acompañaron las
obras de Cristo y el motivo por el que se
estremeció la tierra, quizás también se
pregunten por qué se oscureció del Sol. Les diré que el eclipse ocurrido
en la
parte celeste es el tipo del castigo a los
espíritus demoníacos, que siguieron
perdiendo poder contra la creación
general y particular. Este eclipse también
hace referencia a las tinieblas de la
ignorancia, en las que se sumieron los
hebreos al borrar de su memoria los santos nombres divinos que conducían
46
todas sus operaciones naturales, temporales
espirituales y divinas. Asimismo, representa la ceguera de los incrédulos, que
permanecen y permanecerán sin ver la luz
divina hasta el final de los siglos.
Este eclipse es, por último, el tipo de la materia
general, que se eclipsará completamente al final de los
tiempos y se borrará de la presencia del hombre como un cuadro se borra de la imaginación del pintor. Esta última
comparación les ayudará a entender el
principio de la materia del cuerpo general, que es, simplemente, un cuadro
espiritual concebido en la imaginación del Creador. Así, en
dicho cuadro espiritual
se incluye todo
ser corporal, aunque
sin sustancia material. Este cuadro incluye principalmente al menor
espiritual, que debía contribuir a la
formación de los cuerpos.
Pensarán que si les he explicado el eclipse ocurrido al
morir Cristo, también
puedo explicarles el
tipo del rasgamiento
del velo, que
ocurrió al mismo
tiempo. Cederé a
sus deseos en
la esperanza de
que sea en su beneficio; la ruptura del velo del templo es un importante
tipo favorable al menor espiritual que
tenga la dicha de contarse entre aquellos recompensados por
el Creador con toda Su gloria espiritual divina. Ese velo rasgado es el tipo
real de la liberación del menor privado de la presencia del Creador; explica la
reintegración de la materia aparente, que oculta y separa a todo ser menor del conocimiento perfecto de las magníficas obras del
Creador para Su gran gloria. Explica
el desgarro y la caída de los siete cielos planetarios, cuyo cuerpo material
oculta al menor espiritual la poderosa luz divina reinante en el círculo
celeste. Significa, además, el rasgamiento del velo que ocultaba y velaba, a la
mayoría de los
menores, el conocimiento
de las obras
realizadas por el Creador
para beneficiar a Su criatura.
Moisés
representó claramente esta última figura al cubrirse la cara con un velo rojo cuando comunicó a los hebreos la ley
divina. Este velo rojo, que ocultaba
al pueblo la cara de Moisés y las tablas en las que estaban escritas la intención y la voluntad del Creador, representa
perfectamente a los espíritus perversos,
que son como un velo perturbador para los menores que se han unido a ellos. El
color rojo de este velo representa la influencia del intelecto demoníaco en los
principales sentidos de la forma del menor, privándole de toda
comunicación espiritual divina e impidiendo la influencia espiritual, ya sea de
tipos, misterios, o incluso la pura y simple naturaleza espiritual. El velo que
cubría la cara de Moisés anunciaba la
pérdida del conocimiento divino de Israel por su alianza con el príncipe
de los demonios, así como su ignorancia del tipo espiritual que Moisés realizaba ante ellos.
Por esa alianza
demoníaca, los hebreos
serían llamados desde
entonces
hijos de las
tinieblas o hijos
de sangre material,
y serían
reemplazados por los denominados hijos de la
gracia divina. Pero estos nuevos
hijos
no deben confiar
excesivamente en la
gracia que ahora
poseen, en
detrimento del pueblo hebreo; la reprobación
de este pueblo es simplemente un
tipo de lo que un día sucederá en el universo, como explicaré al
hablar de las
transformaciones últimas que sufrirá la criatura al final de los tiempos.
47
Ya me he extendido suficiente en la explicación de los
tipos de Caín y
Abel;
ahora les hablaré
de los siguientes
descendientes de Adán.
Les he
relatado cómo logró Adán su completa
reconciliación gracias a Abel. Verán
claramente
que, sin esta
reconciliación, la naturaleza
universal, general y
particular no sería la misma que en la actualidad, aunque su
duración hubiese
sido la misma. Como el Creador había dotado a
Abel de todos los dones
necesarios para manifestar totalmente
la gloria divina en beneficio de la criatura
y humillación de los demonios, al
morir éste era necesario que todos estos
dones
pasaran a otro
menor. Los designios
del Creador se
cumplen y
cumplirán siempre con una
inmutabilidad irrevocable. Por tanto, Adán concibió,
al agrado del Creador, un tercer
descendiente al que llamó Set, que quiere
decir “admitido a la descendencia de
Dios”. Este ser espiritual menor heredó
los poderosos dones que había
poseído Abel; éste debía ser solamente un tipo
de la reconciliación espiritual, mientras que Set representaría, además,
el tipo
de la permanencia de las leyes de la
naturaleza, del curso de sus diferentes
transformaciones y de los acontecimientos temporales que acaecerán
cuando
se borre de los ojos de Aquel que la ha hecho nacer en Su imaginación divina.
Con esta finalidad, el Creador reveló al bienaventurado
Set, por medio
de
su enviado espiritual
Helí, los recursos
espirituales divinos secretos
presentes en toda naturaleza material y espiritual, y por los que
ésta se regía.
Gracias al espíritu, le fue revelado el
conocimiento de las leyes inalterables del
Padre Eterno, aprendiendo que toda ley
de creación temporal y toda acción
divina se
basan en diferentes
números. Helí también
le enseñó que
todo
número es eterno
en el Creador;
mediante estos números
diferentes, el
Creador determinaba toda figura, toda
condición de creación y todo acuerdo
con Su criatura. Para disipar sus
dudas, les hablaré sobre los números eternos
innatos en el Creador.
Sin duda
alguna saben que
todos los sabios
pasados y presentes
siempre han tenido en gran consideración el número denario; este prestigio se
debe a que han aprendido a reconocer en él la
fuerza, pues está siempre
presente en sus operaciones espirituales divinas, por las que han
recibido los
mismos dones concedidos a Set. Estos sabios
no pasaron sus dones a sus
descendientes carnales, ya que la
mayoría de ellos no tuvo descendencia pese
a unirse a mujeres por voluntad del
Creador; estos dones les servían para
educar
e instruir a
los hijos espirituales
que les asignaba
el Creador,
preparándoles así para convertirse en
instrumentos de la manifestación de la
gloria divina.
Estos descendientes espirituales fueron guardianes del
conocimiento del
glorioso número denario; en él está incluido todo número de creación y gracias
a
él pueden obtenerse
todos los números
terrestres, menores, mayores
y
superiores; este conocimiento fue revelado al
bienaventurado Set y yo debo
revelarlo al hombre deseoso de aprender. Les
diré, por tanto, según me ha sido
enseñado, que el número denario incluye los cuatro números de
poder divino.
Observen que en el número denario aparecen
cuatro caracteres aritméticos
diferentes: 1, 2, 3, 4. Sumen estos cuatro caracteres de la siguiente
manera: 1
y 2 suman 3, 3 y 3 suman 6, 6 y 4 suman 10; ahí tienen el número denario, el
primer y mayor poder divino en el que están incluidos los otros tres números,
48
como verán a
continuación: 3 y 4 suman 7, que representa el segundo poder del Creador; 1
y 2 suman 3, 3
y 3 suman 6, he aquí el tercer poder del Creador; por último, sumen
1 y 3 y obtendrán 4, el número cuaternario que completa los cuatro poderes divinos del Creador,
contenidos en el número eterno denario.
Para que su aprendizaje sea completo debo enseñarles la
aplicación de estos cuatro números, así conocerán el uso que el Creador dio a
cada uno de ellos en la creación universal,
general y particular. Por tanto, les diré que el número denario es un
número indivisible, es decir que no puede sufrir división alguna. Este número completa, divide y subdivide
todo número innato en el templo universal, general y particular,
corporal, animal, espiritual y divino. Por este
motivo, los sabios siempre han considerado que este glorioso número es único
y representa la cuádruple esencia divina, y que cualquier ser espiritual procedente
de él es formidable. Por ese mismo motivo, únicamente puede ser utilizado por el Creador, nunca por seres
espirituales doblemente poderosos, simples y menores; por lo que ningún
sabio se ha servido de él, siempre se ha reservado,
por respeto, a la Divinidad.
Tal es el
uso del número
denario o primer
poder divino, que se
representa
como 10 ó c; mediante este
número, la imaginación
pensante
divina concibe la creación espiritual divina y
temporal. Pasemos al número
septenario.
El número septenario, que procede del número absoluto
denario, es el
número más perfecto utilizado por el Creador
para emancipar cualquier espíritu
de su inmensidad divina. Los espíritus septenarios se comportan
como agente
primero y causa cierta de todo movimiento de las formas creadas en el círculo
universal. ¿Qué observamos
en todas estas
formas?. Sonido, movimiento,
acción y reacción. Las diferentes
cualidades y propiedades de estas formas no
podrían apreciarse si en ellas no hubiese un ser innato, denominado
partícula
del fuego increado excéntrico, que posibilita todas esas acciones.
Pero dichas acciones y movimientos de las formas materiales
no pueden proceder únicamente de un principio innato; para que este
principio o partícula de fuego increado origine formas corporales debe ser
activado por una causa principal y superior,
que dirige y dispone el movimiento y pervivencia de las formas. Los agentes septenarios espirituales
divinos son, precisamente, esa causa
superior que rige las diferentes acciones y movimientos de todos los cuerpos, haciéndoles llevar a cabo los
pensamientos y la voluntad que concibe. Aquí vuelve a aparecer lo que aprendimos anteriormente: la forma corporal
humana es
el órgano del
alma del menor.
Para entender las
facultades y poderes de los
agentes septenarios sobre los seres corporales, nada mejor que analizar las diferentes operaciones que los menores
realizan con sus propias formas, ante los ojos de sus semejantes. He
aquí la poderosa virtud y facultad del número
septenario, su emanación del número denario y el empleo que el Creador hace de él para emancipar los espíritus
creados a Su semejanza; este número
es el segundo poder de la Divinidad.
49
El tercer poder divino o número senario emana,
igualmente, del glorioso
número denario. Este número senario no es tan
perfecto ni tiene una virtud
espiritual tan poderosa como el número
septenario; el número senario puede
dividirse
en dos partes
iguales (dos veces
tres), mientras que el número
septenario no
puede dividirse sin
destruirse y desnaturalizarse. Gracias
al
número senario, el Creador hace surgir de su
pensamiento todas las imágenes
de formas corporales aparentes existentes en el círculo universal.
¿No enseña
el Génesis que todo fue creado por Dios en seis días?. Con esto no debemos
pensar que el Génesis quisiera limitar el
poder de la Divinidad al delimitar un
plazo, ya fuera de seis días o de seis
años. El Creador es un espíritu puro
superior al tiempo
y a las
divisiones temporales, pero
llevó a cabo
seis
pensamientos divinos para la creación universal; el
número seis pertenece
efectivamente a la creación de toda forma de materia aparente. Gracias a
este
mismo número, el Creador da a conocer a Sus
criaturas, tanto espirituales
como
temporales, la duración
del tiempo que
deberá subsistir la
creación
universal. Esa es la virtud del número
senario y la utilización que el Creador
hace de él. Este número ha permitido a
los sabios conocer el principio de las
formas y límites de duración
establecidos por el Creador; gracias a él sabemos
que todo ser corporal se reintegra a
su primer principio de emanación por el
mismo número que lo ha producido. Pasemos al número cuaternario o cuarto
poder del Creador.
El número cuaternario, que completa la cuádruple esencia
divina, es infinitamente más perfecto e importante que el número senario;
contribuye a la perfección de las formas que
toma la materia indiferente, pues posibilita el movimiento y acción de la forma corporal, y preside en todo ser creado
al ser el número principal del que todo procede. Se le denomina “número
poderoso por el Creador”, pues incluye todo
número de creación divina, espiritual y terrestre, como he demostrado con las diferentes sumas de los
cuatro caracteres que conforman el número cuaternario, y con la suma
total de estos caracteres, que tiene como
resultado el número denario.
Las
diferentes sumas designan las distintas facultades y poderes que el hombre ha recibido del Creador. Por ese motivo, el
hombre debe aprender a reconocer todos
los números de poderes espirituales innatos en el número cuaternario
pues, para su desgracia, ha sido privado de este conocimiento. El número
cuaternario, por último, es utilizado por el Creador en la emanación y emancipación del hombre o menor espiritual; por eso
el alma se denomina “vida eterna o impasible”, como explicaré a continuación.
Deben saber que la figura triangular tuvo enorme
importancia entre los
sabios de los diferentes pueblos. Adán, Enoc,
Noé, Moisés, Salomón y Cristo la
utilizaron
frecuentemente en sus
trabajos. Incluso en
nuestros días, en el
vértice y el frontispicio de la fachada de
nuestros ayuntamientos, se coloca
cuidadosamente un triángulo. ¿Acaso esa figura es fruto de la
imaginación del
constructor?. Imposible, pues existe antes
que él y está presente naturalmente
en nuestro propio cuerpo. Tampoco podemos creer que dicho triángulo sea
la
representación de la Trinidad, aunque demos
a los tres ángulos de un triángulo
equilátero el nombre de Padre, Hijo y
Espíritu Santo, porque la Trinidad no
puede representarse de
ninguna manera que
puedan percibir los
ojos
50
materiales. Por tanto,
esta figura sólo representa las tres esencias espirituosas presentes en la forma general terrestre, cuya figura es
la siguiente: ∇. El ángulo inferior
representa el mercurio; el ángulo dirigido al sur, el azufre; y el dirigido al norte, la sal. Ahora bien, al unirse el principio
espiritual o número cuaternario a dichas esencias, éstas se enlazan íntimamente
tomando una sola figura y una sola forma, que representa las
tres partes en que se divide el cuerpo general terrestre: oeste, norte y sur.
Así, sumando el número
1 con el 3, demostramos el gran
poder del
número cuaternario, que completa
perfectamente la cuádruple esencia divina.
Del centro de este triángulo salen tres ángulos. Ese centro está
formado por
cuatro
letras; esto indica
claramente que todo
ser creado procede
de la
cuádruple esencia divina y está
sometido a ella, y que, por su emanación
cuaternaria, el espíritu menor lleva
realmente el número de esta cuádruple
esencia.
Tales son las gloriosas instrucciones espirituales que
recibió Set del
Creador,
mediante su enviado
Helí. Así adquirió
todo su poder
y un
conocimiento
completo de las
operaciones divinas; no
es cierto que
fuese
instruido en las ciencias espirituales y
naturales por su padre Adán, como
algunos opinan. Tal cosa era absolutamente
imposible, pues Adán, tras su
falta, fue despojado de todo poder
espiritual; sólo tenía un simple poder menor,
que no podía transmitir por decisión propia, sino por decisión
suprema de la
Divinidad. Adán sólo pudo enseñar a Set el laborioso ceremonial, que llegó a
conocer con gran trabajo de su cuerpo, alma y espíritu pero, en ningún caso,
los frutos espirituales procedentes de operaciones temporales espirituales.
Como acabo de explicar, en su primer estado de justicia
Adán realmente
recibió del espíritu divino toda ciencia y
conocimiento espiritual; es decir, se le
comunicó el camino y el plano exacto de todas las obras
espirituales divinas
para las que había sido emanado. Sin
embargo, como utilizó criminalmente sus
poderes, el Creador se los retiró inmediatamente, convirtiendo al
desdichado
Adán en simple hombre, que podía cometer errores en todas sus actividades
humanas, espirituales y temporales, incluso
tras su reconciliación. Esto mismo
le sucede al hombre cuando actúa sólo
con sus tres poderes ternarios (poderes
aéreo, terrestre e ígneo). Es
peligroso que el hombre deseoso de aprender
utilice estos
tres poderes en sus operaciones
sin obtener previamente
del
Creador el poder cuaternario que se
nos retiró por la prevaricación de Adán; la
falta de este poder cuaternario nos
enseña que, desde Adán, somos hombres
proclives al error; asimismo, la falta
de ese poder cuaternario indica que el
hombre, en verdad, se encuentra
privado espiritualmente de Dios. Es cierto
que, durante su vida temporal, el hombre a veces supera esa privación,
pero
nunca
por mucho tiempo;
el Creador, que
es inmutable, manifestó
expresamente al hombre reconciliado que no recuperaría el conocimiento
de
las ciencias divinas hasta que cumpliese el
trabajo que le había encomendado.
Desde
entonces, el hombre
es ignorante y
limitado, cosa que
no habría
sucedido de haber utilizado su poder cuaternario siguiendo las
instrucciones
del Creador.
51
Set, además del tipo de la reconciliación espiritual y el
del equilibrio de las leyes de la naturaleza, también
representó claramente el de la misericordia divina, pues
sustituyó a Abel
al orar por
el perdón de
su hermano Caín; aparentemente, éste expió su
delito, bien por su muerte, bien por la penitencia de Booz por su involuntario crimen. No deben dudar que estos dos menores alcanzaron
la misericordia del
Creador por la
virtud y santidad
del bienaventurado Set. Si
acaso me pidieran una demostración física les diría que, si tuvieran la fortuna de conocer el trabajo de
Set, el realizado tras él por los sabios y el trabajo de Moisés y
Cristo, no pedirían demostraciones de ninguna clase.
Si hubiesen convivido con esos célebres sabios, se guardarían de hablar de esa
manera. Se habrían limitado a admirar sus hechos sin intentar entender sus palabras, pues les habría sido tan difícil
comprender sus cuestiones y discursos, como los hechos que realizaban.
El respetable Set, descendiente de Dios, fue el
encargado de enseñar a
sus hijos el culto divino. Inició a su hijo Enós, que quiere decir “débil
mortal”, en
todas las ceremonias divinas espirituales y
terrestres, celestes, acuáticas e
ígneas; le recomendó, bajo las penas más
terribles, que no abusara de los
conocimientos que le habían sido confiados por el Padre Eterno ni
del fruto de
su trabajo espiritual; le prohibió, entre
otras cosas, cualquier relación con los
profanos (hijos
de los hombres),
es decir, con
las hijas concubinas
de la
descendencia de Caín, para que esta
raza no se uniese nunca con la suya, que
era la de los hijos de Dios. Entre su prole, el Creador haría nacer a los
menores
encargados de
la manifestación de Su gloria,
como ya he
explicado
brevemente al hablar de la elección de
Enoc y como detallaré al nombrar a
todos los menores elegidos. Entonces
verán que los descendientes de Set y de
su hijo Enós no tardaron en
corromperse al unirse con los descendientes de
Caín, quienes les hicieron perder a todos el conocimiento espiritual
divino que
Set les había comunicado. Estos descendientes
de Enós vivieron así en el
pecado hasta su séptima generación, de la que procede el patriarca Enoc,
de
quien ya les he hablado y les volveré a hablar.
Esto es lo principal que debía decirles sobre el tipo de
Set, pues no quiero profundizar en acontecimientos particulares de sus
descendientes, que no son de ninguna
utilidad para las cosas que deben saber.
Enoc nació entre los hijos de Set; su padre fue Yared o
Ared, que quiere
decir
“hombre iluminado por Dios”. Este padre dio a su hijo el nombre de
Deliacim, que significa “resurrección del Señor en la descendencia de
Set”,
apodándole Enoc, empezando con E, no con H. El
nombre de Enoc significa
“consagración”. Todos estos nombres y el tipo que Yared representó
entre los
descendientes de Set o Enós, eran una figura verdadera del pasado, presente
y
futuro. Yared era
un hombre justo
ante el Creador;
su virtud divina
era
superior a la de los otros
patriarcas por el gran culto que rendía para expiar los
crímenes de los descendientes de Enós.
Cada día recibía la iluminación del
Espíritu Divino y así se preparaba
para la venida del ser justo que emanaría de
él, según le había comunicado el espíritu. El espíritu también le
transmitió que
su
hijo Enoc sería
el tipo del
espíritu divino e
incluso de la
acción de la
Divinidad, por su conducta y defensa
de los menores contra los ataques de sus
enemigos, como les expliqué anteriormente al hablar de la elección de Enoc.
52
Por último, el
espíritu comunicó a
Yared las importantes
obras
espirituales que su hijo Enoc realizaría
entre los hijos de Caín y de Set, y entre
las hijas de Adán, que forman las tres naciones que habitan sobre
la superficie
de la tierra. Antes de dejar este último
punto, quiero que observen que los
hombres distinguieron cuatro
pueblos: Ismael, Israel,
los cristianos y los
idólatras o incrédulos quienes, bajo el
pretexto de honrar y engrandecer a la
Divinidad sólo rinden culto a la materia; pero esta división tiene su origen en
acuerdos entre
los hombres sin
participación divina, por
lo tanto es
forzosamente falsa y engañosa, como veremos a continuación.
Adán, que había sido emancipado de la circunferencia
divina para ser el
rey de la tierra y tener una descendencia de Dios, no debía, por
su naturaleza
espiritual, participar en la división de esa misma tierra. Pero, tras su
delito, se
convirtió en hombre de materia y tuvo descendientes carnales, entre ellos tres
hijos varones: Caín, Abel y Set. Abel había
nacido por orden del Creador, como
simple manifestación divina; por lo
tanto, no debía disfrutar de la materia ni
participar en modo alguno en la
división de la tierra, que debía distribuirse entre
los descendientes de los hombres de sentidos materiales. Así, este justo menor
fue descontado del número de descendientes materiales tras cumplir su misión,
por voluntad del Creador. Sólo
quedaban tres personas: Adán, Caín y Set.
Adán, siguiendo las órdenes
recibidas del Padre Eterno, dividió personalmente
la tierra en tres partes, no en
cuatro. No podía ser de otra manera, dirán
ustedes, puesto que sólo tenía tres hijos. Pero en verdad les digo que,
aunque
hubiese tenido cien hijos, no habría podido
dividir la tierra en más de tres
partes; pues
no existen más
partes en la
tierra y ésta
forma un triángulo
perfecto. De este modo, Adán dividió
las regiones como sigue: el oeste para
Adán, el sur para Caín y el norte para Set. De igual manera que sólo hay
tres
círculos esféricos (sensible, visual y
racional), sólo hay tres ángulos terrestres y
la creación universal se divide sólo
en tres partes.
La demostración de que la creación universal no puede ser
dividida en
más
de tres partes,
la tienen en
la imposibilidad de
encontrar lo que
denominamos la cuadratura del círculo o división del círculo en
cuatro partes.
Por todo esto rechazamos la cuarta parte de
la tierra, aunque sea admitida
popularmente. Así,
sobre la misma
tierra sólo puede
haber tres naciones
principales, de las que han emanado todas las naciones conocidas. Estas
tres
naciones fueron representadas por los hijos de Noé, entre quienes se volvió a
dividir la tierra en tres partes iguales. A
Cam le correspondió la parte sur; a
Sem, la parte oeste; y a Jafet, la
parte norte, como les relataré posteriormente.
Añadiré que la orden que el Creador
dio a Adán de dividir la tierra fue muy
dolorosa para él, pues le hacía sentir la diferencia entre su anterior
estado de
gloria y su estado de reprobación. Además, este reparto de la tierra anunció la
división que reinaría entre los hombres desde
entonces hasta el final de los
tiempos, pues Adán sumió a toda su
descendencia en un estado de guerra y
discordias. Pero volvamos a Enoc.
El nacimiento de Enoc supuso una gran satisfacción
espiritual para los
descendientes de Set. En su cara se
reflejaba su carácter y el de su misión; su
recorrido en el mundo quedó marcado en los cielos por un signo planetario, que
53
conmocionó enormemente a
los descendientes de Set y más aún a los de
Caín.
Este signo, que
toda la creación
pudo distinguir, se
percibió
especialmente en el sur, donde vivían los
descendientes de Caín. Como era
lógico, su preocupación fue mayor que la de los hijos de Set, pues
en él vieron
el presagio del castigo que el Creador
enviaría a todos los habitantes de la
región meridional. Este signo era una
estrella que había salido de su círculo
planetario, descendiendo más cerca de
la tierra de lo que era habitual, y que
tenía una luz diferente a la que recibía en su curso natural, por lo que
parecía
completamente distinta y contraria a las
demás estrellas, pese a tener la misma
naturaleza. Debido a
esta diferencia, los
hombres lo llamaron
Lathan, que
quiere decir “signo de confusión y aflicción terrestre”, aunque se le
conoce por
el nombre de “cometa”. He aquí la figura de
este signo:
Para entender en qué consiste un signo planetario, deben
saber que
todo cuerpo celeste, sea mayor, superior o inferior, está formado
de materia y,
en
principio, su forma
corporal puede tener
seis divisiones. Un
círculo
planetario está
formado por seis
estrellas principales de
igual tamaño,
propiedades y
poder; éstas reciben
sus órdenes de
acción, movimiento y
operación de la estrella superior, que
se encuentra en el centro de estos seis
componentes del círculo planetario. En
el espacio intermedio entre estrellas
hay infinidad de
cuerpos diferentes que
denominamos “signos ordinarios
planetarios”, llamados
comúnmente pequeñas estrellas. Estos signos siguen la
misma disposición que las estrellas del círculo planetario, es
decir, se unen de
siete en siete. Cada uno de estos signos tiene siete virtudes presentes en las
principales estrellas del
círculo planetario y,
además, otras siete
virtudes
propias, por lo que pueden ser multiplicados por su propio número de virtudes,
o sea 7 x 7 = 49 = 13 = 4. Este número indica
que, como todos los cuerpos
presentes en el círculo universal,
los cuerpos planetarios superiores, mayores e
inferiores tienen vida espiritual divina y vida corporal pasiva,
diferenciándose de
la siguiente manera: los
irracionales tienen vida e instinto pasivo; los racionales
tienen ese mismo instinto y, además,
vida espiritual impasible.
Ya saben que
todo ser de
forma corporal nace
de tres esencias espirituosas (mercurio, azufre y sal) y de la
colaboración de los espíritus del eje en su
formación; esta colaboración consiste en impregnar con su fuego cada una de las
esencias de manera continua para preservar y equilibrar todas las formas.
Esto es lo que denominamos vida pasiva, a la que está sometido todo ser de forma celeste o terrestre.
54
Hemos divido los
cuerpos planetarios en
superiores, mayores e inferiores
para entender más fácilmente sus virtudes y poderes. La estrella central
es el ser superior planetario; esta estrella dirige los cuerpos planetarios mayores
e inferiores, y
se denomina superior
porque en ella
se propaga directamente el
influjo solar. Después, esta estrella superior lo comunica a las estrellas
mayores planetarias de su círculo y las mayores lo comunican a una infinidad
de pequeñas estrellas
vinculadas a ellas,
denominadas “signos o cuerpos
inferiores planetarios”; estas señales inferiores, tras recibir el influjo de las superiores y mayores, lo propagan con una
precisión exacta sobre los cuerpos ordinarios terrestres.
He aquí un pequeño esquema de la composición de un
círculo planetario y sus habitantes, que
podemos considerar infinitos dada la multitud de seres animales, espirituales menores,
y espíritus puros y simples divinos diferentes presentes en ellos, morada de la vida espiritual
impasible. Si estos círculos planetarios sólo estuviesen
habitados por los seres que acabo de nombrar, no habría ningún problema para el hombre y las demás formas, tanto generales
como particulares; pero también pueden ser habitados por seres espirituales
malignos, que combaten
el influjo positivo
que deben difundir
los seres planetarios espirituales buenos por el mundo
entero, según sus leyes de orden, para
la protección y conservación del universo.
Por eso entre los hombres existe la creencia de que los
planetas pueden tener una influencia negativa; esto es muy
cierto, como aclararé al explicar los principios de los diferentes cuerpos
celestes y terrestres, así como las virtudes y
poderes de Saturno, el Sol y los demás círculos planetarios. Quizás duden de la
relación entre los espíritus malignos y los espíritus buenos planetarios, pero esto se debe a su falta de conocimientos sobre los
espíritus buenos y sus acciones,
pues no consideran
posible que sus
funciones naturales sean interrumpidas
por espíritus malignos. No obstante, no podría ser de otra forma, como veremos a continuación.
Ya saben que Adán fue emanado como forma gloriosa y
saben que, por
su pecado, perdió todo poder espiritual. Deben
saber bastante de este tema,
pero seguro que desconocen si el demonio tenía forma corporal
cuando tentó
al primer hombre. Les diré que el demonio
tenía entonces un cuerpo de gloria o
forma gloriosa; sería imposible que existieran tentaciones, trampas o
engaños
entre espíritus puros y simples si éstos contasen con una forma corporal.
Entre los espíritus puros y simples no ocurre lo mismo que
entre los
hombres
corporales, todo hombre
es libre de
comunicar u ocultar
sus
pensamientos a sus semejantes, pero un ser
espiritual no puede concebir un
pensamiento sin que los demás espíritus lo
conozcan. Todo está al descubierto
y todo se siente al unísono entre los seres liberados de materia; el privilegio
del
espíritu puro y simple es poder leer en el
espíritu, por su correspondencia
natural espiritual. Por eso nada escapa al
conocimiento del espíritu, mientras
que entre los menores dotados de una forma de materia aparente
ocurre todo
lo contrario.
55
Partiendo de esta base, les explicaré que, al igual que
los humanos, todo
espíritu planetario superior, mayor e inferior
dotado de forma corporal para
operar según las leyes recibidas por el tiempo
prescrito, puede ser atacado y
combatido en sus actividades diarias. La
diferencia entre estos espíritus y el
hombre estriba en que ellos no sucumben ante
la lucha contra los demonios;
estos
seres espirituales no
pueden ser pervertidos
ni seducidos, pues
las
formas
que habitan no
son susceptibles de
putrefacción. Actúan siguiendo
estrictamente las leyes naturales de las
diferentes formas que habitan, por
tanto, su reintegración espiritual y corporal
es muy sucinta. El hombre, por el
contrario, se aleja constantemente de sus
leyes espirituales; siendo así, no
puede esperar su reconciliación sin un largo y
penoso trabajo, y su forma
corporal
sólo se reintegra
mediante una putrefacción
inconcebible para los
mortales. Esta putrefacción
degrada y hace
desaparecer completamente la
figura corporal del hombre destruyendo su
miserable cuerpo, igual que el Sol
hace desaparecer el día de la superficie terrestre privándola de su luz.
En el caso de Cristo, Abel, Elías y Enoc, no ocurrió lo
mismo, ni en su
ser espiritual ni en su forma material. En lo que respecta a Enoc,
debo añadir,
además, que su venida al mundo predijo la
reconciliación universal, la señal
que apareció en su nacimiento
profetizó la que aparecería en el nacimiento del
Reconciliador. Representó el
tipo de tres
operaciones distintas que
Cristo
realizaría entre los
hombres para la
manifestación de la
gloria divina, la
salvación de los hombres y la humillación
de los demonios. La primera de ellas
para la reconciliación de Adán; la
segunda, para la reconciliación del género
humano, en
el año 4000;
y la tercera,
que se manifestará
al final de los
tiempos, repitiendo la primera
reconciliación de Adán, reconciliará al Creador
con todos sus
hijos, para mortificación
y humillación del
príncipe de los
demonios y sus adeptos.
Será entonces cuando estos espíritus perversos
reconocerán su error y sus crímenes, mientras permanecen
por tiempo inmemorial a la sombra de la muerte
y en privación divina, sumidos en las más terribles lamentaciones. Su papel será, entonces, más duro y penoso que el
desempeñado durante los siglos
temporales.
No profundizaré aquí sobre el tipo de las penalidades
que deberán sufrir estos espíritus perversos, ni hablaré del número 49, pues
tocaré ambos puntos más tarde. También hablaré posteriormente del
tipo de Enoc, al emprender el relato de las épocas. De momento me limitaré a
todo lo expuesto hasta ahora, pasando a la
explicación del tipo de Noé.
Noé representó un tipo notorio de la creación universal,
terrestre, general
y particular de todas las formas corporales aparentes. Por su
número denario,
es el tipo del Creador, pues fue el décimo de
los patriarcas y el último de los
jefes de las familias descendientes de
Adán antes del diluvio. Gracias a su
descendencia se perpetuó la de Adán, borrada por el diluvio de la faz de la
tierra.
Antes de
continuar, debo detallar los motivos que provocaron el diluvio.
Los supuestos sabios, que no conciben la posibilidad de que el Creador enviara
56
esta plaga sobre la
tierra e ignoran por qué lo hizo, no dudan en negar este
hecho. Tachan de ridículos a quienes lo estudian desde la fe, considerando
personajes ficticios a aquellos a quien el Creador informó de este
suceso y de
la decisión que había tomado en Su
inmensidad. No me detendré en sus
débiles objeciones,
me limitaré a
demostrarles que esta
determinación fue
tomada para manifestar la justicia divina ante los corifeos demoníacos,
cuyas
eternas persecuciones a
los menores indignaban al Creador. Las enormes
conquistas logradas entre estos desdichados menores les enorgullecían de tal
modo que se creían invencibles e, incluso, más poderosos que el Creador.
Este orgullo era, evidentemente, fruto de su escasa
reflexión. Todas sus
conquistas probaban en realidad la debilidad
de los demonios, no su poder,
como voy a explicarles. En aquellos momentos la tierra no estaba
demasiado
poblada.
Los hombres que la habitaban
eran apenas un
puñado, por así
decirlo; sin embargo, para someter a
ese pequeño número de menores, el
adalid de los demonios tuvo que
utilizar todos sus poderes y el de todas sus
legiones, que son
infinitas. Además, si
los menores se
hubiesen servido
correctamente de su
libertad, todas las
insinuaciones y prácticas
de los
demonios habrían sido en vano. El triunfo de
los demonios se resume, por
tanto, en haber sometido a los
débiles descendientes de Caín y parte de los de
Set.
Ciertamente, esta débil
conquista no podía
manifestar un poder
demoníaco absoluto y superior al del
Creador, pues los menores se habían
dejado vencer
por su propia
voluntad. ¿Qué ganaba
el demonio con
esa
victoria, si no podía mantener esas conquistas en su poder, ni
corroborar que
las
poseía, ni disfrutar
de ellas a
su antojo?. Era
como si no
hubiese
conquistado nada.
El príncipe de los demonios
ha librado multitud
de
combates, invirtiendo enorme
trabajo y esfuerzo
y, sin embargo,
nada
consigue, nada queda bajo su poder.
Tales son sus victorias sobre los menores
de aquella época, así como las que
ha ganado desde entonces y las que podrá
ganar en el futuro.
Cuanto
más disponen los demonios su poder contra el Creador, mayor
es su humillación y su castigo. Cuantas más
victorias logran sobre los menores
espirituales, mayor es su tormento y su desesperación; el Creador les mortifica
arrebatándoles su presa, devolviendo a los menores esclavizados a Su justicia
divina, sin permitir jamás una victoria completa de los espíritus perversos y
sus
legiones. Dichos espíritus malignos se rigen por leyes inmutables;
utilizan sus
acciones, movimientos y poderes para poner en práctica su malvada voluntad
contra todo ser espiritual emanado y todo ser de forma corporal. Sin embargo,
pese a
toda su obcecación,
ninguna de sus
obras logra el
objetivo que
pretenden.
Quizás se
pregunten qué objetivo pretenden alcanzar. Intentan rebasar
los límites que les han sido prescritos, seduciendo sin descanso no sólo a los
habitantes
de la tierra,
sino también a
aquellos de los
diferentes cuerpos
celestes, con agresiones superiores a su poder ordinario. Pretenden
nublar el
entendimiento de los menores, presentándose
ante sus ojos como los únicos
dioses de cielos y tierra,
prometiéndoles, si se unen a ellos y reconocen su
autoridad, el mismo poder y facultad que posee la Divinidad, y la
libertad para
actuar sobre todo ser. Estos espíritus perversos llegaron incluso a persuadir a
57
los menores de que la
Creación universal se atribuía falsamente a la Divinidad; afirmaban que ese Dios en quien creían era simplemente uno
de ellos, que ordenaba sobre toda la Creación y sobre el
hombre desde su venida a la tierra; defendían que los menores habían sido
emanados por el gran príncipe del sur, soberano de todo ser material y sobrematerial (que quiere
decir “vehículo del fuego eje
central incorporado a una forma”);
aseveraban que debían reconocerle y cumplir ciegamente todo lo que les
comunicasen sus agentes inferiores,
así se manifestaría su poder, tal como veían manifestarse el de su adalid, el
gran príncipe del sur.
El príncipe
de la región
oeste, o príncipe
mayor de los
demonios
terrestres,
decía a los
menores, señalándoles el
Sol: “Ved el
ojo del gran
príncipe universal, es la morada de
aquel que dirige toda la extensión que
percibe y abarca vuestra vista y vuestra imaginación”. El príncipe de la
región
septentrional terrestre decía, mostrándoles
la Luna: “Mis queridos aliados, os
hablo en nombre del príncipe supremo y
todopoderoso que ha vivido y vivirá
eternamente con vosotros y con
nosotros, oid lo que nuestro maestro os dice
por mi boca. Girad el rostro hacia
su morada, donde habitan todos los espíritus
mayores como yo, los inferiores y los
menores; allí se manifiesta la gloria de
nuestro gran príncipe, por tanto, recurrid a ella para que os conceda
todos los
recursos y facultades necesarios para igualar vuestro poder al nuestro.”
Estos príncipes perversos no se limitaron a esto;
enseñaron a los pobres
menores seducidos a comunicarse con los habitantes de las dos
moradas que
les habían presentado como las más grandes e importantes: la Luna, la mayor
morada del círculo sensible o terrestre, y
el Sol, la mayor morada de los cielos.
Les recomendaron no
realizar ningún trabajo
ni intervención sobre
estas
moradas hasta que no estuviesen en conjunción y perfecta oposición, es decir
formando un eclipse de Sol y Luna; así
obtendrían todo lo que necesitaban,
bien directamente de los omnipotentes
príncipes de dichas moradas, bien de
sus protegidos.
Los
príncipes de las otras dos regiones utilizaron palabras similares; los desdichados
menores, seducidos por
todas sus promesas,
emplearon con ahínco y precisión todas las facultades y poderes
recibidos de estos seres demoníacos. La perversidad de estos hombres
poseídos creció enormemente y, en muy poco
tiempo, lograron corromper a los descendientes de Caín y a gran parte de los de
Set.
Quiero señalar que el discurso de los príncipes demoníacos
debía ser
muy atrayente para
lograr pervertir en
tan poco tiempo
a casi todos
los
habitantes de la tierra; por tanto debemos velar y permanecer siempre alerta,
pues estos espíritus perversos pueden inventar cualquier cosa para corromper
al menor y llevarle a ellos. En sus actuaciones percibimos lo que normalmente
se denomina pros y contras, es decir las
acciones y reacciones que se suceden
cotidianamente en el
universo. Para entender
la sutileza de
sus tentativas
deben saber que trabajan sin descanso para degradar las formas y corromper a
los seres espirituales,
esperando alcanzar su
objetivo de un
modo u otro.
Persiguen a los menores desde el momento en que entran a este bajo
mundo,
cuando todavía no
puedan servirse de
sus sentidos corporales,
como se
58
advierte claramente por
los diferentes movimientos, lamentos y agitación de un recién nacido. La confirmación de todo esto la tenemos en
el nacimiento de Cristo, en Su venida en forma corporal, en las persecuciones y
sufrimientos que debió soportar durante Su vida; sin duda
alguna, los demonios rondan la forma corporal
desde que el
menor entra en
ella. Ahí tiene
su origen la costumbre de los patriarcas de bendecir a
sus descendientes para exorcizar y alejar a
los espíritus perversos
que asedian la
forma corporal. La
misma finalidad tiene la
circuncisión o bautismo de sangre, por la que a Abraham le fue revelada la alianza. También de ahí procede el
bautismo de gracia a los nuevos convertidos a Cristo.
Quizás se pregunten qué habría sucedido con el mundo si
Adán no
hubiese obtenido su reconciliación. No
responderé a esta pregunta, me limitaré
a
decir que el
decreto del Creador
es inmutable en
lo que respecta
a la
humillación de los demonios. El Padre Eterno previó la operación
segunda de
los malos espíritus, por la que pretendían que el menor se uniese totalmente a
ellos para hacer frente a la justicia que recaería sobre ellos y sus adeptos.
El Creador tomó al menor bajo su custodia y todas las
tentaciones de los demonios
no pudieron hacer
nada contra sus
leyes inmutables. Así,
los demonios cayeron en una privación mayor, conservando únicamente un
poder espiritual simple, que Dios no pudo
retirarles, para actuar superficialmente en el universo. Por este motivo, nunca lograrán la destrucción total de los
rescatados por el Creador ni detener el curso y duración que Él ha
asignado a cada cosa. Por eso, los demonios no han podido evitar que el mundo
sea como es, tras el cambio de forma
gloriosa en forma material del hombre.
Quiero señalar que no deben considerar esta forma corporal
como un
cuerpo
real de materia
existente; su origen
está en las
primeras esencias
espirituosas que recibirían, por el primer
Verbo de creación, el influjo adecuado
a las formas
que debían utilizarse
en la creación
universal. Las formas
corporales no pueden considerarse reales sin admitir una materia innata en el
Creador divino, lo que es contrario a Su
espiritualidad. Le llamamos Creador
pues todo lo creó de la nada y toda la creación surgió de Su
imaginación; por
eso
denominamos imagen a Su creación, porque surgió de la imaginación
pensante divina.
La misma facultad divina que ha creado todo, hará que
todo vuelva a su origen; igual que toda
forma tiene un principio, también tendrá un final y se reintegrará a su
lugar original de
emanación, como veremos
con más detenimiento a
continuación.
Ya han visto los inicuos crímenes de los demonios contra
los menores
desde el principio de los tiempos, para que
se alejen del culto a Dios y se unan
al príncipe meridional, considerándolo su
único guía divino. Deben saber que
estos espíritus perversos
se acercaron siempre
a los menores
bajo una
apariencia
espiritual; intentaban convencerlos
de que serían
eternos como
ellos, que
no dejarían de
existir si abandonaban
su forma corporal
y que
podrían tener contacto y relación con sus semejantes. Pero al seducir a los
59
menores
bajo una apariencia
hermosa, los arrastraron
a la más
terrible abominación.
No obstante,
pregúntense si, pese a las
insistentes persecuciones
demoníacas a este primer pueblo (los descendientes de Caín y Set), no había
entre ellos hombres justos que rechazaran la
insinuación del intelecto malo y se
alejaran rotundamente de esa abominación en la que cayeron otros
menores.
No pueden negar que los hubo, aunque sólo
fuesen los nueve patriarcas, a los
que
siguió Noé completando
el número denario.
Sin embargo, háganse
la
misma pregunta respecto a los hombres
de nuestro tiempo, encuentren a un
justo en este siglo; puedo imaginar
su enorme perturbación pues, en efecto, no
ha habido ninguno. Los hombres posteriores a la venida de Cristo, al no
haber
presenciado las manifestaciones divinas de
los primeros siglos, han olvidado su
conocimiento sobre el
gran culto divino,
pues no han
sido testigos de los
prodigios del
Creador, como sucedía
cotidianamente entre los
primeros
pueblos y en Israel.
Debido a sus
malas costumbres y
a su ignorancia
los hombres de
nuestro siglo se
dejan invadir fácilmente
por la duda.
Por tanto, no
debe
sorprenderles que, en la actualidad, los
intelectos demoníacos tengan más
éxito entre los menores que en tiempos
pasados. ¿No es cierto que cuanto
más nos alejamos de un objeto, más se borra
de nuestra vista?. ¿No es verdad
que cuando nos alejamos de algo a lo que
tenemos apego acaba saliendo
imperceptiblemente de nuestra memoria, hasta el punto de que es
muy difícil,
por no decir imposible, retomarlo con el
mismo gusto y ahínco que antes?.
Pues bien, eso es precisamente lo que
les ha ocurrido a los hombres de este
siglo: se han alejado de todo conocimiento divino pretextando una
supuesta fe
ciega, que les ha hecho perder por completo
la idea de la verdadera fe. La fe
sin las obras no puede considerarse
una verdadera fe, aunque sí es totalmente
posible presenciar las obras de la fe
sin tener fe. Además, las obras que el
hombre puede realizar
con la débil
fe innata en
él, no pueden
atribuirse
realmente a la fe; el hombre no puede tener
una fe viva y completa si no es
conducida por un agente superior;
entonces podrá realizar obras que no le
pertenecen y que manifiestan toda la
fuerza de la fe que actúa en él. Los
hombres han abandonado las ciencias
espirituales empujados por su codicia
de bienes materiales; ante sus ojos se
ha corrido un tupido velo y están tan
ciegos como todos los hijos de Caín y la mayoría de los de Set.
Sabemos que la ceguera de estos primeros descendientes,
al igual que
la de Israel, era una repetición clara del estado de privación de
Adán mientras
fue castigado por la justicia del Creador.
Esta inacción espiritual es el castigo
de todo espíritu que se aleja del Creador; ningún ser espiritual privado
de Dios
puede realizar el culto divino hasta que
alcanza la reconciliación del Padre
Eterno, como representaron Adán y sus
sucesores con sus tipos y símbolos.
Un tipo tiene mayor valor que un símbolo; un tipo es la representación
real de
un hecho pasado o de un hecho que sucederá en un plazo breve, un símbolo
únicamente proporciona información sobre el
tipo de un suceso futuro. Un tipo,
además, es superior a una profecía; los profetas únicamente anuncian
futuras
amenazas que la misericordia del Creador puede alejar si el pueblo corrige su
comportamiento, mientras que
un tipo anuncia
un acontecimiento cierto,
60
dictado por el decreto
inmutable del Creador. Por tanto, no pueden ignorar que los primeros descendientes
y el pueblo
de Israel fueron
horriblemente sancionados y
castigados por abandonar al Creador y el culto que les había sido enseñado.
Déjenme cuestionar la situación del mundo cuando Cristo
vino a los
hombres. ¿Qué culto rendían al Creador?. ¿No
habían convertido su Templo
en un mercado?. ¿Conocían otro Dios que la materia?. ¿De dónde
procedían
sus mercancías?. ¿No les
llevaban estas negociaciones
materiales a la
idolatría?. No resulta
difícil creer esta actitud, pues se repite ante nuestros ojos
en los hombres de nuestro tiempo. Consideran
admisible olvidar al Creador
para enriquecerse temporalmente. Representan
perfectamente las dos épocas
pasadas, es decir, la de los descendientes de
Adán y la de Israel. En los
hombres de este siglo vemos su misma conducta,
su mismo ejemplo, sus
mismas costumbres. El imperio de los demonios triunfa en perjuicio de los
débiles menores. Éstos se han alejado de tal manera del culto
divino, es tal su
degradación
e impureza por
la alianza que
han pactado con
los espíritus
perversos, que deben
esperar un castigo
infinitamente peor que
el de las
primeras generaciones, pues nuestra
generación ha visto y ha oído hablar
directamente a Aquel que opera toda reconciliación espiritual, mediante
el que
el Creador ha manifestado todas sus obras ante los ojos de la criatura.
¿Qué más podía hacer este Redentor?. ¿Qué más podía decir para
evitar la influencia demoníaca sobre los menores?. ¿Podía sufrir más para
impedir los ataques del demonio contra los menores?. ¿Acaso no
demostró a
los menores que el origen de sus obras era
ajeno a ellos?. ¿No les reveló quién
les hacía actuar contra la voluntad
divina y qué medios utilizaban los demonios
para que renunciasen a sí mismos y a
su alma?. Algunos de estos menores
siguieron los consejos de los demonios
y otros los rechazaron, ¿no anuncia
esta diferencia de pensamiento y voluntad que en ellos existe un ser
espiritual
divino libre?. ¿Les perseguirían los demonios
con tanta insistencia de no ser
así?.
Al ignorar todo esto, los menores posteriores a la venida
de Cristo han
repetido
el reprobable comportamiento de las primeras
generaciones. Han
negado su alma y, por tanto, han negado la Divinidad; no se puede
admitir un
Creador sin admitir criaturas meramente
espirituales. La descendencia de Caín
cometió precisamente ese error, no reconocían ni Dios ni alma; la
mayoría de
los descendientes de Set creían en la
existencia del alma, pero no en un
Creador divino, sino en el espíritu demoníaco que les dirigía. Los hijos
de Set
creían también en un universo eterno, al
contrario de los de Caín, pues su
primer padre les había revelado los principios de todas las cosas creadas,
educándoles en la fundición de metales; las formas que ellos mismos creaban
les ayudaban a entender que el universo y
todo lo incluido en él había sido
formado y volvería a su primer principio de inactividad.
Observemos
ahora al pueblo
de Israel, ¿no
cometieron los mismos
errores y crímenes que las primeras generaciones?. Sin embargo,
este pueblo
fue testigo de la manifestación absoluta de
la justicia y el poder divino. El
Creador les permitió presenciar todas Sus maravillas; aun así, sucumbieron
61
ante el poder de los
demonios, llegando en su osadía a repudiar al Creador eterno para adorar a falsos dioses. La conducta de los
tristes descendientes de este pueblo demuestra el pecado
al que se abandonaron sus padres. Su culto evidencia que
están guiados por
principios falsos y por el
príncipe de las tinieblas.
Son esclavos del ritual de la ley, olvidando la verdad de su alma y las leyes del Creador. Están dominados por la codicia
material.
Pese a la falsa conducta de los descendientes de Caín, Set
e Israel, y la
de aquellos posteriores a Cristo, la misericordia del Creador se ha manifestado
en todos los tiempos. Aunque la criatura soporta el peso de la justicia divina,
el
Padre Eterno no le niega nunca Su benevolencia, sino que le procura todos los
medios que considera necesarios para su satisfacción temporal y espiritual.
En Ismael tenemos
una de las
más asombrosas pruebas
de la
misericordia divina. Como primer hijo natural de Abraham fue el
símbolo de la
elección
de Israel; el
abandono de la
casa de su
padre representa el
vergonzoso abandono
de Israel del
templo divino; su
huida a países
extranjeros, lejos de las tierras de
su padre, representa la expulsión de Israel
de la presencia del Creador y su dispersión
por toda la tierra. Según relatan las
Escrituras, Agar, la madre de Ismael, llevó como único sustento para ambos un
pan y un cántaro de agua que
consumieron el primer día, sumiéndose en la
desesperación al ver a su hijo a punto de fallecer de hambre y sed. Pero
hasta
en esos momentos de aflicción fue fiel al
Creador, por eso Él no la abandonó y
le envió un ángel, que le dijo:
“¡Mujer!. El Padre Eterno ha oído tus súplicas
para expiar tus faltas; levántate,
coge a tu hijo y sígueme”. El ángel puso
remedio al hambre y la sed de Ismael y
su madre, después les bendijo en
nombre del Padre Eterno, les mostró
el camino que debían seguir para llegar a
la tierra que el Creador les había
destinado y dijo a Agar: “El Padre
Eterno
cuidará de tu hijo; tú serás testigo
de su prosperidad en la tierra y de él nacerán
doce príncipes de la tierra, que
conducirán a sus doce tribus.”
Este ejemplo debe
enseñarnos a confiar
en el Padre
Eterno, en la creencia
de que nos hará siempre totalmente dichosos.
Por ahora no hablaré más de Ismael, pues tendré que
hacerlo al explicar los
tipos y épocas
que se han
sucedido. Continuaré, por
último, con la explicación del gran tipo de Noé, que ya
les he anunciado.
La
abominable conducta de los descendientes de Caín y de Set llegó a
ser tal que no sólo abandonaron al Creador
y su culto, sino que cometieron las
fornicaciones más inmundas, que no podemos imaginar sin estremecernos;
el
Creador se alzó contra estos pecadores y contra los demonios que les habían
seducido. Ordenó a Noé, su fiel elegido, que
construyese un arca de madera
de cedro, testimonio de la justicia
divina que ejercería contra la tierra y sus
habitantes. Esta obra llevaba el
nombre de Arca porque flotaba sobre las aguas
y su base tenía una forma semejante al vientre de un pato. Este arca no
tenía
mástil, velas ni remos; nada de eso habría
tenido utilidad alguna, pues era
dirigida por la fuerza de las aguas, a voluntad del Creador. Cuando llegó el
momento en que se manifestaría la justicia divina sobre toda la tierra,
el Padre
Eterno envió un ángel a Su elegido Noé, para informarle que debía entrar al
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arca con su mujer, sus hijos y las mujeres de
sus hijos. También le detalló las
provisiones que debía llevar para los
animales racionales e irracionales que
irían
con él en
el arca. Estas
provisiones no eran
manjares elaborados y
refinados, como la harina más pura u otras delicias para el paladar;
consistían
simplemente en frutos ordinarios de la
tierra. Cuando bajaron del arca, aún
quedaban dos tercios de dichas provisiones, pues fue tal el temor de Noé
y su
familia ante el horrible castigo que presenciaron, que apenas pudieron pensar
en su vida corporal. Noé presenció, en
verdad, la manifestación de la justicia
divina sobre el cuerpo general y particular, eternos en el círculo
universal, que
durante ese tiempo estuvieron privados
espiritualmente de Dios; su conmoción
sólo le permitió ocuparse de la vida espiritual de los animales racionales y de
la
vida corporal de los animales
irracionales. Por ese el motivo sobraron tantas
provisiones tras el diluvio.
Durante
el diluvio, Noé representó el verdadero tipo del Creador; flotaba sobre las aguas como el Creador antes de que se
desatara el caos, según palabras del
Génesis. El velo acuático que entonces cubría toda la tierra y la ocultaba de la faz del Creador, hace alusión a
los cielos ultracelestes, llamados por la mayoría de los filósofos
cielos cristalinos, que separan al Creador de la corte divina de Su creación
universal temporal.
El ensombrecimiento de los astros luminosos durante el
diluvio hace
pensar en la privación de la luz espiritual de
los cuerpos universales, que no
contaban aún con leyes de orden para
intervenir y actuar, según disposición del
Creador, como agentes en el círculo universal
de la creación. Vemos cómo
esta falta de luz divina de los cuerpos
universales se repite cotidianamente en
la concepción de una forma humana en el cuerpo
de una mujer. El cuerpo
humano lo dividimos en tres partes: la cabeza,
1; el tronco, 2; y el hueso iliaco,
3. No pueden negar que la forma y
proporciones de estas tres partes son muy
distintas unas de otras, y que es
posible distinguirlas sin
fracturarlas, sólo
rompiendo los
ligamentos cartilaginosos que
las unen; es
decir, estas tres
cosas son una
sola gracias a
esa íntima conexión.
Sin embargo, tienen
diferentes propiedades y facultades, que
representan perfectamente los tres
reinos de la naturaleza: el animal, el
vegetal y el mineral. Estos tres reinos
pertenecen a la forma terrestre, igual
que las tres partes del cuerpo humano
están incluidas en el recubrimiento de la forma. No he mencionado los
cuatro
miembros (dos brazos y dos muslos con sus
piernas), pues son simples piezas
del tronco, cuyas propiedades
particulares trataré más adelante. Las tres partes
del cuerpo humano me permiten
explicarles las tres acciones principales que
desencadenaron la explosión de los
cuerpos universales. La primera acción
consistió en el descenso del menor
general a la forma general terrestre; la
segunda, en la unión del espíritu divino mayor con el menor o alma general;
la
tercera, en las limitaciones y diferentes
características y propiedades que el
espíritu mayor determinó al cuerpo general y a los cuerpos particulares,
tanto
celestes como terrestres, por orden del Creador.
Este espíritu también prescribió la virtud y poder de todo
ser espiritual
mayor, inferior y menor, bien sobre la forma general y particular,
bien fuera de
estas formas. Dispuso, además, el poder y
características de los habitantes del
eje central, comprobando que cumpliera la voluntad divina. Con estas tres
63
operaciones la creación
universal recibió sus leyes, preceptos y mandatos, y explotó el caos. Entonces, cada forma corporal del caos se
puso en acción para cumplir las
órdenes que había recibido. No piensen que la explosión de la masa caótica fue
desencadenada por el descenso del espíritu menor, ni por su unión con el espíritu mayor, sino únicamente porque este
espíritu mayor o doblemente poderoso
retiró su revestimiento
caótico para reunirse
con su padre;
entonces, todo se presentó a los ojos del Creador en naturaleza pasiva y activa, según la imagen que Él había imaginado.
Esto les aclarará las palabras de las Escrituras: la luz
estaba en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron.
Toda forma corporal es siempre un caos
para el alma espiritual divina, pues esta forma de materia simplemente aparente no puede
recibir comunicación del
intelecto espiritual divino.
Sin embargo, la emanación
del menor le
permite recibir constantemente esa comunicación,
pues es un ser eterno.
Es evidente que el cuerpo es un caos para el alma o menor,
pues ésta pasa su vida temporal encerrada en un cuerpo
material como castigo por el crimen del
primer hombre. Pasa la mitad del tiempo en una débil luz, simple reflejo de la
luz espiritual divina, y la otra mitad en una aterradora oscuridad. Esto es lo que denominamos luz y tinieblas elementales, o
día y noche; pero cuando el menor se separa de su forma caótica
olvida las tinieblas temporales elementales, goza
plenamente de su luz impasible,
espiritual, inalterable e innata; como dijo el Creador, el
Espíritu todo lo lee, ve y conoce por su propia claridad, sin necesitar más luz
que la suya propia.
Quizás se pregunten por qué las Escrituras dicen
entonces que quienes
no sean admitidos por Dios vivirán en tinieblas y estarán privados
de toda luz.
Deben saber que las tinieblas de las que
hablan las Escrituras no consisten en
una falta de claridad y luz, sino en
un estado de privación de la acción espiritual
divina en la inmensa circunferencia
celeste, donde los espíritus reconciliados
llevarán a cabo su gozosa
reintegración. Las palabras de las Escrituras no
pueden tener
otro significado, pues
todo espíritu, bueno
o malo, tiene
luz
propia. Si les queda alguna duda
sobre mi explicación de la explosión del caos,
fíjense en el ángel que abrió la
puerta del arca para dejar salir a los animales
situándoles en la cima para que
presenciasen la manifestación de la justicia
divina; verán claramente que representa la retirada del recubrimiento
universal
por el espíritu mayor, para exponer frente al
Creador a todo ser de creación
temporal.
Ahora les hablaré del tipo figurativo de este arca
misteriosa. En ella
estaban
representados los diferentes
seres animales y
simboliza el
revestimiento
caótico que incluía
todo principio de
creación de formas
corporales. Los cuarenta días que estos
animales permanecieron sin la luz
elemental, representan claramente la operación física que se ven
obligados a
realizar los hombres para su reproducción
corporal. Su fruto no puede tener
vida pasiva, activa o espiritual hasta
que pasan cuarenta días. No diré nada
más al respecto, la naturaleza puede instruirles ampliamente sobre ese
tema.
El descenso y la unión de las aguas
enrarecidas con las aguas comunes,
simbolizan el descenso del primer
menor a un cuerpo material terrestre; los
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cuarenta días que estas
aguas enrarecidas tardaron en descender representan los cuarenta años de penas y sufrimientos del alma y el
espíritu de Adán tras su pecado.
No pueden imaginarse
la aflicción de
Adán, que había
sido
completamente libre e
infinito por su
naturaleza de ser
puro, espiritual,
pensante, al encontrarse en una prisión
material y sometido al tiempo. En
efecto, durante cuarenta años imploró por su
crimen, reflexionando sobre lo
que había sido, lo que era y lo que sería.
Tras los cuarenta años de penas y
sufrimientos
necesarios para su
expiación, el Creador
tuvo a bien
hacerle
merecedor de Su misericordia. Esta
reconciliación sólo pudo alcanzarla al cabo
de dicho plazo, cuando de él y de Eva nació
la ofrenda espiritual que borraría el
horror de su crimen y castigaría la maldad de
los demonios seductores. Su
sufrimiento durante ese tiempo queda
claramente simbolizado por el de los
animales sometidos a la justicia divina durante los cuarenta días
que pasaron
sobre el monte Ararat, también llamado
montaña de Armenia, mientras Noé
daba gracias al Creador por haberle
protegido a él y al resto de los animales,
de la plaga que había azotado la tierra y a todos sus habitantes.
Quizás se pregunten qué tiene que ver la prevaricación
de los animales
racionales con la conducta de los animales irracionales y por qué
se confunde
a unos y otros en el mismo castigo. Deben
saber que los hombres de ese
tiempo, además de
abjurar del Creador
y rendirse completamente
a las
insinuaciones de los demonios, llegaron en
su perversión a gozar de las bestias
como de las mujeres y a gozar igualmente entre ellos con pasiones contrarias a
la naturaleza. Estos crímenes fueron
simbolizados posteriormente por Sodoma
y
Gomorra, por cuyo
nombre conocemos estos
horribles atropellos. Por lo
tanto, no debe asombrarles que la
justicia del Creador recayera tanto sobre los
animales racionales, como sobre los irracionales. El castigo del Creador
a las
dos ciudades que acabo de nombrar fue similar
al del diluvio; el fuego que el
Padre Eterno envió a ambas ciudades
anunciaba, además, el que acabará con
la creación universal, como explicaré
más adelante.
Para
comprender que la reconciliación de Adán sólo ocurriera pasados
cuarenta años, basta con considerar la
esterilidad de la tierra tras ser inundada
por las aguas, quedando como muerta, prácticamente desnuda de
vegetación;
no volvió a recuperar su vigor y su proliferación original hasta que volvió a
ser
bendecida
por el Creador.
De igual modo,
sólo tras cuarenta
años de
sufrimientos y penas temporales, Adán
y Eva recuperaron su poder espiritual
divino temporal. El efecto de las
aguas se dejó sentir durante tanto tiempo en la
tierra para que sirviese de ejemplo inmemorial al resto de los mortales
de esa
época; así transmitirían a sus hijos, de generación en generación, el recuerdo
del crimen del primer hombre, el de sus
primeros descendientes (por obra de
Caín) y
el de sus
segundos descendientes (por
obra de Set);
su tercera
descendencia fue la del bienaventurado Noé, considerado justo por el Creador.
Así, este castigo
recayó sobre toda
la tierra separando
la creación
universal, de la corte espiritual divina. Era
una repetición del caos en que se
encontraban las tres esencias fundamentales
de todos los cuerpos, que debían
servir a la formación de este universo. La impasibilidad de estas esencias era
65
tal que podían recibir
el influjo de agentes exteriores para operar seguidamente según la intención del Creador. Este horrible suceso pone
en evidencia dos cosas de enorme
importancia: la primera, el castigo general a toda criatura corporal
y a todo ser espiritual menor; la segunda, que toda creación procede directamente del Padre Eterno, pues es imposible
que ningún otro ser haya creado este universo, con todas las maravillas que
encierra.
Cuando
Noé salió del arca, dijo a todas las criaturas: “Escucha tierra, y
vosotros, hombres, oídme
y entendedme desde
la razón de
vuestro ser
espiritual, no de vuestro ser material. En
verdad os digo que el Creador es el
soberano de todo lo que existe en el
círculo universal, todo procede de Él y
todo está sometido a Su justicia. Su
bondad divina ha querido que seamos
testigos de la manifestación de Su
gloria invencible sobre toda la tierra y sus
habitantes. Alabemos desde
el fondo de
nuestra alma a
este Padre de
misericordia suprema para las criaturas que
confían únicamente en Él. Que las
huellas de este triste castigo, que
veis ante vuestros ojos, os enseñen a no
pecar contra
el Espíritu Creador
de todas las
cosas, a no
abjurar de Su
omnipotencia eterna, tal como hicieron vuestros predecesores. Ellos pensaban
que el cuerpo general terrestre era
eterno, que no había tenido principio ni
tendría fin. Pensaban que era el origen de todas las cosas, el único
origen de
su ser, pues no conocían nada superior a la
forma corporal ni creían en los
seres espirituales divinos.
Esa creencia atrajo sobre ellos tan terrible calamidad.
Por voluntad del
Creador, sus cadáveres permanecerán diseminados y confundidos con
los de
las bestias comunes; este hecho demuestra la
ira de nuestro Padre y servirá de
ejemplo inmemorial a vuestros
descendientes, de generación en generación,
tanto entre los animales irracionales
como entre los racionales, para que el
recuerdo de la justicia divina no se borre jamás de la superficie de la tierra.
Considera tierra,
considerad hombres, este
riguroso castigo que
ha hecho
temblar a los habitantes de los cielos; estremecéos de horror ante este
temible
tormento, pues el Creador no ha hecho
diferencia alguna entre hombres y
bestias. Sí, en verdad era justo que el Creador les hiciese sentir el
alcance de
su poder, pues habían renegado de Él como
padre; era justo que muriesen
confundidos con las bestias, pues no
reconocían otro origen que el de las
bestias. ¡Qué dureza de espíritu pretender crear un ser meramente
espiritual a
partir de principios espirituosos, que sólo
pueden producir formas materiales,
cuando seguirían en la nada si un Ser espiritual divino no les hubiese
sacado
de allí!. ¡Cuál sería la intervención del
demonio sobre la tierra para reducir a
sus habitantes a semejante
ignorancia!. Permaneced alerta y alejáos de las
actuaciones que repugnen a vuestro ser menor espiritual. Defendéos de las
tentaciones que
os presenten vuestros
semejantes; se servirán
de vuestro
temor al Creador, para haceros seguir
una senda material, atrayendo sobre
vosotros y
vuestros hijos la
maldición del Padre
Eterno; acabaréis
desperdigados por todas las naciones futuras que poblarán las tres regiones
terrestres. Escuchad, tierra y hombres, pues el Creador os habla por mi
boca.
Mi palabra es simple y pura. La Verdad que anuncia mi Verbo no tiene disfraz
ni artificio, no los necesita para hacerse
entender por quienes lo desean de
buena fe. Mi palabra no oculta nada al hombre deseoso de aprender, le
habla
en un lenguaje que no puede ignorar, pues no se basa en la materia; es
66
íntegra, no conoce
límites, no cambiará jamás; es completamente espiritual,
pues ha emanado directamente del Creador. No
va dirigida a los animales
irracionales, sólo a los menores
espirituales emanados, como ella, del principio
eterno. Por lo tanto, a partir de ahora las
bestias no serán castigadas por sus
errores, pues tampoco pueden ser recompensadas. Lo ocurrido debe
servir de
ejemplo inmemorial para todos los habitantes de los cielos y de la tierra. Esto
os
digo de parte
del Padre Eterno.
Alguien superior a
mí, que nacerá
de
vuestros descendientes, os revelará el castigo o la recompensa que
recibirá la
criatura al final de los tiempo, dependiendo de la confianza que deposite en su
Creador.”
Tras esta
advertencia, Noé dividió la tierra entre sus tres hijos, tal como relataré tras explicar el tipo de Noé, el de su
arca y el del diluvio.
Los menores racionales cobijados en el arca y el tiempo en
que no
disfrutaron
de luz elemental,
representan a los
justos y a
los menores
reconciliados cobijados bajo la sombra de la
gran luz, donde descansarán y
esperarán por algún tiempo, privados ya de acciones temporales.
Estos seres
justos serán consolados en su aflicción y tendrán asegurada su reintegración,
pero esto no impedirá su sufrimiento, pues no
podrán gozar totalmente de la
visión del espíritu que les consuela. No obstante, sabrán que su
sufrimiento es
merecido; tras la prevaricación del primer hombre, el Creador juró que ni él ni
ninguno de sus descendientes se reintegraría
al círculo divino antes del gran
combate que debe librarse, por el
verdadero Adán o Réaux, entre la tierra y los
cielos, para interceder por los menores. Este lugar donde los justos descansan
y esperan, se denomina filosóficamente círculo racional o círculo
saturnino. Es
el único que lleva hasta los círculos ultracelestes y, según dicen las
Escrituras,
es el lugar de descanso de los Santos Padres
reconciliados con el Creador. Por
lo tanto, para que los seres reconciliados logren la reintegración, no
basta con
el tiempo que han permanecido y actuado en el
círculo sensible terrestre. Es
imprescindible que intervengan
espiritualmente en todos
los espacios del
círculo
universal, hasta completar
el camino que
el Creador les
fijó al
emanarlos y emanciparlos de Su inmensidad divina.
He aquí el segundo tipo de los animales racionales
cobijados en el arca, que fueron
preservados de la
justicia divina debido
a sus buenas
obras espirituales temporales.
Noé, que quiere decir “descanso o consuelo”, desde que
bajó del arca
empezó a ofrecer un culto divino cada diez días, hasta completar
los cuarenta
días
que permaneció en
el monte Ararat.
Este culto representaba
el que
llevaría a cabo el hombre divino o
Cristo para la reconciliación del primer menor
y para que la creación universal no
cambiase de forma, como Adán había
cambiado de cuerpo. Gracias a este culto del hombre divino, el Creador
volvió
a bendecir la creación universal; con su
culto Noé rememoró que Adán fue
nuevamente bendecido como superior de
todo ser creado y hombre divino de la
tierra. Con su invocación intercedió
ante la misericordia divina del Creador,
para que reconciliase la tierra con los habitantes que habían alcanzado Su
gracia.
67
Noé obtuvo el perdón que suplicaba y la tierra se
reconcilió con los
hombres, recuperando, tras cuarenta años, su
primer estado de vida vegetal.
Noé dijo al Creador, “Sí, Padre Eterno, los desafortunados hombres que has
puesto bajo mi tutela y Tu protección han
entendido claramente que puedes
cambiar a tu antojo la faz de la creación
universal en un instante, como acabas
de hacer con la tierra, reduciéndola a la
nada. Sí, Creador omnipotente, Tu
justicia es absoluta y así lo reconocen todas
las criaturas espirituales, tanto
celestes como terrestres. Ante Ti, ni el espíritu más justo puede
soportar la luz
sin temblar, ¿cómo podrían ser dignos los
débiles mortales de este valle de
lágrimas de su reintegración divina, sin el amparo de Tu gracia?. ¡Oh
Creador,
dador de vida!, Vivifica este cuerpo general en el que la criatura te rinde
culto
divino, pues es
el receptáculo general
o altar universal
sobre el que te
ofreceremos el sacrificio pacífico de reconciliación.”
La huida del
cuervo del arca
antes de que
Noé avistara tierra
nos
recuerda la prevaricación de Caín y profetiza claramente la de
Cam. Se dirigió
rumbo al sur, lugar donde se retiró Caín y donde se retiraría Cam con toda su
descendencia. No regresó al arca para demostrar la separación entre los hijos
de Caín y los de Set para el Creador;
además, simboliza el futuro abandono del
culto divino por los hombres para
consagrarse únicamente a la materia.
La paloma, que revoloteó en torno al arca y luego se
volvió a posar
sobre ella, es la figura del espíritu
angelical divino que dirigía y cuidaba del arca
y de todos los allí cobijados, y comunicaba a Noé la voluntad del
Creador para
que se manifestase Su justicia. Además,
representa el espíritu que acompaña a
los
menores, rodeándoles con
su círculo espiritual
para defenderles de la
influencia demoníaca de los espíritus
perversos. La forma y las proporciones
del arca indican que era un lugar de confusión, como pueden ver:
El arca tenía una
longitud de............................ ..
300
___ una
anchura de ................................ 50 codos
___ una
altura de .................................... 30
380 = 11
El número once es contrario a toda especie de forma
corporal, análoga al cuerpo terrestre y a todo lo que procede del él.
Noé profetizó la reconciliación universal antes de
divisar tierra gracias al
signo espiritual que vulgarmente se denomina
arco iris. En efecto, los siete
principales espíritus universales se le presentaron como una enorme señal
semicircular de fuego de diferente color, uno de cuyos extremos
señalaba la
cima del monte Ararat y el otro el arca. Noé se dispuso a contemplar la señal
con gran atención, pues no podía leer las
intenciones y la voluntad del Creador
sin un examen muy exhaustivo de este
signo profético. En ese momento, la
paloma abandonó el arca y se alejó hacia el monte Ararat. Luego, volvió
con
una rama de olivo que dejó caer en presencia de Noé, para indicarle que su
liberación estaba próxima. La paloma eligió
esta rama de olivo entre todos los
demás árboles, indicando así a los hombres el fruto que deberían utilizar para
ungir y
distinguir a los
poderosos encargados de
ofrecer culto al
Creador,
68
como, efectivamente, se
haría en Israel y entre todos los sabios. Al repartir Noé
la
tierra entre sus
tres hijos, repitió
la actuación de
Adán con sus
descendientes. Relegó a Cam a la región sur,
que había pertenecido a Caín;
entregó a Sem la región oriental, que había
sido dada a Abel; y a Jafet le
concedió la región septentrional, que había
sido de Set. Noé permaneció con
su mujer en el centro de la tierra. Esta
división de la tierra en tres partes o
regiones, realizada en diferentes épocas, nos revela su forma
triangular, como
explicaré más claramente al hablar de los principios de la materia aparente.
Noé, antes de dejar salir a los habitantes del arca,
para que cada uno se
dirigiese al lugar que le estaba destinado, también les dijo:
“Recordad, tierra y
animales
racionales e irracionales,
que la terrible
catástrofe que habéis
presenciado ha sido un castigo para
los pecadores ante los ojos del Creador; y
recordad, al mismo tiempo, que la
misericordia y la bondad divina os han
preservado de ese terrible castigo.
Las aguas que se han alzado hasta las
puertas del firmamento y han destruido toda la naturaleza ante vuestros
ojos,
representan la nada en la que se encontraba la naturaleza universal antes de
que el Creador concibiese en Su imaginación la creación espiritual y temporal.
Nos enseña claramente que todo ser temporal
procede directamente de Su
pensamiento y
Su voluntad y todo ser
espiritual divino, de Su emanación
eterna. La
creación concierne únicamente
a la materia
aparente, pues no
procede de nada, salvo de la imaginación divina, y debe volver a la
nada; pero
la emanación concierne a seres espirituales
reales e imperecederos. Todos los
espíritus, mayores o menores, existirán eternamente en su individualidad
en el
círculo de la Divinidad. El Padre Eterno es
Creador no sólo por
habernos
creado, sino también porque no cesa ni cesará de crear virtudes y poderes
espirituales para los elegidos emanados de Él. Estos seres espirituales
están,
en verdad, innatos en la Divinidad, como la
simiente de la reproducción de
formas está innata en el cuerpo
general y particular del universo. No podéis
negar a la Divinidad este privilegio
de emanación espiritual, pues tenéis ante
vosotros una demostración física de esta ley de la reproducción de las
formas.
No olvidéis nunca lo que el Creador ha hecho por vosotros. Sois el testimonio
cierto de la manifestación de Su gloria y Su
justicia. No admitáis jamás otro
Creador de todo lo que perciben vuestros ojos corporales y espirituales,
pues
nada existe, ha existido ni existirá jamás
sin Su voluntad. No neguéis nunca
que
todo procede de
Él, no de
los malditos espíritus
tentadores que han
precipitado a vuestros semejantes en
los horribles abismos de la materia con
sus insinuaciones demoníacas,
pretendiendo orgullosamente ante los hombres
ser verdaderos dioses, dadores de vida, vivos y con vida eterna. Id en paz bajo
la protección del Creador a la región
de la tierra que se os ha asignado; sed
guardianes de esta
herencia, como lo
serán vuestros descendientes, de
generación en generación, hasta el final de
los siglos. ¡Maldito sea aquel de
vosotros que borre de su memoria los
preceptos, leyes y mandatos que el
Creador entrega por segunda vez a la criatura universal y a quienes están
innatos en todo ser espiritual de emanación!. Entre estos seres
espirituales se
encuentran los mayores, que habitan cerca del trono de la dominación divina y
deben comunicar a los hombres la voluntad del
Padre Eterno; los inferiores
actúan en toda la extensión de la
creación universal, sea en el cuerpo terrestre,
acuático, ígneo o en el eje central.
Recordad que el Creador, al redimir la tierra,
también os ha
redimido. Ha repetido
ante vosotros el
tipo de la
creación
69
universal, para que relatéis a vuestros
descendientes que los habitantes de la
tierra perecieron, confundidos con el resto
de las bestias, en los abismos de su
dios
material. ¡Quiera el Creador
todopoderoso que vosotros
y vuestros
descendientes no
corráis la misma
suerte!. Pues ningún
menor sería preservado para redimir la tierra y a sus habitantes,
todo sería reducido a polvo y cenizas; todo se convertiría en
la nada y los menores espirituales caerían en privación
divina por una eternidad. ¡Id en paz y
recibid la bendición que os imparto en nombre del Padre Eterno todopoderoso!”
Tras
estos prolegómenos, Noé liberó a todo su pueblo de su protección
espiritual, para que cada uno disfrutase
libremente de sus virtudes, facultades y
poderes en el lugar de la tierra que
les había sido destinado. Él y su mujer
permanecieron en el centro de la
tierra, como ya he dicho, y tuvieron una
numerosa descendencia. En el momento
adecuado les explicaré el tipo de la
residencia de Noé en el centro de la tierra. Ya les he aclarado que Noé fue el
tipo del Creador, el de la
justicia (por la construcción del arca)
y el de la
redención (por la fuerza de su invocación, que
reconcilió a la tierra y a los
menores preservados del castigo universal con el Creador). Ahora les
hablaré
de la descendencia que tuvo Noé en su nueva
morada. Fueron en total diez
hijos, siete varones y tres hembras.
Gracias a ellos se restableció el culto al
Creador, ofreciéndole sacrificios puros sin más interés que el de Su
gloria y la
santificación de los menores. Cada uno de los
siete hijos de Noé recibió del
Padre Eterno un don particular. Uno tenía el don de realizar
espiritualmente la
voluntad del Creador, para beneficio e
instrucción de sus hermanos; otro, el
don de profetizar;
otro, el de
la interpretación; y
así sucesivamente. Las
Escrituras relatan largamente los diferentes
dones con que el Creador dota a
ciertos hombres emanados de Él, para
la manifestación de Su gloria. Gracias a
sus diferentes dones,
los hijos de
Noé restablecieron los
distintos cultos
necesarios para su misión espiritual y temporal. La segunda descendencia de
Noé también recuperó los diferentes
ceremoniales, oraciones e invocaciones
necesarios para el culto; asimismo,
restableció la duración inicial del tiempo, las
horas, días, semanas, meses y años,
que en la actualidad ya no se calcula
como en los primeros tiempos.
No debe
sorprenderles que Noé tuviese esta segunda descendencia, a
la que llamó “hombres dioses de la tierra”,
pues él había representado el tipo
del Creador. Tampoco
debe sorprenderles que
las obras de
estos
descendientes fuesen meramente
espirituales, no materiales temporales, pues
no recibieron parte alguna en la división de la tierra. Las Escrituras
no hablan
sobre esta segunda descendencia, pero no
pueden ignorar que Noé representó
el tipo del primer crimen de Adán y el
de sus hijos Caín y Set. Asimismo,
representó el tipo
de la reconciliación de
Adán y la
de su descendencia
espiritual, como voy a explicarles. Adán, ser impuro ante el Creador por estar
revestido de un cuerpo material, sólo podía tener una descendencia material,
condenada de generación en generación a
rendir un culto mixto espiritual y
material. Lo mismo ocurre con los tres hijos varones nacidos de Noé
antes de
su elección y de la manifestación de la
justicia divina. Pese a que no habían
delinquido, estaban manchados por los
crímenes cometidos en su presencia
por su generación prevaricadora. Se
purificaron en el ayuno, la oración y el
dolor en cuerpo y alma al presenciar el castigo universal que recayó sobre la
70
tierra. Esta
expiación nos revela
que, aunque el
menor sea justo
ante el Creador, el fuego espiritual deberá purificar la mancha de
su forma material incluso si ha rechazado
todos los ataques del intelecto maligno, como veremos con más detalle al hablar de la materia y las formas
corporales.
Sin embargo, cuando
Adán logró su
reconciliación tuvo una
descendencia espiritual que recibió el nombre
de “hijos de Dios”. De igual
modo,
Noé, tras su
elección espiritual, tuvo
una segunda descendencia
destinada a realizar únicamente obras espirituales, como ya les he dicho.
Los siete hijos
de la segunda
descendencia de Noé
entendieron
perfectamente que el culto que debían rendir
al Creador era exactamente el
que Él esperaba de Su primer hombre. Gracias a su trabajo y a los
dones que
habían recibido, se convirtieron en las siete columnas espirituales divinas que
debían
sostener el universo
y preservarlo del
castigo del Creador;
con la
justicia de sus obras, debían lograr el perdón divino para los pecadores
de los
siglos futuros. Pero
estos sabios no
realizaron su misión
durante mucho
tiempo; los hombres a quienes instruían se perdieron en todo tipo de pasiones
y en la codicia criminal, pese a las
instrucciones y el ejemplo que tenían ante
sus ojos, obligando a los sabios a dejarles caer bajo el yugo del demonio y el
azote de la justicia divina. El
castigo divino no recayó únicamente sobre los
hombres prevaricadores, sino también
sobre sus ciudades y casas, que fueron
destruidas por
las plagas que
el Creador envió
con sus ángeles
exterminadores. Tal fue la suerte de
la ciudad de Enah, construida por Caín, las
ciudades de Egipto, Sodoma y Gomorra,
Jericó, Jerusalén y tantas otras. La
destrucción de sus monumentos demostraba que las obras de los hombres
eran
únicamente obras materiales
realizadas por la
influencia del intelecto
demoníaco; todas estas ciudades fueron
destruidas porque no escucharon la
palabra de los justos, por lo que su
poder espiritual no pudo beneficiar a sus
habitantes. Esto no debe sorprenderles; en estas ciudades no había
nacido ni
un hombre justo, más bien al contrario, sus
habitantes hacían todo lo posible
por destruir a aquellos o aquellas
que profesaban la instrucción espiritual entre
ellos o entre las naciones con las
que mantenían contacto material. Si echan un
vistazo a su alrededor, verán que lo mismo ocurre en el siglo presente.
Basta
con observar las ciudades actuales, sus habitantes, las acciones que realizan
cotidianamente, tanto en su interior como
exteriormente: verán, sin lugar a
dudas, que
actualmente reina la
misma codicia en
el universo que
en los
primeros siglos.
No deben creer
que las ciudades
actuales serán castigadas
por las
mismas plagas que antaño, aunque sean igualmente criminales y
construidas
por la mano del hombre. El Creador puede
recompensar sin descanso a los
menores fieles, así como enviar nuevos castigos y plagas desconocidas a
los
prevaricadores; es imposible escapar a la
justicia divina. Observen, además,
que
el castigo a
las ciudades antiguas
ocurrió porque el
número perfecto
septenario de hombres justos había
dejado de existir sobre la tierra, pues el
Creador había llamado a la mayoría de ellos; esto fue una advertencia de
que
el
Padre Eterno iba
a abandonar a
los hombres de
ese tiempo a su
desafortunado destino. Ese castigo fue anunciado por el castigo universal que
71
azotó a los descendientes
de Caín y a casi todos los de Set, pues los únicos hombres justos eran el
bienaventurado Noé y sus hijos.
Hemos
visto que cada uno de los hijos de la segunda descendencia de
Noé
recibió un don
espiritual divino que
debía utilizar siguiendo
las
instrucciones de
la Divinidad. También
hemos visto que
establecieron los
diferentes intervalos
de tiempo adecuados
a la realización
de los distintos
cultos. Sin embargo,
para esta división
espiritual del tiempo,
horas, días,
semanas,
meses y años
siguieron una regla
de cálculo completamente
diferente a la seguida por sus
hermanos temporales para sus operaciones
espirituales y materiales terrestres.
No podía ser de otro modo, ¿acaso no
deben observarse para
el cultivo de
la tierra intervalos
de tiempo, días,
semanas,
meses lunares diferentes?.
Si el agricultor
descuida todas esas
reglas, ¿no será su siembra en vano,
obteniendo por su trabajo una cosecha
mediocre comparada con la que habría
conseguido de observarlas?. Es una ley
ineludible que procede del Creador,
fue prescrita al hombre al condenarle a
cultivar la tierra y podemos ver que
debe realizarse y cumplirse con nuestros
propios ojos. ¿Por qué no habría de
estar el culto espiritual sujeto a una ley
similar, a un ceremonial exacto y a
una estricta observación del tiempo y las
estaciones?.
El culto divino tiene una naturaleza muy diferente al
cultivo de la tierra,
por
lo tanto, no
debe sorprenderles que
los segundos hijos
de Noé
estableciesen todo lo relativo a su culto
espiritual de manera diferente a sus
predecesores, quienes, como ya he dicho,
realizaban un culto mixto espiritual y
material terrestre. ¿No demuestra esto que la segunda descendencia
de Noé
contaba con mayor preparación y experiencia
en el culto espiritual divino que la
primera?. Quien
pretenda desarrollar dos
talentos al mismo
tiempo, no
alcanzará la perfección en ninguno de ellos; sin embargo, aquel que
tenga un
solo talento y
lo practique rigurosamente, sin
duda alguna logrará
mayor
perfección que cualquier otra persona. He
aquí por qué los hijos de la segunda
descendencia de Noé destacaban en el culto espiritual y sobrepasaban en él a
sus hermanos mayores. Por tanto, no
debe asombrarnos que esos hombres
Dioses estableciesen un ceremonial
diferente para el culto que debían realizar.
No le corresponde al hombre temporal y terrestre condenar esta práctica, pues
no puede tener un conocimiento
perfecto de la misión de esta descendencia
espiritual; si lo tuviese, se guardaría de condenarla.
Esta
segunda descendencia de Noé representaba el extraordinario tipo
de los siete principales espíritus superiores
divinos; debido a su gran virtud,
poder y sabiduría era, además, el
tipo de los siete principales seres espirituales
mayores, dedicados a conservar y sustentar este universo. Estas
respetables
personas habían sido enviadas por el Creador para intervenir espiritualmente;
no debe sorprenderles, por tanto, que el
desempeño de todas sus operaciones
espirituales sea un misterio para los hombres temporales terrestres, dedicados
sólo al culto terrenal. Estos sabios, en su estado de justicia divina y
conforme a
su misión espiritual,
no podían estar
limitados por un
tiempo de tinieblas
temporales, como los mortales ordinarios. Estas tinieblas o noche no
existirían
si nuestro primer padre no hubiese
prevaricado. Si Adán sólo hubiera tenido
una descendencia de Dios, como deseaba el Creador, todas sus acciones
72
serían ajenas a las
tinieblas de la naturaleza elemental, pero su pecado hizo nacer de él
descendientes materiales y hombres de tinieblas.
Sin embargo, los segundos descendientes de Noé fueron, en
verdad, descendientes de Dios,
al ser concebidos
sin excesos de los sentidos materiales. Así, aunque estaban confinados en una forma
corporal, gozaban de las mismas virtudes y poderes que
poseía Adán en su estado de gloria. Estos hombres
sólo se dedicaban a obras divinas para gran gloria del Creador y debían
realizar sus acciones
espirituales en momentos
establecidos por la voluntad
de la Divinidad. Asimismo, según sus dones particulares, recibieron leyes de
orden inmutables que
regirían sus diferentes
actividades, como detallaré a continuación.
El primogénito de
esta descendencia representó,
ante sus seis
hermanos,
el tipo del
espíritu intérprete; recibió del
Creador la facultad de
interpretarles los dones procedentes de sus
acciones, siendo el primero en
poner en práctica el poder y la virtud que
había recibido. No se separó de su
padre Noé hasta que fue llamado por el Padre
Eterno, al finalizar el tiempo
prescrito para sus acciones espirituales divinas temporales. Este
primer sabio
estableció el intervalo de tiempo necesario
para sus actividades; según las
órdenes recibidas, determinó que sería un cuarto de nuestros días
ordinarios.
Pese a que era un ser pensante para el que
no existían las tinieblas, estableció
este intervalo para proporcionar a sus hermanos y a sus futuros discípulos una
regla fija para los diferentes
trabajos del culto divino. El segundo hijo llevó a
cabo su actuación espiritual en
cuanto el primero finalizó la suya. Esta segunda
intervención fue similar a la primera,
aunque no tenía la misma finalidad, ni
utilizaba las mismas palabras, pues el don que había recibido era
diferente al
concedido a su hermano mayor. Tenía el don de la profecía para manifestar la
justicia divina. Con él se completó la mitad
del tiempo, pues añadió al primer
intervalo otro de seis horas para
desarrollar su trabajo. Deben saber que el
tercero de
estos sabios había recibido el
don de la
astronomía universal,
general y particular, y el cuarto, el
poderoso conocimiento del verbo utilizado
por el Creador en toda Su creación
temporal. Éste último se dedicaba a la
conservación de los cuerpos humanos durante su vida temporal; de ahí
derivó
el arte de sanar radicalmente las
enfermedades, como explicaré al hablar de
los diferentes acontecimientos vividos por las formas corporales. Debo
añadir,
además, que los cuatro primeros sabios representaban el tipo de los profetas
pasados y futuros.
Deben saber que
un intervalo sólo
determina un tiempo
continuo y
constante cuando el inicio de un segundo intervalo fija su
duración, formando
así ambos juntos la mitad de un tiempo, que
está formado por cuatro intervalos.
Así, los cuatro primeros hijos de la
segunda descendencia de Noé fijaron los
cuatro intervalos de un tiempo,
realizando cada uno su actuación espiritual
durante seis horas. Los dos primeros
intervalos formaban la mitad del tiempo
diario temporal y los dos últimos la
otra mitad. Unos pertenecían al día, los
otros a la noche, conformando en su
totalidad el tiempo justo y completo según
los
límites establecidos por
el Creador para
el transcurso cotidiano
de Su
creación universal. Aunque los cuatro
primeros sabios fijaran un tiempo para
sus operaciones espirituales, por lo que el día actual de veinticuatro horas
tomó
73
su primer estado de
naturaleza diaria y nocturna, deben recordar que dichos sabios no estaban sometidos al tiempo fijado, ni su
espíritu lo estaba a los límites e intervalos que acababan de establecer.
La idea del tiempo es inadmisible para el espíritu. Así,
los intervalos que
los
sabios señalaron para
sus operaciones espirituales
no afectaban a su
naturaleza de seres pensantes; el día temporal
no era una limitación para su
espíritu, como lo es para la naturaleza
corporal. Por el contrario, definiendo así
sus intervalos espirituales daban a entender
que habían sido definidos por el
espíritu. Las naciones por las que se
repartieron estos sabios no supieron
distinguir esta división espiritual del tiempo, de la división
ordinaria que ocurre
cotidianamente en la naturaleza creada; esto
les llevó a burdos errores de
cálculo, haciéndoles tomar cada intervalo espiritual como un día temporal.
Pero
antes de profundizar en este punto, debo revelarles los diferentes
dones de los tres últimos hijos de la segunda descendencia de Noé. El quinto
de estos descendientes tenía el don de la
siembra, del cultivo terrestre. El
sexto, el
del conocimiento del
carácter literal y
jeroglífico celeste, terrestre
espiritual, superior, mayor
inferior y menor
divino. Además, conocía
perfectamente los caracteres jeroglíficos de
todo ser espiritual demoníaco. El
séptimo recibió el don de la
construcción de edificios espirituales para glorificar
el culto al Creador, al igual que Adán, Set, Enoc y Noé, quienes alzaron
altares
al Señor.
Moisés
demostró que tenía
ese mismo don
al construir el
arca
misteriosa, el altar y el tabernáculo; así como por su manejo de
los minerales,
madera y
demás materiales, que transformó y elaboró en sus operaciones
espirituales con Besalel. Moisés trazaba el plano de los edificios y
Besalel los
construía. Estos tres sabios hijos de Noé
tuvieron la misma conducta en su
operación espiritual que
los cuatro primeros,
pero como sus
dones eran
diferentes, su intención y sus palabras también
habían de serlo. Los cuatro
primeros, que establecieron la
duración del día mediante cuatro intervalos de
operación, no conocieron
mujer, consagrándose por
completo al culto
al
Creador. Representaban el
tipo real de
los elegidos por
el Creador para
manifestar Su gloria y Su justicia.
Representaban, además, a los justos de
épocas
pasadas y futuras,
como Enoc, tan
honrado por las
Escrituras,
Melquisedec, Elías y Cristo; dos de ellos fueron alzados del centro de la
tierra
por el fuego espiritual, los otros
dos, mediante su
propio cuerpo de
gloria
espiritual divina, como demuestra claramente la resurrección de Cristo como
hombre divino.
Hemos visto anteriormente que Noé había liberado de su
tutela a los tres
hijos de su primera generación: Sem, Cam y Jafet. Estos tres
hombres sólo se
dedicaban a cuidar y cultivar la porción de
tierra que habían recibido, para
atender a sus necesidades y a las de su familia presente y futura. Por ese
motivo, pasaron bastante
tiempo sin meditar
sobre las instrucciones
espirituales recibidas de
Noé; no se
preocuparon de dividir
el tiempo en
intervalos de horas, días, semanas, meses y años. En pocas palabras, todo su
culto divino se limitaba a saber que
existía un ser todopoderoso superior a toda
cosa creada a quien llamaban Abavin 8, que en lengua noequita quiere decir
74
“Espíritu doblemente fuerte” por el que el
Creador ha operado todas las cosas,
que filosóficamente denominamos “acción
divina del Creador”. Esta palabra de
origen noequita o china es la misma que utilizaban los judíos en esos
tiempos,
pues la conocían perfectamente. Los hebreos también la conocían y todavía la
conocen, porque entre
ellos siempre hay
alguien que conserva
parte del
conocimiento de su
primera lengua. También
Adán y sus
descendientes
utilizaban esta palabra, pues fueron los
primeros en hablar la lengua judaica,
reservada por la nación espiritual divina para Su criatura menor.
Quiero hacer aquí
una distinción entre
la palabra judío
y la lengua judaica, y la palabra hebreo y la lengua hebrea. Judío
significa “justo” y la lengua
judaica significa “lenguaje de la santidad” del Espíritu divino que dirige la
operación de estos
hombres justos. La
palabra hebreo significa “descendencia de un hombre sabio”, llamado Héber por las Escrituras, y la
lengua hebrea significa
“idioma de los
descendientes de Héber”.
Pero esa lengua es muy diferente
a la judaica, pues entre los descendientes de Héber no hubo ningún judío u hombre justo y el Padre
Eterno no ha enviado a nadie para enseñarles
el verdadero lenguaje que han perdido, pese a que creen haberlo conservado y
utilizarlo con gran precisión.
La lengua judaica es muy simple y no se basa en
resoluciones humanas,
como la lengua de los hebreos. Los verdaderos
judíos saben que el origen
alfabético de su lengua está en la parte
celeste, no ha sido acordado por los
hombres. Todos los caracteres de esta lengua están claramente
escritos en la
orientación de las
estrellas, de donde
proceden. Los hebreos
utilizan los
mismos caracteres que los judíos, pero les
añaden acentos, vírgulas y una
puntuación diferente,
pronunciándolos entonces de
manera contraria a su
naturaleza pura y simple. Utilizo la palabra israelita aunque el nombre de
Israel
no era aún conocido en el tiempo del
que les hablo. Israel significa “fuerte
contra Dios” e israelitas, “fuertes
en Dios”. Por eso doy ese nombre a los sabios
noequitas de la descendencia de Noé.
Todo esto indica, por tanto, que la
palabra hebreo quiere decir
“confusión”, como demuestra claramente el nombre
de Israel, que este pueblo recibió por orden del Creador y que significa
“fuerte
contra el Padre Eterno”. Nada en el mundo
agrada más y tiene mayor poder
ante el Creador que la oración y la invocación de los judíos, y nada le
es más
indiferente ni le parece más miserable que el corazón de los hebreos. Esto no
debe sorprenderles, pues ese pueblo no posee
las leyes divinas, se contenta
con seguir el ritual de una ley que
le ha sido humillantemente retirada. Sigamos
con los diferentes acontecimientos
sucedidos a la descendencia de Noé.
Noé pasó
el primer siglo con su segunda descendencia, instruyéndoles
durante 130 años bajo su tutela temporal y
espiritual. Educó a los siete hijos
varones de esta descendencia en las
leyes del Creador. Consagró a los cuatro
mayores, seres totalmente pensantes, únicamente a la Divinidad. Estos
cuatro
sabios
se dedicaron exclusivamente al
culto divino, sin
participar en modo
alguno en los
cultos terrestres. Los
otros tres realizaban
ambos cultos, el
temporal terrestre y el espiritual;
es decir, no participaron en el gran culto divino
reservado a sus cuatro hermanos
mayores. En efecto, el primogénito era el tipo
de los futuros grandes sacerdotes y
consagrados; fue el primer hombre de
dicho tiempo que repitió el primer sacrificio de Adán, a manos de Caín, su hijo
75
mayor, contra Abel, su hijo menor. El primer
hijo de Noé fue, en su calidad de
intérprete espiritual, el primer
responsable de todo tipo de operación divina; fue
el primero que metió la mano en el incensario como sacrificio ante el
Creador.
Realizaba en solitario y en voz baja la gran
invocación para el descenso del
espíritu al consumarse el sacrificio de expiación y reconciliación. Se situaba
solo ante el altar de sacrificios, con
sus tres hermanos alineados tras él para
asistirle en la gran operación del
culto divino. Moisés repetiría esta misma
operación, asistido por Aaron, Ur y Besalel. Y también lo haría Aaron,
asistido
por sus hijos. En el templo de Salomón se seguía el mismo orden; también la
Iglesia de Cristo
sigue cumpliéndolo, ofreciendo
sacrificios en el
altar de
purificación mediante la mano, intención y palabra del celebrante, asistido del
primer, segundo y tercer diácono. Como verán, en verdad las operaciones de
esta naturaleza se ha perpetuado hasta
nuestros días, sus tipos no tienen
origen en la imaginación de los hombres, sino en el Creador Eterno.
Debo
revelarles ahora la tarea encomendada por Noé a los tres últimos
hijos de esta segunda descendencia. Les
ordenó que visitaran las tres regiones
terrestres (oeste, sur
y norte), habitadas
desde hacía 141 años
por sus
primeros descendientes, llamados
Sem, Cam y
Jafet. Tras recibir
las instrucciones necesarias para su misión y
confirmar la voluntad del Creador, mediante sus operaciones
espirituales divinas, partieron con sus hermanas, a quienes habían tomado como
mujer y con las que tuvieron descendencia. No llevaron
con ellos provisión alguna, pues sabían que encontrarían en la tierra con qué
alimentarse y cubrir sus necesidades corporales.
El mayor de los tres hijos fue, con su mujer y sus
hijos, a la región sur; el
segundo, su mujer y sus hijos, a la región
oeste; el tercero, también con su
mujer e hijos, a la región norte o aquilón,
como se denominaba en la primera
lengua. Fueron a las diferentes partes del
mundo para perpetuar entre sus
hermanos y entre sus hijos el ceremonial del
culto divino, para que los pueblos
no olvidasen totalmente el culto que el
Creador les exigía, por la gracia y
misericordia infinita que
les habían concedido.
Realizaron tales prodigios
espirituales ante estos pueblos que sus habitantes no dudaron en aceptar las
instrucciones, consejos
y lecciones espirituales
divinas que los
tres sabios
impartían en su región, conforme a su
misión y a las órdenes que habían
recibido. Sin
embargo, debían empezar
predicando a estas
naciones una
doctrina meramente temporal, para ponerse a su nivel, antes de hacerles pasar
del culto temporal al culto espiritual. Y eso hicieron, como voy a explicarles.
Estos primeros pueblos no habían acordado entre ellos las
horas, los
días, los meses, los años y las estaciones;
vivían prácticamente como las
bestias, con la única diferencia de que
reconocían a un ser superior a ellos,
como
ya he dicho.
Toda su ciencia
temporal y espiritual
se limitaba a
diferenciar el día de las tinieblas (o
noche), entendiendo que éstas anunciaban
el descanso y el día debía servir para su acción ordinaria temporal terrestre.
Los tres sabios
comenzaron estableciendo una
medida de tiempo
basada en la división espiritual realizada por
sus cuatro hermanos mayores
para
las cuatro primeras
operaciones del gran
culto divino; es
decir,
establecieron entre estas naciones las mismas pautas que habían visto seguir y
76
habían
seguido ellos mismos
con su padre.
Esto era indispensable
para
establecer el culto divino entre esas
naciones. Los tres maestros espirituales
se dedicaron entonces a relacionarse con algunos de los habitantes de estas
regiones, educándoles en las ciencias
que cada uno profesaba. Les hacían
entender que, pese a que la noche de
tinieblas estaba hecha para el descanso
del cuerpo del hombre, no ocurría lo mismo con el menor espiritual
divino, que
no podía permanecer en inacción, debido a
su naturaleza espiritual; el Creador
no podía haber emanado de su seno a
los menores, sus semejantes, en un
estado de adormecimiento, aletargados como sus formas corporales, que
eran
simples seres pasivos y aparentes destinados a confundirse en la imaginación
divina, que les hacía parecer tal como eran.
Una vez que los sabios hubieron
dispuesto así a sus discípulos, les
propusieron participar en los trabajos del
culto espiritual. Para ello, les
hicieron practicar la meditación, las oraciones y el
ceremonial adecuado como preparativo
para las diferentes actuaciones que
deberían realizar;
luego eligieron, entre
estos discípulos, a
los cuatro más
capaces, mejor preparados y con
mayores deseos de alcanzar el conocimiento
perfecto de las ciencias divinas que sus maestros profesaban. Cada uno de los
tres sabios maestros espirituales
situó a sus cuatro elegidos en su círculo
misterioso de trabajo durante el
tiempo necesario para que alcanzasen, sin
precipitación, el trabajo
espiritual que les
había sido indicado.
El primer
discípulo fue situado en el círculo
misterioso a la salida del Sol y permaneció
allí seis horas de nuestro día común. El
segundo tomó entonces su lugar,
permaneciendo allí el mismo tiempo. El tercero y el cuarto siguieron la
misma
pauta que los dos primeros, de manera que las
cuatro operaciones de los
discípulos comenzaron con la salida
del Sol y terminaron cuando el Sol volvió a
salir. Este es el origen del primer
cálculo temporal de los hijos de Noé, que
denominamos noequitas o chinos, porque
el pueblo chino y japonés procede
directamente de los descendientes de la primera generación de Noé, es
decir
de Sem, Cam y Jafet que habitaban en los tres ángulos de la región de China,
de donde proceden todos los pueblos de la
tierra, y de los tres últimos hijos
varones de la
segunda descendencia de Noé. Ya
les he dicho
que las
Escrituras no hablan de esta segunda
descendencia; este silencio no debe
extrañarnos, aunque omiten a ciertos sujetos muy interesantes para el
hombre
deseoso
de aprender. Quizás
tuvieran para ello
ciertas razones legítimas,
quizás los traductores
no consideraran necesarios
esos detalles para
la
instrucción de hombres incapaces de satisfacer su curiosidad. Pero volveré a
hablar de esto más adelante, así como de los
nombres de estos siete hijos
varones.
Esta operación de los cuatro discípulos fue el origen de
su cálculo diario;
según
su incomprensible acuerdo
espiritual temporal, cada
una de las
operaciones realizadas en un intervalo de seis
horas formaba, en verdad, un
día, de acuerdo al culto espiritual divino que profesaban para gloria de Dios.
Como
acabamos de ver, estos primeros pueblos no habían establecido
entre ellos la duración de los días de
trabajo espiritual que los sabios fijaban
gracias a sus actuaciones, pues no se
calculaban como los días de trabajo
material. Cuatro intervalos
de operaciones espirituales
forman un tiempo
completo para el espíritu, en beneficio de aquel que los realiza y lo invoca.
Las
cuatro operaciones de los primeros discípulos, por tanto, dividían los días que
77
conocemos en cuatro
partes iguales, igual que podríamos dividirlos nosotros
mismos en cuatro intervalos de seis horas;
así los sabios hacían cuatro días de
cada uno de nuestros días comunes. En su cálculo diario temporal,
los chinos
introdujeron este cálculo espiritual de las
operaciones del culto divino que los
hombres debían ejercer, según el
misterioso ejemplo que cada uno de los
sabios presentaría
a su nación;
mediante esta misma
división, los sabios
también establecieron el tiempo que debía servir para señalar los años.
La división temporal del ritual de oración del culto
divino realizada por Abraham,
Ismael, Isaac y Jacob a su verdadera descendencia israelita, se observa
aún en nuestros días en los cuatro intervalos de oraciones de nuestra iglesia.
Esto nos enseña que el ceremonial de los diferentes cultos que se han realizado y se realizan en la tierra procede de los
cuatro primeros hijos de la segunda
descendencia de Noé,
quienes transmitieron a
los hijos de sus
hermanos de la primera descendencia (Sem, Cam y Jafet) lo que les había enseñado
el Creador.
Estas
fueron las pautas de establecimiento de los días espirituales que
siguieron los noequitas o chinos,
incluyéndolas en su historia civil como días
temporales comunes de
la naturaleza universal.
Ahora les contaré
cómo
establecieron sus
meses, pues para
sus semanas no
siguieron el cálculo
espiritual que les fue enseñado. Los tres sabios maestros espirituales enviados
por Noé decidieron elegir otros tres discípulos para que se uniesen a los
cuatro
anteriores, por cuya operación se habían dividido los días temporales en cuatro
intervalos. Estos tres últimos
discípulos fueron formados en la práctica de los
diferentes cultos divinos a los
estarían destinados. Así, cada sabio contaba con
siete discípulos en
cuya precisión, celo y
firmeza podía confiar
para las
diferentes
operaciones espirituales del
culto divino. De
este modo, sus
discípulos completaban el
número septenario, siguiendo
el ejemplo de la
segunda descendencia de su padre Noé, a la
que ellos mismos pertenecían.
Eligieron el número
septenario porque el
Padre Eterno realizó
seis
pensamientos divinos para la creación universal; el séptimo día, entregó siete
dones espirituales y vinculó a siete
espíritus principales a toda Su creación,
para que sostuvieran todas sus operaciones temporales, según su duración
septenaria.
Los siete primeros
sabios de la
descendencia de Noé
tomaron este
ejemplo como guía de conducta; así, entre los
hombres futuros, perduraría el
conocimiento y relación de estos siete
espíritus principales que el Creador
entregó al universo para revelar a la criatura
inferior y menor Su voluntad y
para que alcanzara, gracias a la
inteligencia espiritual, el conocimiento perfecto
de las obras divinas. Las Santas Escrituras
nos hablan, además, de los siete
ángeles, los siete arcángeles, los siete
serafines, los siete querubines, los siete
lugares espirituales, los siete tronos, las
siete imperios, los siete poderes, los
siete jueces de Israel, los siete guías
principales tras Moisés o Aaron, los
cuatro hijos de Aaron y Besalel, los setenta
años de cautividad de Israel, las
siete semanas de Daniel, los siete días de
la semana temporal; los siete dones
que Cristo entregó a sus discípulos, origen de los siete primeros
padres de la
Iglesia
cristiana, que han
ejercido las siete
órdenes espirituales entre
sus
discípulos; el candelabro de siete brazos colocado en el templo de Salomón,
78
representado aún en la
iglesia de San Pedro de Roma. La duración temporal
del número septenario se calculo
filosóficamente en siete mil años; por otro
lado, cuando las Escrituras dicen que Dios
dedicó el séptimo día a su propia
obra bendiciendo la creación universal, esa
bendición hace referencia a los
siete principales espíritus divinos que el
Creador vincula a toda criatura incluida
o
contenida en la
creación universal. Esta
unión de los
siete espíritus
principales queda representada
por la intervención
de los siete
planetas
responsables de la transformación, el grado y
la protección de la acción del
universo. El universo,
al haber completado
su concepción por
el número
septenario, también volverá por este número a la imaginación de Aquel que lo
ha concebido.
Continuaré con
la explicación del
sistema de determinación
de los
meses entre los noequitas, tras completar los sabios el número septenario de
sus
discípulos. Asignaron a cada
uno de estos
discípulos cuatro días
consecutivos de
operaciones espirituales divinas;
es decir, cada
uno se
dedicaba exclusivamente al culto al Creador desde la salida del Sol,
hasta que
volvía a salir el día siguiente para que el
espíritu divino permaneciese con ellos.
De este modo, el culto divino se
realizaba desde la mitad del descanso de
estos siete menores espirituales, verdaderos Israelitas. Utilizo aquí la
palabra
israelitas pese a que el nombre de Israel no
fuese aún conocido en el tiempo
del que les hablo. Israel significa
“fuerte contra Dios”, mientras que Israelitas
significa “fuertes en Dios”; por eso doy este nombre a los sabios
noequitas de
la descendencia de Noé. Según la pauta
establecida, cada uno de los siete
discípulos tenía
seis días ordinarios
temporales enteros y
consecutivos de
descanso corporal, de manera que no
podían negar que el culto divino era
mucho menos penoso
y agotador, y
mucho más agradable
que el culto
terrestre.
Los siete discípulos
realizaron lo ordenado
por sus maestros
espirituales, luego enumeraron sus
operaciones, para un total de 28 intervalos;
este número les dio en qué pensar, pues la Luna
actuaba sobre la tierra por
este mismo número 28. Esta coincidencia entre el número de
operaciones
lunares y el de sus operaciones, les llevó a
considerar esas 28 operaciones
como los
28 días de un mes espiritual. Así, ese cálculo pasó también a su
historia civil como mes temporal ordinario. Por eso, cada cuatro
meses de los
chinos completan uno solo de los doce que conforman nuestro año.
Los sabios
noequitas reflexionaron seriamente
sobre los diferentes cursos
del astro lunar sobre la tierra y los hombres; al encontrar una perfecta coincidencia
con sus operaciones espirituales, decidieron utilizar el número de 28 operaciones de la Luna (o 28 días temporales de
la Luna) para establecer sus años espirituales. Como habían hecho con
los meses, adoptaron también este cálculo
en su historia
civil. Por este
motivo, el cálculo
anual de los noequitas
o chinos establece
trece años por
cada uno de
nuestros años ordinarios; este
calendario lo siguieron
durante los cuatro
primeros años posteriores al
inicio de sus acciones espirituales.
Quiero que sepan que el cálculo lunar fue el primero que
el Creador
entregó
al hombre; el
calculo solar prácticamente
sólo lo adoptaron
los
79
cristianos. El cálculo
lunar debemos agradecérselo a los sabios de los que acabo de hablar y permite que el hombre logre un mayor
conocimiento de la naturaleza universal y de sus cambios.
Dejando de lado el error de cálculo de los
chinos, es fundamental
que el hombre
deseoso de aprender,
ya sea espiritual o terrestre
temporal, conozca los
cuatro sistemas diferentes
para calcular los días de la
Luna en el universo elemental: Luna nueva, cuarto creciente
y cuarto menguante.
Volveré a tocar
este tema al
hablar de los diferentes
cuerpos planetarios.
Ahora quiero enseñarles
la segunda manera
en que los
chinos
establecieron su cálculo temporal. Los
descendientes de los tres primeros hijos
de
Noé y de
los tres maestros
espirituales eran ya
muy numerosos y los
discípulos de éstos últimos habían aumentado considerablemente;
por eso, el
Creador ordenó que eligiesen un sucesor
temporal y espiritual temporal de
cada maestro entre sus hijos carnales.
Los tres sucesores recibieron de sus
padres todas las instrucciones espirituales divinas sobre los diferentes
cultos a
los que les había destinado el espíritu de la verdad; tras escuchar sus últimas
disposiciones y
recibir la bendición
espiritual, se pusieron
con ahínco a la
cabeza de los discípulos ahora
encomendados a sus cuidados. Demostraron
claramente las virtudes y poderes
recibidos del Padre Eterno y, como era su
derecho y su deber, realizaron una elección espiritual siguiendo el
ejemplo de
sus predecesores, designando
a sus siete
discípulos más trabajadores
y
preparados para el culto divino.
Posteriormente, decidieron cambiar la frecuencia de sus
operaciones, fijándola en una sola vez por semana; así,
aumentaban sus años en siete días, introduciendo
siete semanas durante las cuales cada uno de los discípulos elegidos operaba una sola vez; este cálculo también fue
seguido en su historia temporal durante
un siglo y
medio de nuestro
tiempo ordinario. Tras
esta época, les sucedieron otros maestros espirituales, también por
indicación divina Dios. Pero, dado
el ritmo al
que aumentaba su
descendencia en las
tres regiones de la tierra, los tres nuevos maestros se vieron
obligados a elegir un número mayor
de discípulos. Así,
eligieron a sus
veintiún discípulos más preparados, para un total de
sesenta y tres; los siete primeros de cada región seguían reservándose para el
gran culto, los catorce restantes se dedicaban a instruir espiritualmente al pueblo.
Estos últimos
sucesores volvieron a
cambiar la frecuencia
de sus
operaciones, fijándola en dos semanas; así,
estas naciones sólo realizaban dos
operaciones en un mes lunar, en fase
creciente de la media Luna, es decir,
desde Luna
nueva hasta un
poco antes de
Luna llena; cada
uno de los
maestros conducía su operación una
sola vez en ese intervalo, por lo tanto,
realizaban sus siete operaciones en,
aproximadamente, tres meses de nuestro
calendario. Esta fue una nueva regla para fijar su año espiritual, que
siguieron
durante un siglo y medio del tiempo que conocemos. Cuando murió el primero
de los tres sucesores, que habitaba la
región oeste, su sustituto decidió realizar
el gran culto una sola vez en las cuatro estaciones, en el equinoccio de
marzo
de cada año, dedicándose el resto del tiempo a la enseñanza. Sin embargo, el
segundo de los sucesores, que ocupaba la región sur, y sus discípulos nunca
cambiaron el cálculo de su calendario; exhortaban a sus seguidores, los hijos
80
de Cam, a no cambiar
nunca el orden de días, meses y años establecido por
autoridad divina, amenazándoles con la
maldición del Creador si seguían el
ejemplo de las otras dos naciones, la de Sem y la de Jafet. Cada
una las tres
naciones perseveró en su último cálculo
espiritual: la de Cam tomaba las cuatro
estaciones como cuatro años; la de
Jafet, consideraba desde un equinoccio de
marzo hasta el
siguiente equinoccio de
marzo; la de
Sem tomaba cada
equinoccio como un año. Las tres naciones
adoptaron ese calendario a su
historia civil, persistiendo tenazmente en él tras las inicuas operaciones de
Nemrod en
Babilonia, hasta que
fueron humillantemente alejadas
del culto
divino y desperdigadas por todos los pueblos, de lo que hablaré a continuación.
Por estas naciones conocieron todos los pueblos del mundo la astronomía
y la
influencia de los astros planetarios sobre la creación general y particular.
Lo que
acabo de relatarles sobre las distintas divisiones de días, meses y años de los
noequitas explica por qué se consideran entre 15 y 20.000 años más antiguos que Adán y 25.000 años más antiguos
que nosotros. No debe sorprendernos
que esas naciones no crean en el diluvio universal e incluso que pretendan
no haberlo presenciado.
Sólo los tres
padres de esas
naciones fueron testigos del diluvio. Les resultaba imposible recordarlo
sin estremecerse, intentaron por todos
los medios borrarlo de su mente, jamás contaron a sus descendientes
nada de las
terribles y espantosas
cosas que habían presenciado, para no asustarles ni revivir los detalles de la desgracia
que los prevaricadores desataron sobre la tierra.
Su
culpabilidad era enorme, pues Noé les había recomendado relatar a
sus descendientes la manifestación de la
justicia divina y ellos habían jurado
seguir a rajatabla las instrucciones
recibidas del Creador por mediación de
su
padre. Pero la debilidad de estos
tres hombres pasó a sus descendientes
noequitas o chinos, que viven atemorizados por horribles seres, rinden
culto a
animales mediante supersticiosas atenciones para intentar impedir el mal que
consideran pueden ocasionarles, pues los ven como dioses o demonios. Esto
es lo que indica su comportamiento; no puedo evitar hablar de ello pues lo he
presenciado personalmente. No entraré en
detalles sobre la confusión en la
que
se sumieron estos
pueblos, ya que
no tiene nada
en común con
las
maravillas de la naturaleza espiritual divina y la naturaleza universal
creada de
las que quiero hablarles.
Reflexionen
bien sobre las diferentes reglas de división del tiempo para
las operaciones del culto divino seguidas por las tres primeras naciones. ¿No
es cierto que los sabios de Egipto tenían
grandes conocimientos de astronomía
y que sus trabajos tenían mayor
importancia que los de los chinos?. ¿No era
superior el culto divino de Adán al de
los sabios de Egipto?. ¿No adelantó
Moisés con sus obras a Abraham y a
los sabios de Egipto?. ¿No es superior el
culto realizado en el templo de
Salomón a todos los precedentes?. Y por último,
¿no es infinitamente superior el culto de Cristo a todos los demás de los que
he
hablado?. Esto demuestra claramente que todos los cultos pasados eran
una
simple representación de lo que Él
realizaría. No daré más detalles al respecto,
ya les he contado lo suficiente para
convencerles de que, desde un principio,
se estableció y se fijó a los hombres tanto el ritual, como el tiempo
dedicado a
las operaciones del culto divino; todo fue transmitido por el espíritu divino y
no
81
procede de
resoluciones humanas. En
efecto, para su
institución espiritual divina, Cristo recomendó a sus discípulos la oración y
la invocación diaria cada seis horas del día ordinario de
24 horas. Actualmente, esos siguen siendo los principios de la Iglesia
cristiana: la oración y la invocación cuatro veces al día; culto similar al primero que establecieron los
sabios hijos de Noé entre las naciones noequitas.
En segundo lugar, Cristo concretó a sus discípulos el
tiempo en que debían realizar los cuatro principales cultos divinos; la Iglesia
cristiana observa fielmente esta institución
con cuatro grandes celebraciones anuales, realizadas en los dos
solsticios y en
los dos equinoccios.
Esto recuerda la
segunda disposición espiritual
del culto divino entre las primeras naciones, de la que hemos hablado
ampliamente.
Ahora les hablaré del tipo de Abraham en este universo.
Ya saben que el
nombre de Abram fue cambiado por el de
Abraham. El primero significa “padre
carnal terrestre”, superior a los padres
ordinarios de descendencia material
terrestre; así, nunca ha existido un hombre
con más descendientes carnales
que
Abram. Por eso
las Escrituras le
llaman Abram “padre
superior” y no
Abraham “padre de muchedumbre en Dios”; ese
es el papel que habría debido
realizar Adán en su estado de gloria pero, por su prevaricación,
se convirtió en
“padre de muchedumbre material terrestre”. Es cierto que Abraham reemplazó
en su papel a Adán, pues de él nació
realmente la descendencia de Dios. En
efecto, el Creador realizó su
elección general y particular dentro de la familia de
Abraham; la primera para manifestar Su justicia, la segunda para manifestar Su
gloria.
Las Escrituras también denominan a Abraham “padre de
muchedumbre
de confusión”. Estas tres acepciones
diferentes resultan de los tres primeros
descendientes de Abraham: Ismael, Isaac y Jacob. Como ya les he
explicado,
Ismael fue un tipo de la misericordia divina; aquí representa además el tipo de
la práctica física de Adán en la reproducción
de su descendencia carnal, que
sería repetida por Abraham y su
concubina. Su hijo Ismael, resultado de su
apetencia material,
fue apartado de la casa
paterna al ser
concebido sin
considerar la voluntad divina, por la concupiscencia de los sentidos
materiales.
El pan y
el agua que Abraham entregó a Ismael y Agar, su madre, para que partieran hasta donde su destino les condujese,
representaban el último alimento espiritual y temporal que recibían de
este patriarca; además, eran el tipo del
último alimento espiritual que recibió Caín, tras concebir el asesinato de su hermano Abel.
La falta de alimento material de Agar (tipo de la hermana
de Caín, su
culpable cómplice) y de su hijo, que les llevó a implorar al
Creador, representa
el dolor y la consternación de Caín y de su hermana cuando se conoció la
muerte de Abel y quedaron excluidos de las ciencias y el alimento espiritual
divino.
El ángel que se apareció a Agar e Ismael, saciando su
hambre y su sed
e indicándoles el lugar donde el Padre Eterno había fijado su
morada, evoca la
82
misericordia del Creador
con Caín y su hermana, al marcarles con una señal divina que anunciaba que habían obtenido Su gracia y
volvían a gozar del alimento espiritual
divino que les había sido negado por su crimen. La región destinada
a Agar e Ismael era la misma a la que habían sido exiliados Caín y su hermana.
Por todo
esto, vemos que Abraham e Ismael fueron los tipos de Adán y Caín en
sus operaciones materiales.
Abraham fue considerado
padre de muchedumbre material gracias a su hijo Ismael. Adán también lo fue, como
hemos dicho repetidas veces. Por su hijo Ismael, Abraham resultó padre de doce tribus, tal como el Ángel había anunciado a Agar.
También fueron doce las tribus de
Adán: él, sus tres hijos y los ocho Patriarcas desde Set hasta Noé. Las doce tribus de Ismael fueron el tipo de la
venida de las de Israel y las de Cristo; se agruparon entre ellas y no
tuvieron relación alguna con las de Israel, pues Ismael,
padre de estas
doce tribus, representaba
la prevaricación y reconciliación
al repetir el tipo de Caín.
Estas tribus ismaelitas gozaron de protección divina
mientras observaron el culto fijado por el
Ángel de la Divinidad; sin embargo, posteriormente se unieron con los descendientes de Cam y Canaan, olvidándose
del Creador y asemejándose a los descendientes de Enoc,
que fueron excluidos de la familia de
los hijos de Dios al unirse a la de Caín.
Estos hechos les permiten intuir que todas las épocas y
disposiciones principales se repiten y se repetirán entre
los hombres hasta el final de los siglos.
Este tratado les ayudará entenderlo, pues les demostraré claramente que
al final todo volverá a ser como al principio. Continuemos con el segundo
descendiente de Abraham.
Abraham, tras haber sido parcialmente reconciliado con
el Creador, tuvo un hijo con su mujer Sara, por disposición
divina y pese a que ésta no estaba en
condiciones de concebir dada su edad avanzada. Este hijo, concebido sin la pasión de los sentidos materiales, fue llamado
Isaac; así se rememoraba el nacimiento de la segunda descendencia de
Adán en su hijo Abel. Isaac siguió puntualmente
las instrucciones espirituales
divinas recibidas de su padre Abraham sobre
los diferentes cultos
que estaba destinado
a cumplir; repitiéndose el tipo
de Abel bajo la guía espiritual de Adán.
Cuando Isaac alcanzó los treinta años de edad estaba
perfectamente
preparado
para las ciencias
espirituales divinas; entonces,
comunicó a su
padre su deseo de realizar el gran culto divino para gloria del
Creador. Le dijo,
siguiendo las instrucciones recibidas del
intelecto espiritual divino, que había
llegado el momento de poner en
práctica todas las ciencias divinas para las
que había sido instruido y que debía
ofrecer un sacrificio al Padre Eterno.
Abraham le contestó: “Que así sea,
hijo mío, pues ese es tu deseo. Que el
sacrificio que
pretendes ofrecer al
Creador sirva para
la expiación de los
hombres de la
tierra, para que
vuelvan a ser
merecedores de la
gracia,
recobren sus primeras virtudes y ofrezcan el
culto divino para el que fueron
creados.”
83
Abraham, tras consentir al deseo de su hijo Isaac,
partió con él antes de
salir el Sol hacia el monte Moriah. Esta palabra viene de dos partes: la
primera,
mor, significa “destrucción de formas
corporales aparentes”; la segunda, iah,
significa “visión del Creador”. Dejaron
lejos de la montaña a sus dos sirvientes,
representando el futuro
alejamiento y abandono
del culto espiritual
de las
naciones de Ismael y de Israel, por el que caerían en privación espiritual
divina,
como efectivamente sucedió. Abraham e Isaac se
llevaron el asno con ellos,
mostrando la ignorancia que reinaría en esas dos naciones, pues
perderían la
luz divina, que se instauraría entre las tinieblas de pueblos paganos. Esto es,
ciertamente, lo que representó Cristo al entrar en Jerusalén sobre un asno.
Una vez que Abraham e Isaac estuvieron en la cima de la
montaña y
hubieron preparado todo
para el ritual,
Abraham invocó la
presencia del
Creador, en naturaleza divina, a ese sacrificio en el que le ofrecía lo que más
quería en el mundo. Desde lo más profundo
de su alma y con total resignación
presentó como ofrenda a su hijo, el
justo Isaac, del que debería nacer una
descendencia divina en la que se
realizaría la elección espiritual divina. Tras su
invocación, Abraham posó los
ojos sobre su hijo Isaac; el hijo, sabiendo que
era la víctima elegida por su padre, se
entregó generosamente, colocándose
inmediatamente en la postura adecuada para su inmolación. Abraham cogió
el
cuchillo disponiéndose a degollar a su hijo,
pero el espíritu del Señor, que
estaba presente y leía la pureza de la intención de ambos hombres,
realizó tal
fuerza
sobre Abraham que
éste cayó al
suelo, sin poder
llevar a cabo
el
holocausto. Luego se
dirigió a él,
comunicándole que el
Creador estaba
satisfecho de sus buenos deseos y los de su
hijo, y que él se encargaría de dar
justo testimonio de su operación al
Padre Eterno.
Abraham, levantó a su hijo del altar de sacrificios y le
dijo: “Recuerda,
querido hijo, que el mayor sacrificio que se puede ofrecer al
Creador es el que
compromete la palabra y la intención. El
Padre Eterno conoce perfectamente
los comportamientos buenos y malos, así como todas las acciones del
menor
espiritual. Los buenos pensamientos del menor manifiestan la gloria del Padre
Eterno; los malos, Su castigo a los
impíos". Isaac, girándose hacia su padre, le
contestó: “El Señor, convencido de tu firme resolución
y la de tu hijo, te ha
elevado al más alto grado de Su
gloria, designándote padre superior a todo
sentido material. Alabemos al Señor, pues ha devuelto la gracia al padre de
muchedumbres de la tierra, que
recaerá también sobre sus descendientes”. En
ese momento, vieron salir un carnero
de entre unas zarzas, lo cogieron y lo
ofrecieron en sacrificio. Así, les
fue revelada la voluntad del Creador respecto a
los diferentes cultos generales y
particulares que ellos y sus descendientes
deberían realizar en la tierra, y
respecto al tipo de animales que deberían
sacrificar en
las diferentes tareas
del culto divino.
Esto demuestra que el
verdadero culto al Creador siempre ha
existido entre los hombres.
El sacrificio de Abraham representa el realizado sobre la
persona de
Abel,
con una gran
diferencia: Abel fue
realmente inmolado para
lograr la
reconciliación total de
su padre Adán,
mientras que Isaac
solamente fue
inmolado
en el pensamiento
y la intención
de su padre
Abraham. Su
pensamiento y su intención bastaron para reconciliar perfectamente a Abraham
84
con el Creador. Esto no
debe sorprenderles, puesto que el crimen de Adán, mucho más grave que el de
Abraham, requería una mayor expiación.
Ahora debo explicarles el tipo de la montaña a la que
fueron Abraham e
Isaac,
el de la
madera que utilizaron
para su sacrificio
espiritual y el que
representó Abraham al levantar a su hijo de la pira. La montaña
representa el
asilo espiritual que comúnmente denominamos purgatorio, donde los menores
de
este bajo mundo
irán a terminar,
en privación divina,
sus operaciones
espirituales simples,
por decisión del
Creador. Esta montaña
también
representa el círculo sensible del que
ya he hablado, pues Abraham y su hijo
subieron a
la montaña más
alta, simbolizando una
superioridad sobre los
sentidos materiales. La madera en la
que se postró Isaac indicaba el tipo de
madera que debería utilizarse en el futuro para encender la pira del
sacrificio,
pues proporcionaba el perfume adecuado a los
diferentes cultos, que son: 1º
culto de expiación, 2º culto de gracia particular general, 3º culto contra los
demonios, 4º culto de prevaricación y defensa, 5º culto contra la guerra, 6º
culto para hacer frente a los enemigos
de la ley divina, 7º culto para hacer
descender el espíritu divino, 8º
culto de fe y perseverancia en la virtud espiritual
divina, 9º culto para preservar el
espíritu conciliador divino, 10º culto anual o de
dedicación de toda acción al Creador. Todos estos cultos están incluidos en los
realizados por Moisés en Israel y por
Salomón en el templo, que utilizaron
diferentes maderas y perfumes
consagrados a estos sacrificios. Estos cultos
debían realizarse cada Luna nueva y
así ha sido desde el principio de los
hombres.
Cuando Abraham levanta a su hijo de la pira representa al
espíritu que el
Creador envía a los menores que rinden
tributo a Su justicia con sus diferentes
actuaciones en los tres círculos: sensible, visual y racional. La
transformación
de
las acciones espirituales
de los menores
en estos círculos
está
representada por la sustitución del
cuerpo material de Isaac por el de una
víctima animal pasiva; ésta última es
una simple sombra de la ofrecida en
naturaleza efectiva, como demostraba la oblación de Isaac por su padre.
Esta
es la explicación del primer tipo de Abraham e Isaac en este bajo mundo.
Su segundo tipo es el de la alianza divina con los
hombres. Abraham fue
tipo de la reconciliación primera de Adán por
la gracia recibida del Creador;
dejó su casa paterna, donde se practicaba un
culto demoníaco, y el Creador le
comunicó su voluntad, le hizo conocedor de la
ley divina y le instruyó en su
conversión espiritual como hizo con el primer hombre. Abraham, que había
dejado de ser presa de los demonios,
manifiesto al Creador el gozo de su
reconciliación divina
y, como señal
de su fe
y su perseverancia, pidió
al
Creador unirse a él. Entonces, el espíritu divino le dijo:
“¡Abraham!. Circuncida
tu carne;
la sangre que derramarás ante el Señor será una prueba cierta de tu
unión con el Creador”. Esto es lo que conocemos como bautismo de sangre.
La alianza del
Creador con Abraham
demuestra claramente que el
Creador siempre está dispuesto a unirse a Su
criatura menor cuando ésta
realmente lo desea y es digna de ello. La circuncisión sería observada por
todos los descendientes de Abraham; el mismo Cristo, como hombre Dios y
85
hombre divino, demostró con su circuncisión
la alianza del Creador con Adán,
Noé, Abraham y toda su creación. Como acaban
de ver, el segundo tipo de
Abraham representa la bondad y misericordia del Creador con Su criatura.
Isaac, ya
lo hemos dicho, representa el tipo de Cristo. El Creador, como
recompensa por la enorme fe de Abraham, le dotó con las poderosas virtudes
que poseía Adán en su estado de gloria. Fue
nombrado por el Espíritu “hombre
Dios perfecto de la tierra”, pues de
él nacería el verdadero hijo de Dios en
forma corporal aparente terrestre. Al
ser Abraham el tipo del Creador, de él
debía nacer un hombre justo, puro y
santo llamado, como ya he dicho, Isaac.
Este
nombre significa “risa”
o “regocijo”. Abraham
también fue el
tipo del
Creador por querer
inmolar a su propio hijo. Todo lo que acabo de revelarles demuestra
que este hijo era el tipo de Aquel que el Creador enviaría a la tierra para el verdadero
sacrificio. Ese es
el segundo tipo que representaron Abraham e Isaac en este
universo.
El tercer tipo lo encontramos entre los descendientes de
Isaac. Ya saben
que tuvo dos hijos gemelos, llamados Jacob y
Esaú. Jacob fue concebido en
primer lugar, Esaú en segundo. Estos dos hijos de un padre tan
justo estaban
destinados a representar un tipo
fundamental y muy beneficioso para todos los
hombres de la tierra. No quiero entrar
en los detalles de la usurpación de la
primogenitura que Jacob realizó
sobre su hermano Esaú. Ya hablan de ello las
Escrituras, pues dan a Jacob el nombre de “suplantador”; esto nos
resulta fácil
de entender, pues también nosotros nos encontramos entre hombres que sólo
buscan suplantarse los unos a los otros.
Abraham es el tipo del Padre Divino e
Isaac, el del Hijo de la Divinidad. Por lo tanto, los dos hijos de Isaac
son el tipo
de la primera y segunda emanación espiritual
del Creador y de los espíritus
prevaricadores. Jacob nació en segundo lugar, pero fue concebido antes
que
su
hermano. La segunda
emanación realizada tras
la prevaricación de los
primeros espíritus fue la del menor
espiritual que llamamos Réaux, Roux o
Adán.
Esaú fue el
primero en nacer,
pero fue concebido
después que su
hermano. Cuando los primeros
espíritus pecaron contra el Creador, el menor o
primer hombre les suplantó espiritualmente, siendo así mayor que ellos.
Como
verán claramente, por el orden en que fueron concebidos, Jacob representa el
tipo de los espíritus prevaricadores y Esaú
el del menor.
Pero la verdadera prevaricación de Jacob consistió en
servirse de la
buena
fe de su
padre; utilizó todas
sus facultades y
todos los medios
espirituales y temporales a su alcance para
leer el pensamiento de su hermano
Esaú, oponiéndose a sus buenas resoluciones y
suplantándolo en todos sus
derechos espirituales; así, tanto él, como
toda su descendencia, cayeron en
privación divina. En
Jacob también vemos
la doble prevaricación
de los
demonios,
es decir, la realizada contra el Creador y la realizada contra la
criatura y su descendencia. En efecto, ¿no delinquió Jacob primero
contra su
padre y luego contra su hermano menor Esaú,
tal como el demonio lo hizo
contra su padre divino y contra el menor, su padre espiritual?. ¿No
repiten los
hombres esta actuación con su falsa conducta
ante el Creador y ante sus
hermanos?. Por otro lado, no debe
sorprenderles la conducta de Jacob con
Esaú.
Esaú prefería el
culto terrestre al
culto al Creador;
se dedicaba
exclusivamente a la caza y exterminio de animales salvajes, en vez de combatir
86
al intelecto
demoníaco que se
había adueñado de
su hermano Jacob.
Abandonó el culto espiritual divino para
dedicarse exclusivamente a tareas
meramente
materiales, lo que
atrajo sobre él
un merecido castigo,
siendo
despojado de todos sus derechos espirituales. Sin embargo, Esaú
volvió en sí;
la misericordia divina le permitió ser
consciente del alcance de su falta y, tras
verse despojado de todos sus derechos espirituales, divinos y
temporales, se
vio sumido en la más profunda consternación.
Fue a presentar quejas a su
padre
por la usurpación
cometida por su
hermano Jacob; le
explicó su
sufrimiento, pues había sido el primero
en llegar al mundo y era el último en
cuanto a bienes espirituales. Esto
evidenciaba ya una figura real de lo que
habría de sucederle a Israel; tras ser el mayor espiritual en el mundo y
primer
heredero de la ley divina, sería suplantado por pueblos que sólo debían ir tras
él; así se confirma lo que dicen las Escrituras: los primeros serán los
últimos.
Esaú, tras apelar inútilmente a su padre, le dijo en
tono airado: “¿No has
guardado ninguna bendición para mí?”. Con esto Esaú intentaba obtener de su
padre algún tipo de poder o don espiritual,
pues se veía incapacitado para la
celebración del culto divino en gloria del
Creador. Esto demuestra que Dios
comunica a sus elegidos, de todos los
tiempos, el conocimiento de estos dones
espirituales para beneficio de los hombres de la tierra y ordena a
esos mismos
elegidos que transmitan sus dones y
virtudes únicamente a aquellos dignos de
recibirlas. Esaú, viendo que no lograba convencer a su padre, volvió a
dirigirse
a
él, diciéndole: “Ya que
no te quedan
dones espirituales que
puedas
entregarme, te imploro, por todo lo que
soy, que me bendigas en nombre del
Padre Eterno”. Isaac le contestó: “He nombrado a tu hermano señor de los
hombres de esta tierra, todos sus hermanos están sometidos a su poder,
le he
entregado
el conocimiento de
las actividades espirituales,
temporales y
espirituales divinas. Nada me queda
para ti”. Esaú profirió un fuerte lamento,
derramó abundantes lágrimas y se
limitó a sollozar amargamente. No contestó
nada a su padre, que estaba a punto de
ser llamado por el Creador a la otra
vida. Pero Isaac, conmovido ante la tristeza de su hijo, le hizo acercarse y le
dijo: “Esaú, escucha atentamente lo que voy a decirte. La bendición que me
pides está en la grosura de la tierra
a causa de tu pecado”. Luego le bendijo,
diciéndole: “La bendición que te otorgo procede del Padre Eterno, al
igual que
el rocío que cae sobre las plantas para su
sustento baja de los cielos”. Esaú se
retiró mucho más complacido con su
padre de lo que nunca había estado.
He aquí lo que debía decirles sobre el tipo de Esaú;
consideren si la conducta de este padre no
es un verdadero tipo de la inmutabilidad de los decretos del Creador
frente a los
hombres culpables, ya
sean de nuestro tiempo o
de siglos pasados. Pregúntense, además, si la misericordia de Isaac en su lecho de muerte no representa perfectamente
la misericordia del padre divino hacia
Su criatura, cuando
ésta apela directamente
a él. Asimismo, representa la gran
reconciliación futura; pero trataré este punto más adelante, ahora debo
hablarles del tipo de Jacob.
Jacob tuvo
numerosos descendientes; su prosperidad en el terreno
temporal era notable, lo que desencadenó su ambición por bienes terrenales.
Pero,
para dedicarse a
esa sumisión criminal,
tanto Jacob, como
sus
descendientes dejaron de lado el culto divino, olvidándolo totalmente. En ese
87
estado, Jacob se dejó convencer por el
espíritu demoníaco de que sus bienes
terrenales
procedían únicamente del
gran príncipe de
los demonios y que
serían recompensados en
función del culto
que él y
sus descendientes le
rindiesen. Jacob vencido por su gran codicia material, aceptó
alegremente esa
insinuación.
El Creador le había retirado el recuerdo de su origen
espiritual divino;
abjuró de su primera emanación e incluso del
Creador, considerando que su
elección y la de sus descendientes tenían un
carácter pasivo. En esa creencia,
se dedicó por completo a las ciencias
materiales demoníacas y, al conseguir
dominarlas en poco tiempo, se propuso
llevarlas a la práctica y servirse de
ellas. Con esta finalidad, decidió ir al país
de Harán; al sorprenderle la noche
en la montaña de Moriah o de Mahanaim (que
significa “los dos campos”, el de
los demonios y el del Creador), se preparó para llevar a la práctica su
malévola
intención contra el Creador. Realizó su invocación hacia las seis, cuando el
Sol
iba a ponerse. Al instante, el Señor hizo que
se le apareciese un ángel bajo
apariencia
humana. Ya saben
que el hombre
corporal no puede
mirar al
espíritu sin perecer o sin que su forma corporal sea inmediatamente fulminada.
La presencia de este espíritu causó tal
impresión o efecto sobre las esencias
corporales y animales espirituales de Jacob, que cayó por tierra.
Jacob apeló al Creador, abjurando ante él, en buena fe, de
todo lo que
había admitido ante los demonios. Entonces le
habló el ángel, reprochándole
su
horrible conducta pasada
y presente con el
Creador, con su
padre, su
hermano, sus hijos y hasta con él mismo. Jacob, atemorizado y
furioso por las
terribles amenazas que profería el ángel, se abalanzó contra él y combatieron
durante toda la noche hasta que llegó la aurora. Al finalizar el
enfrentamiento,
el ángel le preguntó cómo se llamaba, pero
la respuesta de Jacob siguió siendo
la misma. El ángel volvió a preguntar
a Jacob su nombre y éste finalmente le
respondió. Al oírlo el ángel dijo: “Jacob suplantador del Creador al abjurar de
Su espíritu”. Tras estas palabras el espíritu ejerció tal fuerza sobre
la persona
de Jacob que le desgarró el tendón de
Aquiles. “Te llamas Jacob. Bien, en el
futuro
te llamarás Israel o fuerte contra el espíritu del
Creador”. Luego se
separaron, quedando
Jacob enormemente confundido
pues había sido
marcado por el espíritu del que había abjurado.
Para los descendientes
de Jacob esta
señal será prueba
de la
prevaricación de Israel por tiempo inmemorial. Desde entonces se
prohibió, en
nombre del Padre Eterno, que nadie marcado de
nacimiento con la letra B
participase en el culto divino, tanto en el templo de Moisés, como en el de
Salomón. El mismo Cristo confirmó esta ley, cuya omisión está castigada
con
las penas más severas, para que fuera observada estrictamente por todos los
encargados del culto divino en su templo espiritual, en el presente y el
futuro.
Jacob, apesadumbrado, revivió
en su espíritu
todo el horror
de su
conducta. Recordó que besó a su padre Isaac
buscando su apoyo para usurpar
los derechos de su hermano Esaú.
Recordó todos sus crímenes contra el
Creador y contra las leyes de la naturaleza; su desconsuelo era tal que
pensó
que nunca obtendría la gracia del Creador ni se encontraría entre los mortales
dignos de compartir la misericordia divina. Las palabras del ángel y el
resultado
88
inesperado de su intervención demoníaca le
habían afectado profundamente.
No obstante, pese a su abatimiento y a la
tristeza de sus reflexiones, Jacob
sentía un deseo sincero de
encontrarse en gracia con el Creador, por lo que no
cesaba de
suplicarle su reconciliación completa.
Ante él se
manifestó una
aparición natural con forma humana para comunicarle que sus deseos
habían
sido escuchados. Era el mismo espíritu que le
había marcado el tendón de la
pierna derecha. Reveló a Jacob cómo
obtener del Creador lo que deseaba y le
bendijo, volviendo a ordenarle. Así,
Jacob recuperó su poder espiritual divino
por
el que, pasados
cuarenta años de
esa ordenación, podría
realizar los
diferentes cultos divinos. Al cabo de
cuarenta años, volvió a la cima de la
montaña de Moriah; se presentó allí
hacia las seis de la tarde, preparó todo
para su operación y se dedicó a la oración desde esa hora hasta
medianoche.
Entonces, realizó las invocaciones necesarias
para abolir definitivamente, el
castigo con el que le había amenazado
el ángel del Creador. Sus deseos
fueron escuchados, se le aparecieron
cuatro ángeles que le revelaron lo que
debía hacer para obtener la reconciliación completa del Creador, como voy a
contarles. Ocho días después de su
última operación, Jacob volvió a dirigirse a
la cima de la montaña, llegó allí al
caer la noche del día noveno y se preparó
para alcanzar su reconciliación total. A medianoche del noveno día,
cuando se
iniciaba el décimo,
Jacob tuvo certeza
de su completa
reconciliación; sin
embargo, el fruto de su operación le afectaba
de tal manera que no podía
mantenerse en pie. Se acostó sobre
su lado izquierdo, apoyó la cabeza en una
piedra cualquiera
y, en esta
postura, presenció el
resultado de su
trabajo
espiritual divino. Vio siete
espíritus que ascendían y descendían sobre él. Entre
estos espíritus reconoció al que le
había dañado y le había atemorizado con
sus amenazas. Reconoció también a
los cuatro ángeles que le habían indicado
lo que debía hacer para obtener la
misericordia divina. En el lugar por donde
entraban y
salían los ángeles
pudo advertir la
gloria del Creador.
En ese
momento, Jacob fue consciente de su
reconciliación divina y dijo: “He aquí el
lugar de visión perfecta, pues he visto al Padre Eterno cara a cara. He
aquí el
centro del universo y de la tierra, marcaré este lugar para que aquí se levante
Su casa”. Y así lo hizo, formando un
triángulo con tres piedras en el lugar
exacto donde se construiría el templo del Señor, sobre la montaña de
Moriah;
este templo fue realizado por Salomón, Chiram o Hiram, rey de Tiro.
Ese lugar que
Jacob marcó con
un triángulo de
tres piedras
representaba la forma física de la tierra. Se
colocó en el centro del triángulo,
pues Dios había situado al hombre Dios en el
centro del universo para que
ordenarse
y gobernarse a todo ser
emanado y creado.
Además, así
representaba
que ese era
el lugar exacto
donde el Creador
se había
comunicado con el primer menor y le había
manifestado Su gloria mientras
permaneció bajo Su justicia. Por eso, el espíritu ordenó a Jacob
que señalara
ese lugar para construir un templo, pues era
el tipo del lugar donde se había
formado el
cuerpo de gloria
de Adán, denominado
templo espiritual de la
Divinidad. Sin duda alguna, en ese
templo espiritual habitaba un espíritu divino.
Esto también queda caracterizado por la construcción del templo de
Salomón
en
el punto donde
descendió el Espíritu
Santo en forma
de nube. Jacob,
plenamente convencido
de su reconciliación, se
comprometió a cumplir
fielmente el culto divino en el
futuro. Determinó el tiempo en el que él y sus
descendientes deberían hacerlo.
Así, en un
día ordinario, realizó
cuatro
89
invocaciones divinas en
cuatro intervalos de seis horas; luego, durante seis
días consecutivos, llevó a cabo una vigilia
espiritual divina, lo que hace un total
de
diez invocaciones en
siete días. Así,
se incluía el
número denario,
consagrado a la Divinidad, y el número septenario, consagrado al
espíritu. En
sus cuatro primeras operaciones, Jacob invocó al Creador únicamente por su
primer nombre inefable, diciéndole: “¡Ven a
mí, Dios de Abraham!”. Después
invocó al Creador por su segundo nombre
inefable, diciéndole: “¡Ven a mí, Dios
de Isaac!”. Por último, lo invocó por su tercer nombre inefable, diciéndole:
“¡Ven
a mí, Dios de Jacob!, que es el mismo que el de Abraham e Isaac, pues los tres
conocemos Su intervención
divina y actuamos
con Él unidos
por el poder
espiritual divino”. Con esta
invocación, Jacob reconocía en Abraham el tipo del
Creador, por la multitud de poderes espirituales que había recibido. Reconocía
en Isaac
el tipo del
Hijo divino o
de la acción
divina, por los
numerosos
descendientes de Dios nacidos de él,
entre los que se realizó la elección y la
manifestación de la gloria divina. Y en él mismo, Jacob reconocía el
verdadero
tipo del
Espíritu, por las
formidables maravillas que
le había revelado
el
Creador al descubrirle la gloria divina.
Este
último tipo repite, además, el de la eterna misericordia del Creador
con Su
criatura; queda demostrado
por la última
invocación de Jacob
al
Creador,
suplicándole que extendiese
Su misericordia a
su culpable
descendencia para liberarla
así de la
esclavitud de los
demonios, como
realizaría el Espíritu Santo mediante la
palabra de Moisés. Vemos que Dios
está
en tres personas,
pues el Creador
realizó tres intervenciones divinas
distintas para ayudar a los tres menores que acabamos de nombrar, según
los
tipos
que debían representar
en este universo.
Estas tres personas
de la
Divinidad sólo se distinguen por sus acciones divinas; no es posible
concebirlas
de otro modo sin degradarla, pues la Divinidad es indivisible y no puede
tener
naturalezas diferentes. Si
fuese posible admitir
diferentes personas en el
Creador tendríamos que admitir cuatro, no
tres, por la cuádruple esencia divina
que ya deben conocer, es decir: el
espíritu divino 10, el espíritu mayor 7, el
espíritu inferior 3 y el espíritu
menor 4. De ahí vemos la imposibilidad de que el
Creador esté dividido en tres
naturalezas personales. Que aquellos que quieran
dividir al Creador en su esencia, lo hagan, al menos, respetando el
contenido
de su inmensidad.
Para que entiendan claramente los tipos de Abraham, Isaac
y Jacob, les
diré que estos tres menores representaron a Adán, Abel y Set ante
el Creador.
Tanto los tres primeros, como los tres
últimos fueron testigos de la gloria del
Creador. Noé, Sem y Jafet tuvieron la
misma suerte. En cuanto a Esaú, a quien
se negó su herencia, representa el tipo de Caín en Adán, el de Cam en
Noé y
el suyo propio en Abraham, Isaac y Jacob. No
sólo son tipos de la acción del
Espíritu Divino entre los menores pasados y presentes, sino también
entre los
futuros. Adán y Noé anunciaron todos estos
tipos con su descendencia. Cristo,
Moisés y Elías los confirmaron con sus operaciones en el monte Tabor,
donde
presenciaron la gloria del Creador. El beso
de Jacob a Isaac cuando decidió
suplantar a su hermano, anunció la
traición al Hombre Dios por uno de sus
hermanos y discípulos, Judas
Iscariote; uno suplantó la materia, el otro, el
espíritu. Permanezcan alerta para que la codicia material no les lleve a
repetir
un tipo inicuo. Esto es lo principal que debía decirles sobre Abraham, Isaac y
90
Jacob; no hablaré de su
conducta temporal en este mundo, pues las Escrituras ya dicen bastante al respecto.
Ahora les hablaré de los grandes tipos que representó
Moisés en el universo. Verán la relación existente con todos los tipos pasados,
el doble tipo del Creador y el de todos los espíritus que utiliza para la
manifestación de Su justicia; entenderán que no hay duda alguna sobre la
veracidad de los hechos espirituales acaecidos desde el inicio del mundo, de
los que ocurrirán hasta el final de los
siglos y de los sucedidos tras la prevaricación de los primeros espíritus
y la del primer menor. Podrán juzgar si mi palabra es sincera o si me valgo de subterfugios o sofismas para aprovecharme
de la buena fe del hombre deseoso de aprender. No son esas ni mi
condición ni mi intención. Desde niño me ha
horrorizado la mentira
y el orgullo,
siempre los he
rechazado para dedicarme
sólo a la verdad espiritual divina y espiritual temporal. Por tanto, no deben temer nada en mis palabras.
Empezaré
dándoles la interpretación de la palabra Egipto donde, como saben, nació
Moisés. Esta palabra significa “lugar de privación divina” o “tierra de maldición”. Allí cayeron los enemigos de la
voluntad divina y sus seguidores. Las naciones
que habitaban Egipto
y cultivaban la
tierra a su
antojo representan a los
primeros espíritus prevaricadores, que obraron y obran según su propia voluntad, sin tener en cuenta la del
Creador. Los primeros espíritus fueron
relegados a la región sur, a la que pertenece Egipto. Los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob, por su pecado, cayeron
bajo el poder de los habitantes de Egipto, permaneciendo en esa esclavitud
durante 430 años. En verdad, representan a
los menores espirituales que sucumben ante el poder de los demonios. Pero hablemos de Moisés.
Pese a su
esclavitud en la tierra de Egipto, Tupz, llamado Amram en las
Escrituras, que pertenecía a la tribu de
Leví, y su mujer Maha, llamada Jocábed
en las Escrituras, de su misma tribu,
fueron los elegidos para concebir un
descendiente de Dios
que redimiera a
los descendientes de
Adán. Tupz
significa
“colmo de bondad divina” y lleva el número senario. Maha significa
“fecundidad espiritual divina” y lleva
el número cuaternario. Tuvieron a sus
descendientes, dos hijos varones y una
hembra, a una edad avanzada. Tupz
tenía
66 años y 3 meses cuando nació su
primera hija; la niña fue llamada
Merian, que significa “tierra
virgen”, tenía grandes conocimientos espirituales
divinos y sacrificó su virginidad para
realizar el culto permitido y exigido a su
sexo. Tupz tuvo a Aarón con 79 años y 7 meses, y a Moisés con 82 años y
10
meses. Maha engendró a Merian con 48 años y
3 meses, a Aaron con 61 años
y 7 meses, y a Moisés con 64 años y 10
meses. Tupz y Maha murieron poco
antes de la huida de Moisés de Egipto,
pero no precisaré la fecha de su
muerte, pues no tiene interés alguno
para lo que deseo enseñarles. Moisés
vino al mundo el día 14 de la Luna de Nisan o marzo. Le metieron
en una
especie de cestilla o arca en la que
flotó durante algún tiempo por las aguas del
Nilo, que significa “principio de acción y operaciones espirituales
temporales”.
La llegada de Moisés a la tierra de Egipto, donde todas las naciones vivían en
confusión y tinieblas,
representaba la llegada
del Espíritu Divino
al caos,
disponiendo
todo lo que
allí existía, las
leyes, las acciones
y las órdenes
espirituales que les correspondían. Las tinieblas, como ya saben, no incluyen
la
91
luz divina; del mismo modo, el caos de Egipto
y sus habitantes de tinieblas no
afectó al nacimiento y llegada de Moisés
entre ellos. Estos pueblos no tenían
conocimiento alguno
sobre el verdadero
culto. Todos sus
actos y
preocupaciones buscaban
satisfacer la codicia
de sus sentidos
materiales,
ciñéndose a ese instinto animal
innato en todo
ser pasivo. Los
animales
racionales están sujetos a las mismas leyes que los irracionales por el
instinto
natural innato en toda forma corporal, que
se convierte en un suplicio adicional
cuando los hombres pretenden alejarse
de él. La demostración evidente la
tenemos en los hombres apegados a su
vida temporal. Si un suceso natural les
ocasiona alguna
limitación física que
modifique sus leyes
de orden, se
lamentan, les invade el miedo y, llevados por su ignorancia, se someten
a los
cuidados e instintos de alguno de sus
semejantes que, generalmente, es tan
ignorante como ellos y estaría aún más
asustado de sucederle algo similar.
Esta conducta no debe sorprendernos
en aquellos que no recurren a su primer
principio espiritual divino, el único médico que cura radicalmente.
Profundizaré
en este tema al tratar los diferentes acontecimientos acaecidos en Israel.
Al flotar sobre
las aguas, Moisés
representa el tipo
del espíritu del
Creador, que flotó
en el todo
para hacer explotar
el caos. Es
decir, los
mandatos y leyes de actuación entregados a todo lo que pertenecía a la masa
caótica. Noé, testigo de la manifestación de
la justicia y la gloria divina, también
representó el tipo de la gloria del Creador universal; como van a ver,
todos los
tipos de este patriarca fueron repetidos por
los argumentos espirituales de
Moisés. Ambos flotaron sobre las
aguas. Noé reconcilió al resto de los mortales
con
el Creador; Moisés
reconcilió a la descendencia de Abraham, Isaac y
Jacob con la Divinidad. Noé recuperó
el culto divino para la descendencia de
Jacob. Noé condujo durante cuarenta años a los hombres reconciliados con
el
Creador; Moisés condujo al pueblo judío durante el mismo tiempo. Noé ofreció
un sacrificio al Creador en acción de
gracias; Moisés también ofreció sacrificios
en nombre del pueblo reconciliado. No
acabaría nunca si tuviera que detallar
todos los tipos repetidos por Moisés,
tanto de Noé, como de patriarcas pasados
y
futuros. Me limitaré
a pedirles que
reflexionen seriamente sobre
la
importancia del tipo de Moisés. Reconocerán que, gracias a sus
operaciones,
representa a la perfección la triple esencia
divina en la creación universal,
general y particular: 1º el
nacimiento de Moisés representa la acción misma del
Creador; 2º la reconciliación inducida
por Moisés representa la operación del
hombre divino o hijo del Creador; 3º la dirección del pueblo confiado a
Moisés
representa al Espíritu divino, que conduce,
rige y dirige a todo ser temporal y
espiritual inferior a él.
Las Escrituras relatan que una hija del rey de Egipto
salvó al joven
Moisés recogiéndolo de las aguas del Nilo e
hizo que le criaran en secreto para
protegerlo de la
persecución del Faraón
y de sus
súbditos, que habían
decretado que todos los niños varones del
pueblo hebreo debían morir. Esta
princesa se
encariñó enormemente con
el joven Moisés,
cuya belleza era
notable. Le asombraba la seriedad que
se adivinaba en él a tan corta edad,
pues,
con dos años,
ya haría presagiar
todo su futuro
conocimiento y
razonamiento. La princesa eligió
como nodriza a la propia madre del niño; para
comprobar que seguía
exactamente sus órdenes,
prestándole los mejores
cuidados, exigió a la nodriza que lo trajera a su presencia todos los días.
Esto
92
anunciaba ya la futura
alianza de los idólatras con las leyes divinas; tras la
destrucción del Faraón y su ejército, los egipcios que
sobrevivieron se unieron
a la ley de Moisés. La nodriza cumplía
puntualmente las órdenes que había
recibido y el niño crecía ganando en belleza. Cierto día, la princesa se
regocijó
de tal manera al verlo que lo cogió en brazos y decidió arriesgarse a
llevárselo
al Faraón, su padre. De camino, pasó por una
sala de audiencia con varias
mesas. En una de ellas estaban
colocados la corona y el cetro del rey. Entre
las
piedras preciosas que
adornaban la corona
del rey había
un
resplandeciente rubí. La princesa se
acercó y puso al joven Moisés de pie
sobre la mesa para ver qué efecto le causaban las joyas, pues conocía el
que
causan en los hombres. Al ver el fulgor de tantos ornamentos, el joven Moisés
lanzó un gritó de alegría y se puso a
retozar, como todos los niños de su edad.
Para acabar de satisfacer su curiosidad, la princesa quiso acceder al deseo del
niño de coger las joyas; examinó la
habitación para ver si alguien les observaba
y, al no ver a nadie, inclinó a Moisés
sobre la corona y el cetro. El niño los
cogió rápidamente pero no podía
alzarlos, así que la princesa le ayudó y le
puso la corona en la cabeza. Moisés
tiró el cetro a los pies de la princesa,
intentó quitarse la corona de la
cabeza y acabó dejándola caer sobre la mesa y
pisándola. Mientras la princesa se
divertía con el joven Moisés, un chambelán
del
rey presenciaba todo
desde un lugar
oculto. El chambelán
fue
inmediatamente a contarle al rey lo
que había ocurrido, censurando la conducta
de Moisés para que el rey ordenase su
muerte y se cumpliese la sentencia
pronunciada contra los recién
nacidos en Israel. La princesa, tras colocar en su
sitio la corona y el cetro, volvió a
coger al joven Moisés en sus brazos y fue a
las habitaciones de su padre para
presentárselo. Pero el Faraón, que había
sido
prevenido por su
chambelán, recibió a
su hija de
manera muy fría y
desatenta, lo que no era habitual en
él. La princesa, desconcertada, pidió al
Faraón una audiencia particular para
saber el motivo de su frialdad. El rey
aceptó su solicitud y, una vez a solas
con ella, ni siquiera le dejó tiempo para
hablar, sentenciando a muerte a
Moisés. La princesa, cuyo desconcierto iba en
aumento, hizo todo lo posible para saber de su padre el motivo de tan
rigurosa
orden, señalándole que ese niño nunca sería una
amenaza para él. El rey se
enterneció de
tal manera con
sus palabras y
sus lágrimas que
acabó
contándole lo que el chambelán le
había comunicado. “¿Se trata sólo de eso?”,
dijo la princesa. “Es cierto que el niño ha cogido vuestro cetro y vuestra
corona,
pero no podéis ver ahí ningún propósito malévolo y si los ha dejado caer
no es
por desprecio ni por maldad. No obstante,
puesto que habéis pronunciado
vuestra sentencia, sólo me queda
pediros que suspendáis la ejecución hasta
que realicemos una
comprobación en vuestra
presencia, sirviéndonos del
fuego”. El rey aceptó. La princesa hizo que trajesen ante él, y en presencia de
la nodriza de Moisés, un gran anafre, que
colocaron en una mesa, junto a la
corona y el cetro del rey. La princesa puso al niño sobre la mesa, como
había
hecho la primera vez. En cuanto el joven
Moisés vio el fuego se abalanzó sobre
él, sin mirar el cetro ni la corona, cogió con la mano derecha un trozo de
carbón
encendido y se lo llevó a la boca,
donde se apagó tras quemarle parte de la
lengua. Tras este experimento, la princesa, protectora temporal de
Moisés por
disposición divina, refutó el testimonio
temerario del chambelán, diciendo al rey:
“Si lo que se os ha informado de este niño fuese cierto y actuase guiado
por el
Dios del pueblo de Israel, que os rinde servidumbre, Su influjo habría vuelto a
manifestarse; pero habéis visto que no ha prestado la menor atención a vuestro
93
cetro y vuestra corona,
prefiriendo el fuego, pese a todo el mal que podía causarle y le ha causado. Considerad, pues, la intención
de vuestro chambelán que ha querido induciros a
ordenar la muerte de este niño. De vuestra gloria y vuestra justicia depende que este hombre no quede impune.”
Inmediatamente, el rey desterró al chambelán de las
tierras de Egipto,
forzándole a errar
por otras naciones
durante toda su
vida. La princesa
agradeció su decisión al Faraón y dispuso todo tipo de cuidados para Moisés.
En este suceso tenemos la causa de la
deficiente pronunciación de Moisés y
por él
se establecería, posteriormente, la
circuncisión de los
labios. No
pretendo profundizar
aquí en los
tipos de todos
los hechos que
acabo de
relatarles. Les bastará con
reflexionar sobre todos los infortunios sufridos por el
Faraón
y su pueblo
desde esa época.
Además, si leen
las Escrituras
cuidadosamente, verán claramente en
esos hechos el tipo de la venida de
Cristo a este mundo. La princesa representaba a la madre de Cristo, esa
bella
virgen de la que se dice: soy negra, soy bella. En cuanto al chambelán, no se
equivocó al decir al rey que el joven Moisés
había sido guiado por el Dios de
los hebreos. Este
hombre era uno de
los demoníacos magos
de Egipto;
profesaba las ciencias diabólicas, que le
permitían percibir el espíritu divino que
obraba en Moisés y en la princesa; era
un tipo manifiesto de la acción del
intelecto demoníaco contra el intelecto espiritual divino.
A la edad
de siete años, Moisés perdió la princesa, su protectora; hasta
los veinte años permaneció bajo la protección
del rey y, junto con Aarón, su
hermano mayor, bajo la dirección de
sus padres. No les he explicado el nombre
de Moisés; como aclaran las Escrituras, Moisés fue llamado así por la
hija del
Faraón al salvarle de las aguas. Gracias a
la protección del rey, Moisés vivía en
toda libertad entre sus hermanos
hebreos y el pueblo de Egipto. Un día que
paseaba por un lugar apartado vio a un egipcio maltratando brutalmente a
uno
de sus hermanos hebreos. Moisés, que medía
seis pies de altura y tenía una
fuerza proporcional a su tamaño, se
abalanzó sobre el egipcio matándolo de un
solo golpe. Por ese motivo, se vio
obligado a huir de la tierra de Egipto. Esta
huida no representa ningún tipo
espiritual; sin embargo, el homicidio del egipcio
anunciaba la fuerza y el poder que el Creador entregaría a Moisés para
liberar
a su pueblo, y anunciaba claramente esa
liberación y el escarmiento de los
egipcios. He aquí todo lo que podría interesarles sobre el origen y los
primeros
años de la vida de Moisés. Pueden ver que sus
primeras actuaciones repiten
exactamente las de todos los anteriores
elegidos. Tras pasar cuarenta años
fuera de Egipto, siempre protegido por el Creador, ofreció su cuerpo y
alma en
sacrificio para la liberación de sus
hermanos hebreos. Luego, invocó al Creador
para saber si este sacrificio había
sido de su agrado. El Creador le envió un
ángel que le informó de su destino,
acorde a su resignación, firmeza y amor por
sus hermanos. El ángel dijo a
Moisés: “Conduce a tu pueblo hasta los confines
del desierto de Madián; allí el
Creador te hará saber Su voluntad”. Moisés
realizó una invocación entre el
desierto de Madián y el monte Horeb, volviendo
a ofrecer su cuerpo y su alma al Creador: “¡Oh Padre Eterno, Creador de todos
los poderes!. ¡Acepta el sacrificio
que te ofrezco en la santidad y pureza del
poder divino
que recibí de
Tu gracia y
para Tu gran
gloria!. Me entrego
totalmente a Tu grandeza infinita.
Hágase en mí según Tu voluntad; recibe el
sacrificio de mi alma, mi corazón y mi cuerpo, y de todo lo que me pertenece
94
espiritual y
temporalmente, para la
expiación del pecado
del padre de los
hombres y de toda su descendencia. Todo procede de Ti y a Ti ha de volver.”
A diferencia de la primera vez, Moisés precisó las tres
partes de su
sacrificio y sintió que su operación había sido del agrado del
Creador. Ofreció
primero su alma, pues no puede ofrecerse
nada más perfecto al Creador que el
espíritu menor, que es semejante al espíritu divino. En segundo lugar,
ofreció
su corazón, es decir el poder espiritual
que recibe el alma en el momento de su
emanación. Este poder está representado por los cuatro caracteres inscritos en
el corazón del hombre; caracteres que
los anatomistas ya conocían pero no
sabían interpretar, por lo que omitieron su explicación, como aclararé
cuando
tratemos ese tema. Por último, Moisés ofreció su cuerpo para
proclamar las
tres esencias espirituosas de donde proceden todas las formas incluidas
en el
universo. Tras esta segunda operación, el
espíritu divino le llamó por el nombre
de Moisés, el mismo que había
recibido de la hija del Faraón, lo que le confirmó
la primacía que el Creador le otorgaba
frente a sus hermanos. El Espíritu le
explicó cómo debía entrar en el centro
del esplendor del fuego divino que
rodeaba al monte Horeb, montaña que
se denomina enigmáticamente “bosque
ardiente”. Moisés, quitándose los
metales y elementos impuros, se extendió
completamente boca abajo, representando el descanso de la materia
abatida
por la presencia del Espíritu del Creador y
el descanso natural de todas las
formas tras sus operaciones temporales. Esta actitud también representa,
por
un lado, la necesaria reintegración de todas las formas corporales particulares
a la forma general; por otro, la separación
del alma al contemplar el espíritu,
pues el cuerpo material no interviene
en modo alguno en lo que sucede entre el
menor y el espíritu divino. La
confirmación de esto la encontramos en el éxtasis
de contemplación divina de sabios y elegidos del Creador y del mismo Cristo.
Esta vaguedad del cuerpo mientras el alma está en
contemplación no es
difícil de entender. Piensen en un hombre
dormido, ¿no podríamos disponer de
su forma e incluso destruirla sin que pudiese
defenderse?. No piensen que esto
se debe a que tiene los ojos cerrados, pues
algunas personas duermen con los
ojos abiertos y no por eso están más protegidas. Lo único que ocurre es que el
alma ha interrumpido la relación entre sus
funciones espirituales y las funciones
corporales de la forma, y el cuerpo queda
bajo la dirección del agente corporal,
que no conoce qué puede sucederle de bueno o malo si no se lo
comunica el
alma. Lo mismo ocurre cuando la contemplación
es suficientemente fuerte,
pues afecta profundamente
al alma; el
cuerpo entra en
una especie de
inacción,
no puede recibir
impresión alguna porque
el alma se
dedica por
completo al objeto de su contemplación
espiritual. No deben pensar que el
alma se separa
del cuerpo, únicamente
lo hace en
acción espiritual, no
literalmente. La prueba de esta insensibilidad corporal cuando el alma está en
contemplación la tenemos en los suplicios causados al cuerpo de Jesucristo y
de diversos mártires. El cuerpo de Cristo no
sentía el dolor de los tormentos
que se le infligían. Si este cuerpo
se movía, era simplemente por la acción de lo
que lo oprimía contra su ley natural.
Aquellos que sufrieron terribles suplicios
por seguir el ejemplo de Cristo,
gozaron de Su misma gracia de acuerdo con su
misión, que sólo pretendía la gloria del Creador. La contemplación de Cristo
era
ante el Espíritu del Padre; la de los dichosos mortales que le han
imitado, ante
el del Hijo divino. Esto aclara la interrupción de la acción del alma y la
ausencia
95
del cuerpo o ignorancia
de lo que ocurre a su alrededor. Pero volvamos a Moisés.
Mientras se
encontraba postrado, el
Creador le entregó
los cuatro
poderes
divinos necesarios para
actuar contra los
cuatro príncipes
demoníacos, que
manifestaban toda su
maldad contra Israel
en tierras de
Egipto. Toda la gloria y justicia del Creador se manifestaría gracias a este
sabio
nuncio. Con esta finalidad, le dotó
con los mismos poderes de los que había
gozado Adán
en su estado
de gloria; lo
que demuestra que
todo hombre
deseoso de aprender puede lograr perfectamente ese cuádruple poder, aunque
tenga un cuerpo material. Moisés se
resistió a la voluntad del Creador, pero no
fue por desobediencia o rebeldía sino porque se veía incapaz de llevar a
cabo
la misión encomendada por el Creador, dado el defecto de pronunciación que
tenía después de la experiencia realizada por su protectora, la princesa, en su
niñez. Su temor y su desconfianza
evidencian que sólo podemos contar con un
mandato sublime si
lo recibimos del
Altísimo. El Creador
dispuso que su
hermano Aarón fuera con él para
interpretar sus palabras y que Ur le ayudara a
realizar sus
operaciones espirituales. Aarón
significa “hombre superior en
gracia divina”
o “profeta divino”,
y Ur, “fuego del Señor”
o “espíritu de la
Divinidad”. Moisés
dijo entonces: “Hágase
la voluntad de
Dios, según Sus palabras,
para liberación de Su pueblo y castigo de los egipcios.”
Inmediatamente se dirigió a la tierra de Egipto con sus
dos ayudantes,
se presentó ante el Faraón y le ordenó, en
nombre del padre Eterno, que
devolviese la libertad a los hebreos. El Faraón se negó. Moisés
volvió a repetir
esta orden una segunda y una tercera vez, pero la respuesta fue la misma.
Al ver la
rebeldía del Faraón, Moisés se dirigió al centro de Egipto para
utilizar todo el poder que le había
entregado el Creador. Asoló Egipto y castigó
a sus habitantes con siete terribles
plagas que sumieron estos lugares de
tinieblas en el colmo de la desolación, como relatan las Escrituras. Luego,
Moisés advirtió a todos los hijos de Israel que estuviesen listos la
medianoche
del 14 al 15 de la Luna Nisan o marzo, pues
ese era el momento en que serían
liberados de
su esclavitud y se dirigirían
a la tierra
que el Creador
había
prometido a sus padres. El pueblo
cumplió las órdenes que había recibido.
Moisés, por su parte, se preparó
para llevar a acabo su importante misión. Hizo
traer un cordero blanco de un año, sin mancha exterior o interior; este cordero,
símbolo de la víctima que sería
inmolada posteriormente en beneficio de la
humanidad, representaba también la pureza del cuerpo y alma de los hijos
de
Israel. Aarón degolló el cordero como ofrenda de expiación, Moisés marcó con
su sangre las cuatro esquinas del lugar donde
realizaría su gran rito para
castigar las cuatro partes de Egipto y
derramó la sangre que sobraba por el
suelo. Moisés ordenó a todos los hijos
de Israel que buscasen un cordero
similar al suyo. Los ancianos de
cada familia debían degollarlo y marcar con su
sangre el dintel y los dos postes de la puerta de su casa. Esa era la
marca de
la alianza del Creador con Israel y de la exterminación total de los egipcios.
Esa señal enseñaba a los israelitas dos cosas: la
primera, que la sangre
animal, tomada como
símbolo de poder,
representa su alma
espiritual; la
segunda, que esa misma sangre era el tronco y el lugar desde donde su alma
96
rige y dirige su forma
particular. Esta figura también simbolizaba las cuatro
regiones celestes desde
donde Moisés hacia
salir, gracias a
sus cuatro
poderes divinos, a los ángeles exterminadores
para castigar a los egipcios y
velar por la defensa del pueblo de Israel durante su huida de Egipto. Moisés
ordenó
a los israelitas
que degollasen al
cordero elegido, lo
cocinasen,
comiesen toda su carne desde la cabeza hasta la mitad del cuerpo y dejasen
que el fuego consumiese el resto.
Con esa orden de cocinar el cordero, Moisés
representaba a
los israelitas la
purificación de su
forma corporal como
preparación para la comunicación del intelecto espiritual divino; al
ordenar que
se quemase lo que quedara de él, quería
representarles la reintegración de las
esencias espirituosas al eje central
del que proceden. Pues, al igual que el
fuego reduce a cenizas todo lo que quema, el eje central tiene la
propiedad de
devorar y hacer
desaparecer totalmente todo
lo que se
reintegra en él,
eliminando cualquier forma
y sustancia que
pudiera ser habitada
por un
espíritu. Moisés indicó a los israelitas que
aquellas familias que no tuviesen
cordero debían reunirse con otras que
sí tuviesen. Así anunciaba la futura
aceptación de la ley divina por los idólatras de Egipto.
Para explicarles los acontecimientos previos a la
liberación del pueblo
hebreo de su
esclavitud, debo relatarles
las operaciones espirituales
que
Moisés se vio obligado a oponer a las de los magos de Egipto y los sabios de
Ismael,
que encontraban entre
los egipcios. Estos
magos y sabios
habían
profesado secretamente en Egipto, de
generación en generación, la ciencia
divina, pero Moisés les descubrió y les dijo así: “En verdad os digo,
magos de
Egipto y sabios de Ismael, que vengo en
nombre del Padre Eterno para oponer
mi poder al vuestro, para gloria de Dios, de quien todo depende, y para
liberar
a
Su pueblo elegido. ¿Por
qué actuáis contra
la voluntad del
Creador,
endureciendo el alma del Faraón e
induciéndole a rechazar la petición que he presentado a favor de Israel?”. Los
sabios y magos le contestaron: “Si el Dios al
que sirves es tan poderoso como dices, ¿por qué no se vale de Su propia voluntad,
sin ayuda de un ser como tú?. Vete, tú Dios no es el que afirmas, tu poder es
una farsa.”
Moisés,
sorprendido por este insulto, tiró al suelo la vara que tenía en la
mano
derecha, que se
convirtió en una
serpiente. Uno de
los sabios tiró
también su vara que, al igual que la de Moisés, se convirtió en una
serpiente.
Las
dos serpientes permanecieron
enfrentadas durante todo el tiempo
que
Moisés interpretó a los magos de Egipto el tipo de esta metamorfosis:
“Magos
de Egipto y vosotros, sabios de Ismael, conozco vuestro poder y lo que puede
hacer; vuestro poder es al mío lo que el
mío es al del Dios vivo de Israel. Estas
serpientes que se arrastran por el
suelo explican la postración y el final del
vanidoso poder de los demonios y de
los hombres que han seguido su ejemplo.
La serpiente salida de mi vara, que
devorará a la de la tuya, anuncia que el
hombre no siempre reptará por la tierra, sino que un día disfrutará de
su poder
original y marchará de pie contra aquellos que le han hecho caer. Además, os
digo que
la transformación de
estas varas en
formas repugnantes es la
explicación real de la transformación de las
formas gloriosas de los espíritus
superiores demoníacos y menores espirituales divinos en vil materia
terrestre,
que les
mantiene en privación.
Y dirigiéndose al
Creador añadió: “¡Señor,
97
levántate y anda frente
a mí, para que se manifieste Tu gloria ante Tu poderoso elegido!”
Tras esta invocación, Moisés asió la cola de la serpiente
que estaba a su
lado; una vez en su mano, ésta volvió a
convertirse en cayado. El mago de
Egipto no dudó en hacer lo mismo. Entonces
Moisés volvió a hablar y le dijo:
“La desaparición de estas serpientes para volver a tomar su forma
original os
demuestra que la existencia de todas las formas de este universo no es real ni
se debe a ellas mismas, sino al ser que las anima, y que todo lo que existe en
apariencia desaparecerá con tanta facilidad
como esas dos serpientes que
actuaban ante vosotros. Sabed, además, que la destrucción de las formas
de
estas dos serpientes anuncia claramente la
destrucción de la tierra que habitáis
y de sus
habitantes. Temblad si
os encontráis entre
aquellos que serán
castigados por la justicia del Padre Eterno”.
El mago, sin atreverse a realizar
nada más ante Moisés, se inclinó y
regresó con el Faraón, pero no le refirió las
ciencias que aquel poseía.
No es necesario detallar todas las operaciones
particulares de Moisés
para
lograr la liberación
de sus hermanos,
pues las Escrituras
lo explican
bastante claramente; sin embargo, quiero que
sepan lo que simbolizan los
cuatro sabios de Ismael y los tres magos de Egipto de los que les
he hablado.
Los cuatro sabios
nos enseñan que
el verdadero culto
al Creador, y su
ceremonial, ha permanecido y permanecerá
siempre entre los hombres de la
tierra hasta el final de los siglos.
Pero, con frecuencia, la debilidad y la iniquidad
de los hombres
les han hecho
abandonar ese conocimiento
divino para
dedicarse a cultos materiales, como
representan los tres magos de Egipto.
Estos tres magos
realizaban exclusivamente operaciones
demoníacas,
viviendo voluntariamente al
amparo de lo
material. Por este
motivo, se
encontraron entre los desafortunados que perecieron bajo la justicia del
Padre
Eterno en Egipto.
Estos tres magos no cesaban de combatir el poder
espiritual de Moisés y
de oponerse a sus trabajos espirituales,
hasta su novena actuación en nombre
del Creador. La
imitación que los
magos hicieron de
su actuación logró
inquietar a Moisés e incluso hizo que se tambaleara la gran fe que tenía en el
Creador. Con lágrimas en los ojos, exclamó:
“¡Oh, Padre Eterno, Dios de Israel!
¿en qué he fallado en la misión que me
habías encomendado?. ¿Por qué,
Señor, no he sido advertido de que no
era el único a Tus órdenes en la tierra
de Egipto?. Ten piedad de Tu servidor,
que obrará sin Tu ayuda”. Tras esta
oración, Moisés sintió renacer en su
alma la más viva fe. El décimo día, cuando
debía finalizar todos sus actos divinos, convocó a los cuatro sabios y a
los tres
magos ante el
Faraón, para que
fuesen testigos de
su décima y
última
actuación. Una vez reunidos, Moisés les dijo:
“El Dios de Israel todo lo oye y
todo lo sabe; ha visto a los sabios de
Ismael; ha oído a los tres malvados
magos de Egipto, uno de ellos servirá de ejemplo a los demás”. Moisés
llevó a
cabo su actuación con ayuda de Aarón y Ur, pero uno de los tres sabios, más
intrépido y temerario que los otros, se
aproximó al círculo. Inmediatamente,
Moisés le
hizo apartarse apoyando
en su pecho
dos dedos de
su mano
derecha. El
mago retrocedió, pero
salió del círculo
sin apartar la
vista de
Moisés para intentar entender qué se proponía contra él y qué ocurriría tras su
98
invocación, en la que éste decía: “El Creador
ha depositado todo su poder en
su servidor Moisés, agradeciéndole la gran fe
que ha depositado en Él. ¿Por
qué el Dios al que adora este mago no
rinde a su servidor el mismo tributo?.
¿Por qué deja que se convierta en
ejemplo inmemorial de la justicia divina para
Israel y todo Egipto?”. En cuanto hubo pronunciado estas palabras, el
cuerpo
del mago sufrió una transformación que
turbó a todos los presentes. Esa fue la
última operación espiritual divina en la tierra de Egipto. Todo lo que
les acabo
de relatar debe
ayudarles a entender
que el poder
de los demonios
no
prevalecerá jamás contra el del Espíritu
Divino. Observen además, que toda
acción en el
universo tiene una
reacción; si no fuera
así, no existiría
el
movimiento
ni la vida,
ni habría formas
corporales. De igual
modo, sin la
reacción demoníaca, no
existiría vida espiritual
fuera de la
circunferencia
divina.
El Faraón, horrorizado por las plagas que Moisés había
desatado sobre
Egipto, se vio forzado a aflojar su yugo sobre
los hijos de Israel, poniéndolos
bajo la dirección de Moisés para que fuesen a ofrecer un sacrificio a su Dios.
Además, les permitió
llevarse prestado vasos
de oro y
plata, diferentes
utensilios de metales preciosos y todos los perfumes necesarios para el gran
culto que Moisés realizaría con su pueblo. Les fijó un tiempo para
ofrecer sus
sacrificios
pero, viendo que
no regresaban pasado
ese tiempo, el
Faraón
ordenó perseguirles, no tanto para devolverlos a su estado de
esclavitud, sino
para recuperar todas las riquezas que habían cogido prestadas a los egipcios.
La
mayoría de los hombres, poco conocedores de los tipos espirituales
que ocurren en el universo, han tachado a los
hijos de Israel de ladrones y
traidores por
llevarse esos bienes.
Pero, ¿en qué
fundan su juicio
esos
ignorantes?. ¿Saben en qué
consintieron las riquezas
que los israelitas
cogieron a los egipcios?. ¿Saben qué uso les dieron?. ¿Saben si el
pueblo de
Israel realizó ese supuesto mal por su única
voluntad o si actuó, como en el
resto de sus operaciones divinas, por
orden de Aquel que acababa de liberarles
de la esclavitud?. Para que vean hasta
dónde llega la ignorancia de esos
supuestos eruditos, les diré que todas las riquezas en cuestión eran los
ídolos
materiales
de los egipcios.
La incautación que
hizo de ellos
Israel era un
verdadero castigo de
la justicia divina,
para privarles de
los objetos más
preciados de
su idolatría; ese es el
inevitable destino de
todos lo que se
consagran en cuerpo y alma a la
materia. El príncipe de la materia favorece
momentáneamente a sus seguidores
para alejarlos, en pensamiento u obra, de
su único principio espiritual divino; pero, una vez que han alcanzado el
colmo
de sus satisfacciones, los abandona rodeados
de trampas para hacer que se
precipiten en los abismos.
No puede decirse que Israel se enriqueciese con los
bienes que incautó
a los egipcios. Según cálculos realizados, la
suma ascendería a un millón de
nuestra moneda. ¿Bastaría para
enriquecer a un
millón doscientos mil
hombres, mantenerles
durante los cuarenta años que permanecieron en el
desierto, respaldar las
importantes guerras que debieron luchar?. En vez de
imaginarlo, piensen que Israel vivió en el desierto gracias al sustento
celestial;
que las batallas contra los enemigos de
Dios eran enfrentamientos espirituales
para los que no necesitaban dinero; que los israelitas no utilizaban entre
ellos
99
monedas de
oro, de plata
ni de metal
alguno para cubrir
todas sus
necesidades. Vean, además, que no
realizaron, ni en el desierto ni al llegar a la
tierra prometida, ningún tipo de negocio o
comercio de bienes materiales con
las riquezas tomadas a los egipcios. Todo
esto pone en evidencia la parcialidad
de quienes sospechan de la rectitud de los israelitas y les tachan
de ladrones.
Semejantes reproches sólo pueden ser dictados por la ignorancia y el orgullo;
quienes,
por su indiscreción,
los han hecho
salir a la
luz, no han
tenido
dificultades para seducir y convencer al resto de los hombres con sus palabras.
Los débiles que se hayan dejado
seducir por ellos, a poco que hagan uso de
razón y vean la verdadera luz, serán los primeros en condenarles. Pero,
para
acabar con las deshonrosas sospechas que recaen sobre Moisés y su pueblo,
bastará
con relatarles en
qué utilizaron el
botín incautado a
los egipcios.
Sepan, por tanto, que todos esos
vasos, metales y utensilios de oro y plata sólo
sirvieron al pueblo de Israel para
realizar los diferentes cultos divinos y decorar
el templo o
arca de la
alianza erigida por
Moisés en gloria
del Creador.
Continuemos con el relato:
Moisés, que sabía que el camino que deberían recorrer para
evitar la
persecución del Faraón sería muy largo, ordenó a los israelitas
que reunieran
enormes
provisiones de pan
sin levadura para
poder sobrevivir hasta
que
entraran al desierto de Canaan. Sólo
les explicó el significado de ese pan sin
levadura, que tanto les había
extrañado, una vez allí: “Sabed, pueblo de Israel,
que el pan sin levadura que comisteis
con el cordero en tierras de Egipto
durante vuestros
últimos ocho días
allí, os anunciaba
la vida espiritual,
el
alimento del que os proveerá el Creador durante todo el tiempo que
combatáis
en Canaan. Esos
alimentos diferentes os
anunciaban, asimismo, vuestra
reconciliación con el
Creador y vuestra
liberación de la
esclavitud, pues
abandonabais
los alimentos profanos
de los egipcios,
quienes serían
exterminados por el
Creador”. Israel entendió
estas palabras de
Moisés
cuando, tras cruzar el mar Rojo, empezó a
llover maná. Pero ya hablaré de
esto en el lugar correspondiente.
Las
diferentes expediciones que el Faraón envió en persecución de los israelitas
representan las artimañas y recovecos de los que se sirve el espíritu demoníaco para corromper al hombre con su
abominación y destruir, así, su poder. Eran una simple repetición de las
trampas que los demonios tendieron en otra
época a los
israelitas, que les
hicieron caer bajo
el poder de los
egipcios. Pero el espíritu divino protector y defensor de los hombres
utiliza los mismos métodos para escarmentar al espíritu demoníaco, por lo que
se sirvió de Israel para la destrucción de Egipto.
Israel era el tipo del intelecto espiritual divino, sus
diferentes partidas
antes
y después de
cruzar el mar
Rojo eran los
medios espirituales que
utilizaba
el Creador para
ajusticiar a Sus
enemigos y liberar
a Su pueblo
elegido. Israel pudo presenciar claramente
esta protección divina en el desierto
de Fihahirot, entre Migdol y el mar Rojo. El
primer nombre significa “acción
redimida”, el segundo “forma de abominación” y el del mar Rojo “abismo de
amargura”.
100
Moisés,
estando en el
desierto con todo
Israel, divisó el
frente del
ejército egipcio que marchaba contra ellos. Realizó una última
invocación para
poner a los hijos de Israel bajo la
protección del Creador, pues no creía que su
poder fuera suficiente para evitarles el mal y la desgracia les
amenazaban. Su
súplica fue escuchada; el pueblo de Israel, que había sucumbido al temor y al
pánico ante sus enemigos, se reafirmó en una confianza ciega en el Creador y
en su servidor Moisés. Esta fe se vio
fortalecida por una columna de nubes que
formó una especie de muralla entre el
ejército de Israel y el de los egipcios, que
no podían verse uno a otro aunque
estaban en el mismo desierto. Al ver esta
columna, Israel entero exclamó:
“Alabado sea el Dios de los hijos de Israel, que
nos ha salvado
de la rabia
de nuestros enemigos”.
El pueblo de
Israel
permaneció aún varios días en el desierto, bajo la protección de esa columna
de nubes pero, cuando llegaron al mar Rojo,
el Creador hizo desaparecer la
columna para que pudiesen ver la
manifestación de la justicia divina contra sus
enemigos. Al ver al ejército egipcio,
el desconcierto y el pánico volvieron a
apoderarse de
los hijos de
Israel, pero lograron
tranquilizarse y, sacando
fuerzas de su fe, se sometieron a la
voluntad del Creador y de Moisés.
Moisés había indicado
quiénes deberían librar
batalla. Separó a las
mujeres, niños y ancianos de cada tribu, disponiendo que serían
los primeros
en
cruzar el mar
Rojo, guiados por
él. Luego situó
a su hermano
Aarón
dirigiendo a los elegidos para la batalla, a Ur en la parte media y a
Josué en la
retaguardia. En este orden se pusieron en
marcha ante el ejército egipcio, para
que les persiguieran hasta el punto en el que el Creador exterminaría al Faraón
y a su pueblo. La noche del 14 al 15
de Nisan o mes de marzo, Moisés llegó
con todo su ejército a la orilla del
mar Rojo. Una vez allí, se situó a la cabeza
de los que
debían pasar en
primer lugar, es
decir las mujeres,
niños y
ancianos. Extendió su mano sobre las aguas y
hundió en ellas su cayado.
Inmediatamente, las aguas se
separaron a derecha e izquierda dejando el paso
libre a los israelitas. Una columna de fuego marchaba delante del pueblo, por
el
camino que Moisés había trazado.
Esta columna marchaba siempre delante de
Moisés y su pueblo, iluminándoles y sumiendo así a sus enemigos
en una
oscuridad mayor. Moisés llegó con su grupo hasta la mitad del mar Rojo y
allí
esperó a los demás. Luego continuó su marcha,
conduciendo a los hijos de
Israel hasta la otra orilla, donde volvieron a caminar sobre senderos de
tierra.
El Faraón había visto que los israelitas se encontraban
cerca del mar
Rojo, por lo que redobló su marcha para
alcanzarlos. Al perderles de vista en la
oscuridad, ordenó a su ejército que
encendiesen antorchas para seguir sus
huellas; sin embargo, este recurso acabó
perjudicando a los egipcios, más que
ayudarles, pues el ejército del Faraón,
ocupado en seguir las huellas de sus
enemigos, no se dio cuenta de que se había
alejado de la orilla del mar y
marchaba entre las aguas suspendidas a ambos
lados. Si bien es cierto que el
camino trazado era suficientemente amplio para
no percibir el peligro, sobre
todo en una noche tan oscura. Finalmente,
cuando el Faraón y todo su ejército
se encontraban a medio camino, e Israel ya
había salido de entre las aguas,
éstas volvieron a unirse engullendo a todos los egipcios. El
centro del mar era
el lugar que Moisés había asignado a los espíritus exterminadores para lograr
la derrota completa de sus enemigos. Los israelitas acamparon al otro lado del
mar, a decir verdad, sin orden ni concierto. Cuando hubieron descansado unas
101
dos horas, Moisés les despertó para hacerles
meditar sobre la bondad infinita
del Creador, que se había manifestado de tal
manera ante ellos. Hizo que
rindieran gracias al Padre Eterno.
Cuando finalizaban la acción de gracias,
empezó a despuntar el día quince de la
Luna. En ese momento, vieron caer
maná por primera vez. Moisés les informó que era el alimento que les
enviaba
el Creador, confirmando así su gracia y su
reconciliación. Les advirtió que cada
uno de ellos podía coger una porción
de este maná para su sustento diario,
pero
que no les
estaba permitido guardarlo
para el día
siguiente; si
desobedecían esta ley, el maná que
hubiesen guardado se corrompería y no
podrían comerlo. Les dijo, además, que cada porción que tomasen en
exceso
se deduciría de las de otros israelitas, de manera que nadie podría tomar más
de su porción sin perjudicarse a sí mismo y a sus hermanos; no obstante, para
que el castigo recayese especialmente en el
culpable, éste enfermaría de lepra
y guardaría siete días de ayuno y penitencia. Además, ordenó que, durante los
días
de su expiación,
la porción de maná del
culpable se repartiera
entre
aquellos de sus hermanos que
hubiesen resultado perjudicados por su codicia,
así su tribu sabría que entre ellos había pecadores que habían sido castigados
por el Padre Eterno. Estas fueron las primeras instrucciones que recibieron
tras
cruzar el mar Rojo, instrucciones que nos enseñan que el sustento de
nuestro
ser, temporal o espiritual, depende del poder del Creador, no del nuestro ni de
nuestra disposición demoníaca.
Tras estas instrucciones, Moisés prohibió a los israelitas
lavarse en el
agua del mar Rojo y utilizarla para uso alguno, pues estaba
manchada con la
sangre
de la abominación
y en sus
abismos yacía, por
una eternidad, la
iniquidad de Egipto y de sus
habitantes. Luego se dirigió a ellos, diciéndoles:
“Israel, lo que os he dicho respecto a la manifestación de la gloria y
la justicia
divina es superior a todo lo que podáis
imaginar. Que el recuerdo de la gloria
del Creador permanezca por siempre en vuestra memoria, de generación en
generación, hasta el final de los siglos, y que las plagas que ha enviado para
manifestar Su justicia sean por siempre recordadas por los habitantes de los
cielos y la tierra. Dirigid vuestros
ojos hacia la orilla de ese mar que habéis
cruzado sin mojaros los pies y reconoced el prodigio del Creador para
vuestra
liberación
y reconciliación”. El
pueblo de Israel
dirigió su mirada
al mar y,
viendo en él los cuerpos de todos los hombres del ejército de Egipto,
entre los
cuales
se confundía el
del Faraón, se
prosternó a los
pies de Moisés
exclamando: “Moisés, que
el Dios de
nuestros padres, que
te ha erigido
protector de los hijos de Israel, te oiga
eternamente. Te suplicamos, en nombre
del Dios que nos ha hecho llegar aquí,
que le presentes nuestras almas en
sacrificio y en acción de gracias por todos los favores recibidos, para
que nos
proteja por siempre del terrible azote de Su justicia.”
Los
cadáveres de los egipcios flotaron durante todo el día de la Luna de
Nisan. Se desplazaban primero hacia la orilla
de Egipto y luego hacia la orilla
donde se encontraba
el pueblo de
Israel. Los cadáveres
realizaron este
recorrido varias veces, para que los restos infortunados de los egipcios fuesen
testigos de la gloria del Creador y de la justicia que ejercía contra Egipto y
en
beneficio de Israel. El cuerpo del Faraón fue el último en ser sepultado por
las
aguas, permaneció flotando aún un día
cuando el resto de los cadáveres ya se
habían dispersado.
102
A partir de entonces, Moisés empezó a establecer el culto
divino de
Israel. Volvió a decretar las cuatro vigilias
diarias (cuatro oraciones cada seis
horas) y las
cuatro invocaciones anuales;
la última de
ellas era la
gran
invocación de Moisés para agradecer los
beneficios concedidos por el Creador,
bien
en sus oraciones
anuales, bien en
las diarias. Moisés
restableció los
diferentes cultos en
cuarenta y nueve
días; el día
cincuenta explicó a los
israelitas todos los
prodigios que habían
acompañado a su
liberación: “En
verdad os digo, pueblo de Israel, que el Creador ha puesto en vigor la
ley para
vuestra reconciliación espiritual. Ha contrarrestado poder con poder, como os
expliqué con mis operaciones contra los
sabios de Ismael y los magos de
Egipto. Todo ha sido realizado para
vuestra satisfacción particular y para la
gloria del Creador y la manifestación
de Su justicia. Este ser superior es, al
mismo tiempo,
vuestro Creador, vuestro
libertador, vuestro guía
y vuestro
defensor. Podéis ver el tipo de
vuestro libertador en Aarón, que representa la
acción del Creador. El tipo de vuestro guía lo tenéis en Ur y el tipo de
vuestro
defensor, en Josué. Así, cada una de las
cuatro personas que han ayudado en
vuestra liberación, representa un tipo de la cuádruple esencia divina de
la que
se ha servido el Creador para vuestra
reconciliación. Escuchad ahora lo que
voy a deciros sobre los hechos
acaecidos en vuestro favor en tierras de Egipto:
hacen alusión a tres grandes virtudes
y poderes que el Creador ha querido
manifestar para fortalecer Su ley y a los hijos de Israel y para
aniquilar a todos
sus enemigos.
La primera se manifestó desde la infancia de vuestro
servidor Moisés: floté sobre las aguas, privado del uso de
todos mis sentidos corporales y bajo la única
guía del Creador.
Así flotaba el
espíritu divino antes
que fuesen separadas la luz y las tinieblas, y de que cada
cosa del universo tomara el lugar que
le correspondía naturalmente según la ley. Así flotó Noé con su pueblo reconciliado. Noé fue el elegido del Creador para
presenciar la manifestación de la justicia divina y redimir el culto
divino en la tierra. Yo, Moisés, también he sido
elegido para recordaros que el Señor es el único Creador de todo lo que tiene
vida y acción en este universo. Cuando flotaba sobre las aguas, vosotros estabais aún lejos de su elección espiritual e
ignorabais el tipo que el Padre Eterno le hacía representar en vuestro favor.
La
segunda virtud se anunció gracias a todas las obras realizadas ante
los cuatro sabios de Ismael y los tres magos
de Egipto. Los cuatro sabios
combatieron mi poder, repitieron mis
cuatro primeras actuaciones, no supe qué
espíritu les guiaba
hasta que no
cumplí la voluntad
del Creador; lo que
demuestra que es imposible que el hombre
comprenda él solo las diferentes
acciones de la Divinidad. El
repugnante cambio de la forma corporal del primer
mago del Faraón hacía alusión a la
transformación del poder espiritual de los
menores en los tres círculos:
sensible, visual y racional, donde tendrán que
actuar durante un periodo, dos periodos y medio periodo. El primer periodo
será en el círculo sensible, el más
cercano a la materia terrestre; el segundo en
el círculo visual, el más cercano a la materia enrarecida; y el medio
periodo en
el círculo racional, que es el más cercano
al ultraceleste. Esto es, en verdad, lo
que os enseña la transformación
sufrida por el primer mago.
103
El primer grupo israelita que cruzó el mar Rojo representa
la salida de
los hombres de las tres partes de la tierra
al ser liberados por el Creador de las
tinieblas en que habitan, gracias al Mesías.
Los tres tipos de personas que
conformaban este grupo significan los tres
ángulos de la tierra: los ancianos, el
oeste; las mujeres,
el sur; y
los niños el
norte. Aquí, volvemos
a ver la
verdadera forma de la tierra, tal como la
representó Adán al enviar a Caín al
sur; a Set, el menor de sus descendientes, al norte; y quedarse él en el
oeste,
en lugar de Abel. El segundo grupo de
israelitas, elegido para combatir a los
egipcios, marchaba
iluminado por la
columna de fuego,
que se apagó
en
cuanto cruzó todo
el ejército de
Israel; representa a
los espíritus mayores
elegidos por el Creador para guiarnos y defendernos en nuestro enfrentamiento
espiritual contra Sus enemigos; estos elegidos son la sombra y el
instrumento
de los espíritus mayores que protegen Israel por orden del Creador. Observad
atentamente
la elección realizada
por el Creador
entre vosotros y
seguid
fielmente sus recomendaciones para
evitar Su reprobación.
La
tercera virtud se anunció en los diferentes caminos que os he hecho
seguir por los desiertos de Egipto y por las diferentes operaciones espirituales
divinas que he realizado en las cuatro partes
de esta tierra; así, según las
órdenes que me fueron dictadas,
quedará dividida su vida por toda la eternidad
y será contraria a las leyes generales
del cuerpo general terrestre. Mediante
esta acción contraria a su verdadera
naturaleza, esta tierra sólo tendrá una
vegetación impura,
apenas capaz de
alimentar a los
animales más
repugnantes, que harán de ella su
guarida. Este castigo ha sido aplicado en
vuestra presencia, para que sepáis que, por tercera vez, Egipto ha
presentado
un comportamiento criminal
ante el Creador;
los horrores cometidos
han
atraído sobre esta tierra y sus habitantes todas las plagas de la justicia
divina.
Habéis presenciado el último flagelo de la
justicia del Creador contra el ejército
de Egipto, que fue pronosticado al
incautar vosotros sus utensilios de oro y
plata para impedirles rendir culto a su falsa divinidad. Estos
diabólicos pueblos
no entendieron entonces el tipo de esta
incautación. Al contrario, se sintieron
halagados de que sus utensilios
pudieran servir para el culto del Dios de Israel.
Pero la justicia divina les despojó de
todos esos bienes temporales que no
deberán volver a
utilizar, pues se
repartirán entre las
naciones y serán
deshonrosamente destruidos
por mandato del
Padre Eterno. Sí,
Israel, en
verdad os digo que al dividir así la
vida de esta tierra criminal, habéis caído
bajo el poder de los demonios, pues en
ella sólo hay ahora una multitud de
intelectos demoníacos.
Que este
ejemplo os enseñe a no abusar de los bienes temporales que
el Padre Eterno os permitirá recoger de la tierra prometida a vuestros padres,
que
pasará ahora a
vuestras manos. En
particular, no abuséis
del poder
espiritual que
os ha entregado
el Creador, reflexionad
sobre el espantoso
castigo de Adán y sus descendientes
por profanar ese mismo poder del que
estaba revestida
su alma. No
olvidéis jamás que
todo lo que
acabáis de
presenciar en
tierras de Egipto
es una repetición
exacta de la
justicia del
Creador sobre
la tierra para
expiar el crimen
del primer hombre
y sus
descendientes.
104
El castigo a la tierra por el delito de Adán no fue el
mismo aplicado a sus
descendientes en tiempos de Noé, pues el crimen de Adán fue
diferente al de
sus descendientes. A Adán su orgullo le llevó
a querer ser creador. Él mismo
unió su poder divino con el del
príncipe de los demonios y llevo a cabo una
creación de perdición. Tras este
crimen, degeneró de su estado de gloria,
convirtiéndose en el oprobio de la
tierra y viéndose sometido a la justicia divina,
a
la inestabilidad de
los acontecimientos temporales
y de los
cuerpos
planetarios, antes inferiores a él.
Así, él y toda su descendencia permanecen
en privación divina en un círculo
material: ese es el castigo de Adán. Sus
descendientes delinquieron
y prostituyeron su
poder, uniéndose con
los
demonios para vivir en el libertinaje de sus pasiones materiales. Rechazaron
todas las leyes
divinas que habían
recibido para ser
merecedores de la
reconciliación de sus padres; ultrajaron a la
Divinidad con los más horribles
comportamientos. Por eso fueron castigados con las condenas más crueles
y
deshonrosas; fueron engullidos por las aguas, confundidos con las bestias, la
tierra fue la atroz sepultura de los cadáveres de todos esos menores inicuos y
prevaricadores. Todas las instrucciones que
os relataron vuestros padres, y
que ellos recibieron del Creador, reafirman estos hechos. Pero volvamos al
crimen y castigo de los egipcios.
El Faraón, tipo del primer príncipe de los demonios,
endureció el corazón
de su pueblo contra Israel. Se opuso a todo lo
que el enviado de Dios quería
realizar en favor de sus elegidos; pero armarse así contra Israel era armarse
contra Dios mismo, era reafirmar las
blasfemias, la terrible irreverencia y los
vicios materiales que los egipcios tenían desde mucho atrás, era abjurar del
poder divino y atacar directamente al
espíritu de Dios vivo. Por eso, este pueblo
criminal fue engullido por las aguas del mar Rojo tras flotar largamente en
ellas,
para servir de ejemplo inmemorial a los
cielos, la tierra e Israel. Así fueron
castigados por su crimen contra el espíritu del Creador. Hijos de
Israel, que lo
que acabo de
relataros sobre los
tres tipos de
pecados de los hombres
terrenales contra el Creador y sobre las diferentes condenas del Dios de Israel
a todos los culpables, permanezca siempre en
vuestra memoria y en la de
vuestros descendientes, de generación
en generación. Temblad ante todos
estos ejemplos y ante la posibilidad
de ser el cuarto ejemplo de la dolorosa
manifestación de la justicia divina,
pues vuestro castigo sería infinito: seríais
irremediablemente despojados de la ley divina que el Creador os ha
confiado,
al igual que los egipcios lo han sido de sus bienes temporales.
Esta ley que el Creador os ha entregado, prefiriéndoos a
otras naciones,
es una prueba evidente de Su confianza en Israel; pero si este pueblo olvida al
Creador, la ley le será retirada igual que le
fue entregada, sin que se dé cuenta,
sin ruido, sin estrépito, sin necesidad de las guerras temporales
de las que se
sirven los hombres. Ya no se tratará del
enfrentamiento de distintos poderes,
sino simplemente de la acción de la justicia contra la injusticia;
entonces Israel
se sumirá en la confusión, su memoria se
oscurecerá de tal modo que no
recordará nada referente al culto divino. Le será arrebatado el nombre del
Señor, pasando una eternidad en manos
extranjeras. El pueblo de Israel se
dispersará entre
naciones extranjeras, viviendo
en servidumbre y
privación
divina hasta el
final de los
siglos. Entonces, Israel
será el oprobio
de los
105
hombres y de todo el
universo. Esto os digo, hijos de Israel, en nombre del Padre Eterno”
Tales son los hechos que realizaron Moisés, Aarón, Ur y
Josué para la
manifestación de la gloria y la justicia del
Creador en el universo. Así actuará
eternamente
a favor o
en contra de
Su criatura espiritual
superior, mayor,
inferior y menor. No me detendré en los hechos
particulares acaecidos a los
israelitas desde que salieron de Egipto, las Escrituras hablan
suficientemente
de sus diferentes expediciones y campamentos.
Hablaré directamente de lo
ocurrido en el Monte Sinaí, nombre que
significa “altura y prominencia de la
gloria divina”. Antes de partir,
Moisés dio órdenes temporales y espirituales a
su hermano Aarón para que se encargase
de los hijos de Israel durante su
ausencia. Éstos
prometieron cumplir ciegamente
todo lo que
Aarón les
ordenara. Moisés, tras dejar todo así dispuesto en el campamento, se
puso en
camino hacia la montaña acompañado de Josué. Cuando estaban a mitad de
camino,
ambos fueron testigos
de la gloria
de Dios ante
ellos. Enseguida
Moisés dijo a Josué: “Quédate aquí,
el Creador reclama mi presencia”. La nube
que habían divisado descendió hasta
mitad de la montaña, separando a Moisés
y Josué. No volvieron a verse hasta
pasados cuarenta días, cuando Moisés
descendió llevando bajo el brazo derecho las dos tablas que el Creador
había
grabado
en su santo
espíritu. Moisés se
reunió con Josué
y juntos
emprendieron camino hacia el
campamento, Josué a la derecha de Moisés, en
el lado en que llevaba las tablas de
la ley. Cuando estaban a un tercio del
camino
desde donde Josué
había permanecido solo,
oyeron una gran
algarabía en el campamento. Entonces
se oyó una voz que interpeló a Moisés:
“Acércate y mira cómo me ultraja tu
pueblo; ese es tu pueblo, no el mío”.
Moisés y Josué aceleraron el paso y
al llegar a la entrada del campamento, que
estaba en la base de la montaña,
vieron a los hijos de Israel bailando con
Aarón alrededor de un becerro de oro.
La conmoción de Moisés fue tal que rompió las tablas de la
ley que
había
bajado de la
montaña y, dirigiéndose
a Aarón, dijo:
“¿Por qué este
pueblo está bailando ante un falso dios?. ¿Por qué no han respetado los límites
espirituales que les prescribí al confiarlos a
tu cuidado?. ¡Es más!, Tú mismo
has puesto en el crisol la materia de la que
está formada este falso dios,
arrojando así a este pueblo al mismo horror
por el que los egipcios han sido
exterminados”. Aarón contestó: “He tenido
miedo, Señor, ante el furor y la rabia
de los hijos de Israel. Me han amenazado con
piedras en tu ausencia, me he
visto obligado a
aceptar sus deseos
para protegerlos de
un mal mayor”.
Moisés, cuya indignación había aumentado por la respuesta de Aarón, le dijo:
“Baja ahora mismo al campamento oeste de Israel y verás el justo castigo que
el Creador ha reservado al crimen de los
israelitas”. Luego, Moisés invocó al
Creador para que designase
espiritualmente a los elegidos para vengar los
ultrajes cometidos contra el Padre
Eterno. Tuvo que elegir a quince hombres de
la tribu de Leví, los organizó en tres
cuadrillas de cinco hombres y les dijo:
“Quienes amen al Creador, que cojan el
cuchillo de su pierna izquierda“. Los
quince elegidos
asieron inmediatamente su
cuchillo con la
mano derecha.
Moisés les bendijo y dijo a sus
elegidos: “Que la primera cuadrilla, la de Simeón
y Leví, marche de levante a
poniente, la segunda de levante al sur, y la tercera
de levante a aquilón. Las tres irán y volverán tres veces por el campamento de
106
Israel, acuchillando a
todos los que encuentren en su camino, sin consideración de edad ni de parentesco; luego volverán aquí acompañados
de Aarón”. La orden de Moisés fue ejecutada, y ese día
pereció una multitud de Israelitas y nuevos conversos
a la ley de Moisés.
De este modo
fue purificado el campamento de Israel y el derramamiento
de la sangre de los culpables logró la gracia de los israelitas ante el Padre
Eterno.
Les resultará fácil ver la relación de estos últimos
acontecimientos con lo sucedido desde Adán hasta Noé,
desde Noé hasta Abraham, desde Abraham hasta
la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, desde esa salida hasta la venida de Cristo, y con lo sucedido desde
la venida de Cristo que continuará
hasta el final de los siglos. Antes de volver a la montaña para buscar las nuevas tablas de la ley, Moisés reunió a los
israelitas que habían sido preservados de la justicia divina ejercida
por los quince elegidos de la tribu de Leví y les explicó lo que acababa de
suceder.
“¡Escucha
Israel!. Siempre os he hablado de la misericordia infinita que
os guarda el Creador, por Su amor a vuestros
padres, que fueron justos ante
Él; el Señor ha otorgado esa misma gracia a su servidor Moisés,
permitiéndole
pertenecer a la categoría de los padres de Israel. Sí, soy el padre temporal de
los hijos espirituales de Israel, no de sus
hijos carnales y materiales. Habéis
sido testigos de la manifestación de
la gloria y la justicia divina en vuestro favor,
por la
fuerza de mis
actuaciones. Habéis visto
claramente manifestarse la
acción y la voluntad del Creador en todo lo que he hecho por vosotros.
Habéis
visto en mí el pensamiento del Padre Eterno, pues lo he leído en Su gloria y lo
he visto cara a cara. Esta montaña espiritual
a la que me habéis visto subir
representa la distancia que hay
entre el Creador y la criatura general o la tierra.
Sobre esta montaña
hay cuatro círculos
imperceptibles para los
mortales
ordinarios que separan la corte espiritual divina de la creación universal.
Esta
montaña es la representación real de todo el
universo. Está dividida en siete
partes que reciben el nombre de
siete cielos celestes universales, mientras que
los cuatro círculos de los que acabo
de hablar se llaman ultracelestes, pues
limitan y
dirigen la acción
de los siete
agentes principales de
la creación
universal. En los círculos
ultracelestes nacen el pensamiento y la voluntad
divina, de ahí proceden las órdenes, virtudes y poderes de todos los
espíritus
que actúan en el universo. Los siete cielos
reciben del círculo ultraceleste todas
sus virtudes y poderes, comunicándolos
después al cuerpo general terrestre.
Tal es el orden que reina entre estos tres mundos. En mi subida a la
montaña
espiritual, dejé a Josué a una distancia considerable, pues aún no puede venir
conmigo
frente al Creador.
La nube que
me cubría con
su sombra,
ocultándome ante Josué y ante
vosotros, es la misma que os ocultó de los
egipcios en el desierto de Fihahirot. Sabed que esta nube es la sombra del
espíritu de Creador, que impedía al demoníaco ejército egipcio y a su
Faraón
servirse de sus sentidos corporales y
espirituales. Así, en sus obras reinaba
únicamente la confusión y todas sus actuaciones se perdían entre las
espesas
tinieblas de las que estaban rodeados. Aunque esta nube os pareciese opaca,
no es semejante a las nubes simples y
materiales, sometidas a las leyes que
dirigen el curso
ordinario de la
naturaleza. Las nubes
materiales están
formadas por una mezcla ordinaria y vaporosa procedente del cuerpo
general
terrestre. Se forman
por la acción
de diferentes cuerpos
planetarios,
107
especialmente por la de
los agentes solares. El poder de atracción de estos
agentes hace subir la humedad vaporosa a
cierta distancia de los círculos; una
vez unida, forma un cuerpo impenetrable para el hombre material,
ocultándole
lo que ocurre por encima de ella e impidiendo el disfrute de la acción solar.
La misión de estas nubes en el universo es modificar y
templar la acción
planetaria para que su influjo sobre el cuerpo
general terrestre y todos sus
habitantes sea más benigno. Debéis saber que todo cuerpo está
formado por
un número de glóbulos completos y perfectos.
Además, cada cuerpo cuenta
con un vehículo del fuego central
sobre el que los habitantes de ese eje actúan
continuamente. En este vehículo del
cuerpo nuboso se producen acciones y
reacciones de gran importancia, pues
es necesario que todos los glóbulos se
dividan homogéneamente para que el
cuerpo de dicha nube se extienda por
todo el círculo que dibuja sobre la
tierra. Así se forman las nubes que dejan
caer maná y lluvia al cuerpo general
terrestre; sin embargo, la nube que os
protegió de vuestros enemigos tenía
otra naturaleza. Esta gloriosa nube, que
os defendió como una muralla en el
desierto de Egipto, era un cuerpo aparente
formado por la acción de una multitud
infinita de espíritus puros y simples
representados por el Espíritu Divino
Creador, que el Padre Eterno hizo salir del
círculo denario. Este Espíritu Divino guiaba a Israel bajo forma de
columna de
fuego; la nube seguía, precisa y exactamente, sus huellas, según las leyes de
mandato,
acción y reacción,
creación y atracción
del Espíritu Divino
sobre
todos esos espíritus y, de acuerdo
con la voluntad del Creador, en beneficio de
Israel y perjuicio
de los demonios.
Esta nube era,
en verdad, un
cuerpo
glorioso, pues estaba formada por el poder
de los espíritus, sin intervención de
la materia. Los agentes del eje
central no podían actuar sobre ella como lo
hacían sobre las nubes comunes y
materiales; aunque los cuerpos gloriosos
son impenetrables a los ojos corporales de los hombres ordinarios, esta
nube
espiritual no privó a Israel de la luz
solar. Durante todo el tiempo que el Creador
manifestó Su justicia contra Egipto,
Israel no se vio nunca privado de la luz
temporal. Los egipcios, por el
contrario, se vieron sumidos en espesas tinieblas
que les dirigieron hacia los abismos
del mar Rojo, haciéndoles caer en él por
tiempo inmemorial.
Esta misma nube gloriosa es la que me separó de Josué y
del pueblo de
Israel cuando subí a la cima de la montaña espiritual de Sinaí. En
el centro de
esta montaña me prosterné y salió mi alma
de mi cuerpo, convirtiéndose en ser
pensante. En ese estado, mi ser
espiritual recibió órdenes directas del Creador.
Sabed, pueblo de Israel, que al hablar
de la cima de la montaña me refiero al
círculo racional superior de todos
los círculos terrestres. Este círculo racional se
denomina círculo
de Saturno o
Saturnino 1. Separa los
demás círculos
planetarios celestes de
los cuatro círculos ultracelestes. La distancia entre la
cima de la montaña y el sitio donde permaneció
Josué representa el círculo
planetario solar denominado círculo
visual 2; los demás círculos planetarios
inferiores se incluyen en la inmensidad del círculo sensible 3. Estos círculos
inferiores son Mercurio, Marte, Júpiter, Venus
y la Luna, y su orden es el
siguiente: 1º Saturno, 2º el Sol, 3º Mercurio, 4º Marte, 5º
Júpiter, 6º Venus y 7º
la
Luna. Esta gloriosa
montaña espiritual indica
la distancia entre
la corte
espiritual divina y la región celeste,
y entre la región celeste y la terrestre.
Observad que esta montaña puede dividirse de dos maneras, por un lado en
108
tres partes y por otro en
siete partes. La primera división consiste en los tres círculos
donde los menores
realizan sus operaciones
espirituales puras y simples, según las órdenes
inmutables recibidas del Creador para alcanzar su reconciliación y reintegración al círculo ultraceleste. ¿Habéis
observado que he marcado vuestra ubicación y he limitado el campamento?. Este
círculo material terrestre que
habitáis es el tipo real del círculo sensible en el que todo menor rinde
tributo a la justicia del Padre Eterno; los diferentes emplazamientos que
Josué y
yo ocupamos en
la montaña explican
claramente las diferentes operaciones
a las que están sometidas los menores en su recorrido temporal por los tres
círculos, el sensible, el visual y el racional.
Ya os he
dicho que el cuerpo que habitáis es el tipo del círculo sensible,
pues en verdad están estrechamente
relacionados. El círculo sensible está
vinculado con el círculo visual, éste
con el círculo racional y el racional con el
ultraceleste. Esto puede
proporcionaros una idea
de la universalidad
del
glorioso número cuaternario, que domina, rige
y dirige todas las cosas. La
segunda división de la montaña, en siete partes, consiste en los siete
círculos
planetarios donde se encuentran los siete agentes principales de la naturaleza
universal. Observad, además, que al unir la
división ternaria a la septenaria,
obtenemos el número denario del Creador, del que todo procede y por el
que
todo ha sido creado; debéis saber que esta
montaña espiritual, que lleva el
número denario ó c, está situada en el centro de la tierra; al
tener la tierra
forma triangular, esta montaña representa el
centro del triángulo. Ya sabéis que
esta montaña se apoya en el cuerpo general
terrestre, ¿no os lleva eso a
pensar que en la tierra habita un ser vivo emanado del Creador,
semejante al
que habita la forma aparente de todos los menores?. La confirmación la tenéis
en la regularidad y el orden infinito de todo lo realizado en este cuerpo
general
terrestre.
Las
virtudes y poderes del Padre Eterno se manifiestan y manifestarán hasta el final de los siglos en esta montaña
espiritual; desde allí se extienden al cuerpo
general terrestre para que su efecto se sienta en las tres partes de la tierra
y en las formas de todos sus habitantes, tanto en el general, como en el particular. La palabra general aquí hace
referencia a los animales irracionales y la palabra particular a los que están animados por un ser espiritual
divino, celeste o ultraceleste.
Todo ser espiritual menor debería entender las sublimes
cosas que os acabo de contar. Ahora os hablaré de las leyes
inmutables que dirigen este universo. No
existe un solo ser, haya sido creado o emanado, cuya vida o actuación en el
círculo universal no esté sometida a estas leyes.
Para que me entendáis mejor, fijáos en vosotros mismos;
preguntáos si
en Egipto estabais dirigidos por ley alguna y,
en caso positivo, si era una ley
espiritual o simplemente animal. Sé que no
podéis contestar claramente a mi
pregunta, pues ignoráis en qué estado
estabais en aquel país de abominación.
Sabed, por tanto, que os encontrabais inmersos en el círculo demoníaco con el
príncipe de los demonios y sus seguidores. No
existíais por vuestra propia
voluntad. No teníais vida y acción propia. No podíais ser guiados
por las leyes
divinas, pues habíais caído en los infiernos de Egipto precisamente por haber
109
abjurado de ellas.
Tampoco os dirigían las leyes puras y simples de las bestias,
pues hasta las bestias vivían y actuaban con
entera libertad, guiadas por su
naturaleza e instinto, al no poder alejarse de sus leyes naturales inmutables.
Erais, por tanto,
inferiores a las
bestias pero, aun
así, teníais leyes.
No
obstante, esas leyes que os dirigían eran simplemente materiales y totalmente
demoníacas. Eran contrarias a las leyes espirituales divinas
del ser menor. Es
más, eran contrarias a las leyes
naturales y humanas. Eran leyes prohibidas
que perjudicaban a quienes las
seguían. Podéis juzgar el peligro de dichas
leyes por la actuación del Creador
contra ellas, sus maestros y sus seguidores.
Todo lo que podría decir lo habéis visto con vuestros propios ojos; sabed, por
tanto, que aunque los príncipes de los demonios
controlan sus propias leyes
detestables, también están sometidos
a la ley inmutable del Creador, pues todo
ha emanado de Él.
Sin esta ley divina, no tendrían existencia; sin este
principio espiritual, no
tendrían pensamiento, voluntad o acción; puesto que no pueden
negarse a la
ley eterna de su emanación, no pueden evitar
la justicia inherente en ella.
Durante vuestra esclavitud en Egipto estabais expuestos a esa justicia
divina;
pero la misericordia del Creador os ha
devuelto a vuestro principio original, a
vuestro primer estado de gloria y os restituye la sublime ley divina que
habíais
rechazado y os había sido retirada. Sois testigos de mis obras para lograr que
el Creador os devuelva vuestros
derechos. Sabéis, pueblo de Israel, que he
sido enviado por el Padre Eterno para manifestar Su gloria y Su justicia. Por
tanto, podéis considerarme el tipo
de la voluntad del Creador. Cuando hice que
Josué, quien será mi sucesor pues así se lo ha ordenado el Padre Eterno,
me
acompañara a la montaña, os representé el
tipo del espíritu mayor divino; de
ahí entenderéis que todo ser menor
será conducido ante el Creador por su
espíritu particular. Representé,
además, al espíritu mayor que el Creador libera
del círculo espiritual divino para que
sea el guía, el sostén, el orientador, el
consejero y
el compañero del
menor emanado, que
desciende de la
inmensidad para
incorporarse al círculo
de materia elemental;
y Josué, al
descender conmigo de esta montaña,
representó fielmente el tipo del menor
espiritual emancipado por el Padre
Eterno de Su inmensidad para que actúe,
según su libre albedrío, en el círculo terrestre.
Sin embargo, debéis
saber que la
acción más maravillosa
de la misericordia divina en
vuestro favor fue enviaros las dos tablas de la ley que bajé de la montaña espiritual. Estas tablas sobre las que
estaba escrita la ley representaban
el cuerpo del hombre, en el que está grabada la ley del Creador. El mismo espíritu del Padre Eterno grabó esta ley sobre
las tablas que bajé; de igual manera,
el menor espiritual graba en el corazón de su forma corporal la poderosa
ley recibida del Creador en su emanación divina. Sin embargo, pese a todos los beneficios que obtendríais de las leyes
que aparecen en esas tablas
sagradas, vuestro delito me obligó a romperlas en vuestra presencia; no queda
más rastro de ellas que lo que quedará de la creación universal cuando se reintegre a su principio de emanación.
¡Oh,
hijos de Israel!. ¿Será vuestra alma
siempre tan terca
ante el
Creador?. ¿Seguirá
endureciéndose a pesar de los bienes con los que os ha
colmado?. Acabáis de
ser liberados de
la esclavitud y
servidumbre de los
110
demonios y buscáis porfiadamente volver a
vivir bajo sus leyes; intentáis crear
un Dios que os conduzca y os gobierne
siguiendo vuestra propia voluntad y
vuestro capricho ¡utilizando una materia impura y prohibida
por el Creador!;
habéis pedido al Creador que honre vuestro crimen inicuo; habéis tentado a
Aarón, a quien se había encomendado
vuestra conducta espiritual; todos los
hijos de Israel le han amenazado de
muerte si no introducía él mismo en el
crisol los metales que habíais elegido para vuestra perversa operación.
¿Qué
esperabais conseguir y qué habéis conseguido?. Esperabais crear una figura
semejante a la del hombre, ¡para luego
elevarla a la categoría de Dios!. ¿No
sabéis que no puede existir forma
alguna que no proceda de las leyes de
reproducción dictadas a
la naturaleza por
el Padre Eterno?.
Aprended la
lección del inesperado fruto de vuestra
falta. Esperabais ver nacer una forma a
imagen y semejanza del Creador,
haciéndola a vuestra semejanza. Vuestro
orgullo ha sido humillado, pues
habéis obtenido una forma inanimada de bestia
sin facultad alguna de acción.
Eso os
demuestra, israelitas, lo que nunca podréis esperar del intelecto
demoníaco y del príncipe de los demonios; sin
embargo, seguís intentando
uniros a ellos para vivir eternamente bajo leyes abominables y
contrarias a las
del Creador y a las de la humanidad espiritual divina. La forma de becerro que
ha resultado de vuestra operación os indica cuál es el animal que tendréis que
ofrecer al Padre Eterno en futuros
sacrificios para expiar vuestro pecado, de
enorme gravedad para el Creador; la sangre del becerro debe bañar a
Israel y
la tierra, para limpiar vuestra mancha y purificar la tierra de la afrenta
cometida
sobre ella.
Ahora debo hablaros sobre las facultades y poderes del
gran príncipe de
los demonios, bajo cuya esclavitud habéis
permanecido en Egipto. El crimen de
este adalid demoníaco le hizo caer en una
privación tal que no puede, ni podrá,
recibir
comunicación del intelecto
divino, aunque conserva
y seguirá
conservando su facultad de pensamiento; la
voluntad correspondiente a ese
pensamiento es la que conforma su intelecto demoníaco general.
Mediante el
poder de su palabra, que se considera su
acción, este espíritu maligno se
infiltra en el espíritu de sus
seguidores, quienes lo comunican a los menores,
pues la intención del príncipe de los demonios es tentarles y someterlos
a sus
leyes.
Estos
espíritus malignos son inferiores al príncipe de los demonios pero
tienen la misma facultad que él, es decir son seres pensantes y libres de toda
forma
material; por consiguiente,
tienen un intelecto particular
que emana
directamente de ellos, al igual que el intelecto general maligno emana
del gran
príncipe de los demonios. Es decir, que el
príncipe de los demonios sólo cuenta
con dos poderes: el suyo propio y el
de los espíritus inferiores que le siguen. El
príncipe demoníaco dirige el intelecto
espiritual general maligno; los espíritus
que
le siguen dirigen
su propio intelecto
maligno. Sabed, pues,
pueblo de
Israel, en qué consiste ese instinto particular que rodea a todo ser
corporal y a
todo menor en cuanto es emancipado del
círculo de la Divinidad: se trata del
maligno, que tienta, ataca y combate a los menores espirituales, logrando, la
mayoría de las veces, que sucumban a sus perversos deseos, como podéis
juzgar por vuestra última actuación.
Sabed que los menores están expuestos a
111
las trampas que les tienden los espíritus
inferiores perversos y, además, a las del
soberano de la corte demoníaca; no bajéis nunca la guardia, pues los peligros
que os rodean son infinitos.
Los
espíritus mayores espirituales buenos también tienen la facultad de
pensamiento y voluntad, lo que conforma el
intelecto espiritual bueno. De igual
manera, pueden transmitir ese intelecto a agentes espirituales buenos
que los
transmiten a los menores. Sin embargo, los
espíritus mayores divinos están en
relación directa con los espíritus superiores y éstos, a su vez, con la
Divinidad;
por tanto, no hay comparación posible entre
las facultades de los mayores
buenos y los
poderes limitados del
príncipe de los
demonios. Para que
entendáis
la relación que
reina entre todos
los seres espirituales
buenos,
retomaré los cuatro círculos
ultracelestes de los que ya he hablado. Estos
cuatro círculos también se denominan
círculos espirituales divinos, pues tienen
relación con el círculo de la Divinidad y en ellos sólo habitan seres
espirituales
sin
cuerpo material. No todos estos
espíritus son denarios,
aunque en el
momento de su emanación recibieron leyes divinas particulares para aplicar su
poder. Así, los seres que habitan en
cada uno de los círculos no realizan las
mismas acciones ni tienen los mismos poderes que los de los otros círculos.
Reflexionad sobre
esto, reconoceréis la
composición de la
corte de la
Divinidad, veréis claramente la acción de la cuádruple esencia del
Creador, no
sólo en todos los seres espirituales emanados de Él, sino en toda su creación
universal; entenderéis que el Padre Eterno ha
creado y emanado todo, y que
todo ha sido creado y emanado siguiendo reglas fijas e inmutables, es decir,
por pesos, números y medidas. Esto
representa la ley, el precepto y el mandato
entregados a los seres espirituales
divinos; también la virtud, la facultad y el
poder que el Creador entrega al menor en su emancipación, para que actúe
conforme a su pensamiento, intelecto
y palabra en las cuatro regiones celestes
y
las tres terrestres.
Todo queda representado
por el mismo
número.
Percibiréis claramente
que, hasta el
momento, sólo habéis
sido seres de
tinieblas, pero el Creador ha querido
devolveros la luz espiritual que habíais
perdido; entenderéis que vuestra emanación espiritual y vuestro
poder son
infinitamente mayores
que los de
todos los seres
emanados antes que
vosotros. Prestad atención, hijos de Israel, a la demostración y la explicación
de los diferentes círculos y regiones del cuadro universal que voy a relataros.
Hablaré
poco de la inmunidad divina; sólo la propia Divinidad la habita,
pues ni siquiera los seres espirituales más
perfectos logran entrar en ella. La
primera parte de este esquema está formada
por cuatro círculos. El primero,
que lleva el número denario 10, es el círculo espiritual divino; su centro es
el
tipo o representación de la Divinidad,
de donde procede toda emanación y
creación. De su parte central sale una forma triangular, con dos
círculos en los
ángulos inferiores. Frente a esta circunferencia denaria hay un cuarto círculo,
de cuyo centro también sale una forma triangular. Estos cuatro círculos son el
tipo de la cuádruple esencia divina. El
primero, por su número denario 10,
representa la unidad absoluta de la Divinidad; de ahí surge todo
pensamiento
de emanación espiritual y de creación de
poder espiritual temporal, así como el
principio de acción de las formas corporales de materia aparente. El
segundo
círculo, que lleva el número 7, es el de los
espíritus mayores; se trata de la
primera emanación espiritual
emancipada por el
Creador del círculo
de la
112
Divinidad. **El cuarto y último círculo, que lleva el
número 4, se encuentra
frente al número denario y corresponde a los espíritus menores. Se
trata de la
tercera
emancipación del círculo
de la Divinidad
y sus espíritus
son
depositarios del mandato espiritual
divino. Tienen poder absoluto sobre todo
ser espiritual emancipado por el
Creador en su inmensidad celeste. No os
resultará difícil entender, pueblo de Israel, que el poder de este
espíritu menor
sea superior al de todos los espíritus emanados y emancipados antes que él,
tanto los que actúan en la inmensidad
ultraceleste, como los que lo hacen en la
inmensidad de la creación universal. Considerad la posición de los dos ángulos
de los que os he hablado; del centro
del círculo cuaternario, o círculo menor,
sale un triángulo cuyos lados lindan con los extremos de la base del primero,
donde hay otros dos círculos, el de
los espíritus mayores 7 y el de los espíritus
inferiores 3. Esto demuestra claramente el poder de mandato del menor
sobre
los habitantes de estos dos círculos. La
sumisión de estos dos círculos al ser
espiritual menor también queda
indicada por la íntima unión de la base del
triángulo superior con la del
inferior; unión que muestra, además, la perfecta
correspondencia de todos los seres espirituales con su Creador.
Por otro lado,
esa superioridad del
poder del menor
no debe
sorprenderos, considerando a qué espíritu fue
entregada por el Creador; los
dos círculos sometidos al menor habían sido mancillados por la
prevaricación
de
los espíritus mayores,
que fueron expulsados
llevándose con ellos
una
multitud de
espíritus de los
dos círculos mayor 7
e inferior 3. Fueron
desalojados de su morada
espiritual por la horrible disensión que provocaron
con el crimen que intentaron cometer y por seducir con su
intención criminal a
la mayoría de los habitantes de estos dos
círculos, que cedieron a su voluntad.
Pero esa corrupción no había pasado al
círculo cuaternario del menor, por lo
que el Creador le entregó un poder absoluto sobre los dos otros
círculos, para
que manifestase la gloria y la justicia
divina contra los espíritus prevaricadores.
Sin embargo, el
Creador no obtendría
más satisfacción por
el privilegio
entregado al menor
que por el
poder entregado a
los primeros espíritus
perversos.
Más bien al
contrario, la culpabilidad
del primer menor
fue
infinitamente mayor que la de los
demonios. El Creador detuvo la acción y la
realización del pensamiento de los demonios, pero no interrumpió la
acción ni
la actuación inicua del primer menor. El
menor actuó según su pensamiento
maligno, realizando todo lo que había concebido, de ahí su enorme delito
ante
el Creador. Por ese motivo, los menores están
subyugados a aquellos que
estuvieron sometidos a su poder y
mandato de seres espirituales; esto no
habría sucedido si
el primer menor
no hubiese llevado
a la práctica
su
pensamiento inicuo y contrario a la voluntad del Creador. ¡Sí, Israel! Tal era
la
voluntad pura; el poder que teníais en
vuestro origen espiritual alcanzaba la
región más alta de la gloria del Creador, para favorecer o perjudicar a
todo ser
espiritual del ultraceleste y del universo;
os correspondía un lugar frente a la
Divinidad, tal como indica el círculo
menor frente al círculo denario o círculo
divino. No debe extrañaros que el
círculo menor tuviese tanto poder, pues no
había sido mancillado ni lo sería hasta la prevaricación del primer
hombre. En
verdad os digo que este lugar existe y
existirá eternamente; fue mancillado por
el pecado de Adán, pero ha sido purificado por el Creador, como
demuestra la
redención del primer hombre.
113
Sí, la descendencia espiritual de Adán debe reintegrarse a
esta santa esfera,
pues es el
primer lugar elemental
que el menor
habitó tras su emancipación
divina y fue expulsado de él, por toda la eternidad, debido al pecado original del primer hombre. Observad, además, que
la emancipación de este círculo menor colma y completa la
cuádruple esencia divina, sin la que el menor
no tendría un conocimiento perfecto de la Divinidad. Esta emanación no habría sucedido de no haber ocurrido la
prevaricación de los demonios; sin dicho
pecado no habría
existido la creación
material temporal terrestre
o celeste; sin
una y otra,
no habría existido
la ultraceleste; toda
acción de emanación espiritual se realizaría en la inmensidad
divina, al igual que todo poder de los espíritus emanados en esa inmensidad.
Considerad qué
provocó la prevaricación
de los espíritus
malignos;
reflexionad sobre esa
creación, sobre vuestra
emanación; entenderéis el
sentido de toda cosa creada y de todo ser emanado y emancipado; veréis que
todo ha sido dispuesto por el Creador para
existir y actuar en íntima relación,
como
indica la línea
recta del centro
del círculo denario,
que conecta
estrechamente el ultraceleste y el celeste con el cuerpo general
terrestre y con
el centro del eje, fuego central y principio de vida de todo ser corporal
creado.
En este fuego existen todas las formas, tanto generales como particulares, en
un estado de equilibrio; sin él ningún ser podría tener vida y movimiento, pues
limita la inmensidad del universo, la
trayectoria y la acción de todos los seres
de la creación universal.
Pero ahora debo explicaros que todo lo que existe en este
bajo mundo
procede de la cuádruple potencia divina.
Observad la correspondencia e íntima
relación del círculo Saturnino con el del Sol, el de Mercurio y el de Marte;
todos
juntos
repiten la figura
del círculo ultraceleste.
Estos cuatro círculos
se
denominan círculos mayores celestes, pues su
acción e influencia son mayores
que las de los tres círculos planetarios que
les siguen. Esto se debe a la
proximidad
de los cuatro
planetas superiores con
el ultraceleste. No
debe
extrañarnos, por tanto, que su influjo y su
poder se dejen sentir en los tres
planetas inferiores que conforman los ángulos
del segundo triángulo celeste. La
influencia de estos tres planetas, Júpiter, Venus y Luna, posibilita que el
cuerpo
general terrestre actúe
según su naturaleza,
con movimientos y
acciones
propias y adecuadas a la simiente innata en
él. Júpiter, que rige sobre los otros
dos
planetas, facilita la
putrefacción, pues no
podría haber producción
sin
putrefacción. Venus favorece la concepción,
sin la que la simiente reproductora
de
cada ser no
se desarrollaría. Y
los fluidos de
la Luna, llamada
círculo
sensible o capa húmeda, transforman y mitigan la acción y el
influjo de los dos
principales
impulsores de la
vivificación corporal temporal,
que son el eje
central y el cuerpo solar. Su unión e
íntima correspondencia influyen en la
acción de todos los cuerpos que decoran este universo.
Entre ellos, el que tiene mayor importancia es el eje, o
fuego increado,
que da vida y movimiento a toda especie
corporal; el influjo del Sol, en segundo
lugar, activa y vivifica la vegetación, todos los cuerpos
particulares y el cuerpo
general terrestre. Puede decirse que el
astro superior de nuestro universo es el
Sol, por su relación con el fuego, eje increado. Podemos decir que el
Creador
erigió Su tabernáculo en el Sol, lo que no debe sorprender a nadie, pues está a
114
media distancia entre el círculo divino o
denario y el planeta inferior, que es la Luna. Considerad, si no, ¿no está por
debajo de todos los círculos espirituales ultracelestes?,
¿no está, además, bajo el círculo saturnino?, ¿no ocupa el lugar número seis empezando desde el ultraceleste?, ¿no
sigue ocupando el lugar número seis
empezando desde el círculo lunar?. Gracias a su ubicación y a ese orden
senario el Sol completa los seis pensamientos del Padre Eterno en Su creación universal. Ya sabéis que el Creador
terminó todas sus obras en seis días y
que el séptimo día la creación alcanzó la perfección; de manera similar, el Sol perfecciona la simiente presente en
el círculo terrestre pues, al unirse a
los otros seis círculos planetarios, su acción pasa a ser septenaria; esta acción es el tipo y representación del número
septenario utilizado por el Creador en todas las cosas temporales.
La denominación de días a los seis actos de la creación
no corresponde
al Padre Eterno, que es un ser infinito, sin tiempo, límites ni duración. Esos
seis
días anuncian la duración y los límites de la materia; es decir,
que conservará
toda
su perfección durante
seis mil años
y luego caerá
en una terrible
decadencia, en la que permanecerá hasta su completa disolución. Por lo que
os acabo de decir, debéis entender que el número septenario, que ha dado
la
perfección a todo ser creado, es el mismo que
destruirá y hará desaparecer
todas las cosas. Al igual que en un
principio actuó para posibilitar la pervivencia
de todo lo que existe en este universo
material, a la hora final actuará para
demoler su obra. Recordad que esos seis mil años de duración de la
creación
universal es un plazo muy breve para vosotros
y más aún para el Creador,
pues para Él mil años son como un día. Pero, os repito, no consideréis
ese día
un periodo de tiempo, ni uno de nuestros días temporales, pues el Creador no
puede estar sujeto a ellos. Debéis considerar cada uno de dichos días o miles
de años
únicamente como la
duración de los
seis pensamientos divinos.
Cuando se cumpla el efecto o la actuación
de cada uno de esos pensamientos,
el Creador lo retirará con la misma
prontitud y facilidad con que lo concibió para
crear Su obra. Así, al igual que todo
se prolonga sucesiva y gradualmente
siguiendo el orden divino, todo se irá
degradando al aproximarse a su fin,
cuando volverá a su origen.
Ya os he revelado que al Sol le corresponde el número
senario por la
posición que ocupa desde el círculo divino;
contad, ahora, desde el círculo
terrestre hasta Mercurio y volveréis a
encontrar el número seis; sumad estos
dos números y obtendréis el doce. Ese número indica el intervalo
de nuestros
días, semanas, meses, estaciones y años, que
siempre han tenido la misma
naturaleza que ahora, como explicaré a continuación. Basándose en él
Adán y
sus descendientes determinaron el tiempo y
las estaciones para el culto divino;
la suma de las dos cifras de 12 da 3, que es el principio de toda vida
corporal,
como indica el segundo triángulo de la figura, que se apoya en el eje central.
Comprensiblemente, el Sol es considerado el elemento
principal en la
perfección de toda simiente, pues gracias a
él recogemos los frutos de la tierra,
y en él
disfrutamos de la imagen del
eje del fuego
central; por otro
lado,
posibilita el principio de vida pasiva de todos los cuerpos esféricos
particulares
inferiores a él; y gracias a su poderosa acción podemos distinguir los cuerpos
más altos del firmamento, pues sin él careceríamos de luz elemental. Para que
115
no dudéis que es el
principal agente de este universo, tras el eje del fuego
central,
sabed que dirige y rige el curso de todos los astros, junto con Saturno
y con el eje del fuego central; estos tres elementos posibilitan
la aplicación de
todas las leyes del Creador respecto a la
duración de la creación universal.
Reconoced la relación entre esta
armonía y la nuestra pues, si estos seres
están en contacto con la Divinidad,
¿por qué no habría de relacionarse nuestra
alma con el Creador?. Es cierto que todos los seres tienen distintas
facultades
y propiedades, y que han recibido diferentes
leyes de actuación, según el
empleo para el que les destine el
Creador. Pero todo principio de vida, sea
corporal o espiritual, todo lo que
puede existir, procede del mismo Creador.
Esto
queda especialmente demostrado
en el eje
del fuego central,
agente
general particular y universal,
vinculado a los círculos ultracelestes y órgano de
los espíritus inferiores que lo
habitan y que actúan sobre la materia corporal
aparente. ¿No contiene este cuerpo un
vehículo del fuego increado, principio
de la vida material?. En ese caso,
debe tener la misma facultad orgánica que el
eje central del que procede dicha vida pasiva. Así, vuestro cuerpo se
convierte
en un órgano necesario para vuestra alma espiritual, como el eje central lo es
para los espíritus inferiores que lo habitan.
Por otro lado, vuestra alma es el
órgano del
espíritu mayor, tal
como el espíritu
mayor es el
órgano de la
Divinidad. En vosotros se encuentra la repetición del número cuaternario por el
que os relacionáis con el Creador; tenéis las mismas facultades y
propiedades
que el eje central universal, pues ambos lleváis el número cuaternario: 1 el
eje
central,
2 el órgano de los espíritus inferiores,
3 el órgano de los espíritus
mayores, 4 los espíritus mayores,
órganos de la Divinidad. De igual modo, hijos
de Israel, vuestro cuerpo 1, el órgano
de vuestra alma 2, vuestra alma es el
órgano del espíritu mayor 3 y el espíritu mayor, el órgano de la Divinidad 4.
Sumad los números del 1 al 4 y veréis
claramente que todo procede y todo
existe por el glorioso número divino o número denario.
Hace un momento os dije que si contabais desde el círculo
terrestre
hasta
el círculo divino
obtendríais el número
12, origen de
la división del
tiempo, y el número 3, origen de toda forma corporal. Si
multiplicáis el número
3 por el cuaternario, presente en los mundos
terrestre, celeste y ultraceleste,
volveréis a obtener 12 ó lo que es lo mismo 3; esto confirma que la forma
corporal de los seres de todos los
mundos procede de los tres principios de los
que ya os he hablado: azufre, sal y
mercurio. En efecto, ningún ser puede
tomar forma aparente
sin ellos. Quizás
os extrañe que
hable de formas
corporales en los habitantes del
ultraceleste; sin embargo, debéis saber que,
para poder obrar temporalmente la voluntad del Creador, todo ser
emancipado
debe tomar una capa corporal que vele su
acción espiritual temporal. A falta de
esta capa, no podría actuar sobre los demás seres temporales sin
destruirlos,
por su
facultad espiritual innata
de hacer desaparecer
todo lo que
se le
acerque. Esta capa corporal gloriosa que recubre a los habitantes espirituales
del ultraceleste y del terrestre es simplemente el producto de su propio fuego.
Estos seres espirituales, al igual que los espíritus del eje central, pues
pueden
hacer emanar de su fuego las tres esencias
fundamentales de su cuerpo o
forma gloriosa. La actuación de unos y otros es exactamente la misma
aunque
existe una enorme diferencia entre la acción de cada uno: los espíritus del eje
tienen una única acción, por tanto sólo pueden tener una forma, dependiendo
de las órdenes y disposiciones de un ser superior, según su voluntad y la del
116
Creador. Pero los seres espirituales que
habitan los tres mundos, al tener que llevar
a cabo mayores y más importantes acciones, pueden utilizar a cada momento nuevas formas, variándolas infinitamente
según sus necesidades y su objetivo. A
diferencia de los espíritus del eje, estos seres espirituales no pueden actuar sin una orden del Creador; sin
embargo, una vez que la reciben cuentan
con todo lo necesario para ejecutarla, mientras que los espíritus del eje son simples sujetos dirigidos, pues no tienen
inteligencia.
Entenderéis,
entonces, que las esencias y las formas corporales de los seres espirituales que habitan estos tres mundos
sean más puras y sutiles que las de
los espíritus del eje. Quizás os preguntéis si esas mismas esencias espirituales
no existen en la inmensidad divina, donde reside una infinidad de espíritus.
Las cuatro clases
de espíritus, superiores,
mayores, inferiores y menores terrestres que habitan en la
inmensidad divina sólo realizan allí actos y
actuaciones espirituales divinos, sin ningún tipo de participación material.
Por ese motivo, no pueden ni podrán
existir esencias espirituosas en ese lugar divino, residencia de
espíritus puros, donde ocurre toda emanación divina y de donde procede toda emanación.
Entre las
cuatro clases de espíritus puros, los superiores y mayores no
poseen
leyes de reproducción
de esencias espirituosas;
se denominan
espíritus superiores y mayores puros y
divinos, y su poder es infinitamente
mayor que el de las dos otras clases, como indica su nombre. Los
espíritus de
las
dos últimas clases,
por el contrario,
poseen leyes de
reproducción de
esencias espirituosas temporales;
sin embargo, sólo
recibieron autorización
para ponerlas en práctica en su emanación, para formar el mundo temporal que
serviría de escarmiento
a los espíritus
prevaricadores, como explicaré
tras
hablar de las diferentes leyes y poderes que el Creador entregó a los
distintos
espíritus emancipados de su inmensidad. Ya sabéis que la primera clase es la
superior y lleva el número denario; la
segunda es la mayor y su número es el
septenario; la tercera es la inferior y lleva el número ternario; y la cuarta
es la
menor, con el número cuaternario. Las
cuatro juntas demuestran que el número
cuaternario pertenece
al Creador y que todos
los seres emanados
y
emancipados (junto con sus leyes y poderes) proceden de ese mismo número
o de la cuádruple esencia de la Divinidad,
que lo incluye todo. Si al cuaternario
le sumamos 12, producto del cuaternario de 3, obtendremos el número 16, ó 7,
producto espiritual que demuestra que
todo existe y existirá por el espíritu, y
que vuestra emanación es espiritual.
Habéis visto que los espíritus que residen en la
inmensidad divina tienen
acciones y poderes meramente espirituales. No podría ser de otro
modo, dado
que los espíritus que actúan e intervienen
ante la Divinidad no pueden estar
sometidos al tiempo. Sin embargo, los espíritus que actúan e intervienen
en el
ultraceleste, el
celeste y el
terrestre, como están
destinados a cumplir
la
manifestación temporal de la justicia
y la gloria del Creador, tienen poderes y
operaciones espirituales temporales
limitadas por su sumisión al tiempo. El
paso del tiempo no afectará a estos espíritus, simplemente a su acción y
a su
intervención; es decir, se reintegrarán a su
principio de operaciones meramente
espirituales divinas, como los espíritus que habitan en la inmensidad divina.
117
El lugar
que los espíritus temporales ocupaban en la inmensidad divina
antes de que existiera el tiempo no quedó
vacío cuando fueron emancipados
para su actuación espiritual temporal.
Ni en el Creador ni en Su inmensidad
puede existir el vacío; esta
inmensidad no tiene límites, por tanto todos los
espíritus encuentran fácilmente su lugar al emanar del seno del Creador,
pues
la inmensidad se extiende con
su emanación. Por
eso sabemos que la
inmensidad divina no puede estar vacía o
colmada, pues aumenta y aumentará
siempre con
las emancipaciones infinitas
del Creador. No
penséis que los
espíritus que el Creador emana continuamente
de su seno se sitúan en la
inmensidad sin
orden ni concierto,
como haría un
grupo de hombres
o
animales. Estos seres divinos
reciben en su emanación leyes y poderes según
su intervención divina espiritual; con
base a esto, se sitúan en las diferentes
clases espirituales de las que os he hablado, donde cada una lleva a
cabo su
diferente actuación. Así se forma la gloriosa
inmensidad divina, inconcebible
para los mortales y para todo espíritu
emancipado, pues ese conocimiento
corresponde únicamente al Creador.
Debo destacar, Israel, que entre estas clases espirituales
anteriores al
tiempo,
la clase menor
ternaria no correspondía
al menor espiritual
divino
cuaternario u hombre. En efecto, debéis
saber que el menor aún no había sido
emanado,
pues su emanación comenzó tras la prevaricación y caída de los
espíritus perversos. Para que entendáis esta emanación espiritual
y el cambio
provocado por el crimen de los demonios sobre las acciones e intervención de
los habitantes de la inmensidad, os diré, en
nombre del Padre Eterno, que
apenas los espíritus perversos fueron expulsados de la presencia del
Creador,
los espíritus inferiores y menores ternarios
recibieron poder para poner en
práctica su ley innata de producción
de esencias espirituosas, confinando así a
los prevaricadores en las tinieblas de la privación divina. Además de recibir
ese
poder, estos espíritus fueron emancipados, su acción, que era
exclusivamente
espiritual divina, también cambió por aquella falta; pasaron a ser simplemente
seres espirituales temporales, destinados a
cumplir las diferentes leyes del
Creador para satisfacer su voluntad.
Entonces fueron emanados del seno de la
Divinidad los menores
espirituales cuaternarios, ocupando
el lugar de la
inmensidad divina que habían ocupado los menores ternarios.
Debéis saber que el cambio provocado por el delito de los
espíritus
perversos fue tan importante que el Creador hizo uso de su ley, no
sólo contra
los pecadores, sino también contra los
diferentes espíritus de la inmensidad
divina. Eso explica la vida de
confusión que lleváis, la creación del tiempo y las
diferentes acciones realizadas en el ultraceleste, el celeste y el
terrestre, pues
todo señala a ese cambio universal. Sin
embargo, como este delito fue anterior
a la
emanación de los
menores, éstos no
tuvieron conocimiento de
él ni
resultaron mancillados; así,
no sufrieron cambios
de ningún tipo,
siendo
depositarios del gran poder de la Divinidad. No podía ser de otro modo; se les
confió el
temible poder cuaternario pues eran espíritus puros y sin mancha,
emanados del seno de la justicia y la
santidad para manifestar la gloria y la
fuerza del Creador. Estos espíritus no
tenían conocimiento alguno del mal, ni
directa ni indirectamente; el
Creador debía colmar con todos sus dones a seres
tan
justos y entregarles
poderes adecuados a
la pureza de
su naturaleza
espiritual y a la misión para la que los emanó. Eso explica el enorme poder y
118
virtud del
menor y que
el cambio provocado
por la prevaricación
de los
espíritus perversos no afectara a sus leyes de acción e
intervención. El poder
de hombre era tal que, pese a su pecado,
sigue siendo superior a cualquier
otro ser espiritual
emanado o emancipado.
Ningún otro ser
espiritual ha
mantenido una relación tan directa e
importante con el Creador. Observad la
línea perpendicular que va desde el
centro del primer círculo ultraceleste hasta
el centro del cuerpo general terrestre representado por la figura triangular;
esta
perpendicularidad indica
su superioridad sobre
los demás seres.
Así, el
Creador protegió la autoridad
del menor pese a su prevaricación, aplicándole
una ley
diferente a la
de los primeros
espíritus pecadores. Éstos
fueron
condenados por el
Padre Eterno a
la privación divina
durante toda una
eternidad temporal, sin comunicación alguna
con el Creador o sus intelectos; el
menor, por el contrario, no se ha visto privado de esa comunicación,
conserva
la facultad y el poder que recibió al ser
emanado al cuerpo universal. Pero el
Creador no podía dejar impune su
falta, por lo que cambió las leyes de acción e
intervención espiritual de los menores
en este universo; en eso se resume la
aplicación de la ley del Creador contra su menor.
Quizás os preguntéis en qué consistió el cambio de las
leyes de acción e intervención del menor.
Tras su crimen, el menor debe actuar como un ser meramente
espiritual temporal, estando sometido a la condena del tiempo; sin embargo, en su estado original, al ser hombre Dios
de la tierra y de toda su creación no estaba sometido a dicha pena temporal.
Tras la
prevaricación del menor,
nacieron de él
formas corporales
materiales, sometidas, como él, a la pena temporal; si hubiese conservado su
estado
de gloria, de
él habrían emanado
formas corporales espirituales
e
impasibles, pues poseía ese Verbo de creación. En eso consiste el cambio
de
las leyes de acción e intervención del primer
menor; en su primer estado de
gloria, tenía el poder de utilizar
esencias exclusivamente espirituales para la
reproducción de su forma gloriosa, mientras que, por su delito, fue
condenado
a
reproducirse materialmente, empleando
únicamente esencias espirituosas
materiales. Ya
os he dicho
que Adán tenía
innato el poderoso
Verbo de
creación de su forma espiritual
gloriosa; para disipar vuestras dudas analizad lo
siguiente: para llevar a cabo la reproducción de vuestra forma material
debéis
poseer un Verbo que impulse, emane y
emancipe las esencias espirituosas, de
acuerdo con las leyes de naturaleza espiritual temporal, ya que no
contáis con
más
principios de esencias
espirituosas que los
innatos en vosotros;
si
decidieseis emplear principios
contrarios a vuestra
acción e intervención
espiritual
divina y temporal
no lograríais reproduciros,
o lo haríais
sin
participación de operación divina,
como las bestias; vuestra descendencia sería
considerada antinatural y repugnaría a
todos los habitantes de la naturaleza
temporal.
Si vosotros, hijos
de Israel, tenéis
innato un Verbo
de reproducción
material, vuestro primer padre debió tener un Verbo de
reproducción espiritual
y gloriosa. El horrible cambio que hizo
sufrir el Creador a Adán era la menor
pena
que podía infligirle,
pues, debido a
la violencia e
importancia de su
actuación inicua, la abominación y el escándalo llegaron hasta la corte
divina.
Como dije anteriormente, la prevaricación de los primeros espíritus ya había
119
mancillado
la corte divina
y, por ello,
todos los seres
espirituales de las
diferentes
clases de esta
corte vieron modificadas
sus leyes de
acción e
intervención. Al ser el pecado del
menor infinitamente mayor que el de los
demonios, su influjo sobre todos los espíritus de la inmensidad también
lo fue;
por ese motivo, la actuación maldita del hombre provocó un nuevo cambio de
sus leyes de acción y operación. Al cometer Adán su crimen, el Creador aplicó
la ley sobre los seres espirituales de su
inmensidad, volviendo a cambiar sus
leyes de
acción e intervención.
Ahí tenéis la
consecuencia de tal
horrible
crimen.
No pretendáis nunca comparar las leyes de los hombres con
las del
padre Eterno para toda criatura espiritual
temporal: las que los hombres han
establecido entre ellos son simplemente
materiales, se basan en convenios
humanos (por eso no pueden instaurarse sin la participación de un
número de
hombres, proporcional a la intención del
dirigente, legislador del pueblo que
gobierna); además, la
aplicación de las
leyes temporales no
siempre es
completa ni perfecta. Sin embargo, para que se aplique una ley divina sólo es
necesaria la voluntad del Creador. Para privar a cualquier ser de Su divinidad,
el Creador no precisa la ayuda de su corte
divina, ni la de seres espirituales
divinos temporales, y mucho menos emplear la materia común que utilizan
los
hombres; basta con Su pensamiento y Su
voluntad para que todo ocurra según
Sus deseos. Esa es la infinita diferencia entre la ley divina, eterna e
inmutable,
y la ley humana, que prescribe y desaparece
tan rápidamente como la forma
corporal del hombre al separarse el espíritu menor de ella.
Pero sin duda querréis, hijos de Israel, que os cuente
en qué consistió el cambio de
las leyes de
acción e intervención
de los habitantes
de la inmensidad provocado por la prevaricación de los primeros
espíritus y de las leyes de
los seres espirituales,
tanto divinos como
temporales, por la prevaricación del
primer hombre. Debéis
saber que, al
ser dos los
delitos cometidos, las
leyes de acción
e intervención de
los habitantes de la inmensidad
sufrieron dos cambios;
su consecuencia, que
estos seres, que previamente
sólo tenían funciones espirituales, pasaron a estar sometidos al tiempo en
mayor o menor grado, como voy a explicar.
La
prevaricación de los
primeros espíritus provocó
que se creara
el
tiempo y el universo; al ser así, los
habitantes de las diferentes clases de la
inmensidad debieron contribuir al mantenimiento y a la duración
del universo.
Además, debido al delito del hombre, estos
espíritus se vieron obligados a
contribuir a la reconciliación y purificación de los menores; por ese
motivo, los
menores
actúan sobre el
alma espiritual de
los hombres y
otros seres
espirituales de los que os hablaré a
continuación. Mediante estas dos clases de
acciones los espíritus divinos actúan
en favor del temporal, aunque no estén
sometidos al tiempo. Sí, os lo repito,
si el hombre no hubiese pecado, los
espíritus divinos sólo habrían estado
sometidos de una manera al temporal; y si
los primeros espíritus no lo hubiesen hecho, no lo estarían en absoluto.
De no
haber
ocurrido esta primera
prevaricación, no se
habría producido cambio
alguno en la creación espiritual; los
espíritus no habrían sido emancipados
fuera de la inmensidad; no se habrían creado los límites divinos
(ultraceleste,
celeste y terrestre);
ni los espíritus
habrían sido destinos
a actuar en las
120
diferentes
partes de la
creación. No pongáis
esto en duda,
los espíritus menores ternarios nunca habrían abandonado el lugar
que ocupaban en la inmensidad divina
para formar un universo material. Consecuentemente, los menores hombres
nunca habrían ocupado su lugar ni habrían sido emanados; y en todo caso, si el Creador hubiese deseado
emanarlos de su seno, no habrían
recibido las poderosas acciones y facultades que les hacían superiores a todo ser espiritual divino emanado antes que
ellos.
No dudéis que el hombre posea dichas facultades y poderes,
recordad
que
el Padre Eterno
nombró al menor
hombre Dios y
señor de todo
ser
espiritual y temporal; recordad que le
concedió todo Su beneplácito, todo Su
afecto, que le dotó con todo el poder espiritual divino, por la
cuádruple esencia
de la Divinidad. Como veis en la figura, se encuentra frente al círculo
superior
denario, cuyo centro corresponde a la Divinidad. Esto demuestra que el poder
del
primer menor era
mucho mayor que
el de los
demás menores de los
diferentes cuerpos planetarios y del
cuerpo general terrestre. Observad, en
efecto, la ubicación de las formas que conforman la figura universal, en
la que
actúa toda naturaleza espiritual, mayor, menor e inferior. En verdad podéis ver
que tanto en el mundo celeste, como en el
terrestre, el círculo menor está
frente a su superior, pero ninguno de
ellos se enfrenta directamente con el
círculo denario, el ultraceleste; la
Divinidad destinó ese lugar exclusivamente al
hombre o menor espiritual divino. Observad que el círculo menor se
encuentra
en el ángulo agudo del triángulo inferior
ultraceleste; además, observad que los
otros dos, el de los mayores 2 y el de los inferiores 3, sólo se
enfrentan a ellos
mismos, para poder
comunicarse directamente las
órdenes de actuación
espiritual temporal que reciben y recibirán
del Creador hasta el final de los
tiempos. Esto demuestra la superioridad del hombre sobre todos los
menores
que habitan el cuerpo terrestre y los cuerpos
planetarios, y sobre todas las
clases de espíritus. La inferioridad
de los espíritus mayores e inferiores se
deduce de la observación de su poderosa acción.
La misión principal de estas dos clases de espíritus es
preservar el
tiempo y la materia, por eso sólo pueden obrar
en la extensión universal. El
menor, por el contrario, al no estar limitado a la conservación y
mantenimiento
del universo, ordenaba también a estos dos
tipos de espíritus y su poder se
extendía por toda la inmensidad. Por
ese motivo, los dos círculos mayores e
inferiores se encuentran fuera de la perpendicular, que pertenece
únicamente
al círculo menor del hombre Dios. Para
convenceros de la inferioridad de estos
dos círculos, os bastará con observar
sus números septenario y ternario, que
no
pueden completar el
número denario del
Creador. Para lograrlo
deben
unirse: 7+3 = 10. El número
cuaternario del menor, por el contrario, anuncia su
poder superior; en efecto, por su emanación, el menor llevaba el número
de la
cuádruple esencia, que le distinguía de todas
las emanaciones espirituales
previas a él, haciéndole superior a todo ser espiritual emanado. Era el
ser más
puro, el más perfecto, si no hablamos de la
acción del Padre Eterno, que es
CRISTO y su intervención, que es el
ESPÍRITU SANTO, que no han sido
emanados ni
emancipados, sus acciones
y operaciones serán
siempre
meramente espirituales, divinas, y no están sometidos al tiempo ni al temporal.
121
El primer menor ostentaba, por tanto, el poderoso número
de su origen,
número eterno en la Divinidad, que representaré aquí con una
simple cifra: 4.
Esta cifra designa claramente el número cuaternario por sus tres líneas unidas
y el punto en su interior. Subdividid el número 4 en los números presentes en
él, hallaréis el número denario de la
Divinidad y entenderéis de manera práctica
que de él procede todo ser
espiritual mayor, inferior y menor, así como toda ley
de
acción, ya sea
espiritual o espiritosa.
La suma de
los cuatro números
presentes en el cuaternario da 10: 1+2+3+4=10; las diferentes
combinaciones
de estos números explican cómo han sido creadas todas las cosas. La unidad
corresponde
al Creador; el
número 2 indica la
confusión en la
que se
encuentran los espíritus
perversos y los hombres que se unen a su intelecto
maligno; el número 3 indica las tres
esencias espirituosas que componen todas
las formas (mercurio, azufre y sal); además,
el origen de esas mismas esencias
indica la acción directa de los espíritus inferiores y ternarios
por su emanación
para la formación del universo. El número 4 corresponde al menor, su origen y
su poder. Sumando los números 2 y 3
obtenemos el 5, número del que se
sirven
los demonios para
oponerse a la
acción espiritual divina.
En su
emanación, a los
espíritus demoníacos les
correspondía un número
cuaternario, como el del menor: el Padre
Eterno 1, el Hijo 2, el Espíritu Santo 3,
y la emanación procedente de estas
tres personas divinas 4. Pero los espíritus
perversos sumaron, por su propio poder
y voluntad, una unidad arbitraria al
número cuaternario de
su origen, desnaturalizando su
poder espiritual y
transformándolo en un poder limitado
simplemente material, dirigido por un
príncipe surgido entre ellos. Por ese motivo, el número cuaternario dejó de
pertenecer a los demonios, a
quienes les corresponde
ahora el número
quinario.
Sumando los números 2 y 4 se obtiene el 6, número de
pensamientos
divinos
para la formación
de la creación
universal temporal. Al
sumar los
números
3 y 4 obtenemos el 7, que indica el doble poder de actuación del
espíritu mayor: gracias al número 3 actúa
sobre las formas y gracias al 4, sobre
el alma del menor. Si sumamos la unidad, el
número ternario y el número
cuaternario obtendremos el 8, número del
doble poder espiritual divino confiado
al primer menor para manifestar la gloria y la justicia del Padre
Eterno ante los
espíritus prevaricadores. Vuestros padres Abraham, Isaac y Jacob conocieron
este poder divino. Pero el pecado de Adán le
hizo perder ese doble poder,
quedando reducido a un simple poder
menor, por eso sus descendientes andan
entre
tinieblas como él;
sólo podrán recuperar
este poder tras
infinitos
esfuerzos y sufrimientos de cuerpo, alma y espíritu. Ese es el número con el
que
el Creador privilegia
a los elegidos
espirituales a quienes
encarga la
manifestación de Su gloria.
Sumando
el número quinario (imperfecto e
impuro) al cuaternario
(perfecto e
incorruptible) obtenemos el número de
la subdivisión de las
esencias
espirituosas de la
materia y de
las esencias espirituales
divinas.
Mediante esta unión,
el hombre degrada
su poder espiritual
divino
convirtiéndolo en espiritual demoníaco; así se llevó a cabo el crimen de Adán,
que provocó una revolución inconcebible entre
todos los seres espirituales.
Juzgad, pueblo de Israel, por todo lo
que acabáis de presenciar, el enorme
poder que ostentaba el menor, pues poseía el número cuaternario, del que
122
proceden todas las cosas
temporales y toda acción espiritual. Ya sabéis que,
en
su estado glorioso,
este primer menor
no tenía acción
ni intervención
espiritosa alguna, y mucho menos material, sólo poseía las acciones y poderes
destinados a las formas gloriosas; también sabéis que las formas
gloriosas no
estaban sometidas al tiempo, como tampoco
lo estaba Adán, aunque todas sus
actuaciones fuesen en beneficio del temporal. No olvidéis nunca todo lo que os
acabo de enseñar sobre el enorme poder
del primer hombre y de su número
cuaternario. Os detallaré las cifras
de todo lo que procede de este glorioso
número; así creeréis que ese número en verdad os fue entregado y que por
él
sois superiores a toda bestia y criatura; recordad que ningún ser menor podrá
alcanzar
la sabiduría sin
un conocimiento exhaustivo
del contenido de
emancipación y creación del gran número denario del Padre Eterno:
1+2 = 3
1+2+3 = 6
1+2+3+4 = 10
Debéis observar que la unidad se une al ternario para
formar junto con el cuaternario el número
del doble poder.
10+2+3+4+5+6 = 30
30+7+8+9+1 = 55 = 5+5 = 10
La suma de todos estos números procedentes del
cuaternario da 55, que
anuncia
la división del
denario en dos
números quinarios demoníacos.
En
efecto, con su prevaricación, los primeros espíritus intentaron dividir y
subdividir
la cuádruple esencia divina sirviéndose de su
propia facultad espiritual. Su
voluntad les llevó a concebir una intención y
un pensamiento contrario a las
leyes
de acción e
intervención que les
había entregado el
Creador en su
emanación; pero se equivocaron, no lograron lo que pretendían y su
sorpresa
fue mayúscula al entender la imposibilidad de
todo espíritu de arrebatar a la
Divinidad la
cuádruple esencia y su glorioso
número denario. Sólo
fueron
totalmente conscientes de esa imposibilidad cuando quisieron atribuirse
cada
uno
el producto de
la subdivisión de
ese glorioso cuaternario,
número de
emanación y creación espiritual divina y espiritual temporal; pues su
intención
era obtener de todo ese producto una sola
unidad cuaternaria o una sola
unidad denaria. Lejos de lograrlo, no
hallaron ni la unidad cuaternaria ni la
unidad denaria neta y simple, sino dos
número quinarios en vez del número
denario divino que querían poseer y dominar.
Eso les hizo ver su atroz e insensato orgullo y la
imposibilidad de todo
ser de dividir la cuádruple esencia divina o unidad denaria, pues
ese derecho
sólo pertenece al Padre Eterno, que es único
e inimitable; por haber osado a
esa
actuación contraria a
las leyes inmutables
del Eterno Creador,
los
demonios vieron limitado su poder al número quinario de confusión y fueron
precipitados en los abismos de la privación divina por una eternidad.
¡Tiembla,
Israel, ante tan terrible actuación!.
Estremecéos ante la posibilidad de sucumbir
a semejante orgullo y ambición.
Alejáos de todo aquel que pretenda que os
apropiéis de los actos divinos por el poder de número quinario. Si
sucumbís a
sus insinuaciones, la
acción espiritual divina
innata en vosotros
quedará
123
limitada a simple acción material, vuestro
ser menor se convertirá en intelecto del demonio
y perderéis todos
vuestros poderes, pudiendo
disponer únicamente del
poder quinario de los espíritus
perversos. Sabed, hijos
de Israel, que así nació el
poder quinario de los demonios; por ese número se distinguirán su
intervención y acciones
temporales materiales por
toda la eternidad; y mediante ese número el ser menor y todos los seres
espirituales conocerán la prevaricación de los espíritus perversos.
Ahora os hablaré de la importancia de la inmensidad
ultraceleste. El Creador la estableció
para fijar el orden y las leyes rituales que deben seguir los espíritus
emancipados en los
tres mundos temporales,
junto con los espíritus
emanados en la inmensidad divina. El primer círculo, que corresponde al ángulo
agudo del triángulo superior, indica la preponderancia ultraceleste y la inmensidad
de los espíritus superiores denarios. No penséis que los espíritus que
habitan este círculo
son los mismos
que fueron emanados
tras la Divinidad. No,
Israel, los espíritus denarios divinos nunca han dejado su lugar en la inmensidad divina; como ya os he dicho, la
única transformación que sufrieron por la prevaricación de los espíritus
perversos y del primer menor fue su
sometimiento al temporal, aunque no al tiempo.
El Creador, por tanto, sólo ha emancipado en el círculo
denario de ese
espacio ultraceleste a espíritus mayores
revestidos de un poder denario, que
distingue su acción e intervención de la intervención y acción de
las otras tres
clases de espíritus de esa inmensidad
ultraceleste. El segundo círculo, en la
parte derecha, indica la inmensidad de los espíritus mayores septenarios
que,
por su intervención y actuación, se sitúan tras los espíritus denarios. El
tercer
círculo, en la parte izquierda, indica la
inmensidad de los espíritus inferiores
que,
por la importancia
de su intervención
y acciones, se
sitúan tras los
espíritus denarios y septenarios, por eso se les denomina inferiores. El
círculo
situado
en el ángulo
agudo del triángulo
inferior del ultraceleste,
que está
alineado con
el círculo denario,
indica la inmensidad
de los menores
espirituales divinos. Su intervención y acciones son superiores a las de
todos
los espíritus del ultraceleste, en el que
se relacionan el hombre y Dios, estando
sometido a
ambos. El orden
y la disposición
espiritual divina de
esta
inmensidad son
los mismos que
reinan en la
inmensidad ultraceleste. Esa
similitud debe haceros entender que el
poder y la fuerza de la inmensidad
ultraceleste proceden del Creador, no de la voluntad de los espíritus. Esta
misma combinación se repite en el
celeste, pues los círculos de Saturno, el Sol,
Mercurio y
Marte diferencian los
cuatro horizontes celestes.
El Creador
estableció el mismo
orden en sus
diferentes inmensidades, no
ya para
preservar el tiempo y los diferentes
cuerpos del universo, ni para proteger a los
agentes espirituales temporales y sus acciones, ni para gloria y honor de todos
los seres que acabo de nombrar; todo
fue dispuesto así únicamente para el
hombre y, como debía servir de limitación a los espíritus perversos,
todo está
sometido al menor, para que pueda ejercer su
poder y mandato, de acuerdo
con su voluntad y dentro de las leyes de orden.
Asombráos ante los privilegios que Dios había concedido al
hombre.
Estos tres mundos, el divino, el ultraceleste y el celeste, nos
permiten conocer
los tres reinos de la Divinidad. El último de estos mundos habría sido la
morada
124
del primer menor, si no hubiese pecado habría
ocupado por siempre el centro
de las cuatro regiones celestes, pues era el ser más poderoso; habría actuado
e intervenido en el mundo celeste como puro
espíritu divino y todos los seres
espirituales habrían obedecido su
pensamiento y su voluntad. Si este primer
menor no
hubiese prevaricado, nunca
habría habitado el
mundo terrestre
material, su poder divino cuaternario no habría degenerado en inferior
ternario,
como demuestra el triángulo donde se
unen los tres cuerpos planetarios: la
Luna,
Venus y Júpiter.
Pero su crimen
hizo descender al
hombre,
precipitándole en un mundo totalmente opuesto a aquel para el que había
sido
emancipado. En efecto, podéis ver que el mundo
celeste conserva aún su
forma original y su similitud con el
ultraceleste y el divino, pero el mundo inferior
sólo tiene forma material, diferente a
la de los tres mundos superiores. La
separación del doble triángulo del
mundo sensible indica la privación del primer
menor y de quienes residen en ese
lugar de tinieblas, por la que los menores
espirituales soportan sufrimientos
corporales y espirituales. Por culpa de la
prevaricación del primer hombre, el
círculo sensible es para los menores lo que
la inmensidad ultraceleste y el
espacio universal son para el demonio. No
obstante, ya sabéis que el hombre
cuenta con una ventaja sobre los demonios:
si lo desea puede anular su limitación y actuar como un espíritu puro,
aunque
sometido al tiempo.
Eso es lo que debía explicaros sobre el poder actual del
hombre. En cuanto
a los espíritus
del ultraceleste, es
preciso que os
hable de su emancipación y
sus diferentes facultades
y poderes, para
que entendáis claramente su relación y correspondencia con la
inmensidad divina, con el mundo celeste y con los menores que habitan la esfera
terrestre.
Sabed, pues, pueblo de Israel, que la emancipación de
estos espíritus
ocurrió en cuanto los espíritus perversos
cometieron su prevaricación. Sólo
tardó lo que el pensamiento del Creador, que ordenó a estos
espíritus salir de
la inmensidad divina y aplicar en la
inmensidad ultraceleste las leyes que les
había
entregado. Por estas
leyes, los espíritus
se encargaban de la
correspondencia del hombre con el Creador y de servir de doble barrera a
las
criaturas
que gobernaban los
mundos celestes y
materiales, donde fueron
confinados los prevaricadores. El espacio entre el extremo del mundo
material
y el del mundo celeste forma la frontera
longitudinal delimitada a estos espíritus
pecadores, y es ahí donde actúan según su voluntad. Estos confines
abarcan
en amplitud toda la superficie horizontal del mundo material, siendo el mundo
celeste una capa
que recubre el
mundo material. Comprenderéis
que la
distancia entre estos
mundos es superior
en tamaño e
importancia a la
superficie horizontal del
mundo material, puesto
que éste sólo
tiene tres
horizontes principales (norte, sur y
oeste), mientras que el mundo celeste tiene
cuatro regiones sin confines. Os digo
que el mundo celeste no tiene límites
porque las limitaciones sólo
pertenecen al mundo material, cuyos habitantes
tienen que alimentarse
y protegerse con
elementos materiales, y
están
expuestos a los cambios de las
estaciones; sin embargo, los habitantes del
mundo celeste tienen otra naturaleza
y, por tanto, también tienen facultades
diferentes a los del mundo material y no están sometidos a esas
limitaciones:
no necesitan elementos
materiales y participan
en la actuación
de los
125
elementos; es decir,
gozan siempre de la misma temperatura y no reciben alimento alguno de origen
material, pues no es esa su naturaleza.
Sus
cuerpos forman una esfera que se nutre y se protege directamente
por el fuego de los espíritus del eje, de
donde han emanado. Por eso, su
duración se considera una eternidad en comparación con la de los cuerpos
de
los habitantes del mundo material. Sabed
además, pueblo de Israel, que las
extensiones terrestre
y celeste, morada
de los habitantes
materiales y
espirituales, conforman lo que
denominamos el mundo, no dichos habitantes en
sí. Debéis entender que esos
habitantes materiales o espirituales son seres
particulares; en
los espacios que
ellos ocupan también
habitan seres
espirituales simples que deben cumplir
su misión en el universo, según las
leyes divinas que han recibido para actuar en beneficio de los anteriores. La
misma
diferenciación debéis hacer
entre el mundo
ultraceleste y sus
habitantes.
Para poder entender la capacidad del mundo ultraceleste de
servir de
confín a los espíritus malignos, debéis
observar su actuación. Este mundo
actúa sobre los mundos celeste y material,
como ya os he dicho, y, además,
sobre el círculo del eje universal. Es extremadamente importante
que todo sea
controlado por espíritus
superiores a los
dedicados a preservar
la forma
universal y su duración, pues es allí donde
los espíritus perversos han sido
confinados en privación. La doble
actuación de los espíritus ultracelestes es un
reflejo de su doble poder. Este doble
poder queda probado, además, por su
clase y su misión; están sometidos al
mandato directo del Padre Eterno, y en
su mundo ultraceleste reside toda acción y operación beneficiosa o
perjudicial
para las
criaturas exclusivamente espirituales,
las espirituales temporales
divinas y las espirituales materiales. Sí,
los habitantes del ultraceleste actúan
como doble defensa ante la atrocidad de las obras demoníacas; en verdad
os
digo,
que ostentan ese
poder doble porque
han sido santificados.
Así, los
demonios nunca podrán mancillar el mundo ultraceleste como han hecho con
los habitantes de la inmensidad divina; eso
explica por qué los demonios nunca
podrán vencer
al pensamiento, acción
y obra del
Creador. Todo esto
fue
representado por Abraham, Isaac y
Jacob, figuras temporales del pensamiento,
acción y obra de la Divinidad. Al alcanzar estos tres menores su
reconciliación
y glorificación, el demonio no pudo influirles en modo alguno, ni pudo superar
las acciones espirituales divinas del Padre
Eterno en ellos. Podéis ver, hijos de
Israel, que la actuación de los habitantes ultracelestes es infinitamente
superior
a la de los seres espirituales de los
dos mundos inferiores; podéis verlo, os
digo, por los rayos de fuego que
irradian las diferentes circunferencias de la
inmensidad del
ultraceleste; esta superioridad
en su actuación
no debe
sorprenderos, pues
la extensión de
la inmensidad ultraceleste
también es
superior a la de los dos mundos inferiores, que no podrían igualarlo
aunque se
uniesen.
Debo revelaros una verdad cuya certeza y pruebas físicas
habéis podido
presenciar: entre los
habitantes de los
diferentes mundos no
hay dos que
posean exactamente la misma facultad y poder espiritual; todos son
diferentes
unos de otros, como demuestra la diferencia
existente entre todas las formas
corporales y todas las acciones que realizan ante vosotros. En mi caso, dicha
126
certeza no procede de la
observación material, sino de la comunicación del Creador; me ha sido revelado que esta diferencia de
facultades y poderes existe de
modo paralelo entre
los habitantes espirituales
de la inmensidad divina, quienes,
por decreto del
Padre Eterno, realizan
acciones u obras diferentes, superiores unas a otras. En
verdad os digo que ese decreto divino existirá
eternamente y no
tendrá fin; los
espíritus emancipados seguirán observándolo
con idéntica precisión, aunque sus virtudes y poderes no sean los mismos
que poseían en la inmensidad divina, antes de la prevaricación de los espíritus perversos; por ese delito se vieron
obligados a dividir su actuación entre
el temporal y el espiritual, aunque debían ser simplemente espirituales, como
indica todo lo que sucede ante vuestros ojos.
Para que
entendáis mejor este cambio en las virtudes y poderes de los
espíritus
emancipados de la
inmensidad divina, os
diré que el
Creador
emancipó de su círculo septenario divino a un número de espíritus
suficiente,
encargados de realizar actuaciones espirituales temporales en el ultraceleste.
Las leyes de poder que rigen estas
actuaciones se distribuyeron así a los
espíritus septenarios emancipados: **a
otra parte, el poder septenario; y a la
última, el poder inferior ternario. A
estas tres clases de espíritus se unió el
menor, infinitamente superior a ellos
por su poder y virtud, pues, como ya os he
dicho, era un ser puro que no había
sido mancillado por prevaricación espiritual
alguna. Así,
era el único
ser de esta
inmensidad que ostentaba
un poder
cuaternario y su actuación era muy
diferente a la de las tres otras clases del
ultraceleste. El Creador no situó en
esta inmensidad ultraceleste a los espíritus
octavarios, que estaban anteriormente
en la inmensidad divina; tampoco se
encuentran ya
en la inmensidad
divina, pues, tras
la prevaricación de los
primeros espíritus,
el Creador aplicó
la ley sobre
todas sus criaturas
espirituales, emancipando a los que ostentaban ese doble poder para que
manifestasen Su justicia y Su gloria en las tres inmensidades
indistintamente.
De ahí podéis deducir que el espíritu
doblemente fuerte está con vosotros
cuando lo merecéis y se aleja de
vosotros cuando sois indignos de su acción
doblemente poderosa. Visteis actuar este doble poder en Egipto, por vuestro
bien y vuestra gloria; su acción se dividió en dos partes: una para
exterminar a
vuestros enemigos, la
otra para velar
por vuestra protección
espiritual y
corporal. Estaba representado por las dos columnas que marchaban siempre
con vosotros, siguiéndoos en todos vuestros
triunfos. Esa es la razón por la
que el espíritu doblemente fuerte no tiene una morada fija en la inmensidad
divina.
No ignoráis, pueblo
de Israel, que
la inmensidad ultraceleste
es
semejante a la inmensidad divina y que en ambas están presentes
los mismos
poderes
espirituales. Pero debemos
hacer una distinción,
los agentes
espirituales divinos actúan en la inmensidad infinita del Creador,
mientras que
los
agentes ultracelestes sólo
lo hacen en
una extensión limitada.
Así, la
inmensidad ultraceleste es pasiva,
pues está sujeta al tiempo; no tiene más
límites que el pensamiento y el poder
del Creador y, por lo que ya os he
contado, debéis saber que está formada
por la multitud de espíritus que el
Creador emana de su seno. Es infinita,
pues la emanación espiritual no tiene
fin. Cuando un espíritu emana del
Creador, encuentra el lugar y el espacio
adecuado a su ser para actuar y poner en práctica el poder que le ha otorgado
127
el Padre Eterno. En
efecto, el Creador no podría emanar un espíritu de su seno
sin
entregarle un poder
y dicho poder
no podría ser
empleado
independientemente si cada
espíritu emanado del
Creador no tuviese
su
espacio particular; por lo tanto, al no tener
fin la emanación, la inmensidad
divina debe
extenderse continuamente. En
caso contrario, el
poder de los
habitantes de la inmensidad divina sólo llevaría a la confusión, tal
como ocurre
entre los habitantes del mundo material. La confusión del mundo material está
provocada por su espacio limitado, que sólo
puede albergar a cierto número de
habitantes; sin embargo, el número de
habitantes de la inmensidad divina crece
y seguirá creciendo hasta el infinito sin encontrar
jamás límites. La emanación
de estos espíritus no necesita del tiempo, como necesitó la creación
temporal,
pues
los espíritus reciben
en su emanación
todo lo necesario
para actuar
según sus leyes, no precisan servirse
del poder de espíritus inferiores, como
los menores que habitan en los mundos temporales.
Veréis
claramente, por tanto,
que esta inmensidad
divina no puede
considerarse, en modo alguno, finita; esa
infinitud demuestra la eternidad del
Creador, tal como la emanación de los
espíritus demuestra su eternidad. No
obstante, en la eternidad los espíritus no se
incluyen su acción ni el poder
temporal que emplean ante vuestros ojos. Lo que está sujeto al tiempo no
puede considerarse eterno; sin embargo, igual que por la
prevaricación de los
primeros espíritus y del hombre los poderes
espirituales puros pasaron a ser
temporales, tras
el último juicio
la acción de
esos poderes dejará
de ser
temporal, recuperando la fuerza y vigor determinados por sus primeras leyes.
Por otro lado, el ser de doble poder divino no recuperará
su primera
estabilidad en la inmensidad divina, anterior
a la creación; este ser empleará
eternamente su doble poder entre las clases
de espíritus diferenciados por toda
la eternidad, es decir: los espíritus justos,
que serán santificados en primer
lugar; y aquellos espíritus que no alcancen su santificación y reconciliación
hasta el final.
Esta distinción será
eterna, pues cuando
todos los seres
espirituales hayan
sido reconciliados, la
santificación de los
primeros será
siempre superior a la de los últimos. Los menores que no hayan alcanzado aún
su reconciliación al final de los tiempos, serán llamados en último
lugar por el
Padre Eterno; la justicia que les aplicará
será infinitamente más dura que la que
ha ejercido y ejercerá contra los demonios, pues el menor fue
privilegiado con
una autoridad y un poder superior al de los
espíritus perversos; como recibió
más, se le exigirá más. Esto enseñará al menor impío a temer a la
justicia del
Creador. Entended, por tanto, que el destino
del doble poder no es ser devuelto
a su primera estabilidad espiritual
divina, pues, por toda la eternidad, empleará
su fabuloso poder ante aquellos
santificados y reconciliados en primer y en
último lugar.
Si
tuvieseis la desgracia de encontraros entre los últimos que alcancen
la reconciliación, no podríais enmendar
vuestro abominable comportamiento ni
reclamar al Creador que disminuyese vuestros sufrimientos, pues en verdad os
digo que el Creador es inmutable y jamás retira sus decretos. Tened en cuenta
que una cosa es lo que el menor puede
hacer aquí abajo y otra lo que podrá
hacer cuando se encuentra ante la justicia del Padre Eterno. Sin duda sabéis
que el menor no puede negar ante este Ser sublime su libertad para aceptar o
128
rechazar las
leyes divinas que
Éste le entregó
en su emanación
y emancipación. El Padre Eterno juzgará a los menores en base a esa
libertad, pues todo ser
espiritual ha sido
emanado fuerte y
doblemente fuerte. El Creador
no es un ser débil; por tanto, no podría emanar a seres impuros y capaces de
sucumbir a cualquier acto de debilidad. Los hombres impíos y malvados
se excusan en
la palabra debilidad
para aceptar, por su propia voluntad, los pensamientos inicuos del
intelecto demoníaco; sin embargo, todas las pasiones y vicios del hombre sólo proceden de su propia libertad
innata. La voluntad del
menor nace de su libertad
y por ella
el menor realiza
el pensamiento bueno o malo
que ha concebido; en cuanto lo ha hecho, el menor vuelve en sí, medita sobre el
resultado de su operación y se convierte él mismo en juez del bien o del mal cometido.
Para excusar
vuestros crímenes ante
el Creador, los
achacaréis a
vuestra debilidad, alegando que es innata a
vuestra forma corporal de materia,
que
impide al menor
emplear su poder
espiritual. Sabed que
eso es
absolutamente falso;
todos los menores
que han recuperado
sus primeros
poderes y virtudes espirituales divinos y han alcanzado la gracia ante
el Padre
Eterno (como Adán, Abraham, Isaac, Jacob y
muchos otros), no han vuelto a
pecar
pese a seguir
teniendo formas corporales.
Al ser santificados
y
reconciliados sometieron su libertad
al poder de Aquel que se la entregó, de
este modo, de su libertad sólo
nacieron voluntades puras; así, los menores
reconciliados aceptaron
sólo aquellos pensamientos
espirituales que les
permitieron realizar hechos
sorprendentes e increíbles ante los prevaricadores.
Los menores reconciliados dejaron de encontrarse en peligro ante las
trampas
del demonio y de adoptar su intelecto
abominable; al poder leer hasta el más
profundo pensamiento de los seres
demoníacos, les interrumpían en todos sus
propósitos criminales, privándoles de toda la gloria que estos seres
perversos
se prometían al acosarles. No digáis, por
tanto, que la debilidad es innata en el
hombre y que su cuerpo material le hace caer en la tentación. Esta forma no se
dirige sola, es simplemente el órgano del menor y se limita a llevar a la
práctica
las voluntades buenas o malas que el
menor recibe del buen o mal espíritu.
Así,
cuando el hombre
peca, no puede
culpar de su
pecado a su
cuerpo
material, sino a su voluntad. Por supuesto, el menor tiene innata cierta
facultad,
cierta característica que
podríamos tachar de
debilidad, pero esa
debilidad
busca sólo el bien, por tanto es
agradable a los ojos del Creador. En verdad
procede de la humanidad espiritual,
que enseña a hacer el bien ante el mal que
los demonios hacen que nos inflijan
nuestros semejantes malogrados.
Esa es la
única debilidad innata en el menor. Si me estuviese permitido
revelaros
toda la compasión y
caridad divina del
Creador con Su
criatura
espiritual, temblaríais de vergüenza. Pero ya llegará el momento en que
se os
enseñe lo que no puedo contaros ahora y
juzgaréis vosotros mismos lo que
acabo
de deciros; entonces
entenderéis claramente que
la única debilidad
innata en el menor es la que os acabo
de revelar, que debería más bien ser
llamada misericordia. No consideréis pues, so pena de muerte, al menor
como
un ser débil. Si emanase como tal del seno
del Creador, sería inútil que Éste le
dejara libre. Si no contara con fuerza suficiente para hacer uso de su
libertad,
sería un ser impuro y contradictorio, tal
como lo sería también el Creador, pues
realizaría dos actuaciones contrarias la una a la otra, mientras que en Él existe
129
una única acción, que
se subdivide hasta el infinito para beneficiar y procurar el bien a Su criatura.
Para convenceros de que lo que el pecador denomina
debilidad innata
en el menor no procede de su cuerpo material,
preguntáos si los primeros
espíritus perversos tenían forma corporal
material cuando prevaricaron. Debéis
saber que dichos espíritus no tenían cuerpo y, sin embargo,
sucumbieron ante
el mal. Por lo tanto, no podéis atribuir esa
supuesta debilidad, en la que se
excusan los menores, a la forma de
los espíritus prevaricadores. Por otro lado,
esa debilidad era
incompatible con su
poder; no podían
comunicarse con
intelectos buenos o malos, porque en ese momento no existían, y podían
leer
en el pensamiento del Creador si permanecían
en su estado de justicia. Os
repito, por
tanto, que el
delito de los
primeros espíritus no
se debe a la
debilidad del cuerpo ni a la
influencia del intelecto bueno o malo; fueron su
propia libertad y su voluntad las que les llevaron a concebir el crimen
atroz por
el que ahora sufren en privación divina espiritual. No digáis, entonces, que no
podéis
entender cómo suceden
todas las cosas
que os acabo
de contar
respecto a la libertad y a la voluntad
innatas en el ser espiritual; eso sería
propio de un animal irracional, no de seres con virtudes y poderes
semejantes
a los de la Divinidad. No dudéis de vuestras
virtudes y poderes, pues todo lo
que he realizado en vuestra
presencia, en gloria del Creador y beneficio de sus
criaturas menores, se debe a los poderes que Él entrega exclusivamente a
los
menores, no a todos los seres espirituales.
Sí, pueblo de Israel, el Creador
siente más
satisfacción por las
buenas acciones y
obras de su
menor en
privación, que por las de otros seres espirituales, que son temporales
sin estar
sometidos al tiempo. Esto sucede porque los
menores fueron emanados y
emancipados para manifestar la justicia y la gloria del Padre Eterno,
mientras
que los espíritus puros sólo pueden
contemplar e informar al Creador de todo lo
que sucede entre el menor y Él. Así,
las virtudes y poderes innatos en los
menores son superiores a los de los demás
espíritus. Os preguntaréis si el
Creador no
podría ordenar las
mismas cosas y
otorgar el mismo
poder a
cualquier otro espíritu de la
inmensidad divina, ya fuera denario, septenario o
ternario. Pero no debe sorprenderos este privilegio del menor sobre
todos los
demás espíritus; recordad que, aunque la
vergonzosa lacra de los espíritus
puros por
la prevaricación de los perversos
fuera eliminada y
hayan sido
santificados por la infinita bondad y poder del Creador, eso no ha evitado
que
estén sometidos al temporal; por ese motivo, el Creador privilegió a su menor,
ser totalmente puro y sin mancha, pues su
emanación fue posterior al delito de
los espíritus perversos. No debe extrañaros, entonces, que los
habitantes del
mundo divino se
resientan aún de esa primera
prevaricación; seguirán
mortificándose hasta el final de los tiempos, cuando dejarán de
participar en el
temporal, pues no es esa la finalidad para
la que fueron emanados.
Sí, pueblo de Israel, en verdad os digo que en el mundo
divino sucede lo
mismo que entre los habitantes espirituales del mundo general
terrestre; éstos
últimos rinden tributo a la justicia del
Padre Eterno por la falta que cometió el
primer menor en el centro del universo
temporal y los habitantes del mundo
divino lo hacen para expiar el crimen de los primeros espíritus. Os diré
toda la
verdad respecto a los diferentes tributos que ambos rinden y rendirán hasta el
final del tiempo. Os sorprenderá saber que todos los espíritus que el Creador
130
ha emanado en la
inmensidad divina con posterioridad a esa prevaricación
están sometidos al
mismo tributo. Para
entenderlo, debéis analizar
la
emancipación del menor; cuando descendió a este bajo mundo no
había sido
mancillado y era un ser puro, pero en cuanto
se vio revestido de un cuerpo
material quedó sometido a la ley del tiempo. Sin duda alguna, existe una
gran
diferencia entre la sujeción del menor y la
de los habitantes de la inmensidad
divina; la privación y el castigo del menor son muy superiores, pues el
pecado
del primer hombre fue infinitamente peor que el de los demonios. Por eso, los
menores están limitados por el tiempo y los espíritus
sólo por el temporal; el
hombre sólo
puede recorrer las
diferentes inmensidades en
pensamiento,
mientras que los espíritus realmente pueden recorrer la infinita
extensión de la
inmensidad
divina. No obstante,
pese al diferente
sometimiento de ambas
clases de espíritus,
la palabra del
hombre le hace
superior a todos
los
habitantes del mundo divino: su poder y su fuerza son mayores, y su amplitud
sobrepasa, incluso, a la que recorren los espíritus divinos.
Ese es, hijos de Israel, el actual estado de los menores y
los espíritus
divinos; sin embargo, esa atadura que les limita no es nada
comparada con la
horrible privación a la que están condenados los espíritus perversos. Fue tal
la
fuerza con que el Creador les aplicó Su ley que su tormento y mortificación es
infinitamente superior al de los demás
espíritus. Su mayor suplicio es estar
sometidos al mal; están condenados,
por decreto del Padre Eterno, a vivir
durante una
eternidad temporal en su iniquidad,
sin poder enmendar
sus
malvadas acciones, contrarias a la
acción divina. Eso explica el mensaje que
nos hizo llegar el Creador mediante
uno de sus nuncios: los prevaricadores
serán castigados con sus propios crímenes. El menor, por el contrario, pese
a
su sujeción, tiene libertad total para actuar
de acuerdo con el bien o el mal, y
para transformar el mal en bien. No
hay comparación alguna entre su privación
y la que sufren los espíritus perversos, que sólo pueden hacer el mal.”
Tras comunicar a su pueblo las extensas instrucciones que
les acabo de relatar, Moisés volvió al monte Sinaí a buscar
las segundas tablas de la ley. Estando allí,
el Creador le ordenó construir un tabernáculo que albergaría las nuevas Tablas. Una vez que hubo regresado y cumplido, con
ayuda de Besalel, todo lo que el Creador le
había indicado, volvió a dirigirse al pueblo, para hablarles de la forma y las
proporciones del tabernáculo:
“Escucha,
pueblo de Israel,
debo hablaros sobre
las diferentes
proporciones observadas en la construcción
del tabernáculo del poder espiritual
divino y sobre
su relación con
todo lo que
existe. El tabernáculo,
en su
perfección,
hace alusión a
cuatro creaciones espirituales: 1º al
mundo
ultraceleste, 2º al mundo celeste, 3º al cuerpo del hombre y
4º al mundo o
círculo universal. En
primer lugar, observad
que su interior
representa
realmente la figura del mundo ultraceleste; en
ese santo lugar llevaré a cabo
parte de las actuaciones relacionadas
con los habitantes
espirituales del
ultraceleste, sin la intervención de ningún
otro espíritu; así, el Creador me ha
indicado que cuando precise
comunicarme directamente con la voluntad divina,
debo entrar a ese santo lugar por su
puerta oriental; eso haré siempre que
deba pedir algo en beneficio de
Israel. Durante este tipo de invocación, mi labor
y mi temor serán infinitamente mayores que en las demás que podría realizar
131
en beneficio o perjuicio
de Israel, pues me comunicaré directamente con el Padre Eterno y los espíritus
puros del ultraceleste, como ya os he dicho.
La
segunda alusión, a la región celeste, está simbolizada por las cuatro
puertas del tabernáculo, que representan las cuatro regiones celestes. Una de
estas puertas mira hacia oriente, otra hacia
occidente, otra hacia el sur y la
última hacia el aquilón o norte;
simbolizan los cuatro poderes espirituales que el
Creador entregó a su menor, que le
permiten utilizar el de los superiores de las
cuatro regiones y todo lo que depende de ellos. Por ese motivo, cuando
entre
al tabernáculo para que me sean revelados
asuntos temporales espirituales
celestes, dejaré abierta la puerta que mira hacia la región celeste del
superior
al que deseo dirigirme. Así se diferencian
las peticiones e invocaciones que
realizaré a la parte celeste de las de
la parte ultraceleste. Los habitantes del
ultraceleste, que obran y actúan sobre todo lo que existe espiritualmente, no
están condicionados por las
limitaciones del universo y, al no tener límites
materiales, no pueden ser sometidos
ni asignados a ninguna región elemental.
Por eso,
al invocarles no
dejo abiertas las
puertas del tabernáculo,
pues
superan toda clase de barreras materiales para comunicarse con los
menores
destinados a manifestar la gloria y la
justicia divina. Sin embargo, esto no
ocurre con los
habitantes espirituales de
la parte celeste;
como habitan
regiones y formas elementales debo eliminar
las barreras que los confinan para
dirigirme a ellos. Esa es, en verdad,
la relación entre el tabernáculo y los
mundos celeste y ultraceleste, cuyos
habitantes actúan de manera diferenciada
y ordenada ante quienes, por orden del Creador, tienen poder sobre ellos.
La tercera alusión que hace el tabernáculo es al mundo
particular, o pequeño mundo, que es simplemente el cuerpo del hombre. Sí, hijos
de Israel, este tabernáculo que Besalel ha
construido en vuestra presencia, donde he depositado la ley divina que el Creador me entregó personalmente,
representa, en verdad, el tipo del cuerpo del hombre o forma corporal de
materia aparente, en la que está
confinado el menor
o alma espiritual
divina. Igual que
los habitantes del
ultraceleste, del celeste y del círculo universal actúan en su particular y en
el impresionante tabernáculo, también obran y actúan en el cuerpo del hombre y
en el menor confinado en él.
En cuarto lugar,
este tabernáculo hace
alusión directa al
círculo
universal,
pues todo ser
espiritual, inferior, mayor
y menor realiza
en este
tabernáculo las mismas
acciones que en
la inmensidad universal.
Sí, este
tabernáculo, levantado ante vuestros ojos por
el poder del hombre, os indica
las
facultades y poderes
de los espíritus
que participan en la defensa
del
universo y de los que colaboraron en su
formación, disponiendo la materia
prima de donde surgen todas las formas, y
limitaron el impulso dado por los
espíritus inferiores, siguiendo
las órdenes del
Creador. Juzgadlo vosotros
mismos:
¿No es cierto que al bajar de la montaña no traía ningún material
apropiado para la construcción del
impresionante tabernáculo donde debían
resguardarse las leyes divinas que
el Creador se dignó a confiarme? No era yo
el encargado de esta construcción, si
no un simple enviado que debía transmitir
a Besalel la orden de la Divinidad,
revelándole la forma aparente que debía
darle. Así, yo no he colaborado físicamente en la construcción de este
edificio,
ese trabajo estaba reservado a Besalel y
a los otros dos menores que le
132
ayudaron. Sabéis,
además, que al comunicar a Besalel la orden de la Divinidad y el
plano del tabernáculo
espiritual conforme a
la voluntad y
deseo del Creador, estaba
repitiendo lo sucedido desde la formación del universo.
Igual que yo
comuniqué a Besalel
las órdenes del
Creador para la
construcción del tabernáculo, el Creador
comunicó directamente a los espíritus
inferiores las leyes de creación de esencias espirituosas. Igual que yo
entregué
a Besalel el plano de su obra, un enviado superior comunicó a los
espíritus la
imagen deseada de la forma aparente del
universo. Igual que Besalel, tras
recibir la orden y el plano para
construir el tabernáculo, encontró sin dificultades
los materiales necesarios para ello, los espíritus inferiores, tras
recibir la orden
del Creador de
construir el universo
y la imagen
de su forma
aparente,
produjeron ellos mismos las tres esencias
elementales de todos los cuerpos
que conforman el tiempo universal. Así, en esta operación yo he representado
el tipo del Creador y el del espíritu mayor, y Besalel el del espíritu inferior
que
tiene en su poder la construcción de las
formas. Por eso Besalel es llamado
“gran obrero” ante el Padre Eterno. La
materia incorruptible de la que está
formada este tabernáculo es el
verdadero tipo de los espíritus menores que
contribuyen a la protección y
preservación del universo; este tabernáculo es
incorruptible pues, al igual que el
universo, está protegido y preservado por
seres puramente espirituales. Por ese
motivo, ambos templos perdurarán hasta
el final de los tiempos. Intentad,
pueblo de Israel, que también vuestra forma
particular sea incorruptible,
sometida a la dirección y al poder de estos mismos
seres espirituales, que la
conservarán en toda la pureza de sus leyes durante el
tiempo que le
haya sido fijado.
Como sin duda
alguna entendéis, las
tres
personas que han trabajado en la
construcción del tabernáculo, Besalel y su
dos ayudantes, representan a los
espíritus inferiores que producen las tres
esencias espirituosas, fuente de todas las formas corporales.
Esas son, Israel, las principales referencias que podéis
descubrir en el
tabernáculo que tenéis ante vosotros. Sobre todo, no olvidéis que
es, como ya
os he dicho, imagen de la forma corporal del menor. ¿No tiene el tabernáculo
del menor las cuatro puertas representadas en el de Besalel?. ¿No existe una
relación perfecta entre ellas?. La puerta
oriental del tabernáculo de Besalel,
que utilizo para invocar a los habitantes del ultraceleste, representa
el corazón
del hombre; el corazón permite al hombre
recibir todas las satisfacciones y
privilegios que le envía directamente
el Creador mediante los habitantes del
ultraceleste. La
puerta de Occidente
del tabernáculo de
Besalel está
relacionada con la segunda puerta del
cuerpo del menor, que es la vista. La
puerta del Sur hace referencia al
oído. Sin embargo, pese a esta relación entre
las cuatro puertas de ambos tabernáculos, no penséis que tienen las
mismas
virtudes y propiedades. No, Israel, el
tabernáculo de Besalel es sólo un tipo del
tabernáculo del menor; es a éste
último al que Creador ha dedicado toda Su
atención. Por lo tanto, no debe sorprendernos que su poder sea superior
al de
Besalel, aunque éste encierre la ley divina que el Creador confió una segunda
vez a su servidor Moisés, ¿acaso no existe esa ley sagrada en el tabernáculo
del menor?. Tampoco penséis que el tabernáculo de Besalel representa el de
Adán, nuestro primer padre, en su primer
estado glorioso. Ya sabéis que en
ese estado Adán era un ser puramente
espiritual que no estaba sujeto a una
forma material, pues
ningún espíritu puro estaría
confinado en una
forma
133
material si no hubiera
pecado. Sabéis, además, que Adán podía crear su propia forma corporal gloriosa,
hacerla desaparecer o transformarla a su antojo, según las acciones que debiera realizar para cumplir las órdenes
que recibía del Creador. Sin embargo, esta forma no podía
considerarse tabernáculo de la ley divina
innata en el primer menor; fue el propio menor, como espíritu libre, el primer
tabernáculo de la
ley divina recibida
en su emanación
o en su emancipación.
Ved, por tanto, que es imposible que un tabernáculo de materia común, como el de Besalel, represente el
tabernáculo espiritual del primer menor, que es un espíritu puro.
Ahora os detallaré las propiedades de las cuatro puertas
del tabernáculo
del menor corporal, de las que ya os he
hablado, demostrándoos que son
superiores a las del tabernáculo de Besalel. Ya os he dicho que la
primera de
estas puertas, o puerta oriental, es el corazón del cuerpo del hombre; por ella
entra el espíritu de vida pasiva al
tabernáculo del menor, disponiéndolo para
recibir y soportar los efectos de las
acciones espirituales divinas que debe
realizar junto
con el menor.
Por esta misma
puerta entran al
hombre los
espíritus superiores, tanto buenos como malos; una vez que han dispuesto
el
tabernáculo de acuerdo a sus leyes, el menor se une a ellos, llevando a cabo
su voluntad buena o mala, en uso de su
libertad. Los espíritus que pueden
influir con sus acciones divinas en
el menor son todos los que habitan desde el
mundo ultraceleste hasta la frontera de todos los mundos temporales. Eso
os
da una idea de la infinita variedad de
comunicaciones espirituales buenas o
malas que puede percibir el menor por
la puerta oriental de su tabernáculo
corporal. Sí, Israel, en el corazón del menor es donde todo ocurre, para
bien o
mal del menor.
Las otras
tres puertas del
tabernáculo del hombre
no son menos importantes
y son, asimismo, superiores a las correspondientes del tabernáculo de
Besalel. Se trata de los principales órganos del menor: la vista es el órgano de la convicción,
el oído el
de la concepción,
y la boca
el de la
palabra poderosa del hombre.
Estas tres puertas, además de la primera, os ayudarán a distinguir las cuatro actuaciones diferentes del
menor, por su poder sobre el mundo ultraceleste, el terrestre y el universal.
Lo mismo ocurre en el tabernáculo de Besalel, que es la
representación
cierta de esos cuatro mundos; al ser cada uno
de los mundos un tabernáculo
particular, debe tener sus propias operaciones
espirituales divinas, tal como
representan
las cuatro puertas
del tabernáculo de
Besalel. Quizás os
preguntéis por la llave de dichas puertas,
sabed que la única llave es el espíritu
que vela por cada una de ellas, pues sólo él
puede abrirlas o cerrarlas para
beneficiar o perjudicar al menor. El menor
no puede abrirlas por su cuenta pero
puede hacer que sean abiertas y cerradas a su antojo. Corresponde
al menor
espiritual bueno convertirse en el
verdadero propietario de esta gloriosa llave y,
por tanto, ser depositario del bien
espiritual y negar el paso a los espíritus
contrarios a la Divinidad. Eso
denota la superioridad del tabernáculo del menor
frente al que
he hecho construir
en vuestra presencia.
El del menor
fue
construido con anterioridad y nada puede
prevalecer a él sin su consentimiento.
Este tabernáculo, por último, es el
tipo real del mundo, pues contiene en su
pequeña extensión todo lo que el gran mundo contiene en su inmenso espacio.
134
El tabernáculo del menor
es incomparablemente superior a los tabernáculos particulares, ya que el del hombre contiene cuatro
elementos, mientras los demás
contienen sólo tres. Los tres elementos que poseen los tabernáculos inferiores
particulares son la ley, ceremonial del culto divino, el precepto y la operación; el tabernáculo
del menor, incluye
un cuarto elemento,
el poder espiritual divino. Ahí tenéis lo que representan el
tabernáculo de Besalel y el del hombre y la explicación de la
superioridad de éste último, que aclararé en su debido momento, siguiendo la
voluntad del Creador.
Aún no os he revelado el verdadero nombre del constructor
de este
temible
tabernáculo, sólo conocéis
su nombre temporal,
Besalel. Pero ese
nombre es artificial, sólo anuncia el origen de su forma corporal,
no dice nada
sobre el verdadero nombre de aquel o aquellos
que lo habitan. Por tanto,
debéis saber que el verdadero nombre
espiritual de este obrero es Beth, que
quiere decir “acción del pensamiento divino”, como indica la segunda
letra del
alfabeto
hebreo; la primera
letra, Aleph, indica
el pensamiento divino
y la
segunda, Beth, su acción. Hablando de
este tema, os diré que los nombres
temporales no poseen virtudes ni poderes espirituales, pues son dados
por los
hombres, no por el Creador. Ninguna obra
espiritual temporal ha sido realizada
nunca únicamente por el nombre de un
cuerpo material ni por ninguna de las
facultades del ser corporal; cuando
las formas logran alguna virtud, no lo hacen
ellas solas, sino por la poderosa
cualidad del ser espiritual que las habita, es
decir, por la facultad vinculada a su nombre animal espiritual divino, como os
explicaré a continuación.
Ya conocéis el rito de alianza del padre Eterno con el
hombre Dios de la
tierra, así como con la descendencia de este
primer hombre tras su primera
reconciliación. En su
estado de gloria,
este hombre Dios
tenía su propio
nombre, directamente relacionado con su ser
espiritual. Gracias a este nombre
manifestaba en
el universo todas
sus actuaciones espirituales
divinas
temporales, siguiendo los deseos del Creador y para su satisfacción.
Pero, en
cuanto pecó, olvidó su nombre espiritual,
convirtiéndose en un ser simplemente
material temporal, de ataduras espirituales divinas, no demoníacas.
El cambio de su forma desencadenó el de sus leyes y éste
el de sus
acciones.
¿No es evidente que todos estos cambios llevaban consigo el del
nombre propio del primer menor?. En efecto, el
nombre que el Creador dio a
este hombre tras concederle su reconciliación espiritual temporal,
no espiritual
pura, era en verdad muy poderoso; sin embargo, era inferior al primer nombre
que recibió al ser emanado y emancipado
para que se reprodujera.
¡Oh,
pueblo querido del Espíritu!, en verdad la primera criatura humana
sufrió un cambio de nombre. Observad a aquel que llamamos padre temporal
de los hijos de Israel. Al inicio de estas operaciones temporales materiales se
llamaba Abram, que
significa “hombre superior a
la materia”. El
Creador
cambió ese nombre por el de Abraham, que
significa “padre de muchedumbre
espiritual divina”. En efecto, entre sus
descendientes se ha manifestado la
gloria y la justicia del Creador antes
que en cualquier otra nación. Pero no os
enorgullezcáis de ese privilegio,
hijos de Israel, pues igual que el Creador
intensificó la facultad
espiritual menor y
material de Abraham
dándole un
135
nombre
nuevo, también puede
revocar todas sus
virtudes negándole ese mismo
nombre y devolverlo a su grado de inferioridad anterior. A este respecto, debéis
saber que todos los espíritus menores, o almas espirituales, tienen un nombre
que distingue sus poderes y virtudes para acciones temporales. Así, a consecuencia del delito del hombre y su
reconciliación, el Creador cambió su primer
nombre ABA (4) por el de BIAN (6), llamado Adán; éste, a su vez, cambió el nombre a su tercer hijo, llamándolo Set,
nombre que no se debía a la simple
voluntad del primer hombre, sino que le fue sugerido por el Espíritu, como
veréis a continuación.
La
circuncisión o derramamiento de sangre de Abraham es un tipo real
de la purificación de la materia corporal.
La finalidad de este derramamiento de
sangre era purificar la vida pasiva, preparándola para el influjo de las
diferentes
facultades espirituales divinas
que el Creador
había vuelto a
enviar a su
servidor Abraham, para alejarle del falso culto que rendía en perjuicio
del de la
Divinidad.
No podemos dudar
que, mediante esta
operación espiritual, se
relacionó totalmente la vida pasiva o alma animal con la vida impasible
o alma
espiritual activa.
Aun así, tanto el alma pasiva, como el alma impasible
tenían un número
particular distinto que diferenciaba perfectamente todas sus virtudes y poderes
temporales. El alma pasiva sólo puede ostentar el número
imperfecto ternario
3, mientras que el alma impasible detenta
el número cuaternario 4, detalle más
que suficiente para demostrar sus diferencias y distinciones. Para convenceros
de que estas dos vidas, pasiva e impasible, proceden del espíritu puro y que su
unión es perfecta
e íntima, sólo
tenéis que sumar
los dos números
que
representan sus facultades espirituales temporales. El resultado de esta suma
es el número septenario 7, número del
espíritu mayor del que emanan.
En cuanto al cambio de nombre, que se realizó, como os he
revelado,
por voluntad del espíritu del Creador, no del
hombre, observad que ningún
patriarca llevaba el nombre de su origen material y que todos eran
diferentes.
Hay diez patriarcas y diez nombres espirituales que rinden culto a la Divinidad
por
su propio número
denario. Observad, además,
que ninguno de los
patriarcas posteriores a Noé recibió un nombre de origen material, ni
entre los
descendientes de Noé, ni entre los de Ismael o de Héber. Esto demuestra que
el cambio del nombre original del hombre por otro espiritual procede de Dios.
El nombre espiritual que recibe el alma impasible anuncia
y explica la
unión del primer hombre Dios, tras su
reconciliación, con un ser distinto y
espiritual, un espíritu septenario que el
Creador ha sometido a la poderosa
virtud del espíritu menor cuaternario. Mediante dicha unión, el Dios Eterno de
Israel también quiso hacer entender a todas
Sus criaturas que deben amar a su
prójimo como a sí mismos. Esta unión,
esta amistad, esta inteligencia debe
entenderse de espíritu a espíritu, no de la materia temporal al
espíritu. Ese es
el verdadero prójimo al que debéis cuidar y amar como a vosotros mismos.
En verdad os digo, pueblo de Israel, que esta elección de
un nombre
espiritual para el alma o menor se perpetuará,
en nombre del Padre Eterno,
entre los pueblos idólatras desconocedores del verdadero culto de la Divinidad;
136
en la actualidad, podemos
observarlo en el sacramento de bautismo de la Iglesia cristiana, por el que los recién nacidos reciben
un nombre espiritual diferente al que llevan por su origen material temporal.
Ahora que os he explicado el nombre espiritual que el alma
recibe del
Padre Eterno y el cambio del nombre original
por otro espiritual, quizás deseáis que os
interpretase el significado del nombre de Set. En verdad os digo que ese
nombre significa “admitido al verdadero culto divino” o “agente puro de la
manifestación
de la gloria
y la justicia
divina”. Por este
motivo, los descendientes
de Set fueron llamados hijos de Dios, no hijos de los hombres.
Esa última denominación se reservó para la descendencia femenina de Caín,
engendrada
por la intervención
de los demonios,
pues su origen
corporal procede de la actuación del primer hombre, sujeto de su
prevaricación. Quizás también os
preguntéis por qué el hombre
que construyó el
imponente tabernáculo realizó
todas sus obras temporales bajo su primer nombre; pues bien, os diré que este hombre conservó su nombre
original de Besalel para que todos
los descendientes de Adán entendiesen la íntima relación del espíritu con la materia prima, sin confundirlos.
Esto explica la forma corporal del tabernáculo que
construyó este gran
obrero, según el plano plasmado en su imaginación, que debía
albergar a los
espíritus
de santificación, de
conciliación, de conservación
y al espíritu
todopoderoso, protector y defensor de
los hijos de Israel. Sí, con esto debéis
entender que el espíritu menor que habita en el tabernáculo corporal no está
más unido a esa materia de lo que lo
están los espíritus que os acabo de
nombrar a la materia del tabernáculo
espiritual construido por Besalel, para
gran gloria del Padre Eterno y
satisfacción de Israel. He ahí la demostración de
que el tabernáculo de Besalel es un tipo real del hombre Dios sobre la tierra.
Todo lo que
os he relatado,
hijos de Israel,
sobre la sublime
manifestación de la gloria y la justicia del
Creador en vuestro beneficio y en
perjuicio de vuestros enemigos y de los Suyos,
os deja ver cuál sería vuestro
pecado
y vuestro castigo
espiritual animal si
contravinierais lo que os he
revelado y enseñado en Su nombre. Si vuestro corazón se
endureciese contra
el Padre Eterno y Sus elegidos, vuestro
número espiritual sería subdividido
hasta
el infinito sin
posibilidad de volverse
a unir; vuestra
memoria se
oscurecería, vuestro poder y virtud disminuirían y vuestra imagen se
disiparía
con la misma facilidad con que la luz hace
desaparecer las tinieblas. En verdad
os
digo, con el
corazón compungido y
afligido, que veo
acercarse ese
momento. Cuando llegue ese día, los queridos aliados del Padre Eterno ya
no
vivirían entre vosotros, todas vuestras
súplicas, invocaciones y oraciones serán
vanas y estériles y vuestro
sufrimiento será enorme. Pero esa pena espiritual
será aún mucho mayor cuando veáis que
el culto del Señor es entregado a
otras naciones, para vuestra vergüenza
y menoscabo. Sólo en virtud de ese
mismo
culto seréis dominados
por las diferentes
naciones, que someterán
todas vuestras obras, acciones e intervenciones a su voluntad,
convirtiéndoos
en sus súbditos y tributarios. Pero, pase
lo que pase, hijos de Israel, no perdáis
nunca la fe en la misericordia del Padre Eterno; recordad siempre que
habéis
sido el inmenso escenario de la primera manifestación de la gloria y la
justicia
divina, que entre vosotros ha nacido todo elemento espiritual, y que llegará el
137
día en que los
descendientes de Abraham, herederos de la obra del Padre Eterno,
recuperarán su primer
estado de esplendor,
reconquistando con magnificencia
su capitalidad. Cuando os encontréis dispersos entre todas las naciones recordaréis que esa desgracia espiritual
representa, en verdad, lo que acaecerá a
los sucesores espirituales temporales que se dediquen al disfrute efímero
de las dulces satisfacciones del culto temporal, pues si no conservan con más
cuidado que vosotros
esa gloriosa herencia,
sin deshonrarla ni mancillarla,
su castigo y sus penas serán superiores a los vuestros. Serán seres impuros a los ojos del Creador y su herencia
les será arrebatada por otras
naciones. Entonces, serán tratados como simple instrumento de la justicia divina,
siendo rechazados por una eternidad tras haber sido utilizados. Josué, servidor del Altísimo, heredará el gran culto
divino y la orden que me ha sido entregada,
y por intercesión mía recibirá las virtudes y poderes necesarios para manifestar la gloria y la justicia divina.
Pensad, hijos de Israel, si esta sucesión no es un nuevo
indicio de que la
herencia de la tierra prometida no os pertenecerá por siempre. Sí,
debe servir
de
ejemplo inmemorial, para
recordaros que el
verdadero culto del
Padre
Eterno también pasará a naciones extranjeras, por lo que vuestra memoria
se
oscurecerá de tal manera que ni siquiera
recordaréis el nombre del Dios Eterno
ni vuestro propio nombre animal espiritual; vuestro pueblo será diseminado por
toda la tierra como ejemplo para otras
naciones; volveréis a ser esclavos y
servidores en Egipto, y sólo lograréis
vuestra libertad al final de los tiempos.
Entonces, tendrá lugar la manifestación de la gloria y la justicia del Altísimo,
para recompensa de los justos y
humillación de los malévolos demonios y
menores no reconciliados. No
obstante, debéis saber que, antes de los últimos
tiempos, reinará gran confusión entre
las tribus de Israel; la desolación les
obligará a separarse unas de otras; el número superior se alejará del
inferior y
éste último será, además, subdividido como
ejemplo de la justicia del Padre
Eterno contra
los hijos de
Israel; y su
tierra prometida no
admitirá cultivo,
quedando estéril. Ya sabéis que el número septenario es un número
espiritual
temporal
y el quinario
un número espiritual
material que puede
ocasionar
confusión y perjuicio espiritual divino; por lo tanto, este número
septenario de
las
tribus de Israel
es el que
se separará del
número inferior quinario,
retirándose a un lugar del universo
inaccesible para los mortales ordinarios.
Allí, las tribus justas seguirán
rindiendo tributo a la Divinidad por el crimen de
Israel, logrando así la reconciliación
de este pueblo. El arca de la alianza de
Israel
con el Altísimo
llevará, además de
todas sus virtudes
y poderes
espirituales divinos, este número septenario. Las demás tribus se
convertirán
en seres de tinieblas.
En verdad os digo que cuando hayáis sufrido los efectos de
la justicia
divina y hayáis perdido a vuestros principales guías espirituales,
haréis todo lo
posible por encontrar otros, pero sólo os guiarán simples elegidos temporales,
más materiales que espirituales. Os
conducirán por el tenebroso y horrible
sendero del que el Padre Eterno os
sacó, donde os lamentaréis a la sombra de
vuestro crimen. Considerad con temor,
hijos de Israel, todas las desgracias que
os anuncio en nombre del Padre Eterno.
Invocaréis inútilmente el amparo de
Moisés y Josué, pero cuanto más les invoquéis, más se alejarán de
vosotros.
Así, el
castigo del Creador
a Israel será
mayor que nunca,
cumpliéndose
138
exactamente el decreto
inmutable que pronunció contra los infractores de Su culto y sus cómplices.”
Lo que les acabo de contar sobre la intervención,
reflexión y acciones buenas y
malas de Israel, y sobre las obras de sus principales guías, les ayudarán
a entender que todo lo que les fue
pronosticado ocurrió realmente. Por lo tanto, no profundizaré en las desgracias
e infortunios que padeció este pueblo, como anunció Moisés antes de separarse
de él. Tanto la historia santa como la
profana recogen ampliamente
todos estos hechos,
como el Arca perdida o la separación de las tribus
con Roboam, perdiéndose siete de ellas y cayendo las otras cinco en esclavitud
y servidumbre ante naciones extranjeras, sin esperanza de ser socorridas.
Esta separación de las tribus merece, no obstante, una
reflexión seria.
Siete de estas tribus se separaron de Roboam, hijo y heredero de
Salomón. El
lugar al que se retiraron y el camino que
tomaron para llegar allí fue siempre
una incógnita para Roboam, las cinco tribus que cayeron en la esclavitud
y el
resto de naciones. Reflexionen sobre esta
separación de las doce tribus: el
número mayor septenario se retiró a un lugar de paz y tranquilidad, ajeno a
todo contacto humano y profano; sin
embargo, las desdichadas tribus bajo el
número inferior quinario
permanecieron errantes, sumidas en la vergüenza y la
confusión, bajo el
dominio de otras
naciones, privadas de
toda acción y
operación
espiritual divina. ¿No representa
claramente este suceso
la
afirmación cierta del
bien y del mal procedente de los dos tipos de espíritus,
buenos y malos?. Consideren la evidencia de esto que les digo, al
ser el 2 un
número de confusión. Piensen, además, si en esta separación de
las tribus de
Israel en dos grupos, el número septenario de aquellas que desaparecieron de
la vista de los hombres, no representa
el tipo de los menores elegidos por el
Padre Eterno, a quienes aleja de los
profanos e impuros de la tierra para
ponerlos al abrigo de todo contacto
intelectual con los mortales ordinarios. El
Creador permite
que el paso
del tiempo borre
a esos seres
dichosos del
recuerdo de los mortales ordinarios;
como desconocen su morada fija y el
camino que cogieron para llegar allí,
ignoran también sus obras, sus acciones y
sus
intervenciones espirituales temporales.
Más aun, acaban
ignorando la
conducta que deberían
llevar para alcanzar
esa felicidad que
ni siquiera
recuerdan.
Asimismo, consideren si esta separación no representa en
verdad la muerte natural temporal, por la separación del
alma y el cuerpo. Las doce tribus, por sus estrechos vínculos, formaban un solo cuerpo;
sin embargo, al separarse en dos partes
diferentes, la inferior, privada de la otra, cayó en la nada espiritual y la ignorancia. De igual manera,
mientras el alma está unida al cuerpo
presentan una unidad temporal perfecta; sin embargo, al separarse quedan divididas en dos partes perfectamente
diferenciadas: una de ellas, que representa
el número mayor septenario, permanece, si ha sido justa, bajo la protección de la gloria del Padre Eterno, y la
otra, que repite el número quinario de las tribus errantes, permanece en
la tierra, privada de toda acción espiritual hasta
su perfecta reintegración.
139
Gracias a esta observación, podrán entender la revolución
que tendrá lugar en todo el universo cuando el espíritu
que lo vivifica se separe de él. Pues, a imagen de los cuerpos
particulares, su materia permanecerá errante y pasiva hasta desaparecer por completo. Esa es la ley que pondrá fin a
todas las cosas temporales. Deben
entender que la materia prima sólo fue concebida por el espíritu bueno para
confinar y someter al espíritu malo en privación; pero esta materia prima,
concebida y engendrada por el espíritu, no emanada de él, quedó a
disposición de los
demonios. Recuerden, si
no, la aparición
del príncipe de los demonios a Cristo, Hombre Dios de la tierra. Este
ser perverso no se le habría aparecido bajo forma humana, para atacarle, si el
hombre Dios no hubiese estado revestido de
un cuerpo de materia, sino de la forma gloriosa innata en Él;
en ese caso,
la intervención espiritual
demoníaca no habría podido ocurrir, pues el espíritu puro tiene el privilegio de contener y
anular toda operación de los
espíritus impuros.
Quizás se
pregunten si el príncipe de los demonios, al aparecerse así al
Hombre Divino, pretendía seducir y
corromper simplemente Su cuerpo material
o también Su espíritu. Mi opinión es
que intentaba seducir a uno y otro. En
primer lugar, con su intelecto demoníaco quería corromper el cuerpo
material
del Ser divino, para influir en Él,
engañándole con las acciones que realizaría el
espíritu vinculado a su forma
corporal. En segundo lugar, deseaba, aún más
fervientemente, seducir al Ser
espiritual que habitaba ese cuerpo; no podía
imaginar nada más glorioso que esa conquista, pues sabía que, además de
oponerse a las órdenes y la voluntad
del Creador, las poderosas acciones e
intervenciones que
el hombre Dios
realizara movido por
el influjo tentador
someterían a una multitud de menores
o almas al poder demoníaco.
Pero ni el espíritu ni el cuerpo de este Ser redentor
sucumbieron ante las
artimañas del demonio;
por el contrario,
como todo en
Él estaba libre
de
oprobio y prevaricación, sus múltiples
virtudes impidieron que cayera en ese
lugar
de sumisión y
privación, y obligaron
al príncipe de los demonios
a
retirarse de Su presencia para cumplir las órdenes que le había
dado. En ese
fatal momento, el demonio comprendió el alcance
de su humillación y sumisión
al hombre Dios del universo, pues la firmeza y la pureza de este Ser
detenían
todo ejemplo y toda acción impía; el
comportamiento y la influencia diabólica no
prevalecerían a los ojos de los
hombres ordinarios, así reinaría la paz y la
calma en
el espíritu de
este hombre divino.
Con esto entenderán
que la
mayoría de las acciones,
comportamientos e intervenciones de los hombres
materiales tiene su origen en
ejemplos y costumbres que ellos convierten en un
segundo principio natural de su vida ordinaria, tanto para bien como
para mal.
Las operaciones y costumbres denigrantes pervierten al hombre, mientras que
las buenas acciones se convierten en inestimables hábitos con un maravilloso
efecto espiritual para el que las percibe y
el que las realiza.
Volviendo a
la predicción de
Moisés, cuando dijo
a Israel que no
encontraría guías espirituales tan perfectos como los que había abandonado,
sino
simples guías temporales,
más materiales que
espirituales, no se
equivocaba. En efecto, ese pueblo
depositó su confianza en un mortal ordinario
como Saúl, elegido rey de los hijos de Israel por los hebreos; es
evidente que
esta elección realizada por los hombres, no por el Creador o sus emisarios, era
140
más material que espiritual; eso explica todo
lo sucedido a este pueblo bajo su
mandato.
La triste suerte
que corrió el
mismo Saúl pone
en evidencia las
diferencias entre la elección divina y el concierto de los hombres: éste es
pernicioso, mientras que la elección divina es inexpugnable e
invencible. Saúl
decidió fijar su morada con la tribu de
Benjamín, había depositado en éste toda
su confianza y compartía con él todas
sus obras en beneficio de Israel. Sin
embargo, si su elección hubiese sido
motivada por el Creador esto no habría
sucedido, pues el espíritu le habría revelado que el elegido del
Altísimo debía
estimar por igual a todos los justos
espirituales, impidiendo así que favoreciese
a la tribu de Benjamín, al
considerarla su único apoyo y su guía.
Además, si esta
elección hubiese surgido
del Creador, Saúl
habría conocido la interpretación espiritual del nombre de Benjamín, que
quiere decir “hijo de mi dolor”. Habría
sabido que esa tribu estaba marcada desde hacía mucho tiempo por un orgullo y una ambición criminales y, en vez de unirse
a ella, habría rechazado sus consejos
impíos y funestos; estos consejos fueron la causa de
su desdicha, convirtiéndole, junto
con sus descendientes, en un ejemplo aterrador para los mortales por tiempo
inmemorial.
Quizás deseen conocer la naturaleza de la prevaricación
de Saúl, primer
rey temporal de Israel. Se lo explicaré con la claridad que me dicta la
sabiduría
de la verdad. El crimen de este rey fue llevar a una muerte miserable a un gran
número de gabaonitas, sirviéndose de toda su
fuerza y su odio contra este
desafortunado
pueblo, que había
alcanzado la reconciliación con
el Padre
Eterno
y había sido
absuelto por Josué
tras jurar fidelidad
al culto de la
Divinidad. La codicia de la tribu de Benjamín
le llevó a presionar a Saúl para
que declarase la guerra a los desafortunados
gabaonitas, para saquear sus
bienes
una vez que
el ejército de
Israel les hubiese
vencido. La tribu
de
Benjamín, pese a ser la última por su rango, tenía preferencia frente a todas
las
demás. El rey lo había ordenado así pues la
consideraba base fundamental de
su poder y se apoyaba tanto en su fuerza como
en sus consejos.
Sin embargo, como
quiera que, hasta
en los momentos
de mayor
extravío,
el hombre escucha
los pensamientos buenos
que le insinúan
los
espíritus bondadosos para sacarle de su error, a Saúl le sobrevino
un instante
de duda sobre la bondad y la justicia de su tribu privilegiada, como pudo saber
Israel por la conducta de su rey. Saúl,
entonces, quiso aclarar sus dudas y
decidió consultar a Pitonisa, hombre
del Padre Eterno, que era en realidad una
mujer; así, le envió orden de
presentarse ante él para revelarle sus proyectos
contra los gabaonitas y preguntarle si
lograría vencer a ese pueblo. Pitonisa,
tipo del bien espiritual, se negó a
presentarse ante el rey; sabía que allí no
estaría segura, pues
el rey quería
asesinarla a instancias
de la tribu
de
Benjamín, quienes habían
jurado en falso
sobre la futura
derrota de los
gabaonitas y temían que Pitonisa divulgara
su engaño, atrayendo sobre ellos el
castigo de la justicia. Cuando sus
emisarios le comunicaron la respuesta de
Pitonisa, Saúl ordenó que la apresaran y la trajesen a la fuerza; sin
embargo,
ella conocía las malvadas intenciones del rey y de la tribu de Benjamín y ya se
había marchado a una casa situada a una legua de Galboé. Al no encontrarla,
los
emisarios fueron a
informar de su
huida a Saúl,
quien quedó muy
contrariado. Tras meditarlo,
envió a otros
emisarios diferentes a
buscarla,
141
haciéndoles prometer, por
su palabra de rey, que no causarían menoscabo
alguno en sus bienes ni en su persona. Uno de
estos emisarios, dotado de
sabiduría divina, no
tardó en descubrir
la nueva morada
de Pitonisa,
presentándose allí para comunicarle lo que Saúl había decretado en
su favor.
Pitonisa respondió al enviado: “Que la
voluntad del Señor rey, tu maestro, se
cumpla siguiendo la del Padre Eterno.
Di a tu rey que venga a mi nueva
morada. Allí cumpliré sus deseos”.
El emisario informó al rey de esta respuesta
en presencia de los principales jefes de la tribu de Benjamín.
Entendieron que
las trampas que
habían tendido a la virtuosa
Pitonisa fracasarían y que
acabarían siendo víctimas de sus calumnias y
su propia vileza. Y, en efecto,
eso es lo que ocurrió; el triunfo del
mal es sólo temporal y la calumnia acaba
perjudicando al calumniador, pues la
verdad, que es indestructible, siempre
resurge con mayor fuerza.
Cuando Saúl se presentó en casa de Pitonisa, ésta le
dijo: “Señor, ¿qué
deseas saber del Padre Eterno y qué quieres
que te muestre?”. El rey contestó:
“Me han asegurado que eres una adivina; dime si ganaré la batalla
contra los
filisteos y los gabaonitas que se han aliado
contra Israel. Dime si estas dos
naciones quedarán sometidas a mi justicia”. La Pitonisa dijo: “Señor,
permite a
tu sierva que te hable un momento, antes de
contestar a tu pregunta; en verdad
te digo que has sido elegido rey de
Israel por tu pueblo, no por Dios vivo. Por
eso
no es extraño
que constantemente te
asalte la duda
y temas por el
resultado de tus acciones temporales.
Los antiguos guías de Israel no tenían
esa incertidumbre ni
ese tipo de
dudas; no necesitaban
la ayuda ni las
recomendaciones de los hombres ordinarios de
la tierra; como habían sido
elegidos por el Dios vivo y protector
de Israel, sólo seguían los consejos del
Padre Eterno, por
eso sabían que
todas sus acciones
temporales serían
beneficiosas para ellos y para Israel. Debes
saber, mi rey y señor, que los
consejos que
recibes son falsos
y materiales, pues
proceden de hombres
malvados e impuros;
te han seducido
llevándote a actuar
contra el bien
espiritual de los justos de Israel y de otras naciones. Pitonisa conoce bien
las
trampas demoníacas que han tendido contra
ella los principales jefes de la tribu
de Benjamín, representantes del intelecto del demonio en tu reino. Te
habían
convencido de que me mataras, tú mismo habías pronunciado mi sentencia de
muerte; pero el Dios de Abraham protege a los
justos y precipita sin piedad a
sus impíos perseguidores a profundos
abismos. Las palabras que oyes las
pronuncia el espíritu que me da vida,
en nombre de Aquel que la anima. Los
jefes de la tribu de Benjamín caerán
vergonzosamente, su tribu se dividirá,
permanecerá errante, vagando
confundida entre las
de Israel, por
tiempo
inmemorial.
Todo esto sucederá
después de tu
reino: les arrebatarán
sus
estandartes, colores y demás marcas
que la distinguen de las otras tribus de
Israel; serán humilladas por el pueblo
egipcio, que rehuye a Israel desde el
fatídico suceso acaecido al Faraón y a
todo su ejército. Todo lo sucedido en
otro tiempo a ese pueblo extranjero y
a sus reyes era el tipo fiel de lo que le
sucederá al
primer rey de
Israel. El humillante
exterminio del Faraón
y la
mayoría de su pueblo, así como la
esclavitud y dispersión de los pocos que
quedaron, te anuncia la suerte que os
espera, mi rey y señor, a ti, a tus
descendientes y a tu tribu elegida, si
no firmáis la paz con el Dios de Israel.
Parte de la tribu de Benjamín será
sacrificada, los desgraciados que sobrevivan
errarán confundidos entre los hijos de Israel, sin guía ni consejero, como
vagan
142
los sobrevivientes del pueblo egipcio,
convertidos al Dios vivo de Abraham por
la ley de Israel. Tu crimen, señor, es aún
peor ante Dios y ante los hombres;
has provocado la muerte de los gabaonitas, que se habían reconciliado
con el
Dios
de Israel y
habían sido bendecidos
por Josué en
nombre del Padre
Eterno. Los sabios de Israel habían
elegido a algunos de ellos para aprender el
culto divino, enseñarlo y hacer que su
pueblo lo practicase; con tu conducta
contra este pueblo has contravenido
los decretos del Padre Eterno, que no
dejará ningún crimen sin castigo. Sabe, por tanto, de parte de aquel que te
habla por mi boca, que si no imploras
la misericordia del Padre Eterno, si
continúas intentando
destruir a los
desdichados gabaonitas que
han
sobrevivido y se han aliado con los
filisteos, tu castigo quedará grabado para
siempre en el recuerdo de todas las
naciones de esta región. Todos los hijos de
Israel lamentarán tu suerte y su sufrimiento será insoportable, pues habrán
sido
el instrumento de la injusta condena
con la que has oprimido a los nuevos
convertidos. Debes saber, además, que en este mundo no existen adivinos
ni
adivinas; nadie puede leer en el pasado,
sino por el presente y así, conociendo
perfectamente uno y otro, al hombre
Dios no le resultará difícil leer el futuro.
Sabe, además, mi rey y señor, que a
alguien que lea en las intervenciones,
acciones, efectos, causas,
transformaciones y demás elementos temporales
espirituales del espíritu o del
hombre, no se le puede considerar adivino o
adivina, pues sólo alcanza ese
conocimiento tras un penoso esfuerzo espiritual
y corporal, que le hace sufrir su alma, cuerpo y espíritu. No creas, por tanto,
en
esos supuestos adivinos, adivinas, magos, magas, brujos y brujas, sobre
cuya
existencia te ha convencido el pueblo llano.
Reconoce que ese tipo de seres no
son merecedores de confianza, pues el hombre no puede conocer nada de lo
que ocurre en el universo sin un arduo y
difícil trabajo. Considera, si no, los
trabajos de Moisés
y de los
siete sabios de
Israel, reflexiona sobre
los
prodigiosos frutos de sus intervenciones en favor de Israel: lograron combatir,
vencer y exterminar a los enemigos del
verdadero culto divino. Esas son, mi rey
y señor, las poderosas virtudes espirituales y temporales de los elegidos
por el
Creador, y en eso se diferencian de los elegidos por los hombres. En cuanto a
lo que deseas saber de mí, prepárate a oírme,
escucharme y entenderme.
(Tres alusiones
a estas tres
palabras: buscar, impresionar,
preguntar). No
cuentes con el respeto humano ni con la debilidad material, tu alma será fuerte
si aún no está sometida al espíritu contrario a la Divinidad y
disfrutará del fruto
de las acciones e invocaciones que voy a
realizar a tu solicitud.”
Saúl, impresionado por todo lo que Pitonisa le había
dicho, le pidió un
momento de reflexión y salió, junto con ella,
del lugar donde había de realizarse
la invocación. Al término del tiempo que había
solicitado, Saúl regresó a ese
lugar, reuniéndose Pitonisa con él, como habían acordado; aún
persistía en su
primer deseo material y le dijo: “Ya he
reflexionado cuanto debía, te pido que
adivines si debo
emprender batalla contra
nuestros enemigos y
si serán
sometidos a mi justicia. Invoca al espíritu del profeta Samuel y que él me diga
lo que deseo saber“. Pitonisa irritada por el orgullo del rey y su obstinación
en
causar el mal, le dijo con sequedad: “Saúl, rey injusto de Israel, tientas al
Dios
Eterno queriendo reducir a su débil siervo.
Sí, soy la sierva del Dios vivo de
Israel, que
conoce tus terribles
intenciones contra las
criaturas superiores,
mayores, inferiores y menores. Sí,
satisfaré tu confusa pasión invocando al
espíritu del sabio
Samuel, profeta de
paz y reconciliación; pero
teme su
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llegada”. Tras estas palabras, Pitonisa se
encomendó al Padre Eterno y dirigió
sus pasos hacia el lugar donde se realizaría
la invocación; en el momento en
que comenzaba su cometido, el rey le dijo: “Pitonisa, detente. Siento
nacer en
mi alma una perturbadora preocupación, no sé de dónde procede el fuego que
me rodea y el temor que me invade. Adivíname
estas cosas antes que las
primeras que te he pedido”. Pitonisa
le dijo: “Es la consecuencia de tu insulto al
Creador y a Su sierva. Te acabo de explicar que la ciencia espiritual
del Padre
Eterno no es un arte de adivinación, como
crees. En consecuencia, ninguna de
sus criaturas puede poseer ese
supuesto arte. Si el Dios de Israel tuviese el
poder de la adivinación, sería el
motor del bien y del mal; por lo tanto, sería
también un cruel tirano al permitir a Su criatura hacer el mal y luego
castigarla
por lo que habría podido evitar. No, señor,
el Dios de Israel no es tal. Ante ti,
ante toda su corte espiritual divina
y ante toda su corte temporal, oso desafiar a
Dios todopoderoso a que interprete y
comprenda la acción, la actuación o
cualquier otra intervención de un ser
espiritual menor, antes de que éste la
conciba en su pensamiento.
Debes saber que el Creador lee abiertamente en los más
profundos
pensamientos de Su criatura pero te lo repito,
mi rey y señor, desafío a Dios
todopoderoso a que lea en cualquier
pensamiento que no haya sido concebido.
Si tal cosa estuviese en su poder, sería en
verdad injusto por no detener los
funestos lances sufridos por Su criatura; Él sería el único
culpable. Pero como
ha dictado leyes inmutables sobre todo lo
que ocurre en el universo y ha dejado
plena libertad a Su criatura, no hay en Él presciencia ni puede
intervenir en las
causas segundas de este universo. Quien llame
adivino al Creador o a Su
criatura, insulta a ambos, peca contra el espíritu y será terriblemente
castigado.
Mi señor
rey, debes saber que fue necesaria la poderosa actuación del Padre Eterno para manifestar todo lo que está en Su
poder y es innato en Él; del mismo
modo también es necesario que el espíritu temporal conciba un pensamiento para
que el Creador
conozca la acción
buena o mala
que producirá: si es buena, le da su aceptación, si es mala lo rechaza,
pero nunca se opone a la voluntad de Su criatura."
Saúl, a
quien las palabras de Pitonisa le habían impresionado aun más que la primera vez, y viendo que la firmeza de
esta mujer era inquebrantable, le dijo con un tono sumiso a la vez que
profético: “Mujer del Señor, el rey de Israel reclama a su Dios y al tuyo que el espíritu de Samuel le muestre lo que
debe saber sobre la batalla que desea librar a sus enemigos.”
Pitonisa procedió, siguiendo la voluntad de Saúl; pero
en cuanto el rey la
vio en acción empezó a estremecerse y temblar como las hojas de los árboles.
Pitonisa, viendo cómo le afectaba la fuerza de su actuación, le
dijo: “Saúl, rey
de Israel, temes al espíritu del Señor, tus
crímenes te hacen estremecerte ante
la presencia de la justicia divina”. Saúl estaba tan turbado que no
entendió las
palabras de Pitonisa y le pidió que las repitiese. Pitonisa le dijo,
señalándole al
espíritu de Samuel, revestido de un cuerpo
glorioso: “Mi rey y señor, aquí
tienes a aquel que sabe más que yo, él te interpretará lo que te he
dicho y no
has entendido.”
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Sumido en dolor, Saúl se arrodilló ante Samuel, pues el
espíritu del
profeta hacía que se alejase al espíritu
demoníaco por el que estaba poseído el
rey.
En esta actitud,
le preguntó si
debía emprender batalla
contra sus
enemigos ese día. Samuel le contestó: “En
verdad te digo que tú y los tuyos
estaréis
junto a mí
esta noche; tú
perecerás y muchos
otros morirán
miserablemente; la tribu de Benjamín servirá de ejemplo inmemorial
a los hijos
de Israel.”
Cuando el profeta
hubo terminado, Saúl
se levantó, se
inclinó ante Pitonisa
en gesto de agradecimiento y fue a buscar a su ejército para atacar a sus
enemigos. Él y
los suyos sufrieron
la triste suerte
que anunciaron la Pitonisa
y el espíritu de Samuel.
Consideren
el comportamiento de Saúl, la tribu de Benjamín y Pitonisa, en
ellos reconocerán el
tipo de las
acciones buenas y
malas, de la prevaricación del hombre, de su
suplicio y de su reconciliación, así como de la predicción de todos los hechos pasados, presentes y futuros que suceden y
sucederán en el universo entero.
* NdT: Probablemente se trata de un error tipográfico, Noé maldijo
a su
hijo Cam, no a Caín
** NdT: Texto original incompleto
