martes, 30 de marzo de 2021

 

A.·.  L.·.  G.·.  D.·.  G.·.  A.·.  D.·.  U.·.

 

 

ORDEN DE LOS CABALLEROS - MASONES

 ELEGIDOS + SACERDOTES DEL UNIVERSO

SUPREMO DIRECTORIO

+ GRAN TEMPLO DE LOS ELUS+COHEN DEL UNIVERSO DE CHILE +

.: FUNDADA  EN 1754 POR DON MARTINES DE PASQUALLY :.

                                            - REACTIVADA EN 1989 EN ESTRICTO APEGO A LA TRADICION -

 

 

 

 

TRATADO

DE LA REINTEGRACIÓN DE LOS SERES

EN SUS PRIMERAS PROPIEDADES, VIRTUDES Y PODERES
                             ESPIRITUALES Y DIVINOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RESEÑA HISTÓRICA SOBRE EL MARTINEZISMO
                         
Y EL MARTINISMO

En los peculiares últimos años del siglo XVIII, que vieran a William Law frente  a  Hume,  a  Swedenborg  frente  a  Kant,  a  Saint-Germain,  Mesmer  y Cagliostro  frente  a  Rosseau,  Diderot  y  Voltaire,  mientras  en  toda  Europa proliferaban infinidad de sectas y ritos, y en las logias masónicas se erigía una tribuna tanto a las ideas más vanas como a las más sublimes, apareció en Francia un hombre cuyo silencioso trabajo contrastaba curiosamente con la turbulenta  propaganda  de  la  mayoría  de  los  reformadores  de  su  tiempo: Martínez de Pasqually. Este hombre, cuyo altruismo y sinceridad estaban fuera de toda sospecha, trabajó para que ciertas logias regresaran a los principios esenciales   de   la   Francmasonería,   de   los   que   se   habían   apartado sensiblemente   en   esa   época,   como   consecuencia   de   una   serie   de acontecimientos que no corresponde relatar aquí.

La tarea de Martínez era difícil. Entre 1760 y 1772 se dedicó a recorrer las principales ciudades francesas, seleccionando en el seno de los talleres masónicos a quienes pudieran ayudarle a formar un núcleo, un centro para sus operaciones posteriores. No dudó en repartir cartas constitutivas (en nombre de su Tribunal Soberano, establecido en París desde 1767) a logias provinciales clandestinas, aceptando colaboradores de fuera cuando los consideraba dignos del ministerio a ejercer.

 

De este modo surgió lo que el Sr. Matter denominó acertadamente el Martinezismo, que recibe el nombre de Rito de los Elegidos Cohens y consiste simplemente en una rama ortodoxa de la verdadera Francmasonería injertada en  el  viejo  tronco;  se  basa  en  un  conjunto  muy  preciso  de  enseñanzas tradicionales, transmitidas según el poder receptivo adquirido por sus miembros mediante un trabajo íntegramente personal, y donde la teoría y la práctica están estrechamente relacionadas.

Desafortunadamente,  el  ahínco  de  Martínez  le  llevó  a  descuidar  la
verdadera base de la institución masónica. Dedicado por completo a reformar
los capítulos R.C., restó importancia al papel de las logias azules. Veremos
como Louis Claude de Saint-Martin, su discípulo más célebre pese a ser uno
de los más alejados de la obra del maestro, llegó incluso más lejos. Desde
1777 se negó a participar en las sesiones de las logias martinezistas, donde
únicamente se practicaban los “grades du porche”
1, o masonería simbólica, así
como en los trabajos de las logias de Versalles, debido a razones especiosas
de neumatología, y en las de París, pues enseñaban magnetismo y alquimia.

Por estos motivos, pocos años después de que Martínez de Pasqually
partiera a las Antillas (1772), se produjo una escisión en la orden que con tanto
esfuerzo  había  formado.  Ciertos  discípulos  permanecieron  fieles  a  las
enseñanzas del Maestro, mientras que otros, inducidos por el ejemplo de Saint-
Martin, abandonaron la práctica activa para seguir la vía incompleta y pasiva
del misticismo. Este cambio de dirección en la vida de Saint-Martin podría

 

1 Grados del Porche

 

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sorprendernos si ignorásemos hasta qué punto se alejó de las operaciones
externas del Maestro durante los últimos cinco años en la logia de Burdeos.

 

Los   resultados de la escisión provocada por la propaganda activa de
Saint-Martin no se hicieron esperar. Las logias del sudoeste fueron las primeras
en cesar sus trabajos. La propaganda de Saint-Martin no encontró eco en las
logias de París y Versalles; sin embargo, cuando en 1778 sus Hermanos de
Lyon  se  convirtieron  definitivamente  al  rito  templario  alemán  de  la  Estricta
Observancia, y el Gran Maestro Willermoz sucedió al Gran Maestro provincial
Pierre d’Aumont  (sucesor de Jacques Molay) con el título de Gran Maestro
provincial de Auvergne, se plantearon fusionarse con las logias Philaléthes, que
trabajaban desde 1773 (según datos de Martínez y Swedenborg) y en cuyos
capítulos secretos no se admitía a ningún iniciado del Gran Oriente. En esta
época, Saint-Martin comenzaba a ser conocido gracias a la aparición de su
primera obra:  “De los errores y de la verdad”. Muchos creían ver en él al
continuador  de  la  obra  de  Martínez.  Sin  embargo,  las  logias  nombradas
anteriormente no lograron convencerle de que se uniera a ellas para alcanzar
una obra común; a su último llamamiento durante el Congreso promovido por la
asociación  de  Philaléthes (París, 1784),  Saint-Martin  respondió  por  carta

manifestando  su  negativa  a  participar  en  sus  trabajos.  A  partir  de  ese
momento, su mayor preocupación fue establecer contactos con los místicos de
Italia,  Inglaterra  y  Rusia,  perdió  todo  interés  por  el  movimiento  del  rito
rectificado de Lyon y no ocultaba su exasperación al oír hablar de logias.

 

Los  acontecimientos  posteriores  motivaron  un  mayor  compromiso  de
Saint-Martin con la vía que había elegido. En  1788, aquel que pasaría a la
historia  como  el  teósofo  de  Amboise  viajó  a  Estrasburgo.  La  versión  más
extendida señala que su inclinación definitiva hacia el misticismo se debió a la
compañía de una de sus amigas, la Sra. de Boecklin; lo cierto es que conoció a
Rodolphe de Salzmann, que era, por así decirlo, el director espiritual de la Sra.
de Boecklin. Rodolphe de Salzmann, amigo de Young Stilling y vinculado a los
grandes místicos alemanes de la segunda mitad del S. XVIII (Eckarthausen,
Lavater, etc.) era un hombre notable, pese a ser bastante desconocido, y tenía
una profunda inclinación por la mística de los dos Testamentos y los escritos de
Jacob Boehme, cuya clave había recibido. Él transmitió dicha clave a Saint-
Martin,  quien  creyó  encontrar  ahí  lo  que  no  había  logrado  con  su  antiguo
maestro.

 

Sin   duda   alguna,   las   enseñanzas   de   Salzmann   contribuyeron
enormemente a proporcionar un místico notable a Francia, pero no revelaron a
Saint-Martin la doctrina del eminente teúrgo de Burdeos. En 1793, a la edad de
cincuenta  años  y  al  no  haber  encontrado  aún  esa  clave  activa,  buscaba
consuelo en la advertencia de Martínez: que podría estar satisfecho si había
alcanzado su meta a los sesenta años. Su pensamiento regresaba ya hacia
esa escuela de Burdeos donde transcurrieron cinco años de su juventud y
cuyos trabajos abandonó de manera demasiado ligera. En una de sus cartas al
barón de Liebisdorf (11 de julio de 1796) confesaría que “el Sr. Pasqually tenía
la clave activa de lo que nuestro estimado Boehme exponía en sus teorías,
pero  no  nos  creía  aún  preparados  para  manejar  esas  altas  verdades”.  Su
correspondencia nos hace pensar que, antes de morir (Aulnay, 1803), retomó

 

 

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los análisis desdeñados de los trabajos de su maestro. Pero ya era demasiado tarde. El discípulo había matado al iniciador en su obra. El Martinezismo era historia.

 

Tras la muerte de Martínez de Pasqually (1774), la Orden, víctima de la
debilidad de algunos y, desafortunadamente, también de la ambición de otros,
cayó  en  un  rápido  declive.  Los  compromisos  de  Willermoz  apresuraron  su
ruina. La mayoría de los hermanos volvieron a sus antiguas obediencias, tal
como hicieron los del Oriente de la Rochelle, cuya carta constitutiva no se
ratificó  tras 1776.  En  1788,  desaparecieron  las  logias  de  París;  los  ricos
archivos que provocaran la envidia de Cagliostro fueron subastados tras la
muerte del marqués Savalette de Langes, cayendo en manos de dos hermanos
de Lyon, y llegando luego a las del Sr. Destigny. En 1868, éste los transmitió al
Sr. Villareal, a cuyo esmero debemos agradecer su conservación. El fracaso de
los hermanos de Lyon en su tarea no era algo nuevo. Su rito rectificado, que en
realidad  era  el  Martinezismo,  especialmente  tras  su  segunda  revisión,  vio
apagarse sucesivamente los directorios de sus tres provincias: el de Borgoña
se disolvió el 26 de enero de 1810, por falta de miembros; el año siguiente, los
otros dos se fusionaron con el Gran Oriente, que siempre se había negado a
reconocerlos.

El motivo de profundizar en las particularidades de la vida de SaintMartin es demostrar el error de algunos historiadores mal informados, que atribuyen al teósofo de Amboise la sucesión del teúrgo de Burdeos; y de otros aun peor documentados, que pretenden que fue el fundador de la Orden del Martinismo. Saint-Martin no fundó orden alguna, jamás tuvo dicha pretensión, y el nombre de Martinistas designa simplemente a aquellos que adoptaron su visión,  inclinados  a  liberarse  del  dogmatismo  ritualista  de  las  logias, rechazándolo  por  su  inutilidad.  Esta  es,  en  efecto,  la  opinión  de  Jacques Matter, el célebre historiógrafo de Saint-Martin.

Jacques Matter era nieto de Rodolphe de Salzmann, tenía en su poder los principales documentos relacionados con el Martinezismo y los Martinistas, y  se  encontraba  en  una  posición  idónea  para  relatar  los  principales acontecimientos reveladores de su existencia. Por otra parte, mantuvo relación con el Sr. Chauvin, uno de los últimos amigos de Fabre d’Olivet y albacea de Joseph Gilbert, quien fuera el único heredero de todos los manuscritos del teósofo de Amboise.

 

En la actualidad, el hijo del historiador, el Sr. Matter, posee casi todos
esos indispensables documentos, incluyendo el “Tratado de la Reintegración
de los Seres”. Este es uno de los documentos más interesantes y notables,
pues recoge la base de la doctrina tradicional de Martínez de Pasqually sin
omisiones ni añadidos. Muy amablemente, el Sr. Matter nos ha autorizado a
publicarlo. Este Tratado, escrito en Burdeos durante 1770, no se incluye en los
archivos capitulares de Metz. Los de la Villa de Libourne incluyen únicamente
los  pasajes  principales.  Dichos  fragmentos,  bastante  mal  escritos  y  con
numerosas   mutilaciones,   se   encuentran   repartidos   entre   las   distintas
instrucciones de rituales, siendo bastante difícil reconstruir a partir de ellos la

 

 

 

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obra  de  Martínez  de  Pasqually.  Por  lo  tanto,  desde  aquí,  nuestro  infinito agradecimiento al Sr. Matter por su amable colaboración.

 

Con posterioridad, y a su debido tiempo, irán apareciendo otras piezas no menos importantes que arrojaran nueva luz sobre los hombres y las cosas de esta época.

 

Un Caballero de la Rose Croissante.

 

París,  20  de  septiembre  de  1898,  aniversario  de  la  muerte  de  Martínez  de Pasqually.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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TRATADO DE LA REINTEGRACIÓN DE LOS SERES

 

Antes de los tiempos, Dios emanó seres  espirituales para su propia
gloria,  en  su  inmensidad  divina.  Estos  seres  debían  ejercer  un  culto
determinado por la Divinidad mediante leyes, preceptos y mandatos eternos.
Eran, por tanto, libres y distintos a su Creador; no se les podía negar el libre
albedrío  con  que  habían  sido  creados  sin  destruir  en  ellos  la  facultad,
propiedad, virtud espiritual y personal necesarias para actuar acertadamente
dentro de los límites del ejercicio de su poder. Precisamente dentro de estos
límites, los primeros seres espirituales debían rendir culto a Aquel de quien
habían  emanado.  Estos  primeros  seres  no  podían  negar  ni  ignorar  las
convenciones  estipuladas  por  el  Creador  al  proporcionarles  las  leyes,
preceptos y mandatos, pues su creación se basaba exclusivamente en dichas
convenciones.

 

Cabría  preguntarse  qué  eran  estos  primeros  seres  antes  de  su
emanación divina, si existían o no. Existían en el seno de la Divinidad, pero sin
acción,  pensamiento  ni  entendimiento  propio,  únicamente  podían  actuar  y
sentir por voluntad del ser superior que les contenía y en el que todo se movía.
Aunque no puede decirse que esto sea verdaderamente existir, esta existencia
en Dios es absolutamente imprescindible pues constituye la inmensidad del
poder divino. Dios no podría ser el padre y señor de todas las cosas si en Él no
existiera una fuente innata e inagotable de seres, a los que hace emanar por su
única  voluntad  y  a  su  conveniencia.  Gracias  a  esta  infinita  multitud  de
emanaciones de seres espirituales de su interior recibe el nombre de Creador y
su obra se denomina creación divina, espiritual y animal, espiritual temporal.

 

Los primeros espíritus emanados del seno de la Divinidad se distinguían
entre  ellos  por  sus  virtudes,  poderes  y  nombres.  Ocupaban  la  inmensa
circunferencia  divina  denominada  vulgarmente  Dominación,  que  lleva  su
número denario según la siguiente figura: c, y donde todo espíritu superior 10,
mayor 8, inferior y menor 4 debía actuar y obrar para mayor gloria del Creador.
Su demostración o número evidencia que su emanación procede realmente de
la cuádruple esencia divina. Los nombres de estas cuatro clases de espíritus
eran  más  poderosos  que  los  que  damos  ordinariamente  a  Querubines,
Serafines, Arcángeles y Ángeles, emancipados más tarde. Como ya hemos
dicho,  estas  cuatro  primeras  condiciones  de  seres  espirituales  poseían,
además, parte de la dominación divina: un poder superior, mayor, inferior o
menor, por el que conocían todo lo que podía existir y todo lo que se incluía en
los seres espirituales que aún no habían salido del seno de la Divinidad.

 

¿Cómo podían conocer cosas que no existían aún de modo individual fuera del seno del Creador?. Porque estos primeros seres emanados del primer círculo, denominado misteriosamente círculo denario, podían leer de manera clara y cierta lo que ocurría en la Divinidad, así como todo lo contenido en ella. No debe existir duda alguna sobre lo que acabo de decir, en el convencimiento de que corresponde exclusivamente al espíritu leer, ver y concebir el espíritu. Estos primeros seres tenían un conocimiento perfecto de todas las acciones divinas, pues habían emanado del seno del Creador para admirar todas las operaciones divinas de la manifestación de Su gloria.

 

 

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¿Conservaron estos primeros espíritus divinos su primitivo estado de
virtud  y  poderes  divinos  tras  su  pecado?.  Sí,  lo  conservaron  por  la
inmutabilidad de los designios del Padre Eterno, pues si el Creador hubiese
retirado todas las virtudes y poderes otorgados a los primeros espíritus, habría
evitado cualquier acción de vida buena o mala, así como toda manifestación de
gloria, justicia y poder divino de estos espíritus prevaricadores. Algunos opinan
que el Creador debía haber previsto que estos primeros espíritus faltarían a las
leyes,  preceptos  y  mandatos  que  habían  recibido,  y  que,  por  tanto,  le
correspondía a él cuidar de que los respetaran. Mi respuesta es la siguiente:
aunque el Creador previera la soberbia ambición de estos espíritus, no podría
haber reprimido y detenido sus pensamientos criminales sin privarles de la
actuación particular e innata en ellos, pues fueron creados para actuar según
su propia voluntad y como segunda causa espiritual, según el plan que Él
mismo les trazó. El Creador no interviene en modo alguno en las segundas
causas espirituales, sean buenas o malas, pues la existencia de los seres
espirituales  se  apoya  y  fundamenta  en  leyes  inalterables.  Así,  el  Creador
permite que cada ser espiritual actúe libremente según su propia voluntad y
determinación; la confirmación de esto podemos verla todos los días.

 

A la pregunta de qué tipo de prevaricación cometieron estos espíritus
para que el Creador empleara la ley divina contra ellos, yo contestaría que
estos espíritus fueron creados únicamente para actuar como causas segundas,
y en ningún caso para utilizar sus poderes sobre las causas primeras o la
acción misma de la Divinidad. Eran agentes secundarios; por lo tanto, sólo
debían ambicionar sus poderes, virtudes y operaciones segundas, y no intentar
en modo alguno anticiparse al pensamiento del Creador en ninguna operación
divina, ya fuera pasada, presente o futura. Su crimen fue, en primer lugar,
intentar  condenar  la  eternidad  divina  en  sus  operaciones  de  creación;  en
segundo  lugar,  intentar  limitar  la  Omnipotencia  divina  en  estas  mismas
operaciones;  en  tercer  lugar,  desear  en  su  pensamiento  espiritual  ser
Creadores de causas terceras y cuartas, aun cuando sabían que eran innatas a
la omnipotencia del Creador, lo que se denomina cuádruple esencia divina.

 

¿Cómo podían condenar la eternidad divina?.

Otorgando al Padre Eterno una emanación igual a la suya; considerando
al  Creador  un  ser  similar  a  ellos,  nacido  de  criaturas  espirituales  que
dependerían inmediatamente de sí mismas, tal como ellas dependían de aquel
de quien habían emanado. He aquí lo que denominamos el principio del mal
espiritual, pues cualquier mal pensamiento concebido por el espíritu es siempre
criminal ante el Creador, aun cuando no lo lleve a cabo de manera efectiva.
Para castigar esta voluntad criminal los espíritus fueron arrojados por el único
poder del Creador a lugares de sumisión, privación y miseria impura contrarios
a su ser espiritual, que era puro y simple por su emanación, como se explicará
a continuación.

Cuando estos primeros espíritus concibieron pensamientos criminales, el
Creador aplicó la ley sobre su inalterabilidad, creando este universo físico de
apariencia material para que fuera su lugar fijo de actuación y obra, privándoles
de toda su malicia. En ningún caso debe incluirse en esta creación material al

 

 

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hombre o menor actualmente en la superficie terrestre; el hombre no debía hacer  uso  alguno  de  esta  materia  aparente,  pues  había  sido  emanado  y emancipado por el Creador sólo para que dominara sobre todos los seres emanados y emancipados con él. La creación del hombre fue posterior a la formación de este universo por la Omnipotencia divina como asilo para los primeros  espíritus  perversos  y  límite  para  sus  malas  obras,  que  no prevalecerán jamás contra las leyes del orden impuesto por el Creador en su creación universal. El hombre tenía las mismas virtudes y poderes que los primeros espíritus y, aunque fue emanado después que ellos, se convirtió en su superior y mayor gracias a su estado de gloria y a la fuerza del mandato recibido  del  Creador.  Conocía  perfectamente  la  necesidad  de  la  creación universal,  conocía  también  la  utilidad  y  santidad  de  su  propia  emanación espiritual, así como la forma gloriosa de la que había sido revestido para actuar según su voluntad sobre formas corporales activas y pasivas. En este estado, debía manifestar todos sus poderes frente a la creación universal, general y particular para mayor gloria del Creador.

 

Dividiremos  el  universo  en  tres  partes  para  que  nuestros  émulos comprendan toda su capacidad de acciones espirituales:  1º el universo, que consiste en una circunferencia en la que se incluyen el general y el particular; 2º la tierra o parte general de la que emanan todos los alimentos necesarios para el particular;  3º el particular, formado por todos los habitantes de los cuerpos celestes y terrestres. He aquí nuestra división de la creación universal para  que  nuestros  émulos  puedan  conocer  y  actuar  individualmente  y  en conocimiento de causa sobre cada una de estas tres partes.

Adán, en su primer estado de gloria, fue el verdadero émulo del Creador. Como espíritu puro, leía abiertamente los pensamientos y actuaciones divinas. El Creador le hizo discernir los tres principios que componían el universo; para ello le dijo: “Ordena a todos los animales activos y pasivos, y te obedecerán”. Adán realizó lo que el Creador le había dicho, pudo constatar que su poder era grande y aprendió a conocer una parte del todo que compone el universo. Esta parte es lo que denominamos el particular, formado por todo ser activo y pasivo que habita desde la superficie terrestre y su centro, hasta el centro celestial denominado misteriosamente cielo de Saturno.

Después, el Creador dijo a Su criatura: “Ordena al general o la tierra, y te obedecerá”. Adán lo hizo, y pudo darse cuenta que su poder era grande y llegó a  entender  el  segundo  todo  que  compone  el  universo.  Tras  estas  dos operaciones, el Creador dijo a Su criatura: “Ordena a todo el universo creado, y todos sus habitantes te obedecerán”. Adán volvió a poner en práctica la palabra del Padre Eterno, y gracias a esta tercera operación aprendió a reconocer la creación universal.

 

Adán, habiendo actuado y manifestado su voluntad según deseaba su
Creador, recibió el nombre augusto de Hombre Dios de la tierra universal, pues
su descendencia debía ser divina, no carnal. Es importante señalar que en la
primera operación Adán recibió la ley; en la segunda, el precepto; y en la
tercera,  el  mandato.  Gracias  a  estos  tres  tipos  de  operaciones,  vemos

 

 

 

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claramente los límites de los poderes, virtudes y fuerzas que el Creador otorgó
a Su criatura, así como aquellos prescritos a los primeros espíritus perversos.

 

El Creador, viendo a Su criatura satisfecha con esas virtudes, fuerzas y
poderes  innatos  que  podía  utilizar  a  voluntad,  la  dejó  a  su  libre  albedrío,
emancipándola con esta libertad de la inmensidad divina, de modo que gozase
de manera particular y personal, en el presente y en el futuro, durante una
eternidad inalterable, siempre y cuando se comportase según la voluntad del
Creador.

Adán, abandonado a su libre albedrío, reflexionó sobre el gran poder
manifestado en sus tres primeras operaciones. Su trabajo le parecía similar en
importancia al del Creador. Sin embargo, de modo independiente no podía
profundizar completamente en estas tres primeras operaciones ni en las del
Creador, y la preocupación empezó a apoderarse de él. Sólo podía leer en la
omnipotencia divina con el consentimiento del Creador, tal como estipulaban
las órdenes que Éste le había proporcionado antes de otorgarle libre voluntad:
que  ejerciera  su  poder  sobre  todo  lo  que  estaba  bajo  su  dominio.  Las
reflexiones de Adán, así como su deseo de leer en el poder divino, llegaron sin
dilación a conocimiento de los seres perversos que denominamos demonios
malos. En cuanto Adán concibió este pensamiento se le apareció uno de los
principales espíritus perversos revestido de cuerpo glorioso, y aproximándose a
él  le  dijo: “¿Qué  más  deseas  saber  del  omnipotente  Creador?,  ¿No  te  ha
igualado a él mediante la virtud y la omnipotencia que te ha otorgado?. Actúa
según tu propia voluntad innata, y obra como ser libre, bien sobre la Divinidad,
bien  sobre  toda  la  creación  universal  sometida  a  tu  mandato.  Así  te
convencerás de que tu omnipotencia no difiere en nada de la del Creador.
Descubrirás que eres, además de creador de poderes particulares, creador de
poderes universales, pues se te comunicó que de ti nacería la descendencia de
Dios. Todas estas cosas las he sabido del Creador, y te hablo por Él y en su
nombre.”

 

Ante  este  discurso  del  espíritu  demoníaco,  Adán  permaneció  como
paralizado,  sintió  nacer  en  él  un  violento  desconcierto  y  entró  en  éxtasis.
Mientras se encontraba en este estado, el espíritu maligno le insinuó su poder
demoníaco.  Adán  volvió  de  su  éxtasis  espiritual  animal  sin  liberarse  de  la
influencia negativa del demonio, decidiendo utilizar la ciencia demoníaca en
vez de la ciencia divina que le había entregado el Creador para someter a
todos los seres inferiores a él. Rechazó así totalmente su propio pensamiento
espiritual divino, para utilizar únicamente lo que le sugirió el espíritu maligno.

Así, Adán llevó a la práctica el pensamiento demoníaco, realizó una cuarta  operación  sirviéndose  de  las  poderosas  palabras  que  el  Creador  le había  transmitido  para  sus  tres  primeras  operaciones,  pero  rechazando completamente el ceremonial de estas mismas operaciones.   En su lugar utilizó el  ceremonial  y  el  plan  que  le  había  enseñado  el  demonio,  atacando  la inmutabilidad del Creador.

 

Adán imitó a los primeros espíritus en su propósito de convertirse en
creadores, en perjuicio de las leyes prescritas por el Padre Eterno para limitar

 

 

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sus  operaciones  espirituales  divinas.  No  le  correspondía  a  estos  primeros espíritus concebir ni entender la creación, pues no eran más que criaturas de poder. De igual modo, tampoco Adán debía aspirar a esta ambición de creación de seres espirituales insinuada por el demonio.

Ya  saben  que,  en  cuanto  dichos  demonios  o  espíritus  perversos
consideraron poner en práctica una voluntad de emanación semejante a la del
Creador, fueron arrojados a las tinieblas por un tiempo infinito, por voluntad
inalterable del Creador. Su caída y su castigo demuestran que el Creador no
puede  ignorar  el  pensamiento  y  la  voluntad  de  Su  criatura:  cualquier
pensamiento y voluntad, bueno y malo, es oído directamente por el Creador,
quien lo aprueba o lo rechaza.   Por lo tanto, es incorrecto decir que el mal
procede del Creador, bajo pretexto que todo emana de Él. Del Creador sólo
han surgido seres espirituales, buenos, santos y perfectos; ningún mal puede
emanar de Él. Se preguntarán de dónde emanan entonces. Mi respuesta es
que el mal no se crea, sino que es engendrado por el espíritu. La creación
pertenece  al  Creador,  no  a  la  criatura;  los  malos  pensamientos  son
engendrados por espíritus malos, al igual que los buenos pensamientos son
engendrados por espíritus buenos. Le corresponde al hombre rechazar los
primeros y admitir los segundos pues, gracias a su libre albedrío, tiene derecho
a ser recompensado por sus buenas obras, pero también puede ser privado por
un tiempo infinito de sus derechos espirituales.

 

Volveré a hablar de dicha misericordia divina más adelante, de momento
retomemos la concepción del mal, causado por la mala voluntad del espíritu. La
concepción criminal del espíritu, o pensamientos malos, es conocida en el
entorno espiritual como intelecto maligno; y la concepción de pensamientos
buenos  se  denomina  intelecto  bueno.  Los  espíritus  buenos  y  malos  se
comunican con el hombre mediante dichos intelectos y su efecto no siempre es
el mismo porque el hombre utiliza su libre albedrío para rechazar o aceptar el
mal o el bien.

 

Denominamos intelecto a esa insinuación buena o mala de los espíritus
sobre  los  seres  espirituales.  Los  espíritus  perversos  están  sometidos  a
menores que han perdido su poder superior debido a su pecado. Los espíritus
buenos  también  están  sometidos  al  hombre  por  el  poder  cuaternario  que
recibió en su emanación. El Creador anunció al hombre este poder universal
diciéndole: “Todo  lo  he  creado  para  ti;  sólo  tienes  que  ordenar  y  serás
obedecido”. Por lo tanto, tanto los espíritus buenos, como los malos están
sometidos al menor. Si el hombre hubiese conservado su estado de gracia,
habría  logrado  que  los  espíritus  malignos  recibiesen  su  intelecto  bueno  y
verdadero, tal como éstos le comunicaron y siguen comunicándole su intelecto
maligno. Gracias a su poder de mandato, el hombre podría acrecentar más aún
su privación, rechazando toda comunicación con ellos. La desigualdad de los
cinco dedos de la mano lo ilustra claramente: el dedo corazón simboliza el
alma; el pulgar, el espíritu bueno; el índice, el intelecto bueno; y los otros dos
dedos, el espíritu e intelecto demoníaco. Esta imagen explica sencillamente
que el hombre fue emanado para hacer frente a los demonios malignos, para
dominarlos  y  combatirlos.  El  poder  del  hombre  era  muy  superior  al  del
demonio, pues a su ciencia unía la de su compañera y su intelecto, oponiendo

 

 

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así  tres  poderes  espirituales  buenos  contra  dos  poderes  demoníacos;  esto habría   subyugado   completamente   a   quienes   profesaban   el   mal   y, consecuentemente, lo habrían destruido.

 

Ahí tenemos la demostración de que el origen del mal sólo está en los
pensamientos perversos y en la voluntad maligna del espíritu contra las leyes
divinas, nunca en el espíritu emanado del Creador, pues en Él no existe la
posibilidad del mal. Nace exclusivamente de la disposición y voluntad de sus
criaturas. Quienes afirman lo contrario no hablan en conocimiento de causa de
lo posible e imposible en la Divinidad. El castigo del Creador a Su criatura es
justo, no podemos culparle de la desdicha desencadenada para protegerla de
la condena infinita.

 

A continuación, profundizaré en la explicación de la prevaricación del
primer hombre. Este delito repitió el de los espíritus perversos emanados antes
que él. Resultó de la propia voluntad de Adán pero no procedía directamente
de su pensamiento, pues le fue insinuada por los espíritus prevaricadores. Sin
embargo, la prevaricación del primer hombre fue más grave que la de los
primeros espíritus, pues Adán sucumbió  a la insinuación de los demonios,
contrajo una voluntad perversa y utilizó toda su virtud y poder divino contra el
Creador. Con su creación, puso en práctica su voluntad y la de los demonios,
cosa que los espíritus perversos no lograron hacer, pues el Creador detuvo sus
malos pensamientos y anuló su voluntad. Quizás se pregunten por qué el
Creador no actuó contra la voluntad y la conducta inicua del primer hombre, tal
como hizo con los espíritus perversos. El hombre, instrumento elegido por el
Creador  para  castigar  a  los  primeros  espíritus,  recibió  leyes  de  orden
pertinentes. El Creador permitió que subsistieran dichas leyes del hombre, así
como las innatas al espíritu maligno, para que ambos seres actuaran conforme
a su pensamiento y voluntad particular. El Creador es un ser de decretos y
dones espirituales inmutables, como inmutables son sus promesas y condenas,
y las penas y recompensas que concede a Su criatura. Por lo tanto, no puede
detener la fuerza y la acción de las leyes de orden del espíritu maligno y del
espíritu menor u hombre, sin faltar a su inmutabilidad.   Dejó actuar libremente a
ambos seres emanados, pues no podía leer las causas secundarias temporales
ni impedir su acción sin derogar Su propia existencia de Ser necesario y Su
poder divino.

 

Si  el  Creador  interviniese  de  algún  modo  en  las  causas  segundas, tendría que comunicar Él mismo a Su criatura no sólo el pensamiento, sino también  la  voluntad  buena  o  mala,  o  hacérselo  saber  mediante  agentes espirituales emanados directamente de Él, lo que vendría a ser lo mismo. Si actuase así, sería acertado afirmar que el bien y el mal, como lo puro y lo impuro, proceden de Dios. En ese caso no podríamos considerarnos seres libres, sometidos al culto divino por propia voluntad. Rindamos la justicia debida al Creador, aceptando sin ningún tipo de dudas que en Él nunca ha existido la menor sospecha de mal, pues al estar el espíritu revestido de libertad total, el mal sólo puede surgir de su propia voluntad.

 

El  Creador  no  habría  permitido  que  su  menor  sucumbiera  a  la
insinuación de los demonios si hubiese podido detener la acción de las causas

 

 

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segundas espirituales temporales, pues lo había emanado expresamente para
ser el instrumento particular de la manifestación de Su gloria frente a estos
mismos demonios. Haré una pequeña comparación, aunque no tiene nada que
ver: si enviaran a su mano derecha para combatir a sus enemigos y su triunfo
dependiera  de  ustedes, ¿podrían  dejarle  sucumbir  sin  sucumbir  ustedes

mismos?. Si su emisario combatiese observando estrictamente las órdenes
recibidas y volviese victorioso, ¿no le recompensarían con todo su poder por
mantenerse fiel a sus órdenes?. Si incumpliera sus órdenes y resultase vencido
le  castigarían,  pues  contaba  con  la  fuerza  necesaria  para  ganar,  pero
¿resultarían vencidos ustedes también?. No. Él sería el único culpable, sobre él
recaería toda su indignación, por su falsedad e infidelidad, y lo considerarían
una afrenta. Peor aún, si en vez de atacarles y vencerles su enviado se uniese
a  ellos  contra  ustedes, ¿qué  opinión  les  merecería?.  Lo  considerarían  un

traidor y tendrían la máxima precaución con él. Pues bien, esa fue exactamente la prevaricación del primer hombre contra el Creador. Por este motivo, el ángel del Señor dijo, según recogen las Escrituras: “Alejemos de aquí al hombre que ha  conocido  el  bien  y  el  mal,  pues  podría  perturbar  nuestras  funciones meramente espirituales, cuidemos que no toque nunca el árbol de la vida ni viva así por siempre jamás.”

(El árbol de la vida es simplemente el espíritu del Creador, al que el menor  ataca  injustamente  con  sus  aliados.  Ni  viva  así  por  siempre  jamás significa: que no viva eternamente como los primeros espíritus demoníacos, con virtudes y poderes malditos).

Sin este castigo, el primer hombre no habría cumplido penitencia alguna
por  su  crimen,  no  habría  obtenido  su  reconciliación,  no  habría  tenido
descendencia y habría permanecido como menor de los menores demoníacos,
por su propia culpa. Sin embargo, gracias a su reconciliación espiritual, el
Creador le devolvió sus virtudes y poderes originales sobre los infieles a las
leyes divinas. Con esta reconciliación, obtuvo por segunda vez el poder de
favorecer o perjudicar a todo ser creado. A él le corresponde utilizarlo con
sabiduría y moderación, y no volver a utilizar su libre albedrío en beneficio de
los enemigos del Creador, so pena de convertirse eternamente en el árbol de
vida del mal.

Volvamos a la prevaricación de Adán. Cuando conozcan el tipo y el fruto
de este crimen, no considerarán injusta la pena que el Creador nos impone
desde  que  nacemos,  pena  que  recaerá  irreversiblemente  sobre  nuestros
descendientes hasta el final de los siglos. Adán fue la última criatura emanada;
recibió  el  lugar  central  de  la  creación  universal,  general  y  particular;  fue
revestido de un poder superior al de todo ser emanado, conforme al destino
que  el  Creador  le  asignaba;  incluso  los  ángeles  estaban  sometidos  a  sus
enormes virtudes y poderes. Tras reflexionar sobre su glorioso estado, Adán
concibió y llevó a la práctica su mala voluntad en el centro de la primera capa
gloriosa,   denominada   vulgarmente   paraíso   terrestre,   y   que   nosotros
denominamos   misteriosamente   tierra   más   allá   de   todo   sentido.   Este
emplazamiento es llamado así por los amigos de la sapiencia, pues fue en este
lugar  conocido  como  Moriah  donde  se  erigió  el  templo  de  Salomón.  La
construcción de este templo representaba realmente la emanación del primer

 

 

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hombre.  Para  entenderlo,  basta  con  saber  que  el  templo  de  Salomón  fue
construido  sin  ayuda  de  herramientas  de  metal,  para  enseñar  a  todos  los
hombres que el Creador creó al primer hombre sin ayuda física material alguna.

 

Esta  capa  espiritual  donde  el  Creador  situó  a  su  primer  menor,  se representa con el número 6 y una circunferencia. Mediante esos seis círculos, el  Creador  simbolizó  al  primer  hombre  los  seis  pensamientos  infinitos empleados en la creación de su templo universal y particular. El séptimo, unido a los otros seis, anunciaba al hombre su unión con el espíritu del Creador, que sería su fuerza y su sostén. Sin embargo, pese a todas las precauciones del Creador para prevenir y proteger al hombre de sus enemigos, éste actuó según su propia voluntad, realizando una obra inicua.

 

Adán tenía el poder de crear una descendencia espiritual, es decir de
forma  gloriosa,  semejante  a  la  que  él  poseía  antes  de  su  pecado,  forma
impasible y de naturaleza superior a todas las formas elementales. Toda la
gloria  de  dicha  creación  habría recaído  en  Adán;  con  su  sola  voluntad,  el
pensamiento espiritual divino habría convertido su fruto en un ser tan perfecto
como él. Dios y el hombre realizarían una única operación, y Adán se vería
renacer  con  enorme  satisfacción  en  esa  gran  obra,  pues  sería  en  verdad
creador de la descendencia de Dios. Sin embargo, lejos de cumplir los deseos
del Creador, el primer hombre se dejó seducir por las insinuaciones de sus
enemigos y por el falso propósito de apariencia divina que éstos le trazaron.
Los espíritus demoníacos le dijeron: “Adán, en ti está innato el verbo de todo
tipo de creación, conoces todos los valores, pesos, nombres y medidas. ¿Por
qué no utilizas tu poder de creación divina?. Sabemos que todo ser creado
estará sometido a ti. Crea, pues, criaturas, ya que eres creador. Actúa frente
aquellos ajenos a ti para que rindan justicia a la gloria que mereces”.

 

Adán, lleno de malsano orgullo, trazó seis circunferencias similares a las
del Creador; es decir, llevó a la práctica los seis pensamientos espirituales que
tenía en su poder para satisfacer su voluntad creadora. Realizó su actuación
criminal  en  presencia  del  espíritu  seductor.  Esperaba  obtener  el  mismo
resultado  que  el  Creador  Eterno,  pero  el  espíritu  maligno  y  él  quedaron
enormemente  sorprendidos  al  ver  el  fruto  de  su  operación:  una  forma
tenebrosa y completamente diferente a la suya, en vez de la forma gloriosa que
esperaban. En efecto, creó una forma simplemente material, en vez de pura y
gloriosa, como estaba en su poder.  ¿Qué hizo Adán entonces?. Reflexionó
sobre el fruto inicuo de su operación y supo que había creado su propia prisión,
donde  él  y  sus  descendientes  quedarían  confinados,  en  las  tinieblas  y  la
privación espiritual divina, hasta el final de los siglos. Esta privación consiste en
la  transformación  de  forma  gloriosa  en  forma  material  y  pasiva.  La  forma
corporal que Adán creó no era realmente la que él tenía, sino la que tendría
tras su pecado. Podríamos preguntarnos si la forma corporal gloriosa que el
Creador concedió a Adán era semejante a la que tenemos actualmente. Yo
diría que no se diferenciaba de la nuestra. La única diferencia es que aquella
era pura e inalterable, mientras que ésta es inerte y está sujeta a la corrupción.
El Creador se enfureció con el hombre por deshonrarse con una creación tan
impura. Cabría preguntarse qué logró Adán con la forma material que creó.
Sólo que de él naciese una estirpe de hombres, pues al crear esa forma pasiva

 

 

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material degradó su propia forma impasible, de la que debían emanar formas
gloriosas como la suya para ser morada de los menores espirituales enviados
por el Creador. Esta descendencia de Dios habría sido ilimitada e infinita; la
obra  espiritual  del  primer  menor  habría  sido  la  del  Creador,  estas  dos
voluntades de creación habrían sido una sola en dos sustancias. Entonces,
¿por qué dejó vivir el Creador al fruto de la prevaricación de Adán?, ¿Por qué
no lo aniquiló al maldecir al primer hombre y toda la tierra?. El Creador dejó
existir  la  obra  impura  del  menor  para  que  le  sirviese  de  escarmiento
inmemorial,  de  generación  en  generación,  pues  el  hombre  siempre tendría
presente el horror de su crimen. El Creador no ha permitido que el crimen del
primer  hombre  se  borre  bajo  los  cielos  para  que  sus  descendientes  no
pretendan ignorar su pecado, y sepan así que las penas y miserias que sufren
y sufrirán hasta el final de los siglos no tienen su origen en el Creador, sino en
nuestro primer padre, creador de materia impura y pasiva. (Utilizo el término
materia impura porque Adán creó esta forma contra la voluntad del Creador).

Puede  que  se  pregunten  cómo  acaeció  la  transformación  de  forma gloriosa de Adán en forma material y si fue el Creador quien dio a Adán esa forma material tras su pecado. Pues bien, apenas hubo ejecutado el primer hombre  su  voluntad  criminal,  el  Creador,  haciendo  uso  de  todo  Su  poder, transformó su forma gloriosa en forma material impasible semejante a la de su obra  criminal.  El  Creador  transformó esta  forma  gloriosa,  haciendo  caer  al hombre en los abismos de la tierra donde había obtenido el fruto de su pecado. Así, el hombre pasó a habitar la tierra, como el resto de los animales, pues antes de su crimen reinaba sobre esta misma tierra como hombre Dios, sin mezclarse con ella ni con sus habitantes.

 

Tras ese terrible suceso, Adán tuvo mayor conciencia de la atrocidad de su crimen. Inmediatamente, se dispuso a suplicar por su falta y pedir perdón al Creador por su ofensa. Se sumió en reclusión y así, entre gemidos y lágrimas, invocó al Creador divino:

 

“Padre de caridad y misericordia; Padre dador de vida y con vida eterna;
Padre Dios de Dioses, de los cielos y de la tierra; Dios fuerte; Dios de justicia,
de  penas  y  recompensas;  Padre  Eterno  todopoderoso;  Dios  vengador  y
recompensador;  Dios  de  paz  y  bondad,  de  compasión  caritativa;  Dios  de
espíritus buenos y malos; Dios poderoso del sabbat; Dios de reconciliación de
todo  ser  creado;  Dios  eterno  y  todopoderoso  de  las  regiones  celestes  y
terrestres; Dios invencible cuya existencia no tiene principio ni fin; Dios de paz
y satisfacción, Dios de toda supremacía y poder, de todo lo creado; Dios que
castigas  y  recompensas  a  Tu  voluntad;  Dios  cuádruplemente  grande  de
revoluciones y ejércitos celestes y terrestres de este universo; Dios magnífico,
de toda contemplación; de seres creados y recompensas inalterables; Dios
padre de misericordia sin límites con Tu débil criatura, escucha los gemidos de
quien reconoce ante ti su abominable crimen. Es sólo la causa segunda de su
delito. Reconcilia en ti a Tu hombre y somételo por siempre. Bendice así la
obra salida de las manos de Tu primer hombre, para que no sucumba, como
yo, a las tentaciones de quienes han provocado mi justo castigo y la obra de mi
propia voluntad. Amén.”

 

 

 

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Observen  que  en  esta  invocación  al  Creador  para  alcanzar  su reconciliación, Adán proporcionó a sus descendientes un conocimiento exacto de  las  diferentes  virtudes,  poderes  y  propiedades  del  Creador,  para  que supiesen que habían sido creados para combatir por la gloria de Dios, y le rindiesen el culto por el que se les permitió subsistir. Este culto que el Creador exige actualmente a Su criatura temporal, no es el mismo que habría exigido a Su primer menor de haber permanecido en su estado glorioso. El culto que el hombre habría debido realizar en ese estado tendría una sola finalidad: sería totalmente espiritual; mientras que el culto que Creador exige actualmente a Su criatura temporal tiene dos finalidades: una temporal y otra espiritual. He aquí el resultado del pecado de nuestro primer padre.

 

Después  de  todo  lo  expuesto  sobre  el  delito  de  Adán,  no  podemos
obviar la apariencia física animal, espiritual, pasiva y eterna del hombre, sin
dejar de reparar en los poderosos sentimientos e infinitas virtudes innatas en él.
Hemos visto que el crimen tuvo su origen en las tentaciones de los espíritus
perversos al primer hombre emanado de Dios, a quien llamamos Adán o primer
padre temporal u hombre roux o réaux, que significa  “hombre Dios de gran
sabiduría, virtud y poder”, tres venerables cosas, innatas sin duda alguna en el
hombre, que en él son el pensamiento, imagen y semejanza al Creador. Hemos
visto que el pensamiento del delito no partió de él, sino de su voluntad como
hombre libre. En efecto, como ya he dicho anteriormente, el pensamiento llega
al hombre desde otro ser: si se trata de un pensamiento bondadoso, procede
de un espíritu divino; si es maligno, procede de un demonio malo. Así, cuando
el  hombre  pone  en  práctica  su  voluntad,  su  acción  y  operación  están
condicionadas por el pensamiento que haya concebido.

 

Esto no se limita únicamente a este mundo, ni a los hombres en general,
sino que incluye los demás mundos y a los seres espirituales que los habitan;
ya sean aquellos de los que el Padre Eterno se sirve para comunicarse con Su
criatura menor y manifestar Su gloria en toda la creación del universo, u otros
que nosotros desconocemos. Esta ley rige incluso entre los demonios, quienes,
pese a ser condenados por el Creador en el momento de su pecado, disfrutan
total y plenamente de sus actos por su voluntad pensante, aunque no puedan
esperar  comunicación  alguna  con  el  pensamiento  divino,  salvo  la  que  les
llevaría a abandonar su voluntad maligna. Por tanto, lo que ocurre en la corte
demoníaca, como ley y mandato de horror y abominación, sucede, aunque la
comparación  no  sea  posible,  en  la  corte  espiritual  divina.  El  adalid  de  los
demonios,  que  ha  jurado  atacar  constante  y  porfiadamente  las  leyes  del
Creador, es el árbol de vida del mal por toda la eternidad; comunica sus malos
pensamientos  a  los  ángeles  bajo  su  poder  y  éstos,  siguiendo  su  pérfida
voluntad, los ponen en práctica para hostigar al menor. La única intención de
este caudillo de las tinieblas es someter a los menores a sus tenebrosas leyes,
intentando que parezcan tan netas y claras como las que el Creador entregó a
Su criatura.

Los pensamientos divinos que recibimos por la comunicación invisible de
un  buen  espíritu  o  intelecto  no  deben  ser  considerados  voluntad  operante
divina, sino simples pensamientos. El hombre pone en práctica su voluntad tras
dicha comunicación de pensamientos, que denominamos intelecto. Lo mismo

 

 

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podemos afirmar de la comunicación de pensamientos o intelectos malignos a los menores.

 

Al dejarse influir por la comunicación de este tipo de intelectos buenos y malos, el primer hombre degeneró de su estado de ser pensante. En su primer estado glorioso, Adán no necesitaba la comunicación de los intelectos buenos y malos para conocer el pensamiento del Creador y del príncipe de los demonios. Leía por igual en uno y otro, pues era un ser enteramente pensante. Pero cuando se encontró solo con sus propias virtudes, poderes y libre albedrío, su orgullo  le  llevó  a  dejarse  influir  por  los  intelectos  buenos  o  malos, convirtiéndose así en lo que denominamos ser pensativo. Cristo mismo nos demostró esa imperfección del menor, pues el príncipe de los demonios le tentó bajo forma humana aparente, ejerciendo su voluntad demoníaca contra Él en la montaña Tabor. Es decir, el menor concibe su mala voluntad únicamente tras  la  insinuación  del  intelecto  malo;  así  fue  exactamente  como  el  primer hombre concibió y llevo a cabo su crimen.

 

Les he explicado la naturaleza de esta falta con la misma certeza con
que me fue explicado por uno de mis fieles amigos, seguidor de la Verdad y
privilegiado por la Sabiduría. Han visto el terrible comportamiento del primer
hombre,  Dios  de  toda  la  tierra,  al  crear  una  forma  material  a  imagen  y
semejanza de su forma corporal gloriosa. Ya les he contado que esta forma
que Adán creó no era en modo alguno gloriosa, sólo era una forma de materia
aparente,  muy  imperfecta  además,  al  ser  el  fruto  de  la  operación  de  una
voluntad perversa. Evidentemente, este comportamiento debía ser castigado
por el Creador, pues Adán había abusado injustificadamente de su poder. Sin
embargo, el Padre Eterno había prometido a Adán que actuaría con él en todas
las acciones realizadas en Su nombre, y debía cumplir Su firme promesa de
secundarle en cualquier circunstancia en que lo necesitara. Adán se sirvió de
esa  promesa  para  manifestar  su  poder  innato  sobre  todo  ser  espiritual.
Recordó al Creador la promesa inquebrantable de culminar sus obras. En base
a Su inmutabilidad divina, le requirió que cumpliese las palabras pronunciadas
por propia voluntad en favor de su creación material. Dios, comprometido con
Adán  por  la  fuerza  de  Su  juramento  inquebrantable,  unió  Su  operación
espiritual a la acción temporal de Adán, tal como le había prometido, pese a no
ser esa Su voluntad. El Creador culminó la obra de Adán como éste deseaba,
confinando en la forma material a un ser menor; el desdichado Adán encadenó
a dicho ser a una horrible prisión de tinieblas, convirtiéndolo en pensativo y
pensante, y precipitándolo en una privación que podría ser eterna o limitada.

La palabra pensativo nació de la unión del intelecto maligno con el ser
menor que, por su naturaleza espiritual divina, emanó como ser pensante en
toda la inmensidad del Creador. Esta unión intelectual hizo degenerar al menor
de  su  estado  primitivo,  convirtiéndole  en  pensativo  por  las  nociones
intelectuales  recibidas  del  espíritu  malo;  así,  el  menor  es  pensante  sólo
momentáneamente, cuando se une completamente con el espíritu bueno. No
es sorprendente, pues, que Adán se convirtiese en un ser pensativo y pensante
tras  su  pecado.  Las  diferentes  maneras  de  pensar,  actuar  y  obrar  de  los
descendientes de nuestro primer padre temporal lo demuestran claramente.
Entre ellos encontramos diferentes nacionalidades, lenguas, cultos divinos o

 

 

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materiales, y una variedad infinita de transformaciones, tanto generales como
particulares.  Además,  los  hombres  de  todos  los  tiempos  han  mantenido
siempre una comunicación constante e íntima, compartiendo unos con otros
sus pensamientos, de carácter espiritual o material. Esto demuestra que son
prácticamente  incapaces  de  actuar  solos,  por  eso  se  apoyan  en  las
insinuaciones  buenas  o  malas  de  los  espíritus  que  viven  en  las  tinieblas.
Podemos decir que los descendientes de Adán son pensativos y pensantes
pues han alcanzado un estado contrario a su naturaleza espiritual, debido a la
comunicación de seres espirituales buenos y malos, a los que permiten actuar
en su presencia.

Sin  embargo,  es  necesario  señalar  que  han  existido  menores  cuyo
nacimiento y vida temporal sólo han sido señalados por la voluntad y obra
divina. Estos menores debían manifestar la gloria del Padre Eterno y, pese a
que su forma derivaba de la descendencia de Adán, el menor que la habitaba
era,  en  verdad,  un  ser  netamente  pensante,  nunca  pensativo.  ¿Por  qué?.
Porque el Padre Eterno le manifestaba Su propia voluntad mediante la visión
de uno de Sus emisarios, que le anunciaba claramente lo que debía hacer para
cumplir la voluntad divina. La inspiración intelectual y la operación visual del
espíritu  son  cosas  diferentes,  como  aclararé  al  hablar  de  los  menores
emanados antes que Adán por voluntad del Creador y para manifestación de
Su gloria.

 

En los primeros tiempos de la descendencia del primer hombre, Helí, a quien llamamos Cristo y era, sin duda alguna, un ser pensante, reconcilió a Adán con la creación. Enoc reconcilió a los primeros descendientes de Adán bajo la descendencia de Set. Noé, al reconciliar la suya, reconcilió a la segunda descendencia de Adán y, posteriormente, a la tierra con Dios. Melquisedec confirmó estas tres primeras reconciliaciones al bendecir las obras de Abraham y a sus trescientos siervos. Esta bendición es una repetición de la que Dios impartió a los tres hijos de Noé: Sem, Cam y Jafet. Abraham y sus trescientos servidores forman el número perfecto cuatro, el mismo número cuaternario que formó Noé con sus tres hijos.

 

El número octavario, que resulta de la unión de estos dos números
cuaternarios,  nos  indica  que  todas  esas  reconciliaciones  y  confirmaciones
fueron realizadas directamente por Cristo. Pues, pese a tener lugar con la
asistencia de menores emanados para tal fin, éstos eran únicamente figuras
aparentes empleadas por Cristo para manifestar la gloria y misericordia del
Creador con los reconciliados. Sabemos a ciencia cierta que en el número ocho
está innato el doble poder que el Creador entregó a Cristo; además, este
número indica todo lo que el Mesías realizó por los hombres temporales de la
primera  y  segunda  descendencia  de  Adán.  La  descendencia  de  Set  es
considerada  la  segunda  descendencia  de  Adán,  pues  se  dispuso  para  su
reconciliación;  no  incluimos  la  de  Caín  ya  que  todavía  debe  alcanzar  su
reconciliación y sigue rindiendo tributo a la justicia del Creador, como queda
claramente indicado por el tipo de la maldición de Noé a su hijo Caín*, tras
llegar el arca a tierra. Siguen desterrados en la región sur, señal inmemorial
para los hombres de todas las generaciones de que aún no se han reintegrado

 

 

 

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espiritualmente en todos sus poderes y virtudes personales, aunque ya no estén sobre la superficie terrestre.

 

Deben  saber  que  lo  sucedido  a  Caín  fue  profetizado  por  una  señal
manifiesta a los hijos de Noé, que éstos no comprendieron. Esta señal fue la
huida del cuervo del arca antes de que avistaran tierra. Dirigió su vuelo hacia el
sur y nunca más regresó al arca, ni volvieron a verlo una vez en tierra. El tipo
de esta huida del cuervo indica que el hombre podría prever cualquier hecho
desdichado o venturoso que le ocurra, pues se le habrá anunciado de alguna
manera. Si el hombre analiza sus pensamientos verá el mal o el bien que
puede resultar de ellos, pues el intelecto bueno no dejaría que nada ocurriese a
la  criatura  que  protege,  sin  hacerle  vislumbrar  las  posibles  consecuencias
buenas o malas.

 

Quizás se pregunten por qué los primeros descendientes de Adán por
parte de Caín no se han reconciliado aún con el Creador. ¿No vino Cristo a
redimir a vivos y muertos?. ¿No abrió el Hijo de Dios las puertas del reino de
los cielos a todos los que habían muerto en pecado, mediante Su pasión y
derramamiento de sangre?. Entonces, los descendientes de Adán por parte de
Caín deberían participar en esa redención. Sin embargo, Cristo sólo reconcilió
con Dios Padre a aquellos identificados con la señal de la operación espiritual
de los justos. Dicha señal era clara e indiscutible: debía favorecer a quienes
estuviesen  dispuestos  a  afianzar  su  fe  y  confianza  en  la  misericordia  del
Creador; así defenderían firmemente la poderosa manifestación de la justicia
divina que Cristo había demostrado espiritualmente a todos los habitantes de la
tierra en privación divina. Esta fue, en verdad, la actuación de Cristo, como voy
a explicar.

 

No puede existir la menor duda sobre la virtud y la omnipotencia de Dios
Hijo, acción directa de la voluntad del Creador, Padre de todas las cosas. No
podemos dudar que la creación fue realizada por el Creador en presencia de
Su Hijo divino, quien confirmaba cada pensamiento divino que se llevaba a la
práctica, diciendo:  “Todo es bueno”. Para poder afirmar esto debía conocer
exhaustivamente  la  naturaleza  del  pensamiento  del  Creador.  Conocía,  en
efecto, toda la bondad y beneficio de los santos pensamientos que el Creador
ejecutaba ante Él y demostraba su júbilo y complacencia, diciendo: Yo estoy en
Ti y en Tus obras, Creador Todopoderoso, tal como Tú estás en Mí y en Mis
obras. He unido los confines de todo lo que has creado, según Tu voluntad.
Quien que te siga y me siga demostrará y confirmará Tus obras y las Mías, y
enseñará  a  todos  los  seres  espirituales  divinos  la  voluntad  de  las  leyes
inalterables,  principio  de  todo  ser  creado.  Gracias  a  dichas  leyes  todo  ser
emanado  actúa  según  su  virtud  y  poder,  bueno  o  malo,  y  toda  operación
espiritual temporal, y su resultado, recaen sobre quienes obran en beneficio o
perjuicio de la gloria del Creador y Su criatura. Ahora entenderán que el mismo
Cristo dirige las acciones de los justos para ayudar a los menores convertidos
en  esclavos  de  demonios  y  a  quienes  sufren,  también  actualmente,  la
persecución de los espíritus demoníacos. En especial, esto es evidente por los
tres días que Cristo permaneció ignorado de la tierra y sus habitantes. El primer
día descendió a las esferas de mayor privación divina, llamadas vulgarmente
infiernos, para liberar de su horrible esclavitud a los menores marcados con la

 

 

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señal de la reconciliación. Esa fue, en verdad, su primera actuación, pues vino a los hombres para aplicar directamente la justicia divina contra los enemigos del Creador.

 

La  segunda  intervención  de  Cristo  fue  en  beneficio  de  los  justos,  a
quienes denominamos Santos Patriarcas. Aún rinden tributo a la justicia del
Creador,  no  por  haber  llevado  una  vida  criminal  ni  haber  tenido  un
comportamiento  espiritual  malo,  sino  para  expiar  el  estigma  de  haber
permanecido en una forma material, a la que descendieron por el pecado de
Adán, cuando debían haber vestido un cuerpo de gloria incorruptible, como
demostró  empíricamente  la  gloriosa  resurrección  de  Cristo.  Mediante  su
actuación doblemente poderosa, el Mesías  (que significa  “redentor espiritual
divino”) eligió a los menores patriarcas cuya vida temporal sería un tipo real de
Su advenimiento y omnipotencia, para que manifestasen de la justicia divina
sobre todos los seres emanados. Para ello, los patriarcas recibieron de Cristo
un poder doblemente poderoso; así, conocían todo lo que Cristo hacía y haría
en el futuro en su beneficio y en el de los menores, desde una posición divina
superior a la suya. No debe sorprendernos que este Ser reconciliador decidiese
privilegiar así a los menores elegidos para ser instrumento de la manifestación
de la gloria divina; permitiendo, además, que dicho carácter se reflejase en los
menores en privación divina mediante sus operaciones espirituales divinas,
para mayor gloria del Creador y mayor humillación de los demonios. Por esta
disposición y preparación espiritual divina, el Redentor auxilió primero a los
menores más oprimidos, que necesitaban más ayuda que los que ya conocían
Sus obras para glorificar al Creador.

Sin duda desearán saber en qué consistía ese carácter que el Redentor
concedió a los santos patriarcas. Éstos eran seres espirituales mayores, más
poderosos  que  los  menores  gloriosos;  únicamente  se  diferenciaban  de  los
hombres por sus acciones espirituales entre menores reconciliados aún no
redimidos.  La  intervención  de  Cristo  desencadenaba  en  estos  menores
patriarcas  un  enigmático  cambio:  gracias  a  su  poderosa  naturaleza,  estos
justos menores eran más conscientes de la ternura indestructible y eterna del
Creador hacia Su criatura; sabían que Su intención al crearla no fue que se
corrompiese, aunque eso fue precisamente lo que ésta hizo.

La  intervención  de  Cristo     (cuyo  nombre  significa    “receptáculo  de

intervención divina”) ante los menores fue completamente diferente a la que
habían percibido en el pasado, encomendándoles un trabajo muy distinto al
que realizaron durante su vida temporal; para hacerse una idea, piensen en las
diferentes  usanzas  de  los  habitantes  de  la  superficie  terrestre,  aunque  la
comparación  no  sea  válida.  Los  esclavos  de  los  demonios  recibieron  un
carácter similar, procedente de la acción santa de estos gloriosos patriarcas,
que cumplían, junto con el mayor espiritual doblemente poderoso, la voluntad
de  Cristo.  Así,  los  esclavos  de  los  demonios  recibieron  una  señal  de  la
reconciliación  divina  más  fuerte  que  la  de  los  menores  patriarcas,  pues  la
acción de la señal de éstos debía ser limitada, mientras que la de los esclavos
de los demonios debía conseguir mayores y más importantes logros. Por lo
tanto,  la  transformación  de  los  menores  patriarcas  fue  enorme,  aunque
infinitamente inferior a la que experimentaron los esclavos de los demonios, ya

 

 

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que  el  espíritu  que  moraba  en  ellos  debía  ejecutar  dos  acciones:  la
reconciliación de los menores y el castigo de los mayores perversos. He aquí
las  dos  primeras  operaciones  de  Cristo  en  los  dos  primeros  días  que
permaneció apartado de los hombres, que representaban a toda la creación el
tipo de la muerte y la posterior reconciliación y resurrección espiritual.

La tercera operación de Cristo hace alusión al tercer día de su sepultura;
fue realizada sobre dos clases de menores que estaban más o menos recluidos
en privación divina. Así, esta tercera operación fue dividida en dos elementos,
uno visible y otro invisible para los mortales ordinarios, dado que la materia no
puede ver y concebir el espíritu sin morir o sin que el espíritu la disuelva y la
destruya.

 

El  elemento  invisible  de  la  tercera  operación  de  Cristo  disminuía  el trabajo y acciones penosas de los menores durante su recorrido universal, general y particular, según lo prescrito por el Creador.

 

Sabemos de este recorrido universal al que está sometido el menor
gracias  al  esmerado  estudio  de  los  tres  principales  círculos  esféricos  por
hombres  de  todos  los  tiempos  (incluyendo  los  del  presente  siglo),  con  la
finalidad de dominar los diferentes medios para recorrer la superficie terrestre.
Debido a su escaso conocimiento y a los enviciados motivos de su estudio,
algunos  hombres  consideran  que  la  finalidad  de  estos  tres  círculos  es
satisfacer sus codiciosas pasiones materiales. Es cierto que estos tres círculos,
denominados círculo sensible, círculo visual y círculo racional, permiten    al
hombre  aumentar  sus  conocimientos  sobre  el  espacio  y  los  límites  de  la
creación  universal,  general  y  particular;  pero  quienes  únicamente  los
consideran  bajo  un  prisma  material  se  encuentran  en  las  más  tenebrosas
tinieblas.

Desde el punto de vista espiritual, el círculo menor está relacionado con
el sensible, el círculo intelecto con el visual y el círculo mayor con el racional;
estos tres círculos son simplemente diferentes planos en los que los menores
justos completarán su acción temporal, invisible para el hombre material. Esta
operación comienza en el círculo sensible; desde ahí, los menores pasan al
círculo  visual,  donde  surge  el  impulso  de  su  actuación  espiritual (que

denominamos  reacción);  como  la  superficie  de  este  segundo  círculo  es infinitamente mayor a la del primero (donde han finalizado el recorrido de su actuación natural), los menores descansan, a la sombra de su reconciliación, en el círculo que denominamos racional.

Todos  los  cuerpos  planetarios  y  elementales  habitan  en  estos  tres
círculos principales. Estos círculos también se distinguen por los principales
poderes divinos en ellos, como explicaré con ayuda de tres números: el número
cuatro corresponde al menor, el número siete al espíritu y el número ocho al
doble espíritu, que es Cristo. Cristo dirige al espíritu, el espíritu dirige al menor
y el menor dirige a la forma terrestre. Así, como ya he dicho, el primer elemento
de la tercera operación de Cristo consiste en acortar el recorrido y los trabajos
de los menores en estos tres círculos, para que puedan descansar a la sombra
de su reconciliación.

 

 

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El segundo elemento, visible para los hombres materiales, consiste en el
proyecto que Él mismo les ha trazado, ya sea mediante Su resurrección o
mediante  instrucciones  entregadas  a  Sus  fieles  elegidos  con  Su  palabra
espiritual divina. Esto es en verdad lo que sé y lo que me ha sido contado sobre
la reconciliación realizada por Cristo, reconciliación dispuesta por los justos que
Él mismo eligió y a quienes brindó el primer ejemplo, como voy a explicar.

 

Helí reconcilió al primer hombre con el Creador mediante su espíritu, que se unió al primer menor emanado. Enoc, gracias a su justicia, actuó en favor de los descendientes, vivos y muertos, de Set, cediéndoles el carácter o señal auténtica de su intervención. Con esta señal marcó a quienes fueran dignos de acompañar a Cristo a presentarse ante Su padre, el Creador, para rendirle cuentas de las obras realizadas para Su glorificación y para humillación de Sus enemigos. Noé desempeñó ese mismo papel, tal como Melquisedec, Elías, Zorobabel  y  Cristo.  Fueron  enviados  por  el  Creador  para  identificar  a  los menores espirituales que presenciarían el triunfo de la manifestación de la justicia divina gracias al poder del Hombre Dios divino.

 

No detallaré las diferentes actividades de estos justos para identificar a
la corte que acompañaría a Cristo cuando se presentara en espíritu ante el
Creador,  Padre  de  toda  autoridad  y  poder  divino  inmutable.  Quizás  se
pregunten cómo es posible que los justos nombrados llevaran esto a cabo. ¿No
preveían las leyes inmutables dictadas por el Creador en la creación universal
todo suceso temporal o espiritual?. No, Dios no podía prever lo que no había
dispuesto; como ya he dicho, sólo podía leer en el pensamiento una vez que
había sido   concebido y no podía detener la voluntad de los seres espirituales.
Sin esta libertad, Adán no habría podido pecar, su crimen desencadenó tal
cambio que el Creador se vio obligado a modificar el funcionamiento de la
creación general y particular. Por creación general debemos entender la tierra;
y por creación particular, todos los menores que la habitan, tanto en el cuerpo
terrestre  como  en  el  celeste.  Este  delito,  que  no  pueden  olvidar  pese  a
desconocer aún su carácter exacto, obligó al Creador a aplicar la ley divina
contra su creación.

Ya saben que el Creador emanó a Adán, hombre Dios justo de la tierra,
dotándole de un cuerpo glorioso incorruptible. Saben que, tras su pecado, le
maldijo personalmente junto a su obra impura y maldijo luego toda la tierra.
También saben que, por este pecado, Adán degeneró de forma gloriosa en
forma  material  terrestre.  Sabrán,  pues,  que  todo  esto  no  habría  podido
adaptarse  a  la  naturaleza  general  y  particular  si  el  Creador  no  hubiese
suspendido y retirado temporalmente los poderes que había otorgado al primer
hombre  en  su  estado  de  justicia.  La  transformación  de  Adán,  de  cuerpo
glorioso a cuerpo de materia terrestre, anunciaba las nuevas leyes decretadas
por el Creador hasta que alcanzase su reconciliación. Tras esta reconciliación
el Creador le bendijo por segunda vez y le perdonó su falta, pero le dotó de un
poder inferior al que poseía antes de su crimen. La demostración física la
tenemos en las diferentes leyes que Moisés bajó de la montaña. Moisés no
entregó al pueblo de Israel las primeras tablas de la ley; la prevaricación de
este pueblo le llevó a destruirlas, privando a los israelitas de la ley divina que

 

 

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tan ansiosamente deseaban recibir. Posteriormente, Moisés se reconcilió con
su pueblo, prometiéndole una segunda ley en nombre del Padre Eterno; ley
que  sería  entregada  siguiendo  la  voluntad  divina,  para  favorecer  la
reconciliación  del  pueblo  elegido.  Esta  reconciliación  no  podía  proceder
únicamente de la voluntad y poder de Moisés, sino del poder del Creador. Todo
el poder de un solo hombre no lograría reconciliar a veinte personas; si Moisés
hubiese  actuado  por  su  cuenta,  sin  ayuda  de  un  ser  superior,  todas  sus
palabras y esfuerzos habrían sido en vano. Imaginemos que ocurriría con los
hombres de nuestros días, que consideran ignorantes a los hombres de los
primeros siglos.  ¿Qué podríamos hacer, cómo reconciliar a los hombres del
siglo actual, que no han presenciado ninguna manifestación física, espiritual o
divina,  salvo  las  de  las  leyes  inmutables  de  acción  y  conservación  de  la
creación universal durante el periodo prescrito por el Creador?. Quizás deseen
conocer la duración de ese periodo, pero éste no es lugar para hablar de ello.
Voy a continuar con la explicación del tipo del crimen de Adán, pues en él
tuvieron su origen todas las épocas, tipos y diferentes hechos acaecidos desde
el principio del mundo hasta nuestros días, así como los que ocurrirán hasta el
final de los siglos.

 

La congoja de Adán al convertirse en pensativo y pensante marcaba el
inicio de la primera de las desoladoras épocas que sufrirían sus descendientes.
Su perturbación, su agitación y los enfrentamientos que sentía en su interior
tras ser confinado en ese segundo cuerpo de materia terrestre le hicieron tener
mayor  conciencia  de  las  inmensas  consecuencias  de  su  pecado.  En  este
estado, se lamentó ante el Creador; suplicó la clemencia del Dios vivo, que es
Cristo, y del Dios dador de vida. Estando sumido en esa amargura, el espíritu le
presentó el fruto de su pecado, afligiéndole y aumentando el peso de sus
remordimientos al considerar su obra. Comprendió lo que le pedía el Creador.
Este desdichado hombre sabía que debía reconocer sinceramente su falta y
confesar su creación y su obra. Adán satisfizo la voluntad divina; confesó con
toda sinceridad la obra de su pensamiento maldito y su voluntad, que le unirían
al fruto de su trabajo por tiempo inmemorial. Confirmó esta confesión llamando
al fruto de su pecado Houva u Hommesse, que significa “carne de mi carne,
huesos de mis huesos, y obra de la operación por mí concebida y creada por
mis manos deshonradas”. Esto es lo que deseaban saber respecto al tipo de la
prevaricación de Adán.

 

Lo que acabo de relatarles sobre el pecado de Adán y su fruto explica
claramente nuestra naturaleza corporal y espiritual, así como la degeneración
de ambas, pues el alma pasa a estar sometida al sufrimiento de la privación, y
la forma es pasiva, cuando habría sido impasible si Adán hubiese unido su
voluntad a la del Creador. También entenderán lo que, desde el punto de vista
espiritual, denominamos decreto pronunciado por el Padre Eterno contra la
descendencia de Adán hasta el final de los siglos, y es llamado vulgarmente
pecado original.

Pero debo explicarles más claramente el cambio de las leyes rituales de
actuación en la creación general y particular tras el crimen del primer hombre.
Ya les he mostrado el alcance del poder, virtud, mandato y autoridad del primer
menor emancipado en su cuerpo glorioso. Les he enseñado cómo perdió su

 

 

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forma  gloriosa,  pasando  a  tener  una  forma  material  terrestre  debido  a  su
crimen. Sin embargo, el segundo cuerpo de materia terrestre tenía la misma
figura aparente que el cuerpo glorioso en el que Adán había sido emanado. Por
lo tanto, sólo cambiaron las leyes por las que se regía en su primer estado de
justicia.

Al  cambiar  la  naturaleza  de  la  acción  de  un  ser  temporal,  cambian necesariamente  sus  leyes  de  actuación;  cuando  el  Creador  redimió  a  la creación general universal y particular, se desencadenó un cambio en las leyes que la regían antes de su maldición y de su reconciliación. Lo mismo ocurrió con  el  primer  hombre;  como  su  estado  de  gloria  había  cambiado,  era absolutamente  necesario  que  el  Creador  modificase  también  las  leyes  de actuación que le había entregado, pues las primeras leyes no eran adecuadas para actuar sobre una forma corporal tan limitada como la que Adán se vio obligado a revestir y dirigir por autoridad divina.

Como supondrán, las leyes que rigen las formas corporales de materia aparente pasiva no son, en absoluto, las mismas que rigen todo espíritu menor con una forma de cuerpo glorioso, cuyo origen no está en la materia que vemos condensada físicamente. La forma gloriosa no puede estar habitada por un menor u otro espíritu en privación divina, pues ha sido creada por el Padre Eterno para manifestar Su gloria entre los hombres o donde Él decida, al igual que el menor y cualquier otro espíritu. Yo diría aun más, como Adán y sus descendientes estaban limitados por esta forma de materia terrestre, no debían rendir al Creador el mismo culto para el que fue emanado el primer hombre. Como el primer menor había cambiado de forma, era absolutamente necesario que cambiase su forma de actuar. Esta nueva intervención está infinitamente limitada  por  la  fuerza  de  las  leyes  del  Creador  contra  Adán  y  toda  su descendencia hasta el final de los tiempos.

Dicha limitación no debe sorprenderles, dado el uso inicuo que Adán hizo del Verbo recibido del Padre Eterno para crear una descendencia de Dios. Este Verbo, que quizás desconozcan y consideren incomprensible, consistía en la intención y la voluntad que desencadenarían la poderosa palabra del primer hombre. Sin embargo, para entender claramente el Verbo de descendencia de Dios innato en Adán, debemos remontarnos a los diferentes Verbos que utilizó el Creador, según su intención, voluntad y palabra, en la creación universal (que comprende la creación general y la particular), origen de toda acción, forma y ser espiritual menor.

Explicaré  los  principales  Verbos  de  Creación  utilizados  por  el  Padre Eterno combinando estas tres cosas, intención, voluntad y palabra, con las tres anteriores.  La  intención  está  relacionada  con  la  creación  del  universo, representada por un inmenso círculo en cuyo interior discurren y actúan el general y el particular. La voluntad está relacionada con la creación del general o de la tierra, representada por un triángulo, figura concebida por el Creador en su  imaginación  pensante.  La  palabra  está  relacionada  con  la  emanación particular de menores espirituales que habitan en la forma corporal particular terrestre (forma similar a la tierra), realizada, asimismo, tal como fue imaginada por el pensamiento divino.

 

 

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Lo anterior, y lo que expondré a continuación, les ayudará a entender el Verbo de Creación innato en Adán. Sin la intención del Creador, no habría existido la voluntad ni la palabra de acción. Ahora bien, como el ser espiritual menor no es más que el fruto de la actuación de estos tres principios divinos, era necesario que el primer hombre llevara las huellas de su origen; por tanto, estos tres principios debían estar innatos en él cuando el Creador le liberó de su inmensidad divina para ser hombre Dios de la tierra.

 

Hemos   visto   anteriormente   que   Dios   no   puede   crear   el   mal;
consecuentemente, Adán fue emanado en el bien y la justicia. Adán poseía un
Verbo poderoso; de su palabra de mandato, su buena intención y su voluntad
espiritual divina debían nacer formas gloriosas impasibles y semejantes a la
que el Creador había concebido en Su imaginación. Estas formas gloriosas no
serían de la misma naturaleza que las formas de materia terrestre, destinadas,
por voluntad del Creador, a servir de prisión a los espíritus prevaricadores. Así,
la  forma  que  recibió  Adán  era  meramente  espiritual  y  gloriosa,  para  que
dominase sobre toda la creación y ejerciese libremente su poder y mandato
sobre todos los seres que le había entregado el Creador.

Esta forma gloriosa es una figura aparente que el espíritu concibe y engendra  dependiendo  de  sus  necesidades  y  las  órdenes  que  recibe  del Creador. Esta forma se reintegra en el momento en que es creada por el espíritu. La denominamos impasible porque no está sometida a ningún poder elemental, excepto el poder puro y simple. No necesita alimento alguno, salvo el que le procura su espíritu. Esta forma gloriosa habría sido perpetuada por Adán en la reproducción de su descendencia espiritual, sin intervención de la materia,  tal  como  demostró  el  advenimiento  y  resurrección  de  Cristo,  y  la bajada del Espíritu Divino al Templo de Salomón.

Todo  lo  que  hemos  visto  debe  disipar  sus  dudas  sobre  el  cambio
elemental de las leyes de actuación tras la prevaricación del primer hombre,
tanto en el cuerpo general y particular, como en los menores y en su conducta
actual, que es diferente a aquella para la que fueron emanados. Por otro lado,
vuelve a aparecer el glorioso número ternario de creación de toda forma, al
combinar intención, voluntad y palabra creadora de acción divina, que es, sin
duda alguna, el Verbo. En efecto, ¿de qué serviría la intención sin la voluntad,
la  voluntad  sin  la  palabra,  la  palabra  sin  el  efecto  o  la  acción?.  Fueron
necesarias la intención, la voluntad y la palabra para llevar a cabo cada una de
las tres partes de la creación, pero la palabra fue la que determinó la actuación
de la intención y la voluntad divina. Esta determinación da lugar al Verbo; por lo
tanto,  sólo  en  el  Verbo  del  Creador  existe  el  número  ternario  de  creación
general universal y particular. La intención, la voluntad y la palabra tienen un
efecto espiritual, o acción, que demuestra que el Verbo de Creación no surge
de sí mismo, sino que emana de ellas.

Gracias a este Verbo, y a su emanación, sabemos a ciencia cierta que el
primer número ternario de creación es eterno en Dios, veamos: la intención 1,
la voluntad 2 y la palabra 3, de donde proceden la acción o el Verbo. Sumando
estos tres números obtenemos 6, de la siguiente manera: 1 y 2 suman 3, 3 y 3

 

 

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suman  6.  Así  se  completan  los  seis  pensamientos  de  creación  general  y particular del Padre Eterno. Sin lugar a dudas, este número está presente en la creación universal, general y particular.

 

Lo que acabo de decir debe aclararles el origen de todo ser creado,
tanto espiritual como material, así como el enorme poder que tuvo en otro
tiempo el primer hombre, poder que aún podrían tener sus descendientes. No
obstante, este poder le sirve de poco al hombre si no se reconcilia con el
Creador. Es más, me atrevería a decir que no sirve de nada; hasta las bestias
tienen mayor virtud con su instinto pasivo, que el menor espiritual que ha
degenerado  y  se  pierde  en  la  inacción  espiritual  divina  hasta  el  punto  de
convertirse en tumba de la muerte. Con la expresión  “tumba de la muerte”
quiero decir que los desdichados menores que no se reconcilien, serán presa
de los espíritus perversos, quienes les harán permanecer en su falta por tiempo
indefinido.

Tal suerte correrán los menores que no rindan justicia al Creador. Vean
cuán importante es permanecer alerta e intentar imitar a Adán. Tras confesar
su  crimen  con  sinceridad  y  arrepentimiento  amargo,  Adán  obtuvo  la
reconciliación del Creador y recuperó parte de sus primeras virtudes y poderes
sobre los tres tipos de creación temporal, bajo condición, eso sí, de que en el
futuro  su  intención  y  voluntad  respetasen  las  leyes  de  la  reconciliación.
Analicen esta reconciliación y volverán a encontrar el número ternario: Adán,
Cristo  y  el  Creador.  Observarán  que  esta  triple  esencia  divina  conforma
claramente los tres principios de toda creación: la intención del Padre  1, la
voluntad de Cristo 2 y la palabra del menor espiritual procedente de la intención
y  voluntad  de  los  dos  primeros  3.  Incluyo  al  menor  en  las  tres  primeras
esencias divinas pues es producto de la intención del Padre, de la voluntad del
Hijo redentor y de la acción del Espíritu Divino; como explicaré más claramente
al describir la cuádruple esencia divina, de la que aún no les he hablado.

Seguiré hablando de la reconciliación perfecta del primer hombre. El
Creador bendijo a Adán y su obra impura diciendo: “Adán glorifica tu obra, para
que  juntos  tengáis  una  descendencia  de  forma  particular,  que  será  la
representación cierta e indudable de la figura universal general, al igual que la
forma que tú riges, por el tiempo que he prescrito”. Estas son las palabras que
recogen las Escrituras: Creced y multiplicáos. Es decir, una vez que Adán y
Eva  dejaron  su  primera  morada,  se  les  ordenó  reproducirse  en  formas
semejantes a la suya; Adán y Eva cumplieron esta orden con tal pasión de los
sentidos  materiales  que  el  primer  hombre  vio  postergada  su  reconciliación
completa. No obstante, engendraron la forma corporal de su primer hijo, al que
llamaron Caín, que quiere decir “hijo de mi dolor”. Adán le dio ese nombre pues
sentía que había obrado conducido por una pasión desordenada y contraria a
la  moderación  deseada.  (Digamos,  de  paso,  que  la  orden  directa  que  el
Creador  dio  a  Adán  nos  indica  que  le  nombró  guardián  de  su  simiente
reproductora).

 

Adán tuvo razón al llamar a su primogénito “hijo de mi dolor”, pues por
esta obra quedó suspendida su reconciliación. Además, al llamar Caín a su
primogénito, profetizó el gran dolor que sufriría en el futuro por el grave delito

 

 

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de  sus  descendientes,  que  contravendría  las  leyes,  preceptos  y  mandatos divinos; por ese motivo, Adán fue considerado el primer profeta por su propia descendencia.

 

Sin  embargo,  ese  hijo  engendrado  con  una  pasión  contraria  a  las
órdenes del Creador, contribuiría a la reconciliación del primer padre; el vivo
dolor que le haría sentir le haría revivir la negrura de su pecado original, pues
Caín llevaría a cabo su crimen en presencia de Adán. El golpe fue tan cruel,
como amargo el remordimiento que hizo nacer en el corazón de su padre. Así,
es imposible imaginar el dolor y abatimiento de Adán al ver a su primogénito
presa de los poderes demoníacos. Nadie como él podía juzgar su propio dolor
y el de su hijo; poco antes Adán había sido liberado, gracias a la misericordia
del Creador, de manos de esos mismos demonios que acababan de seducir a
su primogénito y precipitarle en la privación divina por la eternidad.

Esta doble pena llevó a Adán a apoyarse en las leyes recibidas y en su confianza en el Creador. Cada vez lamentaba más haber participado en la concepción  de  su  desdichado  hijo,  contraria  a  los  límites  prescritos  por  el Creador. Mediante juramento sincero, se sometió a la voluntad del Creador, prometiendo no alejarse jamás de las leyes, preceptos y mandatos que Él le señalara, bajo pretexto alguno. Pero esta resignación del primer padre fue sólo aparente, pues no tuvo la perseverancia que había jurado; al contrario, él y su compañera Eva, tuvieron una hija a quien llamaron Cainán, que quiere decir “hija de la confusión”, pues su concepción se realizó con las mismas leyes con que fue concebido Adán.

Cinco años más tarde, al ver Adán a sus dos hijos tan unidos, creyó que
había  llegado  el  momento  en  que  acabarían  todas  sus  penas.  Se  cegó
nuevamente y concibió con Eva un tercer hijo, también mujer, a quien llamó
Aba  1,  que  quiere  decir  “hijo  material  o  hijo  de  privación  divina”.  Pasaron
entonces seis años sin que Adán tuviese más descendientes, pues en ese
tiempo, y a partir del nacimiento de su tercer hijo, cayó en un estado de gran
abatimiento.   Su   disgusto consigo mismo era tal que no sabía qué hacer. Cayó
en  una  inacción  total,  insensible  a  cualquier  impresión  buena  o  mala  de
espíritus divinos o demoníacos. La razón de su abatimiento era el profundo
conocimiento de todos sus anteriores crímenes contra el Creador. El espíritu
bueno le procuró ese conocimiento, haciéndole entender claramente que la
tierra que había cultivado hasta ese momento contra las órdenes del Creador,
sólo le ocasionaría dolor y amargura, y sería el veneno de la discordia entre
todos sus descendientes.

En esto se resume la amenaza del Creador al expulsar a Adán del
Paraíso  Terrestre,  como  relatan  las  Escrituras:  “Ve  y  cultiva  la  tierra;  sólo
recogerás  espinas”.    Me  pregunto  si  existirá  espina  más  hiriente  para  el
corazón de un padre bueno que una descendencia criminal. Así, el Creador
anunció  al  primer  hombre  los  males  que  le  causaría  su  obra  de  materia
terrestre. Viendo al primer hombre en tal estado, el Creador decidió perdonar
todas sus debilidades, ordenándoles, a él y a su compañera, una concepción
pura y simple, sin excesos de ningún tipo en sus sentidos de su forma material.
Así, la descendencia de Adán no se limita a los tres hijos de los que les he

 

 

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hablado; tuvo cuatro hijos más, dos varones y dos hembras, siendo el primero de esos cuatro hijos quien obraría la reconciliación de su padre.

 

De este modo, Adán realizó con su compañera una intervención que
agradó al Creador; Eva concibió la simiente que Adán había vertido en sus
entrañas, guardándola dichosamente hasta su completa madurez. No debe
sorprendernos que Eva cuidase de manera especial este nuevo fruto, pues
sentía nacer en ella la raíz de la salvación. Continuemos con la descendencia
de Adán.

Adán y Eva protegieron de manera especial a este cuarto hijo. Nunca le
perdían de vista, aunque aún no sabían exactamente qué les aportaría. No
podían  dejar  de  admirar  su  conducta,  tanto  con  sus  dos  hermanas  y  su
hermano Caín, como con su padre y su madre. Desde la más tierna edad, sin
contar aún tres años, intentaba ganar su amistad; su bondad, sabiduría y virtud
fueron en aumento durante el tiempo que permaneció entre los hombres como
hombre  Dios  justo  sobre  la  tierra.  Este  bienaventurado  niño  ofrecía
continuamente al Creador cultos espirituales que sorprendían a toda su familia.
Todos sus trabajos pretendían apaciguar la justicia de Dios contra su primera
criatura y sus descendientes, pues sabía con qué fuerza golpearía la justicia
divina a esa descendencia. En pocas palabras, Abel se comportaba con el
Padre Eterno como debería haberlo hecho Adán en su primer estado de gloria;
el culto que rendía al Creador era el ejemplo real de lo que Éste esperaba de
su primer menor.

Asimismo, Abel era un ejemplo palpable de la manifestación de la gloria
divina,  que  sería  revelada  un  día  por  el  verdadero  Adán  o  Cristo  para  la
reconciliación  total  de  los  descendientes  pasados,  presentes  y  futuros  del
primer  hombre,  siempre  que  siguiesen  el  plan  trazado  por  la  misericordia
divina.

Los tres primeros hijos de Adán tenían una conducta totalmente opuesta
a la de Abel. Pero Adán y Eva se sentían en paz. Eva se sentía colmada de
inexplicable júbilo y satisfacción, mientras que durante la gestación de sus tres
primeros hijos sólo había sentido un cruel dolor. La diferencia estribaba en los
dones presentes en el alma de este cuarto hijo por la gracia del Padre Eterno.
Este alma le comunicaba su inocencia, su candor y su pureza. Adán volvía a
sentirse  satisfecho  y  feliz,  lo  que  aumentaba  más  aun  la  dicha  de  Eva.
Recordaban placenteramente el momento en que concibieron este cuarto hijo,
siete años después del nacimiento de su tercer hijo. Adán no pudo evitar alabar
al Señor, diciéndole: “El Creador Eterno de los cielos y la tierra y de Su servidor
Adán, o Réaux, sea por siempre bendito por todo lo que ha creado. Gracias a
Él tengo un cuarto descendiente que será toda mi alegría en mi vida actual y
futura”.

Llamó a este niño Aba 4, que quiere decir “hijo de la paz”, o Abel 10, que quiere decir “ser superior a todo sentido espiritual”.

Lo  que  acabo  de  relatarles  volvería  a  suceder  más  adelante  en  el
tiempo, con la visita de María a su prima Isabel y la alegría en el alma que ésta

 

 

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última  sintió  al  saludarla;  así  como  por  la  satisfacción  de  ambos  padres
temporales,  uno  por  la  propia  realización  física  de  su  obra,  el  otro  por  la
intervención espiritual del Padre Eterno en su mujer adoptiva. Posteriormente
veremos la explicación de todos estos tipos, que ocupan los ángulos del altar o
la parte de los círculos que mira al norte, mientras Caín ocupa los que miran al
sur.

 

Cuando Abel cumplió con sus deberes espirituales, según las órdenes
que había recibido, se levantó y fue a relatar a su padre las buenas nuevas que
le habían sido reveladas por el Creador. Adán situó entonces a Abel en su
parte norte y, temblando, se arrodilló como Abel había hecho. Cuando hubo
terminado, llamó a sus dos hijos, colocando a Abel a su derecha y a Caín a su
izquierda, y les relató lo que el Creador le había revelado:  “En nombre del
Creador Eterno, os hago saber que he obtenido Su gracia; ha levantado Su
castigo sobre mí gracias a la intervención y ayuda de mi hijo Abel, y a Su
misericordia.  Venid,  hijos  míos,  para  que  comparta  mi  dicha  con  vosotros,
explicándoos las dos sensaciones que he podido sentir: la del mal y la del bien
de una reconciliación perfecta con el Creador”. Luego, dirigiéndose a Caín le
dijo: “Hijo primogénito, que tus obras sean en el futuro las de tu hermano
menor. Aprende que el Creador confía sin hacer distinción de origen temporal o
espiritual, y que otorga un poder superior a todo aquel o aquella que sepa
merecerlo y a quien le sea debido. Que tu voluntad, Caín, sea en el futuro la de
tu hermano Abel, igual que la mía será inquebrantablemente la del Creador.”

 

El ceremonial comenzó a mitad del día solar y duró aproximadamente una hora. A medida que Abel iba recibiendo señales divinas, los tres primeros hijos se iban enemistando con su propio hermano. Adán y Eva consideraban a Abel un intérprete espiritual divino y observaban con precisión todo lo que les decía y pedía hacer, llenos de júbilo y santidad. Los tres primeros hijos, por el contrario, se oponían a todo lo que Abel realizaba en su beneficio y en el de sus padres; llegaron incluso a tenderle trampas con acciones contrarias a las suyas,  para  destruirle  y  borrarle  físicamente  de  su  presencia,  como  luego harían, según vamos a ver.

Un día, Adán se preparó, junto con  sus dos  hijos, para rendir  culto
espiritual divino al Creador. Sus hijas no podían asistir, debido a la poca virtud
y poderes divinos innatos en las mujeres, y a su poca fuerza y firmeza para
realizar tales actuaciones, por lo que las alejó a una distancia de cuarenta y
cinco  codos  del  lugar  elegido  para  su  trabajo.  Una  vez  que  todo  estuvo
preparado, Adán dispuso y bendijo a su último hijo, Abel, para que realizase
primero las funciones espirituales de la actuación que pretendía llevar a cabo.
Abel se dispuso a ello sin demora, levantó el altar o círculos adecuados y en su
centro dispuso las primeras esencias. Estas esencias eran su propia forma
corporal, que ofreció en sacrificio al Creador arrodillándose humildemente. Al
mismo  tiempo,  sometió  su  Ser  menor  espiritual  al  Padre  Eterno,  como
receptáculo  de  la  justicia  divina  para  manifestación  de  toda  Su  gloria  y
misericordia con Adán, Su primera criatura menor. Una vez que hubo concluido
cada uno se retiró a su lugar habitual: Caín junto a sus dos hermanas; Abel,
junto a su padre y su madre.

 

 

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Esta separación de tres personas por un lado y tres por otro es una
figura demasiado evidente para ignorarla: es el verdadero tipo de la separación
del  bien  y  del  mal;  representa,  además,  las  tres  esencias  espirituales  que
componen las diferentes formas corporales de materia aparente, tanto del ser
racional como del irracional. En el producto senario de la suma de estos dos
números  ternarios  verán  el  número  de  la  creación  divina  o  de  los  seis
pensamientos del Creador en la creación universal, general y particular. Como
enseñan las Escrituras, hay tres en las alturas y tres en las profundidades.
Piensen  cuál  de  los  dos  números  ternarios  representa  el  mal.  Reflexionen
sobre este asunto, extraigan sus propias deducciones y lleguen a conclusiones
satisfactorias.

 

Caín, retirándose al lugar que Adán le había destinado, relató a sus dos
hermanas la supuesta ofensa de su padre al despojarle de su derecho de
primogenitura para cedérselo a su hermano menor Abel, sometiéndole así a su
voluntad. Las dos hermanas de Caín le incitaron a emplear todo su poder y
fuerza contra su hermano y su padre, e incluso contra el Creador que había
permitido tal injusticia, pues su hermano pequeño se había aprovechado de la
buena fe de su padre y había envenenado su pensamiento celebrando un culto
falso e injusto. Así, Caín decidió ofrecer culto al falso Dios y príncipe de los
demonios, para que le dotase de un poder superior al que su hermano Abel
había recibido del Creador, y vengarse del presunto daño que le había causado
su padre con la intervención de su hermano. Se hizo ayudar en su actuación
por sus dos hermanas, tal como Abel y él habían ayudado en la de su padre;
consagró a su hermana pequeña a las mismas funciones que había realizado
Abel, pues había seguido con precisión el primer ceremonial. Cuando llegó el
momento adecuado se arrodilló, colocó a su otra hermana en el lugar que él
había ocupado en el altar o círculos, y ofreció como sacrificio al príncipe de los
demonios la forma y la vida de Abel (la forma es el cuerpo y la vida el alma).

Tras esta ceremonia, Abel se presentó ante Caín, quien le recriminó duramente.  Abel  escuchó  sus  reproches  con  aflicción  y  humildad,  y  luego contestó a Caín: “No debes culparme a mí ni a nuestro padre temporal, debes combatir contra ti mismo y contra el que ahora te dirige; en verdad te digo que acabas de celebrar un culto falso e impío ante el Padre Eterno. Tu delito es superior al de Adán: has ofrecido a tu Dios de tinieblas un sacrificio que no está en  tu  poder  ni  en  el  suyo;  te  equivocas  al  buscar  la  conformidad  de  los culpables en la sangre del justo.”

Abel  fue  a  buscar  a  Adán  y  le  contó  lo  que  acababa  de  ocurrir;  el
desdichado  padre  quedó  enormemente  afligido  y  sumido  en  una  inmensa
consternación.  Abel  intentó  consolarle,  preguntándole  sobre  su  tristeza  y
desaliento, pero Adán nada respondía. Parecía como si previese lo que iba a
suceder a su hijo bien amado y no se atreviera a decírselo. Abel calmó la
inquietud de Adán diciéndole con firmeza: “Padre mío, lo que el Creador ha
decretado en tu beneficio y en el de tu descendencia debe tener lugar, sea para
bien o para mal; la creación general que ves es simplemente una baza que se
reserva el Padre Eterno para manifestar Su omnipotencia y Su gran gloria.
Siendo así, padre mío, entre tus descendientes corporales el Creador enviará

 

 

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personas destinadas a ser instrumento del triunfo de la justicia, recompensa de
los justos y humillación de los pecadores. Es inútil que el hombre se oponga a
los designios del Creador en beneficio o perjuicio de Su criatura espiritual”.
Adán  pareció  tranquilizarse,  y  dirigiéndose  al  Creador  le  dijo: “¡Oh,  Padre

Eterno! Hágase en mí, tu fiel servidor, padre de la multitud de naciones que habitarán e intervendrán en tu círculo universal, según Tu pensamiento y Tu voluntad. ¡Amén!”

 

A continuación, Adán y Abel fueron a visitar a Caín, quien se presentó
ante ellos con sus dos hermanas. Cuando se encontraron, las hijas abrazaron a
su  padre  y  Caín  abrazó  a  su  hermano  Abel,  clavándole  tres  veces  un
instrumento de madera en forma de puñal. La primera puñalada le atravesó la
garganta, la segunda el corazón y la última las entrañas. Este homicidio ocurrió
en presencia de Adán, quien no se percató de ello. Sin embargo, en cuanto se
perpetró el crimen, Adán y las dos hermanas de Caín sintieron una terrible
conmoción  y  los  tres,  consternados  por  dicha  emoción,  cayeron  al  suelo,
exclamando: “¡Señor, nuestro reconciliador nos ha sido arrebatado a manos del
impío!. Te pedimos justicia y dejamos en Tus manos nuestra venganza.”

 

Observen con qué artimañas se disfrazaron los seguidores del demonio
ante los ojos de la criatura, utilizando palabras aparentemente espirituales y
loables. Esta petición, pese a ser natural en las tres personas anteriores y estar
basada  en  su  apego  a  sus  sentidos  materiales,  tenía,  igual  que  la
consternación que se apoderó de ellas, otra causa. El motivo fue la visión del
menor  y  mayor  espiritual  de  Abel,  visión  que  no  pudieron  presenciar  sin
desfallecer. Adán fue el primero en levantarse y volvió, en compañía del mayor
y menor de Abel, a buscar a Eva para explicarle lo que el Creador había
exigido  para  su  total  reconciliación,  que  sus  crímenes  acababan  de  ser
expiados gracias al sacrificio de Abel, su hijo, y que todo se había consumado.

Les dejo pensar en el dolor de este desdichado padre y su compañera. ¿No tenemos ahí las famosas espinas que atravesarían el corazón de Adán?. ¿No fue la prevaricación de Adán el origen de estas dolorosas espinas?. Por tanto, Eva engendró el instrumento de esta calamidad al concebir a Caín, junto con Adán, mediante una acto de confusión, como indica el número dos y tal como les explicaré a continuación.

 

El número de confusión rige lo que denominamos operación simple y particular, derivada de la unión de la voluntad del menor con el mayor espiritual demoníaco.  Estos  dos  sujetos  forman  uno  solo  uniendo  íntimamente  su pensamiento,  intención  y  acción.  No  por  ello  dejan  de  ser  dos  sujetos diferentes, pues pueden volver a separarse; esto ocurre cuando un enviado más poderoso se interpone entre ellos, realizando una acción contraria a la primera. De este modo, desencadena un importante cambio en beneficio del menor, al contener la acción del mayor demoníaco. Resumiendo, la unión con este  ser  demoníaco  es  lo  que  denominamos  acto  de  confusión  y  la distinguimos con el número dos.

 

Quizás piensen que al unirse el menor con el mayor espiritual bueno
nos encontraríamos también ante el número dos o número de confusión. No es

 

 

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así;  cuando  un  espíritu  bueno  se  une  con  un  menor,  debe  comunicarle
previamente su espíritu intelecto, que denominamos “poder espiritual menor”,
que  prepara  y  dispone  el  alma  particular  menor  para  recibir  su  influjo,  de
acuerdo con la voluntad y el deseo tanto del espíritu mayor, como del menor
particular. El alma adquiere con esta unión el número dos y al unirse al espíritu
forma, entonces, el número ternario; es decir, el poder innato del menor, que es
el alma 1; el poder menor del intelecto 2; y el poder directo del espíritu mayor 3.
Así logra el alma menor el número ternario en su unión espiritual. En el caso de
la unión del alma con el intelecto demoníaco y, posteriormente, con el espíritu
malo no sucede así, pues en dicha unión el alma abandona por completo su
poder espiritual bueno para convertirse en intelecto del demonio; mientras que
en la unión con el espíritu bueno, mantiene y fortifica su poder espiritual divino,
que merece así ser tenido en cuenta en nuestro cálculo.

 

Como la acción del espíritu mayor bueno procede directamente de la
Divinidad, el alma tiene relación con los cuatro poderes divinos (o cuádruple
esencia), tal como sigue: el alma menor 1 mantiene relación espiritual con el
intelecto 2;   el intelecto, con el espíritu 3; y el espíritu, con la Divinidad 4. Esto
demuestra la relación exacta de todo ser espiritual con el Creador Eterno.

Quiero que conozcan, además, la relación del corazón del hombre con todo ser espiritual. El cuerpo del hombre es el órgano del alma; gracias a él, el menor  muestra  a  todos  sus  semejantes  su  intención  y  voluntad  de  acción espiritual, mediante las diferentes prácticas y acciones que hace realizar a su forma. El alma menor es el órgano del intelecto, el intelecto es el órgano del espíritu mayor y el espíritu mayor el del Creador divino. Observen la hermosa armonía que reina entre los principales seres espirituales divinos, la forma particular del hombre, y la forma general y universal. Esto nos enseña, sin lugar a dudas, que en verdad todo emana del primer Ser, pues es imprescindible para cualquier otro ser espiritual o temporal.

En  efecto,  estos  números  deben  ayudarles  a  entender  la  triple  y cuádruple esencia divina. Son los mismos que utilizó el Padre Eterno en la creación universal, general y particular, y en la emanación de los espíritus, tanto  los  que  delinquieron,  como  los  que  conservaron  la  pureza  de  su naturaleza espiritual divina. El número ternario nos alecciona sobre la unidad ternaria de las esencias espirituosas utilizadas por el Creador en la creación de las  diferentes  formas  materiales  aparentes;  y  el  cuaternario,  nos  indica  el número espiritual divino empleado por el Creador para la emanación de todo ser espiritual de vida  (espíritus mayores entregados a Cristo) y de privación (demonios y menores que han sucumbido a Su poder).

 

Eruditos de todos los tiempos coinciden en que ningún hombre puede
lograr la sabiduría, bien en lo que respecta al mundo espiritual divino, bien al
celeste, terrestre y particular, si desconoce el carácter y la importancia de los
números. Una cosa es conocer las leyes de la naturaleza espiritual, y otra
distinta conocer las leyes de orden y concierto entre los hombres materiales.
Las  leyes  de  los  hombres  cambian  como  la  sombra;  las  de  la  naturaleza
espiritual  son  inmutables,  pues  todo  les  pertenece  desde  su  primera
emanación.

 

 

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En este tratado les hablaré ampliamente sobre estas verdades. Pero continuemos con la reconciliación de Adán y Eva:

 

NÚMEROS

1:         Unidad, primer principio de todo ser, tanto espiritual como

temporal, correspondiente al Creador divino.

2:         Número de confusión, correspondiente a la mujer.

3:         Número correspondiente a la tierra y al hombre.

4:         Cuádruple esencia divina.

5:         Espíritu demoníaco.

6:         Acciones diarias.

7:         Espíritu santo, correspondiente a espíritus septenarios.

8:         Espíritu doblemente poderoso, correspondiente a Cristo.

9:         Demoníaco, correspondiente a la materia.

10:     Número divino.

 

Tras la desgracia que acabo de relatarles, Adán y Eva, que desconocían
que este acontecimiento anunciaba un bien para ellos, sus primeros hijos y sus
descendientes futuros, se prosternaron ante el Señor, sumidos en el dolor y la
fe, para pedirle gracia y misericordia por el crimen de Caín contra su hijo Abel,
pues no tenían ni poder ni fuerza para derramar la sangre del culpable para
vengar la del justo, y sabían que la venganza corresponde exclusivamente al
Creador. El Padre Eterno oyó sus plegarias y lamentaciones por la muerte de
su hijo Abel; hizo que se les apareciera un intérprete espiritual, que les explicó
el tipo del crimen cometido por Caín, diciéndoles: “Tenéis razón al considerar el
asesinato de Abel una importante pérdida y una señal de la ira de Dios, que
recaerá  sobre  vuestros  descendientes  hasta  el  final  de  los  siglos.  Debéis
considerarlo, además, parte del castigo de la justicia divina para el completo
perdón de vuestro primer pecado y vuestra total reconciliación; sin embargo, el
Creador, que conoce vuestro arrepentimiento y resignación, me ha enviado
ante vosotros para calmar vuestra pena y enjugar las lágrimas que derramáis
por este triste hecho que os parece irreparable. En nombre del Creador, os
digo que concebisteis a vuestro hijo Abel para que fuera el tipo del único y
verdadero Redentor de todos vuestros descendientes. Sabed, además, que
Caín, a quien consideráis, comprensiblemente, un criminal, no es tan culpable
como lo fue Adán ante el Creador. Caín solamente ha magullado la materia,
mientras que Adán ocupó el trono de Dios a la fuerza; considerad si su crimen
es peor que el vuestro. Caín es, además, el tipo del pecado de los primeros
espíritus, que sedujeron a Adán y le destruyeron espiritualmente al recluir a su
ser menor en una forma de materia pasiva; como consecuencia de eso, el
hombre cayó en privación divina, su forma gloriosa se transformó en forma
material que puede ser aniquilada y no recuperará su naturaleza original de
forma  aparente  tras  su  reintegración  en  el  primer  principio  de  las  formas
aparentes, pues el eje central la hará desaparecer con la misma facilidad con
que la formó. Sed fuertes y seguid confiando en el Padre Eterno; el término de

 

 

 

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vuestra reconciliación se ha cumplido”. Adán contestó: “¡Hágase en mí según la voluntad de mi Creador!”

 

Ahora explicaré en detalle los tipos de los hechos que he relatado. Adán,
por  su  descendencia  temporal,  representa  la  figura  del  Creador;  sus  hijos
representan la figura de los espíritus emanados por el Creador para rendirle
culto  espiritual  y  manifestar  Su  gran  gloria.  Ya  saben  que  estos  espíritus
pueden  considerarse  mayores  que  Adán,  pues  emanaron  antes  que  él.
También saben que, cuando prevaricaron, el Padre Eterno los alejó de su
presencia, y emanó y emancipó de su inmensidad divina a un ser espiritual
menor para mantenerlos en privación; es decir, este menor a quien llamamos
Adán  o  Réaux,  nació  espiritualmente  después  de  los  primeros  espíritus  y
descendía, como ellos, del Padre Divino, Creador de todas las cosas.

 

Observen que Caín, primogénito de Adán, es el tipo de estos primeros espíritus  emanados  por  el  Creador  y  su  crimen  es  el  tipo  del  que  ellos cometieron contra el Padre Eterno. Por su virtud y pureza, Abel, el segundo hijo de Adán, es el tipo de Adán en su primer estado de justicia y gloria divina. La destrucción del cuerpo de Abel a manos de Caín, su hermano mayor, es el tipo de la actuación de los primeros espíritus para destruir la forma gloriosa que revestía al primer hombre, logrando que cayese en privación divina, como ellos. Esta es, en verdad, la explicación del primer tipo de Adán, Caín y Abel en los trágicos hechos ocurridos.

 

El  segundo  tipo  que  representan  estos  tres  menores  es  igualmente importante,  tanto  por  su  relación  con  todo  ser  corporal,  celeste,  general  y terrestre, como por los hechos que anunciaban a los descendientes del primer hombre. Para entenderlo, observen que, por los tres principios espirituales de su forma de materia aparente y sus proporciones, Adán es la representación exacta del templo general terrestre, es decir, un triángulo equilátero, como demostraré prácticamente a continuación.

 

El primer menor tenía en su poder una simiente corporal, similar a la que tiene  la  tierra  por  su  naturaleza.  Adán  sólo  pudo  desarrollar  dos  tipos  de simientes: la masculina y la femenina. De igual manera, la tierra sólo ha podido producir esos dos tipos de simientes, tanto en animales pasivos, como en plantas y árboles. Sin embargo, a continuación les demostraré que el cuerpo del  hombre,  además  de  reproducirse  corporalmente,  puede  crear  animales pasivos, que están innatos en su forma material.

Cuando el ser espiritual abandona su forma, ésta se pudre. Una vez en
putrefacción, de ella surgen seres que denominamos reptiles, que sobreviven
hasta que se reintegran los tres principios espirituales existentes en la forma
corporal del hombre. Esta putrefacción no se origina por sí misma, ni procede
directamente de la forma corporal. Deben saber que la simiente de todas las
cosas está presente en su capa terrestre o acuática; así, como el cuerpo del
hombre procede de la tierra general y en su forma material están presentes los
tres elementos que han contribuido a formar su envoltura terrestre o acuática,
no es de extrañar que en esta forma particular se encuentre aún la simiente de

 

 

 

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animales que puedan llegar a germinar. Esta simiente es la que origina la putrefacción del cuerpo tras lo que comúnmente denominamos muerte.

 

Cuando  estos  tres  principios   (azufre,  sal  y  mercurio)  se  reintegran,

entran en contacto con los ovarios seminales presentes por todo el cuerpo.
Estos  ovarios  reciben  así  calor  primario  y  el  animal  reptil  se  libera  de  su
envoltura, que se disuelve confundiéndose con la humedad común del cadáver.
Esta  combinación  provoca  la  descomposición  total  del  cuerpo  del  hombre,
poniendo  fin  a  su  forma  aparente.  Es  decir,  la  putrefacción  procede  de  la
reacción  de  los  tres  principios  fundamentales  y  provoca  la  germinación  de
animales  reptiles  cuya  simiente  se  encuentra  presente  en  el  cuerpo  del
hombre.

 

Es absolutamente imprescindible que el hombre lleve a cabo esta última
actividad, que denominamos dolor y trabajo del cuerpo. Observen, además,
que los animales reptiles procedentes del cuerpo actúan únicamente en la
humedad última y esencial del cadáver. La vida y la acción que desarrollan en
esa humedad proceden únicamente de la actuación del eje, o fuego central,
que con esta última operación libera de todas sus impurezas las tres esencias
espirituosas presentes aún en la forma del cadáver. El fuego elemental del
cadáver  y  el  fuego  central  sustentan  la  forma  aparente  de  estos  reptiles
mediante la refracción de sus rayos, que vuelven a encerrarse en sí mismos
cuando  no  encuentran  fluidos,  es  decir  cuando  todo  se  ha  consumido  por
completo.  Pueden  comprobar  la  veracidad  de  lo  que  acabo  de  contarles
observando la putrefacción de un cadáver. Les he explicado cómo se origina la
vida de estos reptiles y, por regla general, ocurre lo mismo con la vida y la
forma corporal de todos los animales irracionales, cuyo ser se basa sólo en dos
fuegos. Pero dejemos ahí la putrefacción para continuar con la explicación de
los tipos de los hijos de Adán.

Además del tipo del pecado de los primeros espíritus y de su victoria
sobre el primer hombre, Caín también representa el tipo del fatídico y sacrílego
engaño de los espíritus malignos a los futuros descendientes de Adán, similar
al que sufrió su primera descendencia. Es evidente por el crimen contra su
hermano  Abel  y  por  el  engaño  del  que  se  sirvió  para  que  sus  hermanas
presenciasen el delito que habían proyectado juntos. Caín, tras su pecado, tuvo
que vivir con sus dos hermanas en la región sur, donde fue desterrado por
orden del Creador y por la autoridad de Adán. He aquí el tipo del lugar de
destierro de los demonios para impedir que desarrollaran su maléfica voluntad
e intenciones contra el Creador y contra los menores de ambos sexos, pues
tanto el hombre como la mujer pueden sucumbir a la influencia del intelecto
demoníaco. Esta región meridional es, además, el tipo de la región universal
donde se manifestará la justicia y la gloria del Creador al final de los tiempos.
Asimismo, es el lugar donde se manifestarán las virtudes y poderes de los
justos, para humillación de los espíritus perversos y los menores condenados.

El Creador ha maldecido el sur y las Escrituras señalan que será asilo de
mayores y menores pecadores.  Caín y sus dos hermanas, por su número
ternario, anuncian la prevaricación de la forma corporal terrestre del hombre,
seducido por el intelecto demoníaco mediante la unión con los tres principios

 

 

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espirituosos  que  constituyen  toda  forma  corporal.  De  estos  tres  elementos obtenemos  el  número  novenario  de  la  materia  criminal,  sea  en  forma  de demonios o de menores, como voy a explicarles.

 

Saben que el número ternario pertenece a la tierra, o forma general, y a
las formas corporales de sus habitantes y de los habitantes celestes. Este
número  ternario  procede  de  tres  elementos  presentes  en  cualquier  forma,
denominados principios espirituosos (azufre, sal y mercurio) y emanados de la
imaginación o intención del Creador. En su origen, estos tres principios están
en un estado de equilibrio, después, el eje central los dispone y organiza para
hacerles  tomar  una  forma  o  consistencia  más  firme;  de  esta  operación
proceden todas las formas corporales, así como aquellas de las que deben
revestirse los espíritus perversos para aumentar su poder de seducción.

 

Por lo tanto, las formas corporales de Caín y sus dos hermanas estaban formadas por estas mismas sustancias, cuyo tipo explicaremos ahora.

 

Respecto al número novenario, no debe extrañarnos que los espíritus mayores perversos y sus agentes prefieran de modo natural la forma corporal del hombre a cualquier otra, pues en un principio esta forma humana estaba destinada  a  ellos.  La  demostración  del  indiscutible  vínculo  de  los  espíritus malignos con el cuerpo del hombre la tenemos en las palabras que Cristo dirige a Sus apóstoles tras Su última operación temporal en el Monte de los Olivos. Cuando volvió a buscarlos los encontró dormidos y los despertó diciéndoles: “No durmáis, pues la carne es débil y el espíritu está dispuesto”. Debido a esta facilidad  del  espíritu  maligno  para  comunicarse  con  la  forma  corporal  del hombre, las tres personas de las que hablamos permitieron que los principios espirituosos innatos en sus formas se corrompiesen. El intelecto demoníaco se insinuó y se fusionó completamente con la forma de estos tres menores; así logró  seducir  al  agente  espiritual  presente  en  ella,  que  debía  dirigirla  y gobernarla según la voluntad el Creador.

 

Esta infiltración ocasionó tal conmoción en los tres menores que les resultó imposible romper la íntima relación reinante entre ellos; debido a su completo apego al intelecto demoníaco entre ellos existía una única intención, un único pensamiento y una única acción. Nunca ha existido una unión similar entre  los  hombres  de  todos  los  siglos,  es  imposible  que  tres  personas diferentes y libres actúen de ese modo, si no son aconsejadas y guiadas por un buen o mal espíritu.

Como ya he dicho, de estas tres personas poseídas por el príncipe de
los demonios, obtenemos el número novenario; sumemos los tres principios
espirituosos, sus tres virtudes y sus tres poderes demoníacos, tal como sigue:

 

        Tres principios de Caín, tres de su hermana mayor, tres de su

hermana menor = 9

        Tres virtudes de Caín, tres de su hermana mayor, tres de su

hermana menor = 9

 

 

 

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        Tres poderes de Caín, tres de su hermana mayor, tres de su

hermana menor = 9

 

Para entender que el número novenario de materia procede de estos
menores, basta con observar su primera acción demoníaca y cómo persistieron
en su comportamiento criminal hasta que recibieron el justo castigo que el
Creador impone a toda su descendencia; castigo que recogen las Escrituras,
relatando que el Padre Eterno condenó a toda la tierra y a sus habitantes al
azote de las aguas, para aniquilar a los descendientes culpables de estos tres
menores, así como a los hombres que ellos sedujeron. Desde esa época se
tiene conocimiento del número novenario y de esta misteriosa suma:

 

 

3

3                                                                           Sumen el producto de todos

3                                                               estos    números,    que    es          27,

obtendrán 2 y 7, que son 9.

 

3

3                                                                           Multipliquen   27   por     9,   la

3                                                               suma de su producto sigue siendo

9.

 

3

3                                                                           Multipliquen   este   producto

3                                                               hasta el infinito, el resultado siempre

será 9.

27

 

Esto es lo que quería decirles sobre el número novenario. Pero aún
deben conocer los otros tipos de Caín en este universo; este menor simboliza
el  tipo  de  la  elección  de  los  profetas  que  el  Creador  enviaría  entre  los
descendientes de Adán en el transcurso de los tiempos. Ya saben que, tras
destruir la forma de su hermano Abel, Caín   se retiró a su morada habitual; allí,
mientras reflexionaba sobre su crimen, oyó una voz espiritual divina que le
preguntaba   qué   había   hecho   con   su   hermano   Abel.   Caín   contestó
violentamente: ¿Soy  yo  acaso  el  guardián  de  mi  hermano?.  Entonces,  el

espíritu ejerció tal fuerza sobre su forma corporal o sobre su ser menor, que
inmediatamente  cayó  al  suelo;  desde  allí  interpeló  al  Creador,  diciéndole:
¡Señor!,  cualquiera  que  me  encuentre  me  matará.  El  Creador,  padre  de
misericordia, viendo la consternación de Caín y queriendo protegerle de los
reproches y venganzas de su propia descendencia, lo marcó con una señal
protectora. Este es el espíritu con que quedó marcado: El Padre Eterno ha
decretado que cualquiera que matare a Caín, será castigado siete veces con la
muerte. Caín se retiró entonces con sus hermanas al lugar donde había sido
desterrado por el Padre Eterno. En ese lugar tuvo diez hijos y once hijas.
Edificó allí una ciudad que llamó Enoc. Para lograrlo, excavó las entrañas de la
tierra  y  dio  forma  a  los  materiales  extraídos  para  adecuarlos  a  los  usos
previstos, junto con su primogénito, Enoc. Transmitió el secreto de la fundición

 

 

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de  metales  y  del  aprovechamiento  de  minas  a  su  hijo  Tubalcaín.  Por  eso sabemos que Tubalcaín fue el primer forjador de metales.

 

Caín era un hombre de caza; había enseñado a todos sus hijos varones
este arte, especialmente a su décimo hijo, por quien tenía un cariño especial. A
este hijo dejó como único talento precisamente el de la caza. Sus otros hijos se
inclinaban más por trabajos que requerían imaginación y habilidad manual.
Caín llamó a este décimo hijo Booz, que quiere decir “hijo de muerte”. Este
último hijo daría muerte a su padre Caín, tal como voy a relatarles: Caín había
decidido ir a cazar acompañado de dos hijos de Enoc, sus nietos, y no había
avisado a su hijo Booz de la partida de caza planeada para el siguiente día.
Booz también había decidido salir de caza ese día con dos de sus sobrinos,
hijos de Tubalcaín, sin avisar a su padre. Booz no tenía hijos y estaba muy
unido a sus dos sobrinos. Así, todos partieron y Booz, sin saberlo, cogió la
misma ruta que su padre Caín; estando ambos en una espesura llamada Onam
(que quiere decir dolor) que acostumbraban a batir, Booz divisó una sombra y
disparó una flecha que fue a clavarse en el corazón de su padre, a quien había
tomado por un animal salvaje. Imaginen el sobresalto y la consternación de
Booz cuando llegó al lugar hacia donde había disparado la flecha y descubrió
que  había  matado  a  su  propio  padre.  El  dolor  de  Booz  era  si  cabe  más
inconsolable pues conocía el castigo y la amenaza del Creador contra aquel
que dañase a Caín. Sabía que quien tuviera esa mala fortuna, sería herido
siete veces con penas mortales, es decir sería castigado siete veces con la
muerte. (Más adelante explicaré este castigo).

Booz llamó a sus dos sobrinos y les mostró el cadáver. Al reconocer el cuerpo de Caín, lanzaron una fuerte exclamación e hicieron un gesto de horror, aumentando más aún la desolación del desdichado Booz. Tras relatarles cómo había tenido lugar la destrucción de la forma corporal de su padre Caín, les dijo: “Amigos míos, sois testigos de mi crimen; aunque de modo involuntario, he transgredido las órdenes y la prohibición del Creador, soy culpable ante el Padre Eterno y ante los hombres. Soy el menor de los hijos de Caín, el último de su prole, culpable y criminal. Vengad, en la persona de este último hijo, la muerte de su padre y la turbación que os he ocasionado.”

El  intelecto  demoníaco,  que  conoce  la  debilidad  de  los  hombres  en aflicción, les provocó inmediatamente un desmesurado deseo de venganza por la muerte de Caín. Los dos sobrinos de Booz armaron sus arcos con una flecha para disparar sobre su tío, pero cuando se disponían a hacerlo, se oyó una voz: “Cualquiera que matare a aquel que ha matado a Caín, será castigado setenta y  siete  veces  con  la  muerte”  (lo  que  explicaré  a  continuación).  Ante  esta horrible  amenaza  espiritual  divina,  los  dos  sobrinos  de  Booz  cayeron fulminados al suelo y al recuperarse de su desvanecimiento entregaron sus armas a Booz, diciendo: “Booz, el Creador te ha perdonado la muerte de tu padre. Nosotros somos más culpables ante el Padre Eterno, pues habíamos decidido voluntariamente vengarnos en ti”. Booz contestó a sus dos sobrinos: “¡Hágase la voluntad del Creador!”.

 

Booz se resignó a su suerte y volvieron todos juntos a la ciudad de Enoc.
La  tristeza  y  el  desaliento  con  los  que  se  presentaron  sumieron  a  los

 

 

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descendientes  de  Caín  en  la  más  profunda  consternación.  Este  dolor  se multiplicó al descubrir que la destrucción del cuerpo de su padre había ocurrido a manos de su último hijo. El desdichado Booz, ante la hostilidad general de los descendientes directos de Caín, se vio obligado a alejarse de este grupo de poseídos por el intelecto demoníaco y se retiró al desierto de Jeraniaz, que quiere  decir “escuchad  al  Creador”.  Allí  vio  Booz  el  final  de  sus  días,  en arrepentimiento y penitencia.

 

En verdad, Caín fue el tipo de la profecía al decir, tras cometer su crimen contra su hermano Abel: “¡Señor!, cualquiera que me encuentre, me matará”. ¿No fue encontrado por su hijo en un bosque?. ¿No fue matado por la mano del hombre, tal como predijo?. Lo que conforma el tipo de la profecía es que el encuentro de estas dos personas, Caín y Booz, fue completamente fortuito y que  ambos  se  encontraron,  sin  reconocerse,  en  el  lugar  donde  Caín  fue golpeado por la muerte.

Quiero destacar la ridícula observación de los hombres de nuestro siglo
sobre el parricidio de Caín a manos de su hijo Booz. Este tipo, que la mayoría
de los hombres de nuestro tiempo ignora, les hace creer, e incluso asegurar,
que Adán no fue el primer hombre, pues afirman que Caín dijo al Creador, tras
matar a su hermano Abel:  “¡Señor!,  ¿qué voy a hacer?. Cualquiera que me
encuentre, me matará”. Si estos hombres conociesen el tipo de las palabras
dirigidas al Creador verían claramente que es el de los profetas, que vimos
cumplirse entre los hombres de la tierra y en el mismo Caín. Pero ustedes
dirán, ¿cómo puede el Creador enviar profetas para que los hombres respeten
las  leyes  que  han  recibido,  sin  participar  en  modo  alguno  en  las  causas
segundas de estos mismos hombres?. El Creador no puede ignorar al ser
pensante  demoníaco  que,  continuamente,  lleva  a  cabo  actos  engañosos  y
perniciosos para el menor espiritual, tal como sucedió con la seducción de
Adán y su descendencia. Por lo tanto, el Padre Eterno considera necesario,
para el bien del hombre, distinguir espiritualmente a seres menores y dotarles
de  espíritu  profético,  no  sólo  para  que  el  hombre  se  atenga  a  las  leyes,
preceptos y mandatos que ha recibido, sino también para entorpecer a los
espíritus  malignos  y  manifestar  la  gloria  divina.  El  Padre  Eterno  tiene
conocimiento  de  las  causas  segundas  mediante  el  pensamiento  del  ser
espiritual, bueno o malo, y sus acciones buenas o malas ante Él.

 

Veamos ahora el tipo del exilio de Booz al desierto de Jeraniaz. Booz era
el último hijo de la descendencia directa de Caín y por su rango completaba el
número  denario.  Estaba,  sin  duda,  dotado  con  algunos  dones  espirituales
divinos; era figura y ejemplo real de la inmensa e incondicional misericordia del
Creador  con  el  menor  espiritual  y  el  mayor  perverso,  si  su  invocación  es
sincera. Esto quedó demostrado por el perdón que concedió a Booz, quien era
doblemente  criminal:  en  primer  lugar,  por  haber  preferido  el  culto  de  los
demonios al del Creador, conociendo perfectamente uno y otro, y por haberse
dejado llevar por el mal ejemplo y prácticas materiales de los hijos de Caín, ya
fuera por temor a las penas temporales que éstos podían infligirle, o por su
propia satisfacción personal. En segundo lugar, Booz actuó criminalmente al
dar muerte a su padre Caín, infringiendo así la prohibición que el Creador
decretó tras el crimen de Abel. No porque el Creador previera la conducta

 

 

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futura de las causas segundas de sus descendientes (recuerden lo que ya les
he  dicho  a  este  respecto),  sino  para  hacer  sentir  a  los  príncipes  de  los
demonios que conocía todas sus prácticas, y avisar a los hombres de las
abominaciones de éstos contra ellos. ¿Acaso los hombres no juzgan siempre la
conducta futura de sus semejantes por la que han demostrado en el pasado,
pese al falso proverbio de que un hombre no puede responder ni de sí mismo,
ni de su conducta futura?.  ¿No sabemos, además, que el Creador es más
fuerte y poderoso que los demonios?. Éstos, con toda su rabia demoníaca, sólo
consiguen ser el blanco de nuevas maldiciones al alzarse contra Él o contra Su
obra, que es inquebrantable si se eleva sobre la mínima base espiritual divina.
¿No  sabemos,  por  último,  que  todo  lo  que  el  Señor  guarde  quedará  bien
guardado?. Todas las prohibiciones y amenazas a los descendientes de Caín
se basan en este poder, único e insuperable, y en la justicia inmutable del
Creador.

Me gustaría profundizar en lo que acabo de decirles para que entiendan
mejor la atroz conducta de los espíritus demoníacos contra la forma del menor
y el mismo menor. Los espíritus demoníacos prefieren vincularse a la forma del
menor antes que a la de los animales, porque es la imagen y repetición general
de la gran obra del Creador. La forma del hombre es la representación real de
la  forma  aparente  concebida  en  la  imaginación  del  Creador,  consumada
posteriormente por trabajadores espirituales divinos y consolidada en materia
aparente  sólida,  pasiva,  para  conformar  el  templo  universal,  general  y
particular. Asimismo, estos espíritus prefieren vincularse a la forma del hombre
porque esta forma contiene a un ser menor espiritual más poderoso que ellos,
al que constantemente intentan seducir y alejar del Creador. He aquí por qué el
príncipe de los demonios hace que sus espíritus intelectos ataquen la forma
corporal  del  hombre  antes  que  la  de  las  bestias;  pues  las  bestias  no
representan la gran obra del Creador, ni contienen a un ser espiritual divino en
el que los espíritus demoníacos puedan influir.

Deben saber que el espíritu demoníaco, que siempre persigue a los
menores, empieza atacando la forma con su intelecto maligno. Cuando este
intelecto maligno se une a la forma, la vida del hombre pasa a ser pasiva,
susceptible de convertirse en vida espiritual demoníaca. Este espíritu intelecto,
que actúa bajo las órdenes del príncipe de los demonios, a quien ha jurado
combatir  cualquier  tipo  de  operación  espiritual  que  busque  la  gloria  del
Creador, ataca al menor espiritual divino para que acepte la voluntad de dicho
príncipe de las tinieblas. De este incierto combate depende la reintegración
adecuada o inadecuada de la forma corporal del ser menor. Todo depende de
la firmeza del menor, rechazando a ese ser ajeno a él y a su forma, o de su
debilidad, cediendo a las insinuaciones del espíritu maligno. Es fácil entender
que este tipo de enfrentamientos se produzcan en la forma del hombre en vez
de en la de las bestias. Observemos las acciones, movimientos y prácticas de
las bestias. ¿Cuentan con disposición o reflexión para destruir o conservar su
forma corporal?.  ¿Rinden algún culto?.  ¿Tienen leyes para que reine entre
ellas la armonía?. ¿No es evidente que en las bestias todo está marcado por la
naturaleza, que mantiene completamente su vida temporal?. Sin embargo, las
acciones  del  menor,  sus  movimientos,  sus  prácticas  son  completamente
distintos a los de las bestias y dicha diferencia es de tal consideración que

 

 

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resulta  imposible  negarla.  Sí,  todo  lo  que  procede  del  animal  racional  es superior a lo del irracional, pues la forma corporal del hombre puede contener tres tipos de vidas diferentes, como voy a explicarles.

 

La primera, es la vida material, que denominamos instinto o vida pasiva, innata en la forma del animal raciona y del irracional. La segunda, es la vida espiritual demoníaca, que puede unirse a la vida pasiva. La tercera, es la vida espiritual divina que preside sobre las dos anteriores. En las bestias no sucede lo mismo; en ellas sólo existe un ser de vida pasiva, procedente de la operación espiritual divina del eje fuego central, que dirige su acción sobre todas las formas  corporales  de  materia  aparente  así  consolidadas.  Dicha  acción  y operación sustentan todas las formas de materia aparente durante el periodo temporal que haya fijado la voluntad del Creador.

 

Tal  es  la  diferencia  entre  seres  racionales  e  irracionales,  y  por  ese motivo la intervención demoníaca prefiere la forma corporal del hombre a la de las  bestias.  Las  bestias  no  necesitan  intercesor  alguno  para  volver  a  sus principios de leyes naturales cuando su pasión pura y simple les hace alejarse de ellos, puesto que este alejamiento no está provocado por influencias ajenas a su naturaleza.

Hasta aquí lo que quería comentarles; quería explicarles el tipo del exilio de  Booz  al  desierto  de  Jeraniaz,  y  esto  me  ha  permitido  revelarles conocimientos de gran importancia y enorme trascendencia para el hombre deseoso de aprender.

Este retiro de Booz nos indica que el menor espiritual divino tiene el
poder de separarse, cuando así lo desea, de la actividad y relación contraída
con  el  príncipe  de  los  demonios  mediante  el  intelecto  demoníaco.  No
profundizaré aquí en los detalles de los diferentes tipos de la descendencia de
Caín, pues hablaré de ello más tarde. Por otro lado, todavía debo explicarles el
tipo del nacimiento de Abel, como les explicaré otros a medida que se presente
la ocasión.

 

Les diré, por tanto, que Adán y Eva crearon la forma de su hijo Abel
mediante una actuación material muy sucinta, es decir, sin excesos de sus
sentidos materiales. Se habían sometido completamente al Creador con total
resignación  espiritual.  El  Creador  no  pudo  dejar  de  corresponderles,
concediendo a la forma que habían engendrado un ser menor dotado de gran
virtud y sabiduría espiritual divina. Este ser espiritual debía ser el tipo de la
manifestación de la justicia divina para beneficiar a los menores y humillar a los
demonios, así como el principal instrumento de la reconciliación de Adán y Eva.
El tipo que Abel representó para todos los descendientes de Adán hasta el final
de  los  siglos,  no  era  la  única  figura  espiritual  encarnada  por  este  menor;
también representó el tipo de la manifestación de la justicia divina en beneficio
general  y  particular  de  todo  ser  espiritual.  Y,  además,  el  de  los  menores
bendecidos con gracia divina, que el Creador enviaría entre los hombres para
ser instrumentos espirituales de la manifestación de Su justicia.

 

 

 

 

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Entre los menores destinados a estas obras espirituales, encontramos primero a Enoc, el séptimo de los descendientes de Set, sucesor de Abel. Por su rango de nacimiento representa el tipo del espíritu divino, en virtud de su apoyo,  dirección  y  defensa  de  los  menores  contra  la  persecución  de  los demonios. En lo que respecta a su misión, obras y actos, y por el culto que profesó,  representa  el  tipo  de  la  acción  directa  del  espíritu  doblemente poderoso  del  Creador,  que  prescribía  a  los  hombres  de  esos  tiempos  la conducta a observar para protegerse de los ataques de sus enemigos. Esta misma  conducta  debía  guiar  a  los  hombres  en  sus  acciones  naturales, temporales y espirituales, y servirles de base fundamental para perpetuar el ceremonial de su culto divino.

 

Analicemos, por tanto, el culto que profesó Enoc entre los descendientes
de Set. Fue el primero en erigir ante ellos un altar de piedra blanca, diferente a
la que llamamos mármol. En el centro de ese altar, Enoc recibía el fruto de su
culto  y  se  ofrecía  a    mismo  en  sacrificio.  Enoc  enseñó  a  los  menores
espirituales a levantar edificios divinos; profetizó la justicia del Creador, que
recaería sobre toda la tierra para castigar los crímenes de los descendientes de
Caín y de Set, que se habían unido a los de Caín; estableció las alianzas de los
descendientes de Set, prohibiendo que los hijos del Creador divino se uniesen
con  los  hijos  de  los  hombres  (por  todo  lo  que  ya  les  he  dicho  sobre  la
prevaricación de Adán y el fruto de su crimen, deben imaginar quienes son los
hijos de los hombres). Enoc profetizó los elegidos del Creador que nacerían del
Padre Eterno, al elegir, entre los descendientes de Set, diez hombres para
ofrecer el culto divino. Por todo esto, Enoc representa el máximo tipo del ritual y
culto divino entre los hombres pasados y presentes, como entenderán cuando
les explique sus funciones espirituales divinas.

 

Enoc,  que  era  en  verdad  un  espíritu  santo  bajo  forma  corporal  de
materia  aparente,  celebró  una  asamblea  espiritual  divina  en  la  región
septentrional, para satisfacer el profundo deseo y la buena voluntad de sus
discípulos,  elegidos  entre  los  descendientes  de  Set  y  Enós.  Dio  a  esta
descendencia el nombre de  “hijos del Creador”; los descendientes de Set y
Enós, impresionados por la santa intervención del Creador, no dudaron en
llamarle  “hombre santo Enoc”, nombre que significa  “seguidor o devoto del
Creador”. Logró con gran éxito que los menores, que ya le consideraban un
hombre  poderoso  sobre  toda  cosa  creada,  enmendaran  su  conducta.  Les
cuestionó  sobre  las  diferentes  actividades  e  invocaciones  diarias  que
practicaban contra la voluntad del Creador, por las que recibían en vano el
nombre de hijos del Dios vivo. Las imágenes que les presentó y las amenazas
sobre el temible juicio que no tardaría en recaer sobre ellos, lograron que estos
menores se entregasen por completo a la dirección, orden e instrucciones del
santo hombre Enoc. Él les tranquilizó, afirmándoles en la fe y en la práctica de
las actuaciones santas, de las que sólo habían oído hablar en su sermón, en la
primera asamblea realizada el día del Sabath. Para ello, eligió a diez hombres
a los que comunicó la voluntad del Creador, prescribiéndoles un ceremonial y
unas leyes de vida para poder invocar al Padre Eterno en santidad. Compartió
con  ellos  sus  Lísticas  Católicas (en  el  momento  oportuno  les  daré  la

interpretación de estas dos palabras, relacionadas con las ciencias espirituales
divinas). Les hizo erigir un edificio con una sola sala, donde debían ayudarle a

 

 

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celebrar el santo ritual. A cada uno de ellos les adjudicó una inicial de los
santos nombres de Dios, en total diez letras, para que realizasen, de modo
regular y exacto, todo tipo de invocaciones que complacieran al Creador y
beneficiaran a los menores reconciliados. Tras esta primera intervención, les
envió a la tienda o a la zona que les había asignado, como representaría
posteriormente Moisés con el campamento de los Levitas en torno al arca.

Enoc  celebraba  esta  asamblea  de  actuaciones  divinas  con  sus  diez
elegidos cada diez semanas; en cada asamblea les transmitía una nueva inicial
del santo nombre de Dios, de modo que, tras siete asambleas, cada uno de
ellos tenía en su poder dos palabras poderosas con las que ordenaba toda
cosa creada desde la superficie terrestre hasta la superficie celeste. Las dos
palabras estaban formadas por siete letras, cuatro de ellas formaban el temible,
poderoso e invisible nombre del Padre Eterno, que dirigía y sometía a todo ser
creado en el cuerpo celeste; las tres letras restantes formaban un nombre
santo, que sometía y dirigía a todo ser creado en el cuerpo terrestre. Estos diez
guías espirituales, que habían recuperado con ayuda de Enoc sus primeras
virtudes  y  poderes  espirituales  divinos,  realizaban  tales  prodigios  con  su
honroso comportamiento que muchos de sus familiares quisieron unirse a ellos;
los  que  realmente  habían  recibido  la  llamada  del  Espíritu  Santo,  fueron
instruidos en las ciencias que los maestros dominaban, gracias al poder e
intervención de Enoc, tipo de la reconciliación del género humano.

 

El número de prosélitos aumentó considerablemente en poco tiempo,
pero los nuevos discípulos no observaban el mismo comportamiento en lo que
respecta a sus virtudes y poderes. Muchos de ellos fueron pervertidos por la
atroz  conducta  de  uno  de  los  diez  guías  elegidos  por  Enoc,  que  suscitó
desavenencias  entre  los  émulos  y  una  corriente  de  rechazo  de  sus
instrucciones. Este espíritu de revuelta se extendió de tal manera entre los
nuevos llamados que abandonaron totalmente al Creador y se dedicaron al
disfrute material guiados por el prevaricador. Por lo tanto, sólo quedó el número
nueve  sobre  la  tierra.  Estos  nueve  justos  se  reafirmaron  en  la  fuerza  y
conocimientos  recibidos  del  santo  hombre  Enoc,  rogándole  que  volviera  a
unirse a ellos para reemplazar a ese hermano seducido por el demonio.

Enoc escuchó sus ruegos y celebró una asamblea con los nueve justos
para compartir todos sus secretos con ellos. Allí realizó su elección particular
para  reemplazar  al  pecador;  añadiendo  que  el  elegido  para  este  fin  no
alcanzaría su virtud y poder divino hasta que ellos hubiesen expiado las faltas
de su vida temporal, y la justicia divina hubiese castigado duramente a los
criminales. El corazón de estos nueve justos se sobrecogió de tal manera que
cayeron en una especie de abatimiento o letargo, que duró aproximadamente
una  hora.  Durante  ese  tiempo,  Enoc  pidió  al  Creador  por  esos  nueve
discípulos.  Éstos,  durante  su  letargo,  pudieron  ver  todas  las  plagas  que
enviaría el Creador para castigar la tierra y a sus habitantes. El pavor que les
invadió  les  hizo  despertar  de  su  adormecimiento,  lanzando  una  fuerte
exclamación, y preguntar a Enoc:  “¿Cómo es posible, maestro, que en esta
tierra deba suceder todo lo que acabamos de ver?. ¿No podrías calmar con tus
plegarias la ira de Aquel que te envió entre nosotros y evitar las plagas con las
pretende  castigar  la  tierra  y  a  sus  habitantes?.  La  visión  que  hemos

 

 

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presenciado no deja lugar a engaños: el Creador es justo, y tú eres santo, fuerte e invencible.”

 

Enoc  les  contestó:     “¿Quién  os  ha  hablado  sobre  mí?.  Si  todos

permanecéis unidos como un solo hombre, también seréis santos. Si todos seguís una misma ley, también seréis fuertes. Si todos respetáis la misma regla de  vida  que  os  he  dictado,  seréis  eternamente  menores  espirituales invencibles. Esa es la voluntad del Padre y de su Espíritu Santo para sus hijos. Si todos sois hijos del Todopoderoso aquí abajo, sabréis que aquel a quien llamáis Enoc es el espíritu del Padre que está en los cielos.”

Apenas terminó de hablar, Enoc bendijo a sus nueve discípulos y una
nube radiante bajó del cielo para elevarle rápidamente y llevar a este espíritu
santo a su destino. Al perderle de vista, los discípulos se lamentaron, diciendo:
“¿Qué va a ser de nosotros, oh Padre Eterno, sin la ayuda de nuestro maestro
Enoc?. ¿Por qué lo has arrebatado del seno de sus hermanos y discípulos?. Si
la tierra es culpable, ¿de qué somos responsables nosotros los hombres, salvo
de haber recibido su sangre, que sometemos a tu santa justicia?. Escucha,
Señor, nuestros ruegos y ten piedad de tus hijos y servidores.”

Enoc sería posteriormente un nuevo tipo de la voluntad del Creador,
que se sucedería desde los tiempos pasados hasta nuestros días. El primer
principio  de  la  religión  espiritual  divina,  establecido  por  Enoc  entre  los
descendientes de Set, fue conservado y volvió a entrar en vigor por el poder de
Noé; también Noé fue un tipo de la elección espiritual para la reconciliación
general y particular, como veremos claramente cuando estudiemos su entrada
al arca con las diferentes especies animales, la quietud y estabilidad del arca
durante el diluvio, las instrucciones espirituales de Noé a sus hijos legítimos; en
fin, todas sus actuaciones para proteger a quienes le habían sido confiados de
la  terrible  plaga  con  que  Dios  castigó  la  tierra  y  exterminó  a  todos  sus
habitantes.

 

No entraré en detalles sobre la conducta particular de Enoc con sus discípulos y sobre su elección secreta, basta con analizar lo que acabo de relatarles para ver claramente que, en verdad, el Mesías siempre ha estado con los hijos de Dios, aunque sin ser reconocido. En esta misma explicación encontraremos también la interpretación de lo que afirmó emblemáticamente el profeta Daniel sobre la esclavitud de Israel por un total de setenta semanas, que se convirtieron en setenta años de sumisión a Nabucodonosor; profecía que se confirmó con la esclavitud de los israelitas, de la que fueron liberados por  la  poderosa  intervención  de  Zorobabel,  tras  los  setenta  años  de servidumbre a los que les condenó el Creador por las faltas cometidas contra Él y sus propios hermanos.

 

Pero no sólo en el advenimiento de Cristo, cuyo tipo he comenzado a
explicar, encontramos pruebas de Su presencia entre los hijos de Dios. Abel,
que representó el tipo de los menores encargados de manifestar la justicia
divina, también lo fue del tipo del Mesías. Podemos reconocer su intervención
en todos los elegidos que han utilizado sus poderes y virtudes espirituales entre
los hombres de siglos pasados, y siguen poniéndolos en práctica en nuestro

 

 

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tiempo. Los menores elegidos después de Abel y Enoc son Noé, Melquisedec,
José, Moisés, David, Salomón, Zorobabel y el Mesías. Todas estas personas,
encargadas  de  la  manifestación  de  la  gloria  divina,  completan  el  número
denario espiritual divino, del que todo procede, sea espiritual o material, como
explicaré al hablar de los tipos y épocas del cuerpo general y particular, así
como de los menores que acabo de mencionar. En efecto, gracias a dichas
explicaciones creerán cuanto les he relatado, por la equivalencia, similitud y
relación de las actuaciones de estos menores y las de Abel; esto demuestra
claramente que Abel fue, en verdad, la figura de la intervención de Cristo, al
igual que Caín representó la actuación del príncipe de los demonios.

En efecto, Caín, al asesinar a su hermano Abel, representa claramente
la rabia de los demonios, que juraron detener y destruir todo tipo de creación.
Para ello se sirven de los mismos hombres, a quienes insinúan una multitud de
pasiones materiales, ante las que saben que pueden sucumbir por la debilidad
de los sentidos de la vida material y espiritual; mediante estas insinuaciones,
producen  en  los  menores  actuaciones  contradictorias,  llevándoles  a  la
confusión.

 

Sabemos que entre los hombre materiales no existen dos pensamientos, dos operaciones que coincidan totalmente. El ensañamiento de los demonios para enemistar a los hombres pretende que nazcan en ellos pensamientos de desorbitado orgullo y ambición, de modo que vivan en una discordia espiritual continua, sin saber el motivo y la causa de su perturbación y penas, y olviden totalmente el culto que deben rendir al Creador.

Tal es el horror que representa el crimen de Caín. Abel era ciertamente su hermano temporal, pues ambos habían nacido del mismo hombre, pero no había comparación posible entre el modo en que habían sido concebidos uno y otro. La forma de Caín había sido engendrada con una excesiva voluptuosidad de  los  sentidos  materiales,  recordándonos  claramente  la  falta  del  primer hombre. La de Abel, por el contrario, fue concebida sin excesos de los sentidos materiales, con toda la pureza de las leyes de la naturaleza; por este motivo su forma  era  mucho  más  espiritual  que  material  y,  debido  a  esa  concepción espiritual, consideramos la forma de Abel verdadero reflejo de la de Cristo, pues procede espiritualmente de una forma ordinaria, sin intervención física material ni participación de los sentidos materiales.

 

Por otro lado, esta forma corpórea de Cristo nos recuerda cómo obtuvo
su cuerpo material el primer hombre tras su pecado, siendo despojado de su
forma gloriosa y debiendo adoptar otra de materia ordinaria al precipitarse en
las entrañas de la tierra. Antes de que el espíritu divino, doblemente poderoso y
superior a todo ser emanado, viniese a manifestar la justicia divina entre los
hombres, habitaba el círculo puro y glorioso de la inmensidad divina. Pero, por
deseo del Creador, abandonó su morada espiritual para entrar en el seno de
una  joven  virgen.  ¿No  les  hace  pensar  la  salida  del  menor  Cristo  de  su
verdadera morada en la expulsión del primer hombre de su cuerpo glorioso?.
¿No  les  recuerda  claramente  la  llegada  del  mayor  espiritual  o  verbo  del
Creador al cuerpo de una joven virgen,  la llegada del primer menor a los
abismos de la tierra, para revestirse de un cuerpo material?. Las diferentes

 

 

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fatigas y transformaciones del cuerpo de dicha doncella durante su embarazo y
alumbramiento, son la figura del sometimiento y ataque espiritual demoníaco
que se ve obligado a soportar el cuerpo general terrestre por la prevaricación
de Adán.

 

Tras ese delito, Dios maldijo la tierra y la abandonó a insoportables
sufrimientos. La persecución de los diferentes pueblos a esta virgen y a su fruto
representa el hostigamiento que los demonios de las diferentes regiones han
ejercido y ejercerán sobre el cuerpo general terrestre y particular, y sobre sus
menores.

La destrucción del cuerpo de Cristo a manos de los hombres demuestra que  los  demonios  tienen  poder  sobre  las  formas  corporales  de  materia aparente; pero deben saber que estos mismos demonios no pueden impedir la reintegración de las sustancias espirituosas que componen las formas, pues dichas sustancias no proceden de ellos. Es decir, pueden destruir la forma particular, pero no la forma general terrestre, que verá su fin en el momento prescrito y definido por el Creador.

 

La destrucción de la forma corpórea de Cristo, realizada por hombres en presencia de dos mujeres, María de Zebedeo y María Magdalena, había sido representada  por  el  asesinato  de  Caín  a  Abel  en  presencia  de  sus  dos hermanas. Las dos mujeres que acabo de nombrar siguieron a Cristo en todas sus obras espirituales divinas, tal como las dos hermanas de Caín habían seguido a su hermano en todos sus actos demoníacos.

No son éstas las únicas semejanzas que podemos encontrar entre las
acciones de Cristo y las de los primeros menores. Deben saber que la sangre
derramada del cuerpo del justo Abel era del tipo de la que derramaría Cristo,
como realmente ocurrió. La sangre de Abel derramada sobre la tierra era, en
verdad, el tipo y la consecuencia de la acción de la gracia divina, que llevó la
paz y la misericordia a la tierra y a sus habitantes. Era, asimismo, el tipo de la
alianza que el Creador sellaría con Su criatura tras su reconciliación, pues el
primer hombre recuperó la gracia del Creador inmediatamente después del
sacrificio de Abel. Esto se repite claramente en la circuncisión de Abraham, por
la que este padre de multitudes logró su reconciliación perfecta con el Creador,
conociendo la alianza que el Padre Eterno hacía con él por el derramamiento
de su sangre. ¿No es, por tanto, evidente que el derramamiento de la sangre
de  Cristo  fue  la  confirmación  de  todos  los  tipos  precedentes?.  Este
derramamiento  de  sangre,  al  hacer  temblar  la  tierra,  hizo  sentir  a  toda  la
naturaleza su reconciliación y la alianza del Creador con ella y con todos sus
habitantes.

 

Como estamos hablando de los acontecimientos que acompañaron las
obras de Cristo y el motivo por el que se estremeció la tierra, quizás también se
pregunten por qué se oscureció del Sol. Les diré que el eclipse ocurrido en la
parte celeste es el tipo del castigo a los espíritus demoníacos, que siguieron
perdiendo poder contra la creación general y particular. Este eclipse también
hace referencia a las tinieblas de la ignorancia, en las que se sumieron los
hebreos al borrar de su memoria los santos nombres divinos que conducían

 

 

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todas sus operaciones naturales, temporales espirituales y divinas. Asimismo, representa la ceguera de los incrédulos, que permanecen y permanecerán sin ver la luz divina hasta el final de los siglos.

 

Este eclipse es, por último, el tipo de la materia general, que se eclipsará completamente al final de los tiempos y se borrará de la presencia del hombre como un cuadro se borra de la imaginación del pintor. Esta última comparación les ayudará a entender el principio de la materia del cuerpo general, que es, simplemente, un cuadro espiritual concebido en la imaginación del Creador. Así,  en  dicho  cuadro  espiritual  se  incluye  todo  ser  corporal,  aunque  sin sustancia material. Este cuadro incluye principalmente al menor espiritual, que debía contribuir a la formación de los cuerpos.

 

Pensarán que si les he explicado el eclipse ocurrido al morir Cristo, también  puedo  explicarles  el  tipo  del  rasgamiento  del  velo,  que  ocurrió  al mismo  tiempo.  Cederé  a  sus  deseos  en  la  esperanza  de  que  sea  en  su beneficio; la ruptura del velo del templo es un importante tipo favorable al menor espiritual que tenga la dicha de contarse entre aquellos recompensados por el Creador con toda Su gloria espiritual divina. Ese velo rasgado es el tipo real de la liberación del menor privado de la presencia del Creador; explica la reintegración de la materia aparente, que oculta y separa a todo ser menor del conocimiento perfecto de las magníficas obras del Creador para Su gran gloria. Explica el desgarro y la caída de los siete cielos planetarios, cuyo cuerpo material oculta al menor espiritual la poderosa luz divina reinante en el círculo celeste. Significa, además, el rasgamiento del velo que ocultaba y velaba, a la mayoría  de  los  menores,  el  conocimiento  de  las  obras  realizadas  por  el Creador para beneficiar a Su criatura.

 

Moisés representó claramente esta última figura al cubrirse la cara con un velo rojo cuando comunicó a los hebreos la ley divina. Este velo rojo, que ocultaba al pueblo la cara de Moisés y las tablas en las que estaban escritas la intención y la voluntad del Creador, representa perfectamente a los espíritus perversos, que son como un velo perturbador para los menores que se han unido a ellos. El color rojo de este velo representa la influencia del intelecto demoníaco en los principales sentidos de la forma del menor, privándole de toda comunicación espiritual divina e impidiendo la influencia espiritual, ya sea de tipos, misterios, o incluso la pura y simple naturaleza espiritual. El velo que cubría la cara de Moisés anunciaba la pérdida del conocimiento divino de Israel por su alianza con el príncipe de los demonios, así como su ignorancia del tipo espiritual que Moisés realizaba ante ellos.

Por  esa  alianza  demoníaca,  los  hebreos  serían  llamados  desde
entonces  hijos  de  las  tinieblas  o  hijos  de  sangre  material,  y  serían
reemplazados por los denominados hijos de la gracia divina. Pero estos nuevos
hijos  no  deben  confiar  excesivamente  en  la  gracia  que  ahora  poseen,  en
detrimento del pueblo hebreo; la reprobación de este pueblo es simplemente un
tipo de lo que un día sucederá en el universo, como explicaré al hablar de las
transformaciones últimas que sufrirá la criatura al final de los tiempos.

 

 

 

 

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Ya me he extendido suficiente en la explicación de los tipos de Caín y
Abel;  ahora  les  hablaré  de  los  siguientes  descendientes  de  Adán.  Les  he
relatado cómo logró Adán su completa reconciliación gracias a Abel. Verán
claramente  que,  sin  esta  reconciliación,  la  naturaleza  universal,  general  y
particular no sería la misma que en la actualidad, aunque su duración hubiese
sido la misma. Como el Creador había dotado a Abel de todos los dones
necesarios para manifestar totalmente la gloria divina en beneficio de la criatura
y humillación de los demonios, al morir éste era necesario que todos estos
dones  pasaran  a  otro  menor.  Los  designios  del  Creador  se  cumplen  y
cumplirán siempre con una inmutabilidad irrevocable. Por tanto, Adán concibió,
al agrado del Creador, un tercer descendiente al que llamó Set, que quiere
decir “admitido a la descendencia de Dios”. Este ser espiritual menor heredó
los poderosos dones que había poseído Abel; éste debía ser solamente un tipo
de la reconciliación espiritual, mientras que Set representaría, además, el tipo
de la permanencia de las leyes de la naturaleza, del curso de sus diferentes
transformaciones y de los acontecimientos temporales que acaecerán cuando
se borre de los ojos de Aquel que la ha hecho nacer en Su imaginación divina.

 

Con esta finalidad, el Creador reveló al bienaventurado Set, por medio
de  su  enviado  espiritual  Helí,  los  recursos  espirituales  divinos  secretos
presentes en toda naturaleza material y espiritual, y por los que ésta se regía.
Gracias al espíritu, le fue revelado el conocimiento de las leyes inalterables del
Padre Eterno, aprendiendo que toda ley de creación temporal y toda acción
divina  se  basan  en  diferentes  números.  Helí  también  le  enseñó  que  todo
número  es  eterno  en  el  Creador;  mediante  estos  números  diferentes,  el
Creador determinaba toda figura, toda condición de creación y todo acuerdo
con Su criatura. Para disipar sus dudas, les hablaré sobre los números eternos
innatos en el Creador.

 

Sin  duda  alguna  saben  que  todos  los  sabios  pasados  y  presentes
siempre han tenido en gran consideración el número denario; este prestigio se
debe a que han aprendido a reconocer en él la fuerza, pues está siempre
presente en sus operaciones espirituales divinas, por las que han recibido los
mismos dones concedidos a Set. Estos sabios no pasaron sus dones a sus
descendientes carnales, ya que la mayoría de ellos no tuvo descendencia pese
a unirse a mujeres por voluntad del Creador; estos dones les servían para
educar  e  instruir  a  los  hijos  espirituales  que  les  asignaba  el  Creador,
preparándoles así para convertirse en instrumentos de la manifestación de la
gloria divina.

Estos descendientes espirituales fueron guardianes del conocimiento del
glorioso número denario; en él está incluido todo número de creación y gracias
a  él  pueden  obtenerse  todos  los  números  terrestres,  menores,  mayores  y
superiores; este conocimiento fue revelado al bienaventurado Set y yo debo
revelarlo al hombre deseoso de aprender. Les diré, por tanto, según me ha sido
enseñado, que el número denario incluye los cuatro números de poder divino.
Observen que en el número denario aparecen cuatro caracteres aritméticos
diferentes: 1, 2, 3, 4. Sumen estos cuatro caracteres de la siguiente manera: 1
y 2 suman 3, 3 y 3 suman 6, 6 y 4 suman 10; ahí tienen el número denario, el
primer y mayor poder divino en el que están incluidos los otros tres números,

 

 

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como verán a continuación: 3 y 4 suman 7, que representa el segundo poder del Creador; 1 y  2 suman  3,  3 y  3 suman  6, he aquí el tercer poder del Creador; por último, sumen  1 y  3 y obtendrán  4, el número cuaternario que completa los cuatro poderes divinos del Creador, contenidos en el número eterno denario.

Para que su aprendizaje sea completo debo enseñarles la aplicación de estos cuatro números, así conocerán el uso que el Creador dio a cada uno de ellos en la creación universal, general y particular. Por tanto, les diré que el número denario es un número indivisible, es decir que no puede sufrir división alguna. Este número completa, divide y subdivide todo número innato en el templo universal, general y particular, corporal, animal, espiritual y divino. Por este motivo, los sabios siempre han considerado que este glorioso número   es único y representa la cuádruple esencia divina, y que cualquier ser espiritual procedente de él es formidable. Por ese mismo motivo, únicamente puede ser utilizado por el Creador, nunca por seres espirituales doblemente poderosos, simples y menores; por lo que ningún sabio se ha servido de él, siempre se ha reservado, por respeto, a la Divinidad.

 

Tal  es  el  uso  del  número  denario  o  primer  poder  divino,  que  se
representa  como  10  ó  c;  mediante  este  número,  la  imaginación  pensante
divina concibe la creación espiritual divina y temporal. Pasemos al número
septenario.

 

El número septenario, que procede del número absoluto denario, es el
número más perfecto utilizado por el Creador para emancipar cualquier espíritu
de su inmensidad divina. Los espíritus septenarios se comportan como agente
primero y causa cierta de todo movimiento de las formas creadas en el círculo
universal. ¿Qué  observamos  en  todas  estas  formas?.  Sonido,  movimiento,
acción y reacción. Las diferentes cualidades y propiedades de estas formas no
podrían apreciarse si en ellas no hubiese un ser innato, denominado partícula
del fuego increado excéntrico, que posibilita todas esas acciones.

 

Pero dichas acciones y movimientos de las formas materiales no pueden proceder únicamente de un principio innato; para que este principio o partícula de fuego increado origine formas corporales debe ser activado por una causa principal y superior, que dirige y dispone el movimiento y pervivencia de las formas. Los agentes septenarios espirituales divinos son, precisamente, esa causa superior que rige las diferentes acciones y movimientos de todos los cuerpos, haciéndoles llevar a cabo los pensamientos y la voluntad que concibe. Aquí vuelve a aparecer lo que aprendimos anteriormente: la forma corporal humana  es  el  órgano  del  alma  del  menor.  Para  entender  las  facultades  y poderes de los agentes septenarios sobre los seres corporales, nada mejor que analizar las diferentes operaciones que los menores realizan con sus propias formas, ante los ojos de sus semejantes. He aquí la poderosa virtud y facultad del número septenario, su emanación del número denario y el empleo que el Creador hace de él para emancipar los espíritus creados a Su semejanza; este número es el segundo poder de la Divinidad.

 

 

 

 

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El tercer poder divino o número senario emana, igualmente, del glorioso
número denario. Este número senario no es tan perfecto ni tiene una virtud
espiritual tan poderosa como el número septenario; el número senario puede
dividirse  en  dos  partes  iguales (dos  veces  tres),  mientras  que  el  número

septenario  no  puede  dividirse  sin  destruirse  y  desnaturalizarse.  Gracias  al
número senario, el Creador hace surgir de su pensamiento todas las   imágenes
de formas corporales aparentes existentes en el círculo universal. ¿No enseña
el Génesis que todo fue creado por Dios en seis días?. Con esto no debemos
pensar que el Génesis quisiera limitar el poder de la Divinidad al delimitar un
plazo, ya fuera de seis días o de seis años. El Creador es un espíritu puro
superior  al  tiempo  y  a  las  divisiones  temporales,  pero  llevó  a  cabo  seis
pensamientos divinos  para la creación universal;  el  número  seis pertenece
efectivamente a la creación de toda forma de materia aparente. Gracias a este
mismo número, el Creador da a conocer a Sus criaturas, tanto espirituales
como  temporales,  la  duración  del  tiempo  que  deberá  subsistir  la  creación
universal. Esa es la virtud del número senario y la utilización que el Creador
hace de él. Este número ha permitido a los sabios conocer el principio de las
formas y límites de duración establecidos por el Creador; gracias a él sabemos
que todo ser corporal se reintegra a su primer principio de emanación por el
mismo número que lo ha producido. Pasemos al número cuaternario o cuarto
poder del Creador.

 

El número cuaternario, que completa la cuádruple esencia divina, es infinitamente más perfecto e importante que el número senario; contribuye a la perfección de las formas que toma la materia indiferente, pues posibilita el movimiento y acción de la forma corporal, y preside en todo ser creado al ser el número principal del que todo procede. Se le denomina “número poderoso por el Creador”, pues incluye todo número de creación divina, espiritual y terrestre, como he demostrado con las diferentes sumas de los cuatro caracteres que conforman el número cuaternario, y con la suma total de estos caracteres, que tiene como resultado el número denario.

 

Las diferentes sumas designan las distintas facultades y poderes que el hombre ha recibido del Creador. Por ese motivo, el hombre debe aprender a reconocer todos los números de poderes espirituales innatos en el número cuaternario pues, para su desgracia, ha sido privado de este conocimiento. El número cuaternario, por último, es utilizado por el Creador en la emanación y emancipación del hombre o menor espiritual; por eso el alma se denomina “vida eterna o impasible”, como explicaré a continuación.

Deben saber que la figura triangular tuvo enorme importancia entre los
sabios de los diferentes pueblos. Adán, Enoc, Noé, Moisés, Salomón y Cristo la
utilizaron  frecuentemente  en  sus  trabajos.  Incluso  en  nuestros  días,  en  el
vértice y el frontispicio de la fachada de nuestros ayuntamientos, se coloca
cuidadosamente un triángulo. ¿Acaso esa figura es fruto de la imaginación del
constructor?. Imposible, pues existe antes que él y está presente naturalmente
en nuestro propio cuerpo. Tampoco podemos creer que dicho triángulo sea la
representación de la Trinidad, aunque demos a los tres ángulos de un triángulo
equilátero el nombre de Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque la Trinidad no
puede  representarse  de  ninguna  manera  que  puedan  percibir  los  ojos

 

 

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materiales. Por tanto, esta figura sólo representa las tres esencias espirituosas presentes en la forma general terrestre, cuya figura es la siguiente: . El ángulo inferior representa el mercurio; el ángulo dirigido al sur, el azufre; y el dirigido al norte, la sal. Ahora bien, al unirse el principio espiritual o número cuaternario a dichas esencias, éstas se enlazan íntimamente tomando una sola figura y una sola forma, que representa las tres partes en que se divide el cuerpo general terrestre: oeste, norte y sur.

 

Así, sumando el número  1 con el  3, demostramos el gran poder del
número cuaternario, que completa perfectamente la cuádruple esencia divina.
Del centro de este triángulo salen tres ángulos. Ese centro está formado por
cuatro  letras;  esto  indica  claramente  que  todo  ser  creado  procede  de  la
cuádruple esencia divina y está sometido a ella, y que, por su emanación
cuaternaria, el espíritu menor lleva realmente el número de esta cuádruple
esencia.

Tales son las gloriosas instrucciones espirituales que recibió Set del
Creador,  mediante  su  enviado  Helí.  Así  adquirió  todo  su  poder  y  un
conocimiento  completo  de  las  operaciones  divinas;  no  es  cierto  que  fuese
instruido en las ciencias espirituales y naturales por su padre Adán, como
algunos opinan. Tal cosa era absolutamente imposible, pues Adán, tras su
falta, fue despojado de todo poder espiritual; sólo tenía un simple poder menor,
que no podía transmitir por decisión propia, sino por decisión suprema de la
Divinidad. Adán sólo pudo enseñar a Set el laborioso ceremonial, que llegó a
conocer con gran trabajo de su cuerpo, alma y espíritu pero, en ningún caso,
los frutos espirituales procedentes de operaciones temporales espirituales.

 

Como acabo de explicar, en su primer estado de justicia Adán realmente
recibió del espíritu divino toda ciencia y conocimiento espiritual; es decir, se le
comunicó el camino y el plano exacto de todas las obras espirituales divinas
para las que había sido emanado. Sin embargo, como utilizó criminalmente sus
poderes, el Creador se los retiró inmediatamente, convirtiendo al desdichado
Adán en simple hombre, que podía cometer errores en todas sus actividades
humanas, espirituales y temporales, incluso tras su reconciliación. Esto mismo
le sucede al hombre cuando actúa sólo con sus tres poderes ternarios (poderes
aéreo, terrestre e ígneo). Es peligroso que el hombre deseoso de aprender
utilice  estos  tres  poderes  en  sus  operaciones  sin  obtener  previamente  del
Creador el poder cuaternario que se nos retiró por la prevaricación de Adán; la
falta de este poder cuaternario nos enseña que, desde Adán, somos hombres
proclives al error; asimismo, la falta de ese poder cuaternario indica que el
hombre, en verdad, se encuentra privado espiritualmente de Dios. Es cierto
que, durante su vida temporal, el hombre a veces supera esa privación, pero
nunca   por   mucho   tiempo;   el   Creador,   que   es   inmutable,   manifestó
expresamente al hombre reconciliado que no recuperaría el conocimiento de
las ciencias divinas hasta que cumpliese el trabajo que le había encomendado.
Desde  entonces,  el  hombre  es  ignorante  y  limitado,  cosa  que  no  habría
sucedido de haber utilizado su poder cuaternario siguiendo las instrucciones
del Creador.

 

 

 

 

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Set, además del tipo de la reconciliación espiritual y el del equilibrio de las leyes de la naturaleza, también representó claramente el de la misericordia divina,  pues  sustituyó  a  Abel  al  orar  por  el  perdón  de  su  hermano  Caín; aparentemente, éste expió su delito, bien por su muerte, bien por la penitencia de Booz por su involuntario crimen. No deben dudar que estos dos menores alcanzaron  la  misericordia  del  Creador  por  la  virtud  y  santidad  del bienaventurado Set. Si acaso me pidieran una demostración física les diría que, si tuvieran la fortuna de conocer el trabajo de Set, el realizado tras él por los sabios y el trabajo de Moisés y Cristo, no pedirían demostraciones de ninguna clase. Si hubiesen convivido con esos célebres sabios, se guardarían de hablar de esa manera. Se habrían limitado a admirar sus hechos sin intentar entender sus palabras, pues les habría sido tan difícil comprender sus cuestiones y discursos, como los hechos que realizaban.

 

El respetable Set, descendiente de Dios, fue el encargado de enseñar a
sus hijos el culto divino. Inició a su hijo Enós, que quiere decir “débil mortal”, en
todas las ceremonias divinas espirituales y terrestres, celestes, acuáticas e
ígneas; le recomendó, bajo las penas más terribles, que no abusara de los
conocimientos que le habían sido confiados por el Padre Eterno ni del fruto de
su trabajo espiritual; le prohibió, entre otras cosas, cualquier relación con los
profanos  (hijos  de  los  hombres),  es  decir,  con  las  hijas  concubinas  de  la
descendencia de Caín, para que esta raza no se uniese nunca con la suya, que
era la de los hijos de Dios. Entre su prole, el Creador haría nacer a los menores
encargados  de  la  manifestación  de  Su  gloria,  como  ya  he  explicado
brevemente al hablar de la elección de Enoc y como detallaré al nombrar a
todos los menores elegidos. Entonces verán que los descendientes de Set y de
su hijo Enós no tardaron en corromperse al unirse con los descendientes de
Caín, quienes les hicieron perder a todos el conocimiento espiritual divino que
Set les había comunicado. Estos descendientes de Enós vivieron así en el
pecado hasta su séptima generación, de la que procede el patriarca Enoc, de
quien ya les he hablado y les volveré a hablar.

 

Esto es lo principal que debía decirles sobre el tipo de Set, pues no quiero profundizar en acontecimientos particulares de sus descendientes, que no son de ninguna utilidad para las cosas que deben saber.

Enoc nació entre los hijos de Set; su padre fue Yared o Ared, que quiere
decir  “hombre iluminado por Dios”. Este padre dio a su hijo el nombre de
Deliacim, que significa  “resurrección del Señor en la descendencia de Set”,
apodándole Enoc, empezando con E, no con H. El nombre de Enoc significa
“consagración”. Todos estos nombres y el tipo que Yared representó entre los
descendientes de Set o Enós, eran una figura verdadera del pasado, presente
y  futuro.  Yared  era  un  hombre  justo  ante  el  Creador;  su  virtud  divina  era
superior a la de los otros patriarcas por el gran culto que rendía para expiar los
crímenes de los descendientes de Enós. Cada día recibía la iluminación del
Espíritu Divino y así se preparaba para la venida del ser justo que emanaría de
él, según le había comunicado el espíritu. El espíritu también le transmitió que
su  hijo  Enoc  sería  el  tipo  del  espíritu  divino  e  incluso  de  la  acción  de  la
Divinidad, por su conducta y defensa de los menores contra los ataques de sus
enemigos, como les expliqué anteriormente al hablar de la elección de Enoc.

 

 

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Por  último,  el  espíritu  comunicó  a  Yared  las  importantes  obras
espirituales que su hijo Enoc realizaría entre los hijos de Caín y de Set, y entre
las hijas de Adán, que forman las tres naciones que habitan sobre la superficie
de la tierra. Antes de dejar este último punto, quiero que observen que los
hombres  distinguieron  cuatro  pueblos:  Ismael,  Israel,  los  cristianos  y  los
idólatras o incrédulos quienes, bajo el pretexto de honrar y engrandecer a la
Divinidad sólo rinden culto a la materia; pero esta división tiene su origen en
acuerdos  entre  los  hombres  sin  participación  divina,  por  lo  tanto  es
forzosamente falsa y engañosa, como veremos a continuación.

Adán, que había sido emancipado de la circunferencia divina para ser el
rey de la tierra y tener una descendencia de Dios, no debía, por su naturaleza
espiritual, participar en la división de esa misma tierra. Pero, tras su delito, se
convirtió en hombre de materia y tuvo descendientes carnales, entre ellos tres
hijos varones: Caín, Abel y Set. Abel había nacido por orden del Creador, como
simple manifestación divina; por lo tanto, no debía disfrutar de la materia ni
participar en modo alguno en la división de la tierra, que debía distribuirse entre
los descendientes de los hombres de sentidos materiales. Así, este justo menor
fue descontado del número de descendientes materiales tras cumplir su misión,
por voluntad del Creador. Sólo quedaban tres personas: Adán, Caín y Set.
Adán, siguiendo las órdenes recibidas del Padre Eterno, dividió personalmente
la tierra en tres partes, no en cuatro. No podía ser de otra manera, dirán
ustedes, puesto que sólo tenía tres hijos. Pero en verdad les digo que, aunque
hubiese tenido cien hijos, no habría podido dividir la tierra en más de tres
partes;  pues  no  existen  más  partes  en  la  tierra  y  ésta  forma  un  triángulo
perfecto. De este modo, Adán dividió las regiones como sigue: el oeste para
Adán, el sur para Caín y el norte para Set. De igual manera que sólo hay tres
círculos esféricos (sensible, visual y racional), sólo hay tres ángulos terrestres y
la creación universal se divide sólo en tres partes.

La demostración de que la creación universal no puede ser dividida en
más  de  tres  partes,  la  tienen  en  la  imposibilidad  de  encontrar  lo  que
denominamos la cuadratura del círculo o división del círculo en cuatro partes.
Por todo esto rechazamos la cuarta parte de la tierra, aunque sea admitida
popularmente.  Así,  sobre  la  misma  tierra  sólo  puede  haber  tres  naciones
principales, de las que han emanado todas las naciones conocidas. Estas tres
naciones fueron representadas por los hijos de Noé, entre quienes se volvió a
dividir la tierra en tres partes iguales. A Cam le correspondió la parte sur; a
Sem, la parte oeste; y a Jafet, la parte norte, como les relataré posteriormente.
Añadiré que la orden que el Creador dio a Adán de dividir la tierra fue muy
dolorosa para él, pues le hacía sentir la diferencia entre su anterior estado de
gloria y su estado de reprobación. Además, este reparto de la tierra anunció la
división que reinaría entre los hombres desde entonces hasta el final de los
tiempos, pues Adán sumió a toda su descendencia en un estado de guerra y
discordias. Pero volvamos a Enoc.

 

El nacimiento de Enoc supuso una gran satisfacción espiritual para los
descendientes de Set. En su cara se reflejaba su carácter y el de su misión; su
recorrido en el mundo quedó marcado en los cielos por un signo planetario, que

 

 

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conmocionó enormemente a los descendientes de Set y más aún a los de
Caín.  Este  signo,  que  toda  la  creación  pudo  distinguir,  se  percibió
especialmente en el sur, donde vivían los descendientes de Caín. Como era
lógico, su preocupación fue mayor que la de los hijos de Set, pues en él vieron
el presagio del castigo que el Creador enviaría a todos los habitantes de la
región meridional. Este signo era una estrella que había salido de su círculo
planetario, descendiendo más cerca de la tierra de lo que era habitual, y que
tenía una luz diferente a la que recibía en su curso natural, por lo que parecía
completamente distinta y contraria a las demás estrellas, pese a tener la misma
naturaleza.  Debido  a  esta  diferencia,  los  hombres  lo  llamaron  Lathan,  que
quiere decir “signo de confusión y aflicción terrestre”, aunque se le conoce por
el nombre de “cometa”. He aquí la figura de este signo:

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para entender en qué consiste un signo planetario, deben saber que
todo cuerpo celeste, sea mayor, superior o inferior, está formado de materia y,
en  principio,  su  forma  corporal  puede  tener  seis  divisiones.  Un  círculo
planetario  está  formado  por  seis  estrellas  principales  de  igual  tamaño,
propiedades  y  poder;  éstas  reciben  sus  órdenes  de  acción,  movimiento  y
operación de la estrella superior, que se encuentra en el centro de estos seis
componentes del círculo planetario. En el espacio intermedio entre estrellas
hay  infinidad  de  cuerpos  diferentes  que  denominamos “signos  ordinarios

planetarios”, llamados comúnmente pequeñas estrellas. Estos signos siguen la
misma disposición que las estrellas del círculo planetario, es decir, se unen de
siete en siete. Cada uno de estos signos tiene siete virtudes presentes en las
principales  estrellas  del  círculo  planetario  y,  además,  otras  siete  virtudes
propias, por lo que pueden ser multiplicados por su propio número de virtudes,
o sea 7 x 7 = 49 = 13 = 4. Este número indica que, como todos los cuerpos
presentes en el círculo universal, los cuerpos planetarios superiores, mayores e
inferiores tienen vida espiritual divina y vida corporal pasiva, diferenciándose de
la siguiente manera: los irracionales tienen vida e instinto pasivo; los racionales
tienen ese mismo instinto y, además, vida espiritual impasible.

 

Ya  saben  que  todo  ser  de  forma  corporal  nace  de  tres  esencias espirituosas (mercurio, azufre y sal) y de la colaboración de los espíritus del eje en su formación; esta colaboración consiste en impregnar con su fuego cada una de las esencias de manera continua para preservar y equilibrar todas las formas. Esto es lo que denominamos vida pasiva, a la que está sometido todo ser de forma celeste o terrestre.

 

 

 

 

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Hemos  divido  los  cuerpos  planetarios  en  superiores,  mayores  e inferiores para entender más fácilmente sus virtudes y poderes. La estrella central es el ser superior planetario; esta estrella dirige los cuerpos planetarios mayores  e  inferiores,  y  se  denomina  superior  porque  en  ella  se  propaga directamente el influjo solar. Después, esta estrella superior lo comunica a las estrellas mayores planetarias de su círculo y las mayores lo comunican a una infinidad  de  pequeñas  estrellas  vinculadas  a  ellas,  denominadas  “signos  o cuerpos inferiores planetarios”; estas señales inferiores, tras recibir el influjo de las superiores y mayores, lo propagan con una precisión exacta sobre los cuerpos ordinarios terrestres.

He aquí un pequeño esquema de la composición de un círculo planetario y sus habitantes, que podemos considerar infinitos dada la multitud de seres animales, espirituales menores, y espíritus puros y simples divinos diferentes presentes en ellos, morada de la vida espiritual impasible. Si estos círculos planetarios sólo estuviesen habitados por los seres que acabo de nombrar, no habría ningún problema para el hombre y las demás formas, tanto generales como particulares; pero también pueden ser habitados por seres espirituales malignos,  que  combaten  el  influjo  positivo  que  deben  difundir  los  seres planetarios espirituales buenos por el mundo entero, según sus leyes de orden, para la protección y conservación del universo.

 

Por eso entre los hombres existe la creencia de que los planetas pueden tener una influencia negativa; esto es muy cierto, como aclararé al explicar los principios de los diferentes cuerpos celestes y terrestres, así como las virtudes y poderes de Saturno, el Sol y los demás círculos planetarios. Quizás duden de la relación entre los espíritus malignos y los espíritus buenos planetarios, pero esto se debe a su falta de conocimientos sobre los espíritus buenos y sus acciones,  pues  no  consideran  posible  que  sus  funciones  naturales  sean interrumpidas por espíritus malignos. No obstante, no podría ser de otra forma, como veremos a continuación.

 

Ya saben que Adán fue emanado como forma gloriosa y saben que, por
su pecado, perdió todo poder espiritual. Deben saber bastante de este tema,
pero seguro que desconocen si el demonio tenía forma corporal cuando tentó
al primer hombre. Les diré que el demonio tenía entonces un cuerpo de gloria o
forma gloriosa; sería imposible que existieran tentaciones, trampas o engaños
entre espíritus puros y simples si éstos contasen con una forma corporal.

 

Entre los espíritus puros y simples no ocurre lo mismo que entre los
hombres  corporales,  todo  hombre  es  libre  de  comunicar  u  ocultar  sus
pensamientos a sus semejantes, pero un ser espiritual no puede concebir un
pensamiento sin que los demás espíritus lo conozcan. Todo está al descubierto
y todo se siente al unísono entre los seres liberados de materia; el privilegio del
espíritu puro y simple es poder leer en el espíritu, por su correspondencia
natural espiritual. Por eso nada escapa al conocimiento del espíritu, mientras
que entre los menores dotados de una forma de materia aparente ocurre todo
lo contrario.

 

 

 

 

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Partiendo de esta base, les explicaré que, al igual que los humanos, todo
espíritu planetario superior, mayor e inferior dotado de forma corporal para
operar según las leyes recibidas por el tiempo prescrito, puede ser atacado y
combatido en sus actividades diarias. La diferencia entre estos espíritus y el
hombre estriba en que ellos no sucumben ante la lucha contra los demonios;
estos  seres  espirituales  no  pueden  ser  pervertidos  ni  seducidos,  pues  las
formas  que  habitan  no  son  susceptibles  de  putrefacción.  Actúan  siguiendo
estrictamente las leyes naturales de las diferentes formas que habitan, por
tanto, su reintegración espiritual y corporal es muy sucinta. El hombre, por el
contrario, se aleja constantemente de sus leyes espirituales; siendo así, no
puede esperar su reconciliación sin un largo y penoso trabajo, y su forma
corporal  sólo  se  reintegra  mediante  una  putrefacción  inconcebible  para  los
mortales.  Esta  putrefacción  degrada  y  hace  desaparecer  completamente  la
figura corporal del hombre destruyendo su miserable cuerpo, igual que el Sol
hace desaparecer el día de la superficie terrestre privándola de su luz.

En el caso de Cristo, Abel, Elías y Enoc, no ocurrió lo mismo, ni en su
ser espiritual ni en su forma material. En lo que respecta a Enoc, debo añadir,
además, que su venida al mundo predijo la reconciliación universal, la señal
que apareció en su nacimiento profetizó la que aparecería en el nacimiento del
Reconciliador.  Representó  el  tipo  de  tres  operaciones  distintas  que  Cristo
realizaría  entre  los  hombres  para  la  manifestación  de  la  gloria  divina,  la
salvación de los hombres y la humillación de los demonios. La primera de ellas
para la reconciliación de Adán; la segunda, para la reconciliación del género
humano,  en  el  año  4000;  y  la  tercera,  que  se  manifestará  al  final  de  los
tiempos, repitiendo la primera reconciliación de Adán, reconciliará al Creador
con  todos  sus  hijos,  para  mortificación  y  humillación  del  príncipe  de  los
demonios y sus adeptos.

 

Será entonces cuando estos espíritus perversos reconocerán su error y sus crímenes, mientras permanecen por tiempo inmemorial a la sombra de la muerte y en privación divina, sumidos en las más terribles lamentaciones. Su papel será, entonces, más duro y penoso que el desempeñado durante los siglos temporales.

No profundizaré aquí sobre el tipo de las penalidades que deberán sufrir estos espíritus perversos, ni hablaré del número 49, pues tocaré ambos puntos más tarde. También hablaré posteriormente del tipo de Enoc, al emprender el relato de las épocas. De momento me limitaré a todo lo expuesto hasta ahora, pasando a la explicación del tipo de Noé.

Noé representó un tipo notorio de la creación universal, terrestre, general
y particular de todas las formas corporales aparentes. Por su número denario,
es el tipo del Creador, pues fue el décimo de los patriarcas y el último de los
jefes de las familias descendientes de Adán antes del diluvio. Gracias a su
descendencia se perpetuó la de Adán, borrada por el diluvio de la faz de la
tierra.

 

Antes de continuar, debo detallar los motivos que provocaron el diluvio.
Los supuestos sabios, que no conciben la posibilidad de que el Creador enviara

 

 

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esta plaga sobre la tierra e ignoran por qué lo hizo, no dudan en negar este
hecho. Tachan de ridículos a quienes lo estudian desde la fe, considerando
personajes ficticios a aquellos a quien el Creador informó de este suceso y de
la decisión que había tomado en Su inmensidad. No me detendré en sus
débiles  objeciones,  me  limitaré  a  demostrarles  que  esta  determinación  fue
tomada para manifestar la justicia divina ante los corifeos demoníacos, cuyas
eternas  persecuciones  a  los  menores  indignaban al Creador. Las enormes
conquistas logradas entre estos desdichados menores les enorgullecían de tal
modo que se creían invencibles e, incluso, más poderosos que el Creador.

Este orgullo era, evidentemente, fruto de su escasa reflexión. Todas sus
conquistas probaban en realidad la debilidad de los demonios, no su poder,
como voy a explicarles. En aquellos momentos la tierra no estaba demasiado
poblada.  Los  hombres  que  la  habitaban  eran  apenas  un  puñado,  por  así
decirlo; sin embargo, para someter a ese pequeño número de menores, el
adalid de los demonios tuvo que utilizar todos sus poderes y el de todas sus
legiones,  que  son  infinitas.  Además,  si  los  menores  se  hubiesen  servido
correctamente  de  su  libertad,  todas  las  insinuaciones  y  prácticas  de  los
demonios habrían sido en vano. El triunfo de los demonios se resume, por
tanto, en haber sometido a los débiles descendientes de Caín y parte de los de
Set.  Ciertamente,  esta  débil  conquista  no  podía  manifestar  un  poder
demoníaco absoluto y superior al del Creador, pues los menores se habían
dejado  vencer  por  su  propia  voluntad.  ¿Qué  ganaba  el  demonio  con  esa
victoria, si no podía mantener esas conquistas en su poder, ni corroborar que
las  poseía,  ni  disfrutar  de  ellas  a  su  antojo?.  Era  como  si  no  hubiese
conquistado  nada.  El  príncipe  de  los  demonios  ha  librado  multitud  de
combates,  invirtiendo  enorme  trabajo  y  esfuerzo  y,  sin  embargo,  nada
consigue, nada queda bajo su poder. Tales son sus victorias sobre los menores
de aquella época, así como las que ha ganado desde entonces y las que podrá
ganar en el futuro.

Cuanto más disponen los demonios su poder contra el Creador, mayor
es su humillación y su castigo. Cuantas más victorias logran sobre los menores
espirituales, mayor es su tormento y su desesperación; el Creador les mortifica
arrebatándoles su presa, devolviendo a los menores esclavizados a Su justicia
divina, sin permitir jamás una victoria completa de los espíritus perversos y sus
legiones. Dichos espíritus malignos se rigen por leyes inmutables; utilizan sus
acciones, movimientos y poderes para poner en práctica su malvada voluntad
contra todo ser espiritual emanado y todo ser de forma corporal. Sin embargo,
pese  a  toda  su  obcecación,  ninguna  de  sus  obras  logra  el  objetivo  que
pretenden.

 

Quizás se pregunten qué objetivo pretenden alcanzar. Intentan rebasar
los límites que les han sido prescritos, seduciendo sin descanso no sólo a los
habitantes  de  la  tierra,  sino  también  a  aquellos  de  los  diferentes  cuerpos
celestes, con agresiones superiores a su poder ordinario. Pretenden nublar el
entendimiento de los menores, presentándose ante sus ojos como los únicos
dioses de cielos y tierra, prometiéndoles, si se unen a ellos y reconocen su
autoridad, el mismo poder y facultad que posee la Divinidad, y la libertad para
actuar sobre todo ser. Estos espíritus perversos llegaron incluso a persuadir a

 

 

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los menores de que la Creación universal se atribuía falsamente a la Divinidad; afirmaban que ese Dios en quien creían era simplemente uno de ellos, que ordenaba sobre toda la Creación y sobre el hombre desde su venida a la tierra; defendían que los menores habían sido emanados por el gran príncipe del sur, soberano de todo ser material y sobrematerial (que quiere decir “vehículo del fuego  eje  central  incorporado  a  una  forma”);  aseveraban  que  debían reconocerle y cumplir ciegamente todo lo que les comunicasen sus agentes inferiores, así se manifestaría su poder, tal como veían manifestarse el de su adalid, el gran príncipe del sur.

El  príncipe  de  la  región  oeste,  o  príncipe  mayor  de  los  demonios
terrestres,  decía  a  los  menores,  señalándoles  el  Sol:  “Ved  el  ojo  del  gran
príncipe universal, es la morada de aquel que dirige toda la extensión que
percibe y abarca vuestra vista y vuestra imaginación”. El príncipe de la región
septentrional terrestre decía, mostrándoles la Luna: “Mis queridos aliados, os
hablo en nombre del príncipe supremo y todopoderoso que ha vivido y vivirá
eternamente con vosotros y con nosotros, oid lo que nuestro maestro os dice
por mi boca. Girad el rostro hacia su morada, donde habitan todos los espíritus
mayores como yo, los inferiores y los menores; allí se manifiesta la gloria de
nuestro gran príncipe, por tanto, recurrid a ella para que os conceda todos los
recursos y facultades necesarios para igualar vuestro poder al nuestro.”

 

Estos príncipes perversos no se limitaron a esto; enseñaron a los pobres
menores seducidos a comunicarse con los habitantes de las dos moradas que
les habían presentado como las más grandes e importantes: la Luna, la mayor
morada del círculo sensible o terrestre, y el Sol, la mayor morada de los cielos.
Les  recomendaron  no  realizar  ningún  trabajo  ni  intervención  sobre  estas
moradas hasta que no estuviesen en conjunción y perfecta oposición, es decir
formando un eclipse de Sol y Luna; así obtendrían todo lo que necesitaban,
bien directamente de los omnipotentes príncipes de dichas moradas, bien de
sus protegidos.

 

Los príncipes de las otras dos regiones utilizaron palabras similares; los desdichados  menores,  seducidos  por  todas  sus  promesas,  emplearon  con ahínco y precisión todas las facultades y poderes recibidos de estos seres demoníacos. La perversidad de estos hombres poseídos creció enormemente y, en muy poco tiempo, lograron corromper a los descendientes de Caín y a gran parte de los de Set.

 

Quiero señalar que el discurso de los príncipes demoníacos debía ser
muy  atrayente  para  lograr  pervertir  en  tan  poco  tiempo  a  casi  todos  los
habitantes de la tierra; por tanto debemos velar y permanecer siempre alerta,
pues estos espíritus perversos pueden inventar cualquier cosa para corromper
al menor y llevarle a ellos. En sus actuaciones percibimos lo que normalmente
se denomina pros y contras, es decir las acciones y reacciones que se suceden
cotidianamente  en  el  universo.  Para  entender  la  sutileza  de  sus  tentativas
deben saber que trabajan sin descanso para degradar las formas y corromper a
los  seres  espirituales,  esperando  alcanzar  su  objetivo  de  un  modo  u  otro.
Persiguen a los menores desde el momento en que entran a este bajo mundo,
cuando  todavía  no  puedan  servirse  de  sus  sentidos  corporales,  como  se

 

 

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advierte claramente por los diferentes movimientos, lamentos y agitación de un recién nacido. La confirmación de todo esto la tenemos en el nacimiento de Cristo, en Su venida en forma corporal, en las persecuciones y sufrimientos que debió soportar durante Su vida; sin duda alguna, los demonios rondan la forma  corporal  desde  que  el  menor  entra  en  ella.  Ahí  tiene  su  origen  la costumbre de los patriarcas de bendecir a sus descendientes para exorcizar y alejar  a  los  espíritus  perversos  que  asedian  la  forma  corporal.  La  misma finalidad tiene la circuncisión o bautismo de sangre, por la que a Abraham le fue revelada la alianza. También de ahí procede el bautismo de gracia a los nuevos convertidos a Cristo.

Quizás se pregunten qué habría sucedido con el mundo si Adán no
hubiese obtenido su reconciliación. No responderé a esta pregunta, me limitaré
a  decir  que  el  decreto  del  Creador  es  inmutable  en  lo  que  respecta  a  la
humillación de los demonios. El Padre Eterno previó la operación segunda de
los malos espíritus, por la que pretendían que el menor se uniese totalmente a
ellos para hacer frente a la justicia que recaería sobre ellos y sus adeptos.

 

El Creador tomó al menor bajo su custodia y todas las tentaciones de los demonios  no  pudieron  hacer  nada  contra  sus  leyes  inmutables.  Así,  los demonios cayeron en una privación mayor, conservando únicamente un poder espiritual simple, que Dios no pudo retirarles, para actuar superficialmente en el universo. Por este motivo, nunca lograrán la destrucción total de los rescatados por el Creador ni detener el curso y duración que Él ha asignado a cada cosa. Por eso, los demonios no han podido evitar que el mundo sea como es, tras el cambio de forma gloriosa en forma material del hombre.

 

Quiero señalar que no deben considerar esta forma corporal como un
cuerpo  real  de  materia  existente;  su  origen  está  en  las  primeras  esencias
espirituosas que recibirían, por el primer Verbo de creación, el influjo adecuado
a  las  formas  que  debían  utilizarse  en  la  creación  universal.  Las  formas
corporales no pueden considerarse reales sin admitir una materia innata en el
Creador divino, lo que es contrario a Su espiritualidad. Le llamamos Creador
pues todo lo creó de la nada y toda la creación surgió de Su imaginación; por
eso    denominamos imagen a Su creación, porque surgió de la imaginación
pensante divina.

 

La misma facultad divina que ha creado todo, hará que todo vuelva a su origen; igual que toda forma tiene un principio, también tendrá un final y se reintegrará  a  su  lugar  original  de  emanación,  como  veremos  con  más detenimiento a continuación.

 

Ya han visto los inicuos crímenes de los demonios contra los menores
desde el principio de los tiempos, para que se alejen del culto a Dios y se unan
al príncipe meridional, considerándolo su único guía divino. Deben saber que
estos  espíritus  perversos  se  acercaron  siempre  a  los  menores  bajo  una
apariencia  espiritual;  intentaban  convencerlos  de  que  serían  eternos  como
ellos,  que  no  dejarían  de  existir  si  abandonaban  su  forma  corporal  y  que
podrían tener contacto y relación con sus semejantes. Pero al seducir a los

 

 

 

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menores  bajo  una  apariencia  hermosa,  los  arrastraron  a  la  más  terrible abominación.

 

No  obstante,  pregúntense  si,  pese  a  las  insistentes  persecuciones
demoníacas a este primer pueblo (los descendientes de Caín y Set), no había
entre ellos hombres justos que rechazaran la insinuación del intelecto malo y se
alejaran rotundamente de esa abominación en la que cayeron otros menores.
No pueden negar que los hubo, aunque sólo fuesen los nueve patriarcas, a los
que  siguió  Noé  completando  el  número  denario.  Sin  embargo,  háganse  la
misma pregunta respecto a los hombres de nuestro tiempo, encuentren a un
justo en este siglo; puedo imaginar su enorme perturbación pues, en efecto, no
ha habido ninguno. Los hombres posteriores a la venida de Cristo, al no haber
presenciado las manifestaciones divinas de los primeros siglos, han olvidado su
conocimiento  sobre  el  gran  culto  divino,  pues  no  han  sido  testigos  de  los
prodigios  del  Creador,  como  sucedía  cotidianamente  entre  los  primeros
pueblos y en Israel.

 

Debido  a  sus  malas  costumbres  y  a  su  ignorancia  los  hombres  de
nuestro  siglo  se  dejan  invadir  fácilmente  por  la  duda.  Por  tanto,  no  debe
sorprenderles que, en la actualidad, los intelectos demoníacos tengan más
éxito entre los menores que en tiempos pasados.  ¿No es cierto que cuanto
más nos alejamos de un objeto, más se borra de nuestra vista?. ¿No es verdad
que cuando nos alejamos de algo a lo que tenemos apego acaba saliendo
imperceptiblemente de nuestra memoria, hasta el punto de que es muy difícil,
por no decir imposible, retomarlo con el mismo gusto y ahínco que antes?.
Pues bien, eso es precisamente lo que les ha ocurrido a los hombres de este
siglo: se han alejado de todo conocimiento divino pretextando una supuesta fe
ciega, que les ha hecho perder por completo la idea de la verdadera fe. La fe
sin las obras no puede considerarse una verdadera fe, aunque sí es totalmente
posible presenciar las obras de la fe sin tener fe. Además, las obras que el
hombre  puede  realizar  con  la  débil  fe  innata  en  él,  no  pueden  atribuirse
realmente a la fe; el hombre no puede tener una fe viva y completa si no es
conducida por un agente superior; entonces podrá realizar obras que no le
pertenecen y que manifiestan toda la fuerza de la fe que actúa en él. Los
hombres han abandonado las ciencias espirituales empujados por su codicia
de bienes materiales; ante sus ojos se ha corrido un tupido velo y están tan
ciegos como todos los hijos de Caín y la mayoría de los de Set.

 

Sabemos que la ceguera de estos primeros descendientes, al igual que
la de Israel, era una repetición clara del estado de privación de Adán mientras
fue castigado por la justicia del Creador. Esta inacción espiritual es el castigo
de todo espíritu que se aleja del Creador; ningún ser espiritual privado de Dios
puede realizar el culto divino hasta que alcanza la reconciliación del Padre
Eterno, como representaron Adán y sus sucesores con sus tipos y símbolos.
Un tipo tiene mayor valor que un símbolo; un tipo es la representación real de
un hecho pasado o de un hecho que sucederá en un plazo breve, un símbolo
únicamente proporciona información sobre el tipo de un suceso futuro. Un tipo,
además, es superior a una profecía; los profetas únicamente anuncian futuras
amenazas que la misericordia del Creador puede alejar si el pueblo corrige su
comportamiento,  mientras  que  un  tipo  anuncia  un  acontecimiento  cierto,

 

 

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dictado por el decreto inmutable del Creador. Por tanto, no pueden ignorar que los  primeros  descendientes  y  el  pueblo  de  Israel  fueron  horriblemente sancionados y castigados por abandonar al Creador y el culto que les había sido enseñado.

 

Déjenme cuestionar la situación del mundo cuando Cristo vino a los
hombres. ¿Qué culto rendían al Creador?. ¿No habían convertido su Templo
en un mercado?. ¿Conocían otro Dios que la materia?. ¿De dónde procedían
sus  mercancías?. ¿No  les  llevaban  estas  negociaciones  materiales  a  la

idolatría?. No resulta difícil creer esta actitud, pues se repite ante nuestros ojos
en los hombres de nuestro tiempo. Consideran admisible olvidar al Creador
para enriquecerse temporalmente. Representan perfectamente las dos épocas
pasadas, es decir, la de los descendientes de Adán y la de Israel. En los
hombres de este siglo vemos su misma conducta, su mismo ejemplo, sus
mismas costumbres. El imperio de los demonios triunfa en perjuicio de los
débiles menores. Éstos se han alejado de tal manera del culto divino, es tal su
degradación  e  impureza  por  la  alianza  que  han  pactado  con  los  espíritus
perversos,  que  deben  esperar  un  castigo  infinitamente  peor  que  el  de  las
primeras generaciones, pues nuestra generación ha visto y ha oído hablar
directamente a Aquel que opera toda reconciliación espiritual, mediante el que
el Creador ha manifestado todas sus obras ante los ojos de la criatura.

 

¿Qué más podía hacer este Redentor?.  ¿Qué más podía decir para
evitar la influencia demoníaca sobre los menores?.  ¿Podía sufrir más para
impedir los ataques del demonio contra los menores?. ¿Acaso no demostró a
los menores que el origen de sus obras era ajeno a ellos?. ¿No les reveló quién
les hacía actuar contra la voluntad divina y qué medios utilizaban los demonios
para que renunciasen a sí mismos y a su alma?. Algunos de estos menores
siguieron los consejos de los demonios y otros los rechazaron, ¿no anuncia
esta diferencia de pensamiento y voluntad que en ellos existe un ser espiritual
divino libre?. ¿Les perseguirían los demonios con tanta insistencia de no ser
así?.

 

Al ignorar todo esto, los menores posteriores a la venida de Cristo han
repetido  el  reprobable  comportamiento  de  las  primeras  generaciones.  Han
negado su alma y, por tanto, han negado la Divinidad; no se puede admitir un
Creador sin admitir criaturas meramente espirituales. La descendencia de Caín
cometió precisamente ese error, no reconocían ni Dios ni alma; la mayoría de
los descendientes de Set creían en la existencia del alma, pero no en un
Creador divino, sino en el espíritu demoníaco que les dirigía. Los hijos de Set
creían también en un universo eterno, al contrario de los de Caín, pues su
primer padre les había revelado los principios de todas las cosas creadas,
educándoles en la fundición de metales; las formas que ellos mismos creaban
les ayudaban a entender que el universo y todo lo incluido en él había sido
formado y volvería a su primer principio de inactividad.

Observemos  ahora  al  pueblo  de  Israel,  ¿no  cometieron  los  mismos
errores y crímenes que las primeras generaciones?. Sin embargo, este pueblo
fue testigo de la manifestación absoluta de la justicia y el poder divino. El
Creador les permitió presenciar todas Sus maravillas; aun así, sucumbieron

 

 

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ante el poder de los demonios, llegando en su osadía a repudiar al Creador eterno para adorar a falsos dioses. La conducta de los tristes descendientes de este pueblo demuestra el pecado al que se abandonaron sus padres. Su culto evidencia  que  están  guiados  por  principios  falsos  y  por  el  príncipe  de  las tinieblas. Son esclavos del ritual de la ley, olvidando la verdad de su alma y las leyes del Creador. Están dominados por la codicia material.

Pese a la falsa conducta de los descendientes de Caín, Set e Israel, y la
de aquellos posteriores a Cristo, la misericordia del Creador se ha manifestado
en todos los tiempos. Aunque la criatura soporta el peso de la justicia divina, el
Padre Eterno no le niega nunca Su benevolencia, sino que le procura todos los
medios que considera necesarios para su satisfacción temporal y espiritual.

 

En  Ismael  tenemos  una  de  las  más  asombrosas  pruebas  de  la
misericordia divina. Como primer hijo natural de Abraham fue el símbolo de la
elección  de  Israel;  el  abandono  de  la  casa  de  su  padre  representa  el
vergonzoso  abandono  de  Israel  del  templo  divino;  su  huida  a  países
extranjeros, lejos de las tierras de su padre, representa la expulsión de Israel
de la presencia del Creador y su dispersión por toda la tierra. Según relatan las
Escrituras, Agar, la madre de Ismael, llevó como único sustento para ambos un
pan y un cántaro de agua que consumieron el primer día, sumiéndose en la
desesperación al ver a su hijo a punto de fallecer de hambre y sed. Pero hasta
en esos momentos de aflicción fue fiel al Creador, por eso Él no la abandonó y
le envió un ángel, que le dijo: “¡Mujer!. El Padre Eterno ha oído tus súplicas
para expiar tus faltas; levántate, coge a tu hijo y sígueme”. El ángel puso
remedio al hambre y la sed de Ismael y su madre, después les bendijo en
nombre del Padre Eterno, les mostró el camino que debían seguir para llegar a
la tierra que el Creador les había destinado y dijo a Agar:  “El Padre Eterno
cuidará de tu hijo; tú serás testigo de su prosperidad en la tierra y de él nacerán
doce príncipes de la tierra, que conducirán a sus doce tribus.”

Este  ejemplo  debe  enseñarnos  a  confiar  en  el  Padre  Eterno,  en  la creencia de que nos hará siempre totalmente dichosos.

 

Por ahora no hablaré más de Ismael, pues tendré que hacerlo al explicar los  tipos  y  épocas  que  se  han  sucedido.  Continuaré,  por  último,  con  la explicación del gran tipo de Noé, que ya les he anunciado.

 

La abominable conducta de los descendientes de Caín y de Set llegó a
ser tal que no sólo abandonaron al Creador y su culto, sino que cometieron las
fornicaciones más inmundas, que no podemos imaginar sin estremecernos; el
Creador se alzó contra estos pecadores y contra los demonios que les habían
seducido. Ordenó a Noé, su fiel elegido, que construyese un arca de madera
de cedro, testimonio de la justicia divina que ejercería contra la tierra y sus
habitantes. Esta obra llevaba el nombre de Arca porque flotaba sobre las aguas
y su base tenía una forma semejante al vientre de un pato. Este arca no tenía
mástil, velas ni remos; nada de eso habría tenido utilidad alguna, pues era
dirigida por la fuerza de las aguas, a voluntad del Creador. Cuando llegó el
momento en que se manifestaría la justicia divina sobre toda la tierra, el Padre
Eterno envió un ángel a Su elegido Noé, para informarle que debía entrar al

 

 

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arca con su mujer, sus hijos y las mujeres de sus hijos. También le detalló las
provisiones que debía llevar para los animales racionales e irracionales que
irían  con  él  en  el  arca.  Estas  provisiones  no  eran  manjares  elaborados  y
refinados, como la harina más pura u otras delicias para el paladar; consistían
simplemente en frutos ordinarios de la tierra. Cuando bajaron del arca, aún
quedaban dos tercios de dichas provisiones, pues fue tal el temor de Noé y su
familia ante el horrible castigo que presenciaron, que apenas pudieron pensar
en su vida corporal. Noé presenció, en verdad, la manifestación de la justicia
divina sobre el cuerpo general y particular, eternos en el círculo universal, que
durante ese tiempo estuvieron privados espiritualmente de Dios; su conmoción
sólo le permitió ocuparse de la vida espiritual de los animales racionales y de la
vida corporal de los animales irracionales. Por ese el motivo sobraron tantas
provisiones tras el diluvio.

 

Durante el diluvio, Noé representó el verdadero tipo del Creador; flotaba sobre las aguas como el Creador antes de que se desatara el caos, según palabras del Génesis. El velo acuático que entonces cubría toda la tierra y la ocultaba de la faz del Creador, hace alusión a los cielos ultracelestes, llamados por la mayoría de los filósofos cielos cristalinos, que separan al Creador de la corte divina de Su creación universal temporal.

El ensombrecimiento de los astros luminosos durante el diluvio hace
pensar en la privación de la luz espiritual de los cuerpos universales, que no
contaban aún con leyes de orden para intervenir y actuar, según disposición del
Creador, como agentes en el círculo universal de la creación. Vemos cómo
esta falta de luz divina de los cuerpos universales se repite cotidianamente   en
la concepción de una forma humana en el cuerpo de una mujer. El cuerpo
humano lo dividimos en tres partes: la cabeza, 1; el tronco, 2; y el hueso iliaco,

3. No pueden negar que la forma y proporciones de estas tres partes son muy
distintas unas de otras, y que es posible  distinguirlas  sin  fracturarlas,  sólo
rompiendo  los  ligamentos  cartilaginosos  que  las  unen;  es  decir,  estas  tres
cosas  son  una  sola  gracias  a  esa  íntima  conexión.  Sin  embargo,  tienen
diferentes propiedades y facultades, que representan perfectamente los tres
reinos de la naturaleza: el animal, el vegetal y el mineral. Estos tres reinos
pertenecen a la forma terrestre, igual que las tres partes del cuerpo humano
están incluidas en el recubrimiento de la forma. No he mencionado los cuatro
miembros (dos brazos y dos muslos con sus piernas), pues son simples piezas
del tronco, cuyas propiedades particulares trataré más adelante. Las tres partes
del cuerpo humano me permiten explicarles las tres acciones principales que
desencadenaron la explosión de los cuerpos universales. La primera acción
consistió en el descenso del menor general a la forma general terrestre; la
segunda, en la unión del espíritu divino mayor con el menor o alma general; la
tercera, en las limitaciones y diferentes características y propiedades que el
espíritu mayor determinó al cuerpo general y a los cuerpos particulares, tanto
celestes como terrestres, por orden del Creador.

Este espíritu también prescribió la virtud y poder de todo ser espiritual
mayor, inferior y menor, bien sobre la forma general y particular, bien fuera de
estas formas. Dispuso, además, el poder y características de los habitantes del
eje central, comprobando que cumpliera la voluntad divina. Con estas tres

 

 

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operaciones la creación universal recibió sus leyes, preceptos y mandatos, y explotó el caos. Entonces, cada forma corporal del caos se puso en acción para cumplir las órdenes que había recibido. No piensen que la explosión de la masa caótica fue desencadenada por el descenso del espíritu menor, ni por su unión con el espíritu mayor, sino únicamente porque este espíritu mayor o doblemente  poderoso  retiró  su  revestimiento  caótico  para  reunirse  con  su padre; entonces, todo se presentó a los ojos del Creador en naturaleza pasiva y activa, según la imagen que Él había imaginado.

 

Esto les aclarará las palabras de las Escrituras: la luz estaba en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron. Toda forma corporal es siempre un caos para el alma espiritual divina, pues esta forma de materia simplemente aparente  no  puede  recibir  comunicación  del  intelecto  espiritual  divino.  Sin embargo,  la  emanación  del  menor  le  permite  recibir  constantemente  esa comunicación, pues es un ser eterno.

Es evidente que el cuerpo es un caos para el alma o menor, pues ésta pasa su vida temporal encerrada en un cuerpo material como castigo por el crimen del primer hombre. Pasa la mitad del tiempo en una débil luz, simple reflejo de la luz espiritual divina, y la otra mitad en una aterradora oscuridad. Esto es lo que denominamos luz y tinieblas elementales, o día y noche; pero cuando el menor se separa de su forma caótica olvida las tinieblas temporales elementales,  goza  plenamente  de  su  luz  impasible,  espiritual,  inalterable  e innata; como dijo el Creador, el Espíritu todo lo lee, ve y conoce por su propia claridad, sin necesitar más luz que la suya propia.

Quizás se pregunten por qué las Escrituras dicen entonces que quienes
no sean admitidos por Dios vivirán en tinieblas y estarán privados de toda luz.
Deben saber que las tinieblas de las que hablan las Escrituras no consisten en
una falta de claridad y luz, sino en un estado de privación de la acción espiritual
divina en la inmensa circunferencia celeste, donde los espíritus reconciliados
llevarán a cabo su gozosa reintegración. Las palabras de las Escrituras no
pueden  tener  otro  significado,  pues  todo  espíritu,  bueno  o  malo,  tiene  luz
propia. Si les queda alguna duda sobre mi explicación de la explosión del caos,
fíjense en el ángel que abrió la puerta del arca para dejar salir a los animales
situándoles en la cima para que presenciasen la manifestación de la justicia
divina; verán claramente que representa la retirada del recubrimiento universal
por el espíritu mayor, para exponer frente al Creador a todo ser de creación
temporal.

Ahora les hablaré del tipo figurativo de este arca misteriosa. En ella
estaban   representados   los   diferentes   seres   animales   y   simboliza   el
revestimiento  caótico  que  incluía  todo  principio  de  creación  de  formas
corporales. Los cuarenta días que estos animales permanecieron sin la luz
elemental, representan claramente la operación física que se ven obligados a
realizar los hombres para su reproducción corporal. Su fruto no puede tener
vida pasiva, activa o espiritual hasta que pasan cuarenta días. No diré nada
más al respecto, la naturaleza puede instruirles ampliamente sobre ese tema.
El descenso y la unión de las aguas enrarecidas con las aguas comunes,
simbolizan el descenso del primer menor a un cuerpo material terrestre; los

 

 

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cuarenta días que estas aguas enrarecidas tardaron en descender representan los cuarenta años de penas y sufrimientos del alma y el espíritu de Adán tras su pecado.

 

No   pueden   imaginarse   la   aflicción   de   Adán,   que   había   sido
completamente  libre  e  infinito  por  su  naturaleza  de  ser  puro,  espiritual,
pensante, al encontrarse en una prisión material y sometido al tiempo. En
efecto, durante cuarenta años imploró por su crimen, reflexionando sobre lo
que había sido, lo que era y lo que sería. Tras los cuarenta años de penas y
sufrimientos  necesarios  para  su  expiación,  el  Creador  tuvo  a  bien  hacerle
merecedor de Su misericordia. Esta reconciliación sólo pudo alcanzarla al cabo
de dicho plazo, cuando de él y de Eva nació la ofrenda espiritual que borraría el
horror de su crimen y castigaría la maldad de los demonios seductores. Su
sufrimiento durante ese tiempo queda claramente simbolizado por el de los
animales sometidos a la justicia divina durante los cuarenta días que pasaron
sobre el monte Ararat, también llamado montaña de Armenia, mientras Noé
daba gracias al Creador por haberle protegido a él y al resto de los animales,
de la plaga que había azotado la tierra y a todos sus habitantes.

 

Quizás se pregunten qué tiene que ver la prevaricación de los animales
racionales con la conducta de los animales irracionales y por qué se confunde
a unos y otros en el mismo castigo. Deben saber que los hombres de ese
tiempo,  además  de  abjurar  del  Creador  y  rendirse  completamente  a  las
insinuaciones de los demonios, llegaron en su perversión a gozar de las bestias
como de las mujeres y a gozar igualmente entre ellos con pasiones contrarias a
la naturaleza. Estos crímenes fueron simbolizados posteriormente por Sodoma
y  Gomorra,  por  cuyo  nombre  conocemos  estos  horribles  atropellos.  Por  lo
tanto, no debe asombrarles que la justicia del Creador recayera tanto sobre los
animales racionales, como sobre los irracionales. El castigo del Creador a las
dos ciudades que acabo de nombrar fue similar al del diluvio; el fuego que el
Padre Eterno envió a ambas ciudades anunciaba, además, el que acabará con
la creación universal, como explicaré más adelante.

 

Para comprender que la reconciliación de Adán sólo ocurriera pasados
cuarenta años, basta con considerar la esterilidad de la tierra tras ser inundada
por las aguas, quedando como muerta, prácticamente desnuda de vegetación;
no volvió a recuperar su vigor y su proliferación original hasta que volvió a ser
bendecida  por  el  Creador.  De  igual  modo,  sólo  tras  cuarenta  años  de
sufrimientos y penas temporales, Adán y Eva recuperaron su poder espiritual
divino temporal. El efecto de las aguas se dejó sentir durante tanto tiempo en la
tierra para que sirviese de ejemplo inmemorial al resto de los mortales de esa
época; así transmitirían a sus hijos, de generación en generación, el recuerdo
del crimen del primer hombre, el de sus primeros descendientes (por obra de
Caín)  y  el  de  sus  segundos  descendientes  (por  obra  de  Set);  su  tercera
descendencia fue la del bienaventurado Noé, considerado justo por el Creador.

Así,  este  castigo  recayó  sobre  toda  la  tierra  separando  la  creación
universal, de la corte espiritual divina. Era una repetición del caos en que se
encontraban las tres esencias fundamentales de todos los cuerpos, que debían
servir a la formación de este universo. La impasibilidad de estas esencias era

 

 

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tal que podían recibir el influjo de agentes exteriores para operar seguidamente según la intención del Creador. Este horrible suceso pone en evidencia dos cosas de enorme importancia: la primera, el castigo general a toda criatura corporal y a todo ser espiritual menor; la segunda, que toda creación procede directamente del Padre Eterno, pues es imposible que ningún otro ser haya creado este universo, con todas las maravillas que encierra.

Cuando Noé salió del arca, dijo a todas las criaturas: “Escucha tierra, y
vosotros,  hombres,  oídme  y  entendedme  desde  la  razón  de  vuestro  ser
espiritual, no de vuestro ser material. En verdad os digo que el Creador es el
soberano de todo lo que existe en el círculo universal, todo procede de Él y
todo está sometido a Su justicia. Su bondad divina ha querido que seamos
testigos de la manifestación de Su gloria invencible sobre toda la tierra y sus
habitantes.  Alabemos  desde  el  fondo  de  nuestra  alma  a  este  Padre  de
misericordia suprema para las criaturas que confían únicamente en Él. Que las
huellas de este triste castigo, que veis ante vuestros ojos, os enseñen a no
pecar  contra  el  Espíritu  Creador  de  todas  las  cosas,  a  no  abjurar  de  Su
omnipotencia eterna, tal como hicieron vuestros predecesores. Ellos pensaban
que el cuerpo general terrestre era eterno, que no había tenido principio ni
tendría fin. Pensaban que era el origen de todas las cosas, el único origen de
su ser, pues no conocían nada superior a la forma corporal ni creían en los
seres espirituales divinos.

 

Esa creencia atrajo sobre ellos tan terrible calamidad. Por voluntad del
Creador, sus cadáveres permanecerán diseminados y confundidos con los de
las bestias comunes; este hecho demuestra la ira de nuestro Padre y servirá de
ejemplo inmemorial a vuestros descendientes, de generación en generación,
tanto entre los animales irracionales como entre los racionales, para que el
recuerdo de la justicia divina no se borre jamás de la superficie de la tierra.
Considera  tierra,  considerad  hombres,  este  riguroso  castigo  que  ha  hecho
temblar a los habitantes de los cielos; estremecéos de horror ante este temible
tormento, pues el Creador no ha hecho diferencia alguna entre hombres y
bestias. Sí, en verdad era justo que el Creador les hiciese sentir el alcance de
su poder, pues habían renegado de Él como padre; era justo que muriesen
confundidos con las bestias, pues no reconocían otro origen que el de las
bestias. ¡Qué dureza de espíritu pretender crear un ser meramente espiritual a
partir de principios espirituosos, que sólo pueden producir formas materiales,
cuando seguirían en la nada si un Ser espiritual divino no les hubiese sacado
de allí!. ¡Cuál sería la intervención del demonio sobre la tierra para reducir a
sus habitantes a semejante ignorancia!. Permaneced alerta y alejáos de las
actuaciones que repugnen a vuestro ser menor espiritual. Defendéos de las
tentaciones  que  os  presenten  vuestros  semejantes;  se  servirán  de  vuestro
temor al Creador, para haceros seguir una senda material, atrayendo sobre
vosotros   y   vuestros   hijos   la   maldición   del   Padre   Eterno;   acabaréis
desperdigados por todas las naciones futuras que poblarán las tres regiones
terrestres. Escuchad, tierra y hombres, pues el Creador os habla por mi boca.
Mi palabra es simple y pura. La Verdad que anuncia mi Verbo no tiene disfraz
ni artificio, no los necesita para hacerse entender por quienes lo desean de
buena fe. Mi palabra no oculta nada al hombre deseoso de aprender, le habla
en un lenguaje que no puede ignorar, pues no se basa en la materia; es

 

 

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íntegra, no conoce límites, no cambiará jamás; es completamente espiritual,
pues ha emanado directamente del Creador. No va dirigida a los animales
irracionales, sólo a los menores espirituales emanados, como ella, del principio
eterno. Por lo tanto, a partir de ahora las bestias no serán castigadas por sus
errores, pues tampoco pueden ser recompensadas. Lo ocurrido debe servir de
ejemplo inmemorial para todos los habitantes de los cielos y de la tierra. Esto
os  digo  de  parte  del  Padre  Eterno.  Alguien  superior  a  mí,  que  nacerá  de
vuestros descendientes, os revelará el castigo o la recompensa que recibirá la
criatura al final de los tiempo, dependiendo de la confianza que deposite en su
Creador.”

Tras esta advertencia, Noé dividió la tierra entre sus tres hijos, tal como relataré tras explicar el tipo de Noé, el de su arca y el del diluvio.

 

Los menores racionales cobijados en el arca y el tiempo en que no
disfrutaron  de  luz  elemental,  representan  a  los  justos  y  a  los  menores
reconciliados cobijados bajo la sombra de la gran luz, donde descansarán y
esperarán por algún tiempo, privados ya de acciones temporales. Estos seres
justos serán consolados en su aflicción y tendrán asegurada su reintegración,
pero esto no impedirá su sufrimiento, pues no podrán gozar totalmente de la
visión del espíritu que les consuela. No obstante, sabrán que su sufrimiento es
merecido; tras la prevaricación del primer hombre, el Creador juró que ni él ni
ninguno de sus descendientes se reintegraría al círculo divino antes del gran
combate que debe librarse, por el verdadero Adán o Réaux, entre la tierra y los
cielos, para interceder por los menores. Este lugar donde los justos descansan
y esperan, se denomina filosóficamente círculo racional o círculo saturnino. Es
el único que lleva hasta los círculos ultracelestes y, según dicen las Escrituras,
es el lugar de descanso de los Santos Padres reconciliados con el Creador. Por
lo tanto, para que los seres reconciliados logren la reintegración, no basta con
el tiempo que han permanecido y actuado en el círculo sensible terrestre. Es
imprescindible  que  intervengan  espiritualmente  en  todos  los  espacios  del
círculo  universal,  hasta  completar  el  camino  que  el  Creador  les  fijó  al
emanarlos y emanciparlos de Su inmensidad divina.

 

He aquí el segundo tipo de los animales racionales cobijados en el arca, que  fueron  preservados  de  la  justicia  divina  debido  a  sus  buenas  obras espirituales temporales.

 

Noé, que quiere decir “descanso o consuelo”, desde que bajó del arca
empezó a ofrecer un culto divino cada diez días, hasta completar los cuarenta
días  que  permaneció  en  el  monte  Ararat.  Este  culto  representaba  el  que
llevaría a cabo el hombre divino o Cristo para la reconciliación del primer menor
y para que la creación universal no cambiase de forma, como Adán había
cambiado de cuerpo. Gracias a este culto del hombre divino, el Creador volvió
a bendecir la creación universal; con su culto Noé rememoró que Adán fue
nuevamente bendecido como superior de todo ser creado y hombre divino de la
tierra. Con su invocación intercedió ante la misericordia divina del Creador,
para que reconciliase la tierra con los habitantes que habían alcanzado Su
gracia.

 

 

 

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Noé obtuvo el perdón que suplicaba y la tierra se reconcilió con los
hombres, recuperando, tras cuarenta años, su primer estado de vida vegetal.
Noé dijo al Creador, “Sí, Padre Eterno, los desafortunados hombres que has
puesto bajo mi tutela y Tu protección han entendido claramente que puedes
cambiar a tu antojo la faz de la creación universal en un instante, como acabas
de hacer con la tierra, reduciéndola a la nada. Sí, Creador omnipotente, Tu
justicia es absoluta y así lo reconocen todas las criaturas espirituales, tanto
celestes como terrestres. Ante Ti, ni el espíritu más justo puede soportar la luz
sin temblar, ¿cómo podrían ser dignos los débiles mortales de este valle de
lágrimas de su reintegración divina, sin el amparo de Tu gracia?. ¡Oh Creador,
dador de vida!, Vivifica este cuerpo general en el que la criatura te rinde culto
divino,  pues  es  el  receptáculo  general  o  altar  universal  sobre  el  que  te
ofreceremos el sacrificio pacífico de reconciliación.”

 

La  huida  del  cuervo  del  arca  antes  de  que  Noé  avistara  tierra  nos
recuerda la prevaricación de Caín y profetiza claramente la de Cam. Se dirigió
rumbo al sur, lugar donde se retiró Caín y donde se retiraría Cam con toda su
descendencia. No regresó al arca para demostrar la separación entre los hijos
de Caín y los de Set para el Creador; además, simboliza el futuro abandono del
culto divino por los hombres para consagrarse únicamente a la materia.

La paloma, que revoloteó en torno al arca y luego se volvió a posar
sobre ella, es la figura del espíritu angelical divino que dirigía y cuidaba del arca
y de todos los allí cobijados, y comunicaba a Noé la voluntad del Creador para
que se manifestase Su justicia. Además, representa el espíritu que acompaña a
los  menores,  rodeándoles  con  su  círculo  espiritual  para  defenderles  de  la
influencia demoníaca de los espíritus perversos. La forma y las proporciones
del arca indican que era un lugar de confusión, como pueden ver:

 

El arca tenía una longitud de............................ .. 300

___           una anchura de ................................ 50   codos

___           una altura de .................................... 30

380  =   11

El número once es contrario a toda especie de forma corporal, análoga al cuerpo terrestre y a todo lo que procede del él.

 

Noé profetizó la reconciliación universal antes de divisar tierra gracias al
signo espiritual que vulgarmente se denomina arco iris. En efecto, los siete
principales espíritus universales se le presentaron como una enorme señal
semicircular de fuego de diferente color, uno de cuyos extremos señalaba la
cima del monte Ararat y el otro el arca. Noé se dispuso a contemplar la señal
con gran atención, pues no podía leer las intenciones y la voluntad del Creador
sin un examen muy exhaustivo de este signo profético. En ese momento, la
paloma abandonó el arca y se alejó hacia el monte Ararat. Luego, volvió con
una rama de olivo que dejó caer en presencia de Noé, para indicarle que su
liberación estaba próxima. La paloma eligió esta rama de olivo entre todos los
demás árboles, indicando así a los hombres el fruto que deberían utilizar para
ungir  y  distinguir  a  los  poderosos  encargados  de  ofrecer  culto  al  Creador,

 

 

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como, efectivamente, se haría en Israel y entre todos los sabios. Al repartir Noé
la  tierra  entre  sus  tres  hijos,  repitió  la  actuación  de  Adán  con  sus
descendientes. Relegó a Cam a la región sur, que había pertenecido a Caín;
entregó a Sem la región oriental, que había sido dada a Abel; y a Jafet le
concedió la región septentrional, que había sido de Set. Noé permaneció con
su mujer en el centro de la tierra. Esta división de la tierra en tres partes o
regiones, realizada en diferentes épocas, nos revela su forma triangular, como
explicaré más claramente al hablar de los principios de la materia aparente.

 

Noé, antes de dejar salir a los habitantes del arca, para que cada uno se
dirigiese al lugar que le estaba destinado, también les dijo: “Recordad, tierra y
animales  racionales  e  irracionales,  que  la  terrible  catástrofe  que  habéis
presenciado ha sido un castigo para los pecadores ante los ojos del Creador; y
recordad, al mismo tiempo, que la misericordia y la bondad divina os han
preservado de ese terrible castigo. Las aguas que se han alzado hasta las
puertas del firmamento y han destruido toda la naturaleza ante vuestros ojos,
representan la nada en la que se encontraba la naturaleza universal antes de
que el Creador concibiese en Su imaginación la creación espiritual y temporal.
Nos enseña claramente que todo ser temporal procede directamente de Su
pensamiento  y  Su  voluntad  y  todo  ser  espiritual  divino,  de  Su  emanación
eterna.  La  creación  concierne  únicamente  a  la  materia  aparente,  pues  no
procede de nada, salvo de la imaginación divina, y debe volver a la nada; pero
la emanación concierne a seres espirituales reales e imperecederos. Todos los
espíritus, mayores o menores, existirán eternamente en su individualidad en el
círculo de la Divinidad. El Padre Eterno es Creador no  sólo  por  habernos
creado, sino también porque no cesa ni cesará de crear virtudes y poderes
espirituales para los elegidos emanados de Él. Estos seres espirituales están,
en verdad, innatos en la Divinidad, como la simiente de la reproducción de
formas está innata en el cuerpo general y particular del universo. No podéis
negar a la Divinidad este privilegio de emanación espiritual, pues tenéis ante
vosotros una demostración física de esta ley de la reproducción de las formas.
No olvidéis nunca lo que el Creador ha hecho por vosotros. Sois el testimonio
cierto de la manifestación de Su gloria y Su justicia. No admitáis jamás otro
Creador de todo lo que perciben vuestros ojos corporales y espirituales, pues
nada existe, ha existido ni existirá jamás sin Su voluntad. No neguéis nunca
que  todo  procede  de  Él,  no  de  los  malditos  espíritus  tentadores  que  han
precipitado a vuestros semejantes en los horribles abismos de la materia con
sus insinuaciones demoníacas, pretendiendo orgullosamente ante los hombres
ser verdaderos dioses, dadores de vida, vivos y con vida eterna. Id en paz bajo
la protección del Creador a la región de la tierra que se os ha asignado; sed
guardianes  de  esta  herencia,  como  lo  serán  vuestros  descendientes,  de
generación en generación, hasta el final de los siglos. ¡Maldito sea aquel de
vosotros que borre de su memoria los preceptos, leyes y mandatos que el
Creador entrega por segunda vez a la criatura universal y a quienes están
innatos en todo ser espiritual de emanación!. Entre estos seres espirituales se
encuentran los mayores, que habitan cerca del trono de la dominación divina y
deben comunicar a los hombres la voluntad del Padre Eterno; los inferiores
actúan en toda la extensión de la creación universal, sea en el cuerpo terrestre,
acuático, ígneo o en el eje central. Recordad que el Creador, al redimir la tierra,
también  os  ha  redimido.  Ha  repetido  ante  vosotros  el  tipo  de  la  creación

 

 

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universal, para que relatéis a vuestros descendientes que los habitantes de la
tierra perecieron, confundidos con el resto de las bestias, en los abismos de su
dios  material. ¡Quiera  el  Creador  todopoderoso  que  vosotros  y  vuestros

descendientes  no  corráis  la  misma  suerte!.  Pues  ningún  menor  sería preservado para redimir la tierra y a sus habitantes, todo sería reducido a polvo y cenizas; todo se convertiría en la nada y los menores espirituales caerían en privación divina por una eternidad.  ¡Id en paz y recibid la bendición que os imparto en nombre del Padre Eterno todopoderoso!”

 

Tras estos prolegómenos, Noé liberó a todo su pueblo de su protección
espiritual, para que cada uno disfrutase libremente de sus virtudes, facultades y
poderes en el lugar de la tierra que les había sido destinado. Él y su mujer
permanecieron en el centro de la tierra, como ya he dicho, y tuvieron una
numerosa descendencia. En el momento adecuado les explicaré el tipo de la
residencia de Noé en el centro de la tierra. Ya les he aclarado que Noé fue el
tipo del Creador, el de la justicia  (por la construcción del arca) y el de la
redención  (por la fuerza de su invocación, que reconcilió a la tierra y a los
menores preservados del castigo universal con el Creador). Ahora les hablaré
de la descendencia que tuvo Noé en su nueva morada. Fueron en total diez
hijos, siete varones y tres hembras. Gracias a ellos se restableció el culto al
Creador, ofreciéndole sacrificios puros sin más interés que el de Su gloria y la
santificación de los menores. Cada uno de los siete hijos de Noé recibió del
Padre Eterno un don particular. Uno tenía el don de realizar espiritualmente la
voluntad del Creador, para beneficio e instrucción de sus hermanos; otro, el
don  de  profetizar;  otro,  el  de  la  interpretación;  y  así  sucesivamente.  Las
Escrituras relatan largamente los diferentes dones con que el Creador dota a
ciertos hombres emanados de Él, para la manifestación de Su gloria. Gracias a
sus  diferentes  dones,  los  hijos  de  Noé  restablecieron  los  distintos  cultos
necesarios para su misión espiritual y temporal. La segunda descendencia de
Noé también recuperó los diferentes ceremoniales, oraciones e invocaciones
necesarios para el culto; asimismo, restableció la duración inicial del tiempo, las
horas, días, semanas, meses y años, que en la actualidad ya no se calcula
como en los primeros tiempos.

 

No debe sorprenderles que Noé tuviese esta segunda descendencia, a
la que llamó “hombres dioses de la tierra”, pues él había representado el tipo
del   Creador.   Tampoco   debe   sorprenderles   que   las   obras   de   estos
descendientes fuesen meramente espirituales, no materiales temporales, pues
no recibieron parte alguna en la división de la tierra. Las Escrituras no hablan
sobre esta segunda descendencia, pero no pueden ignorar que Noé representó
el tipo del primer crimen de Adán y el de sus hijos Caín y Set. Asimismo,
representó  el  tipo  de  la  reconciliación  de  Adán  y  la  de  su  descendencia
espiritual, como voy a explicarles. Adán, ser impuro ante el Creador por estar
revestido de un cuerpo material, sólo podía tener una descendencia material,
condenada de generación en generación a rendir un culto mixto espiritual y
material. Lo mismo ocurre con los tres hijos varones nacidos de Noé antes de
su elección y de la manifestación de la justicia divina. Pese a que no habían
delinquido, estaban manchados por los crímenes cometidos en su presencia
por su generación prevaricadora. Se purificaron en el ayuno, la oración y el
dolor en cuerpo y alma al presenciar el castigo universal que recayó sobre la

 

 

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tierra.  Esta  expiación  nos  revela  que,  aunque  el  menor  sea  justo  ante  el Creador, el fuego espiritual deberá purificar la mancha de su forma material incluso si ha rechazado todos los ataques del intelecto maligno, como veremos con más detalle al hablar de la materia y las formas corporales.

 

Sin   embargo,   cuando   Adán   logró   su   reconciliación   tuvo   una
descendencia espiritual que recibió el nombre de  “hijos de Dios”. De igual
modo,  Noé,  tras  su  elección  espiritual,  tuvo  una  segunda  descendencia
destinada a realizar únicamente obras espirituales, como ya les he dicho.

Los  siete  hijos  de  la  segunda  descendencia  de  Noé  entendieron
perfectamente que el culto que debían rendir al Creador era exactamente el
que Él esperaba de Su primer hombre. Gracias a su trabajo y a los dones que
habían recibido, se convirtieron en las siete columnas espirituales divinas que
debían  sostener  el  universo  y  preservarlo  del  castigo  del  Creador;  con  la
justicia de sus obras, debían lograr el perdón divino para los pecadores de los
siglos  futuros.  Pero  estos  sabios  no  realizaron  su  misión  durante  mucho
tiempo; los hombres a quienes instruían se perdieron en todo tipo de pasiones
y en la codicia criminal, pese a las instrucciones y el ejemplo que tenían ante
sus ojos, obligando a los sabios a dejarles caer bajo el yugo del demonio y el
azote de la justicia divina. El castigo divino no recayó únicamente sobre los
hombres prevaricadores, sino también sobre sus ciudades y casas, que fueron
destruidas   por   las   plagas   que   el   Creador   envió   con   sus   ángeles
exterminadores. Tal fue la suerte de la ciudad de Enah, construida por Caín, las
ciudades de Egipto, Sodoma y Gomorra, Jericó, Jerusalén y tantas otras. La
destrucción de sus monumentos demostraba que las obras de los hombres
eran  únicamente  obras  materiales  realizadas  por  la  influencia  del  intelecto
demoníaco; todas estas ciudades fueron destruidas porque no escucharon la
palabra de los justos, por lo que su poder espiritual no pudo beneficiar a sus
habitantes. Esto no debe sorprenderles; en estas ciudades no había nacido ni
un hombre justo, más bien al contrario, sus habitantes hacían todo lo posible
por destruir a aquellos o aquellas que profesaban la instrucción espiritual entre
ellos o entre las naciones con las que mantenían contacto material. Si echan un
vistazo a su alrededor, verán que lo mismo ocurre en el siglo presente. Basta
con observar las ciudades actuales, sus habitantes, las acciones que realizan
cotidianamente, tanto en su interior como exteriormente: verán, sin lugar a
dudas,  que  actualmente  reina  la  misma  codicia  en  el  universo  que  en  los
primeros siglos.

No  deben  creer  que  las  ciudades  actuales  serán  castigadas  por  las
mismas plagas que antaño, aunque sean igualmente criminales y construidas
por la mano del hombre. El Creador puede recompensar sin descanso a los
menores fieles, así como enviar nuevos castigos y plagas desconocidas a los
prevaricadores; es imposible escapar a la justicia divina. Observen, además,
que  el  castigo  a  las  ciudades  antiguas  ocurrió  porque  el  número  perfecto
septenario de hombres justos había dejado de existir sobre la tierra, pues el
Creador había llamado a la mayoría de ellos; esto fue una advertencia de que
el  Padre  Eterno  iba  a  abandonar  a  los  hombres  de  ese  tiempo  a  su
desafortunado destino. Ese castigo fue anunciado por el castigo universal que

 

 

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azotó a los descendientes de Caín y a casi todos los de Set, pues los únicos hombres justos eran el bienaventurado Noé y sus hijos.

 

Hemos visto que cada uno de los hijos de la segunda descendencia de
Noé  recibió  un  don  espiritual  divino  que  debía  utilizar  siguiendo  las
instrucciones  de  la  Divinidad.  También  hemos  visto  que  establecieron  los
diferentes  intervalos  de  tiempo  adecuados  a  la  realización  de  los  distintos
cultos.  Sin  embargo,  para  esta  división  espiritual  del  tiempo,  horas,  días,
semanas,  meses  y  años  siguieron  una  regla  de  cálculo  completamente
diferente a la seguida por sus hermanos temporales para sus operaciones
espirituales y materiales terrestres. No podía ser de otro modo,  ¿acaso no
deben  observarse  para  el  cultivo  de  la  tierra  intervalos  de  tiempo,  días,
semanas,  meses  lunares  diferentes?.  Si  el  agricultor  descuida  todas  esas
reglas, ¿no será su siembra en vano, obteniendo por su trabajo una cosecha
mediocre comparada con la que habría conseguido de observarlas?. Es una ley
ineludible que procede del Creador, fue prescrita al hombre al condenarle a
cultivar la tierra y podemos ver que debe realizarse y cumplirse con nuestros
propios ojos. ¿Por qué no habría de estar el culto espiritual sujeto a una ley
similar, a un ceremonial exacto y a una estricta observación del tiempo y las
estaciones?.

El culto divino tiene una naturaleza muy diferente al cultivo de la tierra,
por  lo  tanto,  no  debe  sorprenderles  que  los  segundos  hijos  de  Noé
estableciesen todo lo relativo a su culto espiritual de manera diferente a sus
predecesores, quienes, como ya he dicho, realizaban un culto mixto espiritual y
material terrestre. ¿No demuestra esto que la segunda descendencia de Noé
contaba con mayor preparación y experiencia en el culto espiritual divino que la
primera?.  Quien  pretenda  desarrollar  dos  talentos  al  mismo  tiempo,  no
alcanzará la perfección en ninguno de ellos; sin embargo, aquel que tenga un
solo  talento  y  lo  practique  rigurosamente,  sin  duda  alguna  logrará  mayor
perfección que cualquier otra persona. He aquí por qué los hijos de la segunda
descendencia de Noé destacaban en el culto espiritual y sobrepasaban en él a
sus hermanos mayores. Por tanto, no debe asombrarnos que esos hombres
Dioses estableciesen un ceremonial diferente para el culto que debían realizar.
No le corresponde al hombre temporal y terrestre condenar esta práctica, pues
no puede tener un conocimiento perfecto de la misión de esta descendencia
espiritual; si lo tuviese, se guardaría de condenarla.

 

Esta segunda descendencia de Noé representaba el extraordinario tipo
de los siete principales espíritus superiores divinos; debido a su gran virtud,
poder y sabiduría era, además, el tipo de los siete principales seres espirituales
mayores, dedicados a conservar y sustentar este universo. Estas respetables
personas habían sido enviadas por el Creador para intervenir espiritualmente;
no debe sorprenderles, por tanto, que el desempeño de todas sus operaciones
espirituales sea un misterio para los hombres temporales terrestres, dedicados
sólo al culto terrenal. Estos sabios, en su estado de justicia divina y conforme a
su  misión  espiritual,  no  podían  estar  limitados  por  un  tiempo  de  tinieblas
temporales, como los mortales ordinarios. Estas tinieblas o noche no existirían
si nuestro primer padre no hubiese prevaricado. Si Adán sólo hubiera tenido
una descendencia de Dios, como deseaba el Creador, todas sus acciones

 

 

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serían ajenas a las tinieblas de la naturaleza elemental, pero su pecado hizo nacer de él descendientes materiales y hombres de tinieblas.

 

Sin embargo, los segundos descendientes de Noé fueron, en verdad, descendientes  de  Dios,  al  ser  concebidos  sin  excesos  de  los  sentidos materiales. Así, aunque estaban confinados en una forma corporal, gozaban de las mismas virtudes y poderes que poseía Adán en su estado de gloria. Estos hombres sólo se dedicaban a obras divinas para gran gloria del Creador y debían  realizar  sus  acciones  espirituales  en  momentos  establecidos  por  la voluntad de la Divinidad. Asimismo, según sus dones particulares, recibieron leyes  de  orden  inmutables  que  regirían  sus  diferentes  actividades,  como detallaré a continuación.

 

El  primogénito  de  esta  descendencia  representó,  ante  sus  seis
hermanos,  el  tipo  del  espíritu  intérprete; recibió del Creador la facultad de
interpretarles los dones procedentes de sus acciones, siendo el primero en
poner en práctica el poder y la virtud que había recibido. No se separó de su
padre Noé hasta que fue llamado por el Padre Eterno, al finalizar el tiempo
prescrito para sus acciones espirituales divinas temporales. Este primer sabio
estableció el intervalo de tiempo necesario para sus actividades; según las
órdenes recibidas, determinó que sería un cuarto de nuestros días ordinarios.
Pese a que era un ser pensante para el que no existían las tinieblas, estableció
este intervalo para proporcionar a sus hermanos y a sus futuros discípulos una
regla fija para los diferentes trabajos del culto divino. El segundo hijo llevó a
cabo su actuación espiritual en cuanto el primero finalizó la suya. Esta segunda
intervención fue similar a la primera, aunque no tenía la misma finalidad, ni
utilizaba las mismas palabras, pues el don que había recibido era diferente al
concedido a su hermano mayor. Tenía el don de la profecía para manifestar la
justicia divina. Con él se completó la mitad del tiempo, pues añadió al primer
intervalo otro de seis horas para desarrollar su trabajo. Deben saber que el
tercero  de  estos  sabios  había  recibido  el  don  de  la  astronomía  universal,
general y particular, y el cuarto, el poderoso conocimiento del verbo utilizado
por el Creador en toda Su creación temporal. Éste último se dedicaba a la
conservación de los cuerpos humanos durante su vida temporal; de ahí derivó
el arte de sanar radicalmente las enfermedades, como explicaré al hablar de
los diferentes acontecimientos vividos por las formas corporales. Debo añadir,
además, que los cuatro primeros sabios representaban el tipo de los profetas
pasados y futuros.

 

Deben  saber  que  un  intervalo  sólo  determina  un  tiempo  continuo  y
constante cuando el inicio de un segundo intervalo fija su duración, formando
así ambos juntos la mitad de un tiempo, que está formado por cuatro intervalos.
Así, los cuatro primeros hijos de la segunda descendencia de Noé fijaron los
cuatro intervalos de un tiempo, realizando cada uno su actuación espiritual
durante seis horas. Los dos primeros intervalos formaban la mitad del tiempo
diario temporal y los dos últimos la otra mitad. Unos pertenecían al día, los
otros a la noche, conformando en su totalidad el tiempo justo y completo según
los  límites  establecidos  por  el  Creador  para  el  transcurso  cotidiano  de  Su
creación universal. Aunque los cuatro primeros sabios fijaran un tiempo para
sus operaciones espirituales, por lo que el día actual de veinticuatro horas tomó

 

 

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su primer estado de naturaleza diaria y nocturna, deben recordar que dichos sabios no estaban sometidos al tiempo fijado, ni su espíritu lo estaba a los límites e intervalos que acababan de establecer.

 

La idea del tiempo es inadmisible para el espíritu. Así, los intervalos que
los  sabios  señalaron  para  sus  operaciones  espirituales  no  afectaban  a  su
naturaleza de seres pensantes; el día temporal no era una limitación para su
espíritu, como lo es para la naturaleza corporal. Por el contrario, definiendo así
sus intervalos espirituales daban a entender que habían sido definidos por el
espíritu. Las naciones por las que se repartieron estos sabios no supieron
distinguir esta división espiritual del tiempo, de la división ordinaria que ocurre
cotidianamente en la naturaleza creada; esto les llevó a burdos errores de
cálculo, haciéndoles tomar cada intervalo espiritual como un día temporal.

 

Pero antes de profundizar en este punto, debo revelarles los diferentes
dones de los tres últimos hijos de la segunda descendencia de Noé. El quinto
de estos descendientes tenía el don de la siembra, del cultivo terrestre. El
sexto,  el  del  conocimiento  del  carácter  literal  y  jeroglífico  celeste,  terrestre
espiritual,   superior,   mayor   inferior   y   menor   divino.   Además,   conocía
perfectamente los caracteres jeroglíficos de todo ser espiritual demoníaco. El
séptimo recibió el don de la construcción de edificios espirituales para glorificar
el culto al Creador, al igual que Adán, Set, Enoc y Noé, quienes alzaron altares
al Señor.

 

Moisés  demostró  que  tenía  ese  mismo  don  al  construir  el  arca
misteriosa, el altar y el tabernáculo; así como por su manejo de los minerales,
madera y    demás materiales, que transformó y elaboró en sus operaciones
espirituales con Besalel. Moisés trazaba el plano de los edificios y Besalel los
construía. Estos tres sabios hijos de Noé tuvieron la misma conducta en su
operación  espiritual  que  los  cuatro  primeros,  pero  como  sus  dones  eran
diferentes, su intención y sus palabras también habían de serlo. Los cuatro
primeros, que establecieron la duración del día mediante cuatro intervalos de
operación,  no  conocieron  mujer,  consagrándose  por  completo  al  culto  al
Creador.  Representaban  el  tipo  real  de  los  elegidos  por  el  Creador  para
manifestar Su gloria y Su justicia. Representaban, además, a los justos de
épocas  pasadas  y  futuras,  como  Enoc,  tan  honrado  por  las  Escrituras,
Melquisedec, Elías y Cristo;   dos de ellos fueron alzados del centro de la tierra
por el fuego espiritual, los otros dos,  mediante  su  propio  cuerpo  de  gloria
espiritual divina, como demuestra claramente la resurrección de Cristo como
hombre divino.

Hemos visto anteriormente que Noé había liberado de su tutela a los tres
hijos de su primera generación: Sem, Cam y Jafet. Estos tres hombres sólo se
dedicaban a cuidar y cultivar la porción de tierra que habían recibido, para
atender a sus necesidades y a las de su familia presente y futura. Por ese
motivo,   pasaron   bastante   tiempo   sin   meditar   sobre   las   instrucciones
espirituales  recibidas  de  Noé;  no  se  preocuparon  de  dividir  el  tiempo  en
intervalos de horas, días, semanas, meses y años. En pocas palabras, todo su
culto divino se limitaba a saber que existía un ser todopoderoso superior a toda
cosa creada a quien llamaban Abavin 8, que en lengua noequita quiere decir

 

 

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“Espíritu doblemente fuerte” por el que el Creador ha operado todas las cosas,
que filosóficamente denominamos “acción divina del Creador”. Esta palabra de
origen noequita o china es la misma que utilizaban los judíos en esos tiempos,
pues la conocían perfectamente. Los hebreos también la conocían y todavía la
conocen,  porque  entre  ellos  siempre  hay  alguien  que  conserva  parte  del
conocimiento  de  su  primera  lengua.  También  Adán  y  sus  descendientes
utilizaban esta palabra, pues fueron los primeros en hablar la lengua judaica,
reservada por la nación espiritual divina para Su criatura menor.

 

Quiero  hacer  aquí  una  distinción  entre  la  palabra  judío  y  la  lengua judaica, y la palabra hebreo y la lengua hebrea. Judío significa  “justo” y la lengua judaica significa “lenguaje de la santidad” del Espíritu divino que dirige la   operación   de   estos   hombres   justos.   La   palabra   hebreo   significa “descendencia de un hombre sabio”, llamado Héber por las Escrituras, y la lengua hebrea  significa  “idioma  de  los  descendientes  de  Héber”.  Pero  esa lengua es muy diferente a la judaica, pues entre los descendientes de Héber no hubo ningún judío u hombre justo y el Padre Eterno no ha enviado a nadie para enseñarles el verdadero lenguaje que han perdido, pese a que creen haberlo conservado y utilizarlo con gran precisión.

La lengua judaica es muy simple y no se basa en resoluciones humanas,
como la lengua de los hebreos. Los verdaderos judíos saben que el origen
alfabético de su lengua está en la parte celeste, no ha sido acordado por los
hombres. Todos los caracteres de esta lengua están claramente escritos en la
orientación  de  las  estrellas,  de  donde  proceden.  Los  hebreos  utilizan  los
mismos caracteres que los judíos, pero les añaden acentos, vírgulas y una
puntuación  diferente,  pronunciándolos  entonces  de  manera  contraria  a  su
naturaleza pura y simple. Utilizo la palabra israelita aunque el nombre de Israel
no era aún conocido en el tiempo del que les hablo. Israel significa  “fuerte
contra Dios” e israelitas, “fuertes en Dios”. Por eso doy ese nombre a los sabios
noequitas de la descendencia de Noé. Todo esto indica, por tanto, que la
palabra hebreo quiere decir “confusión”, como demuestra claramente el nombre
de Israel, que este pueblo recibió por orden del Creador y que significa “fuerte
contra el Padre Eterno”. Nada en el mundo agrada más y tiene mayor poder
ante el Creador que la oración y la invocación de los judíos, y nada le es más
indiferente ni le parece más miserable que el corazón de los hebreos. Esto no
debe sorprenderles, pues ese pueblo no posee las leyes divinas, se contenta
con seguir el ritual de una ley que le ha sido humillantemente retirada. Sigamos
con los diferentes acontecimientos sucedidos a la descendencia de Noé.

Noé pasó el primer siglo con su segunda descendencia, instruyéndoles
durante 130 años bajo su tutela temporal y espiritual. Educó a los siete hijos
varones de esta descendencia en las leyes del Creador. Consagró a los cuatro
mayores, seres totalmente pensantes, únicamente a la Divinidad. Estos cuatro
sabios  se  dedicaron  exclusivamente  al  culto  divino,  sin  participar  en  modo
alguno  en  los  cultos  terrestres.  Los  otros  tres  realizaban  ambos  cultos,  el
temporal terrestre y el espiritual; es decir, no participaron en el gran culto divino
reservado a sus cuatro hermanos mayores. En efecto, el primogénito era el tipo
de los futuros grandes sacerdotes y consagrados; fue el primer hombre de
dicho tiempo que repitió el primer sacrificio de Adán, a manos de Caín, su hijo

 

 

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mayor, contra Abel, su hijo menor. El primer hijo de Noé fue, en su calidad de
intérprete espiritual, el primer responsable de todo tipo de operación divina; fue
el primero que metió la mano en el incensario como sacrificio ante el Creador.
Realizaba en solitario y en voz baja la gran invocación para el descenso del
espíritu al consumarse el sacrificio de expiación y reconciliación. Se situaba
solo ante el altar de sacrificios, con sus tres hermanos alineados tras él para
asistirle en la gran operación del culto divino. Moisés repetiría esta misma
operación, asistido por Aaron, Ur y Besalel. Y también lo haría Aaron, asistido
por sus hijos. En el templo de Salomón se seguía el mismo orden; también la
Iglesia  de  Cristo  sigue  cumpliéndolo,  ofreciendo  sacrificios  en  el  altar  de
purificación mediante la mano, intención y palabra del celebrante, asistido del
primer, segundo y tercer diácono. Como verán, en verdad las operaciones de
esta naturaleza se ha perpetuado hasta nuestros días, sus tipos no tienen
origen en la imaginación de los hombres, sino en el Creador Eterno.

Debo revelarles ahora la tarea encomendada por Noé a los tres últimos
hijos de esta segunda descendencia. Les ordenó que visitaran las tres regiones
terrestres (oeste,  sur  y  norte),  habitadas  desde  hacía 141  años  por  sus

primeros  descendientes,  llamados  Sem,  Cam  y  Jafet.  Tras  recibir  las instrucciones necesarias para su misión y confirmar la voluntad del Creador, mediante sus operaciones espirituales divinas, partieron con sus hermanas, a quienes habían tomado como mujer y con las que tuvieron descendencia. No llevaron con ellos provisión alguna, pues sabían que encontrarían en la tierra con qué alimentarse y cubrir sus necesidades corporales.

El mayor de los tres hijos fue, con su mujer y sus hijos, a la región sur; el
segundo, su mujer y sus hijos, a la región oeste; el tercero, también con su
mujer e hijos, a la región norte o aquilón, como se denominaba en la primera
lengua. Fueron a las diferentes partes del mundo para perpetuar entre sus
hermanos y entre sus hijos el ceremonial del culto divino, para que los pueblos
no olvidasen totalmente el culto que el Creador les exigía, por la gracia y
misericordia  infinita  que  les  habían  concedido.  Realizaron  tales  prodigios
espirituales ante estos pueblos que sus habitantes no dudaron en aceptar las
instrucciones,  consejos  y  lecciones  espirituales  divinas  que  los  tres  sabios
impartían en su región, conforme a su misión y a las órdenes que habían
recibido.  Sin  embargo,  debían  empezar  predicando  a  estas  naciones  una
doctrina meramente temporal, para ponerse a su nivel, antes de hacerles pasar
del culto temporal al culto espiritual. Y eso hicieron, como voy a explicarles.

 

Estos primeros pueblos no habían acordado entre ellos las horas, los
días, los meses, los años y las estaciones; vivían prácticamente como las
bestias, con la única diferencia de que reconocían a un ser superior a ellos,
como  ya  he  dicho.  Toda  su  ciencia  temporal  y  espiritual  se  limitaba  a
diferenciar el día de las tinieblas (o noche), entendiendo que éstas anunciaban
el descanso y el día debía servir para su acción ordinaria temporal terrestre.

Los  tres  sabios  comenzaron  estableciendo  una  medida  de  tiempo
basada en la división espiritual realizada por sus cuatro hermanos mayores
para  las  cuatro  primeras  operaciones  del  gran  culto  divino;  es  decir,
establecieron entre estas naciones las mismas pautas que habían visto seguir y

 

 

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habían  seguido  ellos  mismos  con  su  padre.  Esto  era  indispensable  para
establecer el culto divino entre esas naciones. Los tres maestros espirituales
se dedicaron entonces a relacionarse con algunos de los habitantes de estas
regiones, educándoles en las ciencias que cada uno profesaba. Les hacían
entender que, pese a que la noche de tinieblas estaba hecha para el descanso
del cuerpo del hombre, no ocurría lo mismo con el menor espiritual divino, que
no podía permanecer en inacción, debido a su naturaleza espiritual; el Creador
no podía haber emanado de su seno a los menores, sus semejantes, en un
estado de adormecimiento, aletargados como sus formas corporales, que eran
simples seres pasivos y aparentes destinados a confundirse en la imaginación
divina, que les hacía parecer tal como eran. Una vez que los sabios hubieron
dispuesto así a sus discípulos, les propusieron participar en los trabajos del
culto espiritual. Para ello, les hicieron practicar la meditación, las oraciones y el
ceremonial adecuado como preparativo para las diferentes actuaciones que
deberían  realizar;  luego  eligieron,  entre  estos  discípulos,  a  los  cuatro  más
capaces, mejor preparados y con mayores deseos de alcanzar el conocimiento
perfecto de las ciencias divinas que sus maestros profesaban. Cada uno de los
tres sabios maestros espirituales situó a sus cuatro elegidos en su círculo
misterioso de trabajo durante el tiempo necesario para que alcanzasen, sin
precipitación,  el  trabajo  espiritual  que  les  había  sido  indicado.  El  primer
discípulo fue situado en el círculo misterioso a la salida del Sol y permaneció
allí seis horas de nuestro día común. El segundo tomó entonces su lugar,
permaneciendo allí el mismo tiempo. El tercero y el cuarto siguieron la misma
pauta que los dos primeros, de manera que las cuatro operaciones de los
discípulos comenzaron con la salida del Sol y terminaron cuando el Sol volvió a
salir. Este es el origen del primer cálculo temporal de los hijos de Noé, que
denominamos noequitas o chinos, porque el pueblo chino y japonés procede
directamente de los descendientes de la primera generación de Noé, es decir
de Sem, Cam y Jafet que habitaban en los tres ángulos de la región de China,
de donde proceden todos los pueblos de la tierra, y de los tres últimos hijos
varones  de  la  segunda  descendencia  de  Noé.  Ya  les  he  dicho  que  las
Escrituras no hablan de esta segunda descendencia; este silencio no debe
extrañarnos, aunque omiten a ciertos sujetos muy interesantes para el hombre
deseoso  de  aprender.  Quizás  tuvieran  para  ello  ciertas  razones  legítimas,
quizás  los  traductores  no  consideraran  necesarios  esos  detalles  para  la
instrucción de hombres incapaces de satisfacer su curiosidad. Pero volveré a
hablar de esto más adelante, así como de los nombres de estos siete hijos
varones.

 

Esta operación de los cuatro discípulos fue el origen de su cálculo diario;
según  su  incomprensible  acuerdo  espiritual  temporal,  cada  una  de  las
operaciones realizadas en un intervalo de seis horas formaba, en verdad, un
día, de acuerdo al culto espiritual divino que profesaban para gloria de Dios.

 

Como acabamos de ver, estos primeros pueblos no habían establecido
entre ellos la duración de los días de trabajo espiritual que los sabios fijaban
gracias a sus actuaciones, pues no se calculaban como los días de trabajo
material.  Cuatro  intervalos  de  operaciones  espirituales  forman  un  tiempo
completo para el espíritu, en beneficio de aquel que los realiza y lo invoca. Las
cuatro operaciones de los primeros discípulos, por tanto, dividían los días que

 

 

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conocemos en cuatro partes iguales, igual que podríamos dividirlos nosotros
mismos en cuatro intervalos de seis horas; así los sabios hacían cuatro días de
cada uno de nuestros días comunes. En su cálculo diario temporal, los chinos
introdujeron este cálculo espiritual de las operaciones del culto divino que los
hombres debían ejercer, según el misterioso ejemplo que cada uno de los
sabios  presentaría  a  su  nación;  mediante  esta  misma  división,  los  sabios
también establecieron el tiempo que debía servir para señalar los años.

 

La división temporal del ritual de oración del culto divino realizada por Abraham, Ismael, Isaac y Jacob a su verdadera descendencia israelita, se observa aún en nuestros días en los cuatro intervalos de oraciones de nuestra iglesia. Esto nos enseña que el ceremonial de los diferentes cultos que se han realizado y se realizan en la tierra procede de los cuatro primeros hijos de la segunda  descendencia  de  Noé,  quienes  transmitieron  a  los  hijos  de  sus hermanos de la primera descendencia  (Sem, Cam y Jafet) lo que les había enseñado el Creador.

 

Estas fueron las pautas de establecimiento de los días espirituales que
siguieron los noequitas o chinos, incluyéndolas en su historia civil como días
temporales  comunes  de  la  naturaleza  universal.  Ahora  les  contaré  cómo
establecieron  sus  meses,  pues  para  sus  semanas  no  siguieron  el  cálculo
espiritual que les fue enseñado. Los tres sabios maestros espirituales enviados
por Noé decidieron elegir otros tres discípulos para que se uniesen a los cuatro
anteriores, por cuya operación se habían dividido los días temporales en cuatro
intervalos. Estos tres últimos discípulos fueron formados en la práctica de los
diferentes cultos divinos a los estarían destinados. Así, cada sabio contaba con
siete  discípulos  en  cuya  precisión,  celo  y  firmeza  podía  confiar  para  las
diferentes  operaciones  espirituales  del  culto  divino.  De  este  modo,  sus
discípulos  completaban  el  número  septenario,  siguiendo  el  ejemplo  de  la
segunda descendencia de su padre Noé, a la que ellos mismos pertenecían.
Eligieron   el   número   septenario   porque   el   Padre   Eterno   realizó   seis
pensamientos divinos para la creación universal; el séptimo día, entregó siete
dones espirituales y vinculó a siete espíritus principales a toda Su creación,
para que sostuvieran todas sus operaciones temporales, según su duración
septenaria.

Los  siete  primeros  sabios  de  la  descendencia  de  Noé  tomaron  este
ejemplo como guía de conducta; así, entre los hombres futuros, perduraría el
conocimiento y relación de estos siete espíritus principales que el Creador
entregó al universo para revelar a la criatura inferior y menor Su voluntad y
para que alcanzara, gracias a la inteligencia espiritual, el conocimiento perfecto
de las obras divinas. Las Santas Escrituras nos hablan, además, de los siete
ángeles, los siete arcángeles, los siete serafines, los siete querubines, los siete
lugares espirituales, los siete tronos, las siete imperios, los siete poderes, los
siete jueces de Israel, los siete guías principales tras Moisés o Aaron, los
cuatro hijos de Aaron y Besalel, los setenta años de cautividad de Israel, las
siete semanas de Daniel, los siete días de la semana temporal; los siete dones
que Cristo entregó a sus discípulos, origen de los siete primeros padres de la
Iglesia  cristiana,  que  han  ejercido  las  siete  órdenes  espirituales  entre  sus
discípulos; el candelabro de siete brazos colocado en el templo de Salomón,

 

 

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representado aún en la iglesia de San Pedro de Roma. La duración temporal
del número septenario se calculo filosóficamente en siete mil años; por otro
lado, cuando las Escrituras dicen que Dios dedicó el séptimo día a su propia
obra bendiciendo la creación universal, esa bendición hace referencia a los
siete principales espíritus divinos que el Creador vincula a toda criatura incluida
o  contenida  en  la  creación  universal.  Esta  unión  de  los  siete  espíritus
principales  queda  representada  por  la  intervención  de  los  siete  planetas
responsables de la transformación, el grado y la protección de la acción del
universo.  El  universo,  al  haber  completado  su  concepción  por  el  número
septenario, también volverá por este número a la imaginación de Aquel que lo
ha concebido.

 

Continuaré  con  la  explicación  del  sistema  de  determinación  de  los
meses entre los noequitas, tras completar los sabios el número septenario de
sus  discípulos.  Asignaron  a  cada  uno  de  estos  discípulos  cuatro  días
consecutivos  de  operaciones  espirituales  divinas;  es  decir,  cada  uno  se
dedicaba exclusivamente al culto al Creador desde la salida del Sol, hasta que
volvía a salir el día siguiente para que el espíritu divino permaneciese con ellos.
De este modo, el culto divino se realizaba desde la mitad del descanso de
estos siete menores espirituales, verdaderos Israelitas. Utilizo aquí la palabra
israelitas pese a que el nombre de Israel no fuese aún conocido en el tiempo
del que les hablo. Israel significa “fuerte contra Dios”, mientras que Israelitas
significa “fuertes en Dios”; por eso doy este nombre a los sabios noequitas de
la descendencia de Noé. Según la pauta establecida, cada uno de los siete
discípulos  tenía  seis  días  ordinarios  temporales  enteros  y  consecutivos  de
descanso corporal, de manera que no podían negar que el culto divino era
mucho  menos  penoso  y  agotador,  y  mucho  más  agradable  que  el  culto
terrestre.

 

Los   siete   discípulos   realizaron   lo   ordenado   por   sus   maestros
espirituales, luego enumeraron sus operaciones, para un total de 28 intervalos;
este número les dio en qué pensar, pues la Luna actuaba sobre la tierra por
este mismo número  28. Esta coincidencia entre el número de operaciones
lunares y el de sus operaciones, les llevó a considerar esas 28 operaciones
como los  28 días de un mes espiritual. Así, ese cálculo pasó también a su
historia civil como mes temporal ordinario. Por eso, cada cuatro meses de los
chinos completan uno solo de los doce que conforman nuestro año.

 

Los  sabios  noequitas  reflexionaron  seriamente  sobre  los  diferentes cursos del astro lunar sobre la tierra y los hombres; al encontrar una perfecta coincidencia con sus operaciones espirituales, decidieron utilizar el número de 28 operaciones de la Luna (o 28 días temporales de la Luna) para establecer sus años espirituales. Como habían hecho con los meses, adoptaron también este  cálculo  en  su  historia  civil.  Por  este  motivo,  el  cálculo  anual  de  los noequitas  o  chinos  establece  trece  años  por  cada  uno  de  nuestros  años ordinarios;  este  calendario  lo  siguieron  durante  los  cuatro  primeros  años posteriores al inicio de sus acciones espirituales.

 

Quiero que sepan que el cálculo lunar fue el primero que el Creador
entregó  al  hombre;  el  calculo  solar  prácticamente  sólo  lo  adoptaron  los

 

 

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cristianos. El cálculo lunar debemos agradecérselo a los sabios de los que acabo de hablar y permite que el hombre logre un mayor conocimiento de la naturaleza universal y de sus cambios. Dejando de lado el error de cálculo de los  chinos,  es  fundamental  que  el  hombre  deseoso  de  aprender,  ya  sea espiritual  o  terrestre  temporal,  conozca  los  cuatro  sistemas  diferentes  para calcular los días de la Luna en el universo elemental: Luna nueva, cuarto creciente  y  cuarto  menguante.  Volveré  a  tocar  este  tema  al  hablar  de  los diferentes cuerpos planetarios.

 

Ahora  quiero  enseñarles  la  segunda  manera  en  que  los  chinos
establecieron su cálculo temporal. Los descendientes de los tres primeros hijos
de  Noé  y  de  los  tres  maestros  espirituales  eran  ya  muy  numerosos  y  los
discípulos de éstos últimos habían aumentado considerablemente; por eso, el
Creador ordenó que eligiesen un sucesor temporal y espiritual temporal de
cada maestro entre sus hijos carnales. Los tres sucesores recibieron de sus
padres todas las instrucciones espirituales divinas sobre los diferentes cultos a
los que les había destinado el espíritu de la verdad; tras escuchar sus últimas
disposiciones  y  recibir  la  bendición  espiritual,  se  pusieron  con  ahínco  a  la
cabeza de los discípulos ahora encomendados a sus cuidados. Demostraron
claramente las virtudes y poderes recibidos del Padre Eterno y, como era su
derecho y su deber, realizaron una elección espiritual siguiendo el ejemplo de
sus  predecesores,  designando  a  sus  siete  discípulos  más  trabajadores  y
preparados para el culto divino.

 

Posteriormente, decidieron cambiar la frecuencia de sus operaciones, fijándola en una sola vez por semana; así, aumentaban sus años en siete días, introduciendo siete semanas durante las cuales cada uno de los discípulos elegidos operaba una sola vez; este cálculo también fue seguido en su historia temporal  durante  un  siglo  y  medio  de  nuestro  tiempo  ordinario.  Tras  esta época, les sucedieron otros maestros espirituales, también por indicación divina Dios.  Pero,  dado  el  ritmo  al  que  aumentaba  su  descendencia  en  las  tres regiones de la tierra, los tres nuevos maestros se vieron obligados a elegir un número  mayor  de  discípulos.  Así,  eligieron  a  sus  veintiún  discípulos  más preparados, para un total de sesenta y tres; los siete primeros de cada región seguían reservándose para el gran culto, los catorce restantes se dedicaban a instruir espiritualmente al pueblo.

 

Estos  últimos  sucesores  volvieron  a  cambiar  la  frecuencia  de  sus
operaciones, fijándola en dos semanas; así, estas naciones sólo realizaban dos
operaciones en un mes lunar, en fase creciente de la media Luna, es decir,
desde  Luna  nueva  hasta  un  poco  antes  de  Luna  llena;  cada  uno  de  los
maestros conducía su operación una sola vez en ese intervalo, por lo tanto,
realizaban sus siete operaciones en, aproximadamente, tres meses de nuestro
calendario. Esta fue una nueva regla para fijar su año espiritual, que siguieron
durante un siglo y medio del tiempo que conocemos. Cuando murió el primero
de los tres sucesores, que habitaba la región oeste, su sustituto decidió realizar
el gran culto una sola vez en las cuatro estaciones, en el equinoccio de marzo
de cada año, dedicándose el resto del tiempo a la enseñanza. Sin embargo, el
segundo de los sucesores, que ocupaba la región sur, y sus discípulos nunca
cambiaron el cálculo de su calendario; exhortaban a sus seguidores, los hijos

 

 

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de Cam, a no cambiar nunca el orden de días, meses y años establecido por
autoridad divina, amenazándoles con la maldición del Creador si seguían el
ejemplo de las otras dos naciones, la de Sem y la de Jafet. Cada una las tres
naciones perseveró en su último cálculo espiritual: la de Cam tomaba las cuatro
estaciones como cuatro años; la de Jafet, consideraba desde un equinoccio de
marzo  hasta  el  siguiente  equinoccio  de  marzo;  la  de  Sem  tomaba  cada
equinoccio como un año. Las tres naciones adoptaron ese calendario a su
historia civil, persistiendo tenazmente en él tras las inicuas operaciones de
Nemrod  en  Babilonia,  hasta  que  fueron  humillantemente  alejadas  del  culto
divino y desperdigadas por todos los pueblos, de lo que hablaré a continuación.
Por estas naciones conocieron todos los pueblos del mundo la astronomía y la
influencia de los astros planetarios sobre la creación general y particular.

 

Lo que acabo de relatarles sobre las distintas divisiones de días, meses y años de los noequitas explica por qué se consideran entre 15 y 20.000 años más antiguos que Adán y 25.000 años más antiguos que nosotros. No debe sorprendernos que esas naciones no crean en el diluvio universal e incluso que pretendan  no  haberlo  presenciado.  Sólo  los  tres  padres  de  esas  naciones fueron testigos del diluvio. Les resultaba imposible recordarlo sin estremecerse, intentaron por todos los medios borrarlo de su mente, jamás contaron a sus descendientes  nada  de  las  terribles  y  espantosas  cosas  que  habían presenciado, para no asustarles ni revivir los detalles de la desgracia que los prevaricadores desataron sobre la tierra.

 

Su culpabilidad era enorme, pues Noé les había recomendado relatar a
sus descendientes la manifestación de la justicia divina y ellos habían jurado
seguir a rajatabla las instrucciones recibidas del Creador por mediación de   su
padre. Pero la debilidad de estos tres  hombres pasó a sus descendientes
noequitas o chinos, que viven atemorizados por horribles seres, rinden culto a
animales mediante supersticiosas atenciones para intentar impedir el mal que
consideran pueden ocasionarles, pues los ven como dioses o demonios. Esto
es lo que indica su comportamiento; no puedo evitar hablar de ello pues lo he
presenciado personalmente. No entraré en detalles sobre la confusión en la
que  se  sumieron  estos  pueblos,  ya  que  no  tiene  nada  en  común  con  las
maravillas de la naturaleza espiritual divina y la naturaleza universal creada de
las que quiero hablarles.

 

Reflexionen bien sobre las diferentes reglas de división del tiempo para
las operaciones del culto divino seguidas por las tres primeras naciones. ¿No
es cierto que los sabios de Egipto tenían grandes conocimientos de astronomía
y que sus trabajos tenían mayor importancia que los de los chinos?. ¿No era
superior el culto divino de Adán al de los sabios de Egipto?.  ¿No adelantó
Moisés con sus obras a Abraham y a los sabios de Egipto?. ¿No es superior el
culto realizado en el templo de Salomón a todos los precedentes?. Y por último,
¿no es infinitamente superior el culto de Cristo a todos los demás de los que he
hablado?. Esto demuestra claramente que todos los cultos pasados eran una
simple representación de lo que Él realizaría. No daré más detalles al respecto,
ya les he contado lo suficiente para convencerles de que, desde un principio,
se estableció y se fijó a los hombres tanto el ritual, como el tiempo dedicado a
las operaciones del culto divino; todo fue transmitido por el espíritu divino y no

 

 

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procede  de  resoluciones  humanas.  En  efecto,  para  su  institución  espiritual divina, Cristo recomendó a sus discípulos la oración y la invocación diaria cada seis horas del día ordinario de 24 horas. Actualmente, esos siguen siendo los principios de la Iglesia cristiana: la oración y la invocación cuatro veces al día; culto similar al primero que establecieron los sabios hijos de Noé entre las naciones noequitas.

En segundo lugar, Cristo concretó a sus discípulos el tiempo en que debían realizar los cuatro principales cultos divinos; la Iglesia cristiana observa fielmente esta institución con cuatro grandes celebraciones anuales, realizadas en  los  dos  solsticios  y  en  los  dos  equinoccios.  Esto  recuerda  la  segunda disposición espiritual del culto divino entre las primeras naciones, de la que hemos hablado ampliamente.

 

Ahora les hablaré del tipo de Abraham en este universo. Ya saben que el
nombre de Abram fue cambiado por el de Abraham. El primero significa “padre
carnal terrestre”, superior a los padres ordinarios de descendencia material
terrestre; así, nunca ha existido un hombre con más descendientes carnales
que  Abram.  Por  eso  las  Escrituras  le  llaman  Abram  “padre  superior”  y  no
Abraham “padre de muchedumbre en Dios”; ese es el papel que habría debido
realizar Adán en su estado de gloria pero, por su prevaricación, se convirtió en
“padre de muchedumbre material terrestre”. Es cierto que Abraham reemplazó
en su papel a Adán, pues de él nació realmente la descendencia de Dios. En
efecto, el Creador realizó su elección general y particular dentro de la familia de
Abraham; la primera para manifestar Su justicia, la segunda para manifestar Su
gloria.

 

Las Escrituras también denominan a Abraham “padre de muchedumbre
de confusión”. Estas tres acepciones diferentes resultan de los tres primeros
descendientes de Abraham: Ismael, Isaac y Jacob. Como ya les he explicado,
Ismael fue un tipo de la misericordia divina; aquí representa además el tipo de
la práctica física de Adán en la reproducción de su descendencia carnal, que
sería repetida por Abraham y su concubina. Su hijo Ismael, resultado de su
apetencia  material,  fue  apartado  de  la  casa  paterna  al  ser  concebido  sin
considerar la voluntad divina, por la concupiscencia de los sentidos materiales.

El pan y el agua que Abraham entregó a Ismael y Agar, su madre, para que partieran hasta donde su destino les condujese, representaban el último alimento espiritual y temporal que recibían de este patriarca; además, eran el tipo del último alimento espiritual que recibió Caín, tras concebir el asesinato de su hermano Abel.

 

La falta de alimento material de Agar (tipo de la hermana de Caín, su
culpable cómplice) y de su hijo, que les llevó a implorar al Creador, representa
el dolor y la consternación de Caín   y de su hermana cuando se conoció la
muerte de Abel y quedaron excluidos de las ciencias y el alimento espiritual
divino.

 

El ángel que se apareció a Agar e Ismael, saciando su hambre y su sed
e indicándoles el lugar donde el Padre Eterno había fijado su morada, evoca la

 

 

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misericordia del Creador con Caín y su hermana, al marcarles con una señal divina que anunciaba que habían obtenido Su gracia y volvían a gozar del alimento espiritual divino que les había sido negado por su crimen. La región destinada a Agar e Ismael era la misma a la que habían sido exiliados Caín y su hermana.

Por todo esto, vemos que Abraham e Ismael fueron los tipos de Adán y Caín  en  sus  operaciones  materiales.  Abraham  fue  considerado  padre  de muchedumbre material gracias a su hijo Ismael. Adán también lo fue, como hemos dicho repetidas veces. Por su hijo Ismael, Abraham resultó padre de doce tribus, tal como el Ángel había anunciado a Agar. También fueron doce las tribus de Adán: él, sus tres hijos y los ocho Patriarcas desde Set hasta Noé. Las doce tribus de Ismael fueron el tipo de la venida de las de Israel y las de Cristo; se agruparon entre ellas y no tuvieron relación alguna con las de Israel, pues  Ismael,  padre  de  estas  doce  tribus,  representaba  la  prevaricación  y reconciliación al repetir el tipo de Caín.

 

Estas tribus ismaelitas gozaron de protección divina mientras observaron el culto fijado por el Ángel de la Divinidad; sin embargo, posteriormente se unieron con los descendientes de Cam y Canaan, olvidándose del Creador y asemejándose a los descendientes de Enoc, que fueron excluidos de la familia de los hijos de Dios al unirse a la de Caín.

 

Estos hechos les permiten intuir que todas las épocas y disposiciones principales se repiten y se repetirán entre los hombres hasta el final de los siglos. Este tratado les ayudará entenderlo, pues les demostraré claramente que al final todo volverá a ser como al principio. Continuemos con el segundo descendiente de Abraham.

 

Abraham, tras haber sido parcialmente reconciliado con el Creador, tuvo un hijo con su mujer Sara, por disposición divina y pese a que ésta no estaba en condiciones de concebir dada su edad avanzada. Este hijo, concebido sin la pasión de los sentidos materiales, fue llamado Isaac; así se rememoraba el nacimiento de la segunda descendencia de Adán en su hijo Abel. Isaac siguió puntualmente  las  instrucciones  espirituales  divinas  recibidas  de  su  padre Abraham  sobre  los  diferentes  cultos  que  estaba  destinado  a  cumplir; repitiéndose el tipo de Abel bajo la guía espiritual de Adán.

 

Cuando Isaac alcanzó los treinta años de edad estaba perfectamente
preparado  para  las  ciencias  espirituales  divinas;  entonces,  comunicó  a  su
padre su deseo de realizar el gran culto divino para gloria del Creador. Le dijo,
siguiendo las instrucciones recibidas del intelecto espiritual divino, que había
llegado el momento de poner en práctica todas las ciencias divinas para las
que había sido instruido y que debía ofrecer un sacrificio al Padre Eterno.
Abraham le contestó: “Que así sea, hijo mío, pues ese es tu deseo. Que el
sacrificio  que  pretendes  ofrecer  al  Creador  sirva  para  la  expiación  de  los
hombres  de  la  tierra,  para  que  vuelvan  a  ser  merecedores  de  la  gracia,
recobren sus primeras virtudes y ofrezcan el culto divino para el que fueron
creados.”

 

 

 

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Abraham, tras consentir al deseo de su hijo Isaac, partió con él antes de
salir el Sol hacia el monte Moriah. Esta palabra viene de dos partes: la primera,
mor, significa “destrucción de formas corporales aparentes”; la segunda, iah,
significa “visión del Creador”. Dejaron lejos de la montaña a sus dos sirvientes,
representando  el  futuro  alejamiento  y  abandono  del  culto  espiritual  de  las
naciones de Ismael y de Israel, por el que caerían en privación espiritual divina,
como efectivamente sucedió. Abraham e Isaac se llevaron el asno con ellos,
mostrando la ignorancia que reinaría en esas dos naciones, pues perderían la
luz divina, que se instauraría entre las tinieblas de pueblos paganos. Esto es,
ciertamente, lo que representó Cristo al entrar en Jerusalén sobre un asno.

Una vez que Abraham e Isaac estuvieron en la cima de la montaña y
hubieron  preparado  todo  para  el  ritual,  Abraham  invocó  la  presencia  del
Creador, en naturaleza divina, a ese sacrificio en el que le ofrecía lo que más
quería en el mundo. Desde lo más profundo de su alma y con total resignación
presentó como ofrenda a su hijo, el justo Isaac, del que debería nacer una
descendencia divina en la que se realizaría la elección espiritual divina. Tras su
invocación, Abraham posó   los ojos sobre su hijo Isaac; el hijo, sabiendo que
era la víctima elegida por su padre, se entregó generosamente, colocándose
inmediatamente en la postura adecuada para su inmolación. Abraham cogió el
cuchillo disponiéndose a degollar a su hijo, pero el espíritu del Señor, que
estaba presente y leía la pureza de la intención de ambos hombres, realizó tal
fuerza  sobre  Abraham  que  éste  cayó  al  suelo,  sin  poder  llevar  a  cabo  el
holocausto.  Luego  se  dirigió  a  él,  comunicándole  que  el  Creador  estaba
satisfecho de sus buenos deseos y los de su hijo, y que él se encargaría de dar
justo testimonio de su operación al Padre Eterno.

 

Abraham, levantó a su hijo del altar de sacrificios y le dijo: “Recuerda,
querido hijo, que el mayor sacrificio que se puede ofrecer al Creador es el que
compromete la palabra y la intención. El Padre Eterno conoce perfectamente
los comportamientos buenos y malos, así como todas las acciones del menor
espiritual. Los buenos pensamientos del menor manifiestan la gloria del Padre
Eterno; los malos, Su castigo a los impíos". Isaac, girándose hacia su padre, le
contestó:  “El Señor, convencido de tu firme resolución y la de tu hijo, te ha
elevado al más alto grado de Su gloria, designándote padre superior a todo
sentido material. Alabemos al Señor, pues ha devuelto la gracia al padre de
muchedumbres de la tierra, que recaerá también sobre sus descendientes”. En
ese momento, vieron salir un carnero de entre unas zarzas, lo cogieron y lo
ofrecieron en sacrificio. Así, les fue revelada la voluntad del Creador respecto a
los diferentes cultos generales y particulares que ellos y sus descendientes
deberían realizar en la tierra, y respecto al tipo de animales que deberían
sacrificar  en  las  diferentes  tareas  del  culto  divino.  Esto  demuestra  que  el
verdadero culto al Creador siempre ha existido entre los hombres.

 

El sacrificio de Abraham representa el realizado sobre la persona de
Abel,  con  una  gran  diferencia:  Abel  fue  realmente  inmolado  para  lograr  la
reconciliación  total  de  su  padre  Adán,  mientras  que  Isaac  solamente  fue
inmolado  en  el  pensamiento  y  la  intención  de  su  padre  Abraham.  Su
pensamiento y su intención bastaron para reconciliar perfectamente a Abraham

 

 

 

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con el Creador. Esto no debe sorprenderles, puesto que el crimen de Adán, mucho más grave que el de Abraham, requería una mayor expiación.

 

 

Ahora debo explicarles el tipo de la montaña a la que fueron Abraham e
Isaac,  el  de  la  madera  que  utilizaron  para  su  sacrificio  espiritual  y  el  que
representó Abraham al levantar a su hijo de la pira. La montaña representa el
asilo espiritual que comúnmente denominamos purgatorio, donde los menores
de  este  bajo  mundo  irán  a  terminar,  en  privación  divina,  sus  operaciones
espirituales  simples,  por  decisión  del  Creador.  Esta  montaña  también
representa el círculo sensible del que ya he hablado, pues Abraham y su hijo
subieron  a  la  montaña  más  alta,  simbolizando  una  superioridad  sobre  los
sentidos materiales. La madera en la que se postró Isaac indicaba el tipo de
madera que debería utilizarse en el futuro para encender la pira del sacrificio,
pues proporcionaba el perfume adecuado a los diferentes cultos, que son: 1º
culto de expiación,  2º culto de gracia particular general,  3º culto contra los
demonios,  4º culto de prevaricación y defensa,  5º culto contra la guerra, 
culto para hacer frente a los enemigos de la ley divina,  7º culto para hacer
descender el espíritu divino, 8º culto de fe y perseverancia en la virtud espiritual
divina, 9º culto para preservar el espíritu conciliador divino, 10º culto anual o de
dedicación de toda acción al Creador. Todos estos cultos están incluidos en los
realizados por Moisés en Israel y por Salomón en el templo, que utilizaron
diferentes maderas y perfumes consagrados a estos sacrificios. Estos cultos
debían realizarse cada Luna nueva y así ha sido desde el principio de los
hombres.

Cuando Abraham levanta a su hijo de la pira representa al espíritu que el
Creador envía a los menores que rinden tributo a Su justicia con sus diferentes
actuaciones en los tres círculos: sensible, visual y racional. La transformación
de  las  acciones  espirituales  de  los  menores  en  estos  círculos  está
representada por la sustitución del cuerpo material de Isaac por el de una
víctima animal pasiva; ésta última es una simple sombra de la ofrecida en
naturaleza efectiva, como demostraba la oblación de Isaac por su padre. Esta
es la explicación del primer tipo de Abraham e Isaac en este bajo mundo.

Su segundo tipo es el de la alianza divina con los hombres. Abraham fue
tipo de la reconciliación primera de Adán por la gracia recibida del Creador;
dejó su casa paterna, donde se practicaba un culto demoníaco, y el Creador le
comunicó su voluntad, le hizo conocedor de la ley divina y le instruyó en su
conversión espiritual como hizo con el primer hombre. Abraham, que había
dejado de ser presa de los demonios, manifiesto al Creador el gozo de su
reconciliación  divina  y,  como  señal  de  su  fe  y  su  perseverancia,  pidió  al
Creador unirse a él.   Entonces, el espíritu divino le dijo: “¡Abraham!. Circuncida
tu carne;   la sangre que derramarás ante el Señor será una prueba cierta de tu
unión con el Creador”. Esto es lo que conocemos como bautismo de sangre.

La  alianza  del  Creador  con  Abraham  demuestra  claramente  que  el
Creador siempre está dispuesto a unirse a Su criatura menor cuando ésta
realmente lo desea y es digna de ello. La circuncisión sería observada por
todos los descendientes de Abraham; el mismo Cristo, como hombre Dios y

 

 

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hombre divino, demostró con su circuncisión la alianza del Creador con Adán,
Noé, Abraham y toda su creación. Como acaban de ver, el segundo tipo de
Abraham representa la bondad y misericordia del Creador con Su criatura.

 

Isaac, ya lo hemos dicho, representa el tipo de Cristo. El Creador, como
recompensa por la enorme fe de Abraham, le dotó con las poderosas virtudes
que poseía Adán en su estado de gloria. Fue nombrado por el Espíritu “hombre
Dios perfecto de la tierra”, pues de él nacería el verdadero hijo de Dios en
forma corporal aparente terrestre. Al ser Abraham el tipo del Creador, de él
debía nacer un hombre justo, puro y santo llamado, como ya he dicho, Isaac.
Este  nombre  significa  “risa”  o “regocijo”.  Abraham  también  fue  el  tipo  del

Creador por querer inmolar a su propio hijo. Todo lo que acabo de revelarles demuestra que este hijo era el tipo de Aquel que el Creador enviaría a la tierra para  el  verdadero  sacrificio.  Ese  es  el  segundo  tipo  que  representaron Abraham e Isaac en este universo.

El tercer tipo lo encontramos entre los descendientes de Isaac. Ya saben
que tuvo dos hijos gemelos, llamados Jacob y Esaú. Jacob fue concebido en
primer lugar, Esaú en segundo. Estos dos hijos de un padre tan justo estaban
destinados a representar un tipo fundamental y muy beneficioso para todos los
hombres de la tierra. No quiero entrar en los detalles de la usurpación de la
primogenitura que Jacob realizó sobre su hermano Esaú. Ya hablan de ello las
Escrituras, pues dan a Jacob el nombre de “suplantador”; esto nos resulta fácil
de entender, pues también nosotros nos encontramos entre hombres que sólo
buscan suplantarse los unos a los otros. Abraham es el tipo del Padre Divino e
Isaac, el del Hijo de la Divinidad. Por lo tanto, los dos hijos de Isaac son el tipo
de la primera y segunda emanación espiritual del Creador y de los espíritus
prevaricadores. Jacob nació en segundo lugar, pero fue concebido antes que
su  hermano.  La  segunda  emanación  realizada  tras  la  prevaricación  de  los
primeros espíritus fue la del menor espiritual que llamamos Réaux, Roux o
Adán.  Esaú  fue  el  primero  en  nacer,  pero  fue  concebido  después  que  su
hermano. Cuando los primeros espíritus pecaron contra el Creador, el menor o
primer hombre les suplantó espiritualmente, siendo así mayor que ellos. Como
verán claramente, por el orden en que fueron concebidos, Jacob representa el
tipo de los espíritus prevaricadores y Esaú el del menor.

Pero la verdadera prevaricación de Jacob consistió en servirse de la
buena  fe  de  su  padre;  utilizó  todas  sus  facultades  y  todos  los  medios
espirituales y temporales a su alcance para leer el pensamiento de su hermano
Esaú, oponiéndose a sus buenas resoluciones y suplantándolo en todos sus
derechos espirituales; así, tanto él, como toda su descendencia, cayeron en
privación  divina.  En  Jacob  también  vemos  la  doble  prevaricación  de  los
demonios,  es decir, la realizada contra el Creador y la realizada contra la
criatura y su descendencia. En efecto, ¿no delinquió Jacob primero contra su
padre y luego contra su hermano menor Esaú, tal como el demonio lo hizo
contra su padre divino y contra el menor, su padre espiritual?. ¿No repiten los
hombres esta actuación con su falsa conducta ante el Creador y ante sus
hermanos?. Por otro lado, no debe sorprenderles la conducta de Jacob con
Esaú.  Esaú  prefería  el  culto  terrestre  al  culto  al  Creador;  se  dedicaba
exclusivamente a la caza y exterminio de animales salvajes, en vez de combatir

 

 

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al  intelecto  demoníaco  que  se  había  adueñado  de  su  hermano  Jacob.
Abandonó el culto espiritual divino para dedicarse exclusivamente a tareas
meramente  materiales,  lo  que  atrajo  sobre  él  un  merecido  castigo,  siendo
despojado de todos sus derechos espirituales. Sin embargo, Esaú volvió en sí;
la misericordia divina le permitió ser consciente del alcance de su falta y, tras
verse despojado de todos sus derechos espirituales, divinos y temporales, se
vio sumido en la más profunda consternación. Fue a presentar quejas a su
padre  por  la  usurpación  cometida  por  su  hermano  Jacob;  le  explicó  su
sufrimiento, pues había sido el primero en llegar al mundo y era el último en
cuanto a bienes espirituales. Esto evidenciaba ya una figura real de lo que
habría de sucederle a Israel; tras ser el mayor espiritual en el mundo y primer
heredero de la ley divina, sería suplantado por pueblos que sólo debían ir tras
él; así se confirma lo que dicen las Escrituras: los primeros serán los últimos.

 

Esaú, tras apelar inútilmente a su padre, le dijo en tono airado: “¿No has
guardado ninguna bendición para mí?”. Con esto Esaú intentaba obtener de su
padre algún tipo de poder o don espiritual, pues se veía incapacitado para la
celebración del culto divino en gloria del Creador. Esto demuestra que Dios
comunica a sus elegidos, de todos los tiempos, el conocimiento de estos dones
espirituales para beneficio de los hombres de la tierra y ordena a esos mismos
elegidos que transmitan sus dones y virtudes únicamente a aquellos dignos de
recibirlas. Esaú, viendo que no lograba convencer a su padre, volvió a dirigirse
a  él,  diciéndole: “Ya  que  no  te  quedan  dones  espirituales  que  puedas

entregarme, te imploro, por todo lo que soy,   que me bendigas en nombre del
Padre Eterno”. Isaac le contestó:  “He nombrado a tu hermano señor de los
hombres de esta tierra, todos sus hermanos están sometidos a su poder, le he
entregado  el  conocimiento  de  las  actividades  espirituales,  temporales  y
espirituales divinas. Nada me queda para ti”. Esaú profirió un fuerte lamento,
derramó abundantes lágrimas y se limitó a sollozar amargamente. No contestó
nada a su padre, que estaba a punto de ser llamado por el Creador a la otra
vida. Pero Isaac, conmovido ante la tristeza de su hijo, le hizo acercarse y le
dijo: “Esaú, escucha atentamente lo que voy a decirte. La bendición que me
pides está en la grosura de la tierra a causa de tu pecado”. Luego le bendijo,
diciéndole: “La bendición que te otorgo procede del Padre Eterno, al igual que
el rocío que cae sobre las plantas para su sustento baja de los cielos”. Esaú se
retiró mucho más complacido con su padre de lo que nunca había estado.

 

He aquí lo que debía decirles sobre el tipo de Esaú; consideren si la conducta de este padre no es un verdadero tipo de la inmutabilidad de los decretos  del  Creador  frente  a  los  hombres  culpables,  ya  sean  de  nuestro tiempo o de siglos pasados. Pregúntense, además, si la misericordia de Isaac en su lecho de muerte no representa perfectamente la misericordia del padre divino  hacia  Su  criatura,  cuando  ésta  apela  directamente  a  él.  Asimismo, representa la gran reconciliación futura; pero trataré este punto más adelante, ahora debo hablarles del tipo de Jacob.

Jacob  tuvo  numerosos  descendientes;    su prosperidad en el terreno
temporal era notable, lo que desencadenó su ambición por bienes terrenales.
Pero,  para  dedicarse  a  esa  sumisión  criminal,  tanto  Jacob,  como  sus
descendientes dejaron de lado el culto divino, olvidándolo totalmente. En ese

 

 

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estado, Jacob se dejó convencer por el espíritu demoníaco de que sus bienes
terrenales  procedían  únicamente  del  gran  príncipe  de  los  demonios  y  que
serían  recompensados  en  función  del  culto  que  él  y  sus  descendientes  le
rindiesen. Jacob vencido por su gran codicia material, aceptó alegremente esa
insinuación.

El Creador le había retirado el recuerdo de su origen espiritual divino;
abjuró de su primera emanación e incluso del Creador, considerando que su
elección y la de sus descendientes tenían un carácter pasivo. En esa creencia,
se dedicó por completo a las ciencias materiales demoníacas y, al conseguir
dominarlas en poco tiempo, se propuso llevarlas a la práctica y servirse de
ellas. Con esta finalidad, decidió ir al país de Harán; al sorprenderle la noche
en la montaña de Moriah o de Mahanaim (que significa “los dos campos”, el de
los demonios y el del Creador), se preparó para llevar a la práctica su malévola
intención contra el Creador. Realizó su invocación hacia las seis, cuando el Sol
iba a ponerse. Al instante, el Señor hizo que se le apareciese un ángel bajo
apariencia  humana.  Ya  saben  que  el  hombre  corporal  no  puede  mirar  al
espíritu sin perecer o sin que su forma corporal sea inmediatamente fulminada.
La presencia de este espíritu causó tal impresión o efecto sobre las esencias
corporales y animales espirituales de Jacob, que cayó por tierra.

Jacob apeló al Creador, abjurando ante él, en buena fe, de todo lo que
había admitido ante los demonios. Entonces le habló el ángel, reprochándole
su  horrible  conducta  pasada  y  presente  con  el Creador,  con  su  padre,  su
hermano, sus hijos y hasta con él mismo. Jacob, atemorizado y furioso por las
terribles amenazas que profería el ángel, se abalanzó contra él y combatieron
durante toda la noche hasta que llegó la aurora. Al finalizar el enfrentamiento,
el ángel le preguntó cómo se llamaba, pero la respuesta de Jacob siguió siendo
la misma. El ángel volvió a preguntar a Jacob su nombre y éste finalmente le
respondió. Al oírlo el ángel dijo: “Jacob suplantador del Creador al abjurar de
Su espíritu”. Tras estas palabras el espíritu ejerció tal fuerza sobre la persona
de Jacob que le desgarró el tendón de Aquiles. “Te llamas Jacob. Bien, en el
futuro  te  llamarás  Israel o fuerte contra el espíritu del Creador”.  Luego  se
separaron,  quedando  Jacob  enormemente  confundido  pues  había  sido
marcado por el espíritu del que había abjurado.

Para  los  descendientes  de  Jacob  esta  señal  será  prueba  de  la
prevaricación de Israel por tiempo inmemorial. Desde entonces se prohibió, en
nombre del Padre Eterno, que nadie marcado de nacimiento con la letra B
participase en el culto divino, tanto en el templo de Moisés, como en el de
Salomón. El mismo Cristo confirmó esta ley, cuya omisión está castigada con
las penas más severas, para que fuera observada estrictamente por todos los
encargados del culto divino en su templo espiritual, en el presente y el futuro.

 

Jacob,  apesadumbrado,  revivió  en  su  espíritu  todo  el  horror  de  su
conducta. Recordó que besó a su padre Isaac buscando su apoyo para usurpar
los derechos de su hermano Esaú. Recordó todos sus crímenes contra el
Creador y contra las leyes de la naturaleza; su desconsuelo era tal que pensó
que nunca obtendría la gracia del Creador ni se encontraría entre los mortales
dignos de compartir la misericordia divina. Las palabras del ángel y el resultado

 

 

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inesperado de su intervención demoníaca le habían afectado profundamente.
No obstante, pese a su abatimiento y a la tristeza de sus reflexiones, Jacob
sentía un deseo sincero de encontrarse en gracia con el Creador, por lo que no
cesaba  de  suplicarle  su  reconciliación  completa.  Ante  él  se  manifestó  una
aparición natural con forma humana para comunicarle que sus deseos habían
sido escuchados. Era el mismo espíritu que le había marcado el tendón de la
pierna derecha. Reveló a Jacob cómo obtener del Creador lo que deseaba y le
bendijo, volviendo a ordenarle. Así, Jacob recuperó su poder espiritual divino
por  el  que,  pasados  cuarenta  años  de  esa  ordenación,  podría  realizar  los
diferentes cultos divinos. Al cabo de cuarenta años, volvió a la cima de la
montaña de Moriah; se presentó allí hacia las seis de la tarde, preparó todo
para su operación y se dedicó a la oración desde esa hora hasta medianoche.
Entonces, realizó las invocaciones necesarias para abolir definitivamente, el
castigo con el que le había amenazado el ángel del Creador. Sus deseos
fueron escuchados, se le aparecieron cuatro ángeles que le revelaron lo que
debía hacer para obtener la reconciliación completa del Creador, como voy a
contarles. Ocho días después de su última operación, Jacob volvió a dirigirse a
la cima de la montaña, llegó allí al caer la noche del día noveno y se preparó
para alcanzar su reconciliación total. A medianoche del noveno día, cuando se
iniciaba  el  décimo,  Jacob  tuvo  certeza  de  su  completa  reconciliación;  sin
embargo, el fruto de su operación le afectaba de tal manera que no podía
mantenerse en pie. Se acostó sobre su lado izquierdo, apoyó la cabeza en una
piedra  cualquiera  y,  en  esta  postura,  presenció  el  resultado  de  su  trabajo
espiritual divino. Vio siete espíritus que ascendían y descendían sobre él. Entre
estos espíritus reconoció al que le había dañado y le había atemorizado con
sus amenazas. Reconoció también a los cuatro ángeles que le habían indicado
lo que debía hacer para obtener la misericordia divina. En el lugar por donde
entraban  y  salían  los  ángeles  pudo  advertir  la  gloria  del  Creador.  En  ese
momento, Jacob fue consciente de su reconciliación divina y dijo: “He aquí el
lugar de visión perfecta, pues he visto al Padre Eterno cara a cara. He aquí el
centro del universo y de la tierra, marcaré este lugar para que aquí se levante
Su casa”. Y así lo hizo, formando un triángulo con tres piedras en el lugar
exacto donde se construiría el templo del Señor, sobre la montaña de Moriah;
este templo fue realizado por Salomón, Chiram o Hiram, rey de Tiro.

Ese  lugar  que  Jacob  marcó  con  un  triángulo  de  tres  piedras
representaba la forma física de la tierra. Se colocó en el centro del triángulo,
pues Dios había situado al hombre Dios en el centro del universo para que
ordenarse  y  gobernarse  a  todo  ser  emanado  y  creado.  Además,  así
representaba  que  ese  era  el  lugar  exacto  donde  el  Creador  se  había
comunicado con el primer menor y le había manifestado Su gloria mientras
permaneció bajo Su justicia. Por eso, el espíritu ordenó a Jacob que señalara
ese lugar para construir un templo, pues era el tipo del lugar donde se había
formado  el  cuerpo  de  gloria  de  Adán,  denominado  templo  espiritual  de  la
Divinidad. Sin duda alguna, en ese templo espiritual habitaba un espíritu divino.
Esto también queda caracterizado por la construcción del templo de Salomón
en  el  punto  donde  descendió  el  Espíritu  Santo  en  forma  de  nube.  Jacob,
plenamente  convencido  de  su  reconciliación,  se  comprometió  a  cumplir
fielmente el culto divino en el futuro. Determinó el tiempo en el que él y sus
descendientes  deberían  hacerlo.  Así,  en  un  día  ordinario,  realizó  cuatro

 

 

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invocaciones divinas en cuatro intervalos de seis horas; luego, durante seis
días consecutivos, llevó a cabo una vigilia espiritual divina, lo que hace un total
de  diez  invocaciones  en  siete  días.  Así,  se  incluía  el  número  denario,
consagrado a la Divinidad, y el número septenario, consagrado al espíritu. En
sus cuatro primeras operaciones, Jacob invocó al Creador únicamente por su
primer nombre inefable, diciéndole: “¡Ven a mí, Dios de Abraham!”. Después
invocó al Creador por su segundo nombre inefable, diciéndole: “¡Ven a mí, Dios
de Isaac!”. Por último, lo invocó por su tercer nombre inefable, diciéndole: “¡Ven
a mí, Dios de Jacob!, que es el mismo que el de Abraham e Isaac, pues los tres
conocemos  Su  intervención  divina  y  actuamos  con  Él  unidos  por  el  poder
espiritual divino”. Con esta invocación, Jacob reconocía en Abraham el tipo del
Creador, por la multitud de poderes espirituales que había recibido. Reconocía
en  Isaac  el  tipo  del  Hijo  divino  o  de  la  acción  divina,  por  los  numerosos
descendientes de Dios nacidos de él, entre los que se realizó la elección y la
manifestación de la gloria divina. Y en él mismo, Jacob reconocía el verdadero
tipo  del  Espíritu,  por  las  formidables  maravillas  que  le  había  revelado  el
Creador al descubrirle la gloria divina.

 

Este último tipo repite, además, el de la eterna misericordia del Creador
con  Su  criatura;  queda  demostrado  por  la  última  invocación  de  Jacob  al
Creador,  suplicándole  que  extendiese  Su   misericordia   a   su   culpable
descendencia  para  liberarla  así  de  la  esclavitud  de  los  demonios,  como
realizaría el Espíritu Santo mediante la palabra de Moisés. Vemos que Dios
está  en  tres  personas,  pues  el  Creador  realizó  tres  intervenciones  divinas
distintas para ayudar a los tres menores que acabamos de nombrar, según los
tipos  que  debían  representar  en  este  universo.  Estas  tres  personas  de  la
Divinidad sólo se distinguen por sus acciones divinas; no es posible concebirlas
de otro modo sin degradarla, pues la Divinidad es indivisible y no puede tener
naturalezas  diferentes.  Si  fuese  posible  admitir  diferentes  personas  en  el
Creador tendríamos que admitir cuatro, no tres, por la cuádruple esencia divina
que ya deben conocer, es decir: el espíritu divino 10, el espíritu mayor 7, el
espíritu inferior 3 y el espíritu menor 4. De ahí vemos la imposibilidad de que el
Creador esté dividido en tres naturalezas personales. Que aquellos que quieran
dividir al Creador en su esencia, lo hagan, al menos, respetando el contenido
de su inmensidad.

Para que entiendan claramente los tipos de Abraham, Isaac y Jacob, les
diré que estos tres menores representaron a Adán, Abel y Set ante el Creador.
Tanto los tres primeros, como los tres últimos fueron testigos de la gloria del
Creador. Noé, Sem y Jafet tuvieron la misma suerte. En cuanto a Esaú, a quien
se negó su herencia, representa el tipo de Caín en Adán, el de Cam en Noé y
el suyo propio en Abraham, Isaac y Jacob. No sólo son tipos de la acción del
Espíritu Divino entre los menores pasados y presentes, sino también entre los
futuros. Adán y Noé anunciaron todos estos tipos con su descendencia. Cristo,
Moisés y Elías los confirmaron con sus operaciones en el monte Tabor, donde
presenciaron la gloria del Creador. El beso de Jacob a Isaac cuando decidió
suplantar a su hermano, anunció la traición al Hombre Dios por uno de sus
hermanos y discípulos, Judas Iscariote; uno suplantó la materia, el otro, el
espíritu. Permanezcan alerta para que la codicia material no les lleve a repetir
un tipo inicuo. Esto es lo principal que debía decirles sobre Abraham, Isaac y

 

 

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Jacob; no hablaré de su conducta temporal en este mundo, pues las Escrituras ya dicen bastante al respecto.

 

Ahora les hablaré de los grandes tipos que representó Moisés en el universo. Verán la relación existente con todos los tipos pasados, el doble tipo del Creador y el de todos los espíritus que utiliza para la manifestación de Su justicia; entenderán que no hay duda alguna sobre la veracidad de los hechos espirituales acaecidos desde el inicio del mundo, de los que ocurrirán hasta el final de los siglos y de los sucedidos tras la prevaricación de los primeros espíritus y la del primer menor. Podrán juzgar si mi palabra es sincera o si me valgo de subterfugios o sofismas para aprovecharme de la buena fe del hombre deseoso de aprender. No son esas ni mi condición ni mi intención. Desde niño me  ha  horrorizado  la  mentira  y  el  orgullo,  siempre  los  he  rechazado  para dedicarme sólo a la verdad espiritual divina y espiritual temporal. Por tanto, no deben temer nada en mis palabras.

Empezaré dándoles la interpretación de la palabra Egipto donde, como saben, nació Moisés. Esta palabra significa “lugar de privación divina” o “tierra de maldición”. Allí cayeron los enemigos de la voluntad divina y sus seguidores. Las  naciones  que  habitaban  Egipto  y  cultivaban  la  tierra  a  su  antojo representan a los primeros espíritus prevaricadores, que obraron y obran según su propia voluntad, sin tener en cuenta la del Creador. Los primeros espíritus fueron relegados a la región sur, a la que pertenece Egipto. Los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob, por su pecado, cayeron bajo el poder de los habitantes de Egipto, permaneciendo en esa esclavitud durante 430 años. En verdad, representan a los menores espirituales que sucumben ante el poder de los demonios. Pero hablemos de Moisés.

 

Pese a su esclavitud en la tierra de Egipto, Tupz, llamado Amram en las
Escrituras, que pertenecía a la tribu de Leví, y su mujer Maha, llamada Jocábed
en las Escrituras, de su misma tribu, fueron los elegidos para concebir un
descendiente  de  Dios  que  redimiera  a  los  descendientes  de  Adán.  Tupz
significa  “colmo de bondad divina” y lleva el número senario. Maha significa
“fecundidad espiritual divina” y lleva el número cuaternario. Tuvieron a sus
descendientes, dos hijos varones y una hembra, a una edad avanzada. Tupz
tenía  66 años y  3 meses cuando nació su primera hija; la niña fue llamada
Merian, que significa  “tierra virgen”, tenía grandes conocimientos espirituales
divinos y sacrificó su virginidad para realizar el culto permitido y exigido a su
sexo. Tupz tuvo a Aarón con 79 años y 7 meses, y a Moisés con 82 años y 10
meses. Maha engendró a Merian con 48 años y 3 meses, a Aaron con 61 años
y 7 meses, y a Moisés con 64 años y 10 meses. Tupz y Maha murieron poco
antes de la huida de Moisés  de Egipto,  pero no precisaré la fecha de su
muerte, pues no tiene interés alguno para lo que deseo enseñarles. Moisés
vino al mundo el día  14 de la Luna de Nisan o marzo. Le metieron en una
especie de cestilla o arca en la que flotó durante algún tiempo por las aguas del
Nilo, que significa “principio de acción y operaciones espirituales temporales”.
La llegada de Moisés a la tierra de Egipto, donde todas las naciones vivían en
confusión  y  tinieblas,  representaba  la  llegada  del  Espíritu  Divino  al  caos,
disponiendo  todo  lo  que  allí  existía,  las  leyes,  las  acciones  y  las  órdenes
espirituales que les correspondían. Las tinieblas, como ya saben, no incluyen la

 

 

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luz divina; del mismo modo, el caos de Egipto y sus habitantes de tinieblas no
afectó al nacimiento y llegada de Moisés entre ellos. Estos pueblos no tenían
conocimiento   alguno   sobre   el   verdadero   culto.   Todos   sus   actos   y
preocupaciones  buscaban  satisfacer  la  codicia  de  sus  sentidos  materiales,
ciñéndose  a  ese  instinto  animal  innato  en  todo  ser  pasivo.  Los  animales
racionales están sujetos a las mismas leyes que los irracionales por el instinto
natural innato en toda forma corporal, que se convierte en un suplicio adicional
cuando los hombres pretenden alejarse de él. La demostración evidente la
tenemos en los hombres apegados a su vida temporal. Si un suceso natural les
ocasiona  alguna  limitación  física  que  modifique  sus  leyes  de  orden,  se
lamentan, les invade el miedo y, llevados por su ignorancia, se someten a los
cuidados e instintos de alguno de sus semejantes que, generalmente, es tan
ignorante como ellos y estaría aún más asustado de sucederle algo similar.
Esta conducta no debe sorprendernos en aquellos que no recurren a su primer
principio espiritual divino, el único médico que cura radicalmente. Profundizaré
en este tema al tratar los diferentes acontecimientos acaecidos en Israel.

 

Al  flotar  sobre  las  aguas,  Moisés  representa  el  tipo  del  espíritu  del
Creador,  que  flotó  en  el  todo  para  hacer  explotar  el  caos.  Es  decir,  los
mandatos y leyes de actuación entregados a todo lo que pertenecía a la masa
caótica. Noé, testigo de la manifestación de la justicia y la gloria divina, también
representó el tipo de la gloria del Creador universal; como van a ver, todos los
tipos de este patriarca fueron repetidos por los argumentos espirituales de
Moisés. Ambos flotaron sobre las aguas. Noé reconcilió al resto de los mortales
con  el  Creador;  Moisés  reconcilió a la descendencia de Abraham, Isaac y
Jacob con la Divinidad. Noé recuperó el culto divino para la descendencia de
Jacob. Noé condujo durante cuarenta años a los hombres reconciliados con el
Creador; Moisés condujo al pueblo judío durante el mismo tiempo. Noé ofreció
un sacrificio al Creador en acción de gracias; Moisés también ofreció sacrificios
en nombre del pueblo reconciliado. No acabaría nunca si tuviera que detallar
todos los tipos repetidos por Moisés, tanto de Noé, como de patriarcas pasados
y  futuros.  Me  limitaré  a  pedirles  que  reflexionen  seriamente  sobre  la
importancia del tipo de Moisés. Reconocerán que, gracias a sus operaciones,
representa a la perfección la triple esencia divina en la creación universal,
general y particular: 1º el nacimiento de Moisés representa la acción misma del
Creador; 2º la reconciliación inducida por Moisés representa la operación del
hombre divino o hijo del Creador; 3º la dirección del pueblo confiado a Moisés
representa al Espíritu divino, que conduce, rige y dirige a todo ser temporal y
espiritual inferior a él.

Las Escrituras relatan que una hija del rey de Egipto salvó al joven
Moisés recogiéndolo de las aguas del Nilo e hizo que le criaran en secreto para
protegerlo  de  la  persecución  del  Faraón  y  de  sus  súbditos,  que  habían
decretado que todos los niños varones del pueblo hebreo debían morir. Esta
princesa  se  encariñó  enormemente  con  el  joven  Moisés,  cuya  belleza  era
notable. Le asombraba la seriedad que se adivinaba en él a tan corta edad,
pues,  con  dos  años,  ya  haría  presagiar  todo  su  futuro  conocimiento  y
razonamiento. La princesa eligió como nodriza a la propia madre del niño; para
comprobar  que  seguía  exactamente  sus  órdenes,  prestándole  los  mejores
cuidados, exigió a la nodriza que lo trajera a su presencia todos los días. Esto

 

 

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anunciaba ya la futura alianza de los idólatras con las leyes divinas; tras la
destrucción del Faraón y su ejército, los egipcios que sobrevivieron se unieron
a la ley de Moisés. La nodriza cumplía puntualmente las órdenes que había
recibido y el niño crecía ganando en belleza. Cierto día, la princesa se regocijó
de tal manera al verlo que lo cogió en brazos y decidió arriesgarse a llevárselo
al Faraón, su padre. De camino, pasó por una sala de audiencia con varias
mesas. En una de ellas estaban colocados la corona y el cetro del rey. Entre
las   piedras   preciosas   que   adornaban   la   corona   del   rey   había   un
resplandeciente rubí. La princesa se acercó y puso al joven Moisés de pie
sobre la mesa para ver qué efecto le causaban las joyas, pues conocía el que
causan en los hombres. Al ver el fulgor de tantos ornamentos, el joven Moisés
lanzó un gritó de alegría y se puso a retozar, como todos los niños de su edad.
Para acabar de satisfacer su curiosidad, la princesa quiso acceder al deseo del
niño de coger las joyas; examinó la habitación para ver si alguien les observaba
y, al no ver a nadie, inclinó a Moisés sobre la corona y el cetro. El niño los
cogió rápidamente pero no podía alzarlos, así que la princesa le ayudó y le
puso la corona en la cabeza. Moisés tiró el cetro a los pies de la princesa,
intentó quitarse la corona de la cabeza y acabó dejándola caer sobre la mesa y
pisándola. Mientras la   princesa se divertía con el joven Moisés, un chambelán
del  rey  presenciaba  todo  desde  un  lugar  oculto.  El  chambelán  fue
inmediatamente a contarle al rey lo que había ocurrido, censurando la conducta
de Moisés para que el rey ordenase su muerte y se cumpliese la sentencia
pronunciada contra los recién nacidos en Israel. La princesa, tras colocar en su
sitio la corona y el cetro, volvió a coger al joven Moisés en sus brazos y fue a
las habitaciones de su padre para presentárselo. Pero el Faraón, que había
sido  prevenido  por  su  chambelán,  recibió  a  su  hija  de  manera  muy  fría  y
desatenta, lo que no era habitual en él. La princesa, desconcertada, pidió al
Faraón una audiencia particular para saber el motivo de su frialdad. El rey
aceptó su solicitud y, una vez a solas con ella, ni siquiera le dejó tiempo para
hablar, sentenciando a muerte a Moisés. La princesa, cuyo desconcierto iba en
aumento, hizo todo lo posible para saber de su padre el motivo de tan rigurosa
orden, señalándole que ese niño nunca sería una amenaza para él. El rey se
enterneció  de  tal  manera  con  sus  palabras  y  sus  lágrimas  que  acabó
contándole lo que el chambelán le había comunicado. “¿Se trata sólo de eso?”,
dijo la princesa. “Es cierto que el niño ha cogido vuestro cetro y vuestra corona,
pero no podéis ver ahí ningún propósito malévolo y si los ha dejado caer no es
por desprecio ni por maldad. No obstante, puesto que habéis  pronunciado
vuestra sentencia, sólo me queda pediros que suspendáis la ejecución hasta
que  realicemos  una  comprobación  en  vuestra  presencia,  sirviéndonos  del
fuego”. El rey aceptó. La princesa hizo que trajesen ante él, y en presencia de
la nodriza de Moisés, un gran anafre, que colocaron en una mesa, junto a la
corona y el cetro del rey. La princesa puso al niño sobre la mesa, como había
hecho la primera vez. En cuanto el joven Moisés vio el fuego se abalanzó sobre
él, sin mirar el cetro ni la corona, cogió con la mano derecha un trozo de carbón
encendido y se lo llevó a la boca, donde se apagó tras quemarle parte de la
lengua. Tras este experimento, la princesa, protectora temporal de Moisés por
disposición divina, refutó el testimonio temerario del chambelán, diciendo al rey:
“Si lo que se os ha informado de este niño fuese cierto y actuase guiado por el
Dios del pueblo de Israel, que os rinde servidumbre, Su influjo habría vuelto a
manifestarse; pero habéis visto que no ha prestado la menor atención a vuestro

 

 

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cetro y vuestra corona, prefiriendo el fuego, pese a todo el mal que podía causarle y le ha causado. Considerad, pues, la intención de vuestro chambelán que ha querido induciros a ordenar la muerte de este niño. De vuestra gloria y vuestra justicia depende que este hombre no quede impune.”

 

Inmediatamente, el rey desterró al chambelán de las tierras de Egipto,
forzándole  a  errar  por  otras  naciones  durante  toda  su  vida.  La  princesa
agradeció su decisión al Faraón y dispuso todo tipo de cuidados para Moisés.
En este suceso tenemos la causa de la deficiente pronunciación de Moisés y
por  él  se  establecería,  posteriormente,  la  circuncisión  de  los  labios.  No
pretendo  profundizar  aquí  en  los  tipos  de  todos  los  hechos  que  acabo  de
relatarles. Les bastará con reflexionar sobre todos los infortunios sufridos por el
Faraón  y  su  pueblo  desde  esa  época.  Además,  si  leen  las  Escrituras
cuidadosamente, verán claramente en esos hechos el tipo de la venida de
Cristo a este mundo. La princesa representaba a la madre de Cristo, esa bella
virgen de la que se dice: soy negra, soy bella. En cuanto al chambelán, no se
equivocó al decir al rey que el joven Moisés había sido guiado por el Dios de
los  hebreos.  Este  hombre  era  uno  de  los  demoníacos  magos  de  Egipto;
profesaba las ciencias diabólicas, que le permitían percibir el espíritu divino que
obraba en Moisés y en la princesa; era un tipo manifiesto de la acción del
intelecto demoníaco contra el intelecto espiritual divino.

 

A la edad de siete años, Moisés perdió la princesa, su protectora; hasta
los veinte años permaneció bajo la protección del rey y, junto con Aarón, su
hermano mayor, bajo la dirección de sus padres. No les he explicado el nombre
de Moisés; como aclaran las Escrituras, Moisés fue llamado así por la hija del
Faraón al salvarle de las aguas. Gracias a la protección del rey, Moisés vivía en
toda libertad entre sus hermanos hebreos y el pueblo de Egipto. Un día que
paseaba por un lugar apartado vio a un egipcio maltratando brutalmente a uno
de sus hermanos hebreos. Moisés, que medía seis pies de altura y tenía una
fuerza proporcional a su tamaño, se abalanzó sobre el egipcio matándolo de un
solo golpe. Por ese motivo, se vio obligado a huir de la tierra de Egipto. Esta
huida no representa ningún tipo espiritual; sin embargo, el homicidio del egipcio
anunciaba la fuerza y el poder que el Creador entregaría a Moisés para liberar
a su pueblo, y anunciaba claramente esa liberación y el escarmiento de los
egipcios. He aquí todo lo que podría interesarles sobre el origen y los primeros
años de la vida de Moisés. Pueden ver que sus primeras actuaciones repiten
exactamente las de todos los anteriores elegidos. Tras pasar cuarenta años
fuera de Egipto, siempre protegido por el Creador, ofreció su cuerpo y alma en
sacrificio para la liberación de sus hermanos hebreos. Luego, invocó al Creador
para saber si este sacrificio había sido de su agrado. El Creador le envió un
ángel que le informó de su destino, acorde a su resignación, firmeza y amor por
sus hermanos. El ángel dijo a Moisés: “Conduce a tu pueblo hasta los confines
del desierto de Madián; allí el Creador te hará saber Su voluntad”. Moisés
realizó una invocación entre el desierto de Madián y el monte Horeb, volviendo
a ofrecer su cuerpo y su alma al Creador: “¡Oh Padre Eterno, Creador de todos
los poderes!. ¡Acepta el sacrificio que te ofrezco en la santidad y pureza del
poder  divino  que  recibí  de  Tu  gracia  y  para  Tu  gran  gloria!.  Me  entrego
totalmente a Tu grandeza infinita. Hágase en mí según Tu voluntad; recibe el
sacrificio de mi alma, mi corazón y mi cuerpo, y de todo lo que me pertenece

 

 

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espiritual  y  temporalmente,  para  la  expiación  del  pecado  del  padre  de  los
hombres y de toda su descendencia. Todo procede de Ti y a Ti ha de volver.”

 

A diferencia de la primera vez, Moisés precisó las tres partes de su
sacrificio y sintió que su operación había sido del agrado del Creador. Ofreció
primero su alma, pues no puede ofrecerse nada más perfecto al Creador que el
espíritu menor, que es semejante al espíritu divino. En segundo lugar, ofreció
su corazón, es decir el poder espiritual que recibe el alma en el momento de su
emanación. Este poder está representado por los cuatro caracteres inscritos en
el corazón del hombre; caracteres que los anatomistas ya conocían pero no
sabían interpretar, por lo que omitieron su explicación, como aclararé cuando
tratemos ese tema.   Por último, Moisés ofreció su cuerpo para proclamar las
tres esencias espirituosas de donde proceden todas las formas incluidas en el
universo. Tras esta segunda operación, el espíritu divino le llamó por el nombre
de Moisés, el mismo que había recibido de la hija del Faraón, lo que le confirmó
la primacía que el Creador le otorgaba frente a sus hermanos. El Espíritu le
explicó cómo debía entrar en el centro del esplendor del fuego divino que
rodeaba al monte Horeb, montaña que se denomina enigmáticamente “bosque
ardiente”. Moisés, quitándose los metales y elementos impuros, se extendió
completamente boca abajo, representando el descanso de la materia abatida
por la presencia del Espíritu del Creador y el descanso natural de todas las
formas tras sus operaciones temporales. Esta actitud también representa, por
un lado, la necesaria reintegración de todas las formas corporales particulares
a la forma general; por otro, la separación del alma al contemplar el espíritu,
pues el cuerpo material no interviene en modo alguno en lo que sucede entre el
menor y el espíritu divino. La confirmación de esto la encontramos en el éxtasis
de contemplación divina de sabios y elegidos del Creador y del mismo Cristo.

 

Esta vaguedad del cuerpo mientras el alma está en contemplación no es
difícil de entender. Piensen en un hombre dormido, ¿no podríamos disponer de
su forma e incluso destruirla sin que pudiese defenderse?. No piensen que esto
se debe a que tiene los ojos cerrados, pues algunas personas duermen con los
ojos abiertos y no por eso están más protegidas. Lo único que ocurre es que el
alma ha interrumpido la relación entre sus funciones espirituales y las funciones
corporales de la forma, y el cuerpo queda bajo la dirección del agente corporal,
que no conoce qué puede sucederle de bueno o malo si no se lo comunica el
alma. Lo mismo ocurre cuando la contemplación es suficientemente fuerte,
pues  afecta  profundamente  al  alma;  el  cuerpo  entra  en  una  especie  de
inacción,  no  puede  recibir  impresión  alguna  porque  el  alma  se  dedica  por
completo al objeto de su contemplación espiritual. No deben pensar que el
alma  se  separa  del  cuerpo,  únicamente  lo  hace  en  acción  espiritual,  no
literalmente. La prueba de esta insensibilidad corporal cuando el alma está en
contemplación la tenemos en los suplicios causados al cuerpo de Jesucristo y
de diversos mártires. El cuerpo de Cristo no sentía el dolor de los tormentos
que se le infligían. Si este cuerpo se movía, era simplemente por la acción de lo
que lo oprimía contra su ley natural. Aquellos que sufrieron terribles suplicios
por seguir el ejemplo de Cristo, gozaron de Su misma gracia de acuerdo con su
misión, que sólo pretendía la gloria del Creador. La contemplación de Cristo era
ante el Espíritu del Padre; la de los dichosos mortales que le han imitado, ante
el del Hijo divino. Esto aclara la interrupción de la acción del alma y la ausencia

 

 

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del cuerpo o ignorancia de lo que ocurre a su alrededor. Pero volvamos a Moisés.

 

Mientras  se  encontraba  postrado,  el  Creador  le  entregó  los  cuatro
poderes   divinos   necesarios   para   actuar   contra   los   cuatro   príncipes
demoníacos,  que  manifestaban  toda  su  maldad  contra  Israel  en  tierras  de
Egipto. Toda la gloria y justicia del Creador se manifestaría gracias a este sabio
nuncio. Con esta finalidad, le dotó con los mismos poderes de los que había
gozado  Adán  en  su  estado  de  gloria;  lo  que  demuestra  que  todo  hombre
deseoso de aprender puede lograr perfectamente ese cuádruple poder, aunque
tenga un cuerpo material. Moisés se resistió a la voluntad del Creador, pero no
fue por desobediencia o rebeldía sino porque se veía incapaz de llevar a cabo
la misión encomendada por el Creador, dado el defecto de pronunciación que
tenía después de la experiencia realizada por su protectora, la princesa, en su
niñez. Su temor y su desconfianza evidencian que sólo podemos contar con un
mandato  sublime  si  lo  recibimos  del  Altísimo.  El  Creador  dispuso  que  su
hermano Aarón fuera con él para interpretar sus palabras y que Ur le ayudara a
realizar  sus  operaciones  espirituales.  Aarón  significa “hombre  superior  en

gracia  divina”  o   “profeta  divino”,  y  Ur,   “fuego  del  Señor”  o  “espíritu  de  la

Divinidad”.  Moisés  dijo  entonces:  “Hágase  la  voluntad  de  Dios,  según  Sus palabras, para liberación de Su pueblo y castigo de los egipcios.”

 

Inmediatamente se dirigió a la tierra de Egipto con sus dos ayudantes,
se presentó ante el Faraón y le ordenó, en nombre del padre Eterno, que
devolviese la libertad a los hebreos. El Faraón se negó. Moisés volvió a repetir
esta orden una segunda y una tercera vez, pero la respuesta fue la misma.

 

Al ver la rebeldía del Faraón, Moisés se dirigió al centro de Egipto para
utilizar todo el poder que le había entregado el Creador. Asoló Egipto y castigó
a sus habitantes con siete terribles plagas que sumieron estos lugares  de
tinieblas en el colmo de la desolación, como relatan las Escrituras. Luego,
Moisés advirtió a todos los hijos de Israel que estuviesen listos la medianoche
del 14 al 15 de la Luna Nisan o marzo, pues ese era el momento en que serían
liberados  de  su  esclavitud  y  se  dirigirían  a  la  tierra  que  el  Creador  había
prometido a sus padres. El pueblo cumplió las órdenes que había recibido.
Moisés, por su parte, se preparó para llevar a acabo su importante misión. Hizo
traer un cordero blanco de un año, sin mancha exterior o interior; este cordero,
símbolo de la víctima que sería inmolada posteriormente en beneficio de la
humanidad, representaba también la pureza del cuerpo y alma de los hijos de
Israel. Aarón degolló el cordero como ofrenda de expiación, Moisés marcó con
su sangre las cuatro esquinas del lugar donde realizaría su gran rito para
castigar las cuatro partes de Egipto y derramó la sangre que sobraba por el
suelo. Moisés ordenó a todos los hijos de Israel que buscasen un cordero
similar al suyo. Los ancianos de cada familia debían degollarlo y marcar con su
sangre el dintel y los dos postes de la puerta de su casa. Esa era la marca de
la alianza del Creador con Israel y de la exterminación total de los egipcios.

 

Esa señal enseñaba a los israelitas dos cosas: la primera, que la sangre
animal,  tomada  como  símbolo  de  poder,  representa  su  alma  espiritual;  la
segunda, que esa misma sangre era el tronco y el lugar desde donde su alma

 

 

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rige y dirige su forma particular. Esta figura también simbolizaba las cuatro
regiones  celestes  desde  donde  Moisés  hacia  salir,  gracias  a  sus  cuatro
poderes divinos, a los ángeles exterminadores para castigar a los egipcios y
velar por la defensa del pueblo de Israel durante su huida de Egipto. Moisés
ordenó  a  los  israelitas  que  degollasen  al  cordero  elegido,  lo  cocinasen,
comiesen toda su carne desde la cabeza hasta la mitad del cuerpo y dejasen
que el fuego consumiese el resto. Con esa orden de cocinar el cordero, Moisés
representaba  a  los  israelitas  la  purificación  de  su  forma  corporal  como
preparación para la comunicación del intelecto espiritual divino; al ordenar que
se quemase lo que quedara de él, quería representarles la reintegración de las
esencias espirituosas al eje central del que proceden. Pues, al igual que el
fuego reduce a cenizas todo lo que quema, el eje central tiene la propiedad de
devorar  y  hacer  desaparecer  totalmente  todo  lo  que  se  reintegra  en  él,
eliminando  cualquier  forma  y  sustancia  que  pudiera  ser  habitada  por  un
espíritu. Moisés indicó a los israelitas que aquellas familias que no tuviesen
cordero debían reunirse con otras que sí tuviesen. Así anunciaba la futura
aceptación de la ley divina por los idólatras de Egipto.

 

Para explicarles los acontecimientos previos a la liberación del pueblo
hebreo  de  su  esclavitud,  debo  relatarles  las  operaciones  espirituales  que
Moisés se vio obligado a oponer a las de los magos de Egipto y los sabios de
Ismael,  que  encontraban  entre  los  egipcios.  Estos  magos  y  sabios  habían
profesado secretamente en Egipto, de generación en generación, la ciencia
divina, pero Moisés les descubrió y les dijo así: “En verdad os digo, magos de
Egipto y sabios de Ismael, que vengo en nombre del Padre Eterno para oponer
mi poder al vuestro, para gloria de Dios, de quien todo depende, y para liberar
a  Su  pueblo  elegido. ¿Por  qué  actuáis  contra  la  voluntad  del  Creador,

endureciendo el alma del Faraón e induciéndole a rechazar la petición que he presentado a favor de Israel?”. Los sabios y magos le contestaron: “Si el Dios al que sirves es tan poderoso como dices, ¿por qué no se vale de Su propia voluntad, sin ayuda de un ser como tú?. Vete, tú Dios no es el que afirmas, tu poder es una farsa.”

 

Moisés, sorprendido por este insulto, tiró al suelo la vara que tenía en la
mano  derecha,  que  se  convirtió  en  una  serpiente.  Uno  de  los  sabios  tiró
también su vara que, al igual que la de Moisés, se convirtió en una serpiente.
Las  dos  serpientes  permanecieron  enfrentadas durante todo  el  tiempo  que
Moisés interpretó a los magos de Egipto el tipo de esta metamorfosis: “Magos
de Egipto y vosotros, sabios de Ismael, conozco vuestro poder y lo que puede
hacer; vuestro poder es al mío lo que el mío es al del Dios vivo de Israel. Estas
serpientes que se arrastran por el suelo explican la postración y el final del
vanidoso poder de los demonios y de los hombres que han seguido su ejemplo.
La serpiente salida de mi vara, que devorará a la de la tuya, anuncia que el
hombre no siempre reptará por la tierra, sino que un día disfrutará de su poder
original y marchará de pie contra aquellos que le han hecho caer. Además, os
digo  que  la  transformación  de  estas  varas  en  formas  repugnantes  es  la
explicación real de la transformación de las formas gloriosas de los espíritus
superiores demoníacos y menores espirituales divinos en vil materia terrestre,
que  les  mantiene  en  privación.  Y  dirigiéndose  al  Creador  añadió:  “¡Señor,

 

 

 

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levántate y anda frente a mí, para que se manifieste Tu gloria ante Tu poderoso elegido!”

 

Tras esta invocación, Moisés asió la cola de la serpiente que estaba a su
lado; una vez en su mano, ésta volvió a convertirse en cayado. El mago de
Egipto no dudó en hacer lo mismo. Entonces Moisés volvió a hablar y le dijo:
“La desaparición de estas serpientes para volver a tomar su forma original os
demuestra que la existencia de todas las formas de este universo no es real ni
se debe a ellas mismas, sino al ser que las anima, y que todo lo que existe en
apariencia desaparecerá con tanta facilidad como esas dos serpientes que
actuaban ante vosotros. Sabed, además, que la destrucción de las formas de
estas dos serpientes anuncia claramente la destrucción de la tierra que habitáis
y  de  sus  habitantes.  Temblad  si  os  encontráis  entre  aquellos  que  serán
castigados por la justicia del Padre Eterno”. El mago, sin atreverse a realizar
nada más ante Moisés, se inclinó y regresó con el Faraón, pero no le refirió las
ciencias que aquel poseía.

 

No es necesario detallar todas las operaciones particulares de Moisés
para  lograr  la  liberación  de  sus  hermanos,  pues  las  Escrituras  lo  explican
bastante claramente; sin embargo, quiero que sepan lo que simbolizan los
cuatro sabios de Ismael y los tres magos de Egipto de los que les he hablado.
Los  cuatro  sabios  nos  enseñan  que  el  verdadero  culto  al  Creador,  y  su
ceremonial, ha permanecido y permanecerá siempre entre los hombres de la
tierra hasta el final de los siglos. Pero, con frecuencia, la debilidad y la iniquidad
de  los  hombres  les  han  hecho  abandonar  ese  conocimiento  divino  para
dedicarse a cultos materiales, como representan los tres magos de Egipto.
Estos  tres  magos  realizaban  exclusivamente  operaciones  demoníacas,
viviendo  voluntariamente  al  amparo  de  lo  material.  Por  este  motivo,  se
encontraron entre los desafortunados que perecieron bajo la justicia del Padre
Eterno en Egipto.

Estos tres magos no cesaban de combatir el poder espiritual de Moisés y
de oponerse a sus trabajos espirituales, hasta su novena actuación en nombre
del  Creador.  La  imitación  que  los  magos  hicieron  de  su  actuación  logró
inquietar a Moisés e incluso hizo que se tambaleara la gran fe que tenía en el
Creador. Con lágrimas en los ojos, exclamó: “¡Oh, Padre Eterno, Dios de Israel!
¿en qué he fallado en la misión que me habías encomendado?.  ¿Por qué,
Señor, no he sido advertido de que no era el único a Tus órdenes en la tierra
de Egipto?. Ten piedad de Tu servidor, que obrará sin Tu ayuda”. Tras esta
oración, Moisés sintió renacer en su alma la más viva fe. El décimo día, cuando
debía finalizar todos sus actos divinos, convocó a los cuatro sabios y a los tres
magos  ante  el  Faraón,  para  que  fuesen  testigos  de  su  décima  y  última
actuación. Una vez reunidos, Moisés les dijo: “El Dios de Israel todo lo oye y
todo lo sabe; ha visto a los sabios de Ismael; ha oído a los tres malvados
magos de Egipto, uno de ellos servirá de ejemplo a los demás”. Moisés llevó a
cabo su actuación con ayuda de Aarón y Ur, pero uno de los tres sabios, más
intrépido y temerario que los otros, se aproximó al círculo. Inmediatamente,
Moisés  le  hizo  apartarse  apoyando  en  su  pecho  dos  dedos  de  su  mano
derecha.  El  mago  retrocedió,  pero  salió  del  círculo  sin  apartar  la  vista  de
Moisés para intentar entender qué se proponía contra él y qué ocurriría tras su

 

 

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invocación, en la que éste decía: “El Creador ha depositado todo su poder en
su servidor Moisés, agradeciéndole la gran fe que ha depositado en Él. ¿Por
qué el Dios al que adora este mago no rinde a su servidor el mismo tributo?.
¿Por qué deja que se convierta en ejemplo inmemorial de la justicia divina para
Israel y todo Egipto?”. En cuanto hubo pronunciado estas palabras, el cuerpo
del mago sufrió una transformación que turbó a todos los presentes. Esa fue la
última operación espiritual divina en la tierra de Egipto. Todo lo que les acabo
de  relatar  debe  ayudarles  a  entender  que  el  poder  de  los  demonios  no
prevalecerá jamás contra el del Espíritu Divino. Observen además, que toda
acción  en  el  universo  tiene  una  reacción;  si  no  fuera  así,  no  existiría  el
movimiento  ni  la  vida,  ni  habría  formas  corporales.  De  igual  modo,  sin  la
reacción  demoníaca,  no  existiría  vida  espiritual  fuera  de  la  circunferencia
divina.

 

El Faraón, horrorizado por las plagas que Moisés había desatado sobre
Egipto, se vio forzado a aflojar su yugo sobre los hijos de Israel, poniéndolos
bajo la dirección de Moisés para que fuesen a ofrecer un sacrificio a su Dios.
Además,  les  permitió  llevarse  prestado  vasos  de  oro  y  plata,  diferentes
utensilios de metales preciosos y todos los perfumes necesarios para el gran
culto que Moisés realizaría con su pueblo. Les fijó un tiempo para ofrecer sus
sacrificios  pero,  viendo  que  no  regresaban  pasado  ese  tiempo,  el  Faraón
ordenó perseguirles, no tanto para devolverlos a su estado de esclavitud, sino
para recuperar todas las riquezas que habían cogido prestadas a los egipcios.

 

La mayoría de los hombres, poco conocedores de los tipos espirituales
que ocurren en el universo, han tachado a los hijos de Israel de ladrones y
traidores  por  llevarse  esos  bienes.  Pero, ¿en  qué  fundan  su  juicio  esos

ignorantes?.   ¿Saben  en  qué  consintieron  las  riquezas  que  los  israelitas
cogieron a los egipcios?. ¿Saben qué uso les dieron?. ¿Saben si el pueblo de
Israel realizó ese supuesto mal por su única voluntad o si actuó, como en el
resto de sus operaciones divinas, por orden de Aquel que acababa de liberarles
de la esclavitud?. Para que vean hasta dónde llega la ignorancia de esos
supuestos eruditos, les diré que todas las riquezas en cuestión eran los ídolos
materiales  de  los  egipcios.  La  incautación  que  hizo  de  ellos  Israel  era  un
verdadero  castigo  de  la  justicia  divina,  para  privarles  de  los  objetos  más
preciados  de  su  idolatría;  ese  es  el  inevitable  destino  de  todos  lo  que  se
consagran en cuerpo y alma a la materia. El príncipe de la materia favorece
momentáneamente a sus seguidores para alejarlos, en pensamiento u obra, de
su único principio espiritual divino; pero, una vez que han alcanzado el colmo
de sus satisfacciones, los abandona rodeados de trampas para hacer que se
precipiten en los abismos.

 

No puede decirse que Israel se enriqueciese con los bienes que incautó
a los egipcios. Según cálculos realizados, la suma ascendería a un millón de
nuestra  moneda. ¿Bastaría  para  enriquecer  a  un  millón  doscientos  mil

hombres, mantenerles durante los cuarenta años que permanecieron en el
desierto,   respaldar las importantes guerras que debieron luchar?. En vez de
imaginarlo, piensen que Israel vivió en el desierto gracias al sustento celestial;
que las batallas contra los enemigos de Dios eran enfrentamientos espirituales
para los que no necesitaban dinero; que los israelitas no utilizaban entre ellos

 

 

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monedas  de  oro,  de  plata  ni  de  metal  alguno  para  cubrir  todas  sus
necesidades. Vean, además, que no realizaron, ni en el desierto ni al llegar a la
tierra prometida, ningún tipo de negocio o comercio de bienes materiales con
las riquezas tomadas a los egipcios. Todo esto pone en evidencia la parcialidad
de quienes sospechan de la rectitud de los israelitas y les tachan de ladrones.
Semejantes reproches sólo pueden ser dictados por la ignorancia y el orgullo;
quienes,  por  su  indiscreción,  los  han  hecho  salir  a  la  luz,  no  han  tenido
dificultades para seducir y convencer al resto de los hombres con sus palabras.
Los débiles que se hayan dejado seducir por ellos, a poco que hagan uso de
razón y vean la verdadera luz, serán los primeros en condenarles. Pero, para
acabar con las deshonrosas sospechas que recaen sobre Moisés y su pueblo,
bastará  con  relatarles  en  qué  utilizaron  el  botín  incautado  a  los  egipcios.
Sepan, por tanto, que todos esos vasos, metales y utensilios de oro y plata sólo
sirvieron al pueblo de Israel para realizar los diferentes cultos divinos y decorar
el  templo  o  arca  de  la  alianza  erigida  por  Moisés  en  gloria  del  Creador.
Continuemos con el relato:

 

Moisés, que sabía que el camino que deberían recorrer para evitar la
persecución del Faraón sería muy largo, ordenó a los israelitas que reunieran
enormes  provisiones  de  pan  sin  levadura  para  poder  sobrevivir  hasta  que
entraran al desierto de Canaan. Sólo les explicó el significado de ese pan sin
levadura, que tanto les había extrañado, una vez allí: “Sabed, pueblo de Israel,
que el pan sin levadura que comisteis con el cordero en tierras de Egipto
durante  vuestros  últimos  ocho  días  allí,  os  anunciaba  la  vida  espiritual,  el
alimento del que os proveerá el Creador durante todo el tiempo que combatáis
en  Canaan.  Esos  alimentos  diferentes  os  anunciaban,  asimismo,  vuestra
reconciliación  con  el  Creador  y  vuestra  liberación  de  la  esclavitud,  pues
abandonabais  los  alimentos  profanos  de  los  egipcios,  quienes  serían
exterminados  por  el  Creador”.  Israel  entendió  estas  palabras  de  Moisés
cuando, tras cruzar el mar Rojo, empezó a llover maná. Pero ya hablaré de
esto en el lugar correspondiente.

 

Las diferentes expediciones que el Faraón envió en persecución de los israelitas representan las artimañas y recovecos de los que se sirve el espíritu demoníaco para corromper al hombre con su abominación y destruir, así, su poder. Eran una simple repetición de las trampas que los demonios tendieron en  otra  época  a  los  israelitas,  que  les  hicieron  caer  bajo  el  poder  de  los egipcios. Pero el espíritu divino protector y defensor de los hombres utiliza los mismos métodos para escarmentar al espíritu demoníaco, por lo que se sirvió de Israel para la destrucción de Egipto.

Israel era el tipo del intelecto espiritual divino, sus diferentes partidas
antes  y  después  de  cruzar  el  mar  Rojo  eran  los  medios  espirituales  que
utilizaba  el  Creador  para  ajusticiar  a  Sus  enemigos  y  liberar  a  Su  pueblo
elegido. Israel pudo presenciar claramente esta protección divina en el desierto
de Fihahirot, entre Migdol y el mar Rojo. El primer nombre significa  “acción
redimida”, el segundo “forma de abominación” y el del mar Rojo “abismo de
amargura”.

 

 

 

 

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Moisés,  estando  en  el  desierto  con  todo  Israel,  divisó  el  frente  del
ejército egipcio que marchaba contra ellos. Realizó una última invocación para
poner a los hijos de Israel bajo la protección del Creador, pues no creía que su
poder fuera suficiente para evitarles el mal y la desgracia les amenazaban. Su
súplica fue escuchada; el pueblo de Israel, que había sucumbido al temor y al
pánico ante sus enemigos, se reafirmó en una confianza ciega en el Creador y
en su servidor Moisés. Esta fe se vio fortalecida por una columna de nubes que
formó una especie de muralla entre el ejército de Israel y el de los egipcios, que
no podían verse uno a otro aunque estaban en el mismo desierto. Al ver esta
columna, Israel entero exclamó: “Alabado sea el Dios de los hijos de Israel, que
nos  ha  salvado  de  la  rabia  de  nuestros  enemigos”.  El  pueblo  de  Israel
permaneció aún varios días en el desierto, bajo la protección de esa columna
de nubes pero, cuando llegaron al mar Rojo, el Creador hizo desaparecer la
columna para que pudiesen ver la manifestación de la justicia divina contra sus
enemigos. Al ver al ejército egipcio, el desconcierto y el pánico volvieron a
apoderarse  de  los  hijos  de  Israel,  pero  lograron  tranquilizarse  y,  sacando
fuerzas de su fe, se sometieron a la voluntad del Creador y de Moisés.

 

Moisés  había  indicado  quiénes  deberían  librar  batalla.  Separó  a  las
mujeres, niños y ancianos de cada tribu, disponiendo que serían los primeros
en  cruzar  el  mar  Rojo,  guiados  por  él.  Luego  situó  a  su  hermano  Aarón
dirigiendo a los elegidos para la batalla, a Ur en la parte media y a Josué en la
retaguardia. En este orden se pusieron en marcha ante el ejército egipcio, para
que les persiguieran hasta el punto en el que el Creador exterminaría al Faraón
y a su pueblo. La noche del 14 al 15 de Nisan o mes de marzo, Moisés llegó
con todo su ejército a la orilla del mar Rojo. Una vez allí, se situó a la cabeza
de  los  que  debían  pasar  en  primer  lugar,  es  decir  las  mujeres,  niños  y
ancianos. Extendió su mano sobre las aguas y hundió en ellas su cayado.
Inmediatamente, las aguas se separaron a derecha e izquierda dejando el paso
libre a los israelitas. Una columna de fuego marchaba delante del pueblo, por el
camino que Moisés había trazado. Esta columna marchaba siempre delante de
Moisés y su pueblo,   iluminándoles y sumiendo así a sus enemigos en una
oscuridad mayor. Moisés llegó con su grupo hasta la mitad del mar Rojo y allí
esperó a los demás. Luego continuó su marcha, conduciendo a los hijos de
Israel hasta la otra orilla, donde volvieron a caminar sobre senderos de tierra.

El Faraón había visto que los israelitas se encontraban cerca del mar
Rojo, por lo que redobló su marcha para alcanzarlos. Al perderles de vista en la
oscuridad, ordenó a su ejército que encendiesen antorchas para seguir sus
huellas; sin embargo, este recurso acabó perjudicando a los egipcios, más que
ayudarles, pues el ejército del Faraón, ocupado en seguir las huellas de sus
enemigos, no se dio cuenta de que se había alejado de la orilla del mar y
marchaba entre las aguas suspendidas a ambos lados. Si bien es cierto que el
camino trazado era suficientemente amplio para no percibir el peligro, sobre
todo en una noche tan oscura. Finalmente, cuando el Faraón y todo su ejército
se encontraban a medio camino, e Israel ya había salido de entre las aguas,
éstas volvieron a unirse engullendo a todos los egipcios. El centro del mar era
el lugar que Moisés había asignado a los espíritus exterminadores para lograr
la derrota completa de sus enemigos. Los israelitas acamparon al otro lado del
mar, a decir verdad, sin orden ni concierto. Cuando hubieron descansado unas

 

 

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dos horas, Moisés les despertó para hacerles meditar sobre la bondad infinita
del Creador, que se había manifestado de tal manera ante ellos. Hizo que
rindieran gracias al Padre Eterno. Cuando finalizaban la acción de gracias,
empezó a despuntar el día quince de la Luna. En ese momento, vieron caer
maná por primera vez. Moisés les informó que era el alimento que les enviaba
el Creador, confirmando así su gracia y su reconciliación. Les advirtió que cada
uno de ellos podía coger una porción de este maná para su sustento diario,
pero  que  no  les  estaba  permitido  guardarlo  para  el  día  siguiente;  si
desobedecían esta ley, el maná que hubiesen guardado se corrompería y no
podrían comerlo. Les dijo, además, que cada porción que tomasen en exceso
se deduciría de las de otros israelitas, de manera que nadie podría tomar más
de su porción sin perjudicarse a sí mismo y a sus hermanos; no obstante, para
que el castigo recayese especialmente en el culpable, éste enfermaría de lepra
y guardaría siete días de ayuno y penitencia. Además, ordenó que, durante los
días  de  su  expiación,  la  porción  de  maná  del  culpable  se  repartiera  entre
aquellos de sus hermanos que hubiesen resultado perjudicados por su codicia,
así su tribu sabría que entre ellos había pecadores que habían sido castigados
por el Padre Eterno. Estas fueron las primeras instrucciones que recibieron tras
cruzar el mar Rojo, instrucciones que nos enseñan que el sustento de nuestro
ser, temporal o espiritual, depende del poder del Creador, no del nuestro ni de
nuestra disposición demoníaca.

 

Tras estas instrucciones, Moisés prohibió a los israelitas lavarse en el
agua del mar Rojo y utilizarla para uso alguno, pues estaba manchada con la
sangre  de  la  abominación  y  en  sus  abismos  yacía,  por  una  eternidad,  la
iniquidad de Egipto y de sus habitantes. Luego se dirigió a ellos, diciéndoles:
“Israel, lo que os he dicho respecto a la manifestación de la gloria y la justicia
divina es superior a todo lo que podáis imaginar. Que el recuerdo de la gloria
del Creador permanezca por siempre en vuestra memoria, de generación en
generación, hasta el final de los siglos, y que las plagas que ha enviado para
manifestar Su justicia sean por siempre recordadas por los habitantes de los
cielos y la tierra. Dirigid vuestros ojos hacia la orilla de ese mar que habéis
cruzado sin mojaros los pies y reconoced el prodigio del Creador para vuestra
liberación  y  reconciliación”.  El  pueblo  de  Israel  dirigió  su  mirada  al  mar y,
viendo en él los cuerpos de todos los hombres del ejército de Egipto, entre los
cuales  se  confundía  el  del  Faraón,  se  prosternó  a  los  pies  de  Moisés
exclamando:  “Moisés,  que  el  Dios  de  nuestros  padres,  que  te  ha  erigido
protector de los hijos de Israel, te oiga eternamente. Te suplicamos, en nombre
del Dios que nos ha hecho llegar aquí, que le presentes nuestras almas en
sacrificio y en acción de gracias por todos los favores recibidos, para que nos
proteja por siempre del terrible azote de Su justicia.”

 

Los cadáveres de los egipcios flotaron durante todo el día de la Luna de
Nisan. Se desplazaban primero hacia la orilla de Egipto y luego hacia la orilla
donde  se  encontraba  el  pueblo  de  Israel.  Los  cadáveres  realizaron  este
recorrido varias veces, para que los restos infortunados de los egipcios fuesen
testigos de la gloria del Creador y de la justicia que ejercía contra Egipto y en
beneficio de Israel. El cuerpo del Faraón fue el último en ser sepultado por las
aguas, permaneció flotando aún un día cuando el resto de los cadáveres ya se
habían dispersado.

 

 

102


 

 

 

 

 

 

A partir de entonces, Moisés empezó a establecer el culto divino de
Israel. Volvió a decretar las cuatro vigilias diarias (cuatro oraciones cada seis
horas)  y  las  cuatro  invocaciones  anuales;  la  última  de  ellas  era  la  gran
invocación de Moisés para agradecer los beneficios concedidos por el Creador,
bien  en  sus  oraciones  anuales,  bien  en  las  diarias.  Moisés  restableció  los
diferentes  cultos  en  cuarenta  y  nueve  días;  el  día  cincuenta  explicó  a  los
israelitas  todos  los  prodigios  que  habían  acompañado  a  su  liberación:  “En
verdad os digo, pueblo de Israel, que el Creador ha puesto en vigor la ley para
vuestra reconciliación espiritual. Ha contrarrestado poder con poder, como os
expliqué con mis operaciones contra los sabios de Ismael y los magos de
Egipto. Todo ha sido realizado para vuestra satisfacción particular y para la
gloria del Creador y la manifestación de Su justicia. Este ser superior es, al
mismo  tiempo,  vuestro  Creador,  vuestro  libertador,  vuestro  guía  y  vuestro
defensor. Podéis ver el tipo de vuestro libertador en Aarón, que representa la
acción del Creador. El tipo de vuestro guía lo tenéis en Ur y el tipo de vuestro
defensor, en Josué. Así, cada una de las cuatro personas que han ayudado en
vuestra liberación, representa un tipo de la cuádruple esencia divina de la que
se ha servido el Creador para vuestra reconciliación. Escuchad ahora lo que
voy a deciros sobre los hechos acaecidos en vuestro favor en tierras de Egipto:
hacen alusión a tres grandes virtudes y poderes que el Creador ha querido
manifestar para fortalecer Su ley y a los hijos de Israel y para aniquilar a todos
sus enemigos.

 

La primera se manifestó desde la infancia de vuestro servidor Moisés: floté sobre las aguas, privado del uso de todos mis sentidos corporales y bajo la  única  guía  del  Creador.  Así  flotaba  el  espíritu  divino  antes  que  fuesen separadas la luz y las tinieblas, y de que cada cosa del universo tomara el lugar que le correspondía naturalmente según la ley. Así flotó Noé con su pueblo reconciliado. Noé fue el elegido del Creador para presenciar la manifestación de la justicia divina y redimir el culto divino en la tierra. Yo, Moisés, también he sido elegido para recordaros que el Señor es el único Creador de todo lo que tiene vida y acción en este universo. Cuando flotaba sobre las aguas, vosotros estabais aún lejos de su elección espiritual e ignorabais el tipo que el Padre Eterno le hacía representar en vuestro favor.

La segunda virtud se anunció gracias a todas las obras realizadas ante
los cuatro sabios de Ismael y los tres magos de Egipto. Los cuatro sabios
combatieron mi poder, repitieron mis cuatro primeras actuaciones, no supe qué
espíritu  les  guiaba  hasta  que  no  cumplí  la  voluntad  del  Creador;  lo  que
demuestra que es imposible que el hombre comprenda él solo las diferentes
acciones de la Divinidad. El repugnante cambio de la forma corporal del primer
mago del Faraón hacía alusión a la transformación del poder espiritual de los
menores en los tres círculos: sensible, visual y racional, donde tendrán que
actuar durante un periodo, dos periodos y medio periodo. El primer periodo
será en el círculo sensible, el más cercano a la materia terrestre; el segundo en
el círculo visual, el más cercano a la materia enrarecida; y el medio periodo en
el círculo racional, que es el más cercano al ultraceleste. Esto es, en verdad, lo
que os enseña la transformación sufrida por el primer mago.

 

 

 

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El primer grupo israelita que cruzó el mar Rojo representa la salida de
los hombres de las tres partes de la tierra al ser liberados por el Creador de las
tinieblas en que habitan, gracias al Mesías. Los tres tipos de personas que
conformaban este grupo significan los tres ángulos de la tierra: los ancianos, el
oeste;  las  mujeres,  el  sur;  y  los  niños  el  norte.  Aquí,  volvemos  a  ver  la
verdadera forma de la tierra, tal como la representó Adán al enviar a Caín al
sur; a Set, el menor de sus descendientes, al norte; y quedarse él en el oeste,
en lugar de Abel. El segundo grupo de israelitas, elegido para combatir a los
egipcios,  marchaba  iluminado  por  la  columna  de  fuego,  que  se  apagó  en
cuanto  cruzó  todo  el  ejército  de  Israel;  representa  a  los  espíritus  mayores
elegidos por el Creador para guiarnos y defendernos en nuestro enfrentamiento
espiritual contra Sus enemigos; estos elegidos son la sombra y el instrumento
de los espíritus mayores que protegen Israel por orden del Creador. Observad
atentamente  la  elección  realizada  por  el  Creador  entre  vosotros  y  seguid
fielmente sus recomendaciones para evitar Su reprobación.

La tercera virtud se anunció en los diferentes caminos que os he hecho
seguir por los desiertos de Egipto y por las diferentes operaciones espirituales
divinas que he realizado en las cuatro partes de esta tierra; así, según las
órdenes que me fueron dictadas, quedará dividida su vida por toda la eternidad
y será contraria a las leyes generales del cuerpo general terrestre. Mediante
esta acción contraria a su verdadera naturaleza, esta tierra sólo tendrá una
vegetación  impura,  apenas  capaz  de  alimentar  a  los  animales  más
repugnantes, que harán de ella su guarida. Este castigo ha sido aplicado en
vuestra presencia, para que sepáis que, por tercera vez, Egipto ha presentado
un  comportamiento  criminal  ante  el  Creador;  los  horrores  cometidos  han
atraído sobre esta tierra y sus habitantes todas las plagas de la justicia divina.
Habéis presenciado el último flagelo de la justicia del Creador contra el ejército
de Egipto, que fue pronosticado al incautar vosotros sus utensilios de oro y
plata para impedirles rendir culto a su falsa divinidad. Estos diabólicos pueblos
no entendieron entonces el tipo de esta incautación. Al contrario, se sintieron
halagados de que sus utensilios pudieran servir para el culto del Dios de Israel.
Pero la justicia divina les despojó de todos esos bienes temporales que no
deberán  volver  a  utilizar,  pues  se  repartirán  entre  las  naciones  y  serán
deshonrosamente  destruidos  por  mandato  del  Padre  Eterno.  Sí,  Israel,  en
verdad os digo que al dividir así la vida de esta tierra criminal, habéis caído
bajo el poder de los demonios, pues en ella sólo hay ahora una multitud de
intelectos demoníacos.

 

Que este ejemplo os enseñe a no abusar de los bienes temporales que
el Padre Eterno os permitirá recoger de la tierra prometida a vuestros padres,
que  pasará  ahora  a  vuestras  manos.  En  particular,  no  abuséis  del  poder
espiritual  que  os  ha  entregado  el  Creador,  reflexionad  sobre  el  espantoso
castigo de Adán y sus descendientes por profanar ese mismo poder del que
estaba  revestida  su  alma.  No  olvidéis  jamás  que  todo  lo  que  acabáis  de
presenciar  en  tierras  de  Egipto  es  una  repetición  exacta  de  la  justicia  del
Creador  sobre  la  tierra  para  expiar  el  crimen  del  primer  hombre  y  sus
descendientes.

 

 

 

 

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El castigo a la tierra por el delito de Adán no fue el mismo aplicado a sus
descendientes en tiempos de Noé, pues el crimen de Adán fue diferente al de
sus descendientes. A Adán su orgullo le llevó a querer ser creador. Él mismo
unió su poder divino con el del príncipe de los demonios y llevo a cabo una
creación de perdición. Tras este crimen, degeneró de su estado de gloria,
convirtiéndose en el oprobio de la tierra y viéndose sometido a la justicia divina,
a  la  inestabilidad  de  los  acontecimientos  temporales  y  de  los  cuerpos
planetarios, antes inferiores a él. Así, él y toda su descendencia permanecen
en privación divina en un círculo material: ese es el castigo de Adán. Sus
descendientes  delinquieron  y  prostituyeron  su  poder,  uniéndose  con  los
demonios para vivir en el libertinaje de sus pasiones materiales. Rechazaron
todas  las  leyes  divinas  que  habían  recibido  para  ser  merecedores  de  la
reconciliación de sus padres; ultrajaron a la Divinidad con los más horribles
comportamientos. Por eso fueron castigados con las condenas más crueles y
deshonrosas; fueron engullidos por las aguas, confundidos con las bestias, la
tierra fue la atroz sepultura de los cadáveres de todos esos menores inicuos y
prevaricadores. Todas las instrucciones que os relataron vuestros padres, y
que ellos recibieron del Creador, reafirman estos hechos. Pero volvamos al
crimen y castigo de los egipcios.

El Faraón, tipo del primer príncipe de los demonios, endureció el corazón
de su pueblo contra Israel. Se opuso a todo lo que el enviado de Dios quería
realizar en favor de sus elegidos; pero armarse así contra Israel era armarse
contra Dios mismo, era reafirmar las blasfemias, la terrible irreverencia y los
vicios materiales que los egipcios tenían desde mucho atrás, era abjurar del
poder divino y atacar directamente al espíritu de Dios vivo. Por eso, este pueblo
criminal fue engullido por las aguas del mar Rojo tras flotar largamente en ellas,
para servir de ejemplo inmemorial a los cielos, la tierra e Israel. Así fueron
castigados por su crimen contra el espíritu del Creador. Hijos de Israel, que lo
que  acabo  de  relataros  sobre  los  tres  tipos  de  pecados  de  los  hombres
terrenales contra el Creador y sobre las diferentes condenas del Dios de Israel
a todos los culpables, permanezca siempre en vuestra memoria y en la de
vuestros descendientes, de generación en generación. Temblad ante todos
estos ejemplos y ante la posibilidad de ser el cuarto ejemplo de la dolorosa
manifestación de la justicia divina, pues vuestro castigo sería infinito: seríais
irremediablemente despojados de la ley divina que el Creador os ha confiado,
al igual que los egipcios lo han sido de sus bienes temporales.

 

Esta ley que el Creador os ha entregado, prefiriéndoos a otras naciones,
es una prueba evidente de Su confianza en Israel; pero si este pueblo olvida al
Creador, la ley le será retirada igual que le fue entregada, sin que se dé cuenta,
sin ruido, sin estrépito, sin necesidad de las guerras temporales de las que se
sirven los hombres. Ya no se tratará del enfrentamiento de distintos poderes,
sino simplemente de la acción de la justicia contra la injusticia; entonces Israel
se sumirá en la confusión, su memoria se oscurecerá de tal modo que no
recordará nada referente al culto divino. Le será arrebatado el nombre del
Señor, pasando una eternidad en manos extranjeras. El pueblo de Israel se
dispersará  entre  naciones  extranjeras,  viviendo  en  servidumbre  y  privación
divina  hasta  el  final  de  los  siglos.  Entonces,  Israel  será  el  oprobio  de  los

 

 

 

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hombres y de todo el universo. Esto os digo, hijos de Israel, en nombre del Padre Eterno”

 

Tales son los hechos que realizaron Moisés, Aarón, Ur y Josué para la
manifestación de la gloria y la justicia del Creador en el universo. Así actuará
eternamente  a  favor  o  en  contra  de  Su  criatura  espiritual  superior,  mayor,
inferior y menor. No me detendré en los hechos particulares acaecidos a los
israelitas desde que salieron de Egipto, las Escrituras hablan suficientemente
de sus diferentes expediciones y campamentos. Hablaré directamente de lo
ocurrido en el Monte Sinaí, nombre que significa “altura y prominencia de la
gloria divina”. Antes de partir, Moisés dio órdenes temporales y espirituales a
su hermano Aarón para que se encargase de los hijos de Israel durante su
ausencia.  Éstos  prometieron  cumplir  ciegamente  todo  lo  que  Aarón  les
ordenara. Moisés, tras dejar todo así dispuesto en el campamento, se puso en
camino hacia la montaña acompañado de Josué. Cuando estaban a mitad de
camino,  ambos  fueron  testigos  de  la  gloria  de  Dios  ante  ellos.  Enseguida
Moisés dijo a Josué: “Quédate aquí, el Creador reclama mi presencia”. La nube
que habían divisado descendió hasta mitad de la montaña, separando a Moisés
y Josué. No volvieron a verse hasta pasados cuarenta días, cuando Moisés
descendió llevando bajo el brazo derecho las dos tablas que el Creador había
grabado  en  su  santo  espíritu.  Moisés  se  reunió  con  Josué  y  juntos
emprendieron camino hacia el campamento, Josué a la derecha de Moisés, en
el lado en que llevaba las tablas de la ley. Cuando estaban a un tercio del
camino  desde  donde  Josué  había  permanecido  solo,  oyeron  una  gran
algarabía en el campamento. Entonces se oyó una voz que interpeló a Moisés:
“Acércate y mira cómo me ultraja tu pueblo; ese es tu pueblo, no el mío”.
Moisés y Josué aceleraron el paso y al llegar a la entrada del campamento, que
estaba en la base de la montaña, vieron a los hijos de Israel bailando con
Aarón alrededor de un becerro de oro.

La conmoción de Moisés fue tal que rompió las tablas de la ley que
había  bajado  de  la  montaña  y,  dirigiéndose  a  Aarón,  dijo:  “¿Por  qué  este
pueblo está bailando ante un falso dios?. ¿Por qué no han respetado los límites
espirituales que les prescribí al confiarlos a tu cuidado?. ¡Es más!, Tú mismo
has puesto en el crisol la materia de la que está formada este falso dios,
arrojando así a este pueblo al mismo horror por el que los egipcios han sido
exterminados”. Aarón contestó: “He tenido miedo, Señor, ante el furor y la rabia
de los hijos de Israel. Me han amenazado con piedras en tu ausencia, me he
visto  obligado  a  aceptar  sus  deseos  para  protegerlos  de  un  mal  mayor”.
Moisés, cuya indignación había aumentado por la respuesta de Aarón, le dijo:
“Baja ahora mismo al campamento oeste de Israel y verás el justo castigo que
el Creador ha reservado al crimen de los israelitas”. Luego, Moisés invocó al
Creador para que designase espiritualmente a los elegidos para vengar los
ultrajes cometidos contra el Padre Eterno. Tuvo que elegir a quince hombres de
la tribu de Leví, los organizó en tres cuadrillas de cinco hombres y les dijo:
“Quienes amen al Creador, que cojan el cuchillo de su pierna izquierda“. Los
quince  elegidos  asieron  inmediatamente  su  cuchillo  con  la  mano  derecha.
Moisés les bendijo y dijo a sus elegidos: “Que la primera cuadrilla, la de Simeón
y Leví, marche de levante a poniente, la segunda de levante al sur, y la tercera
de levante a aquilón. Las tres irán y volverán tres veces por el campamento de

 

 

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Israel, acuchillando a todos los que encuentren en su camino, sin consideración de edad ni de parentesco; luego volverán aquí acompañados de Aarón”. La orden de Moisés fue ejecutada, y ese día pereció una multitud de Israelitas y nuevos  conversos  a  la  ley  de  Moisés.  De  este  modo  fue  purificado  el campamento de Israel y el derramamiento de la sangre de los culpables logró la gracia de los israelitas ante el Padre Eterno.

Les resultará fácil ver la relación de estos últimos acontecimientos con lo sucedido desde Adán hasta Noé, desde Noé hasta Abraham, desde Abraham hasta la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, desde esa salida hasta la venida de Cristo, y con lo sucedido desde la venida de Cristo que continuará hasta el final de los siglos. Antes de volver a la montaña para buscar las nuevas tablas de la ley, Moisés reunió a los israelitas que habían sido preservados de la justicia divina ejercida por los quince elegidos de la tribu de Leví y les explicó lo que acababa de suceder.

“¡Escucha Israel!. Siempre os he hablado de la misericordia infinita que
os guarda el Creador, por Su amor a vuestros padres, que fueron justos ante
Él; el Señor ha otorgado esa misma gracia a su servidor Moisés, permitiéndole
pertenecer a la categoría de los padres de Israel. Sí, soy el padre temporal de
los hijos espirituales de Israel, no de sus hijos carnales y materiales. Habéis
sido testigos de la manifestación de la gloria y la justicia divina en vuestro favor,
por  la  fuerza  de  mis  actuaciones.  Habéis  visto  claramente  manifestarse  la
acción y la voluntad del Creador en todo lo que he hecho por vosotros. Habéis
visto en mí el pensamiento del Padre Eterno, pues lo he leído en Su gloria y lo
he visto cara a cara. Esta montaña espiritual a la que me habéis visto subir
representa la distancia que hay entre el Creador y la criatura general o la tierra.
Sobre  esta  montaña  hay  cuatro  círculos  imperceptibles  para  los  mortales
ordinarios que separan la corte espiritual divina de la creación universal. Esta
montaña es la representación real de todo el universo. Está dividida en siete
partes que reciben el nombre de siete cielos celestes universales, mientras que
los cuatro círculos de los que acabo de hablar se llaman ultracelestes, pues
limitan  y  dirigen  la  acción  de  los  siete  agentes  principales  de  la  creación
universal. En los círculos ultracelestes nacen el pensamiento y la voluntad
divina, de ahí proceden las órdenes, virtudes y poderes de todos los espíritus
que actúan en el universo. Los siete cielos reciben del círculo ultraceleste todas
sus virtudes y poderes, comunicándolos después al cuerpo general terrestre.
Tal es el orden que reina entre estos tres mundos. En mi subida a la montaña
espiritual, dejé a Josué a una distancia considerable, pues aún no puede venir
conmigo  frente  al  Creador.  La  nube  que  me  cubría  con  su  sombra,
ocultándome ante Josué y ante vosotros, es la misma que os ocultó de los
egipcios en el desierto de Fihahirot. Sabed que esta nube es la sombra del
espíritu de Creador, que impedía al demoníaco ejército egipcio y a su Faraón
servirse de sus sentidos corporales y espirituales. Así, en sus obras reinaba
únicamente la confusión y todas sus actuaciones se perdían entre las espesas
tinieblas de las que estaban rodeados. Aunque esta nube os pareciese opaca,
no es semejante a las nubes simples y materiales, sometidas a las leyes que
dirigen  el  curso  ordinario  de  la  naturaleza.  Las  nubes  materiales  están
formadas por una mezcla ordinaria y vaporosa procedente del cuerpo general
terrestre.  Se  forman  por  la  acción  de  diferentes  cuerpos  planetarios,

 

 

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especialmente por la de los agentes solares. El poder de atracción de estos
agentes hace subir la humedad vaporosa a cierta distancia de los círculos; una
vez unida, forma un cuerpo impenetrable para el hombre material, ocultándole
lo que ocurre por encima de ella e impidiendo el disfrute de la acción solar.

 

La misión de estas nubes en el universo es modificar y templar la acción
planetaria para que su influjo sobre el cuerpo general terrestre y todos sus
habitantes sea más benigno. Debéis saber que todo cuerpo está formado por
un número de glóbulos completos y perfectos. Además, cada cuerpo cuenta
con un vehículo del fuego central sobre el que los habitantes de ese eje actúan
continuamente. En este vehículo del cuerpo nuboso se producen acciones y
reacciones de gran importancia, pues es necesario que todos los glóbulos se
dividan homogéneamente para que el cuerpo de dicha nube se extienda por
todo el círculo que dibuja sobre la tierra. Así se forman las nubes que dejan
caer maná y lluvia al cuerpo general terrestre; sin embargo, la nube que os
protegió de vuestros enemigos tenía otra naturaleza. Esta gloriosa nube, que
os defendió como una muralla en el desierto de Egipto, era un cuerpo aparente
formado por la acción de una multitud infinita de espíritus puros y simples
representados por el Espíritu Divino Creador, que el Padre Eterno hizo salir del
círculo denario. Este Espíritu Divino guiaba a Israel bajo forma de columna de
fuego; la nube seguía, precisa y exactamente, sus huellas, según las leyes de
mandato,  acción  y  reacción,  creación  y  atracción  del  Espíritu  Divino  sobre
todos esos espíritus y, de acuerdo con la voluntad del Creador, en beneficio de
Israel  y  perjuicio  de  los  demonios.  Esta  nube  era,  en  verdad,  un  cuerpo
glorioso, pues estaba formada por el poder de los espíritus, sin intervención de
la materia. Los agentes del eje central no podían actuar sobre ella como lo
hacían sobre las nubes comunes y materiales; aunque los cuerpos gloriosos
son impenetrables a los ojos corporales de los hombres ordinarios, esta nube
espiritual no privó a Israel de la luz solar. Durante todo el tiempo que el Creador
manifestó Su justicia contra Egipto, Israel no se vio nunca privado de la luz
temporal. Los egipcios, por el contrario, se vieron sumidos en espesas tinieblas
que les dirigieron hacia los abismos del mar Rojo, haciéndoles caer en él por
tiempo inmemorial.

 

Esta misma nube gloriosa es la que me separó de Josué y del pueblo de
Israel cuando subí a la cima de la montaña espiritual de Sinaí. En el centro de
esta montaña me prosterné y salió mi alma de mi cuerpo, convirtiéndose en ser
pensante. En ese estado, mi ser espiritual recibió órdenes directas del Creador.
Sabed, pueblo de Israel, que al hablar de la cima de la montaña me refiero al
círculo racional superior de todos los círculos terrestres. Este círculo racional se
denomina  círculo  de  Saturno  o  Saturnino 1.  Separa  los  demás  círculos

planetarios celestes de los cuatro círculos ultracelestes. La distancia entre la
cima de la montaña y el sitio donde permaneció Josué representa el círculo
planetario solar denominado círculo visual  2; los demás círculos planetarios
inferiores se incluyen en la inmensidad del círculo sensible 3. Estos círculos
inferiores son Mercurio, Marte, Júpiter, Venus y la Luna, y su orden es el
siguiente: 1º Saturno, 2º el Sol, 3º Mercurio, 4º Marte, 5º Júpiter, 6º Venus y 7º
la  Luna.  Esta  gloriosa  montaña  espiritual  indica  la  distancia  entre  la  corte
espiritual divina y la región celeste, y entre la región celeste y la terrestre.
Observad que esta montaña puede dividirse de dos maneras, por un lado en

 

 

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tres partes y por otro en siete partes. La primera división consiste en los tres círculos  donde  los  menores  realizan  sus  operaciones  espirituales  puras  y simples, según las órdenes inmutables recibidas del Creador para alcanzar su reconciliación y reintegración al círculo ultraceleste. ¿Habéis observado que he marcado vuestra ubicación y he limitado el campamento?. Este círculo material terrestre que habitáis es el tipo real del círculo sensible en el que todo menor rinde tributo a la justicia del Padre Eterno; los diferentes emplazamientos que Josué  y  yo  ocupamos  en  la  montaña  explican  claramente  las  diferentes operaciones a las que están sometidas los menores en su recorrido temporal por los tres círculos, el sensible, el visual y el racional.

Ya os he dicho que el cuerpo que habitáis es el tipo del círculo sensible,
pues en verdad están estrechamente relacionados. El círculo sensible está
vinculado con el círculo visual, éste con el círculo racional y el racional con el
ultraceleste.  Esto  puede  proporcionaros  una  idea  de  la  universalidad  del
glorioso número cuaternario, que domina, rige y dirige todas las cosas. La
segunda división de la montaña, en siete partes, consiste en los siete círculos
planetarios donde se encuentran los siete agentes principales de la naturaleza
universal. Observad, además, que al unir la división ternaria a la septenaria,
obtenemos el número denario del Creador, del que todo procede y por el que
todo ha sido creado; debéis saber que esta montaña espiritual, que lleva el
número denario ó
c, está situada en el centro de la tierra; al tener la tierra
forma triangular, esta montaña representa el centro del triángulo. Ya sabéis que
esta montaña se apoya en el cuerpo general terrestre,  ¿no os lleva eso a
pensar que en la tierra habita un ser vivo emanado del Creador, semejante al
que habita la forma aparente de todos los menores?. La confirmación la tenéis
en la regularidad y el orden infinito de todo lo realizado en este cuerpo general
terrestre.

 

Las virtudes y poderes del Padre Eterno se manifiestan y manifestarán hasta el final de los siglos en esta montaña espiritual; desde allí se extienden al cuerpo general terrestre para que su efecto se sienta en las tres partes de la tierra y en las formas de todos sus habitantes, tanto en el general, como en el particular. La palabra general aquí hace referencia a los animales irracionales y la palabra particular a los que están animados por un ser espiritual divino, celeste o ultraceleste.

 

Todo ser espiritual menor debería entender las sublimes cosas que os acabo de contar. Ahora os hablaré de las leyes inmutables que dirigen este universo. No existe un solo ser, haya sido creado o emanado, cuya vida o actuación en el círculo universal no esté sometida a estas leyes.

 

Para que me entendáis mejor, fijáos en vosotros mismos; preguntáos si
en Egipto estabais dirigidos por ley alguna y, en caso positivo, si era una ley
espiritual o simplemente animal. Sé que no podéis contestar claramente a mi
pregunta, pues ignoráis en qué estado estabais en aquel país de abominación.
Sabed, por tanto, que os encontrabais inmersos en el círculo demoníaco con el
príncipe de los demonios y sus seguidores. No existíais por vuestra propia
voluntad. No teníais vida y acción propia. No podíais ser guiados por las leyes
divinas, pues habíais caído en los infiernos de Egipto precisamente por haber

 

 

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abjurado de ellas. Tampoco os dirigían las leyes puras y simples de las bestias,
pues hasta las bestias vivían y actuaban con entera libertad, guiadas por su
naturaleza e instinto, al no poder alejarse de sus leyes naturales inmutables.
Erais,  por  tanto,  inferiores  a  las  bestias  pero,  aun  así,  teníais  leyes.  No
obstante, esas leyes que os dirigían eran simplemente materiales y totalmente
demoníacas. Eran   contrarias a las leyes espirituales divinas del ser menor. Es
más, eran contrarias a las leyes naturales y humanas. Eran leyes prohibidas
que perjudicaban a quienes las seguían. Podéis juzgar el peligro de dichas
leyes por la actuación del Creador contra ellas, sus maestros y sus seguidores.
Todo lo que podría decir lo habéis visto con vuestros propios ojos;   sabed, por
tanto, que aunque los príncipes de los demonios controlan sus propias leyes
detestables, también están sometidos a la ley inmutable del Creador, pues todo
ha emanado de Él.

 

Sin esta ley divina, no tendrían existencia; sin este principio espiritual, no
tendrían pensamiento, voluntad o acción; puesto que no pueden negarse a la
ley eterna de su emanación, no pueden evitar la justicia inherente en ella.
Durante vuestra esclavitud en Egipto estabais expuestos a esa justicia divina;
pero la misericordia del Creador os ha devuelto a vuestro principio original, a
vuestro primer estado de gloria y os restituye la sublime ley divina que habíais
rechazado y os había sido retirada.   Sois testigos de mis obras para lograr que
el Creador os devuelva vuestros derechos. Sabéis, pueblo de Israel, que he
sido enviado por el Padre Eterno para manifestar Su gloria y Su justicia. Por
tanto, podéis considerarme el tipo de la voluntad del Creador. Cuando hice que
Josué, quien será mi sucesor pues así se lo ha ordenado el Padre Eterno, me
acompañara a la montaña, os representé el tipo del espíritu mayor divino; de
ahí entenderéis que todo ser menor será conducido ante el Creador por su
espíritu particular. Representé, además, al espíritu mayor que el Creador libera
del círculo espiritual divino para que sea el guía, el sostén, el orientador, el
consejero  y  el  compañero  del  menor  emanado,  que  desciende  de  la
inmensidad  para  incorporarse  al  círculo  de  materia  elemental;  y  Josué,  al
descender conmigo de esta montaña, representó fielmente el tipo del menor
espiritual emancipado por el Padre Eterno de Su inmensidad para que actúe,
según su libre albedrío, en el círculo terrestre.

Sin  embargo,  debéis  saber  que  la  acción  más  maravillosa  de  la misericordia divina en vuestro favor fue enviaros las dos tablas de la ley que bajé de la montaña espiritual. Estas tablas sobre las que estaba escrita la ley representaban el cuerpo del hombre, en el que está grabada la ley del Creador. El mismo espíritu del Padre Eterno grabó esta ley sobre las tablas que bajé; de igual manera, el menor espiritual graba en el corazón de su forma corporal la poderosa ley recibida del Creador en su emanación divina. Sin embargo, pese a todos los beneficios que obtendríais de las leyes que aparecen en esas tablas sagradas, vuestro delito me obligó a romperlas en vuestra presencia; no queda más rastro de ellas que lo que quedará de la creación universal cuando se reintegre a su principio de emanación.

 

¡Oh,  hijos  de  Israel!.   ¿Será  vuestra  alma  siempre  tan  terca  ante  el

Creador?. ¿Seguirá endureciéndose a pesar de los bienes con los que os ha
colmado?.  Acabáis  de  ser  liberados  de  la  esclavitud  y  servidumbre  de  los

 

 

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demonios y buscáis porfiadamente volver a vivir bajo sus leyes; intentáis crear
un Dios que os conduzca y os gobierne siguiendo vuestra propia voluntad y
vuestro capricho  ¡utilizando una materia impura y prohibida por el Creador!;
habéis pedido al Creador que honre vuestro crimen inicuo; habéis tentado a
Aarón, a quien se había encomendado vuestra conducta espiritual; todos los
hijos de Israel le han amenazado de muerte si no introducía él mismo en el
crisol los metales que habíais elegido para vuestra perversa operación. ¿Qué
esperabais conseguir y qué habéis conseguido?. Esperabais crear una figura
semejante a la del hombre, ¡para luego elevarla a la categoría de Dios!. ¿No
sabéis que no puede existir forma alguna que no proceda de las leyes de
reproducción  dictadas  a  la  naturaleza  por  el  Padre  Eterno?.  Aprended  la
lección del inesperado fruto de vuestra falta. Esperabais ver nacer una forma a
imagen y semejanza del Creador, haciéndola a vuestra semejanza. Vuestro
orgullo ha sido humillado, pues habéis obtenido una forma inanimada de bestia
sin facultad alguna de acción.

Eso os demuestra, israelitas, lo que nunca podréis esperar del intelecto
demoníaco y del príncipe de los demonios; sin embargo, seguís intentando
uniros a ellos para vivir eternamente bajo leyes abominables y contrarias a las
del Creador y a las de la humanidad espiritual divina. La forma de becerro que
ha resultado de vuestra operación os indica cuál es el animal que tendréis que
ofrecer al Padre Eterno en futuros sacrificios para expiar vuestro pecado, de
enorme gravedad para el Creador; la sangre del becerro debe bañar a Israel y
la tierra, para limpiar vuestra mancha y purificar la tierra de la afrenta cometida
sobre ella.

Ahora debo hablaros sobre las facultades y poderes del gran príncipe de
los demonios, bajo cuya esclavitud habéis permanecido en Egipto. El crimen de
este adalid demoníaco le hizo caer en una privación tal que no puede, ni podrá,
recibir  comunicación  del  intelecto  divino,  aunque  conserva  y  seguirá
conservando su facultad de pensamiento; la voluntad correspondiente a ese
pensamiento es la que conforma su intelecto demoníaco general. Mediante el
poder de su palabra, que se considera su acción, este espíritu maligno se
infiltra en el espíritu de sus seguidores, quienes lo comunican a los menores,
pues la intención del príncipe de los demonios es tentarles y someterlos a sus
leyes.

 

Estos espíritus malignos son inferiores al príncipe de los demonios pero
tienen la misma facultad que él, es decir son seres pensantes y libres de toda
forma  material;  por  consiguiente,  tienen  un  intelecto  particular  que  emana
directamente de ellos, al igual que el intelecto general maligno emana del gran
príncipe de los demonios. Es decir, que el príncipe de los demonios sólo cuenta
con dos poderes: el suyo propio y el de los espíritus inferiores que le siguen. El
príncipe demoníaco dirige el intelecto espiritual general maligno; los espíritus
que  le  siguen  dirigen  su  propio  intelecto  maligno.  Sabed,  pues,  pueblo  de
Israel, en qué consiste ese instinto particular que rodea a todo ser corporal y a
todo menor en cuanto es emancipado del círculo de la Divinidad: se trata del
maligno, que tienta, ataca y combate a los menores espirituales, logrando, la
mayoría de las veces, que sucumban a sus perversos deseos, como podéis
juzgar por vuestra última actuación. Sabed que los menores están expuestos a

 

 

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las trampas que les tienden los espíritus inferiores perversos y, además, a las del soberano de la corte demoníaca; no bajéis nunca la guardia, pues los peligros que os rodean son infinitos.

 

Los espíritus mayores espirituales buenos también tienen la facultad de
pensamiento y voluntad, lo que conforma el intelecto espiritual bueno. De igual
manera, pueden transmitir ese intelecto a agentes espirituales buenos que los
transmiten a los menores. Sin embargo, los espíritus mayores divinos están en
relación directa con los espíritus superiores y éstos, a su vez, con la Divinidad;
por tanto, no hay comparación posible entre las facultades de los mayores
buenos  y  los  poderes  limitados  del  príncipe  de  los  demonios.  Para  que
entendáis  la  relación  que  reina  entre  todos  los  seres  espirituales  buenos,
retomaré los cuatro círculos ultracelestes de los que ya he hablado. Estos
cuatro círculos también se denominan círculos espirituales divinos, pues tienen
relación con el círculo de la Divinidad y en ellos sólo habitan seres espirituales
sin  cuerpo  material.  No  todos  estos  espíritus  son  denarios,  aunque  en  el
momento de su emanación recibieron leyes divinas particulares para aplicar su
poder. Así, los seres que habitan en cada uno de los círculos no realizan las
mismas acciones ni tienen los mismos poderes que los de los otros círculos.
Reflexionad  sobre  esto,  reconoceréis  la  composición  de  la  corte  de  la
Divinidad, veréis claramente la acción de la cuádruple esencia del Creador, no
sólo en todos los seres espirituales emanados de Él, sino en toda su creación
universal; entenderéis que el Padre Eterno ha creado y emanado todo, y que
todo ha sido creado y emanado siguiendo reglas fijas e inmutables, es decir,
por pesos, números y medidas. Esto representa la ley, el precepto y el mandato
entregados a los seres espirituales divinos; también la virtud, la facultad y el
poder que el Creador entrega al menor en su emancipación, para que actúe
conforme a su pensamiento, intelecto y palabra en las cuatro regiones celestes
y  las  tres  terrestres.  Todo  queda  representado  por  el  mismo  número.
Percibiréis  claramente  que,  hasta  el  momento,  sólo  habéis  sido  seres  de
tinieblas, pero el Creador ha querido devolveros la luz espiritual que habíais
perdido; entenderéis  que vuestra emanación espiritual y vuestro poder son
infinitamente  mayores  que  los  de  todos  los  seres  emanados  antes  que
vosotros. Prestad atención, hijos de Israel, a la demostración y la explicación
de los diferentes círculos y regiones del cuadro universal que voy a relataros.

Hablaré poco de la inmunidad divina; sólo la propia Divinidad la habita,
pues ni siquiera los seres espirituales más perfectos logran entrar en ella. La
primera parte de este esquema está formada por cuatro círculos. El primero,
que lleva el número denario 10, es el círculo espiritual divino; su centro es el
tipo o representación de la Divinidad, de donde procede toda emanación y
creación. De su parte central sale una forma triangular, con dos círculos en los
ángulos inferiores. Frente a esta circunferencia denaria hay un cuarto círculo,
de cuyo centro también sale una forma triangular. Estos cuatro círculos son el
tipo de la cuádruple esencia divina. El primero, por su número denario  10,
representa la unidad absoluta de la Divinidad; de ahí surge todo pensamiento
de emanación espiritual y de creación de poder espiritual temporal, así como el
principio de acción de las formas corporales de materia aparente. El segundo
círculo, que lleva el número 7, es el de los espíritus mayores; se trata de la
primera  emanación  espiritual  emancipada  por  el  Creador  del  círculo  de  la

 

 

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Divinidad.  **El cuarto y último círculo, que lleva el número  4, se encuentra
frente al número denario y corresponde a los espíritus menores. Se trata de la
tercera  emancipación  del  círculo  de  la  Divinidad  y  sus  espíritus  son
depositarios del mandato espiritual divino. Tienen poder absoluto sobre todo
ser espiritual emancipado por el Creador en su inmensidad celeste. No os
resultará difícil entender, pueblo de Israel, que el poder de este espíritu menor
sea superior al de todos los espíritus emanados y emancipados antes que él,
tanto los que actúan en la inmensidad ultraceleste, como los que lo hacen en la
inmensidad de la creación universal. Considerad la posición de los dos ángulos
de los que os he hablado; del centro del círculo cuaternario, o círculo menor,
sale un triángulo cuyos lados lindan con los extremos de la base del primero,
donde hay otros dos círculos, el de los espíritus mayores 7 y el de los espíritus
inferiores 3. Esto demuestra claramente el poder de mandato del menor sobre
los habitantes de estos dos círculos. La sumisión de estos dos círculos al ser
espiritual menor también queda indicada por la íntima unión de la base del
triángulo superior con la del inferior; unión que muestra, además, la perfecta
correspondencia de todos los seres espirituales con su Creador.

 

Por  otro  lado,  esa  superioridad  del  poder  del  menor  no  debe
sorprenderos, considerando a qué espíritu fue entregada por el Creador; los
dos círculos sometidos al menor habían sido mancillados por la prevaricación
de  los  espíritus  mayores,  que  fueron  expulsados  llevándose  con  ellos  una
multitud  de  espíritus  de  los  dos  círculos  mayor 7  e  inferior 3.  Fueron

desalojados de su morada espiritual por la horrible disensión que provocaron
con el crimen que intentaron cometer y por seducir con su intención criminal a
la mayoría de los habitantes de estos dos círculos, que cedieron a su voluntad.
Pero esa corrupción no había pasado al círculo cuaternario del menor, por lo
que el Creador le entregó un poder absoluto sobre los dos otros círculos, para
que manifestase la gloria y la justicia divina contra los espíritus prevaricadores.
Sin  embargo,  el  Creador  no  obtendría  más  satisfacción  por  el  privilegio
entregado  al  menor  que  por  el  poder  entregado  a  los  primeros  espíritus
perversos.  Más  bien  al  contrario,  la  culpabilidad  del  primer  menor  fue
infinitamente mayor que la de los demonios. El Creador detuvo la acción y la
realización del pensamiento de los demonios, pero no interrumpió la acción ni
la actuación inicua del primer menor. El menor actuó según su pensamiento
maligno, realizando todo lo que había concebido, de ahí su enorme delito ante
el Creador. Por ese motivo, los menores están subyugados a aquellos que
estuvieron sometidos a su poder y mandato de seres espirituales; esto no
habría  sucedido  si  el  primer  menor  no  hubiese  llevado  a  la  práctica  su
pensamiento inicuo y contrario a la voluntad del Creador. ¡Sí, Israel! Tal era la
voluntad pura; el poder que teníais en vuestro origen espiritual alcanzaba la
región más alta de la gloria del Creador, para favorecer o perjudicar a todo ser
espiritual del ultraceleste y del universo; os correspondía un lugar frente a la
Divinidad, tal como indica el círculo menor frente al círculo denario o círculo
divino. No debe extrañaros que el círculo menor tuviese tanto poder, pues no
había sido mancillado ni lo sería hasta la prevaricación del primer hombre. En
verdad os digo que este lugar existe y existirá eternamente; fue mancillado por
el pecado de Adán, pero ha sido purificado por el Creador, como demuestra la
redención del primer hombre.

 

 

 

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Sí, la descendencia espiritual de Adán debe reintegrarse a esta santa esfera,  pues  es  el  primer  lugar  elemental  que  el  menor  habitó  tras  su emancipación divina y fue expulsado de él, por toda la eternidad, debido al pecado original del primer hombre. Observad, además, que la emancipación de este círculo menor colma y completa la cuádruple esencia divina, sin la que el menor no tendría un conocimiento perfecto de la Divinidad. Esta emanación no habría sucedido de no haber ocurrido la prevaricación de los demonios; sin dicho  pecado  no  habría  existido  la  creación  material  temporal  terrestre  o celeste;  sin  una  y  otra,  no  habría  existido  la  ultraceleste;  toda  acción  de emanación espiritual se realizaría en la inmensidad divina, al igual que todo poder de los espíritus emanados en esa inmensidad.

 

Considerad  qué  provocó  la  prevaricación  de  los  espíritus  malignos;
reflexionad  sobre  esa  creación,  sobre  vuestra  emanación;  entenderéis  el
sentido de toda cosa creada y de todo ser emanado y emancipado; veréis que
todo ha sido dispuesto por el Creador para existir y actuar en íntima relación,
como  indica  la  línea  recta  del  centro  del  círculo  denario,  que  conecta
estrechamente el ultraceleste y el celeste con el cuerpo general terrestre y con
el centro del eje, fuego central y principio de vida de todo ser corporal creado.
En este fuego existen todas las formas, tanto generales como particulares, en
un estado de equilibrio; sin él ningún ser podría tener vida y movimiento, pues
limita la inmensidad del universo, la trayectoria y la acción de todos los seres
de la creación universal.

 

Pero ahora debo explicaros que todo lo que existe en este bajo mundo
procede de la cuádruple potencia divina. Observad la correspondencia e íntima
relación del círculo Saturnino con el del Sol, el de Mercurio y el de Marte; todos
juntos  repiten  la  figura  del  círculo  ultraceleste.  Estos  cuatro  círculos  se
denominan círculos mayores celestes, pues su acción e influencia son mayores
que las de los tres círculos planetarios que les siguen. Esto se debe a la
proximidad  de  los  cuatro  planetas  superiores  con  el  ultraceleste.  No  debe
extrañarnos, por tanto, que su influjo y su poder se dejen sentir en los tres
planetas inferiores que conforman los ángulos del segundo triángulo celeste. La
influencia de estos tres planetas, Júpiter, Venus y Luna, posibilita que el cuerpo
general  terrestre  actúe  según  su  naturaleza,    con  movimientos  y  acciones
propias y adecuadas a la simiente innata en él. Júpiter, que rige sobre los otros
dos  planetas,  facilita  la  putrefacción,  pues  no  podría  haber  producción  sin
putrefacción. Venus favorece la concepción, sin la que la simiente reproductora
de  cada  ser  no  se  desarrollaría.  Y  los  fluidos  de  la  Luna,  llamada  círculo
sensible o capa húmeda, transforman y mitigan la acción y el influjo de los dos
principales  impulsores  de  la  vivificación  corporal  temporal,  que  son  el  eje
central y el cuerpo solar. Su unión e íntima correspondencia influyen en la
acción de todos los cuerpos que decoran este universo.

 

Entre ellos, el que tiene mayor importancia es el eje, o fuego increado,
que da vida y movimiento a toda especie corporal; el influjo del Sol, en segundo
lugar, activa y vivifica la vegetación, todos los cuerpos particulares y el cuerpo
general terrestre. Puede decirse que el astro superior de nuestro universo es el
Sol, por su relación con el fuego, eje increado. Podemos decir que el Creador
erigió Su tabernáculo en el Sol, lo que no debe sorprender a nadie, pues está a

 

 

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media distancia entre el círculo divino o denario y el planeta inferior, que es la Luna. Considerad, si no, ¿no está por debajo de todos los círculos espirituales ultracelestes?, ¿no está, además, bajo el círculo saturnino?, ¿no ocupa el lugar número seis empezando desde el ultraceleste?, ¿no sigue ocupando el lugar número seis empezando desde el círculo lunar?. Gracias a su ubicación y a ese orden senario el Sol completa los seis pensamientos del Padre Eterno en Su creación universal. Ya sabéis que el Creador terminó todas sus obras en seis días y que el séptimo día la creación alcanzó la perfección; de manera similar, el Sol perfecciona la simiente presente en el círculo terrestre pues, al unirse a los otros seis círculos planetarios, su acción pasa a ser septenaria; esta acción es el tipo y representación del número septenario utilizado por el Creador en todas las cosas temporales.

 

La denominación de días a los seis actos de la creación no corresponde
al Padre Eterno, que es un ser infinito, sin tiempo, límites ni duración. Esos seis
días anuncian la duración y los límites de la materia; es decir, que conservará
toda  su  perfección  durante  seis  mil  años  y  luego  caerá  en  una  terrible
decadencia, en la que permanecerá hasta su completa disolución. Por lo que
os acabo de decir, debéis entender que el número septenario, que ha dado la
perfección a todo ser creado, es el mismo que destruirá y hará desaparecer
todas las cosas. Al igual que en un principio actuó para posibilitar la pervivencia
de todo lo que existe en este universo material, a la hora final actuará para
demoler su obra. Recordad que esos seis mil años de duración de la creación
universal es un plazo muy breve para vosotros y más aún para el Creador,
pues para Él mil años son como un día. Pero, os repito, no consideréis ese día
un periodo de tiempo, ni uno de nuestros días temporales, pues el Creador no
puede estar sujeto a ellos. Debéis considerar cada uno de dichos días o miles
de  años  únicamente  como  la  duración  de  los  seis  pensamientos  divinos.
Cuando se cumpla el efecto o la actuación de cada uno de esos pensamientos,
el Creador lo retirará con la misma prontitud y facilidad con que lo concibió para
crear Su obra. Así, al igual que todo se prolonga sucesiva y gradualmente
siguiendo el orden divino, todo se irá degradando al aproximarse a su fin,
cuando volverá a su origen.

 

Ya os he revelado que al Sol le corresponde el número senario por la
posición que ocupa desde el círculo divino; contad, ahora, desde el círculo
terrestre hasta Mercurio y volveréis a encontrar el número seis; sumad estos
dos números y obtendréis el doce. Ese número indica el intervalo de nuestros
días, semanas, meses, estaciones y años, que siempre han tenido la misma
naturaleza que ahora, como explicaré a continuación. Basándose en él Adán y
sus descendientes determinaron el tiempo y las estaciones para el culto divino;
la suma de las dos cifras de 12 da 3, que es el principio de toda vida corporal,
como indica el segundo triángulo de la figura, que se apoya en el eje central.

 

Comprensiblemente, el Sol es considerado el elemento principal en la
perfección de toda simiente, pues gracias a él recogemos los frutos de la tierra,
y  en  él  disfrutamos de la imagen del  eje  del  fuego  central;  por  otro  lado,
posibilita el principio de vida pasiva de todos los cuerpos esféricos particulares
inferiores a él; y gracias a su poderosa acción podemos distinguir los cuerpos
más altos del firmamento, pues sin él careceríamos de luz elemental. Para que

 

 

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no dudéis que es el principal agente de este universo, tras el eje del fuego
central,   sabed que dirige y rige el curso de todos los astros, junto con Saturno
y con el eje del fuego central; estos tres elementos posibilitan la aplicación de
todas las leyes del Creador respecto a la duración de la creación universal.
Reconoced la relación entre esta armonía y la nuestra pues, si estos seres
están en contacto con la Divinidad, ¿por qué no habría de relacionarse nuestra
alma con el Creador?. Es cierto que todos los seres tienen distintas facultades
y propiedades, y que han recibido diferentes leyes  de actuación, según el
empleo para el que les destine el Creador. Pero todo principio de vida, sea
corporal o espiritual, todo lo que puede existir, procede del mismo Creador.
Esto  queda  especialmente  demostrado  en  el  eje  del  fuego  central,  agente
general particular y universal, vinculado a los círculos ultracelestes y órgano de
los espíritus inferiores que lo habitan y que actúan sobre la materia corporal
aparente. ¿No contiene este cuerpo un vehículo del fuego increado, principio
de la vida material?. En ese caso, debe tener la misma facultad orgánica que el
eje central del que procede dicha vida pasiva. Así, vuestro cuerpo se convierte
en un órgano necesario para vuestra alma espiritual, como el eje central lo es
para los espíritus inferiores que lo habitan. Por otro lado, vuestra alma es el
órgano  del  espíritu  mayor,  tal  como  el  espíritu  mayor  es  el  órgano  de  la
Divinidad. En vosotros se encuentra la repetición del número cuaternario por el
que os relacionáis con el Creador; tenéis las mismas facultades y propiedades
que el eje central universal, pues ambos lleváis el número cuaternario: 1 el eje
central,  2 el órgano de los espíritus inferiores,  3 el órgano de los espíritus
mayores, 4 los espíritus mayores, órganos de la Divinidad. De igual modo, hijos
de Israel, vuestro cuerpo 1, el órgano de vuestra alma 2, vuestra alma es el
órgano del espíritu mayor 3 y el espíritu mayor, el órgano de la Divinidad 4.
Sumad los números del 1 al 4 y veréis claramente que todo procede y todo
existe por el glorioso número divino o número denario.

 

Hace un momento os dije que si contabais desde el círculo terrestre
hasta  el  círculo  divino  obtendríais  el  número  12,  origen  de  la  división  del
tiempo, y el número 3, origen de toda forma corporal. Si multiplicáis el número
3 por el cuaternario, presente en los mundos terrestre, celeste y ultraceleste,
volveréis a obtener  12 ó lo que es lo mismo  3; esto confirma que la forma
corporal de los seres de todos los mundos procede de los tres principios de los
que ya os he hablado: azufre, sal y mercurio. En efecto, ningún ser puede
tomar  forma  aparente  sin  ellos.  Quizás  os  extrañe  que  hable  de  formas
corporales en los habitantes del ultraceleste; sin embargo, debéis saber que,
para poder obrar temporalmente la voluntad del Creador, todo ser emancipado
debe tomar una capa corporal que vele su acción espiritual temporal. A falta de
esta capa, no podría actuar sobre los demás seres temporales sin destruirlos,
por  su  facultad  espiritual  innata  de  hacer  desaparecer  todo  lo  que  se  le
acerque. Esta capa corporal gloriosa que recubre a los habitantes espirituales
del ultraceleste y del terrestre es simplemente el producto de su propio fuego.
Estos seres espirituales, al igual que los espíritus del eje central, pues pueden
hacer emanar de su fuego las tres esencias fundamentales de su cuerpo o
forma gloriosa. La actuación de unos y otros es exactamente la misma aunque
existe una enorme diferencia entre la acción de cada uno: los espíritus del eje
tienen una única acción, por tanto sólo pueden tener una forma, dependiendo
de las órdenes y disposiciones de un ser superior, según su voluntad y la del

 

 

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Creador. Pero los seres espirituales que habitan los tres mundos, al tener que llevar a cabo mayores y más importantes acciones, pueden utilizar a cada momento nuevas formas, variándolas infinitamente según sus necesidades y su objetivo. A diferencia de los espíritus del eje, estos seres espirituales no pueden actuar sin una orden del Creador; sin embargo, una vez que la reciben cuentan con todo lo necesario para ejecutarla, mientras que los espíritus del eje son simples sujetos dirigidos, pues no tienen inteligencia.

 

Entenderéis, entonces, que las esencias y las formas corporales de los seres espirituales que habitan estos tres mundos sean más puras y sutiles que las de los espíritus del eje. Quizás os preguntéis si esas mismas esencias espirituales no existen en la inmensidad divina, donde reside una infinidad de espíritus.  Las  cuatro  clases  de  espíritus,  superiores,  mayores,  inferiores  y menores terrestres que habitan en la inmensidad divina sólo realizan allí actos y actuaciones espirituales divinos, sin ningún tipo de participación material. Por ese motivo, no pueden ni podrán existir esencias espirituosas en ese lugar divino, residencia de espíritus puros, donde ocurre toda emanación divina y de donde procede toda emanación.

 

Entre las cuatro clases de espíritus puros, los superiores y mayores no
poseen  leyes  de  reproducción  de  esencias  espirituosas;  se  denominan
espíritus superiores y mayores puros y divinos, y su poder es infinitamente
mayor que el de las dos otras clases, como indica su nombre. Los espíritus de
las  dos  últimas  clases,  por  el  contrario,  poseen  leyes  de  reproducción  de
esencias  espirituosas  temporales;  sin  embargo,  sólo  recibieron  autorización
para ponerlas en práctica en su emanación, para formar el mundo temporal que
serviría  de  escarmiento  a  los  espíritus  prevaricadores,  como  explicaré  tras
hablar de las diferentes leyes y poderes que el Creador entregó a los distintos
espíritus emancipados de su inmensidad.   Ya sabéis que la primera clase es la
superior y lleva el número denario; la segunda es la mayor y su número es el
septenario; la tercera es la inferior y lleva el número ternario; y la cuarta es la
menor, con el número cuaternario. Las cuatro juntas demuestran que el número
cuaternario  pertenece  al  Creador  y  que  todos  los  seres  emanados  y
emancipados (junto con sus leyes y poderes) proceden de ese mismo número
o de la cuádruple esencia de la Divinidad, que lo incluye todo. Si al cuaternario
le sumamos 12, producto del cuaternario de 3, obtendremos el número 16, ó 7,
producto espiritual que demuestra que todo existe y existirá por el espíritu, y
que vuestra emanación es espiritual.

 

Habéis visto que los espíritus que residen en la inmensidad divina tienen
acciones y poderes meramente espirituales. No podría ser de otro modo, dado
que los espíritus que actúan e intervienen ante la Divinidad no pueden estar
sometidos al tiempo. Sin embargo, los espíritus que actúan e intervienen en el
ultraceleste,  el  celeste  y  el  terrestre,  como  están  destinados  a  cumplir  la
manifestación temporal de la justicia y la gloria del Creador, tienen poderes y
operaciones espirituales temporales limitadas por su sumisión al tiempo. El
paso del tiempo no afectará a estos espíritus, simplemente a su acción y a su
intervención; es decir, se reintegrarán a su principio de operaciones meramente
espirituales divinas, como los espíritus que habitan en la inmensidad divina.

 

 

 

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El lugar que los espíritus temporales ocupaban en la inmensidad divina
antes de que existiera el tiempo no quedó vacío cuando fueron emancipados
para su actuación espiritual temporal. Ni en el Creador ni en Su inmensidad
puede existir el vacío; esta inmensidad no tiene límites, por tanto todos los
espíritus encuentran fácilmente su lugar al emanar del seno del Creador, pues
la  inmensidad  se  extiende  con  su  emanación.  Por  eso  sabemos  que  la
inmensidad divina no puede estar vacía o colmada, pues aumenta y aumentará
siempre  con  las  emancipaciones  infinitas  del  Creador.  No  penséis  que  los
espíritus que el Creador emana continuamente de su seno se sitúan en la
inmensidad  sin  orden  ni  concierto,  como  haría  un  grupo  de  hombres  o
animales. Estos seres divinos reciben en su emanación leyes y poderes según
su intervención divina espiritual; con base a esto, se sitúan en las diferentes
clases espirituales de las que os he hablado, donde cada una lleva a cabo su
diferente actuación. Así se forma la gloriosa inmensidad divina, inconcebible
para los mortales y para todo espíritu emancipado, pues ese conocimiento
corresponde únicamente al Creador.

 

Debo destacar, Israel, que entre estas clases espirituales anteriores al
tiempo,  la  clase  menor  ternaria  no  correspondía  al  menor  espiritual  divino
cuaternario u hombre. En efecto, debéis saber que el menor aún no había sido
emanado,   pues su emanación comenzó tras la prevaricación y caída de los
espíritus perversos. Para que entendáis esta emanación espiritual y el cambio
provocado por el crimen de los demonios sobre las acciones e intervención de
los habitantes de la inmensidad, os diré, en nombre del Padre Eterno, que
apenas los espíritus perversos fueron expulsados de la presencia del Creador,
los espíritus inferiores y menores ternarios recibieron poder para poner en
práctica su ley innata de producción de esencias espirituosas, confinando así a
los prevaricadores en las tinieblas de la privación divina. Además de recibir ese
poder, estos espíritus fueron emancipados, su acción, que era exclusivamente
espiritual divina, también cambió por aquella falta; pasaron a ser simplemente
seres espirituales temporales, destinados a cumplir las diferentes leyes del
Creador para satisfacer su voluntad. Entonces fueron emanados del seno de la
Divinidad  los  menores  espirituales  cuaternarios,  ocupando  el  lugar  de  la
inmensidad divina que habían ocupado los menores ternarios.

Debéis saber que el cambio provocado por el delito de los espíritus
perversos fue tan importante que el Creador hizo uso de su ley, no sólo contra
los pecadores, sino también contra los diferentes espíritus de la inmensidad
divina. Eso explica la vida de confusión que lleváis, la creación del tiempo y las
diferentes acciones realizadas en el ultraceleste, el celeste y el terrestre, pues
todo señala a ese cambio universal. Sin embargo, como este delito fue anterior
a  la  emanación  de  los  menores,  éstos  no  tuvieron  conocimiento  de  él  ni
resultaron  mancillados;  así,  no  sufrieron  cambios  de  ningún  tipo,  siendo
depositarios del gran poder de la Divinidad. No podía ser de otro modo; se les
confió el   temible poder cuaternario pues eran espíritus puros y sin mancha,
emanados del seno de la justicia y la santidad para manifestar la gloria y la
fuerza del Creador. Estos espíritus no tenían conocimiento alguno del mal, ni
directa ni indirectamente; el Creador debía colmar con todos sus dones a seres
tan  justos  y  entregarles  poderes  adecuados  a  la  pureza  de  su  naturaleza
espiritual y a la misión para la que los emanó. Eso explica el enorme poder y

 

 

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virtud  del  menor    y  que  el  cambio  provocado  por  la  prevaricación  de  los
espíritus perversos no afectara a sus leyes de acción e intervención. El poder
de hombre era tal que, pese a su pecado, sigue siendo superior a cualquier
otro  ser  espiritual  emanado  o  emancipado.  Ningún  otro  ser  espiritual  ha
mantenido una relación tan directa e importante con el Creador. Observad la
línea perpendicular que va desde el centro del primer círculo ultraceleste hasta
el centro del cuerpo general terrestre representado por la figura triangular; esta
perpendicularidad  indica  su  superioridad  sobre  los  demás  seres.  Así,  el
Creador protegió la   autoridad del menor pese a su prevaricación, aplicándole
una  ley  diferente  a  la  de  los  primeros  espíritus  pecadores.  Éstos  fueron
condenados  por  el  Padre  Eterno  a  la  privación  divina  durante  toda  una
eternidad temporal, sin comunicación alguna con el Creador o sus intelectos; el
menor, por el contrario, no se ha visto privado de esa comunicación, conserva
la facultad y el poder que recibió al ser emanado al cuerpo universal. Pero el
Creador no podía dejar impune su falta, por lo que cambió las leyes de acción e
intervención espiritual de los menores en este universo; en eso se resume la
aplicación de la ley del Creador contra su menor.

 

Quizás os preguntéis en qué consistió el cambio de las leyes de acción e intervención del menor. Tras su crimen, el menor debe actuar como un ser meramente espiritual temporal, estando sometido a la condena del tiempo; sin embargo, en su estado original, al ser hombre Dios de la tierra y de toda su creación no estaba sometido a dicha pena temporal.

 

Tras  la  prevaricación  del  menor,  nacieron  de  él  formas  corporales
materiales, sometidas, como él, a la pena temporal; si hubiese conservado su
estado  de  gloria,  de  él  habrían  emanado  formas  corporales  espirituales  e
impasibles, pues poseía ese Verbo de creación. En eso consiste el cambio de
las leyes de acción e intervención del primer menor; en su primer estado de
gloria, tenía el poder de utilizar esencias exclusivamente espirituales para la
reproducción de su forma gloriosa, mientras que, por su delito, fue condenado
a  reproducirse  materialmente,  empleando  únicamente  esencias  espirituosas
materiales.  Ya  os  he  dicho  que  Adán  tenía  innato  el  poderoso  Verbo  de
creación de su forma espiritual gloriosa; para disipar vuestras dudas analizad lo
siguiente: para llevar a cabo la reproducción de vuestra forma material debéis
poseer un Verbo que impulse, emane y emancipe las esencias espirituosas, de
acuerdo con las leyes de naturaleza espiritual temporal, ya que no contáis con
más  principios  de  esencias  espirituosas  que  los  innatos  en  vosotros;  si
decidieseis  emplear  principios  contrarios  a  vuestra  acción  e  intervención
espiritual  divina  y  temporal  no  lograríais  reproduciros,  o  lo  haríais  sin
participación de operación divina, como las bestias; vuestra descendencia sería
considerada antinatural y repugnaría a todos los habitantes de la naturaleza
temporal.

 

Si  vosotros,  hijos  de  Israel,  tenéis  innato  un  Verbo  de  reproducción
material, vuestro primer padre debió tener un Verbo de reproducción espiritual
y gloriosa. El horrible cambio que hizo sufrir el Creador a Adán era la menor
pena  que  podía  infligirle,  pues,  debido  a  la  violencia  e  importancia  de  su
actuación inicua, la abominación y el escándalo llegaron hasta la corte divina.
Como dije anteriormente, la prevaricación de los primeros espíritus ya había

 

 

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mancillado  la  corte  divina  y,  por  ello,  todos  los  seres  espirituales  de  las
diferentes  clases  de  esta  corte  vieron  modificadas  sus  leyes  de  acción  e
intervención. Al ser el pecado del menor infinitamente mayor que el de los
demonios, su influjo sobre todos los espíritus de la inmensidad también lo fue;
por ese motivo, la actuación maldita del hombre provocó un nuevo cambio de
sus leyes de acción y operación. Al cometer Adán su crimen, el Creador aplicó
la ley sobre los seres espirituales de su inmensidad, volviendo a cambiar sus
leyes  de  acción  e  intervención.  Ahí  tenéis  la  consecuencia  de  tal  horrible
crimen.

No pretendáis nunca comparar las leyes de los hombres con las del
padre Eterno para toda criatura espiritual temporal: las que los hombres han
establecido entre ellos son simplemente materiales, se basan en convenios
humanos (por eso no pueden instaurarse sin la participación de un número de
hombres, proporcional a la intención del dirigente, legislador del pueblo que
gobierna);  además,  la  aplicación  de  las  leyes  temporales  no  siempre  es
completa ni perfecta. Sin embargo, para que se aplique una ley divina sólo es
necesaria la voluntad del Creador. Para privar a cualquier ser de Su divinidad,
el Creador no precisa la ayuda de su corte divina, ni la de seres espirituales
divinos temporales, y mucho menos emplear la materia común que utilizan los
hombres; basta con Su pensamiento y Su voluntad para que todo ocurra según
Sus deseos. Esa es la infinita diferencia entre la ley divina, eterna e inmutable,
y la ley humana, que prescribe y desaparece tan rápidamente como la forma
corporal del hombre al separarse el espíritu menor de ella.

Pero sin duda querréis, hijos de Israel, que os cuente en qué consistió el cambio  de  las  leyes  de  acción  e  intervención  de  los  habitantes  de  la inmensidad provocado por la prevaricación de los primeros espíritus y de las leyes  de  los  seres  espirituales,  tanto  divinos  como  temporales,  por  la prevaricación  del  primer  hombre.  Debéis  saber  que,  al  ser  dos  los  delitos cometidos,  las  leyes  de  acción  e  intervención  de  los  habitantes  de  la inmensidad  sufrieron  dos  cambios;  su  consecuencia,  que  estos  seres,  que previamente sólo tenían funciones espirituales, pasaron a estar sometidos al tiempo en mayor o menor grado, como voy a explicar.

La  prevaricación  de  los  primeros  espíritus  provocó  que  se  creara  el
tiempo y el universo; al ser así, los habitantes de las diferentes clases de la
inmensidad debieron contribuir al mantenimiento y a la duración del universo.
Además, debido al delito del hombre, estos espíritus se vieron obligados a
contribuir a la reconciliación y purificación de los menores; por ese motivo, los
menores  actúan  sobre  el  alma  espiritual  de  los  hombres  y  otros  seres
espirituales de los que os hablaré a continuación. Mediante estas dos clases de
acciones los espíritus divinos actúan en favor del temporal, aunque no estén
sometidos al tiempo. Sí, os lo repito, si el hombre no hubiese pecado, los
espíritus divinos sólo habrían estado sometidos de una manera al temporal; y si
los primeros espíritus no lo hubiesen hecho, no lo estarían en absoluto. De no
haber  ocurrido  esta  primera  prevaricación,  no  se  habría  producido  cambio
alguno en la creación espiritual; los espíritus no habrían sido emancipados
fuera de la inmensidad; no se habrían creado los límites divinos (ultraceleste,
celeste  y  terrestre);  ni  los  espíritus  habrían  sido  destinos  a  actuar  en  las

 

 

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diferentes  partes  de  la  creación.  No  pongáis  esto  en  duda,  los  espíritus menores ternarios nunca habrían abandonado el lugar que ocupaban en la inmensidad divina para formar un universo material. Consecuentemente, los menores hombres nunca habrían ocupado su lugar ni habrían sido emanados; y en todo caso, si el Creador hubiese deseado emanarlos de su seno, no habrían recibido las poderosas acciones y facultades que les hacían superiores a todo ser espiritual divino emanado antes que ellos.

 

No dudéis que el hombre posea dichas facultades y poderes, recordad
que  el  Padre  Eterno  nombró  al  menor  hombre  Dios  y  señor  de  todo  ser
espiritual y temporal; recordad que le concedió todo Su beneplácito, todo Su
afecto, que le dotó con todo el poder espiritual divino, por la cuádruple esencia
de la Divinidad. Como veis en la figura, se encuentra frente al círculo superior
denario, cuyo centro corresponde a la Divinidad. Esto demuestra que el poder
del  primer  menor  era  mucho  mayor  que  el  de  los  demás  menores  de  los
diferentes cuerpos planetarios y del cuerpo general terrestre. Observad, en
efecto, la ubicación de las formas que conforman la figura universal, en la que
actúa toda naturaleza espiritual, mayor, menor e inferior. En verdad podéis ver
que tanto en el mundo celeste, como en el terrestre, el círculo menor está
frente a su superior, pero ninguno de ellos se enfrenta directamente con el
círculo denario, el ultraceleste; la Divinidad destinó ese lugar exclusivamente al
hombre o menor espiritual divino. Observad que el círculo menor se encuentra
en el ángulo agudo del triángulo inferior ultraceleste; además, observad que los
otros dos, el de los mayores 2 y el de los inferiores 3, sólo se enfrentan a ellos
mismos,  para  poder  comunicarse  directamente  las  órdenes  de  actuación
espiritual temporal que reciben y recibirán del Creador hasta el final de los
tiempos. Esto demuestra la superioridad del hombre sobre todos los menores
que habitan el cuerpo terrestre y los cuerpos planetarios, y sobre todas las
clases de espíritus. La inferioridad de los espíritus mayores e inferiores se
deduce de la observación de su poderosa acción.

La misión principal de estas dos clases de espíritus es preservar el
tiempo y la materia, por eso sólo pueden obrar en la extensión universal. El
menor, por el contrario, al no estar limitado a la conservación y mantenimiento
del universo, ordenaba también a estos dos tipos de espíritus y su poder se
extendía por toda la inmensidad. Por ese motivo, los dos círculos mayores e
inferiores se encuentran fuera de la perpendicular, que pertenece únicamente
al círculo menor del hombre Dios. Para convenceros de la inferioridad de estos
dos círculos, os bastará con observar sus números septenario y ternario, que
no  pueden  completar  el  número  denario  del  Creador.  Para  lograrlo  deben
unirse: 7+3 = 10. El número cuaternario del menor, por el contrario, anuncia su
poder superior; en efecto, por su emanación, el menor llevaba el número de la
cuádruple esencia, que le distinguía de todas las emanaciones espirituales
previas a él, haciéndole superior a todo ser espiritual emanado. Era el ser más
puro, el más perfecto, si no hablamos de la acción del Padre Eterno, que es
CRISTO y su intervención, que es el ESPÍRITU SANTO, que no han sido
emanados  ni  emancipados,  sus  acciones  y  operaciones  serán  siempre
meramente espirituales, divinas, y no están sometidos al tiempo ni al temporal.

 

 

 

 

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El primer menor ostentaba, por tanto, el poderoso número de su origen,
número eterno en la Divinidad, que representaré aquí con una simple cifra: 4.
Esta cifra designa claramente el número cuaternario por sus tres líneas unidas
y el punto en su interior. Subdividid el número 4 en los números presentes en
él, hallaréis el número denario de la Divinidad y entenderéis de manera práctica
que de él procede todo ser espiritual mayor, inferior y menor, así como toda ley
de  acción,  ya  sea  espiritual  o  espiritosa.  La  suma  de  los  cuatro  números
presentes en el cuaternario da 10: 1+2+3+4=10; las diferentes combinaciones
de estos números explican cómo han sido creadas todas las cosas. La unidad
corresponde  al  Creador;  el  número 2  indica  la  confusión  en  la  que  se

encuentran los espíritus perversos y los hombres que se unen a su intelecto
maligno; el número 3 indica las tres esencias espirituosas que componen todas
las formas (mercurio, azufre y sal); además, el origen de esas mismas esencias
indica la acción directa de los espíritus inferiores y ternarios por su emanación
para la formación del universo. El número 4 corresponde al menor, su origen y
su poder. Sumando los números  2 y  3 obtenemos el  5, número del que se
sirven  los  demonios  para  oponerse  a  la  acción  espiritual  divina.  En  su
emanación,   a   los   espíritus   demoníacos   les   correspondía   un   número
cuaternario, como el del menor: el Padre Eterno 1, el Hijo 2, el Espíritu Santo 3,
y la emanación procedente de estas tres personas divinas 4. Pero los espíritus
perversos sumaron, por su propio poder y voluntad, una unidad arbitraria al
número  cuaternario  de  su  origen,  desnaturalizando  su  poder  espiritual  y
transformándolo en un poder limitado simplemente material, dirigido por un
príncipe surgido entre ellos. Por ese motivo, el número cuaternario dejó de
pertenecer  a  los  demonios,  a  quienes  les  corresponde  ahora  el  número
quinario.

 

Sumando los números 2 y 4 se obtiene el 6, número de pensamientos
divinos  para  la  formación  de  la  creación  universal  temporal.  Al  sumar  los
números  3 y  4 obtenemos el  7, que indica el doble poder de actuación del
espíritu mayor: gracias al número 3 actúa sobre las formas y gracias al 4, sobre
el alma del menor. Si sumamos la unidad, el número ternario y el número
cuaternario obtendremos el 8, número del doble poder espiritual divino confiado
al primer menor para manifestar la gloria y la justicia del Padre Eterno ante los
espíritus prevaricadores. Vuestros padres Abraham, Isaac y Jacob conocieron
este poder divino. Pero el pecado de Adán le hizo perder ese doble poder,
quedando reducido a un simple poder menor, por eso sus descendientes andan
entre  tinieblas  como  él;  sólo  podrán  recuperar  este  poder  tras  infinitos
esfuerzos y sufrimientos de cuerpo, alma y espíritu. Ese es el número con el
que  el  Creador  privilegia  a  los  elegidos  espirituales  a  quienes  encarga  la
manifestación de Su gloria.

 

Sumando  el  número  quinario    (imperfecto  e  impuro)  al  cuaternario

(perfecto  e  incorruptible)  obtenemos  el  número  de  la  subdivisión  de  las
esencias  espirituosas  de  la  materia  y  de  las  esencias  espirituales  divinas.
Mediante   esta   unión,   el   hombre   degrada   su   poder   espiritual   divino
convirtiéndolo en espiritual demoníaco; así se llevó a cabo el crimen de Adán,
que provocó una revolución inconcebible entre todos los seres espirituales.
Juzgad, pueblo de Israel, por todo lo que acabáis de presenciar, el enorme
poder que ostentaba el menor, pues poseía el número cuaternario, del que

 

 

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proceden todas las cosas temporales y toda acción espiritual. Ya sabéis que,
en  su  estado  glorioso,  este  primer  menor  no  tenía  acción  ni  intervención
espiritosa alguna, y mucho menos material, sólo poseía las acciones y poderes
destinados a las formas gloriosas; también sabéis que las formas gloriosas no
estaban sometidas al tiempo, como tampoco lo estaba Adán, aunque todas sus
actuaciones fuesen en beneficio del temporal. No olvidéis nunca todo lo que os
acabo de enseñar sobre el enorme poder del primer hombre y de su número
cuaternario. Os detallaré las cifras de todo lo que procede de este glorioso
número; así creeréis que ese número en verdad os fue entregado y que por él
sois superiores a toda bestia y criatura; recordad que ningún ser menor podrá
alcanzar  la  sabiduría  sin  un  conocimiento  exhaustivo  del  contenido  de
emancipación y creación del gran número denario del Padre Eterno:

 

1+2 = 3

1+2+3 = 6

1+2+3+4 = 10

 

Debéis observar que la unidad se une al ternario para formar junto con el cuaternario el número del doble poder.

10+2+3+4+5+6 = 30

30+7+8+9+1 = 55 = 5+5 = 10

 

La suma de todos estos números procedentes del cuaternario da 55, que
anuncia  la  división  del  denario  en  dos  números  quinarios  demoníacos.  En
efecto, con su prevaricación, los primeros espíritus intentaron dividir y subdividir
la cuádruple esencia divina sirviéndose de su propia facultad espiritual. Su
voluntad les llevó a concebir una intención y un pensamiento contrario a las
leyes  de  acción  e  intervención  que  les  había  entregado  el  Creador  en  su
emanación; pero se equivocaron, no lograron lo que pretendían y su sorpresa
fue mayúscula al entender la imposibilidad de todo espíritu de arrebatar a la
Divinidad  la  cuádruple  esencia  y  su  glorioso  número  denario.  Sólo  fueron
totalmente conscientes de esa imposibilidad cuando quisieron atribuirse cada
uno  el  producto  de  la  subdivisión  de  ese  glorioso  cuaternario,  número  de
emanación y creación espiritual divina y espiritual temporal; pues su intención
era obtener de todo ese producto una sola unidad  cuaternaria o una sola
unidad denaria. Lejos de lograrlo, no hallaron ni la unidad cuaternaria ni la
unidad denaria neta y simple, sino dos número quinarios en vez del número
denario divino que querían poseer y dominar.

Eso les hizo ver su atroz e insensato orgullo y la imposibilidad de todo
ser de dividir la cuádruple esencia divina o unidad denaria, pues ese derecho
sólo pertenece al Padre Eterno, que es único e inimitable; por haber osado a
esa  actuación  contraria  a  las  leyes  inmutables  del  Eterno  Creador,  los
demonios vieron limitado su poder al número quinario de confusión y fueron
precipitados en los abismos de la privación divina por una eternidad. ¡Tiembla,
Israel, ante tan terrible actuación!. Estremecéos ante la posibilidad de sucumbir
a semejante orgullo y ambición. Alejáos de todo aquel que pretenda que os
apropiéis de los actos divinos por el poder de número quinario. Si sucumbís a
sus  insinuaciones,  la  acción  espiritual  divina  innata  en  vosotros  quedará

 

 

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limitada a simple acción material, vuestro ser menor se convertirá en intelecto del  demonio  y  perderéis  todos  vuestros  poderes,  pudiendo  disponer únicamente  del  poder  quinario  de  los  espíritus  perversos.  Sabed,  hijos  de Israel, que así nació el poder quinario de los demonios; por ese número se distinguirán  su  intervención  y  acciones  temporales  materiales  por  toda  la eternidad; y mediante ese número el ser menor y todos los seres espirituales conocerán la prevaricación de los espíritus perversos.

 

Ahora os hablaré de la importancia de la inmensidad ultraceleste. El Creador la estableció para fijar el orden y las leyes rituales que deben seguir los  espíritus  emancipados  en  los  tres  mundos  temporales,  junto  con  los espíritus emanados en la inmensidad divina. El primer círculo, que corresponde al ángulo agudo del triángulo superior, indica la preponderancia ultraceleste y la inmensidad de los espíritus superiores denarios. No penséis que los espíritus que  habitan  este  círculo  son  los  mismos  que  fueron  emanados  tras  la Divinidad. No, Israel, los espíritus denarios divinos nunca han dejado su lugar en la inmensidad divina; como ya os he dicho, la única transformación que sufrieron por la prevaricación de los espíritus perversos y del primer menor fue su sometimiento al temporal, aunque no al tiempo.

El Creador, por tanto, sólo ha emancipado en el círculo denario de ese
espacio ultraceleste a espíritus mayores revestidos de un poder denario, que
distingue su acción e intervención de la intervención y acción de las otras tres
clases de espíritus de esa inmensidad ultraceleste. El segundo círculo, en la
parte derecha, indica la inmensidad de los espíritus mayores septenarios que,
por su intervención y actuación, se sitúan tras los espíritus denarios. El tercer
círculo, en la parte izquierda, indica la inmensidad de los espíritus inferiores
que,  por  la  importancia  de  su  intervención  y  acciones,  se  sitúan  tras  los
espíritus denarios y septenarios, por eso se les denomina inferiores. El círculo
situado  en  el  ángulo  agudo  del  triángulo  inferior  del  ultraceleste,  que  está
alineado  con  el  círculo  denario,  indica  la  inmensidad  de  los  menores
espirituales divinos. Su intervención y acciones son superiores a las de todos
los espíritus del ultraceleste, en el que se relacionan el hombre y Dios, estando
sometido  a  ambos.  El  orden  y  la  disposición  espiritual  divina  de  esta
inmensidad  son  los  mismos  que  reinan  en  la  inmensidad  ultraceleste.  Esa
similitud debe haceros entender que el poder y la fuerza de la inmensidad
ultraceleste proceden del Creador, no de la voluntad de los espíritus. Esta
misma combinación se repite en el celeste, pues los círculos de Saturno, el Sol,
Mercurio  y  Marte  diferencian  los  cuatro  horizontes  celestes.  El  Creador
estableció  el  mismo  orden  en  sus  diferentes  inmensidades,  no  ya  para
preservar el tiempo y los diferentes cuerpos del universo, ni para proteger a los
agentes espirituales temporales y sus acciones, ni para gloria y honor de todos
los seres que acabo de nombrar; todo fue dispuesto así únicamente para el
hombre y, como debía servir de limitación a los espíritus perversos, todo está
sometido al menor, para que pueda ejercer su poder y mandato, de acuerdo
con su voluntad y dentro de las leyes de orden.

 

Asombráos ante los privilegios que Dios había concedido al hombre.
Estos tres mundos, el divino, el ultraceleste y el celeste, nos permiten conocer
los tres reinos de la Divinidad. El último de estos mundos habría sido la morada

 

 

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del primer menor, si no hubiese pecado habría ocupado por siempre el centro
de las cuatro regiones celestes, pues era el ser más poderoso; habría actuado
e intervenido en el mundo celeste como puro espíritu divino y todos los seres
espirituales habrían obedecido su pensamiento y su voluntad. Si este primer
menor  no  hubiese  prevaricado,  nunca  habría  habitado  el  mundo  terrestre
material, su poder divino cuaternario no habría degenerado en inferior ternario,
como demuestra el triángulo donde se unen los tres cuerpos planetarios: la
Luna,  Venus  y  Júpiter.  Pero  su  crimen  hizo  descender  al  hombre,
precipitándole en un mundo totalmente opuesto a aquel para el que había sido
emancipado. En efecto, podéis ver que el mundo celeste conserva aún su
forma original y su similitud con el ultraceleste y el divino, pero el mundo inferior
sólo tiene forma material, diferente a la de los tres mundos superiores. La
separación del doble triángulo del mundo sensible indica la privación del primer
menor y de quienes residen en ese lugar de tinieblas, por la que los menores
espirituales soportan sufrimientos corporales y espirituales. Por culpa de la
prevaricación del primer hombre, el círculo sensible es para los menores lo que
la inmensidad ultraceleste y el espacio universal son para el demonio. No
obstante, ya sabéis que el hombre cuenta con una ventaja sobre los demonios:
si lo desea puede anular su limitación y actuar como un espíritu puro, aunque
sometido al tiempo.

Eso es lo que debía explicaros sobre el poder actual del hombre. En cuanto  a  los  espíritus  del  ultraceleste,  es  preciso  que  os  hable  de  su emancipación  y  sus  diferentes  facultades  y  poderes,  para  que  entendáis claramente su relación y correspondencia con la inmensidad divina, con el mundo celeste y con los menores que habitan la esfera terrestre.

 

Sabed, pues, pueblo de Israel, que la emancipación de estos espíritus
ocurrió en cuanto los espíritus perversos cometieron su prevaricación. Sólo
tardó lo que el pensamiento del Creador, que ordenó a estos espíritus salir de
la inmensidad divina y aplicar en la inmensidad ultraceleste las leyes que les
había  entregado.  Por  estas  leyes,  los  espíritus  se  encargaban  de  la
correspondencia del hombre con el Creador y de servir de doble barrera a las
criaturas  que  gobernaban  los  mundos  celestes  y  materiales,  donde  fueron
confinados los prevaricadores. El espacio entre el extremo del mundo material
y el del mundo celeste forma la frontera longitudinal delimitada a estos espíritus
pecadores, y es ahí donde actúan según su voluntad. Estos confines abarcan
en amplitud toda la superficie horizontal del mundo material, siendo el mundo
celeste  una  capa  que  recubre  el  mundo  material.  Comprenderéis  que  la
distancia  entre  estos  mundos  es  superior  en  tamaño  e  importancia  a  la
superficie  horizontal  del  mundo  material,  puesto  que  éste  sólo  tiene  tres
horizontes principales (norte, sur y oeste), mientras que el mundo celeste tiene
cuatro regiones sin confines. Os digo que el mundo celeste no tiene límites
porque las limitaciones sólo pertenecen al mundo material, cuyos habitantes
tienen  que  alimentarse  y  protegerse  con  elementos  materiales,  y  están
expuestos a los cambios de las estaciones; sin embargo, los habitantes del
mundo celeste tienen otra naturaleza y, por tanto, también tienen facultades
diferentes a los del mundo material y no están sometidos a esas limitaciones:
no  necesitan  elementos  materiales  y  participan  en  la  actuación  de  los

 

 

 

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elementos; es decir, gozan siempre de la misma temperatura y no reciben alimento alguno de origen material, pues no es esa su naturaleza.

 

Sus cuerpos forman una esfera que se nutre y se protege directamente
por el fuego de los espíritus del eje, de donde han emanado. Por eso, su
duración se considera una eternidad en comparación con la de los cuerpos de
los habitantes del mundo material. Sabed además, pueblo de Israel, que las
extensiones  terrestre  y  celeste,  morada  de  los  habitantes  materiales  y
espirituales, conforman lo que denominamos el mundo, no dichos habitantes en
sí. Debéis entender que esos habitantes materiales o espirituales son seres
particulares;  en  los  espacios  que  ellos  ocupan  también  habitan  seres
espirituales simples que deben cumplir su misión en el universo, según   las
leyes divinas que han recibido para actuar en beneficio de los anteriores. La
misma  diferenciación  debéis  hacer  entre  el  mundo  ultraceleste  y  sus
habitantes.

Para poder entender la capacidad del mundo ultraceleste de servir de
confín a los espíritus malignos, debéis observar su actuación. Este mundo
actúa sobre los mundos celeste y material, como ya os he dicho, y, además,
sobre el círculo del eje universal. Es extremadamente importante que todo sea
controlado  por  espíritus  superiores  a  los  dedicados  a  preservar  la  forma
universal y su duración, pues es allí donde los espíritus perversos han sido
confinados en privación. La doble actuación de los espíritus ultracelestes es un
reflejo de su doble poder. Este doble poder queda probado, además, por su
clase y su misión; están sometidos al mandato directo del Padre Eterno, y en
su mundo ultraceleste reside toda acción y operación beneficiosa o perjudicial
para  las  criaturas  exclusivamente  espirituales,  las  espirituales  temporales
divinas y las espirituales materiales. Sí, los habitantes del ultraceleste actúan
como doble defensa ante la atrocidad de las obras demoníacas; en verdad os
digo,  que  ostentan  ese  poder  doble  porque  han  sido  santificados.  Así,  los
demonios nunca podrán mancillar el mundo ultraceleste como han hecho con
los habitantes de la inmensidad divina; eso explica por qué los demonios nunca
podrán  vencer  al  pensamiento,  acción  y  obra  del  Creador.  Todo  esto  fue
representado por Abraham, Isaac y Jacob, figuras temporales del pensamiento,
acción y obra de la Divinidad. Al alcanzar estos tres menores su reconciliación
y glorificación, el demonio no pudo influirles en modo alguno, ni pudo superar
las acciones espirituales divinas del Padre Eterno en ellos. Podéis ver, hijos de
Israel, que la actuación de los habitantes ultracelestes es infinitamente superior
a la de los seres espirituales de los dos mundos inferiores; podéis verlo, os
digo, por los rayos de fuego que irradian las diferentes circunferencias de la
inmensidad  del  ultraceleste;  esta  superioridad  en  su  actuación  no  debe
sorprenderos,  pues  la  extensión  de  la  inmensidad  ultraceleste  también  es
superior a la de los dos mundos inferiores, que no podrían igualarlo aunque se
uniesen.

Debo revelaros una verdad cuya certeza y pruebas físicas habéis podido
presenciar:  entre  los  habitantes  de  los  diferentes  mundos  no  hay  dos  que
posean exactamente la misma facultad y poder espiritual; todos son diferentes
unos de otros, como demuestra la diferencia existente entre todas las formas
corporales y todas las acciones que realizan ante vosotros. En mi caso, dicha

 

 

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certeza no procede de la observación material, sino de la comunicación del Creador; me ha sido revelado que esta diferencia de facultades y poderes existe  de  modo  paralelo  entre  los  habitantes  espirituales  de  la  inmensidad divina,  quienes,  por  decreto  del  Padre  Eterno,  realizan  acciones  u  obras diferentes, superiores unas a otras. En verdad os digo que ese decreto divino existirá  eternamente  y  no  tendrá  fin;  los  espíritus  emancipados  seguirán observándolo con idéntica precisión, aunque sus virtudes y poderes no sean los mismos que poseían en la inmensidad divina, antes de la prevaricación de los espíritus perversos; por ese delito se vieron obligados a dividir su actuación entre el temporal y el espiritual, aunque debían ser simplemente espirituales, como indica todo lo que sucede ante vuestros ojos.

 

Para que entendáis mejor este cambio en las virtudes y poderes de los
espíritus  emancipados  de  la  inmensidad  divina,  os  diré  que  el  Creador
emancipó de su círculo septenario divino a un número de espíritus suficiente,
encargados de realizar actuaciones espirituales temporales en el ultraceleste.
Las leyes de poder que rigen estas actuaciones se distribuyeron así a los
espíritus septenarios emancipados: **a otra parte, el poder septenario; y a la
última, el poder inferior ternario. A estas tres clases de espíritus se unió el
menor, infinitamente superior a ellos por su poder y virtud, pues, como ya os he
dicho, era un ser puro que no había sido mancillado por prevaricación espiritual
alguna.  Así,  era  el  único  ser  de  esta  inmensidad  que  ostentaba  un  poder
cuaternario y su actuación era muy diferente a la de las tres otras clases del
ultraceleste. El Creador no situó en esta inmensidad ultraceleste a los espíritus
octavarios, que estaban anteriormente en la inmensidad divina; tampoco se
encuentran  ya  en  la  inmensidad  divina,  pues,  tras  la  prevaricación  de  los
primeros  espíritus,  el  Creador  aplicó  la  ley  sobre  todas  sus  criaturas
espirituales, emancipando a los que ostentaban ese doble poder para que
manifestasen Su justicia y Su gloria en las tres inmensidades indistintamente.
De ahí podéis deducir que el espíritu doblemente fuerte está con vosotros
cuando lo merecéis y se aleja de vosotros cuando sois indignos de su acción
doblemente poderosa. Visteis actuar este doble poder en Egipto, por vuestro
bien y vuestra gloria; su acción se dividió en dos partes: una para exterminar a
vuestros  enemigos,  la  otra  para  velar  por  vuestra  protección  espiritual  y
corporal. Estaba representado por las dos columnas que marchaban siempre
con vosotros, siguiéndoos en todos vuestros triunfos. Esa es la razón por la
que el espíritu doblemente fuerte no tiene una morada fija en la inmensidad
divina.

 

No  ignoráis,  pueblo  de  Israel,  que  la  inmensidad  ultraceleste  es
semejante a la inmensidad divina y que en ambas están presentes los mismos
poderes  espirituales.  Pero  debemos  hacer  una  distinción,  los  agentes
espirituales divinos actúan en la inmensidad infinita del Creador, mientras que
los  agentes  ultracelestes  sólo  lo  hacen  en  una  extensión  limitada.  Así,  la
inmensidad ultraceleste es pasiva, pues está sujeta al tiempo; no tiene más
límites que el pensamiento y el poder del Creador y, por lo que ya os he
contado, debéis saber que está formada por la multitud de espíritus que el
Creador emana de su seno. Es infinita, pues la emanación espiritual no tiene
fin. Cuando un espíritu emana del Creador, encuentra el lugar y el espacio
adecuado a su ser para actuar y poner en práctica el poder que le ha otorgado

 

 

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el Padre Eterno. En efecto, el Creador no podría emanar un espíritu de su seno
sin   entregarle   un   poder   y   dicho   poder   no   podría   ser   empleado
independientemente  si  cada  espíritu  emanado  del  Creador  no  tuviese  su
espacio particular; por lo tanto, al no tener fin la emanación, la inmensidad
divina  debe  extenderse  continuamente.  En  caso  contrario,  el  poder  de  los
habitantes de la inmensidad divina sólo llevaría a la confusión, tal como ocurre
entre los habitantes del mundo material. La confusión del mundo material está
provocada por su espacio limitado, que sólo puede albergar a cierto número de
habitantes; sin embargo, el número de habitantes de la inmensidad divina crece
y seguirá   creciendo hasta el infinito sin encontrar jamás límites. La emanación
de estos espíritus no necesita del tiempo, como necesitó la creación temporal,
pues  los  espíritus  reciben  en  su  emanación  todo  lo  necesario  para  actuar
según sus leyes, no precisan servirse del poder de espíritus inferiores, como
los menores que habitan en los mundos temporales.

Veréis  claramente,  por  tanto,  que  esta  inmensidad  divina  no  puede
considerarse, en modo alguno, finita; esa infinitud demuestra la eternidad del
Creador, tal como la emanación de los espíritus demuestra su eternidad. No
obstante, en la eternidad los espíritus no se incluyen su acción ni el poder
temporal que emplean ante vuestros ojos. Lo que está sujeto al tiempo no
puede considerarse eterno; sin embargo, igual que por la prevaricación de los
primeros espíritus y del hombre los poderes espirituales puros pasaron a ser
temporales,  tras  el  último  juicio  la  acción  de  esos  poderes  dejará  de  ser
temporal, recuperando la fuerza y vigor determinados por sus primeras leyes.

Por otro lado, el ser de doble poder divino no recuperará su primera
estabilidad en la inmensidad divina, anterior a la creación; este ser empleará
eternamente su doble poder entre las clases de espíritus diferenciados por toda
la eternidad, es decir: los espíritus justos, que serán santificados en primer
lugar; y aquellos espíritus que no alcancen su santificación y reconciliación
hasta  el  final.  Esta  distinción  será  eterna,  pues  cuando  todos  los  seres
espirituales  hayan  sido  reconciliados,  la  santificación  de  los  primeros  será
siempre superior a la de los últimos. Los menores que no hayan alcanzado aún
su reconciliación al final de los tiempos, serán llamados en último lugar por el
Padre Eterno; la justicia que les aplicará será infinitamente más dura que la que
ha ejercido y ejercerá contra los demonios, pues el menor fue privilegiado con
una autoridad y un poder superior al de los espíritus perversos; como recibió
más, se le exigirá más. Esto enseñará al menor impío a temer a la justicia del
Creador. Entended, por tanto, que el destino del doble poder no es ser devuelto
a su primera estabilidad espiritual divina, pues, por toda la eternidad, empleará
su fabuloso poder ante aquellos santificados y reconciliados en primer y en
último lugar.

 

Si tuvieseis la desgracia de encontraros entre los últimos que alcancen
la reconciliación, no podríais enmendar vuestro abominable comportamiento ni
reclamar al Creador que disminuyese vuestros sufrimientos, pues en verdad os
digo que el Creador es inmutable y jamás retira sus decretos. Tened en cuenta
que una cosa es lo que el menor puede hacer aquí abajo y otra lo que podrá
hacer cuando se encuentra ante la justicia del Padre Eterno. Sin duda sabéis
que el menor no puede negar ante este Ser sublime su libertad para aceptar o

 

 

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rechazar  las  leyes  divinas  que  Éste  le  entregó  en  su  emanación  y emancipación. El Padre Eterno juzgará a los menores en base a esa libertad, pues  todo  ser  espiritual  ha  sido  emanado  fuerte  y  doblemente  fuerte.  El Creador no es un ser débil; por tanto, no podría emanar a seres impuros y capaces de sucumbir a cualquier acto de debilidad. Los hombres impíos y malvados  se  excusan  en  la  palabra  debilidad  para  aceptar,  por  su  propia voluntad, los pensamientos inicuos del intelecto demoníaco; sin embargo, todas las pasiones y vicios del hombre sólo proceden de su propia libertad innata. La voluntad  del  menor  nace  de  su  libertad  y  por  ella  el  menor  realiza  el pensamiento bueno o malo que ha concebido; en cuanto lo ha hecho, el menor vuelve en sí, medita sobre el resultado de su operación y se convierte él mismo en juez del bien o del mal cometido.

 

Para  excusar  vuestros  crímenes  ante  el  Creador,  los  achacaréis  a
vuestra debilidad, alegando que es innata a vuestra forma corporal de materia,
que  impide  al  menor  emplear  su  poder  espiritual.  Sabed  que  eso  es
absolutamente  falso;  todos  los  menores  que  han  recuperado  sus  primeros
poderes y virtudes espirituales divinos y han alcanzado la gracia ante el Padre
Eterno (como Adán, Abraham, Isaac, Jacob y muchos otros), no han vuelto a
pecar  pese  a  seguir  teniendo  formas  corporales.  Al  ser  santificados  y
reconciliados sometieron su libertad al poder de Aquel que se la entregó, de
este modo, de su libertad sólo nacieron voluntades puras; así, los menores
reconciliados  aceptaron  sólo  aquellos  pensamientos  espirituales  que  les
permitieron realizar hechos sorprendentes e increíbles ante los prevaricadores.
Los menores reconciliados dejaron de encontrarse en peligro ante las trampas
del demonio y de adoptar su intelecto abominable; al poder leer hasta el más
profundo pensamiento de los seres demoníacos, les interrumpían en todos sus
propósitos criminales, privándoles de toda la gloria que estos seres perversos
se prometían al acosarles. No digáis, por tanto, que la debilidad es innata en el
hombre y que su cuerpo material le hace caer en la tentación. Esta forma no se
dirige sola, es simplemente el órgano del menor y se limita a llevar a la práctica
las voluntades buenas o malas que el menor recibe del buen o mal espíritu.
Así,  cuando  el  hombre  peca,  no  puede  culpar  de  su  pecado  a  su  cuerpo
material, sino a su voluntad. Por supuesto, el menor tiene innata cierta facultad,
cierta  característica  que  podríamos  tachar  de  debilidad,  pero  esa  debilidad
busca sólo el bien, por tanto es agradable a los ojos del Creador. En verdad
procede de la humanidad espiritual, que enseña a hacer el bien ante el mal que
los demonios hacen que nos inflijan nuestros semejantes malogrados.

 

Esa es la única debilidad innata en el menor. Si me estuviese permitido
revelaros  toda  la  compasión  y  caridad  divina  del  Creador  con  Su  criatura
espiritual, temblaríais de vergüenza. Pero ya llegará el momento en que se os
enseñe lo que no puedo contaros ahora y juzgaréis vosotros mismos lo que
acabo  de  deciros;  entonces  entenderéis  claramente  que  la  única  debilidad
innata en el menor es la que os acabo de revelar, que debería más bien ser
llamada misericordia. No consideréis pues, so pena de muerte, al menor como
un ser débil. Si emanase como tal del seno del Creador, sería inútil que Éste le
dejara libre. Si no contara con fuerza suficiente para hacer uso de su libertad,
sería un ser impuro y contradictorio, tal como lo sería también el Creador, pues
realizaría dos actuaciones contrarias la una a la otra, mientras que en Él existe

 

 

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una única acción, que se subdivide hasta el infinito para beneficiar y procurar el bien a Su criatura.

 

Para convenceros de que lo que el pecador denomina debilidad innata
en el menor no procede de su cuerpo material, preguntáos si los primeros
espíritus perversos tenían forma corporal material cuando prevaricaron. Debéis
saber que dichos espíritus no tenían cuerpo y, sin embargo, sucumbieron ante
el mal. Por lo tanto, no podéis atribuir esa supuesta debilidad, en la que se
excusan los menores, a la forma de los espíritus prevaricadores. Por otro lado,
esa  debilidad  era  incompatible  con  su  poder;  no  podían  comunicarse  con
intelectos buenos o malos, porque en ese momento no existían, y podían leer
en el pensamiento del Creador si permanecían en su estado de justicia. Os
repito,  por  tanto,  que  el  delito  de  los  primeros  espíritus  no  se  debe  a  la
debilidad del cuerpo ni a la influencia del intelecto bueno o malo; fueron su
propia libertad y su voluntad las que les llevaron a concebir el crimen atroz por
el que ahora sufren en privación divina espiritual. No digáis, entonces, que no
podéis  entender  cómo  suceden  todas  las  cosas  que  os  acabo  de  contar
respecto a la libertad y a la voluntad innatas en el ser espiritual; eso sería
propio de un animal irracional, no de seres con virtudes y poderes semejantes
a los de la Divinidad. No dudéis de vuestras virtudes y poderes, pues todo lo
que he realizado en vuestra presencia, en gloria del Creador y beneficio de sus
criaturas menores, se debe a los poderes que Él entrega exclusivamente a los
menores, no a todos los seres espirituales. Sí, pueblo de Israel, el Creador
siente  más  satisfacción  por  las  buenas  acciones  y  obras  de  su  menor  en
privación, que por las de otros seres espirituales, que son temporales sin estar
sometidos al tiempo. Esto sucede porque los menores fueron emanados y
emancipados para manifestar la justicia y la gloria del Padre Eterno, mientras
que los espíritus puros sólo pueden contemplar e informar al Creador de todo lo
que sucede entre el menor y Él. Así, las virtudes y poderes innatos en los
menores son superiores a los de los demás espíritus. Os preguntaréis si el
Creador  no  podría  ordenar  las  mismas  cosas  y  otorgar  el  mismo  poder  a
cualquier otro espíritu de la inmensidad divina, ya fuera denario, septenario o
ternario. Pero no debe sorprenderos este privilegio del menor sobre todos los
demás espíritus; recordad que, aunque la vergonzosa lacra de los espíritus
puros  por  la  prevaricación  de  los  perversos  fuera  eliminada  y  hayan  sido
santificados por la infinita bondad y poder del Creador, eso no ha evitado que
estén sometidos al temporal; por ese motivo, el Creador privilegió a su menor,
ser totalmente puro y sin mancha, pues su emanación fue posterior al delito de
los espíritus perversos. No debe extrañaros, entonces, que los habitantes del
mundo  divino  se  resientan  aún  de  esa  primera  prevaricación;  seguirán
mortificándose hasta el final de los tiempos, cuando dejarán de participar en el
temporal, pues no es esa la finalidad para la que fueron emanados.

 

Sí, pueblo de Israel, en verdad os digo que en el mundo divino sucede lo
mismo que entre los habitantes espirituales del mundo general terrestre; éstos
últimos rinden tributo a la justicia del Padre Eterno por la falta que cometió el
primer menor en el centro del universo temporal y los habitantes del mundo
divino lo hacen para expiar el crimen de los primeros espíritus. Os diré toda la
verdad respecto a los diferentes tributos que ambos rinden y rendirán hasta el
final del tiempo. Os sorprenderá saber que todos los espíritus que el Creador

 

 

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ha emanado en la inmensidad divina con posterioridad a esa prevaricación
están  sometidos  al  mismo  tributo.  Para  entenderlo,  debéis  analizar  la
emancipación del menor; cuando descendió a este bajo mundo no había sido
mancillado y era un ser puro, pero en cuanto se vio revestido de un cuerpo
material quedó sometido a la ley del tiempo. Sin duda alguna, existe una gran
diferencia entre la sujeción del menor y la de los habitantes de la inmensidad
divina; la privación y el castigo del menor son muy superiores, pues el pecado
del primer hombre fue infinitamente peor que el de los demonios. Por eso, los
menores están limitados por el tiempo y los espíritus sólo por el temporal; el
hombre  sólo  puede  recorrer  las  diferentes  inmensidades  en  pensamiento,
mientras que los espíritus realmente pueden recorrer la infinita extensión de la
inmensidad  divina.  No  obstante,  pese  al  diferente  sometimiento  de  ambas
clases  de  espíritus,  la  palabra  del  hombre  le  hace  superior  a  todos  los
habitantes del mundo divino: su poder y su fuerza son mayores, y su amplitud
sobrepasa, incluso, a la que recorren los espíritus divinos.

Ese es, hijos de Israel, el actual estado de los menores y los espíritus
divinos; sin embargo, esa atadura que les limita no es nada comparada con la
horrible privación a la que están condenados los espíritus perversos. Fue tal la
fuerza con que el Creador les aplicó Su ley que su tormento y mortificación es
infinitamente superior al de los demás espíritus. Su mayor suplicio es estar
sometidos al mal; están condenados, por decreto del Padre Eterno, a vivir
durante  una  eternidad  temporal  en  su  iniquidad,  sin  poder  enmendar  sus
malvadas acciones, contrarias a la acción divina. Eso explica el mensaje que
nos hizo llegar el Creador mediante uno de sus nuncios: los prevaricadores
serán castigados con sus propios crímenes. El menor, por el contrario, pese a
su sujeción, tiene libertad total para actuar de acuerdo con el bien o el mal, y
para transformar el mal en bien. No hay comparación alguna entre su privación
y la que sufren los espíritus perversos, que sólo pueden hacer el mal.”

Tras comunicar a su pueblo las extensas instrucciones que les acabo de relatar, Moisés volvió al monte Sinaí a buscar las segundas tablas de la ley. Estando allí, el Creador le ordenó construir un tabernáculo que albergaría las nuevas Tablas. Una vez que hubo regresado y cumplido, con ayuda de Besalel, todo lo que el Creador le había indicado, volvió a dirigirse al pueblo, para hablarles de la forma y las proporciones del tabernáculo:

 

“Escucha,  pueblo  de  Israel,  debo  hablaros  sobre  las  diferentes
proporciones observadas en la construcción del tabernáculo del poder espiritual
divino  y  sobre  su  relación  con  todo  lo  que  existe.  El  tabernáculo,  en  su
perfección,  hace  alusión  a  cuatro  creaciones  espirituales: 1º  al  mundo

ultraceleste, 2º   al mundo celeste, 3º al cuerpo del hombre y 4º al mundo o
círculo  universal.  En  primer  lugar,  observad  que  su  interior  representa
realmente la figura del mundo ultraceleste; en ese santo lugar llevaré a cabo
parte  de  las  actuaciones  relacionadas  con  los  habitantes  espirituales  del
ultraceleste, sin la intervención de ningún otro espíritu; así, el Creador me ha
indicado que cuando precise comunicarme directamente con la voluntad divina,
debo entrar a ese santo lugar por su puerta oriental; eso haré siempre que
deba pedir algo en beneficio de Israel. Durante este tipo de invocación, mi labor
y mi temor serán infinitamente mayores que en las demás que podría realizar

 

 

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en beneficio o perjuicio de Israel, pues me comunicaré directamente con el Padre Eterno y los espíritus puros del ultraceleste, como ya os he dicho.

 

La segunda alusión, a la región celeste, está simbolizada por las cuatro
puertas del tabernáculo, que representan las cuatro regiones celestes. Una de
estas puertas mira hacia oriente, otra hacia occidente, otra hacia el sur y la
última hacia el aquilón o norte; simbolizan los cuatro poderes espirituales que el
Creador entregó a su menor, que le permiten utilizar el de los superiores de las
cuatro regiones y todo lo que depende de ellos. Por ese motivo, cuando entre
al tabernáculo para que me sean revelados asuntos temporales espirituales
celestes, dejaré abierta la puerta que mira hacia la región celeste del superior
al que deseo dirigirme. Así se diferencian las peticiones e invocaciones que
realizaré a la parte celeste de las de la parte ultraceleste. Los habitantes del
ultraceleste, que obran y actúan sobre todo lo que existe espiritualmente, no
están condicionados por las limitaciones del universo y, al no tener límites
materiales, no pueden ser sometidos ni asignados a ninguna región elemental.
Por  eso,  al  invocarles  no  dejo  abiertas  las  puertas  del  tabernáculo,  pues
superan toda clase de barreras materiales para comunicarse con los menores
destinados a manifestar la gloria y la justicia divina. Sin embargo, esto no
ocurre  con  los  habitantes  espirituales  de  la  parte  celeste;  como  habitan
regiones y formas elementales debo eliminar las barreras que los confinan para
dirigirme a ellos. Esa es, en verdad, la relación entre el tabernáculo y los
mundos celeste y ultraceleste, cuyos habitantes actúan de manera diferenciada
y ordenada ante quienes, por orden del Creador, tienen poder sobre ellos.

La tercera alusión que hace el tabernáculo es al mundo particular, o pequeño mundo, que es simplemente el cuerpo del hombre. Sí, hijos de Israel, este tabernáculo que Besalel ha construido en vuestra presencia, donde he depositado la ley divina que el Creador me entregó personalmente, representa, en verdad, el tipo del cuerpo del hombre o forma corporal de materia aparente, en  la  que  está  confinado  el  menor  o  alma  espiritual  divina.  Igual  que  los habitantes del ultraceleste, del celeste y del círculo universal actúan en su particular y en el impresionante tabernáculo, también obran y actúan en el cuerpo del hombre y en el menor confinado en él.

En  cuarto  lugar,  este  tabernáculo  hace  alusión  directa  al  círculo
universal,  pues  todo  ser  espiritual,  inferior,  mayor  y  menor  realiza  en  este
tabernáculo  las  mismas  acciones  que  en  la  inmensidad  universal.  Sí,  este
tabernáculo, levantado ante vuestros ojos por el poder del hombre, os indica
las  facultades  y  poderes  de  los  espíritus  que  participan  en  la  defensa  del
universo y de los que colaboraron en su formación, disponiendo la materia
prima de donde surgen todas las formas, y limitaron el impulso dado por los
espíritus  inferiores,  siguiendo  las  órdenes  del  Creador.  Juzgadlo  vosotros
mismos:  ¿No es cierto que al bajar de la montaña no traía ningún material
apropiado para la construcción del impresionante tabernáculo donde debían
resguardarse las leyes divinas que el Creador se dignó a confiarme? No era yo
el encargado de esta construcción, si no un simple enviado que debía transmitir
a Besalel la orden de la Divinidad, revelándole la forma aparente que debía
darle. Así, yo no he colaborado físicamente en la construcción de este edificio,
ese trabajo estaba reservado a Besalel  y a los  otros dos menores que le

 

 

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ayudaron. Sabéis, además, que al comunicar a Besalel la orden de la Divinidad y  el  plano  del  tabernáculo  espiritual  conforme  a  la  voluntad  y  deseo  del Creador, estaba repitiendo lo sucedido desde la formación del universo.

 

Igual  que  yo  comuniqué  a  Besalel  las  órdenes  del  Creador  para  la
construcción del tabernáculo, el Creador comunicó directamente a los espíritus
inferiores las leyes de creación de esencias espirituosas. Igual que yo entregué
a Besalel el plano de su obra, un enviado superior comunicó a los espíritus la
imagen deseada de la forma aparente del universo. Igual que Besalel, tras
recibir la orden y el plano para construir el tabernáculo, encontró sin dificultades
los materiales necesarios para ello, los espíritus inferiores, tras recibir la orden
del  Creador  de  construir  el  universo  y  la  imagen  de  su  forma  aparente,
produjeron ellos mismos las tres esencias elementales de todos los cuerpos
que conforman el tiempo universal. Así, en esta operación yo he representado
el tipo del Creador y el del espíritu mayor, y Besalel el del espíritu inferior que
tiene en su poder la construcción de las formas. Por eso Besalel es llamado
“gran obrero” ante el Padre Eterno. La materia incorruptible de la que está
formada este tabernáculo es el verdadero tipo de los espíritus menores que
contribuyen a la protección y preservación del universo; este tabernáculo es
incorruptible pues, al igual que el universo, está protegido y preservado por
seres puramente espirituales. Por ese motivo, ambos templos perdurarán hasta
el final de los tiempos. Intentad, pueblo de Israel, que también vuestra forma
particular sea incorruptible, sometida a la dirección y al poder de estos mismos
seres espirituales, que la conservarán en toda la pureza de sus leyes durante el
tiempo  que  le  haya  sido  fijado.  Como  sin  duda  alguna  entendéis,  las  tres
personas que han trabajado en la construcción del tabernáculo, Besalel y su
dos ayudantes, representan a los espíritus inferiores que producen las tres
esencias espirituosas, fuente de todas las formas corporales.

 

Esas son, Israel, las principales referencias que podéis descubrir en el
tabernáculo que tenéis ante vosotros. Sobre todo, no olvidéis que es, como ya
os he dicho, imagen de la forma corporal del menor. ¿No tiene el tabernáculo
del menor las cuatro puertas representadas en el de Besalel?. ¿No existe una
relación perfecta entre ellas?. La puerta oriental del tabernáculo de Besalel,
que utilizo para invocar a los habitantes del ultraceleste, representa el corazón
del hombre; el corazón permite al hombre recibir todas las satisfacciones y
privilegios que le envía directamente el Creador mediante los habitantes del
ultraceleste.  La  puerta  de  Occidente  del  tabernáculo  de  Besalel  está
relacionada con la segunda puerta del cuerpo del menor, que es la vista. La
puerta del Sur hace referencia al oído. Sin embargo, pese a esta relación entre
las cuatro puertas de ambos tabernáculos, no penséis que tienen las mismas
virtudes y propiedades. No, Israel, el tabernáculo de Besalel es sólo un tipo del
tabernáculo del menor; es a éste último al que Creador ha dedicado toda Su
atención. Por lo tanto, no debe sorprendernos que su poder sea superior al de
Besalel, aunque éste encierre la ley divina que el Creador confió una segunda
vez a su servidor Moisés, ¿acaso no existe esa ley sagrada en el tabernáculo
del menor?. Tampoco penséis que el tabernáculo de Besalel representa el de
Adán, nuestro primer padre, en su primer estado glorioso. Ya sabéis que en
ese estado Adán era un ser puramente espiritual que no estaba sujeto a una
forma  material,  pues  ningún  espíritu  puro  estaría  confinado  en  una  forma

 

 

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material si no hubiera pecado. Sabéis, además, que Adán podía crear su propia forma corporal gloriosa, hacerla desaparecer o transformarla a su antojo, según las acciones que debiera realizar para cumplir las órdenes que recibía del Creador. Sin embargo, esta forma no podía considerarse tabernáculo de la ley divina innata en el primer menor; fue el propio menor, como espíritu libre, el primer  tabernáculo  de  la  ley  divina  recibida  en  su  emanación  o  en  su emancipación. Ved, por tanto, que es imposible que un tabernáculo de materia común, como el de Besalel, represente el tabernáculo espiritual del primer menor, que es un espíritu puro.

Ahora os detallaré las propiedades de las cuatro puertas del tabernáculo
del menor corporal, de las que ya os he hablado, demostrándoos que son
superiores a las del tabernáculo de Besalel. Ya os he dicho que la primera de
estas puertas, o puerta oriental, es el corazón del cuerpo del hombre; por ella
entra el espíritu de vida pasiva al tabernáculo del menor, disponiéndolo para
recibir y soportar los efectos de las acciones espirituales divinas que debe
realizar  junto  con  el  menor.  Por  esta  misma  puerta  entran  al  hombre  los
espíritus superiores, tanto buenos como malos; una vez que han dispuesto el
tabernáculo de acuerdo a sus leyes, el menor se une a ellos, llevando a cabo
su voluntad buena o mala, en uso de su libertad. Los espíritus que pueden
influir con sus acciones divinas en el menor son todos los que habitan desde el
mundo ultraceleste hasta la frontera de todos los mundos temporales. Eso os
da una idea de la infinita variedad de comunicaciones espirituales buenas o
malas que puede percibir el menor por la puerta oriental de su tabernáculo
corporal. Sí, Israel, en el corazón del menor es donde todo ocurre, para bien o
mal del menor.

 

Las  otras  tres  puertas  del  tabernáculo  del  hombre  no  son  menos importantes y son, asimismo, superiores a las correspondientes del tabernáculo de Besalel. Se trata de los principales órganos del menor: la vista es el órgano de  la  convicción,  el  oído  el  de  la  concepción,  y  la  boca  el  de  la  palabra poderosa del hombre. Estas tres puertas, además de la primera, os ayudarán a distinguir las cuatro actuaciones diferentes del menor, por su poder sobre el mundo ultraceleste, el terrestre y el universal.

Lo mismo ocurre en el tabernáculo de Besalel, que es la representación
cierta de esos cuatro mundos; al ser cada uno de los mundos un tabernáculo
particular, debe tener sus propias operaciones espirituales divinas, tal como
representan  las  cuatro  puertas  del  tabernáculo  de  Besalel.  Quizás  os
preguntéis por la llave de dichas puertas, sabed que la única llave es el espíritu
que vela por cada una de ellas, pues sólo él puede abrirlas o cerrarlas para
beneficiar o perjudicar al menor. El menor no puede abrirlas por su cuenta pero
puede hacer que sean abiertas y cerradas a su antojo. Corresponde al menor
espiritual bueno convertirse en el verdadero propietario de esta gloriosa llave y,
por tanto, ser depositario del bien espiritual y negar el paso a los espíritus
contrarios a la Divinidad. Eso denota la superioridad del tabernáculo del menor
frente  al  que  he  hecho  construir  en  vuestra  presencia.  El  del  menor  fue
construido con anterioridad y nada puede prevalecer a él sin su consentimiento.
Este tabernáculo, por último, es el tipo real del mundo, pues contiene en su
pequeña extensión todo lo que el gran mundo contiene en su inmenso espacio.

 

 

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El tabernáculo del menor es incomparablemente superior a los tabernáculos particulares, ya que el del hombre contiene cuatro elementos, mientras los demás contienen sólo tres. Los tres elementos que poseen los tabernáculos inferiores particulares son la ley, ceremonial del culto divino, el precepto y la operación;  el  tabernáculo  del  menor,  incluye  un  cuarto  elemento,  el  poder espiritual divino. Ahí tenéis lo que representan el tabernáculo de Besalel y el del hombre y la explicación de la superioridad de éste último, que aclararé en su debido momento, siguiendo la voluntad del Creador.

 

Aún no os he revelado el verdadero nombre del constructor de este
temible  tabernáculo,  sólo  conocéis  su  nombre  temporal,  Besalel.  Pero  ese
nombre es artificial, sólo anuncia el origen de su forma corporal, no dice nada
sobre el verdadero nombre de aquel o aquellos que lo habitan. Por tanto,
debéis saber que el verdadero nombre espiritual de este obrero es Beth, que
quiere decir “acción del pensamiento divino”, como indica la segunda letra del
alfabeto  hebreo;  la  primera  letra,  Aleph,  indica  el  pensamiento  divino  y  la
segunda, Beth, su acción. Hablando de este tema, os diré que los nombres
temporales no poseen virtudes ni poderes espirituales, pues son dados por los
hombres, no por el Creador. Ninguna obra espiritual temporal ha sido realizada
nunca únicamente por el nombre de un cuerpo material ni por ninguna de las
facultades del ser corporal; cuando las formas logran alguna virtud, no lo hacen
ellas solas, sino por la poderosa cualidad del ser espiritual que las habita, es
decir, por la facultad vinculada a su nombre animal espiritual divino, como os
explicaré a continuación.

Ya conocéis el rito de alianza del padre Eterno con el hombre Dios de la
tierra, así como con la descendencia de este primer hombre tras su primera
reconciliación.  En  su  estado  de  gloria,  este  hombre  Dios  tenía  su  propio
nombre, directamente relacionado con su ser espiritual. Gracias a este nombre
manifestaba  en  el  universo  todas  sus  actuaciones  espirituales  divinas
temporales, siguiendo los deseos del Creador y para su satisfacción. Pero, en
cuanto pecó, olvidó su nombre espiritual, convirtiéndose en un ser simplemente
material temporal,   de ataduras espirituales divinas, no demoníacas.

 

El cambio de su forma desencadenó el de sus leyes y éste el de sus
acciones.  ¿No es evidente que todos estos cambios llevaban consigo el del
nombre propio del primer menor?. En efecto, el nombre que el Creador dio a
este hombre tras concederle su reconciliación espiritual temporal, no espiritual
pura, era en verdad muy poderoso; sin embargo, era inferior al primer nombre
que recibió al ser emanado y emancipado para que se reprodujera.

¡Oh, pueblo querido del Espíritu!, en verdad la primera criatura humana
sufrió un cambio de nombre. Observad a aquel que llamamos padre temporal
de los hijos de Israel. Al inicio de estas operaciones temporales materiales se
llamaba  Abram,  que  significa “hombre  superior  a  la  materia”.  El  Creador

cambió ese nombre por el de Abraham, que significa “padre de muchedumbre
espiritual divina”. En efecto, entre sus descendientes se ha manifestado la
gloria y la justicia del Creador antes que en cualquier otra nación. Pero no os
enorgullezcáis de ese privilegio, hijos de Israel, pues igual que el Creador
intensificó  la  facultad  espiritual  menor  y  material  de  Abraham  dándole  un

 

 

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nombre  nuevo,  también  puede  revocar  todas  sus  virtudes  negándole  ese mismo nombre y devolverlo a su grado de inferioridad anterior. A este respecto, debéis saber que todos los espíritus menores, o almas espirituales, tienen un nombre que distingue sus poderes y virtudes para acciones temporales. Así, a consecuencia del delito del hombre y su reconciliación, el Creador cambió su primer nombre ABA  (4) por el de BIAN  (6), llamado Adán; éste, a su vez, cambió el nombre a su tercer hijo, llamándolo Set, nombre que no se debía a la simple voluntad del primer hombre, sino que le fue sugerido por el Espíritu, como veréis a continuación.

La circuncisión o derramamiento de sangre de Abraham es un tipo real
de la purificación de la materia corporal. La finalidad de este derramamiento de
sangre era purificar la vida pasiva, preparándola para el influjo de las diferentes
facultades  espirituales  divinas  que  el  Creador  había  vuelto  a  enviar  a  su
servidor Abraham, para alejarle del falso culto que rendía en perjuicio del de la
Divinidad.    No  podemos  dudar  que,  mediante  esta  operación  espiritual,  se
relacionó totalmente la vida pasiva o alma animal con la vida impasible o alma
espiritual activa.

 

Aun así, tanto el alma pasiva, como el alma impasible tenían un número
particular distinto que diferenciaba perfectamente todas sus virtudes y poderes
temporales. El alma pasiva sólo puede ostentar el número imperfecto ternario
3, mientras que el alma impasible detenta el número cuaternario 4, detalle más
que suficiente para demostrar sus diferencias y distinciones. Para convenceros
de que estas dos vidas, pasiva e impasible, proceden del espíritu puro y que su
unión  es  perfecta  e  íntima,  sólo  tenéis  que  sumar  los  dos  números  que
representan sus facultades espirituales temporales. El resultado de esta suma
es el número septenario 7, número del espíritu mayor del que emanan.

 

En cuanto al cambio de nombre, que se realizó, como os he revelado,
por voluntad del espíritu del Creador, no del hombre, observad que ningún
patriarca llevaba el nombre de su origen material y que todos eran diferentes.
Hay diez patriarcas y diez nombres espirituales que rinden culto a la Divinidad
por  su  propio  número  denario.  Observad,  además,  que  ninguno  de  los
patriarcas posteriores a Noé recibió un nombre de origen material, ni entre los
descendientes de Noé, ni entre los de Ismael o de Héber. Esto demuestra que
el cambio del nombre original del hombre por otro espiritual procede de Dios.

 

El nombre espiritual que recibe el alma impasible anuncia y explica la
unión del primer hombre Dios, tras su reconciliación, con un ser distinto y
espiritual, un espíritu septenario que el Creador ha sometido a la poderosa
virtud del espíritu menor cuaternario.   Mediante dicha unión, el Dios Eterno de
Israel también quiso hacer entender a todas Sus criaturas que deben amar a su
prójimo como a sí mismos. Esta unión, esta amistad, esta inteligencia debe
entenderse de espíritu a espíritu, no de la materia temporal al espíritu. Ese es
el verdadero prójimo al que debéis cuidar y amar como a vosotros mismos.

 

En verdad os digo, pueblo de Israel, que esta elección de un nombre
espiritual para el alma o menor se perpetuará, en nombre del Padre Eterno,
entre los pueblos idólatras desconocedores del verdadero culto de la Divinidad;

 

 

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en la actualidad, podemos observarlo en el sacramento de bautismo de la Iglesia cristiana, por el que los recién nacidos reciben un nombre espiritual diferente al que llevan por su origen material temporal.

 

Ahora que os he explicado el nombre espiritual que el alma recibe del
Padre Eterno y el cambio del nombre original por otro espiritual, quizás deseáis que os interpretase el significado del nombre de Set. En verdad os digo que ese nombre significa “admitido al verdadero culto divino” o “agente puro de la
manifestación  de  la  gloria  y  la  justicia  divina”.  Por  este  motivo,  los descendientes de Set fueron llamados hijos de Dios, no hijos de los hombres.
Esa última denominación se reservó para la descendencia femenina de Caín,
engendrada  por  la  intervención  de  los  demonios,  pues  su  origen  corporal procede de la actuación del primer hombre, sujeto de su prevaricación. Quizás también  os  preguntéis  por  qué  el  hombre  que  construyó  el  imponente tabernáculo realizó todas sus obras temporales bajo su primer nombre; pues bien, os diré que este hombre conservó su nombre original de Besalel para que todos los descendientes de Adán entendiesen la íntima relación del espíritu con la materia prima, sin confundirlos.

 

Esto explica la forma corporal del tabernáculo que construyó este gran
obrero, según el plano plasmado en su imaginación, que debía albergar a los
espíritus  de  santificación,  de  conciliación,  de  conservación  y  al  espíritu
todopoderoso, protector y defensor de los hijos de Israel. Sí, con esto debéis
entender que el espíritu menor que habita en el tabernáculo corporal no está
más unido a esa materia de lo que lo están los espíritus que os acabo de
nombrar a la materia del tabernáculo espiritual construido por Besalel, para
gran gloria del Padre Eterno y satisfacción de Israel. He ahí la demostración de
que el tabernáculo de Besalel es un tipo real del hombre Dios sobre la tierra.

 

Todo  lo  que  os  he  relatado,  hijos  de  Israel,  sobre  la  sublime
manifestación de la gloria y la justicia del Creador en vuestro beneficio y en
perjuicio de vuestros enemigos y de los Suyos, os deja ver cuál sería vuestro
pecado  y  vuestro  castigo  espiritual  animal  si  contravinierais  lo  que  os  he
revelado y enseñado en Su nombre. Si vuestro corazón se endureciese contra
el Padre Eterno y Sus elegidos, vuestro número espiritual sería subdividido
hasta  el  infinito  sin  posibilidad  de  volverse  a  unir;  vuestra  memoria  se
oscurecería, vuestro poder y virtud disminuirían y vuestra imagen se disiparía
con la misma facilidad con que la luz hace desaparecer las tinieblas. En verdad
os  digo,  con  el  corazón  compungido  y  afligido,  que  veo  acercarse  ese
momento. Cuando llegue ese día, los queridos aliados del Padre Eterno ya no
vivirían entre vosotros, todas vuestras súplicas, invocaciones y oraciones serán
vanas y estériles y vuestro sufrimiento será enorme. Pero esa pena espiritual
será aún mucho mayor cuando veáis que el culto del Señor es entregado a
otras naciones, para vuestra vergüenza y menoscabo. Sólo en virtud de ese
mismo  culto  seréis  dominados  por  las  diferentes  naciones,  que  someterán
todas vuestras obras, acciones e intervenciones a su voluntad, convirtiéndoos
en sus súbditos y tributarios. Pero, pase lo que pase, hijos de Israel, no perdáis
nunca la fe en la misericordia del Padre Eterno; recordad siempre que habéis
sido el inmenso escenario de la primera manifestación de la gloria y la justicia
divina, que entre vosotros ha nacido todo elemento espiritual, y que llegará el

 

 

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día en que los descendientes de Abraham, herederos de la obra del Padre Eterno,  recuperarán  su  primer  estado  de  esplendor,  reconquistando  con magnificencia su capitalidad. Cuando os encontréis dispersos entre todas las naciones recordaréis que esa desgracia espiritual representa, en verdad, lo que acaecerá a los sucesores espirituales temporales que se dediquen al disfrute efímero de las dulces satisfacciones del culto temporal, pues si no conservan con  más  cuidado  que  vosotros  esa  gloriosa  herencia,  sin  deshonrarla  ni mancillarla, su castigo y sus penas serán superiores a los vuestros. Serán seres impuros a los ojos del Creador y su herencia les será arrebatada por otras naciones. Entonces, serán tratados como simple instrumento de la justicia divina, siendo rechazados por una eternidad tras haber sido utilizados. Josué, servidor del Altísimo, heredará el gran culto divino y la orden que me ha sido entregada, y por intercesión mía recibirá las virtudes y poderes necesarios para manifestar la gloria y la justicia divina.

Pensad, hijos de Israel, si esta sucesión no es un nuevo indicio de que la
herencia de la tierra prometida no os pertenecerá por siempre. Sí, debe servir
de  ejemplo  inmemorial,  para  recordaros  que  el  verdadero  culto  del  Padre
Eterno también pasará a naciones extranjeras, por lo que vuestra memoria se
oscurecerá de tal manera que ni siquiera recordaréis el nombre del Dios Eterno
ni vuestro propio nombre animal espiritual; vuestro pueblo será diseminado por
toda la tierra como ejemplo para otras naciones; volveréis a ser esclavos y
servidores en Egipto, y sólo lograréis vuestra libertad al final de los tiempos.
Entonces, tendrá lugar la manifestación de la gloria y la justicia del Altísimo,
para recompensa de los justos y humillación de los malévolos demonios y
menores no reconciliados. No obstante, debéis saber que, antes de los últimos
tiempos, reinará gran confusión entre las tribus de Israel; la desolación les
obligará a separarse unas de otras; el número superior se alejará del inferior y
éste último será, además, subdividido como ejemplo de la justicia del Padre
Eterno  contra  los  hijos  de  Israel;  y  su  tierra  prometida  no  admitirá  cultivo,
quedando estéril. Ya sabéis que el número septenario es un número espiritual
temporal  y  el  quinario  un  número  espiritual  material  que  puede  ocasionar
confusión y perjuicio espiritual divino; por lo tanto, este número septenario de
las  tribus  de  Israel  es  el  que  se  separará  del  número  inferior  quinario,
retirándose a un lugar del universo inaccesible para los mortales ordinarios.
Allí, las tribus justas seguirán rindiendo tributo a la Divinidad por el crimen de
Israel, logrando así la reconciliación de este pueblo. El arca de la alianza de
Israel  con  el  Altísimo  llevará,  además  de  todas  sus  virtudes  y  poderes
espirituales divinos, este número septenario. Las demás tribus se convertirán
en seres de tinieblas.

En verdad os digo que cuando hayáis sufrido los efectos de la justicia
divina y hayáis perdido a vuestros principales guías espirituales, haréis todo lo
posible por encontrar otros, pero sólo os guiarán simples elegidos temporales,
más materiales que espirituales. Os conducirán por el tenebroso y horrible
sendero del que el Padre Eterno os sacó, donde os lamentaréis a la sombra de
vuestro crimen. Considerad con temor, hijos de Israel, todas las desgracias que
os anuncio en nombre del Padre Eterno. Invocaréis inútilmente el amparo de
Moisés y Josué, pero cuanto más les invoquéis, más se alejarán de vosotros.
Así,  el  castigo  del  Creador  a  Israel  será  mayor  que  nunca,  cumpliéndose

 

 

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exactamente el decreto inmutable que pronunció contra los infractores de Su culto y sus cómplices.”

 

Lo que les acabo de contar sobre la intervención, reflexión y acciones buenas y malas de Israel, y sobre las obras de sus principales guías, les ayudarán a   entender que todo lo que les fue pronosticado ocurrió realmente. Por lo tanto, no profundizaré en las desgracias e infortunios que padeció este pueblo, como anunció Moisés antes de separarse de él. Tanto la historia santa como  la  profana  recogen  ampliamente  todos  estos  hechos,  como  el  Arca perdida o la separación de las tribus con Roboam, perdiéndose siete de ellas y cayendo las otras cinco en esclavitud y servidumbre ante naciones extranjeras, sin esperanza de ser socorridas.

 

Esta separación de las tribus merece, no obstante, una reflexión seria.
Siete de estas tribus se separaron de Roboam, hijo y heredero de Salomón. El
lugar al que se retiraron y el camino que tomaron para llegar allí fue siempre
una incógnita para Roboam, las cinco tribus que cayeron en la esclavitud y el
resto de naciones. Reflexionen sobre esta separación de las doce tribus: el
número mayor septenario se retiró a un lugar de paz y tranquilidad, ajeno a
todo contacto humano y profano; sin embargo, las desdichadas tribus bajo el
número inferior quinario permanecieron errantes, sumidas en la vergüenza y la
confusión,  bajo  el  dominio  de  otras  naciones,  privadas  de  toda  acción  y
operación  espiritual  divina. ¿No  representa  claramente  este  suceso  la

afirmación cierta del bien y del mal procedente de los dos tipos de espíritus,
buenos y malos?. Consideren la evidencia de esto que les digo, al ser el 2 un
número de confusión.   Piensen, además, si en esta separación de las tribus de
Israel en dos grupos, el número septenario de aquellas que desaparecieron de
la vista de los hombres, no representa el tipo de los menores elegidos por el
Padre Eterno, a quienes aleja de los profanos e impuros de la tierra para
ponerlos al abrigo de todo contacto intelectual con los mortales ordinarios. El
Creador  permite  que  el  paso  del  tiempo  borre  a  esos  seres  dichosos  del
recuerdo de los mortales ordinarios; como desconocen su morada fija y el
camino que cogieron para llegar allí, ignoran también sus obras, sus acciones y
sus  intervenciones  espirituales  temporales.  Más  aun,  acaban  ignorando  la
conducta  que  deberían  llevar  para  alcanzar  esa  felicidad  que  ni  siquiera
recuerdan.

 

Asimismo, consideren si esta separación no representa en verdad la muerte natural temporal, por la separación del alma y el cuerpo. Las doce tribus, por sus   estrechos vínculos, formaban un solo cuerpo; sin embargo, al separarse en dos partes diferentes, la inferior, privada de la otra, cayó en la nada espiritual y la ignorancia. De igual manera, mientras el alma está unida al cuerpo presentan una unidad temporal perfecta; sin embargo, al separarse quedan divididas en dos partes perfectamente diferenciadas: una de ellas, que representa el número mayor septenario, permanece, si ha sido justa, bajo la protección de la gloria del Padre Eterno, y la otra, que repite el número quinario de las tribus errantes, permanece en la tierra, privada de toda acción espiritual hasta su perfecta reintegración.

 

 

 

 

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Gracias a esta observación, podrán entender la revolución que tendrá lugar en todo el universo cuando el espíritu que lo vivifica se separe de él. Pues, a imagen de los cuerpos particulares, su materia permanecerá errante y pasiva hasta desaparecer por completo. Esa es la ley que pondrá fin a todas las cosas temporales. Deben entender que la materia prima sólo fue concebida por el espíritu bueno para confinar y someter al espíritu malo en privación; pero esta materia prima, concebida y engendrada por el espíritu, no emanada de él, quedó  a  disposición  de  los  demonios.  Recuerden,  si  no,  la  aparición  del príncipe de los demonios a Cristo, Hombre Dios de la tierra. Este ser perverso no se le habría aparecido bajo forma humana, para atacarle, si el hombre Dios no hubiese estado revestido de un cuerpo de materia, sino de la forma gloriosa innata  en  Él;  en  ese  caso,  la  intervención  espiritual  demoníaca  no  habría podido ocurrir, pues el espíritu puro tiene el privilegio de contener y anular toda operación de los espíritus impuros.

Quizás se pregunten si el príncipe de los demonios, al aparecerse así al
Hombre Divino, pretendía seducir y corromper simplemente Su cuerpo material
o también Su espíritu. Mi opinión es que intentaba seducir a uno y otro. En
primer lugar, con su intelecto demoníaco quería corromper el cuerpo material
del Ser divino, para influir en Él, engañándole con las acciones que realizaría el
espíritu vinculado a su forma corporal. En segundo lugar, deseaba, aún más
fervientemente, seducir al Ser espiritual que habitaba ese cuerpo; no podía
imaginar nada más glorioso que esa conquista, pues sabía que, además de
oponerse a las órdenes y la voluntad del Creador, las poderosas acciones e
intervenciones  que  el  hombre  Dios  realizara  movido  por  el  influjo  tentador
someterían a una multitud de menores o almas al poder demoníaco.

 

Pero ni el espíritu ni el cuerpo de este Ser redentor sucumbieron ante las
artimañas  del  demonio;  por  el  contrario,  como  todo  en  Él  estaba  libre  de
oprobio y prevaricación, sus múltiples virtudes impidieron que cayera en ese
lugar  de  sumisión  y  privación,  y  obligaron  al  príncipe  de  los  demonios  a
retirarse de Su presencia para cumplir las órdenes que le había dado. En ese
fatal momento, el demonio comprendió el alcance de su humillación y sumisión
al hombre Dios del universo, pues la firmeza y la pureza de este Ser detenían
todo ejemplo y toda acción impía; el comportamiento y la influencia diabólica no
prevalecerían a los ojos de los hombres ordinarios, así reinaría la paz y la
calma  en  el  espíritu  de  este  hombre  divino.  Con  esto  entenderán  que  la
mayoría de las acciones, comportamientos e intervenciones de los hombres
materiales tiene su origen en ejemplos y costumbres que ellos convierten en un
segundo principio natural de su vida ordinaria, tanto para bien como para mal.
Las operaciones y costumbres denigrantes pervierten al hombre, mientras que
las buenas acciones se convierten en inestimables hábitos con un maravilloso
efecto espiritual para el que las percibe y el que las realiza.

 

Volviendo  a  la  predicción  de  Moisés,  cuando  dijo  a  Israel  que  no
encontraría guías espirituales tan perfectos como los que había abandonado,
sino  simples  guías  temporales,  más  materiales  que  espirituales,  no  se
equivocaba. En efecto, ese pueblo depositó su confianza en un mortal ordinario
como Saúl, elegido rey de los hijos de Israel por los hebreos; es evidente que
esta elección realizada por los hombres, no por el Creador o sus emisarios, era

 

 

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más material que espiritual; eso explica todo lo sucedido a este pueblo bajo su
mandato.  La  triste  suerte  que  corrió  el  mismo  Saúl  pone  en  evidencia  las
diferencias  entre la elección divina y el  concierto de los hombres: éste es
pernicioso, mientras que la elección divina es inexpugnable e invencible. Saúl
decidió fijar su morada con la tribu de Benjamín, había depositado en éste toda
su confianza y compartía con él todas sus obras en beneficio de Israel. Sin
embargo, si su elección hubiese sido motivada por el Creador esto no habría
sucedido, pues el espíritu le habría revelado que el elegido del Altísimo debía
estimar por igual a todos los justos espirituales, impidiendo así que favoreciese
a la tribu de Benjamín, al considerarla su único apoyo y su guía.

Además,  si  esta  elección  hubiese  surgido  del  Creador,  Saúl  habría conocido la interpretación espiritual del nombre de Benjamín, que quiere decir “hijo de mi dolor”. Habría sabido que esa tribu estaba marcada desde hacía mucho tiempo por un orgullo y una ambición criminales y, en vez de unirse a ella, habría rechazado sus consejos impíos y funestos; estos consejos fueron la causa  de  su  desdicha,  convirtiéndole,  junto  con  sus  descendientes,  en  un ejemplo aterrador para los mortales por tiempo inmemorial.

 

Quizás deseen conocer la naturaleza de la prevaricación de Saúl, primer
rey temporal de Israel. Se lo explicaré con la claridad que me dicta la sabiduría
de la verdad. El crimen de este rey fue llevar a una muerte miserable a un gran
número de gabaonitas, sirviéndose de toda su fuerza y su odio contra este
desafortunado  pueblo,  que  había  alcanzado  la  reconciliación  con  el  Padre
Eterno  y  había  sido  absuelto  por  Josué  tras  jurar  fidelidad  al  culto  de  la
Divinidad. La codicia de la tribu de Benjamín le llevó a presionar a Saúl para
que declarase la guerra a los desafortunados gabaonitas, para saquear sus
bienes  una  vez  que  el  ejército  de  Israel  les  hubiese  vencido.  La  tribu  de
Benjamín, pese a ser la última por su rango, tenía preferencia frente a todas las
demás. El rey lo había ordenado así pues la consideraba base fundamental de
su poder y se apoyaba tanto en su fuerza como en sus consejos.

 

Sin  embargo,  como  quiera  que,  hasta  en  los  momentos  de  mayor
extravío,  el  hombre  escucha  los  pensamientos  buenos  que  le  insinúan  los
espíritus bondadosos para sacarle de su error, a Saúl le sobrevino un instante
de duda sobre la bondad y la justicia de su tribu privilegiada, como pudo saber
Israel por la conducta de su rey. Saúl, entonces, quiso aclarar sus dudas y
decidió consultar a Pitonisa, hombre del Padre Eterno, que era en realidad una
mujer;   así, le envió orden de presentarse ante él para revelarle sus proyectos
contra los gabaonitas y preguntarle si lograría vencer a ese pueblo. Pitonisa,
tipo del bien espiritual, se negó a presentarse ante el rey; sabía que allí no
estaría  segura,  pues  el  rey  quería  asesinarla  a  instancias  de  la  tribu  de
Benjamín,  quienes  habían  jurado  en  falso  sobre  la  futura  derrota  de  los
gabaonitas y temían que Pitonisa divulgara su engaño, atrayendo sobre ellos el
castigo de la justicia. Cuando sus emisarios le comunicaron la respuesta de
Pitonisa, Saúl ordenó que la apresaran y la trajesen a la fuerza; sin embargo,
ella conocía las malvadas intenciones del rey y de la tribu de Benjamín y ya se
había marchado a una casa situada a una legua de Galboé. Al no encontrarla,
los  emisarios  fueron  a  informar  de  su  huida  a  Saúl,  quien  quedó  muy
contrariado.  Tras  meditarlo,  envió  a  otros  emisarios  diferentes  a  buscarla,

 

 

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haciéndoles prometer, por su palabra de rey, que no causarían menoscabo
alguno en sus bienes ni en su persona. Uno de estos emisarios, dotado de
sabiduría  divina,  no  tardó  en  descubrir  la  nueva  morada  de  Pitonisa,
presentándose allí para comunicarle lo que Saúl había decretado en su favor.
Pitonisa respondió al enviado: “Que la voluntad del Señor rey, tu maestro, se
cumpla siguiendo la del Padre Eterno. Di a tu rey que venga a mi nueva
morada. Allí cumpliré sus deseos”. El emisario informó al rey de esta respuesta
en presencia de los principales jefes de la tribu de Benjamín. Entendieron que
las  trampas  que  habían  tendido  a  la  virtuosa  Pitonisa  fracasarían  y  que
acabarían siendo víctimas de sus calumnias y su propia vileza. Y, en efecto,
eso es lo que ocurrió; el triunfo del mal es sólo temporal y la calumnia acaba
perjudicando al calumniador, pues la verdad, que es indestructible, siempre
resurge con mayor fuerza.

 

Cuando Saúl se presentó en casa de Pitonisa, ésta le dijo: “Señor, ¿qué
deseas saber del Padre Eterno y qué quieres que te muestre?”. El rey contestó:
“Me han asegurado que eres una adivina; dime si ganaré la batalla contra los
filisteos y los gabaonitas que se han aliado contra Israel. Dime si estas dos
naciones quedarán sometidas a mi justicia”. La Pitonisa dijo: “Señor, permite a
tu sierva que te hable un momento, antes de contestar a tu pregunta; en verdad
te digo que has sido elegido rey de Israel por tu pueblo, no por Dios vivo. Por
eso  no  es  extraño  que  constantemente  te  asalte  la  duda  y  temas  por  el
resultado de tus acciones temporales. Los antiguos guías de Israel no tenían
esa  incertidumbre  ni  ese  tipo  de  dudas;  no  necesitaban  la  ayuda  ni  las
recomendaciones de los hombres ordinarios de la tierra; como habían sido
elegidos por el Dios vivo y protector de Israel, sólo seguían los consejos del
Padre  Eterno,  por  eso  sabían  que  todas  sus  acciones  temporales  serían
beneficiosas para ellos y para Israel. Debes saber, mi rey y señor, que los
consejos  que  recibes  son  falsos  y  materiales,  pues  proceden  de  hombres
malvados  e  impuros;  te  han  seducido  llevándote  a  actuar  contra  el  bien
espiritual de los justos de Israel y de otras naciones. Pitonisa conoce bien las
trampas demoníacas que han tendido contra ella los principales jefes de la tribu
de Benjamín, representantes del intelecto del demonio en tu reino. Te habían
convencido de que me mataras, tú mismo habías pronunciado mi sentencia de
muerte; pero el Dios de Abraham protege a los justos y precipita sin piedad a
sus impíos perseguidores a profundos abismos. Las palabras que oyes las
pronuncia el espíritu que me da vida, en nombre de Aquel que la anima. Los
jefes de la tribu de Benjamín caerán vergonzosamente, su tribu se dividirá,
permanecerá  errante,  vagando  confundida  entre  las  de  Israel,  por  tiempo
inmemorial.  Todo  esto  sucederá  después  de  tu  reino:  les  arrebatarán  sus
estandartes, colores y demás marcas que la distinguen de las otras tribus de
Israel; serán humilladas por el pueblo egipcio, que rehuye a Israel desde el
fatídico suceso acaecido al Faraón y a todo su ejército. Todo lo sucedido en
otro tiempo a ese pueblo extranjero y a sus reyes era el tipo fiel de lo que le
sucederá  al  primer  rey  de  Israel.  El  humillante  exterminio  del  Faraón  y  la
mayoría de su pueblo, así como la esclavitud y dispersión de los pocos que
quedaron, te anuncia la suerte que os espera, mi rey y señor, a ti, a tus
descendientes y a tu tribu elegida, si no firmáis la paz con el Dios de Israel.
Parte de la tribu de Benjamín será sacrificada, los desgraciados que sobrevivan
errarán confundidos entre los hijos de Israel, sin guía ni consejero, como vagan

 

 

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los sobrevivientes del pueblo egipcio, convertidos al Dios vivo de Abraham por
la ley de Israel. Tu crimen, señor, es aún peor ante Dios y ante los hombres;
has provocado la muerte de los gabaonitas, que se habían reconciliado con el
Dios  de  Israel  y  habían  sido  bendecidos  por  Josué  en  nombre  del  Padre
Eterno. Los sabios de Israel habían elegido a algunos de ellos para aprender el
culto divino, enseñarlo y hacer que su pueblo lo practicase; con tu conducta
contra este pueblo has contravenido los decretos del Padre Eterno, que no
dejará ningún crimen sin castigo. Sabe, por tanto, de parte de aquel que te
habla por mi boca, que si no imploras la misericordia del Padre Eterno, si
continúas   intentando  destruir  a  los  desdichados  gabaonitas  que  han
sobrevivido y se han aliado con los filisteos, tu castigo quedará grabado para
siempre en el recuerdo de todas las naciones de esta región. Todos los hijos de
Israel lamentarán tu suerte y su sufrimiento será insoportable, pues habrán sido
el instrumento de la injusta condena con la que has oprimido a los nuevos
convertidos. Debes saber, además, que en este mundo no existen adivinos ni
adivinas; nadie puede leer en el pasado, sino por el presente y así, conociendo
perfectamente uno y otro, al hombre Dios no le resultará difícil leer el futuro.
Sabe, además, mi rey y señor, que a alguien que lea en las intervenciones,
acciones, efectos, causas, transformaciones y demás elementos temporales
espirituales del espíritu o del hombre, no se le puede considerar adivino o
adivina, pues sólo alcanza ese conocimiento tras un penoso esfuerzo espiritual
y corporal, que le hace sufrir su alma, cuerpo y espíritu. No creas, por tanto, en
esos supuestos adivinos, adivinas, magos, magas, brujos y brujas, sobre cuya
existencia te ha convencido el pueblo llano. Reconoce que ese tipo de seres no
son merecedores de confianza, pues el hombre no puede conocer nada de lo
que ocurre en el universo sin un arduo y difícil trabajo. Considera, si no, los
trabajos  de  Moisés  y  de  los  siete  sabios  de  Israel,  reflexiona  sobre  los
prodigiosos frutos de sus intervenciones en favor de Israel: lograron combatir,
vencer y exterminar a los enemigos del verdadero culto divino. Esas son, mi rey
y señor, las poderosas virtudes espirituales y temporales de los elegidos por el
Creador, y en eso se diferencian de los elegidos por los hombres. En cuanto a
lo que deseas saber de mí, prepárate a oírme, escucharme y entenderme.
(Tres  alusiones  a  estas  tres  palabras:  buscar,  impresionar,  preguntar).  No
cuentes con el respeto humano ni con la debilidad material, tu alma será fuerte
si aún no está sometida al espíritu contrario a la Divinidad y disfrutará del fruto
de las acciones e invocaciones que voy a realizar a tu solicitud.”

 

Saúl, impresionado por todo lo que Pitonisa le había dicho, le pidió un
momento de reflexión y salió, junto con ella, del lugar donde había de realizarse
la invocación. Al término del tiempo que había solicitado, Saúl regresó a ese
lugar, reuniéndose Pitonisa con él, como habían acordado; aún persistía en su
primer deseo material y le dijo: “Ya he reflexionado cuanto debía, te pido que
adivines  si  debo  emprender  batalla  contra  nuestros  enemigos  y  si  serán
sometidos a mi justicia. Invoca al espíritu del profeta Samuel y que él me diga
lo que deseo saber“. Pitonisa irritada por el orgullo del rey y su obstinación en
causar el mal, le dijo con sequedad: “Saúl, rey injusto de Israel, tientas al Dios
Eterno queriendo reducir a su débil siervo. Sí, soy la sierva del Dios vivo de
Israel,  que  conoce  tus  terribles  intenciones  contra  las  criaturas  superiores,
mayores, inferiores y menores. Sí, satisfaré tu confusa pasión invocando al
espíritu  del  sabio  Samuel,  profeta  de  paz  y  reconciliación;  pero  teme  su

 

 

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llegada”. Tras estas palabras, Pitonisa se encomendó al Padre Eterno y dirigió
sus pasos hacia el lugar donde se realizaría la invocación; en el momento en
que comenzaba su cometido, el rey le dijo: “Pitonisa, detente. Siento nacer en
mi alma una perturbadora preocupación, no sé de dónde procede el fuego que
me rodea y el temor que me invade. Adivíname estas cosas antes que las
primeras que te he pedido”. Pitonisa le dijo: “Es la consecuencia de tu insulto al
Creador y a Su sierva. Te acabo de explicar que la ciencia espiritual del Padre
Eterno no es un arte de adivinación, como crees. En consecuencia, ninguna de
sus criaturas puede poseer ese supuesto arte. Si el Dios de Israel tuviese el
poder de la adivinación, sería el motor del bien y del mal; por lo tanto, sería
también un cruel tirano al permitir a Su criatura hacer el mal y luego castigarla
por lo que habría podido evitar. No, señor, el Dios de Israel no es tal. Ante ti,
ante toda su corte espiritual divina y ante toda su corte temporal, oso desafiar a
Dios todopoderoso a que interprete y comprenda la acción, la actuación o
cualquier otra intervención de un ser espiritual menor, antes de que éste la
conciba en su pensamiento.

 

Debes saber que el Creador lee abiertamente en los más profundos
pensamientos de Su criatura pero te lo repito, mi rey y señor, desafío a Dios
todopoderoso a que lea en cualquier pensamiento que no haya sido concebido.
Si tal cosa estuviese en su poder, sería en verdad injusto por no detener los
funestos lances sufridos por Su criatura; Él sería el único culpable. Pero como
ha dictado leyes inmutables sobre todo lo que ocurre en el universo y ha dejado
plena libertad a Su criatura, no hay en Él presciencia ni puede intervenir en las
causas segundas de este universo. Quien llame adivino al Creador o a Su
criatura, insulta a ambos, peca contra el espíritu y será terriblemente castigado.

 

Mi señor rey, debes saber que fue necesaria la poderosa actuación del Padre Eterno para manifestar todo lo que está en Su poder y es innato en Él; del mismo modo también es necesario que el espíritu temporal conciba un pensamiento  para  que  el  Creador  conozca  la  acción  buena  o  mala  que producirá: si es buena, le da su aceptación, si es mala lo rechaza, pero nunca se opone a la voluntad de Su criatura."

 

Saúl, a quien las palabras de Pitonisa le habían impresionado aun más que la primera vez, y viendo que la firmeza de esta mujer era inquebrantable, le dijo con un tono sumiso a la vez que profético: “Mujer del Señor, el rey de Israel reclama a su Dios y al tuyo que el espíritu de Samuel le muestre lo que debe saber sobre la batalla que desea librar a sus enemigos.”

Pitonisa procedió, siguiendo la voluntad de Saúl; pero en cuanto el rey la
vio en acción empezó a estremecerse y temblar como las hojas de los árboles.
Pitonisa, viendo cómo le afectaba la fuerza de su actuación, le dijo: “Saúl, rey
de Israel, temes al espíritu del Señor, tus crímenes te hacen estremecerte ante
la presencia de la justicia divina”. Saúl estaba tan turbado que no entendió las
palabras de Pitonisa y le pidió que las repitiese. Pitonisa le dijo, señalándole al
espíritu de Samuel, revestido de un cuerpo glorioso:  “Mi rey y señor, aquí
tienes a aquel que sabe más que yo, él te interpretará lo que te he dicho y no
has entendido.”

 

 

 

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Sumido en dolor, Saúl se arrodilló ante Samuel, pues el espíritu del
profeta hacía que se alejase al espíritu demoníaco por el que estaba poseído el
rey.  En  esta  actitud,  le  preguntó  si  debía  emprender  batalla  contra  sus
enemigos ese día. Samuel le contestó: “En verdad te digo que tú y los tuyos
estaréis  junto  a    esta  noche;    perecerás  y  muchos  otros  morirán
miserablemente; la tribu de Benjamín servirá de ejemplo inmemorial a los hijos
de Israel.”

 

Cuando  el  profeta  hubo  terminado,  Saúl  se  levantó,  se  inclinó  ante Pitonisa en gesto de agradecimiento y fue a buscar a su ejército para atacar a sus  enemigos.  Él  y  los  suyos  sufrieron  la  triste  suerte  que  anunciaron  la Pitonisa y el espíritu de Samuel.

 

Consideren el comportamiento de Saúl, la tribu de Benjamín y Pitonisa, en  ellos  reconocerán  el  tipo  de  las  acciones  buenas  y  malas,  de  la prevaricación del hombre, de su suplicio y de su reconciliación, así como de la predicción de todos los hechos pasados, presentes y futuros que suceden y sucederán en el universo entero.

 

 

 

 

 

 

 

* NdT: Probablemente se trata de un error tipográfico, Noé maldijo a su
            hijo Cam, no a Caín

 

** NdT: Texto original incompleto